Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
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El pakhan y su chico sin chiste
Por St. Yukiona.
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Sobre estrellas distantes: Nicolas
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―Nicholas, mi querido Nicholas.
Lo conocí un día en la calle, él estaba huérfano como yo. Era un bebé y estaba asustado. Al principio me odio, pero al final, terminó amándome del mismo modo en que yo lo hacía. Compartíamos un corazón, las tristezas y alegrías con él. Nicholas era el único que no me iba a dejar. Tal como el propio Satanás me había prometido pero que al final lo había hecho.
Curiosamente ninguno de los dos están, hoy cuando más los necesito.
...
Claro que había sido noche larga. Un amanecer rojo. Y arrebol titiritante que se vio desde una azotea donde fumaba un cigarrillo de mentol mientras manos conocidas le sacaban una de las balas que le habían alcanzado a dar. Cerró los ojos cada vez que sentía el filo del instrumento quirúrgico examinarle el interior, apretaba los labios y los párpados concentrándose en su meta. Era joven, un poco rígido y necesitaba aprender aún muchas cosas, por ejemplo a desprenderse de eso qué amaba porque el amor solo era perjudicial. La persona que lo ayudaba con la curación parloteaba alegremente para tratar de distraerlo, era experto en ello y a él sólo le importaba pensar que por más que había invertido tiempo y esfuerzo en atraerlo... él... él sólo había estado jugando.
―No vas a morir ―dijo la otra persona mientras se alejaba a mirarle un momento, observar la sutura que había hecho.
Yuuri suspiró profundamente.
Obviamente, no iba a morir, pero tampoco iba a poder moverse mucho y eso sería todo un problema. Había desollado vivo al hombre que había perpetrado el ataque contra Viktor Nikiforov, y estaba seguro que si primero se hubiera atendido antes de hacer aquel trabajo ahora mismo no dolería tanto como dolía.
―Bajaré a hacer algo de comer.
El japonés miró a la persona que le sonreía desde medio camino y asintió con un leve movimiento de cabeza, resistirse a comer por berrinche o enojo no le ayudaría en nada. A esas alturas probablemente Viktor ya tenía aquel ramo de rosas que había recién enviado Yuuri junto con una USB y una nota que rezaba algo como:
"Le mandamos nuestros saludos, Pakhan".
Dentro de la USB iba la información que Yuuri había logrado obtener del atacante ante la sádica tortura a la que el niño de diecinueve años lo había estado sometiendo. Y aunque en realidad no había nada fuera de lo común: Mercenarios contratados por los americanos que querían ver frito al ruso, la vieja guerra fría que no se calentaba ni perdía su consistencia, era importante que Viktor lo supiera.
A Yuuri no le parecía nada especialmente espectacular aunque no desaprovechó el momento para hacer notar lo evidente, concluyendo el reporte de el siguiente párrafo: "Al parecer la futura esposa del futuro Pakhan está en constante peligro al ser la debilidad de éste; especulo que los americanos han capturado a alguno de los hombres pues el cliente (la persona a la que torturaba) ha dado detalle del cambio en las normativas de la familia, es decir, aquella cláusula del Vor V Zakone donde se sentenciaba a aquellos traidores que pusieran por encima el valor del amor hacia personas externas de le Bratva. La sugerencia que se le da es que se cuide a la futura esposa del futuro Pakhan con vigilantes experimentados. Sería trágico que ella muriera antes del día en que la historia de amor llegue a una conclusión. Los finales prematuros son los más dolorosos. KY".
Los dedos le habían sangrado tras morderlo por la rabia y sus labios habían besado unos treinta cigarros al momento de elaborar ese informe. Yuuri jamás lo iba a olvidar.
Lo más benéfico de todo aquel desastre había sido el descanso de sus actividades dentro de la organización, que aunque había querido con desesperación entrar a las grandes ligas, ahora todo aquello resultaba ser solo una distracción para no pensar en que Viktor se iba a casar con una mujer. Yuuri tenía descanso de dos semanas. Y su cabeza sólo reproducía campanas de iglesia y el ardor de su brazo era mucho más llevadero que el que desgarraba su cuerpo.
Los rusos son fríos y Viktor nunca había sido la excepción. Todas esas tardes cocinando para él, las noches en que habían compartido cama, las madrugadas en que borrachos jugaban a bailar pegados uno con el otro, escuchando jazz porque era quizás el único gusto y cosa que tenían en común.
Creciendo y haciéndose fuerte con un propósito jamás dicho pero sí especulado.
¿Creíste que te amaban? Pobre pájarito, ven, aquí está tu jaula.
Yuuri negó antes de tirar el cigarrillo, apagarlo con la punta de su pantufla y después bajar a su apartamento. El olor de comida le hizo rugir el estómago y él se apresuró a buscar una camisa que ponerse porque notó casi de inmediato la mirada de Chihoko sobre él. Era cierto que Chihoko siempre había mostrado interés y que Yuuri siempre había desviado esa atención de él, sin embargo... quizás ahora... ya era tiempo de empezar a dejar de ir ese amor y enfocarse en otra cosa que no lo lastimara más.
Esas dos semanas, las mantuvo en cama, la mañana del jueves en que abrió los ojos apenas podía mover los dedos, se sentía drogado, no por narcóticos ilegales sino por los legales. Aún le dolían las encías y sentía el labio roto, las costillas en su cuerpo se sentían fatales, la herida del balazo estaba cerrando con efectividad y bajo la supervisión de Chihoko. Había manchones morados y rojos en su rostro y su cuerpo que iban sanando de apoco.
Su rostro se giró hacia un costado y ni siquiera pudo sonreír por compromiso cuando vio a Chihoko dormir a su lado, volvió su mirada al techo, primero dijo que quería vigilarlo que comiera y de pasar el tiempo con él, de pronto se había casi mudado a su piso. Suspiró profundamente porque de algún modo sentía que profanaba esa cama donde tantas veces Viktor y él habían dormido, ese pequeño y humilde apartamento donde juntos habían hecho de tardes segundos eternos donde solo existían peleas estúpidas y después risas y alcohol. Dos adolescentes más lejos de cualquier responsabilidad.
Estar solo lo consumía y Chihoko ayudaba bastante a llenar los vacíos. Pero tras toda aquellas sonrisas y comentarios alegres había algo aún más profundo y turbio.
―¿Otra vez pensando en él? ―preguntó un día Chihoko mientras el moreno acariciaba al gato sobre su regazo, el gato era Nicholas, la mascota de Yuuri.
―¿En quién?
―No te hagas el idiota, Yuuri... si insistes en eso sólo te vas a hacer daño... y el que siempre tiene que recoger los platos rotos soy yo ―dijo Chihoko de pronto muy serio en japonés. Pocas veces hablaban en el idioma natal de ambos, y era cuando estaban lo suficiente alterado, lo cual había sido realmente pocas veces desde que estaban de alguna manera juntos.
Chihoko era uno de los médicos de la Bratva y se movía de casa en casa curando a cualquiera que lo necesitara dentro del grupo, pero ahora, parecía tener especial apego a Yuuri, y no sólo del tipo fraternal.
―Chihoko ―masculló Yuuri mientras se incorporaba nervioso.
―No, Yuuri... No... no sé cuántas personas más quieres lastimar, pero estoy cansado ―expresó mientras que tiraba a los pies del contrario la bandeja con la jarra de agua y los vasos. Los vasos se estrellaron ante el impacto y la jarra se regó. Yuuri agitado contuvo la respiración mientras veía como Chihoko caminaba a la salida. Yuuri se apresuró, resbalando en el proceso y lastimándose las manos, se incorporó como pudo y detuvo del brazo al hombre, estaba aterrado de que lo dejara solo y de pronto volviera a pensar en Viktor, en al boda de éste, en los hijos de éste, en la vida que tendría lejos y viéndola como un espectador cualquiera, pero la intrincada reflexión terminó en el momento en que sintió un golpe que lo tiró contra la pared y lo hizo estremecerse.
Había sido suficientemente fuerte como para hacerle sangrar la boca, otra vez, y como para dejarlo tan aturdido que el nombre de Viktor parecía lejano. Chihoko miró a Yuuri en el piso y contuvo la respiración acercándose con cautela.
―Por los cielos... lo siento... oh Yuuri ―masculló agachándose y Yuuri escupió a un lado la sangre que se acumulaba y se volvía espesa con la saliva. Respingó apenas ante las manos del contrario y enseguida se dejó incorporar, su mano sana sostuvo el brazo de Chihoko.
―Fue mi culpa... no te vayas... ―suplicó apretando con más fuerza la mano y Chihoko se quedó en silencio mirando a través de esos ojos caoba. Algo dentro de Yuuri estaba tan roto como los vasos que allá en la terraza esperaban a ser recogidos.
...
Pasaron probablemente dos o tres meses más, la convivencia parecía sencilla pero la relación era complicada por sí misma. Manteniendo intoxicado a ambos, Yuuri había encontrado como necesarios los golpes que lo aterrizaban a la realidad mientras que Chihoko los catalogaba como justos por el esfuerzo y la frustración que sentía al no poder llegar más al fondo del corazón de Yuuri.
Nicholas parecía ser el único que le quería sin causarle daño y le acariciaba la cabecita cuando se acercaba maullando a él. Recostándose a su lado y durmiendo juntos. A veces cuando regresaba del trabajo, Yuuri encontraba a Nicholas esperándolo sobre el clóset cercano a la puerta, saltaba feliz hacia él y se retozaba entre sus brazos. La herida de bala había cerrado y Viktor no parecía dar señales en Moscú, al parecer se había ido para San Petersburgo por el ataque, y con él, Nina, su prometida.
A Yuuri, Nicholas le daba paz.
Pero un día Nicholas no volvió.
Pobre, si hubiera sabido que Nicolás ahora estaba en una caja al otro lado de la ciudad, que había sido forzado a abandonarlo como el resto de las cosas que él amaba quizás no hubiera estado tan devastado. Chihoko disfrutaba ver cómo dejaba la mitad de los platos de comida servidos, y que las fuerzas para luchar por un amor de fantasía se desvanecía con todo lo que un día el gran intrépido Yuuri había sido.
Ese jueves por la mañana, las cicatrices y rayones seguían presente, si alguien preguntaba se los había hecho durante aquella tortura para el ruso, y sus ojos habían dejado de buscar en el balcón la presencia de Nicolás y en cambio sólo se dedica a estudiar los libros de finanzas a los que les ha encontrado interés.
Ese jueves por la mañana escuchó ruido detrás de su puerta principal y Yuuri tuerce los labios. Los únicos que le visitaban era su madre y Viktor, su madre debía estar en Japón mientras que Viktor en cualquier otro lugar. No dudó en halar su arma para acomodarla por detrás de su pantalón. No caería tan fácil aunque las ganas de vivir se esfumaran poco a poco.
Pero apenas abrió la puerta, Makkachin le saltó encima dejando inmóvil en el piso a Yuuri que se retuerce un poco por el fuerte golpe.
―Bien hecho, Makkachin ―canturreó feliz, burbujeante y rabiosamente enérgico el dueño del perro que desde la puerta sonreía con la autoconfianza de toda la vida, en sus brazos cargaba al felino que enseguida pareció reconocer su hogar y su dueño.
Yuuri se quedó absortó, clavado en el piso ignorando olímpicamente que el enorme caniche le lamía la cara y los lentes, no lo apartó, sólo se incorporó viendo extasiado a Viktor, a Makkachin y a Nicholas que le maullaba con ganas.
―Hola Yuuri, he vuelto a casa ―así, sencillo, llanamente y con la misma alegría de quien regresa a su hogar es como saludó al confundido japonés que le miraba sin poder creer lo que estaba viendo. Lo observa de pies a cabeza y el aroma de su perfume lo embriaga porque a Viktor el perfume que usa siempre lo hace oler aún mucho mejor. Detalló el fino traje de corte inglés, las zapatillas de vestir, el fistón dorado que mantiene quieta la corbata en su lugar y que Yuuri reconoció de inmediato porque él mismo le regaló aquella joya dos años atrás, y sobre todo... la sonrisa que apenas desapareció cuando se acercó a él, y sin importarle que su rostro olía a perro le robó un beso que derritió y armó por completo cada parte rota del cuerpo de Yuuri.
―Estoy casi seguro de que perdiste a tu Nicholas en algún sitio ―dijo sobre la boca de Katsuki mientras dejaba que el gato saltara de sus brazos y se moviera con autoridad por su propio hogar, Viktor dejó otro fugaz beso en la boca de Katsuki que no sentía el cuerpo porque había dejado de ser de él y volvía a permanecer a Viktor Nikiforov.
Viktor se movió antes que Yuuri, fue más rápido, y logró dejarle una bolsa de cartón entre las manos, engrapada iban dos cartas. El japonés bajo la mirada porque la bolsa pesaba y no tenía idea de qué podía ser hasta que se asomó, el contenido le sorprendió casi del mismo modo en que la presencia del futuro Pakhan en su casa con su gato desaparecido.
El ruido de la ducha de la parte superior se apagó y éste lo llevó de vuelta a la tierra, negó suavemente y Viktor sonrió con mal presagio. Yuuri negó mientras se alejaba dejando la bolsa sobre la mesa del comedor.
―Viktor... ―negó―. Así no se hacen las cosas... puedes tener los amantes que quieras pero yo no seré uno de ellos ―sentenció fríamente y Viktor lo siguió de cerca aún sonriendo―. Estás con... esa mujer, con Nina, Viktor... no debes estar aquí, en primer lugar... lo sabes ―hubo dolor en su voz y la mirada que le entregaba al ruso era de suplica―. Él me lo dijo... sobre ti, y sobre esos ocho meses y el porque no le disparaste ese día en el club ―mojó sus labios bajando el rostro para después encararlo―. No debes hacer cosas que avergüencen a tu hijo, Viktor, debes ser un buen padre... y... ―apretó los labios con rabia y desvió la mirada aspirando por la nariz. No quiere volver a llorar porque no quiere mostrarle a Viktor cuánto lo ha lastimado, en cambio sólo suspira dejando ir toda esperanza de golpe―. Sólo vete... por favor... ―volvió a suplicar―. Quiero que dejes de aprovecharte porque te amo y que eres esa espina que está encarnada en mi corazón y...
―Que ahora me pertenece, Pakhan ―sentenció la voz gruesa y profunda de Chihoko desde las escaleras que sostenía un arma.
Yuuri se giró hacia él con violencia, esa voz no era la de un hombre celoso.
―¿Qué demonios estás haciendo? ―preguntó Yuuri ofendido mientras se interponía entre el arma y Viktor. El ruso parecía inusualmente tranquilo―. ¿Qué no ves que es el hijo del Pakhan?
―Estoy cansado de esperar pistas para poder capturarlo, estúpido japonés de mierda ―declaró Chihoko mientras que Yuuri captaba la idea casi de inmediato tratando de sacar su arma pero Chihoko disparó al suelo donde Nicholas quedó inmóvil en un agónico hálito de vida. Yuuri siguió sin moverse.
―Me llamó Cao Bin, soy de ascendencia china, aunque mis padres eran japoneses pero nací aquí en Rusia, hurra, la madre patria... ―dijo con ironía, avanzando hacia Yuuri aún apuntándole con el arma. Viktor retrocedió y Yuuri hizo lo mismo―. Era Capitán en las fuerzas especiales antinarcóticos de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa... tenía sus datos, sus nombres, sus leyes, sus movimientos, todo... todo... ¿de dónde crees que saqué la información sobre la puta que emborrachó al futuro Pakhan para embarazarse de él? Chismorreo de bar ―se rió con burla―. Claro... y eres tan estúpido... aceptando la ayuda del médico nuevo, aferrándote a él con desesperación... sabía que a pesar de todo, tarde o temprano Viktor iba a volver a ti... y entonces...
Yuuri se siente estafado, hasta un poco dolido y como un imbécil, uno de verdad. Aunque más imbéciles las personas que habían aceptado al intruso como médico sin investigarle y entonces se dio cuenta que la red debía ser más amplía y había muchos más soples entre ellos. Se preguntaba en qué momento se llenaría su hogar de agentes de la policía y demás para arrestarlos. Pero por más que pasaran los segundos el rostro de Chihoko, Cao Bin, solo se deformaba.
―Si eres un oficial, entonces te exijo como ciudadano que...
―¡Tú no eres ciudadano! ¡Ustedes malditos hijos de perra no son nada! ¡Son basura! ―rugió y se rió―. Pero... mis superiores creen que sí, creen que son personas decentes y que no procede nada de mi investigación... ¡Mierda! ―escupió cerca del cadáver de Nicholas y Yuuri sintió más rabia. Viktor ve claramente el arma de Yuuri en su espalda pero sería peligroso tomarla, eso expondría al moreno. Deben esperar el momento justo.
―Ahora... ―continuó Cao Bin―. Yo, personalmente, tomaré la vida del futuro Pakhan, después te haré un favor a ti ―señaló a Yuuri―, te mataré para que dejes de dar lástima y llamaré al Pakhan, quizás matando a su hijo logro que salga... y así el problema se muere de raíz.
―Estás equivocado... la Bratva es un árbol de muchas raíces, no de un poder centralizado... aunque me mates a mí o a mi padre, esto seguirá en pie... vendrá otro y cobrará venganza ―dijo Viktor y Cao se rió.
―Pero te habré matado y eso para mí es suficiente, ahora... muévete, Yuuri ―siseó el chino y el japonés apretó los labios.
Tragó saliva y se mantuvo firme. Mirándolo a los ojos retador. A pesar que había un arma de por medio no se inmuto, en su trabajo había toda clase de asaltos en los que Yuuri estaba por sentado que no iba a ganar, ese que ahora estaba luchando, era probablemente el más peligroso.
―Muévete, Yuuri ―repitió el chino pero el japonés seguía sin moverse.
―No.
―¡Yuuri!
―¡Qué no! ―rugió el menor con ojos desafiantes.
―Viktor, dile que se mueva o lo verás morir primero... ―murmuró en voz baja Cao, presionando el tambor, sólo faltaría halar el gatillo y Viktor frunció más el ceño.
―¡Muévete! ―gritó Cao antes de dispararle ahora a Makkachin que se mantenía alerta y gruñendo desde hacía un rato. Yuuri sacó su arma y disparó varias veces. Hubo más disparos y Viktor haló a Yuuri detrás de un mueble mientras que Cao siguió disparando para después salir cogiando por el pasillo. Viktor sacó su propia arma y se incorporó de su escondite con arma en mano.
―¡Cao! ―gritó Viktor y el chino se giró sólo para recibir un disparó certero y contundente en la frente entre los ojos. Viktor suspiró y sacó su móvil mientras que llamaba a los de seguridad―. Hubo emboscada en la casa de Yuuri ―dijo por teléfono mientras que iba para revisar que Cao si estuviera muerto―. Sí, dame una ventana de escape ―pidió antes de colgar, miró a su perro fallecido y después a Nicholas―. Yuuri... vamos ―ordenó mientras tomaba aquella bolsa de cartón que le había llevado a Yuuri, pero...
Yuuri no respondió.
―Yuuri ―lo volvió a llamar acercándose hacia donde lo había derribado para protegerlo del contraataque de Cao.
En una ocasión Viktor se había interpuesto en una bala que era para Yuuri, y se había desangrado y Yuuri le gritó que no había tenido que hacer eso, era justa la venganza de Katsuki ahora que Viktor abrazaba fuertemente el cuerpo de Yuuri contra él.
―Oye... ―murmuró Yuuri con voz accidentada―, debes... ser un buen padre... ―le sonrió débilmente el japonés al ruso, y sus manos apretaron el traje mientras recargaba su rostro en el pecho, buscando regularizar su respiración, pero el río carmín brotaba y la vida se salía, el veneno se quedaba―. Mierda... me gusta "Alexandr"... es un buen nombre... ―se recargó por completo en Viktor.
Se desangraba rápidamente y a Yuuri no le sorprendía, pues habían descubierto que Chihoko había sido entrenado por el propio ejército.
El velo del tiempo se le rasgó de por medio corrompido por miedo, un miedo absoluto , un miedo que le rompe el espíritu y le fragmenta la voluntad, un sentimiento abrumador de cargar un peso que superaba sus fuerzas. Viktor tragó saliva escuchando varios pasos que se acercaban, no le importaba si era la policía o su gente, sin Yuuri no quería seguir viviendo.
La escena parecía un sueño, como si de pronto Viktor se hubiese abandonado súbitamente de su cuerpo y flotara sobre el pasillo contemplando el panorama desde la perspectiva de un espíritu incorpóreo.
—¡Joder, no! ¡No! ¡No! — lo abrazó, le acarició la espalda sintiendo como se perdía él también entre toda la bruma espesa y roja, sentía como él poco apoco se le va el color, se le va la vida, que se está asfixiando ahogada en su propia sangre.
La sangre no para.
―Yuuri, no... mierda, maldito Yuuri... no hagas esto ―le suplicó y su mano presiona la herida más grave y caótica.
Pero es un frenó el terrible silencio que de pronto le responde.
―¿Ca-cariño? ¿Amor? ¿Yuu-uuri? ¡Yuuri! ―se le desgarró la garganta, Nikiforov ahogó un sollozó y su corazón en el centro de su pecho se despedaza.
"Señor... señor"―escuchaba que le llamaban mientras luchaba inútilmente para que Yuuri no fuera arrancado de él.
Lo siguiente que recordaría sería ver a Yuuri empujado en una camilla al interior de un hospital mientras el auto donde él va acelera para alejarse de ahí.
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St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
