Capítulo 20
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—¿Te gusta?
—Me encanta.
—¿Seguro?
—¿No me crees? Creo que te lo estoy demostrando.
—Puedes que solo lo hagas por compromiso, es la primera vez que me lanzo a hacer algo así.
—Pues sabes cómo manejar tus manos sin duda.
Estuvo a punto de atragantarse con el sorbo que dio de su copa de agua, pero por suerte, la inercia hizo que Quinn consiguiera recuperar la compostura con soltura, sin resultar demasiado explicita tras aquella respuesta de Rachel.
La ola de calor había llegado a la ciudad, pero en aquella zona del jardín de la casa de los padres de Quinn, no se estaba nada mal.
El césped sirviéndoles de alfombra, una sencilla mesa con una cena especial que Quinn se había esmerado en preparar, y ellas dos bajo un cielo que empezaba a oscurecer con el atardecer tardío de aquel tiempo primaveral, que casi rozaba lo estival.
Rachel no pudo resistirse a la invitación de Quinn, a la que, aunque no había sido confirmada, parecía ser la primera cita oficial que tenían después de confesarse su atracción. Y lo hacían tal y como Quinn había ofrecido; una cena a la luz de las estrellas, en aquel instante aún atardecer, y con la piscina a escasos metros de ellas.
—Rachel —volvió a intervenir tras dejar la copa de agua en la mesa—. ¿Eres consciente de que algunas veces tus comentarios pueden tomarse con dobles intenciones?
—¿Dobles intenciones? —cuestionó extrañada— ¿Por qué? Me has preguntado si me gustaba la cena y te he dicho que sí, que está muy rica.
—Me has dicho que sé manejar muy bien las manos —rio divertida.
—Es que es cierto. Si has conseguido preparar esto tú sola, es porque tienes un don con tus manos y ¡Ohh! —se detuvo pensativa. Acababa de ser consciente de lo que hacía referencia Quinn y de repente, después de casi una hora logrando controlarlo, el rubor volvió a aparecer tiñendo sus mejillas de un rojo intenso. Acción que provocó aún más diversión en Quinn.
—Me recuerdas a Britt.
—¿Britt? ¿Quién es Britt?
—Es una chica que viene a trabajar algunos días a la semana. Está estudiando en la facultad también.
—Vaya. ¿Y trabaja aquí? —se mostró curiosa.
—Sí, ayuda a los jardineros a tener todo esto perfecto —lanzó una mirada a su alrededor—. Está sola en Los Ángeles y, bueno…—sonrió— Lo cierto es que se parece mucho a ti. Es un encanto. Dice cosas como las que tú dices.
No sabía si sonreír o volver a ruborizarse tras recordar el motivo que la había llevado a descubrir a aquella chica que cuidaba el jardín. Lo único que supo hacer fue mantener un silencio sepulcral.
—Entonces. ¿Te gustan mis artesanales raviolis con setas? —volvió a hablar Quinn tras notar la incomodidad que parecía mostrar Rachel.
—Están deliciosos. No, no sabía que fueses buena cocinera.
—No lo soy —respondió sonriente—, pero he pasado muchas horas cocinando con mi madre, y ella si es una buena maestra.
—En mi familia se encargaba Hiram de hacernos la comida —respondió Rachel.
—¿Hiram es uno de tus padres?
—Sí, el otro se llama Leroy —añadió—. Recuerdo que una vez le pedí que me dejara cocinar a mí, porque venía a cenar con nosotros Finn y su madre, y fue un auténtico caos. Estuve a punto de incendiar la cocina —dijo forzando la seriedad en su rostro—. Te lo aseguro, no exagero.
—¿Finn? —preguntó ignorando el resto de la conversación, y Rachel se percató de la curiosidad que mostraba tras pronunciar aquel nombre.
—Eh sí, Finn —murmuró desviando la mirada.
—¿Tu ex?
—Ajam.
—¿No te gusta hablar de él?
—Supongo que lo mismo que a ti te gusta hablar de tu ex —respondió sorprendiendo a Quinn. No por la respuesta en sí, sino por la rapidez con la que lo hizo, como si estuviera defendiéndose de un ataque que no había pretendido iniciar.
—Ok, entonces supongo que mejor no hablar de ellos —dijo tratando de recuperar la agradable y distendida conversación que habían mantenido durante toda la cena—. ¿Qué te apetece de postre?
—Mmm ¿Has preparado algo más? Creo que con esto he tenido suficiente.
—No he preparado nada, pero hay de todo en la cocina. ¿Helado? ¿Fruta?
—Algo de fruta estaría bien —respondió complaciente.
—Ok, pues espérame aquí, ahora vuelvo.
—Te ayudo.
—No, no —detuvo su intento por levantarse y acompañarla hasta la cocina—, ya me ocupo yo. Tú eres mi invitada, así que quédate aquí y disfruta de las vistas —sonrió divertida.
—No es justo —recriminó resignada, observando como Quinn ya caminaba hacia el interior de la casa, y la dejaba a solas en aquel inmenso jardín, junto a la piscina que tanto había llamado su atención.
Quizás porque en Ohio nunca pudo disfrutar de algo así, excepto cuando pasaba las vacaciones de verano con sus padres en otros lugares. O tal vez por lo apetecible que se mostraba. De cualquier modo, aquella parte de la impresionante casa o mansión de Quinn, era su preferida. Y no tardó en dar muestras de ello cuando decidió abandonar la mesa y dirigir sus pasos hacia el borde de la misma, observando como el agua permanecía tranquila, sin que la escasa brisa que se movía por el jardín la interrumpiese demasiado.
Para colmo estaba templada, apetecible.
Rachel no tuvo reparo en acariciar el agua con sus manos tras asegurarse de que Quinn aún no regresaba. Sin embargo, no fue consciente del tiempo que estuvo en aquella posición. Ni tampoco se percató de ver como Quinn apenas tardaba un par de segundos en aparecer tras ella, después de haber creído que tardaría aún más.
La observó curiosa.
Verla en cuclillas junto a la piscina mientras jugaba con el agua, hizo sonreír a Quinn, que no dudó en dejar el postre y el álbum de fotos, con el que pretendía sorprenderla, sobre la mesa con sumo cuidado para no destruir aquel momento.
Casi un minuto tardó Rachel en recuperar la posición, y lanzar una mirada hacia atrás para descubrir como Quinn permanecía junto a la mesa, sin perder detalle de sus movimientos.
—Hey. ¿Cuánto tiempo llevas ahí? No me había dado cuenta.
—Llevo el tiempo justo y necesario para saber que de aquí no te vas sin meterte en la piscina.
—¿Qué? No, ni hablar.
—¿Cómo que no? ¿Por qué? —se acercó con curiosidad— Lo estás deseando.
—Sí, pero no creo que sea oportuno sin traje de baño, y con tus padres a punto de llegar.
—Mis padres no llegarán hasta la madrugada, mínimo. Y lo del traje de baño —sonrió traviesa—, no creo que sea necesario.
—Quinn —susurró desviando la mirada—, no digamos cosas de las que podamos arrepentirnos.
—Tengo bikinis de sobra como para dejarte alguno —añadió tratando de contener la risa—. Aunque, ¿sabes qué? —la miró divertida— Empiezo a creer que no utilizarlo es más divertido.
—Quinn —tartamudeó tras ver cómo se acercaba a ella sin titubeos— ¿Qué haces?
—¿Y si te empujo? —bromeó con travesura— No tendrías excusas para poder bañarte, tal y como deseas.
—No, no, Quinn —retrocedió varios pasos tratando de evitar lo que creía que estaba a punto de suceder—, no te acerques. ¿Me oyes?
—¿Me tienes miedo? Solo quiero hablar contigo cara a cara.
—No, ni hablar —alzó la mano a modo de escudo—. Te lo veo en la cara, quieres empujarme y no, no debes. No lo hagas, por favor —suplicó.
—¿De veras estás huyendo de mí? Creí que te gustaba.
—Eso no tiene nada que ver, una cosa es que me gustes y otra cosa es que… ¿Qué… qué haces? —balbuceó tras ver como Quinn se detenía a escasos pasos de ella y comenzaba a desabrochar la fina blusa que la protegía— ¿Quinn qué haces?
—Me voy a bañar —respondió deshaciéndose por completo de la prenda y dejando boquiabierta a la morena, que veía como lo siguiente que estaba a punto de presenciar era como caía la falda que cubría sus piernas, y se quedaba en ropa interior delante de ella.
—¿Así? —acertó a preguntar sin apenas voz. No le salía, no tenía fuerzas para hablar o cuestionarle nada. El calor, el rubor de sus mejillas se había trasladado a cada parte de su cuerpo, y un extraño temblor comenzó a acusarla.
—Solo quiero que veas que no es tan malo —sonrió divertida tras quedarse en ropa interior—. Si te apetece, solo tienes que hacer lo mismo que yo.
No respondió.
Rachel permaneció en silencio porque había perdido el habla tras contemplar como Quinn se lanzaba directamente al agua en ropa interior, sin importarle absolutamente nada.
—¡Está perfecta! —exclamó tras emerger del agua— ¡Vamos Rachel! ¡Lánzate!
—No, no, ni hablar —reaccionó con dificultad. Lo cierto es que se moría de ganas por hacer lo mismo que ella, pero aquella escena, tener que desnudarse así, frente a la inescrutable mirada de Quinn, no era algo que le regalase confianza. Todo lo contrario. Volvía esa sensación de malestar, de sentirse inferior en todos los sentidos. Sobre todo, después de contemplar su cuerpo.
Frente al espejo de su habitación, sentía que sus piernas, sus brazos, su cuerpo al completo era perfecto. Pero aquella seguridad se desvanecía cuando se enfrentaba a alguien como Quinn.
—Ok, si no quieres, no lo hagas, pero te aseguro que ¡Aww! —se lamentó realizando un brusco movimiento que sorprendió a Rachel— ¡Ohh mierda! —se quejó.
—¿Qué ocurre? ¿Qué pasa, Quinn? —se interesó tras ver el gesto de la rubia y cómo su gesto se había torcido con una mueca de dolor.
—¡Un calambre! Tengo un calambre en la pierna y no puedo moverla.
—¿Qué? ¿Qué dices? Quinn, vamos sal de ahí —ordenó preocupada.
—No puedo —volvió a quejarse mientras trataba de mantenerse a flote—. Me duele mucho, Rachel. Ayúdame por favor.
—Quinn, no me asustes.
—¡Me duele! —volvió a quejarse con más insistencia.
—Oh dios. ¿No puedes venir hasta…?
—No puedo, Rachel —interrumpió—. No puedo nadar ¡Aww! —volvió a quejarse con una nueva mueca de dolor en su rostro, y Rachel no se lo pensó.
Se descalzó antes de deslizar la cremallera de su vestido para quedarse en ropa interior, y lanzarse sin pensarlo hacia ella, dispuesta a ayudarla a salir de aquel imprevisto accidente que había sufrido.
—Vamos, ven conmigo —dijo Rachel tras llegar a nado justo donde Quinn trataba de mantenerse. Pero algo sucedió, algo descentró a Rachel que dejó de buscar los brazos de la rubia para lograr ayudarla a desplazarse por el agua, y desvió la mirada hacia su cara, más concretamente hacia sus labios y la sonrisa que ya había empezado a dibujar.
—¿Qué ocurre? —balbuceó desconcertada— ¿Puedes… puedes nadar?
No sabía si era diversión o sorna, pero la sonrisa de Quinn desquició tanto a Rachel, que le hizo comprender que todo había sido una broma, de muy mal gusto, para hacerla entrar en la piscina.
—No, no me lo puedo creer —se quejó molesta—. ¿Es mentira? ¿Estás bien?
—Ahora estoy mejor que nunca —respondió la rubia permitiendo que su cuerpo se sumergiera por completo en el agua, y solo quedase visible desde su mandíbula hasta la cabeza.
—Oh dios, oh dios… ¿Eres imbécil? —recriminó— ¡me has asustado!
—Solo era una broma —trató de excusarse sin eliminar la sonrisa de su cara, pero Rachel no estaba por la labor de aceptar aquello, no después del susto que se había llevado por una simple estupidez.
—Déjame en paz —respondió al tiempo que volvía a nadar hacia el borde para abandonar la piscina.
—Hey, espera —reaccionó Quinn siguiéndola—. ¿Te has enfadado?
—Déjame en paz, Quinn —volvió a repetir encaramada al borde, dándole la espalda en todo momento.
—Rachel, por favor, solo ha sido una pequeña broma. Quería que te bañases, estaba convencida de que querías hacerlo, pero no te atrevías.
—¿Y no se te ocurre otra cosa más que asustarme? —reprochó sin mirarla— Pues no me gusta ese tipo de bromas. De hecho, te las puedes ahorrar.
—Lo siento —respondió colocándose a su lado, tratando de obligar a que la mirase. Pero Rachel no cedía, y por cada intento de Quinn en conseguir que se girase hacia ella, la morena respondía dándole la espalda—. Rachel lo siento, de veras. Pensé que querías meterte, pero te daba reparo.
—¿Y no te has parado a pensar en el motivo por el que no me atrevía? —la miró desafiante.
—No lo sé. Solo pensé…
—Pensaste sin pensar en mí —volvió a darle la espalda.
—¿Qué ocurre Rachel? Creí que estábamos bien, que te lo estabas pasando bien
—No lo entiendes, ¿verdad? No entiendes que no estoy acostumbrada a algo así, que puede que tú hayas hecho esto con muchas chicas, y estés acostumbrada, pero yo no.
—¿Qué? —interrumpió incrédula— ¿Qué dices de otras chicas?
—Vamos, no creo que yo sea la primera a la que metes en esta piscina.
—Para, para —volvió a interrumpirla—. Rachel, ¿qué me estás llamando? —se mostró seria, casi ofendida.
—No te llamo nada —la miró tras notar el cambio en el tono de voz—, solo digo que para mí todo esto es nuevo.
—¿Y qué piensas? ¿Qué me dedico a traer chicas aquí todas las semanas para que se bañen conmigo? ¿Es eso lo que crees de mí? —replicó enfadada.
—No, no, Quinn —respondió confusa—, yo no he querido decir eso. No pienso eso de ti.
—Pues es lo que has dicho, y si lo has dicho es porque lo has pensado —masculló—. ¿Sabes qué? Tienes razón, no debía haber hecho lo que he hecho —espetó dispuesta a abandonar la piscina ante la atónita mirada de Rachel, que veía como su enfado se había esfumado, y la culpa se adueñaba de ella por haber reaccionado así.
—Espera, Quinn —la detuvo—, no quería decir eso —se explicó—. Solo quería decir que no estoy acostumbrada a que una chica me mire de la forma en la que tú me miras, y me da vergüenza. De ahí, de ahí que haya mencionado que tú si estás más acostumbrada.
—¿Vergüenza? Creí que eso ya había quedado claro, que ya eras consciente de que me gustas.
—No es fácil de asimilar —musitó tímidamente, mientras trataba de cubrirse con los brazos—. No es fácil de asimilar que hace un momento estuviésemos ahí, que hubieses preparado una cena para mí, y que ahora estemos aquí casi desnudas.
—¿Te da vergüenza que yo te mire? —se acercó— ¿O que me gustes?
—Que me mires —respondió rápidamente—. Nunca he vivido una situación así, Quinn. Un chico es distinto. No sé, es algo mas habitual en mi vida. Pero una chica…
—Está bien, déjame demostrarte algo —sugirió segundos antes de abandonar la piscina, y recorrer todo el borde de la misma hasta el extremo más opuesto.
Rachel se limitó a seguirla con la mirada, con algo de temor por no saber que pretendía hacer, hasta que vio lo que hizo.
Quinn se acercó a un pequeño pilar que permanecía a escasos metros de la piscina, y tras buscar detrás de él, las luces que iluminaban el interior de la misma se apagaron por completo, dejando que el agua se volviese completamente negra a su alrededor.
—¿Qué haces? —cuestionó aturdida, pero Quinn no respondió. De un salto regresó al interior de la piscina, y nadó hasta llegar a donde Rachel aún permanecía anclada— ¿Quinn? —musitó vislumbrando la sombra de la rubia acercándose a ella.
Solo el resplandor de las luces que procedían del porche, y la zona donde habían cenado, conseguían llegar hasta la piscina. Pero lo hacían con escasa intensidad, sin permitir que pudiesen distinguirse con claridad a escasos metros.
—¿Cómo te sientes ahora? ¿Sigues avergonzada?
—No se trata de eso Quinn, no digo que…
—Shhh —susurró situándose tras ella—. Nada de excusas, quiero que entiendas de una vez que me gustas, que me vuelves loca y que me encanta mirarte.
—Quinn, yo…
—Rachel, una mujer te puede gustar por su manera de ser, por su inteligencia o sentido del humor, todo eso está muy bien. Pero si no sientes atracción por su físico, poco o nada puedes hacer para intentar algo con ella, y no se trata de ser superficial. Es el conjunto lo que hace que sientas ese cosquilleo cada vez que ves a esa persona. ¿Me sigues? —se detuvo tratando de recibir la confirmación de la morena, que llegó con un simple movimiento de cabeza—. Entiendo que para ti sea difícil —se colocó tras ella—, pero si quieres intentarlo, tienes que dejarte llevar. Tienes que permitirme que te descubra, y tú descubrirme. ¿Entiendes? Yo no solo veo en ti a una chica que quiere ser actriz, que es tímida y que, a la vez, no para de hablar y dice cosas con doble sentido sin darse cuenta. Yo veo más allá, y tú tienes que ver más allá de lo que yo muestro. Tienes que ver que soy una mujer como tú.
—Es lo que trato de hacer, pero…
—Me gustan tus hombros —volvió a interrumpirla con sutileza, pero esta vez provocando un pequeño escalofrío en Rachel tras sentir como sus dedos dejaban pequeñas caricias en su espalda, y ascendían hacia los hombros—. Me gusta tu pelo, tus brazos —continuó acariciando con dulzura mientras Rachel sentía como todo su cuerpo se estremecía con el simple susurro de su voz—, me gustan tus manos y tu cintura —susurró deslizando sus manos por las caderas de la morena, permitiendo que el agua crease esa tensión entre su cuerpo y el de ella, y que las obligaba a mantenerse a flote con el único apoyo de la pared de aquel lado de la piscina—. Me gustan tus piernas, tus pies, me gusta tu cuello… Todo me gusta, Rachel. Y observarte es un regalo para mí. ¿Lo entiendes?
No. No lo entendía, pero lo aceptaba. Y lo hacía porque su cuerpo había dejado de tensarse para poder disfrutar de la sutileza, de la dulzura que desprendían las manos de Quinn bajo el agua mientras la acariciaba.
—¿No me dices nada? —susurró adueñándose de sus hombros, y apoyando la cabeza sobre ellos.
—Solo puedo decirte lo que te he dicho antes —reaccionó con dificultad—. Sabes manejar muy bien las manos, y tus palabras suenan tan convincentes que supongo que tendré que creerte.
—Así me gusta —sonrió satisfecha dejando un tierno beso sobre el hombro—. Vamos, ahora te toca a ti —añadió deshaciendo el abrazo y desliándose lentamente entre sus brazos hasta quedar entre ella y la pared.
—¿Qué? —cuestionó nerviosa por la extrema cercanía de Quinn con su cuerpo.
Con aquel movimiento había llegado a sentir como sus piernas se habían entrelazado en una milésima de segundo, mientras el agua seguía regalándoles esa inconfundible lentitud que lo hacía más intenso.
—Quiero que me digas que es lo que te gusta de mi cuerpo.
—Quinn yo… —balbuceó.
—No hables, no es necesario —murmuró tomando una de sus manos—, simplemente indícamelo. Si es mi cara, acaríciame la cara —la llevó hasta su mejilla—. Si es mi pelo haces lo mismo —añadió—, vamos demuéstrame que yo también te gusto físicamente.
—Eso es absurdo, tú me gustas de todas…
—Shhh —la silenció—. Nada de excusas. Dime que te gusta de mí, qué te apetece descubrir y hazlo. No diré absolutamente nada, no te voy a juzgar.
No supo reaccionar a tiempo. Rachel se quedó completamente paralizada, y eso que ni siquiera podía ver con nitidez el rostro de Quinn, que debía estar a apenas un palmo del suyo.
Solo podía distinguir su silueta entre el movimiento del agua, y los escasos reflejos de las luces del exterior, sin contar con los roces que de vez en cuando, se regalaban sus piernas.
Tardó varios minutos en tomar la decisión de aceptar aquel juego, aquella invitación a conocer el cuerpo de una mujer de una forma diferente. Sin el miedo a la vergüenza, sin los complejos que se hacían enormes cuando la luz se reflejaba en ellos.
Quinn se mantenía en silencio, probablemente cabizbaja dada su posición, y esperando a que Rachel tomase la decisión que quería llevar a cabo. Por suerte, fue la deseada por la rubia.
Tan tímido fue el primer roce de la yema de sus dedos sobre la barriga de Quinn, que ésta casi ni lo percibió. Tuvo que esperar algunos segundos más en los que Rachel decidió acariciar con el resto de su mano, para hacerle ver que había aceptado el juego, que se había lanzado a descubrirla.
No hubo palabras.
Quinn solo emitía algún que otro suspiro casi imperceptible, mientras sentía como la mano de Rachel se deslizaba por su cintura, y ascendía hasta sus hombros. Cómo tras aquel primer contacto, apostaba una segunda mano para coordinar aquellos movimientos y percibir mejor la figura de aquella chica.
Delicada; esa era la única palabra que se le venía a la mente tras rodear lentamente la cintura y acariciar su espalda, sintiendo como ya podía sentir la respiración frente a su boca, presagio de la extrema cercanía que la obligaba a tener aquel abrazo.
Delicada, firme y tersa. Pensar que podía desprender tanta suavidad con la interrupción constante del agua, era algo imposible para ella si no estuviese comprobándolo con sus propias manos. Y es que aquella zona de la espalda de Quinn, en la que ya notaba como su braguita aparecía de repente, provocaba una adicción que jamás había vivido. Y Quinn así lo percibió tras notar como se entretenía por más tiempo del indicado en aquel lugar.
—¿Te gusta mi espalda? —susurró sacando de su estado de absoluta relajación a Rachel, que no pudo más que emitir un extraño y apagado sonido de afirmación— ¿Por qué la espalda?
—Es suave —susurró recuperando la voz.
—¿Por qué no bajas? —cuestionó casi a modo de súplica, y Rachel se detuvo, pero solo por algunos segundos en los que pudo percibir el brillo en los ojos de Quinn frente a ella, y decidió que aquello exactamente era lo que deseaba. Y lo hizo.
Con una dulzura infinita, pero sin perder un ápice de lo sensual que resultaba descender por la espalda de Quinn, y acariciarla hasta que perdió el sentido de creer que seguía en su espalda, porque aquella parte de su cuerpo, ya ostentaba otro nombre.
—¿Te gusta? —susurró a escasos centímetros de sus labios, entrelazando de nuevo sus piernas para conseguir que quedase mucho más cerca de su cuerpo, y así desplazar el agua que ocupaba aquel espacio, y no permitir que nada se interpusiera entre ellas.
—Creo que me he vuelto loca —respondió aferrándose firmemente al trasero de Quinn, y sin poder evitar que sus labios fueran a parar directamente sobre los de ella, mezclando el calor que desprendían con la templada temperatura del agua que mojaba sus mejillas.
Un beso que se acompañaba de las caricias que se regalaban bajo el agua, y las piernas que no habían dejado de buscarse para mantenerse unidas. Un beso que no se parecía en nada a los que se habían dado en otras ocasiones, y que las llevaba directas a un estado del que prácticamente nada iba a poder apartarlas, aunque sí lo hizo de aquella zona.
Un impulso de Quinn sobre la pared logró que ambas, envueltas en aquel abrazo, quedasen a la deriva por la piscina, olvidándose por completo de lo que había a su alrededor y dedicándose solo y exclusivamente a disfrutar de aquel beso. Sin importarles nada ni nadie. Ni la timidez, ni el pudor de estar prácticamente desnudas las cohibía al sentirse la una a la otra. No les importaba nada, solo mirarse a los ojos cuando cesaban en alguno de los besos, y comenzar una nueva tanda de caricias que las llevase de nuevo a unir sus labios.
No había prácticamente nada que pudiese detenerlas, solo una opción que si podía lograr acabar con aquello. Pero ni Quinn ni Rachel iban a percatarse hasta que no fuese demasiado tarde. Hasta que el calor se había apoderado de ellas, y el agua no ayudaba a templarlas. Hasta que aquel beso se llenó de sensuales y traviesos mordiscos, mientras se adueñaban de la presión del líquido elemento para que sus cuerpos se buscasen con ansias, casi con desesperación.
No prestaron atención más que a la inminente necesidad que las empezaba a llevar a un estado de excitación difícil de controlar, menos aún con la alevosía con las que se besaban, suspiraban e incluso gemían, y que había vuelto a llevarlas junto a una de las paredes de aquella piscina, para que el cansancio de mantenerse a flote no menguase sus ganas.
Y fue tal el descontrol que se produjo entre ellas, que no prestaron atención a cómo varias luces se encendían en el otro extremo del jardín, y alguien aparecía en la puerta de aquel porche que les había dado cobijo en su perfecta cena. Alguien que se extrañó al no distinguir a nadie en el jardín, y tras escuchar como el agua de la piscina permanecía en un constante gorgoteo.
—¡Quinn! ¿Estás ahí?
—Aww —se quejó la rubia tras recibir un mordisco más fuerte de lo indicado. Y es que la voz de Judy al otro lado, tensó a Rachel, que en ese mismo instante se esmeraba por jugar con los labios de Quinn.
—¿Cielo? —cuestionó la mujer, y ambas detuvieron el apasionado encuentro sin ser aún conscientes de lo que estaba sucediendo. Solo cuando Quinn atinó a asomarse a través del borde de la piscina, entendió lo que estaba sucediendo. Y por supuesto Rachel también.
El temblor que la había acusado por culpa de aquella necesidad, de aquella excitación, se disolvió rápidamente para dar paso a una sensación de terror que empezó a bloquearla, y que la llevó a esconderse de algún modo tras la pared.
—¡Mamá! —exclamó Quinn tras distinguir la silueta de su madre caminando directamente hacia ellas.
—Mierda, mierda —susurró Rachel que empezaba a entrar en estado de shock.
—Hija. ¿Qué haces en la piscina a esta hora? ¿Por qué tienes las luces…? —se detuvo al llegar a la mesa que antes habían ocupado mientras cenaba, y la observó desconcertada.
Dos copas, dos platos, dos postres y un álbum de fotografías que rezaba con el nombre de Rachel Berry, le hicieron comprender la situación que parecía estar llevándose a cabo en el interior de la piscina. Descubrir la ropa desperdigada por el suelo confirmó sus sospechas.
—Mamá no, no vengas, por favor —suplicó Quinn tratando de evitar que Rachel pasar el peor momento de su vida.
—Quinn, por amor de Dios. ¿Cómo se te ocurre? —recriminó manteniendo las distancias.
—Mamá, no es lo que parece. Solo, solo nos estamos dando un baño. ¿Ok?
—Sí ya veo —sonó molesta.
—¿Qué hacéis aquí? ¿No estabais en San Francisco?
—Tu hermana empezó a sentirse mal, algo debió sentarle mal y decidimos regresar, pero… Oh dios. ¿Por qué tengo que darte explicaciones? ¿Eres tú quien tiene que darme explicaciones?
—Te las daré, pero por favor, márchate —suplicó.
—Tu padre está con tu hermana, recoged esto antes de que decida bajar.
—Lo haré mamá.
—Os dejaré un par de toallas en el porche —espetó resignada, retrocediendo de nuevo hacia la entrada de la casa.
—Gracias mamá —murmuró Quinn siendo consciente de lo que se le venía encima, y no precisamente por parte de sus padres, sino de Rachel.
Tuvo que centrar la mirada para poder distinguirla a su lado, oculta bajo la pared de la piscina y con las manos cubriendo su rostro, completamente avergonzada— Lo, lo siento Rachel.
—Quinn, no volveré a mirar a la cara a tu madre —respondió con apenas un hilo de voz.
—Tranquilízate, no va a pasar nada —susurró regalándole una pequeña caricia en la mejilla—. Iré por la toalla y te llevaré a casa. ¿De acuerdo?
—No, ni hablar, yo me voy en taxi —respondió nerviosa—. No puedo mirar a tus padres a la cara.
—Rachel, por favor, no te enfades. Yo no sabía que iban a venir, y bueno… Puede que no sepa que eres tú. Ni siquiera se ha acercado.
—No me enfado —interrumpió—, pero deja que me vaya en taxi. ¿Ok? Prefiero prevenir el infarto por vergüenza. Creo que ya tuve suficientes emociones por hoy.
—¿Es lo que quieres? —preguntó resignada.
—Sí, es lo que quiero —la miró aturdida por el tono de voz utilizado. Quinn parecía realmente preocupada, y Rachel entendió que ella no tenía la culpa de que su hermana se hubiese puesto mala
—Lo siento, Rachel —susurró de nuevo.
—Olvídalo —respondió la morena—, y que sepas que me debes una.
—¿Una? —cuestionó extrañada.
—Sí, una me debes algo muy grande después de hacerme pasar todo esto. Has sido tú la que ha hecho que me meta aquí. Yo, yo solo estaba cenando contigo y nada de esto habría sucedido sin tu estúpida broma. Tu madre seguiría pensando que soy una buena chica que ha venido a cenar, nada más. Eres una insensata.
—Sí, pero… ¿Sabes qué? —sonrió más tranquila tras ver cómo después de aquel barrullo de excusas, parecía recuperar la compostura— Si no llego a ser así de insensata, no habría podido descubrir que tienes un muy buen gusto para la ropa interior.
—¿Te estás riendo de mí?
—No, solo trato de controlarme por no continuar donde lo hemos dejado.
—¡Basta! —replicó sin poder sonar convincente— Me debes una.
—¡Quinn!, aquí tenéis las toallas —se escuchó desde el porche.
—Me debes una muy grande —la amenazó con el dedo.
—Haré lo que me pidas.
