¡Hola a todos! Muchas gracias a cada lector, y a cada persona que ha dejado sus comentarios. Son mi combustible jajaja Hace ya algún tiempo había terminado este capítulo, pero no lo había subido porque intento de leerlo antes para corregir algunos errores. Escribo antes de comenzar para avisarles que desde ahora avanzaremos un poco más en el tiempo. Hasta ahora la historia se ha desarrollado dentro de unas pocas semanas, así que saltaremos más adelante. Sin más blabla, espero que disfruten y que tengan una maravillosa semana.
Capítulo 15
Hace un año, Yoh Asakura no hubiese creído cómo cambiaría su vida. Pensaba que todo seguiría siendo igual; asistir a clases sin prestar demasiada atención, bromear y reír con sus amigos, dedicarle tiempo a su novia, con quien apenas había comenzado a salir, llegar a su casa con su familia, utilizar sus tardes netamente para el ocio. Vivir tranquilo, y sin preocupaciones.
Él amaba su vida.
Hasta que el sonido de la alarma lo despertó.
—Ay, no… —se quejó él, cubriendo su cabeza con la almohada para silenciar el molesto ruido.
Eran las seis de la mañana, señal de que su día comenzaba. Tal vez si ignoraba la alarma no tendría que levantarse.
La puerta se abrió de golpe.
—Apaga eso —ordenó Anna, con marcadas ojeras en el rostro.
Su voz activó en Yoh un modo de supervivencia, dándole energías suficientes para apagar la alarma y levantarse en un salto de su cama.
—¡Buenos días! —dijo, tenso y erguido, casi en un saludo militar.
Anna lo observó estoica y se recargó sobre la puerta.
—Te toca preparar el desayuno y el almuerzo —contestó, mirándolo con seriedad—. Más te vale que hoy cocines algo decente.
—Sí, jefa —respondió él.
Un bostezo escapó de él, tallándose los ojos con pereza.
—¡Muévete! —mandó la rubia, perdiendo la poca paciencia que tenía—. No podemos llegar tarde, recuerda que tenemos examen a primera hora.
—¡Está bien, Annita!
Yoh caminó apresurado hasta el baño, evitando cualquier contacto extra con la rubia. Ella lo observó a través del pasillo sin decir nada más. Su mirada de enfado era suficiente.
El Asakura cerró la puerta y se recargó sobre ella, soltando un largo suspiro. No podía creer lo intimidante que su novia podía ser, aún con esa baja estatura y con su abultado vientre. Los meses no habían pasado en vano; había superado más de la mitad de su embarazo. Aún faltaba bastante tiempo para conocer al bebé cara a cara, y a medida que este crecía, también lo hacía el mal humor de Anna.
No pensó perder un segundo más, o avivaría la ira de la muchacha. Se quitó velozmente la ropa y se metió a la ducha.
Ya limpio y vestido con su uniforme escolar, bajó en unos segundos hasta la cocina. Se encontró a Anna lista para ir al instituto, vestida, planchando ropa mientras Hao preparaba el almuerzo para los tres. Ambos miraron a Yoh, con expresiones poco amables.
—Desayuno, rápido —ordenó Hao, señalando con la mirada a la rubia.
No era la primera vez que su hermano mayor tenía que intervenir para ayudarlo. El mayor había intentado de mantenerse al margen en lo posible de la nueva vida de Yoh y Anna, pero habitar con ellos en el mismo hogar implicaba ser arrastrado a la tortura.
Yoh agradeció con una leve sonrisa a su hermano, que sólo respondió con un gruñido. El menor comenzó a preparar las loncheras de comida para los tres. Anna había insistido en que la alimentación que había en el casino del instituto no era saludable para ella, así que todos los días preparaban almuerzo casero. Su novio había intentado convencerla de que era una pérdida de tiempo, pero no volvió a tocar el tema por respeto a su integridad física. Solía cocinar la noche anterior, sin embargo, él también trabajaba durante las tardes, como mesero en un restaurante en la ciudad, y lo último que quería hacer llegando a su hogar era ver más comida.
—¿Por qué no haces eso más tarde? —preguntó Yoh, observando a su novia planchar en silencio.
—¿Olvidaste que tenemos que ir al doctor después del instituto? —habló sin mirarlo, frunciéndole el ceño a la ropa que se encontraba sobre la tabla de planchar—. Luego de eso tengo que terminar el ensayo escrito para mañana, no tendré tiempo para esto.
—Yo tendré la tarde libre —contestó el Asakura, sin dejar de cocinar—. Si quieres puedo hacerlo yo.
—No después de lo que pasó la última vez —pronunció ella, doblando la ropa que estaba lista.
Yoh supuso que tenía razón, no podía darse el lujo de volver a quemar la ropa de la rubia con la plancha.
Hao rio, lo suficientemente despacio para que Anna no lo escuchara. Él había aprendido que lo mejor era no provocarla durante la mañana. Claro que durante la tarde la historia era distinta.
—Está listo —dijo el mayor, sirviendo el desayuno en una pequeña mesa en la cocina.
Se sentó tranquilamente comenzó a comer, mientras observaba de reojo a su hermano y a su cuñada terminando sus labores en el menor tiempo posible. Yoh y Anna no tardaron en sentarse junto al muchacho, desayunando casi como si fuera una competencia. Hao los observó y sonrió burlonamente. Hace algunos meses hubiese pensado que vivir con su novia sería casi como una fantasía adolescente, pero la realidad de su hermano menor distaba enormemente de eso.
—Listo —anunció Yoh, levantándose de su puesto—. Me lavaré los dientes, prepararé mi bolso y podemos irnos.
—¿Tu bolso no está listo? —preguntó Anna, alzando una ceja mientras sujetaba una taza de té—. ¿Por qué no lo preparaste anoche?
Yoh frunció los labios, sin decir ninguna palabra. Vivir con ella era peor que vivir con su madre. Hao lo observó expectante, bebiendo un sorbo de su café.
—¿Y bien? —preguntó ella nuevamente, levantándose de su lugar—. No importa. Me lavaré los dientes y me voy al instituto. Si no estás listo para cuando termine, no creas que voy a esperarte.
—Anna…—dijo Yoh, soltando un suspiro agotado—. Deberías relajarte.
Hao inmediatamente se tensó. Terminó de beber su café y se levantó de la silla, abandonando rápidamente la cocina. La rubia tomó una gran bocanada de aire, y exhaló. Yoh supo al instante que hubiese sido mejor quedarse callado.
—¿Relajarme? —preguntó ella, acercándose a su novio.
Por cada paso que daba, Yoh retrocedía.
—Sólo era una sugerencia —dijo él, con una sonrisa nerviosa. —Es que has estado algo malhumorada y…
Observó los ojos de la rubia encenderse como una llama a la que le rocían gasolina. "CÁLLATE, IDIOTA" pensó para sí mismo. Su espalda chocó contra la pared, y supo que no había escape.
—¿Malhumorada? —repitió ella indignada—. ¡Tú me hiciste ESTO! —exclamó, señalando su prominente vientre—. ¡ASÍ QUE VAS A LIDIAR CONMIGO HASTA QUE ESTE BEBÉ SALGA DE AQUÍ!, ¿ENTIENDES ASAKURA?
Yoh no supo en qué momento Anna lo había sujetado del cuello de la camisa. Él solo cerró los ojos, arrepentido de todas las clases de educación sexual en las que se quedó dormido. Se lo merecía, por pensar con los pantalones. Por haber caído en esos mechones rubios y en esos hermosos ojos que ahora le miraban con furia.
—Ejem… —Hao se asomó por la puerta de la cocina y aclaró su garganta—. Yo ya me voy…
—No me dejes con ella —susurró Yoh, suplicante.
Anna suspiró y soltó el cuello de la camisa de su novio.
—No me hagas perder más el tiempo —gruñó ella, saliendo de la cocina, casi empujando a Hao.
Él la esquivó y miró sorprendido. Luego observó a su hermano menor.
—Si he aprendido algo —dijo él—, es a no molestarla durante la mañana. No le hables, no respires, sólo asiente.
—Hao…—susurró Yoh, cayendo rendido al suelo—. Aún faltan cuatro meses.
—Entonces más te vale esforzarte —indicó el mayor, ofreciéndole una mano a su gemelo—. Intenta mantenerte con vida, no celebraré los dieciocho años sólo, ¿Entendido?
—Llegar a los dieciocho será todo un reto —dijo Yoh, levantándose con dificultad.
El día en el instituto pasó velozmente. Exámenes, trabajos, lectura. Lo único que no cambiaba en su vida. A veces, Yoh olvidaba todo lo que estaba pasando a su alrededor. Bromear con sus amigos le daba un sentido de normalidad que se acababa cuando sus clases finalizaban. Se sentía como un estudiante corriente, como un adolescente corriente. Pero, cuando caminaba a su casa, recordaba que todo era distinto. Sus padres vivían en Izumo, y él vivía con su hermano y su novia. Keiko y Mikihisa lo llamaban constantemente, a él y a Hao, para asegurarse de que todo estuviese bien. Les enviaban dinero para cubrir sus gastos básicos, pero Yoh trabajaba por su cuenta hace meses. No quería que sus padres mantuvieran también a su futuro hijo; ya estaban preocupados por los abuelos y por sus nuevas responsabilidades, no quería agregarles una carga más.
—Esta semana ha sido muy dura —comentó Manta, que caminaba hacia afuera del instituto con Yoh—. Los exámenes no han estado tan fáciles como creí.
—Dímelo a mí —comentó Yoh, observando preocupado el reloj en su muñeca—. Ahora tengo que ir con Anna al doctor.
—¿Hoy sabrán si es niño o niña? —preguntó el rubio, con una amplia sonrisa.
—Supongo que sí —contestó el castaño, divisando a su hermano en el portón del instituto—. Hao es el más emocionado, ha estado esperando esto para comenzar a decorar su habitación.
—No pensé que le haría ilusión —confesó Manta, sorprendido—. Él siempre me ha parecido algo indiferente. Suele hacer lo que quiere, con quien quiere…
—Le gusta esa reputación —respondió Yoh, observando por el rabillo del ojo a su amigo—. Pero es una buena persona, sólo le avergüenza demostrarlo.
—¡Yoh! —llamó Hao, observando a su hermano caminar hacia él—. Y el enano… —agregó, mirando despectivamente al amigo.
Manta lo miró con seriedad.
—Así que buena persona —masculló, haciendo que Yoh riera.
—¿Has visto a Anna? —preguntó el menor, mirando que su hermano estaba sólo—. Nos juntaríamos aquí ahora para ir al doctor.
—Me la encontré en la salida —contestó Hao, cruzando los brazos—. Me dijo que te avisara que el doctor adelantó la cita, así que más te vale ir corriendo.
Yoh cubrió su rostro con ambas manos, y las arrastró lentamente hacia abajo, exasperado.
—Fantástico…
—¿Voy contigo? —preguntó su hermano, tratando de ocultar su entusiasmo—. Digo, puedo esperar afuera de la consulta, como la última vez…
—¿De verdad quieres ir? —Yoh observó que, como nunca, las mejillas de su hermano mayor se tornaron levemente rosa.
—Está bien —suspiró Hao, escondiendo las manos en los bolsillos—. Sólo quiero saber si la criatura que ustedes fabricaron es en realidad un humano y si… bueno, si es niño o niña. O los dos, quien sabe.
—Yo también estoy emocionado —contestó alegre Yoh, llevando su mano al hombro de su hermano—. Tenemos que tomar el bus rápido, si no llegamos a tiempo Anna me matará.
Manta miró a los hermanos, enternecido.
—¡Quien diría que habrá un bebé Asakura dentro de tan poco tiempo!
—No te metas, idiota —gruñó Hao, dando un paso amenazante hacia el rubio.
Manta cubrió su cabeza con miedo, cuya reacción hizo al Asakura reír con malicia.
—Sólo bromeo, no tocaría al mejor amigo de mi hermano.
Sacudió el cabello del rubio con brusquedad, dejándolo despeinado. Yoh suspiró y sujetó del brazo a su gemelo.
—Hao, es hora de irnos.
—Ya váyanse —dijo molesto Manta, acomodando su cabello con las manos.
Los Asakura no tardaron en llegar a la sala de estar de la consulta del médico. Algunas personas que ya se encontraban en el lugar los observaron con curiosidad. Yoh ya se había acostumbrado a generar esa reacción en la gente cuando acompañaba a Anna al médico. Supuso que estar vistiendo con su uniforme y encima acompañado de su hermano gemelo llamaban más la atención. Los ignoró y buscó con la mirada a su novia, que se encontraba sentada sola, con la vista perdida. Él y Hao se acercaron hacia ella, que parecía estar demasiado distraída, sin notar su presencia.
—¿Anna? —preguntó Yoh, sentándose junto a la muchacha.
Sólo al escuchar su nombre, la rubia pestañeó y giró el rostro hacia el muchacho.
—Oh, no te había visto —dijo ella, sin emoción alguna. Observó a Hao sentarse junto a su novio—. Veo que no viniste solo.
Hao estaba a punto de responder, pero Yoh habló primero.
—Te envié un mensaje avisándote. No contestaste —explicó el muchacho, cruzando los dedos mentalmente para que Anna no se enfadara—. ¿Está bien?
—Claro —dijo ella, comenzando a juguetear con la tela de su falda.
Su actitud generó extrañeza en los gemelos, que intercambiaron miradas preocupadas.
—¿Segura? —preguntó Hao, observando a su cuñada perdida nuevamente en sus pensamientos—. Sólo quería saber el género del bebé. Puedo esperar aquí afuera, como la otra vez.
—Puedes entrar con nosotros si quieres —por primera vez lo miró a los ojos, con una expresión indescifrable—. Serás su tío, después de todo.
Hao sintió algo en su pecho. Cálido. Yoh sonrió y pasó su brazo por los hombros de su hermano.
—¿No es genial?
Hao sonrió de vuelta.
—En realidad, sí. Tendrá su encanto, supongo.
—Anna Kyoyama
Los tres adolescentes escucharon el nombre y se levantaron de sus lugares. Hao se adelantó, entrando de inmediato a la consulta del doctor. Antes de cruzar la puerta, Yoh observó a Anna, que parecía tener la cabeza en las nubes.
—¿Todo bien? —le preguntó.
La rubia lo miró, con los ojos brillantes. Una mezcla de ilusión y miedo cruzó por su mirada. Se sujetó del brazo del muchacho y asintió. Ambos entraron juntos a la consulta del médico, un hombre alto, rubio y delgado, que vestía un delantal blanco cubriendo el resto de su ropa. Él les sonrió amablemente al observarlos entrar al lugar.
—Oh, aquí están —dijo el doctor, sentado detrás de su escritorio—. Pensé que se había dejado crecer el cabello, señor Asakura.
Yoh miró a Hao, que se encontraba tomando asiento frente al doctor con suma comodidad.
—Es mi gemelo, nos quiso acompañar hoy.
—Muy bien, hoy será una cita más interesante que las demás —comentó el adulto, cuyos cabellos rubios estaban peinados hacia atrás. Se levantó y se acercó a la pareja—. Hagamos que la señorita Anna pase a la camilla, prepararé la máquina para que verifiquemos el sexo del bebé.
El doctor le extendió una mano a la muchacha, guiándola hasta el escabel que se encontraba junto a la camilla.
—Ven —susurró Yoh, haciéndole una señal a su gemelo.
Hao se levantó de la silla y caminó incómodamente hasta la camilla. Exploró la consulta del doctor de un vistazo. Rara vez se sentía tan fuera de lugar como en este instante. No pensó que estaría junto a su hermano y a su cuñada en un momento que parecía personal.
Mientras el médico preparaba la máquina, conversaba con Anna.
—Espero que haya dejado las galletas y los dulces —dijo él, presionando algunos botones en el aparato—. Recuerde que en sus últimos exámenes el azúcar estaba al límite, no queremos que le de diabetes gestacional.
—Es difícil —confesó Anna, levantando levemente su blusa. Ya conocía a la perfección el procedimiento—. En época de exámenes da mucha ansiedad.
—¿Y cómo han estado los cambios de humor? —preguntó él, alejándose de la máquina para sacar una botella con gel. —¿Se mantienen?
—Sí —contestó Yoh, arrepintiéndose al instante. El doctor rio, mientras que Anna no parecía sorprendida.
El doctor se acercó a Anna, que bajó levemente su falta para descubrir su vientre. Hao miró hacia otro lado, era la primera vez que se sentía avergonzado frente al cuerpo de una mujer así. Pensó que había sido una mala idea entrar a la consulta.
—Mejor espero afuera —le susurró al oído menor a su hermano, quien lo sujetó del brazo.
—¿Bromeas? —preguntó Yoh, divertido—. Ya viene la mejor parte.
—Mira, Yoh, no estoy seguro de que…
El sonido de rápidos latidos de corazón inundó la habitación. Los gemelos miraron hacia la pantalla del ecógrafo, mientras el doctor movía el aparato sobre el abdomen de Anna.
—Parece que alguien se sintió observado —dijo el doctor, viendo el pequeño cuerpo del bebé en la pantalla.
Hao observó enmudecido, mientras la sonrisa de Yoh crecía. El muchacho miró a su novia, que se encontraba recostada observando la pantalla.
—Pero qué grande está —comentó Yoh maravillado, acercándose a la camilla para sujetar la mano de Anna. —No va a heredar tu altura —bromeó, con una sonrisa satisfecha.
—¿Sigue todo bien? —preguntó ella, sin perder de vista la imagen de su bebé.
—Excelente —respondió el doctor, moviendo el aparato sobre su vientre nuevamente.
Yoh notó que los hombros de la muchacha se relajaban.
—¿Y? —preguntó Hao, asomándose sobre el hombro de su gemelo—. ¿Qué es?
El médico lo observó divertido, intercambiando miradas entre la pareja de adolescentes.
—¿Están listos para la gran revelación?
—Por supuesto que están listos —respondió Hao—. Para eso vinimos.
Anna puso los ojos en blanco ante la intromisión de su cuñado.
El doctor continuó moviendo el aparato. Los gemelos observaban expectantes, aguardando por la respuesta del hombre.
—Es…—dijo el médico, deteniendo el aparato en un punto fijo. Sonrió—. ¡Es un niño! Felicidades.
—¡Un niño! —dijo Yoh, mirando a Anna que, por primera vez en el día, le regalaba una amplia sonrisa.
—Un sobrino —susurró Hao, con la vista fija en la pantalla.
—¿No es genial? —preguntó el futuro padre, sonriendo de oreja a oreja. Besó la frente de la muchacha, haciendo que Hao hiciera una mueca de asco.
—Ok, mejor me voy antes de que se pongan melosos —dijo el mayor de los gemelos. Se dirigió hacia su hermano, y le dio una palmada en la espalda—. Felicidades, hermanito. Y por supuesto, cuñadita.
—Gracias, Hao —dijo Yoh, que se sentía lleno de orgullo.
Ese bebé aún no nacía y él ya sentía como si fuera su mayor triunfo.
—No tardaremos mucho más —habló el doctor—. Les daré algunas indicaciones y podrán irse a casa.
—Perfecto —dijo Anna—. Tenemos muchas cosas que hacer.
Yoh sintió una gota de sudor formarse en su frente. Ella no cambiaba.
La conversación en el trayecto a casa fue en mayor parte una discusión entre Hao y Anna sobre la decoración de la habitación. La rubia quería encargarse de dicha labor, mientras que el futuro tío reclamaba que estaba perfectamente capacitado. Ya había visto muchos programas de remodelación de hogares en el pasado, era casi un diseñador de interiores. Sólo le faltaba la experiencia.
—Te digo, tengo buen gusto —prometió él, que iba parado en el bus junto a su hermano. Anna iba sentada, mirándolo rendida.
—Tus citas prueban lo contrario —dijo ella, cruzando los brazos sobre su vientre—. Además, no quiero ver que la habitación de mi hijo tenga fotos de modelos pegadas en la pared.
—¿De dónde sacaste esa idea? —preguntó Hao, ofendido—. No tengo nada de eso en mi habitación. Ni siquiera entras a mi cuarto, así que no me juzgues.
—Desde que te encontré con esa chica juré que nunca más entraría ahí —contestó ella.
—¿Por qué no sabía de eso? —preguntó Yoh, ante la expresión traicionada de su hermano.
Llegaron a su casa, y Anna inmediatamente se dirigió a su habitación. Insistió en que tenía que terminar unos pendientes del instituto, y cerró la puerta de su cuarto. Yoh llamó a sus padres y a sus abuelos para darles la nueva noticia.
—Adivina qué será tu bisnieto —dijo a través del teléfono, mirando por la ventana a través de su habitación.
Sonrió al escuchar a su abuelo tomando una gran bocanada de aire.
—¡Es un niño! —exclamó el anciano—.Te lo dije, Kino.
—¿Otro niño más? —escuchó a la abuela hablar—. Otro dolor de cabeza… si no me mata esta gripe juró que lo hará un Asakura.
—Al parecer la abuela está de buen humor —comentó Yoh, observando las nubes anaranjadas del atardecer y el sol ocultándose detrás de los edificios.
—Me recupero de la gripe y se enferma ella —dijo Yohmei—. Juntos en la salud y en la enfermedad. Menos mal que Anna no aceptó casarse después de todo —rio el anciano.
—Lo del matrimonio fue tu idea —recordó Yoh, oyendo a su abuelo reír.
—No vuelvas a hacerle caso a un viejo enfermizo como yo. Créelo, te salvaste de una vida de infelicidad.
—Vejete malagradecido —dijo la anciana, terminando la frase con un ataque de tos.
—Entonces, ¿todo bien con mi bisnieto? —preguntó Yohmei—. Y Anna, ¿cómo ha estado?
—El bebé está genial —relató el muchacho, recargándose sobre el marco de la ventana —Anna está bien, pero, ya sabes, sigue siendo Anna.
—¿Problemas en el paraíso? —preguntó burlonamente el anciano.
—Podría decirse —admitió Yoh, rascándose la cabeza.
—Por eso mismo no recuerdo mucho cuando tu abuela estaba embarazada de tu madre. Tengo que haberlo bloqueado para protegerme del trauma.
—Es frustrante, me esfuerzo mucho, pero la mayoría del tiempo ella sólo me mira con odio.
—No puedes culparla, ninguno de nosotros sabrá nunca por lo que está pasando. Sólo puedes agachar la cabeza y tratar de empatizar.
—Eso hago, abuelito.
—Y si las cosas se ponen feas, puedes venir huyendo a Izumo. Tu abuela estará feliz de verte.
—¿Te estás burlando de mi ceguera? Porque puedo meter este bastón donde te que…
—Creo que iré a ver a Anna —interrumpió Yoh—. Siempre es un gusto hablar contigo.
—Lo mismo digo. Saludos a Hao, dile al ingrato que me llame.
—Lo haré, adiós.
Yoh apagó su teléfono y lo lanzó sobre su cama. Hace ya varias horas que Anna estaba en su habitación. Esperaba que ya hubiese terminado sus tareas, no tenía intenciones de molestarla. Tocó la puerta del cuarto de la muchacha.
—¿Puedo pasar?
—Adelante.
Yoh entró a la habitación de Anna. Había varios muebles que pertenecían anteriormente a su antiguo departamento. A pesar de vivir juntos, rara vez compartían la habitación. Sabían que, con la llegada del bebé, esto cambiaría permanentemente, y uno de los cuartos tendría que ser adaptado para su hijo.
La muchacha se encontraba recostada en su cama.
—¿Terminaste con los pendientes? —preguntó él, sentándose junto a ella con cierta cautela.
—Hace una hora —admitió Anna, sonriendo levemente.
—¿Y por qué sigues aquí sola? Deberíamos estar celebrando que vamos a tener un niño.
—Lo sé, es sólo que…
—¿Estás desanimada? —preguntó Yoh, acariciando una de las manos de su novia—. Si quieres una niña, podemos intentarlo de nuevo.
Ante la expresión sorprendida de la rubia, el muchacho comenzó a reír
—Es sólo una broma.
Ella lo empujó suavemente del hombro
—Muy divertido.
—Debes dejar de tratarme así —él intentó inútilmente hablar con seriedad— O te voy a denunciar por violencia doméstica—. amenazó, sujetando de las muñecas a la muchacha.
—Al que voy a denunciar es a ti, por ser un pésimo novio —respondió la rubia tratando de zafarse del agarre del muchacho—. Ahora suéltame o…—
—¿Pésimo novio? —repitió Yoh, sin dejar ir a la rubia, al contrario, comenzó a inclinarse sobre ella— ¿Por qué dices eso?
—Mira la hora que es —explicó ella, sacudiendo los brazos sin resultados—. Y aún no me preparas la cena.
—Eres increíble —dijo él, inclinándose aún más sobre su novia. Ambos quedaron recostados sobre la cama.
Yoh, que estaba sobre Anna, soltó sus muñecas y acercó su rostro al de ella para darle un beso en la frente.
—Aunque tienes razón, también tengo hambre. Iré a …
—No te vayas —pidió la rubia, sujetando desde el cuello a su novio—. Quédate conmigo.
Su tono suplicante erizó la piel del muchacho. Él obedeció, sin intenciones de protestar.
—Si tú insistes —susurró, recostándose al lado de la rubia.
Anna volteó y abrazó a Yoh, apoyando su cabeza sobre el pecho de su novio. Él pasó un brazo detrás del cuello de la joven, peinando esos mechones rubios que tanto le gustaban. Pasaron unos minutos sin pronunciar palabra alguna, escuchando únicamente el sonido de los punteros del reloj en la pared pared.
—Extrañaba esto —susurró Yoh, mirando hacia el techo.
—Yo también —confesó Anna, alzando la mirada para observar a su novio—. ¿Yoh?
—¿Sí?
—Disculpa que sea una perra contigo —dijo, haciendo que él se sobresaltara.
—No digas eso —él la miró frunciendo el ceño, mas sin enfado—. ¿Eres difícil? Sí, siempre lo has sido. Pero si no fueras como eres, con todos tus defectos y tus innumerables cualidades, no me habría enamorado de ti.
Ella lo observó sin decir nada. Recordaba los días en que él y ella se estaban conociendo. Él era tan infantil, se ponía nervioso al hablar de sus sentimientos, su rostro se ruborizaba completamente y en ocasiones tartamudeaba. Hoy seguía teniendo la misma esencia, pero no tenía miedo de abrirse a ella. Anna siempre creyó que ella no necesitaba de nadie, pero él se había convertido en un pilar en sus momentos de mayor vulnerabilidad.
—Además, estás embarazada —dijo él, sonriendo—. Tienes permitido regañarme cuando quieras. Estamos aquí por mi culpa, ¿no?
—No seas ridículo, no eres en único responsable —corrigió ella, acariciando uno de los brazos de Yoh.
—Bueno, no me arrepiento de nada —confesó él, disfrutando el suave tacto de la muchacha.
—Deseo de verdad ser una buena madre —dijo la rubia, recorriendo el brazo de su novio con el dedo índice—. No tengo buenos ejemplos, tendré que aprender sobre la marcha.
—Serás excelente. Eres inteligente, fuerte, hábil —enumeró él, dándole un beso en la mejilla—. Y muy hermosa. Yo, en cambio, de seguro le pondré los pañales al revés.
—Lo harás bien —dijo Anna, dándole un beso de vuelta en la mejilla—. Confío en ti con mi vida.
—Y yo en ti —respondió, besándola en los labios.
Anna no esperaba ese movimiento, sin embargo, fue más que bienvenido. Cerró los ojos y acercó a Yoh aún más, atrayéndolo del cuello de la camisa. Él sonrió y puso su mano por debajo de la blusa de su novia. Acarició su espalda baja, y movió su mano hasta su vientre. Ambos se detuvieron de golpe.
—¿Qué fue eso? —preguntó Yoh, sorprendido.
—No sé —respondió Anna—. Creo que fue una patada.
—¡Es increíble! —exclamó él. Siguió recorriendo con su mano sobre el abdomen de Anna hasta que, nuevamente, sintió movimiento bajo su palma—. ¡Lo hizo otra vez!
—Nunca había pasado —comentó la rubia, mirando atónita a su novio.
—No le gusta que te bese —bromeó el castaño, asombrado ante la intervención de su hijo—. Eres egoísta, pequeño. Estás todo el día con Anna, y ahora te enfadas porque estamos a solas.
—Me quiere sólo para él —dijo ella, sonriendo burlonamente—. Ya sabemos quién es su favorita.
—Es obvio, están siempre juntos —comentó él, aún con la mano sobre el vientre de la muchacha, atento a alguna nueva patada—. Ya pasaremos tiempo de padre e hijo cuando nazca.
—Tenemos que pensar en un nombre —recordó la rubia, llevando su mano sobre la de su novio.
—Ya estuve pensando en algunos. Muchos —confesó Yoh, abrazando por la espalda a la rubia—. Ahora que sabemos que será un niño, será más fácil reducir la lista.
—¿Lista? —preguntó Anna, observándolo sobre su hombro.
—Anoto algunos nombres en el bloc de notas que me entregaron en el trabajo.
—Espero que no hayas escrito nombres de cantantes o personajes de juegos…
—Sólo uno o dos —rio él, escuchando a la rubia suspirar.
Podría jurar que ella estaba poniendo los ojos en blanco, aún sin lograr ver su rostro.
Se mantuvieron en esa posición por un rato, abrazados, escuchando únicamente la respiración del otro. Disfrutaron de la tranquilidad, un regalo que ya no recibían tan seguido como antes. Los días no se volvían más sencillos; eran jóvenes y el esfuerzo físico no era un gran desafío, pero la carga emocional y mental que se había sumado a sus nuevas vidas se había convertido en su nueva enemiga. Además, vivir juntos había parecido una idea idílica durante las primeras semanas de su noviazgo, aun así, no terminó siendo tan simple como creyeron. Aún buscaban adaptarse al estilo de vida que llevaban, pero los días pasaban velozmente, y no se ni darían cuenta cuando el bebé ya hubiese nacido.
—Anna —él rompió el silencio, apoyando su mentón sobre el hombro de la rubia—. Sé que estos días no han sido fáciles para ninguno de los dos, sobre todo para ti. Aunque a veces me queje, agradezco pasar por esto contigo.
—¿A pesar de estar presionándote todo el día? —preguntó ella, girando su cuerpo para mirarlo.
—Y con tus gritos incluidos —confirmó él, sonriendo divertido.
Escondió uno de los mechones de la rubia detrás de su oreja, para luego acariciar su mejilla.
—Simplemente no imagino esta vida con nadie más.
—Aprovecharé tus cursilerías para decirte que también estoy agradecida —dejó su cabeza descansar sobre el pecho de su novio, sintiendo los latidos del corazón del muchacho—. Sé que estás dando lo mejor de ti. Aun cuando me irrito con facilidad, y tengo menos paciencia que nunca. Cualquier otro chico hubiese salido corriendo.
Él rio, recordando que sus amigos le habían dicho exactamente lo mismo. Le temían a Anna desde el día en que la conocieron; creían que Yoh estaba demasiado loco o demasiado enamorado para aguantarla.
—Mala suerte, Anna. No pienso irme a ningún lado.
—Más te vale —contestó ella, sonriendo con satisfacción.
Él le sonrió de vuelta y le dio un beso en la frente. Sintió que Anna se acomodaba contra su cuerpo, buscando su mano para tomarla. Entrelazaron sus dedos, y la muchacha cerró los ojos. Yoh notó que la respiración de su novia se hacía más pesada, se había quedado dormida rápidamente. Él dejó su cabeza caer sobre la almohada de la cama, e inspiró una gran cantidad de aire por la nariz.
Su vida tal vez había dado un giro, pero todo valía la pena. En ocasiones se sentía agobiado, otras veces se sentía perdido. A pesar de eso, recordaba que él y su novia estaban juntos, y de pronto todo tenía sentido. Amaba a la chica, y amaba al pequeño que venía en camino.
Él amaba su vida.
