Estaban bien. Eran perfectos. Ella podía decirlo en voz alta y disfrutar su realidad, pues ahora estaban juntos. Después de aquello, el tímido cortejo que habían mantenido después de la impulsiva declaración de Sakura, cuando se desvistió ante él, se había convertido en una tierna relación que acababa de nacer de forma genuina. Seguían manteniendo cierta precaución en sus actos, despidiéndose y saludándose con esos besos nimios, excepto que ahora las cosas habían cambiado un poco. Él parecía haber perdido todo miedo a tocarla, besarla o abrazarla, al menos en privado. Seguía siendo un hombre de pocas palabras, y estaba claro que eso jamás cambiaría, pero lo miraba como si se hubiese liberado de sí mismo. De algún modo, desde aquella cena, todas las noches iban juntos a la cama, sin importar que lo único que sucediera fueran charlas hasta conciliar el sueño, y despertar con sus brazos enrollando su cintura. Ella había descubierto que él no despertaba de mal humor si lo convencía de abrir los ojos con mimos, pero ya tenía grabado en la memoria que él tenía un mal despertar, así que tomaba precauciones a futuro. Por otra parte, había descubierto lo considerado que resultaba ser al levantarse, cuidando no despertarla. Era atento, así que la cuidaba en todo momento, pero también era sumamente tierno. Se dejaba ayudar a arreglar por la mañana, para que ella le acomodara la corbata, y la miraba intensamente así que ella fingía que no lo notaba. No había seña de arrepentimiento en él cuando estaban juntos, tampoco escapaba ni parecía sentirse culpable por su esposa. Ahora, por más sorprendente que pareciera, él coqueteaba. Lo había descubierto mirándole el escote, fingir que no lo hacía, y sonreír ante su propia travesura. Era carismático naturalmente, pero esto… esto era de otro mundo, porque parecía que disfrutaba ponerla nerviosa con miradas que, ella sabía, no tenían ni un gramo de inocencia.
—¿Cómo va todo en la gran ciudad? —la voz de Ino, al otro lado de la línea, era algo que solía escuchar una vez a la semana—. ¿Alguna novedad?
—La ciudad siempre está en movimiento —respondió Sakura, de forma distraída—. ¿Qué es lo que quieres saber? Mis maestros dicen que estoy avanzando mis estudios de maravilla.
—¿Qué hay de los doctores?
—Ah, no quieren rendirse. Les dije que estaba bien, pero ellos dicen que Sasuke-kun no piensa dejar el tema en paz —se encogió de hombros—. Parece estar obsesionado con la idea de que yo recupere mis recuerdos, pero la verdad es que no sé si quiero hacerlo.
—Wow, ¿de qué hablas? Digo, van casi ocho meses de revisión, ¿no?
—Bueno, tú sabes… él dice que yo lo odiaré cuando recuerde —un suspiro brotó de los labios de Sakura, mientras se lanzaba de espaldas sobre su cama—. Ni siquiera puedo imaginarme odiándolo, Ino. En realidad, dudo que él sepa lo que yo sentía antes.
—… hablas como si lo supieras.
—Hay cosas que simplemente sé, cosas que siento —alzó la mirada al techo, tranquila—. Ino, tengo un amigo que dice que yo estaba preocupada por él, por entenderlo. Creo que él ya me gustaba desde entonces, así que este sentimiento no es algo nuevo.
—Ah, el sentimiento —dijo, con diversión, mientras cortaba algunos tallos—. ¿Ya le pusiste nombre al sentimiento?
—Amor.
—¡Ouch! —entre la sorpresa, la rubia cometió un descuido, pinchándose con una espina—. Rayos… parece que lo estás tomando a otro nivel.
—No es solo eso… es decir, no quería decirlo porque me siento en una hermosa burbuja rosa en este momento, pero se lo confesé, y él correspondió.
—Wooow, espera. ¿Es en serio? ¡No me digas mentiras! —exclamó la rubia—. ¿El señor Uchiha? ¿El de la esposa ausente? ¿El que no quiere asumir ningún riesgo y solo tiene corazón para su mujer?
—Gracias por tus profundas palabras de aliento —replicó, sarcástica.
—Bueno, lo lamento, pero hay algo que no puedes olvidar, ¿sabes? Nos guste o no, él es un hombre casado hasta que firme el divorcio —se encogió de hombros—. Mujer ausente o no, abandonado o no, es la realidad. ¿Aún usa el anillo?
—Ino…
—Escucha, lo importante es que tú seas la primera y que, el día de mañana, no aparezca una bruja que quiera arrancarles esta felicidad —Sakura hizo una mueca—. No quiero desilusionarte, pero es momento de pensar las cosas con claridad. Quizá es pronto, pero empieza a considerar poner las cartas sobre la mesa. Es por tu bien, Sakura.
Capítulo Diecinueve: Afrodita Pandemos
Sasuke Uchiha, líder del clan Uchiha y de su imperio, era el responsable de las principales actividades administrativas de la empresa, apoyándose en el buen criterio de su padre y su hermano, quien de hecho pronto cumpliría años. Desde hace más de un mes, él había sucumbido ante los encantos de su compañera de casa, a quien llamaba su protegida a pesar de que eran marido y mujer, pero ella no tenía idea. En todo caso, esta relación encubierta había ocasionado una impresionante mejoría en su trabajo, lo que ponía curiosos a quienes lo rodeaban, pues al principio creían que era una cuestión temporal, pero este se prestaba a hacer un año de grandes cambios. Desde el regreso de la desaparecida princesa del clan Uchiha, pasando por las remodelaciones de las oficinas y de su hogar, hasta una mejoría en su estado del ánimo y productividad. Las acusaciones de hace dos meses y medio parecían irrelevantes ahora que él había dejado las cosas seguir su rumbo, y todo parecía marchar de forma excepcional. Estaba en su nueva oficina, cuidadosamente diseñada por su hermosa novia—esposa, legalmente hablando—, tomaba un café y se sentía como si el día solo pudiera mejorar poco a poco. Movió su mano hasta su intercomunicador, para que su secretaria respondiera al otro lado de la puerta.
—Necesito que llames a Itachi, tenemos una charla pendiente.
—Sí, señor Uchiha —respondió la mujer—. Ah, la señorita Sakura acaba de llegar, dice que le trajo la comida. ¿Le pido que lo espere en la sala de conferencias?
—No, está bien, la atenderé ahora —ella estaba ahí—. Déjala pasar.
—Sí, señor.
Ella era preciosa, pero había entrado ahí como un crimen en contra de la razón del pelinegro. Sasuke la miró, de pies a cabeza, porque ella llevaba un vestido negro ceñido que no alcanzaba sus rodillas, cuello halter, medias negras y zapatos de tacón. Se preguntó a sí mismo si sus intenciones eran matarlo de celos, pero el cardigan que usaba decía que estaba reservando un poco de sus bonitas curvas. La miró cerrar la puerta tras de sí, así que se levantó tranquilamente de su escritorio, para rodearlo y alcanzarla a mitad del camino, recibiendo un tierno beso en los labios al interceptarse el uno al otro. Nadie podía ver el interior de su oficina, a menos de que tuvieran un helicóptero para el ventanal que daba a la ciudad. Como fuera, estaban en una situación de privacidad, y no había que tener cuidado aquí.
—¿Qué traes puesto? —preguntó, intentando fingir que no se le desorbitaban los ojos al mirarla.
—¿Me veo guapa? —respondió con otra pregunta, probablemente más orgullosa de sí misma de lo que debería sentirse—. Pensé que si iba a venir a la oficina entonces debía usar algo apropiado, si yo trabajara aquí, este es el tipo de ropa que usaría.
—Sí, pero afortunadamente tú no trabajas aquí.
—Porque no quieres dejarme trabajar —se quejó—. ¿Te imaginas? Podría encargarme de servir el café para todos, y así me verías todo el día. Además, traería tanto y tanto café a tu oficina…
—No te dejo trabajar aquí porque eres una estudiante de medicina que tiene que concentrarse en sus estudios y no en verme más de lo que ya lo haces —soltó, cínico—. Sí, te ves guapa. Me atrevo a decir que casi demasiado guapa.
—Gracias —contestó, alegre—. Me lo puse para impresionarte.
—Puedo darme cuenta —suspiró, mientras la guiaba hacia la sala—. Escuché que trajiste la comida, ¿qué es?
—Pasé a tu restaurante favorito en el camino, estaba de compras, así que quise aprovechar que ya estaba cerca —se encogió de hombros, dejando el paquete en la mesita de té mientras tomaba asiento en el amplio sofá—. No traigo comida tan seguido, ¿no?
—Dos veces a la semana —la contradijo, alzando una ceja—. No es que me moleste, pero sí eres constante. Ya todos se acostumbraron a verte pasar.
—Bueno, es que me aburro.
—¿No tienes temas que estudiar? —alzó una ceja.
—Estoy adelantada —se encogió de hombros, otra vez—. ¿Sabes? No tener mucho que hacer me vuelve loca, así que me escapo. Hoy buscaba un regalo de nuestra parte para tu hermano, pero es difícil. Una corbata parece muy simple.
—Ve a su tienda de ropa favorita, nosotros solemos usar trajes a la medida, pero es una tienda departamental. Ellos te dirán qué es lo que tiene y qué le podría gustar.
—Oh, ¿tienes el nombre? —él asintió—. Eso es genial, este viaje ya no fue solo para darte comida, ¿ves? Me eres de mucha ayuda —decidió, para acercarse y darle un suave ósculo en la comisura de los labios, apoyando sus manos en el sofá.
—¿Así es como agradeces mi ayuda? —admiró, intrigado.
—Ah, ¿te gusta? Puedo ser muy agradecida, Sasuke-kun —el alzó ambas cejas, notando que ella comenzaba a quitarse el cardigan—. Te mostraré.
—¿Qué es lo que…?
Dios, a veces no la reconocía. No había siquiera un asomo de la chica tímida a la que conoció hace tres años, era una mujer completamente distinta. Sakura sostuvo su rostro para hacerlo girar y recibir sus labios, mientras ella se apoyaba en él. Se había sacado los tacones fácilmente, apoyando las rodillas en el mullido, llenándole de besos intensos mientras lo derrotaba por completo. Era el tipo de mujer que podía desarmarse completamente ante él, pero también podía debilitarlo si se lo proponía, y estaba lográndolo. En el último mes, si él había aprendido algo era que no podía bajar la guardia, así que no quiso dejarse derrotar fácilmente, tomando la decisión de resistir con un cojín en su espalda mientras la abrazaba. Terminaban besuqueándose casi todos los días, como si estuvieran en la secundaria, mirándose el uno al otro de forma cómplice, descubriendo las sonrisas retorcidas mientras intentaban provocarse mutuamente. Era un juego ardiente y peligroso, sin lugar a dudas, porque él no quería sobrepasarse con ella, o eso era lo que decía. Tenían el trato de no tener relaciones hasta que él firmara el divorcio, pero, ¿realmente podrían aguantar tanto tiempo? Es decir, con el tipo de juegos que tenían…
—Sasuke, ¿me llamaste? —la puerta se abrió repentinamente, así que ambos se detuvieron.
—¡Woah! —en el abrupto movimiento que ambos hicieron, en un esfuerzo de no ser tan evidentes ante Itachi, Sakura cayó a un lado, obligando con ello a que las manos rápidas de Sasuke la atraparan a mitad del camino, atrayendo inmediatamente su peso sobre su cuerpo.
—… —un incómodo silencio precedió a la espantosa interrupción, mientras ella intentaba ocultarse en el pecho del mayor. Sasuke no corría suficiente suerte como para evitar la desaprobatoria mirada de su hermano mayor—. Discúlpenme. Por favor, continúen o… terminen, lo que sea que hacían. Esperaré afuera —entonces regresó sobre sus pasos, cerrando la puerta.
—Mierda… —masculló, Sasuke. Los había descubierto. ¿No le había dicho a su secretaria que primero atendería a Sakura? Maldición.
—Debí asegurar la puerta —se quejó, Sakura.
—Habría sospechado, de cualquier manera —suspiró, poniendo una mano en su espalda, en un intento de tranquilizarla—. Nos confiamos demasiado… ahora va a darme un sermón sobre separar el trabajo y mi vida privada.
—Mm… lo siento.
—Dios, me va a dar un sermón del matrimonio —se quejó, más, echando la cabeza hacia atrás.
—Él está esperándote —agregó, levantándose lentamente—. Supongo que debería irme… seguro yo también seré sermoneada después.
—No, yo hablaré con él —dijo, sentándose—. Solo… acomódate la ropa e intenta que el rostro no te delate allá afuera. Digo, como si mi secretaria no lo hubiera notado —bufó.
—Dios, no podré venir en un tiempo —murmuró, poniéndose el cardigan—. Ni siquiera sé si pueda volver a las tiendas…
—Déjalo para después —le restó importancia—. Ahora vuelve a casa, llévate el auto, no importa que sea cerca. Envíame un mensaje cuando hayas llegado y no pienses en esto, ¿quieres? Yo me voy a encargar, así que… relájate, e intenta concentrarte en estudiar.
—Está bien —dijo, y se inclinó a darle un beso de despedida—. ¿Te veo en la cena?
—Ahí estaré —afirmó, viéndola salir valientemente a hacer una noble marcha de la vergüenza frente a su cuñado. La escuchó despedirse, ofrecer una leve disculpa y, luego, huir. Suspiró en su lugar, pensando que era una buena chica, pero luego su hermano entró.
—… pudieron poner el seguro —era un puto genio.
—Sí, bueno, no planeaba que eso sucediera, o que tú lo vieras —se encogió de hombros—. Me sorprende que no te hayas anunciado.
—Me dijeron que ella estaba aquí, así que no pensé que fuera a interrumpir algo importante. Ya veo que estaba equivocado —su tono de voz traía cierto sarcasmo que resultaba inevitable, lo sabía, y era razonable—. Es decir, si hubiese sido otra mujer, creo que lo entendería mejor.
—Pero era ella.
—¿Sakura? —ahí estaba, la incredulidad—. ¿Cómo es que esto sucedió?
—Hace un par de meses tú y papá me lo estaban echando en cara, ¿realmente te sorprende?
—No, lo sorprendente es atraparlos en la oficina a punto de…
—Te confundes, no me acuesto con ella —afirmó, poniéndose de pie rápidamente—. No me atrevería a hacerlo.
—Lo dices como si hubiera sido una posibilidad todo este tiempo.
—Bueno, hace más de un mes se me ofreció —sus palabras logrando un gran impacto en el mayor, quien parpadeó varias veces al escucharlo—. Estaba alterada… como sea, la cuestión es que ambos nos tranquilizamos. Ella se me confesó de una forma muy firme y… directa. Fue complicado los primeros días, pero lo verdaderamente serio es que Perséfone despertó.
—¿Perséfone? —alzó sus cejas—. ¿A qué te refieres?
—Usualmente, los poderes de Sakura se mantienen dormidos. Su principal influencia es sobre la flora, así que las plantas suelen conservarse más tiempo a su alrededor, o crecer un poco más rápido. Si una flor no se da normalmente, puede hacerlo cuando ella está cerca —le explicó—. Pero, como deidad, ella es mucho más fuerte que eso.
—¿Qué es lo que hizo?
—Transformó a cinco personas en plantas —al escuchar aquello, Itachi no pudo contener su impresión, sintiéndose altamente confundido. Sasuke suspiró—. Lo hizo antes, estando celosa. Ella asesinó así a una amante de Hades.
—Espera, esas cinco personas…
—Unos jóvenes dados por desaparecidos. No pretendo ser insensible, pero unas cuantas vidas mortales no son relevantes para los de nuestra especie… no se dio nunca esa consciencia, ni siquiera ahora, porque podemos reencarnar. La cosa es que en otras vidas cometí homicidios, y en esta por poco mato a ese imbécil de Kiba Inuzuka. Con Sakura, las cosas cambian, porque ella no es consciente de lo que hace. Ni siquiera sabe que tiene este poder.
—¿Es tan poderosa para lograr algo así?
—Nuestro clan ha mantenido un pequeño culto a ella por órdenes mías. Además, hay cierto poder que la tierra le presta, ella siempre lo escondió para pasar desapercibida. No sé si ellos son capaces de almacenarlo, pero si Deméter no puede recuperarlo es porque lo ha usado en exceso en el pasado, probablemente para ocultarse.
—Bueno, entonces me dices que todo empezó ese día. ¿Estás besuqueándote en la oficina con tu esposa para calmar sus indómitas ansias?
—Quizá lo hice por eso al principio —confesó—. Pero, conforme pasa el tiempo…
—Dios, Sasuke…
—Sabes bien lo que ella significaba para mí, desde siempre. Ahora, estamos tan bien juntos que eso tan solo ha evolucionado. Ella es importante.
—Sí, bueno. Pero, ¿eso qué importa si no le dices la verdad?
—No quiero hablar de eso, Itachi.
—Todos estamos de tu lado, te apoyamos. Creemos que esta es una oportunidad para ustedes, pero de nada sirve si no le dices que son marido y mujer —negó con la cabeza, en desaprobación a sus actos—. ¿Qué va a pasar cuando lo descubra?
—¿Acaso te parece que no pienso en eso todo el tiempo? —se pasó una mano por el cabello, empujándolo hacia atrás, frustrado—. No hay otra cosa en mi cabeza… pero, desde hace unas semanas, no ha parecido importante. Ella hace que todo cambie. No intento engañarla, quiero que recuerde quién es y quiero decirle la verdad. Simplemente… no sé cómo hacerlo.
—¿Qué sucedió hace unas semanas para que ya no te preocupe tanto, Sasuke?
—Le conté sobre nuestra situación de… reproducción —suspiró, apoyándose sobre el sofá, mirando a su hermano—. Fue luego de la cena en la mansión. Ella dijo que hablaron sobre los niños.
—… que te agradan.
—En ese momento… había algo entre nosotros, no puedo negarlo. Yo estaba aceptándolo, me acostumbraba a estar con ella, pero cuando le dije que yo no puedo tener hijos tuve que decirle que ella tampoco y… bueno, no le importa. Básicamente, mientras podamos estar juntos, tener hijos no es necesario. Así fue cuando vivíamos en el inframundo, seguirá así.
—¿Eso fue lo que ella te dijo? —preguntó, con un poco de incredulidad—. ¿O es lo que decidiste asumir?
—Dijo que me ama —al escuchar aquello, Itachi no pudo siquiera reaccionar—. Como Kore… es decir, como Perséfone, o como Sakura, ella jamás había admitido amarme y yo tampoco. Nuestra relación nunca fue simple, pero esa fue la primera vez que ella dijo que me ama, y no le bastó con hacerlo una vez. Lo repitió, y creo que iba a volver a decirlo, pero no la dejé.
—Ustedes… están jugando a algo muy arriesgado —un bufido brotó de los labios de Sasuke—. No, escúchame. Sé que no va a importar, pero tienes que entenderlo: van a destrozarse, el uno al otro, sin compasión. Lo peor es que ni siquiera van a darse cuenta de que se hacen daño.
—¿Eso crees? ¿Te parece que no me doy cuenta?
—Si lo hicieras, te detendrías.
—Intenté detenerme todos estos meses, ¿no lo ves? —negó con la cabeza, cansado—. Sé que nos vamos a matar el uno al otro, pero no importa.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Es que no hay forma de evitarlo —una mirada severa cayó sobre Itachi, con peso—. No necesito que me des sermones sobre cosas que yo ya sé. Estoy trabajando en eso, porque decidí aceptar lo bueno que pueda obtener. Disfrutaré de este tiempo juntos y, una vez que ella recuerde, podrá irse a vivir su vida odiándome.
—Sasuke…
—Mantenlo en secreto, y no te metas de nuevo. Es una orden.
[FLASHBACK]
Pronto sería el momento. Hades lo sabía, mejor que nadie, así que durante días despertó de sus ansiosos sueños y se sentó en su trono, asegurándose de que la silla a su lado estuviera lista para la llegada de su mujer. Caminaba con la idea de que este pudiera ser el día en que Hermes la trajera de vuelta a sus dominios, así que le entusiasmaba la idea de alzarla en sus brazos y hacerle el amor hasta que se le fuera la inmortalidad—nunca llegaban a tanto, claro—, pero ella no aparecía y, en realidad, al final se retrasó. Al principio, el Dios del inframundo decidió que quizá se había decidido que este año fuera una o dos semanas más de cultivo, así que se mantuvo expectante, convencido de que en cualquier momento ella llegaría. Sin embargo, los tiempos eran duros para la humanidad, así que había muchas decisiones que tomar, las mismas que lo hacían perder la noción de algo tan relativo como lo era el tiempo, en especial viviendo en un mundo sin día ni noche. Si el paso de Chronos ya era doloroso para él, no percatarse de que había estado tan ocupado para disfrutar su agonía le cayó de golpe, porque los días que se habían vuelto semanas terminaron por convertirse en meses y, entonces, se descubrió a sí mismo confundido, desesperado. ¿Había hecho algo mal la última vez que estuvieron juntos?
Las cartas de Hades surgieron como un esfuerzo por comprender el error cometido, y aunque quiso enviarlas con el dios mensajero, no hubo forma. Así, encontró a unas criaturas que cumplieran con la tarea—hormigas—, pero les tomaría tiempo. De repente, se encontró a sí mismo escribiendo y enviando una carta cada día, antes de que pasaran otros meses para que su primer mensajero volviera, con una fila de otros hermanos que traían la misma noticia.
El Olimpo estaba abandonado.
No había seña de deidad alguna en toda la tierra, excepto por alguna criatura menor o dios secundario cuyas obligaciones le ataban al inframundo. No había más hermanos a los que él pudiera acudir, así que estaba solo, y era imposible de imaginar lo que sucedió. Entonces, por primera vez en muchísimo tiempo, él salió del mundo de los muertos para encontrar la respuesta en el cielo: una energía que cubría Hélade o, más bien, el mundo entero. Un animal insignificante no lo habría notado, pues hacían falta los ojos de un Dios para entender que toda la energía de las distintas deidades estaba ahí, a su alrededor, haciendo que las funciones se cumplieran por sí mismas, lo que eventualmente ocasionaría un pequeño descontrol, pero… ¿qué importaba? Ninguno de ellos estaba ahí y, a pesar de entenderlo con solo eso, él recorrió la tierra y llegó hasta el Monte Olimpo, para encontrar cada rincón vacío.
Al principio, le costó tiempo entenderlo. Intentó convencerse de que no se trataba de una traición, pero era difícil verlo de esa forma cuando todos los demás se habían ido, así que buscó una forma para lograr alcanzarlos. Le tomó tanto tiempo que ni siquiera notó las décadas pasar, pero pudo proteger a una porción casi insignificante de seres humanos, quienes eran considerados paganos por su fe en los dioses del Olimpo que ya habían desaparecido. Claro, tuvo que mostrarse ante ellos con distintas formas y persuadirlos de reunirse, creando un pequeño grupo dispuesto a dedicar su vida a honrarlo, pero pronto serían descubiertos. Hades escogió un líder, les dio un emblema, los protegió para que pudieran huir a tierras más gentiles y volvió al inframundo a poner orden, dejando su sombra atrás para que pudiera cumplir con sus funciones, pero luego se volvió uno con el emblema que les entregó, para ser adorado, y desapareció del mundo como un Dios. Tuvieron que pasar unas cuantas generaciones en pobreza, negación, dolor y hambre, pidiéndole a un símbolo que parecía insignificante con el paso de sus vidas, al que protegían sin importar qué, hasta que Xenia—la primera heredera de Hades— nació y, con ello, la fortuna les mostró su mejor cara. Ella fue grande, como nadie hasta hoy. Perfeccionó a su culto como ninguna otra reencarnación, multiplicó los emblemas y, pese a los tabúes de su época, fue una mujer poderosa oculta tras un marido que fungía de fachada. Ella nunca tuvo hijos.
Lo había descubierto con el tiempo, aunque el resto de los dioses ya lo sabían. Los de su especie no eran capaces de reproducirse, ya no. En el pasado, podían hacerlo incluso en formas animales, pero el pequeño precio de seguir volviendo a la vida ameritaba que no podrían tener hijos, algo que el torpe ingenio de Zeus no pudo anticipar con su gran plan. Hades lo había tenido complejo, pues quería poder procrear a su propio heredero, pero nunca fue capaz de hacerlo, y fue así que la regla apareció: tener al menos dos hijos pues, si uno de ellos nacía como el próximo Hades, su familia tomaría el lugar de la principal de forma irreprochable, pero al no poder dar un heredero mientras el Dios durmiera, era necesario que tuviera un hermano o hermana que lo proporcionara a su muerte, alguien a quien él mismo pudiera educar.
Era ridículo, pero incluso en su gloria, él jamás pudo tener un hijo con su esposa, a pesar de las dudas sobre algunos de ellos. Perséfone y Hades no tenía descendencia juntos, aunque ella sí tenía a sus propios hijos. Sin embargo, ahora la posibilidad de en algún momento lograrlo, era nula. Ahora, al menos tenía la certeza de que estaban en iguales condiciones y, entonces, solo se necesitarían el uno al otro, si se encontraban.
[…]
Luego de trabajar, él volvió a casa. Al escuchar la puerta abrirse y al mayordomo recibirlo, ella corrió a asomarse por el pasillo del primer piso, esperando a que la notara. Pronto servirían la cena, pero estaba tan cansado que… bueno, podía tolerarlo, ¿no? Con eso en mente, dejo dicho que tenía algo que hablar con Sakura antes, y ambos subieron juntos a la oficina del pelinegro, quien estaba decidido a explicarle cómo sucedió todo, pero se engañaba al creer que tenían tiempo para esas nimiedades: cuando su pareja llegó a saludarlo con un ínfimo ósculo en los labios, ambos se miraron a los ojos y descubrieron que no era suficiente. Se descubrieron abrazados, besándose a mitad de la habitación, con intensidad. Él no tuvo necesidad de decirle que había tenido una agotadora plática con su hermano mayor, pero ella lo entendía, así que intentó consolarlo con sus labios, con mimos de sus manos, apretándolo contra su cuerpo, al menos hasta que la necesidad de aire les recordó lo frágil que resultaba su mortalidad, como el hecho de que tenían que hablar.
—No vengas a la oficina —decidió el pelinegro, acomodándose la corbata que a ella tanto le gustaba tomar—. Es lo mejor… claramente estamos en una etapa de nuestra relación en la que somos demasiado "físicos".
—¿Y tú crees que eso se solucione si yo no voy a verte? —alzó una ceja, retórica.
—Pienso que, si no estás por ahí, entonces no tendré que ponerte las manos encima —una risilla traviesa brotó de los labios de Sakura, así que él respondió con una sonrisa—. Hablando en serio, al menos reduce la frecuencia con la que vas.
—Me gusta visitarte —se encogió de hombros—. ¿Eso es malo?
—Lo es cuando nos mete en problemas —suspiró—. Solo… hazlo una vez al mes, ¿quieres?
—Dos veces —respondió, con un aire caprichoso y suplicante—. Por favor… llevaré comida para todos, así que podremos comer con tu hermano y tu padre. ¿Está bien?
—Maldición, va a parecer que intentas ganártelos… ya los tienes en la bolsa, ¿entiendes? Será dos veces por mes, pero solo para mí —se encogió de hombros—. Y nos veremos en un punto público, no podemos permitir que vuelva a suceder lo de hoy.
—De acuerdo —se encogió de hombros—. Entonces… ¿Itachi está molesto con nosotros?
—Está confundido —suspiró—. Sabes lo que yo pienso con respecto a lo que hacemos… da la sensación de que estoy abusando de tu vulnerabilidad. Él es mi hermano, piensa de la misma forma en que yo lo hago.
—Pero, eso no me importa —lo miró, para acercarse a él—. Ya no me interesan mis recuerdos, Sasuke-kun. Solo quiero estar contigo.
—No digas eso —murmuró, desviando la mirada—. Tu memoria es… importante. Se siente como si yo te la hubiese robado, y no puedo vivir de esa forma —así, la miró de frente—. Esto llegará a un punto insostenible si no eres capaz de recordarlo. Necesitamos que lo hagas, o todo será una mentira, Sakura. Ya lo parece para mí.
—Me niego a aceptar que no somos genuinos —decidió, para extender su brazo, hasta tocarle la mejilla—. Estás demasiado preocupado, Sasuke-kun. Si eso te hace sentir mejor, entonces te juro que seguiré luchando por recordarlo, pero sé que no lo necesito.
—Hmph —como una risita muda, él sonrió—. Eres cosa de otro mundo.
—Si estás dispuesto a quererme así, no me importa si vengo de marte o de venus —respondió, alcanzándolo para besarle la mejilla.
—Bien, "ET" —prácticamente, se reía de ella. Tenía un buen sentido del humor a pesar de ser tan serio, aunque era raro que lo demostrara—, vamos a comer antes de que se enfríe, nos están esperando en el comedor.
—Oh, vamos… ¿no podemos quedarnos un rato más?
—No —decidió, tomando su mano para traerla tras de sí—. Mientras más tiempo estamos solos, más siento que me intoxicas. No es que quiera un antídoto, pero me gustaría vivir un poco más.
—¡Qué cruel!
Aunque, era verdad. Sakura estaba matándolo, poco a poco. Ella lo provocaba de una forma que jamás se pudo imaginar, porque quería ser vista como una mujer, o algo así. Lo tentaba de forma consciente, quería dar pasos agigantados, así que él debía mostrar recato… como si eso sirviera de algo, ¿cierto? Así que pondría todos sus esfuerzos, porque el día que hicieran el amor, ¿cómo iba a poder soltarla después?
Él no era tan fuerte.
[Continuará…]
