"Venganza... El Pasado Regresó"

CAPÍTULO 18


Los primeros rayos del sol, traspasaron la tela de las cortinas y poco a poco, la luz del nuevo día, comenzó a iluminar todos los rincones de la habitación. Candy, abrió los ojos, antes de que eso sucediera. Ella despertó desde las seis de la mañana y ya no volvió a conciliar el sueño.

¿Cómo se suponía que, volviera a dormir?

La emoción que sentía dentro de su ser, rebasaba cualquier comportamiento lógico. Su cuerpo todavía, vibraba excitado, sintiéndose ansioso por continuar...

Sí... ¡Ansioso por continuar!

¡Dios! ¿No le bastaba con lo que ya había sucedido?

¿Ese comportamiento, era común en el género femenino? Se preguntaba con curiosidad, ¿O es que solo le sucedía a ella?

Los recuerdos de la noche anterior, no dejaban de repetirse dentro de su cabeza. Había sido una velada maravillosa, un momento que guardaría por el resto de su vida. Terry amándola y compartiéndole todo de su esencia. Marcándola como suya, para siempre.

«Imposible que vuelva dormirme», pensó Candy, dejando libre un suspiro.

Se movió un poco para acomodarse, fue un movimiento muy sutil, pero su prometido alcanzó a percibirlo y entonces, los brazos de él la apretaron un poco más, como asegurándose de que ella no fuese abandonarlo.

«Señor Grandchester... Es que ¿Ni en sueños deja de ser tan posesivo?» Candy sonrió divertida, después, le dio un dulce beso sobre la piel del torso.

¡Por Dios! ¡Ella no pensaba marcharse de allí!

Adoraba estar así, con la cabeza recostada, tan cerca del pecho de Terry. Amaba permanecer abrazada a él, porque de esa forma, ella podía escuchar los latidos de su corazón.

¿Existía algo más bello que eso?

Para Candy no había nada mejor... Esos latidos le pertenecían y le hacían desear, que Terry y ella vivieran por siempre, para continuar escuchando ese corazón, por toda la eternidad.

Terry se removió sobre el colchón, Candy pensó que se estaba despertando, pero para su sorpresa no fue así, en realidad el joven siguió dormido.

«Quizá... Si lo intento, también pueda dormir», se dijo, cerrando los ojos, para probar si podía perderse, en ese mundo que ella tanto adoraba.

Minutos después lo consiguió, finalmente se quedó dormida y no despertaría hasta horas después. Cuando el sol brillara con todo su esplendor.

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«¿Iremos de vacaciones, papi?»

Preguntó su hija, esbozando una brillante y esperanzadora sonrisa. Jamie no tuvo las agallas para desilusionarla, así que le dijo:

«Claro Princesa, pero primero visitaremos a tu Tío Declan»

Sophie gritó emocionada. En cambio Helen, no recibió de buena forma las palabras de Jamie; pues ella estaba realmente molesta, por tener que salir de Washington. Se encontraba furiosa, porque él había roto su promesa.

La tarde del día anterior, Jamie había decidido abandonar el trabajo de oficina, para unírsele a Carl en Chicago... Cuando él le pidió hacer la maletas, Helen no le dijo nada, ni tampoco le dirigió la palabra en todo el tiempo que llevaban viajando en el tren. Fue consciente de que él deseaba hablarle, pero ella prefirió centrar su atención en los niños e ignoró a su marido hasta que, fue imposible seguir evitándole.

—Ya sé que estás enojada —murmuró Jamie, cerca del oído de su mujer.

—No sólo estoy enojada, también estoy desilusionada... Pero... ¿Qué puedo hacer al respecto? —la joven esposa respiró hondo y una vez que se tranquilizó, añadió—. Me casé contigo, sabiendo que eras un agente...

—Si te diesen la oportunidad de viajar en el tiempo y no conocerme... ¿La tomarías? —preguntó Jamie.

Helen sonrió.

—No estoy tan enojada, James.

—Bueno, sigues llamándome James... Y tú solo me dices así, cuando estás enojada.

Ella tomó la mano de Jamie y se la apretó con firmeza.

—No me arrepiento de haberte conocido, mucho menos me arrepiento de enamorarme de ti... —confesó ella, observando los ojos grises de su esposo—. El enojo es el medio por el cuál, saco mis frustraciones... Tengo mucho miedo Jamie.

—No debes temer... Yo no voy a dejar que nada malo suceda —afirmó convencido.

—Pero... Pittsburgh podía ser más peligroso que Washington —mencionó Helen—. Quizás era mejor que nosotros nos quedáramos allá.

—No, lo mejor es que ustedes estén protegidos en un sitio neutral... La casa en donde está Declan es un buen lugar.

—Jamie... Y... ¿En serio crees correcto que lleguemos así nada más? Declan y Roger ya tienen una invitada en casa... —Helen observó a su marido, éste le sonrió.

—Yo creo que tu presencia y la de los niños vendrá más que bien... Declan no va querer quedarse quieto, se irá conmigo y y ustedes le harán compañía a Eleanor Baker ¿No crees?

—Apenas puedo creerlo... ¿Por qué razón estará allí? ¿Sucedió algo malo con ella?

—Carl no dio mayor explicación, su clave solo dio para que yo entendiera que, se trataba de la suegra de Candy.

—Ay Dios... Te juro que me pongo nerviosa, de solo pensarlo.

— ¿Por qué? Oye Helen... Si mi cuñado, que es antisocial, ha podido convivir con ella todo este tiempo, no veo por qué tú no vayas a poder... —Jamie apretó su mano y añadió—. Será mejor que te acostumbres, mi sobrina y esa mujer serán familia, inevitablemente tendremos que tratar con ella.

—Solo espero que le gusten los niños... Sophie es muy parlanchina y Harry, bueno sabes que está empezando a caminar y explorar...

—Más le vale que le gusten los niños, porque a estas alturas, es muy probable que esté en vías de convertirse en abuela...

Helen le dio un pellizco a su marido.

— ¡Oh Jamie! Que no se te ocurra hacer esa broma frente a tu cuñado.

— ¿Por qué no? —Jamie rió aún más fuerte—. Está bien, está bien... No lo haré... Al menos no de forma tan directa.

—Eres incorregible, James...

Helen observó por la ventanilla, entonces, se dio cuenta de que la ciudad ya estaba cerca, pasaron toda la noche viajando y finalmente habían llegado a su destino. Jamie también miró el panorama, el viaje para él aún no concluía, en realidad, todavía no empezaba.

Sólo esperaba que su cuñado no se volviera loco... Porque revivir lo que tanto tiempo le costó enterrar, no era bueno para él...

—Jamie... Necesito que me prometas algo...

— ¿Qué quieres que te prometa?

—Que si esto no funciona, dejarás el pasado por la paz y permitirás que tu hermana descanse... Dejarás tu venganza en el olvido y harás que Candy y Declan también lo hagan.

—Te lo prometo Helen, si no logramos atrapar a Gino con esto... Me olvidaré de él y haré que mi cuñado y mi sobrina, también renuncien.

Helen apretó la mano de su esposo y en silencio, oró para que eso fuese verdad, pues Jamie necesitaba paz en su corazón, al igual que ella y sus hijos.

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«Señor Richardson, usted ha rebasado los limites», le dijo Lorraine O'Donell, «¡Ya le expliqué que yo no sé nada!», exclamó la mujer, furiosa, haciendo que Carl se sintiera, un poco intimidado por el grito que le dedicó.

Carl sabía que ella tenía razón, él estaba rebasando los límites, no obstante, no se sentía avergonzado.

«Jamie Keating, es amigo mío y también es un agente... ¿Se sentiría más cómoda si hablara con él?»

La mujer no respondió, sencillamente se dio la media vuelta y continuó con su trabajo. Carl no agregó nada más. Pero pudo percibir el dolor que ella sentía. Por más que Lorraine quisiera ocultarlo, era evidente que vivía en un continuo sufrimiento, a causa de lo que sucedió en el pasado.

Desde ese momento, Carl se planteó la idea de que Jamie, fuera el que se encargara de interrogarla. Sabía que solo su amigo, podría lograr que ella hablara con honestidad. Así que llegar a la oficina y enterarse de que Jamie lo estaba buscando, fue una información que le pareció como caída del cielo.

Sí... James estaba furioso con él, pero Carl sabía que ese enojo era pasajero. Conocía al chico, él no podía estar molesto por mucho tiempo. Sabía que cuando él llegara a Chicago las cosas se arreglarían.

—Señor Richardson... Tiene una llamada telefónica —avisó la mujer que recién, se había presentado como su secretaria, Carl se negaba abandonar sus reflexiones, por lo que tardó en responder a la solicitud—. ¿Señor Richardson? ¿Va tomar la llamada sí o no? —insistió la asistente.

La mujer de mediana edad frunció el ceño y entonces Carl sonrió.

«Esta sí que me meterá en cintura, es tan regañona como mi madre...», pensó, viendo a la señora «Son las ventajas de tener a mi servicio a una mujer mayor», añadió sintiéndose divertido.

—La tomaré... Gracias... — Carl inmediatamente, descolgó el auricular y atendió la llamada.

— ¿Diga?

«Señor... Soy yo...» dijo Roger, al otro lado de la línea.

—Sí, Roger... Dime... ¿Hay algo que necesites comunicarme?

«La Señorita... Ella pretende viajar a Chicago y asistir a un evento familiar el día domingo...»

— ¡Esa muchacha! —exclamó Carl, poniendo los ojos en blanco—. ¿Qué no estaba ocupada jugando a la casita? —se burlo él.

«Al parecer el evento es importante», puntualizó Roger.

—Está bien... Investigaré y mandaré refuerzos...

«Muy bien, señor...»

—Roger, quiero que sepas que surgió algo... Ya sabes... Con el caso, necesito que vengas.

«Entiendo, no se preocupe, voy a viajar a Chicago y llegaré el fin de semana»

—Gracias por tu comprensión, prometo compensar tu tiempo.

«No diga eso, para mí es muy bueno seguir trabajando con usted»

Ambos se despidieron y enseguida colgaron.

Carl dejó libre un suspiro. No podía confiarle la seguridad de Candy a nadie, tendría que ser él mismo quien se encargara de todo.

Lanotte no solía convivir con gente de niveles tan altos, pero cómo fuera, los Ardley eran personas muy importantes, que seguramente tendrían a toda la prensa, al pendiente de ellos... Candy no podía exponerse de esa forma.

Carl era consciente de lo que tenía que hacer. Necesitaba colarse a ese evento y cuidar a la muchacha... Su deber era protegerla.

— ¡Demonios Candy! —exclamó Carl, golpeando el escritorio—. Tenías que apellidarte O'Shea ¿Verdad? Eres tan necia como tu padre —espetó, levantándose de su asiento para ir hacia el consorcio de los Ardley e intentar buscar una solución.

No le agradaba tener que pedirle favores a esa gente, pero no había otro camino que pudiera seguir. No podía dejar que Candy fuese captada por ningún reportero, pues Lanotte y su familia ya habían hecho pactos, con los dos grupos de mafiosos, más temidos de Chicago. Cualquiera de ellos podría actuar en contra Candy, si se enteraban de su ubicación.

O'Banion y Torrio estaban en paz con Gino... El hombre era astuto y había pactado con los dos, lo único que le quedaba a Carl, era ser precavido y moverse con calma, hasta que fuera el momento de atacar ferozmente a Lanotte y su asquerosa organización.

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Declan despertó sin muchas ganas de levantarse, pero aunque estaba bastante a gusto junto a Eleanor, optó por abandonar la cama, pues la actriz se encontraba tan profundamente dormida, que le daba pena molestarla y provocar que ella despertara.

Después de ponerse algo de ropa encima, observó el reloj que yacía en el buró. Ya pasaban de las nueve de la mañana. Involuntariamente sonrió, dándose cuenta de que otra vez había dormido hasta tarde.

Sintiéndose divertido, echó un vistazo por la ventana, el cielo nuevamente está soleado y eso le animaba aún más, ya que con ese clima Eleanor y él, podían salir a pasear.

Sus ojos verdes se enfocaron, en el camino hacia la ciudad y vio gente desplazándose por el sendero... La sorpresa fue mayúscula, cuando notó quienes eran esas personas.

— ¡Jesucristo! —exclamó, cerrando las cortinas, para después correr a ponerse los zapatos—. Eleanor... —la llamó él, moviéndola con suavidad—. Cariño... —susurró en su oído, haciéndola despertar.

—Declan... ¿Qué... Sucede? —preguntó ella, evidentemente confundida.

—Mi cuñado está aquí... —dijo Declan sin más, provocando que Eleanor despertara de golpe—. Él, su esposa y los niños... Debió suceder algo importante, de otra forma ellos no vendrían aquí, sin avisar.

— ¡Oh Dios! —Eleanor se levantó de la cama y caminó de un lado a otro de la habitación.

— ¿Buscas esto? —cuestionó Declan, mostrándole la bata—. Eleanor, querida... Cálmate —pidió sin poder reprimir una divertida sonrisa.

— ¿Cómo pides que me calme? —ella tomó la bata y se la colocó con rapidez—. Declan... ¡Es tu familia! Y tú y yo... Oh no... ¡Demonios! —exclamó ella, al ver que su ropa, continuaba tirada, a un lado de la cama.

—Bueno ambos somos solteros y no tenemos compromisos —le hizo ver—. Así que no hay nada de malo en que tengamos un romance... Claro... Al menos que te avergüence, que te vinculen conmigo... —agregó él, tensando el rostro.

—No, eso no... —Eleanor colocó un dedo sobre los labios de Declan y enseguida los besó con ternura—. Eres un hombre maravilloso y yo... Yo... «Yo te quiero...» quiso decir ella, pero no sabía si era muy pronto para eso.

La ruidosa campanilla, que estaba en la puerta de la entrada, les indicó que los visitantes ya estaban ahí, esperando a que les abrieran.

—Están aquí —le dijo Declan, antes de besarla suavemente —. Cálmate y baja cuando estés lista... Yo voy a recibirlos.

—Declan...

—No te preocupes, todo saldrá bien... No tienen por qué pensar que algo sucede entre nosotros... Tú eres una gran actriz y yo, bueno, me defiendo en eso de disimular —Declan sonrió, aunque en realidad le dolía decir eso, pues él no quería fingir algo que no era.

Antes de caminar hacia la puerta, él volvió a besarla y Eleanor a su vez, dejó libre un suspiro...

«Te quiero tanto, Declan...», declaró en pensamientos, mirándolo cómo se marchaba de la habitación, en la que ambos habían sido tan felices...

Segundos después, ella salió del cuarto a hurtadillas. No se detuvo hasta llegar a su alcoba, sin embargo, escuchó el bullicio que había en la planta baja.

«¡Tío Declan!», gritó una vocecita.

Eleanor se sintió inexplicablemente triste, pues una espantosa inseguridad se apoderó de ella... Había estado tan feliz junto a Declan, que no pensó en que él ya tenía una vida; no sólo a su querida Candy y a Roger, sino también tenía a los cuñados y a los sobrinos... Había tanta gente... ¿Qué dirían todos, si se daban cuenta de que él y ella tenían una relación amorosa? ¿Estarían de acuerdo con eso?

Sacudió aquellos pensamientos de su cabeza y rapido, se encerró en su habitación. Tendría que representar un nuevo papel, debía concentrarse y dejar de actuar como una dramática adolescente.

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Ya pasaba del medio día, cuando Terry finalmente abrió los ojos.

Lo primero que él hizo al despertar, fue dibujar una sonrisa en su rostro, pues la alegría que embargaba su corazón, era incontenible. Nunca en toda su existencia, se había sentido tan pleno... Jamás, había sentido esas ganas tan inmensas, por vivir.

Por mucho tiempo se preguntó «¿Qué se sentirá ser feliz?» La felicidad le parecía algo tan lejano... Hasta llegó a pensar que jamás podría experimentarla, sin embargo, todo había cambiado... Candy, su mujer, estaba ahí con él... Dormida entre sus brazos.

«Mi mujer...», pensó con regocijo, reflexionando sobre el verdadero significado de esas dos palabras.

—Al fin despertaste —reclamó Candy, quien recién abría los ojos.

Terry dejó libre una carcajada.

— ¿No me digas que estuviste despierta, antes de quedarte dormida de nueva cuenta?

—Así fue... Y tú estabas tan dormido que roncabas —mintió ella.

—Bueno, mi vida, ya estoy despierto —mencionó él, dándole un beso en la comisura de los labios.

—Adoro que me digas así... "Mi vida" eso suena tan bonito...

—Me alegra que te guste... Porque eso eres para mí... Eres mi vida, Candy.

Él se posicionó por encima de ella y Candy a su vez, posó sus manos en los brazos de él, con sus dedos, los acarició lentamente y se deslizó hasta llegar a su cuello.

—No puedo pensar con claridad... No cuando tú comienzas a moverte de esa forma... —dijo Terry, sintiendo que su traviesa compañera, lo abrazaba con las piernas, aprisionándolo para sentirlo más cerca de ella.

—No quiero que pienses —confesó Candy, dejando ver una sonrisa.

— ¿Qué quieres entonces? —cuestionó él—. Dímelo... Anda, no seas tímida.

—Hazme tuya...

Terry sonrió, pero después dijo:

—Pídemelo de la forma, en la que me lo pediste por la madrugada...

— ¿Cómo? No entiendo —le preguntó ella sin dejar de sonreír, pues bien sabía que era lo que Terry deseaba.

—Candy... No haré nada si no me lo pides así...

Candy acercó su boca hasta el oído de Terry y entonces, le pidió nuevamente que la hiciera suya, esta vez se lo pidió, de la forma en la que a él le gustaba.

—Me vuelves loco, cuando me hablas así, Candice...—declaró él, mostrándose listo para tomarla de nuevo—. Ahora sabes cómo desarmarme... —agregó observándola, viendo como ella se mordía los labios y disfrutaba por ser invadida—. Siempre que tú me lo pidas... Yo voy a...

Candy se adueñó de la boca de su prometido y éste tuvo que dejar de hablar.

Sus cuerpos, nuevamente se convirtieron en uno solo, uniéndose apasionada y desesperadamente... Por primera vez, se atrevieron a ir más allá, dejaron atrás la ternura y permitieron que la lujuria, fuera la que los consumiera por completo.

Afuera la vida seguía su curso, pero para ellos, todo se había detenido, en esa habitación, el tiempo parecía no transcurrir. Ellos eran felices, tanto como nunca antes lo fueron.

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Claudio Morello llegó a la residencia de los Lanotte, siendo escoltado por cuatro de sus mejores hombres. Él no se andaba por las ramas y a pesar de que Gino, garantizó su estadía en Chicago, no quiso confiarse y andar solo por allí.

—Tío... —le llamó Luca, mientras presuroso caminaba hacia él, para encontrarlo—. ¿Puedes decirme qué demonios está pasando? —preguntó, deteniendo los pasos de Claudio—. Creí que no era seguro que estuvieras en Chicago.

Bambino... Bien sabes que tu padre, no sabe nada sobre protocolos de seguridad —contestó Claudio, intentando ocultar su molestia—. Él me necesita y he tenido que venir, en fin hijo, no te preocupes, he sido muy cuidadoso.

— ¿Con cuatro de nuestros hombres cuidandote? —Luca rió con soltura—. Ya veo... Definitivamente eres cuidadoso ¿Qué hay de los italianos aquí en Chicago? ¿No crees que ya se enteraron de que has llegado?

—Capone y Torrio están en paz con nosotros —explicó Claudio, palmeando la mejilla de Luca—. Eso es todo lo que puedo decirte.

— ¿Y cómo fue que se dio esa reconciliación? —el joven le dirigió una sarcástica sonrisa, Claudio por su parte reclamó:

—Si no estuvieses tan ocupado aspirando ese maldito polvo, sabrías lo que hace tu padre en las reuniones.

Luca cambió su sonrisa, por un gesto de enfado.

—Te equivocas, no importa qué tan ocupado me encuentre, mi padre no me pone al tanto de sus reuniones clandestinas —el muchacho movió la cabeza, en señal de negación—. ¿Qué crees que dirá O'Banion, cuando se entere?

—Se llegó a un acuerdo con él, estamos en paz... Hay cosas más importantes, de las que todos nosotros nos tenemos que preocupar.

—Entonces... ¿Para que te cuidas tanto?

—El maldito FBI está detrás de nuestros pasos, tú mismo lo descubriste, agentes infiltrados intentaron sabotearnos ¿Te parece poco?

—La zorra y el marica no han podido sacarnos nada... —le recordó Luca—. Nunca supieron en dónde tenemos guardado el alcohol, nadie puede acusarnos.

Claudio observó a Luca, era obvio que el chico estuviese tan confiado, por supuesto ¡El pobre no sabía nada! Tenía muchas ganas de revelarle, todo acerca de los agentes. Pero no... No podía hacerlo. Hablar del pasado no iba traerle nada bueno. Luca era el hijo de la mujer a la que siempre amo, Victoria, su amor no correspondido, le pidió una y otra vez que protegiera a sus hijos de la organización y Claudio le prometió que lo haría. Por lo tanto, no debía inmiscuirlo en eso. Gian Luca no debía saber nada, de lo que sucedió en aquel tiempo, cuando el tenía tan solo seis meses de nacido.

—Llévame con tu padre, hijo... —pidió Claudio—. Anda, sé bueno y olvídate de ese asunto, la familia está bien y todo seguirá así de bien —Luca asintió y sin agregar nada más, condujo a Claudio hacia el despacho de su padre.

Le preocupaba pensar en que el FBI estuviera cerca de ellos. No obstante, era mejor mantenerse callado, Gino no soportaba a los que dudaban o tenían miedo. Luca sabía que no podía cometer errores, dejaría la incertidumbre para después, porque por lo pronto, debía seguir siendo el soldado que su padre necesitaba.

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—Me gusta tu vestido... —expresó Sophie, observando detenidamente la tela del vestido de Eleanor, la niña no podía ocultar la admiración que sentía, por lo tanto, tocó la tela con la punta de sus dedos.

—Y a mí me gusta el tuyo —contestó la actriz, sintiéndose enternecida... Había pasado mucho tiempo, desde la última vez que estuvo cerca de un infante.

—Cuando sea grande, quiero tener uno igual al tuyo —añadió la pequeña, antes de subirse al sofá, para sentarse a un lado de la actriz.

Eleanor miró a la chiquilla y concluyó que ella era muy parecida a Candy. Sonrió, imaginando que quizás una hija de la joven y de Terry, se vería igual que esa hermosa niña. Segundos después, desvío su mirada hacia el bebé, él la observaba atento y le sonreía... ¡Cuánta paz sintió en ese instante! Eran dos almas completamente bellas y puras.

«¿Eres muy bonita... Oye... ¿Te vas a casar con mi Tío Declan?», le preguntó Sophie, directamente en el oído, para que su madre no la escuchara. Eleanor no pudo reprimir una sonrisa, acarició la mejilla de Sophie y también le respondió al oído: «No, cariño»

Helen ya estaba acercándose a donde ellas estaban, entonces Sophie fingió que no había preguntado aquello y sonriendo regresó a jugar al otro sofá.

Segundos después Sophie volvió acercarse a Eleanor.

— ¿Cómo dices que te llamas? —le preguntó, por tercera vez.

—Me llamo Eleanor.

—E-le-a-nor... —repitió la niña, sonriendo—. Con una "E", una "L", una "E" y...

—Sophie, cariño... —le llamó su madre, para calmarla—. Juega con tu hermano, por favor... —recomendó, al tiempo que acercaba la charola del té a la mesa.

— ¿Puedo ir afuera? —preguntó Sophie, pero Helen de inmediato negó.

—Papá y el tío están conversando, no puedes ir allá.

—No quiero ir con ellos, solo quiero ir al columpio.

El lastimoso puchero que Sophie le dedicó, terminó por desarmar a Helen y entonces su respuesta cambió:

—Está bien, ve al jardín, pero no interrumpas a papá.

La pequeña desapareció en tiempo récord y a Eleanor no le quedó más que sonreír.

—Es una niña muy activa... —se excusó Helen, riendo.

—Es adorable —respondió Eleanor—. Muy parecida a Candy.

—Gracias, la verdad que sí se parecen mucho y ambas a su vez, se parecen a mi marido —expresó Helen, después miró a su hijo y concluyó—. Harry en cambio, se parece más a mí.

—Es cierto, es realmente precioso —Eleanor acarició la mejilla del niño, le daba mucha ternura y también le provocaba melancolía, observarlo. Pues Richard se había llevado a Terry, cuando todavía era muy pequeño...

— ¿Cómo le preparó su té? —preguntó Helen, provocando que Eleanor dejara atrás sus tormentosos recuerdos.

—Sólo con un poco azúcar, por favor —pidió ella—. Y si no te importa, me gustaría que nos tuteáramos...

Helen se mostró aliviada, los nervios de estar ante una gran estrella se habían esfumado, sonrió ampliamente y asintió, señalando que estaba a gusto con la propuesta.

—Eso me agrada, gracias Eleanor... —respondió la joven esbozando una gran sonrisa,

En el jardín, sentados en la mesa de campo, se encontraban Declan y Jamie. Hablaban y se ponían al corriente con las últimas noticias.

—Ese hijo de puta es un maldito psicópata —señaló Jamie, después de que Declan le relató lo que sucedió con Eleanor—. Carl no me dijo nada y yo, bueno, no leí los periódicos... Siento mucho que Roger y tú, hayan pasado por esto.

—Ella no quería que la policía se encargará del asunto y era un riesgo dejarla sola en Nueva York, así que bueno, accedió a venirse aquí por un tiempo... —Declan respiró hondo, pues en realidad se sentía muy culpable por lo que sucedió con la actriz—. Metí a su hijo en esto y no reparé en las consecuencias.

—Hiciste lo que tenías que hacer —afirmó Jamie—. Cuñado, si no lo hubieses infiltrado, Candy seguiría en el caso y sólo Dios sabe, en dónde estaríamos ella y yo ahora... Lanotte y su engendro son capaces de todo —el joven palmeó la espalda de Declan , para animarlo—. El chico está bien, al igual que su madre, lo hiciste bien, no te agobies más.

— ¿Y? ¿No me vas a decir por qué has venido? —preguntó Declan—. Obviamente estoy feliz por verlos, porque tú sabes, que los quiero mucho, a todos... Pero... Yo sé que no abandonarías Washington con toda tu familia, si no tuvieses la necesidad de hacerlo —Declan dirigió su mirada hacia James y éste a su vez mostró una forzada sonrisa—. Vamos Jamie, no me dejes más tiempo con esta preocupación.

—Carl me llamó... Él ha iniciado un nuevo caso en Chicago.

—Entiendo... Por un momento creí que Lanotte te había obligado a huir.

—Declan, sabes que yo también te quiero mucho... Dios... Es que tú no sólo eres mi mejor amigo, mi hermano... —mencionó Jamie, con voz entrecortada—. Eres casi un padre para mí... —Declan le miró con atención, mientras sentía un escalofrío corriéndole por el cuerpo. No sabía por qué, pero presentía que Jamie le diría algo delicado—. Carl logró reabrir el caso de Shannon... Ha estado investigando y tiene información importante que, podría hacer que Lanotte sea acusado.

Por algunos segundos, Declan guardó silencio. Esa noticia que estaba recibiendo, era por completo inesperada. No sabía qué decir, esclarecer la muerte de Shannon, era algo que siempre deseó, pero también era, una cosa que removía hasta el más oscuro de los sentimientos, que por años se dedicó a enterrar. Las lágrimas brotaron de sus ojos, sin que él pudiera evitarlo... Shannon y su injusta muerte, le dolerían por siempre...

—Creí que Johnny Torrio lo quería muerto —dijo Declan, refiriéndose a Lanotte.

—Nadie nos lo ha confirmado, pero creemos que Lanotte hizo un pacto para que Torrio no lo mate —declaró Jamie—.

El hijo de perra sigue y se mantendrá libre, haciendo de las suyas, a menos que logremos encerrarlo... Carl cree que esta vez va caer.

— ¿Cuándo te irás a Chicago?

—Mañana... ¿Vendrás conmigo?

—No lo sé... Carl no me ha dado permiso de moverme ¿Crees que se enoje si me ve allá?

—Dijo que podrías venir, además tú como esposo de mi hermana, eres el que tiene que levantar la denuncia... ¿Te imaginas? ¡El maldito Lanotte, no sabrá ni quién golpeó! —exclamó Jamie—. Carl ya lo tiene en sus manos, ten fem esto se va arreglar.

—Tío Declan... —lo llamó Sophie, mientras corría hacia ellos—. ¿Por qué Candy no está aquí? —preguntó, frunciendo el ceño en señal de confusión—. ¿Se fue con su novio?

Jamie la observó enojado, pero Sophie lo ignoró.

—Candy está de vacaciones... Pero vendrá pronto —respondió Declan, sonriéndole a la chiquita.

Sophie siguió jugando y entonces Jamie soltó una carcajada.

—Perdona a mi hija, la pobre es la impertinencia con patas...

—No tengo nada que perdonar... Además no está equivocada —dijo Declan—. Mi hija sí se fue con el novio.

Jamie rió a carcajadas.

—Se escapó con tu permiso, así que no seas dramático —el joven volvió a reír—. ¿Quieres mi opinión sobre el actor? —preguntó Jamie y Declan asintió—. Es un buen tipo, sé que no lo parece, con esa cara de galán y ese gesto de inglés engreído... Pero en realidad es buena persona y sobre todo, me parece que ama con locura a nuestra niña.

—El muchachito es insoportable, pero no me queda duda de que hay mucho amor entre mi hija y él... Eso es lo único que importa.

—Y generalmente, el amor da frutos... —murmuró Jamie, mientras Declan le dedicaba una mirada de pocos amigos—. Frutos, que en nuestro caso, me llamaran tío y a ti abuelo...

James se echó a reír y Declan río también.

—Algún día me voy a reír de ti, James...

—Pero mientras ese día llega, yo voy a burlarme de ti, cuñado.

Declan sonrió al tiempo que tomaba por la cabeza a su cuñado, para revolverle el cabello. Tal como lo hacía cuando Jamie era un niño.

—Niño... Solo recuerda que el que ríe al último, ríe mejor —le dijo él antes de levantarse e invitarlo a regresar a la casa.

—Oye... ¿Sabes qué te veo muy cambiado? —preguntó Jamie, caminando a un lado de Declan—. Bueno, yo también lo estaría si fuera soltero y tuviera una bella huésped en mi casa.

—Demonios James... ¿Qué te pasa? —cuestionó Declan, viendo cómo su cuñado adelantaba sus pasos, preparándose para huir de él.

—Me gusta la idea de que te enamores eh... ¡Me gusta mucho! —exclamó Jamie, echándose a correr para que Declan no lo alcanzara.

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Terry observó a Candy, mientras ella acomodaba su equipaje. No le veía el caso a que empacara en esos momentos, pues ya habían quedado que, harían el viaje a Chicago, hasta la tarde del día siguiente.

Él anhelaba que Candy terminara con esa odiosa tarea... Deseaba desnudarla nuevamente y meterla en la cama, para hacerla suya otra vez. Habían pasado el resto de la tarde, haciendo cosas "decentes": cocinaron, comieron, él narró algunos de los capítulos del libro de "Anne", luego cenaron y ahora estaban ahí... Ella empacando y él sentado, observándola.

— ¿Qué tanto me ves? —preguntó Candy.

—Pienso que eres algo rara.

— ¿Rara?

—Un poquito, nada más... —señaló Terry con afán de jugar con ella—. Por ejemplo... ¿Qué tanto guardas en esa caja? —cuestionó él, señalando hacia la maleta.

Candy abrió dicha caja y le mostró lo que contenía:

—Para cualquiera son sólo cosas comunes, pero para mí son mis grandes tesoros.

Terry observó un conjunto de cartas, atadas con un listón, un broche con el símbolo de los Ardley, un crucifijo y montones de recortes de periódico, reseñas de sus obras y fotos de él... Su corazón se enterneció tanto, que le fue imposible no sentirse más enamorado de esa mujer.

—Nunca leo las reseñas... Pero... ¿Algún día te gustaría leérmelas? —propuso él y ella emocionada, le dijo que sí.

La vio sacar una cajita de madera, Candy sonrió al verla, pero luego borró su sonrisa y guardó el objeto, Terry se sintió muy curioso al respecto, así que no dudó en cuestionar:

— ¿Es una caja musical?

—Sí, pero ya dejó de funcionar.

— ¿Por qué te has puesto tan seria?

—Esta caja, me la dio Stear, antes de que yo partiera a Nueva York, para verte... —los ojos de Candy se llenaron de lágrimas, luego agregó—. La llamó "La cajita de la felicidad"... Fue su forma de despedirse de mí, pues tenía planeado marcharse cuando yo estuviese contigo.

«No recordemos eso, por favor...», quiso decirle Terry, sintiendo que su corazón se encogía, sin embargo no dijo nada, la dejó continuar...

—Por algún tiempo, esta caja fue un símbolo de esperanza para mí... Aunque bueno... La hice sonar tantas veces que ahora ya no sirve —añadió, esbozando una débil sonrisa.

—Déjame verla, quizá pueda hacer algo.

Ella extendió su mano y le entregó la cajita a Terry. Después continuó empacando.

—Seguro alguna pieza se aflojó, necesito abrirla... ¿Te parece si yo la guardo por ahora? —preguntó él—. Juro que la protegeré con el mismo cuidado que tú lo haces.

—Sí, mi amor... Gracias... —contestó Candy, acercándose al joven, para poder abrazarlo.

Terry la enredó con sus brazos y la apretó fuerte contra él. Sabía que no habría más despedidas entre ellos, sin embargo, quería arreglar esa caja a como diera lugar, pues la esperanza de Candy, era la suya también. Esa caja representaba lo mismo para ambos y aunque no la hubiese visto antes, ya sentía un aprecio enorme por ese objeto.

La arreglaría y si no lograba hacerlo por sí mismo, la mandaría arreglar. No descansaría hasta hacer que la música de esa pequeña caja, volviera a sonar.

Continuará...


No me tardé tanto... ¿Verdad? ¡Muchas gracias por leer! :)