Roy Mustang - Misión 5: Emboscada

Ishval CO. 8/JUN/1908

La comida en el frente es algo que, pese a ser de las vivencias menos traumáticas que tuve en Ishval, jamás olvidaré. El alimento frío consistía en unos paquetes con galletas secas y un pequeño frasco de mermelada. Al principio también nos daban manteca, pero al final dejaron de repartirla porque se derretía bajo el sofocante Sol de Ishval.

El alimento caliente solía consistir de una lata de estofado de verdura con pequeños trozos de carne de vaca o pescado, todo ello ligado con una salsa espesa y grasienta. Sin embargo, tras una pared de roca moldeada por los impactos de las balas, o en misiones de infiltración en las líneas enemigas, resultaba imposible encender un fuego para calentarla. Esto implicaba comer una gelatina marrón con pequeños tropezones de carne o verdura.

En esa situación me encontraba yo ese día. Destapé la lata de hojalata con la ayuda de una navaja. Se la devolví a su dueño, un soldado llamado Romery, y saqué mi cuchara. Las vetas oscuras que surcaban la mezcla gelatinosa no invitaban a dar el paso.

Hinqué la cuchara y me lo llevé a la boca. El sabor era potente y no del todo desagradable, por lo que mastiqué con calma y tragué. Me daba rabia lo mucho que mejoraría ese estofado de haberlo comido caliente. En más de una ocasión me había visto tentado de calentarlo con alquimia, pero hacer algo así frente a mi pelotón sería muy inapropiado.

El estatus de Alquimista Nacional en el frente había cobrado un nuevo significado. Los ciudadanos de Amestris acostumbraban a ver a los alquimistas desarrollando labores de reconstrucción, si es que llegaban a ver a alguno. Sin embargo, para todos era algo novedoso el uso de la alquimia para sesgar vidas. Y siendo honestos, era algo poderosamente eficaz.

Nuestra entrada en la zona había conseguido cambiar por completo el desarrollo de la guerra. Lo que hasta ese momento había sido un movimiento de reconquista que expulsaba las tropas fuera de la ciudad había sido anulado y convertido en una nueva y agresiva ofensiva.

Los soldados nos miraban como si fuéramos sus salvadores. Poseedores de un poder tan grande como peligroso. Nos reverenciaban y nos temían. Muchos alquimistas soñaban en secreto con ser considerados dioses y en aquel páramo de tierra seca emulaban esa falsa sensación.

No éramos dioses. Aquella quimera se desviaba por completo de la mentalidad original del alquimista, la búsqueda de la verdad. Solo éramos asesinos. Poderosos y masivos, como una estrella, pero asesinos.

Y sin embargo, seguíamos siendo la esperanza del ejército, el pilar tanto funcional como emocional que sostenía aquella locura de campaña. Eso implicaba que nuestras vidas eran más importantes que las del resto de soldados. Si nos capturasen, sacrificarían a los hombres que hicieran falta para recuperarnos.

Ese estatus nos deshumanizaba, implicaba un cambio en la gente a la hora de interactuar con nosotros. Esperaban algo más que ser simples personas, y aquel hechizo de falsa devoción podría deshacerse si nos veían haciendo cosas inapropiadas con nuestra alquimia, como por ejemplo calentarnos la comida.

Rebañé los resquicios de la lata, la tiré al otro lado de la pared derruida y volví a guardar la cuchara. Al otro lado se alzaba un poderoso edificio con multitud de ventanas y portezuelas. A través de ellas se asomaban un sinfín de ishvalíes armados hasta los dientes.

Habría tratado de incendiarlo hasta los cimientos de no ser porque estaba demasiado lejos. Por otra parte, salir al otro lado de las ruinas para acercarme podría haber significado un tiro en la cabeza, así que habíamos retrasado la misión y estábamos a la espera de apoyo de artillería.

Habíamos solicitado su presencia al nuevo puesto de mando hacía ya tres horas, cuando llegar a nuestra posición apenas ocupaba una. Miré al soldado de enlace. Llevaba una enorme mochila con una antena y un teléfono conectado en un lateral. En aquel momento trataba de hacerse entender a través del ruido del fuego enemigo y las interferencias de radio.

Fruncía el ceño, pero sus ojos mostraban preocupación. Me coloqué a su lado para tratar de oír la conversación pero el ruido de las interferencias me lo hizo imposible. Cuando terminó, me miró con cierta timidez, como si temiera mi reacción.

–Les han perdido, señor –dijo con un hilo de voz.

Fruncí el ceño. –¿Cómo que perdido?

–El pelotón constaba de seis soldados y traían dos ametralladoras de trípode de última generación y ocho morteros ligeros. Eso fue hace dos horas y media, pero han el contacto con ellos hace una hora. –Su voz se iba apagando mientras lo contaba. –Van a mandar una patrulla a rastrear la zona.

Me dejé caer contra la pared. Acabábamos de quedarnos bloqueados en ese frente. Y sin embargo, eso no era lo peor. Perder las armas o a los soldados que los transportaban no era el problema. Lo realmente peligroso es que esas armas estaban ahora en manos de los rebeldes.

Entonces caí en un detalle. –Un momento, ¿has dicho seis soldados? –El chico asintió. Noté cómo la ira fluía por mis venas. –¿Me estás diciendo que no llevaban escolta? ¿Solo seis hombres para llevar las armas?

No sé ni por qué hice esa pregunta. Estaba claro cuál era la respuesta. La ineptitud de los altos mandos era algo con lo que convivíamos, un obstáculo más como el calor o la arena. Ellos hacían sangrar al ejército con sus decisiones tanto como los ishvalíes con sus armas.

Esa cantidad de armas pesadas solo podían llevarse en un baúl, por lo que al menos cuatro hombres estarían cargándolos sin posibilidad de utilizar sus armas. Y en cuanto a los dos soldados restantes, bastaba con un ataque rápido y certero para acabar con ellos.

Volví la vista al soldado de la radio. –¿Tenemos autorización para buscar al pelotón?

–No, señor. Han dicho que vuelva con su sección a la base.

La ira que sentía se fue transformando en malestar. Todos los hombres que habíamos perdido para alcanzar esta posición habían muerto para nada. Los altos mandos habían cometido un error y no figuraba en ninguna opción solucionarlo. Quizás si hubiera sido otro pelotón habrían ordenado seguirlo antes de que llevaran las armas a sus bases, pero no se arriesgarían a perder un alquimista. Me sentía como un lastre.

Me puse en pie, con cuidado de seguir cubierto por la pared semiderruida. –Atención –dije con voz firme. Todos me estaban mirando, esperando órdenes–. El equipo de artillería ha sido capturado y probablemente eliminado. –Dejé que la noticia calara en sus mentes. Era egoísta, pero necesitaba que todos fueran testigos de aquella indiscreción. –No podemos avanzar de esta posición, y las provisiones nos impiden mantenerla. Debemos volver al campamento.

Hubo gruñidos de desaprobación. Los soldados desviaban sus miradas y negaban en voz alta, quejándose a la nada. Comprendía su frustración, era tan suya como mía; nuestros compañeros habían muerto en vano. Esos hombres estaban a mi cargo, era responsable de sus vidas.

Caminamos de espaldas al frente, humillándonos mientras deshacíamos nuestros pasos. Mis hombres se movían entre arena y escombros de piedra blanca. Mientras avanzaba, miraba hacia los lados, imaginándome en qué lugar habrían atacado al pelotón de artillería.

No hizo falta investigar demasiado para localizarlo. Apenas a un kilómetro de nuestra posición encontramos los cuerpos. Dos de ellos tenían sendos disparos en la cabeza. Sus ojos azules se habían congelado en aquel desierto. Los otros cuatro estaban cerca. Uno de ellos aún tenía el arma colgada del hombro. Su uniforme empapado delataba el impacto de las balas. Lo habrían acribillado antes de poder dejar el baúl en el suelo.

Los cuerpos de los otros tres tenían un aspecto más grotesco. Uno tenía la pierna doblada en un ángulo extraño. Los otros dos, las articulaciones de los brazos rotas, tumbados en posturas antinaturales. Sin embargo, no había sangre, y sus fusiles habían desaparecido.

Monjes guerreros.

Mis soldados se detuvieron, tratando de reconocerlos. En sus caras veía reflejada una frustración silenciosa. Sus ceños fruncidos con rabia o compasión. Me entristecía verlos así, pero no podía dejarme llevar por la ira. De mí dependía que aquellos hombres volvieran a sus casas. Los que descansaban en la arena, a menos de un kilómetro de su meta, ya no lo harían.

En ese momento vi las cosas desde otra perspectiva. La situación no había cambiado, solo mi enfoque. Podría salvar a esos hombres de una misión peligrosa, pero el día de mañana, los superiores podrían mandarlos a la muerte como habían hecho con ese equipo de artillería. Eso sin contar con las vidas que quitarían esas armas robadas.

–Soldados –volví a decir. Todos se giraron, con mayor o menor reticencia–. Vamos a volver al campamento, pero lo haremos por una ruta más larga. –Me miraban con atención, debatiéndose entre mostrar su entusiasmo o callar frente a la insubordinación de su superior–. Han emboscado a este grupo de buenos hombres, así que podría pasarnos lo mismo. En lugar de hacer lo que esperan de nosotros, daremos un rodeo por el norte. Quizás nos encontremos algunas armas por el camino.

Algunos hombres festejaron la decisión en voz alta. Otros asentían en silencio. No hubo ninguna queja, ninguna mirada de desaprobación, ni un ápice de miedo. Nos pusimos en marcha hacia el norte con energías renovadas.

Avanzamos con sigilo por las calles. Un silencio muerto nos acompañaba entre aquellos edificios vacíos. Observábamos con cuidado cada ventana, cada esquina y cada portal. Las armas en ristre estaban preparadas para disparar.

Llevaba las manos enfundadas en guantes, pero sostenía mi pistola contra el pecho. En caso de ataque, no podía descubrirme utilizando la alquimia. Las llamas eran demasiado aparatosas para una misión de este tipo y probablemente descubriría nuestra posición a refuerzos enemigos. No sabía lo que hacían con alquimistas, pero supuse que al ser tan peligrosos, aunque fuéramos rehenes muy valiosos, nos ejecutarían al instante.

Objetivamente, la situación en la que nos encontrábamos era un suicidio. Sin embargo, llevado por un sentimiento de frustración y abatimiento veía espejismos que parecían soluciones. Nos acuclillamos junto a una pared y les comenté mi plan.

–Debemos partir con la situación de desventaja en la que estamos –susurré–. Son más y conocen el terreno, jugamos con eso en contra. A nuestro favor tenemos el factor sorpresa, no saben que los seguimos. Además somos más rápidos, y probablemente más numerosos que la avanzadilla a la que perseguimos. Ellos estarán cargando con una gran cantidad de peso, así que aunque tengan escolta avanzarán despacio.

No recalqué la importancia del terreno y de los números para lo que pretendíamos hacer. En un enfrentamiento abierto, teníamos todas las de perder. Nuestra única esperanza era una victoria táctica. Ya que estábamos en un lugar desconocido con infinidad de posiciones desde las que emboscarnos o dispararnos, decidí utilizar una vieja táctica de la escuela militar, el doble tifón.

Crearíamos dos escuadras gemelas que avanzarían a una distancia prudencial de hasta una calle de margen y, en caso de que una de ellas sufriera una emboscada, la otra podría contra emboscarles. De esta forma, podríamos reducir nuestro número de bajas. Además, duplicaríamos las posibilidades de rastrear a nuestro objetivo.

Una vez hechos los preparativos, las escuadras se separaron. Concretamos una dirección y comenzamos a avanzar por calles paralelas. Caminábamos silenciosos y cautos. Nuestra vida estaba en juego, pero también la de nuestros compañeros. Cada vez que cruzábamos una calle perpendicular comprobábamos el estado de la avanzadilla gemela.

Avanzamos durante unos seiscientos metros hasta que uno de los hombres de mi grupo pareció escuchar algo. Los soldados actuaron como un único ente, congelándose en guardia y observando a su alrededor. Estudié la fachada que teníamos frente a nosotros, pero también la de los edificios que venían a continuación. Nada.

Di la orden de avanzar. Cuando llegamos a la siguiente calle que cruzaba la nuestra, nos mantuvimos en la esquina esperando a la escuadra gemela. Los hombres estaban tensos, y el malestar crecía por segundos. Me mantuve frío y seguí esperando. Si les hubieran atacado, se habrían oído los disparos.

Entonces recordé los cuerpos de los soldados en el suelo, dislocados en silencio. Los monjes podían matar sin hacer ruido. Siguiendo la táctica, avanzamos rápidamente por la calle perpendicular para llegar a nuestros compañeros, pero fue demasiado tarde. Nuestra escuadra gemela yacía amontonada junto a una pared.

Y entonces aparecieron. Supe que estaban porque oí el gruñido sordo que hace un hombre cuando le tapan la boca e intenta desembarazarse de su agarre mortal. Habían salido de las ventanas del edificio que rodeábamos.

Esta vez sí hubo gritos y disparos. Uno de mis hombres atacó con la culata al monje que había cogido a nuestro compañero por la boca, pero antes de golpearle, otro apareció y le estrelló la cabeza contra la pared. Yo salté hacia delante, alejándome del edificio y rodando por el suelo. Algunos soldados hicieron lo mismo.

Los monjes avanzaron y abrimos fuego. Eran rápidos y escurridizos. Vi cómo frente a la pared otro hombre resistía el abrazo mortal de un monje, dejándole sin aire. Disparé, pero aquel monje pareció preverlo y utilizo el cuerpo del soldado como escudo humano.

Adivinaban la trayectoria de las balas antes de que llegasen y se movían cuando aún no habíamos apretado el gatillo. Uno de ellos se abalanzó contra el hombre que tenía a mi lado y le partió el cuello con un movimiento felino. Un impulso primario me incitó a chasquear los dedos y carbonizar a ese hombre, pero tardé un instante porque vi el rostro de mi soldado, el instante que él necesitó para golpearme el brazo y tirarme la pistola de la otra mano.

Ese golpe me sacó del engaño. Chasqueé los dedos de la mano de la pistola y una llama rápida ascendió por su cuerpo, envolviéndole en una armadura brillante y naranja. Eso pareció insuflarle ánimos a lo que quedaba del grupo, que con un grito de guerra arremetieron contra el enemigo.

Sin embargo, los monjes eran implacables. Sus ojos rojos veían a través de nuestros movimientos. Sus brazos, duros y oscuros, se movían con precisión milimétrica, asestando golpes mortales que incapacitaban a los hombres en cuestión de un suspiro. La rabia que llevaban en su interior quedaba contenida en aquellos ojos, sus movimientos eran limpios y perfectos.

Volví el puño hacia ellos y concentré el oxígeno a su alrededor. Pensé que, aunque quemase por error a uno de los nuestros, podría salvar a la mayoría. Aquel chasquido nunca llegó.

Ni siquiera le oí acercarse a mí. Sus brazos se enroscaron alrededor de los míos, inmovilizándome los dedos con sus fuertes palmas. Estuvo a punto de rompérmelos, pero interrumpió ese movimiento golpeándome la parte anterior de las rodillas, doblándomelas y haciendo que cayera al suelo. Él mismo se encargó de inmovilizarme los brazos a la espalda.

El dolor dio paso a la frustración, pero ese sentimiento se convirtió en miedo en el momento en que noté cómo me desenguantaban las manos. Traté de comprobar la situación, pero no podía girar la cabeza. Solo oía la respiración pesada de los hombres a mi alrededor.

El hombre que me había inmovilizado me levantó y quedé horrorizado ante lo que vi. De la docena de soldados a los que había dirigido hacia este matadero, no quedaba ninguno con vida. Y por si fuera poco, solo dos monjes habían sido abatidos. Otros dos estaban heridos, pero la proporción en no dejaba de ser de seis a uno.

Entonces aparecieron más rebeldes. Eran guerrilleros armados con fusiles. Sus rostros eran amenazantes y hostiles, cincelados por la guerra y el desierto. Y aun así, no irradiaban ese aura mortífera de los monjes. Se notaba que eran gente corriente, ciudadanos que se habían visto obligados a armarse para defender su tierra.

Uno de los monjes se acercó a mí y le preguntó a mi captor algo en ishvalí antiguo, el lenguaje que utilizaban los creyentes más fanáticos de la doctrina de Ishvala. Sin duda era un buen código de encriptación. Era un lenguaje rudo y arcaico que nada tenía que ver con la sintaxis de Amestris. Además, pocos ciudadanos de Ishval sabían hablarlo, por lo que, aunque tuviéramos traductores, rara vez conseguíamos descifrar sus mensajes.

Sin embargo, el lenguaje corporal es algo universal. No necesité entender su idioma para saber que el que estaba preguntando era el superior y que probablemente la pregunta era que por qué me mantenía con vida.

Mantuvieron una corta conversación en la que mi captor le tendió uno de mis guantes a su superior y después señaló al monje carbonizado. Con el guante en la mano, aquel monje experimentado me sostuvo la mirada. Era impresionante todo lo que decían esos ojos y callaba el resto del cuerpo.

Se acercaron dos guerrilleros que me ataron las manos por delante. Primer gran error. Uno de ellos comenzó a hablar con el monje que me había apresado. Le pedía ver mi otro guante. El monje se lo dejó y se alejó de mí para ver los cuerpos de los caídos.

–En marcha –dijo el líder. Lo dijo con una voz grave y autoritaria, en la lengua común para que los guerrilleros lo siguieran. Otro pequeño grupo se dedicó a retirar los cuerpos de mis camaradas de la calle, escondiéndolos en los portales de los edificios.

Aun así, pude ver cómo los restos de sangre empapaban el suelo. Ese rastro sería fácil de seguir para una partida de soldados de Amestris. Sin darme cuenta, crucé la mirada con el líder del grupo, que parecía estar pensando lo mismo que yo. Dio una nueva orden y nos pusimos en marcha con rapidez.

El ritmo que se impuso fue brutal. Caminábamos con rapidez, girando por intrincadas callejuelas y atravesando edificios y paredes. Resultaba escalofriante recorrer ese barrio fantasma. Innumerables edificios y viviendas vacías. No me hacía a la idea de dónde estaría la gente que vivía en ellos.

Aquello hizo que me diera cuenta de lo difícil que sería encontrarme; tenía que crear un rastro. Con disimulo, arranqué un botón de la chaqueta y lo dejé caer al suelo. Esas serían mis migas de pan.

Dado que las calles no estaban adoquinadas, podía ir haciendo pequeñas marcas con los pies en la tierra mientras avanzábamos. Deshilachaba partes de mi chaqueta, rompía los gemelos e insignias de mi rango para dejar un rastro a seguir. Dudo que alguien hubiese mostrado mayor desprecio por el rango militar y, al mismo tiempo, deseara tener uno mayor como yo, aunque solo fuera por tener más estrellas que dejar caer en el suelo.

Continuamos por una calle amplia y desértica y giramos hacia la derecha. Entre dos edificios altos surgía un pequeño callejón. Era estrecho y oscuro, y giraba sobre sí mismo hacia la izquierda dando a un patio interior. El lugar era una ratonera.

Antes de entrar al edificio volví la vista atrás. A través de las ventanas que daban al callejón podían verse rebeldes armados. Me arremetió una sensación de impotencia. Si mandaban un escuadrón a rescatarme, aquello sería una carnicería.

Subimos escaleras, dirigiéndome a las plantas más altas del edificio. En una de las habitaciones vi un cofre de madera y a tres hombres escudriñando su interior. Até cabos y comprendí que eran las armas. Me habían llevado a su base.

Me llevaron a una habitación sin ventanas. Solo estaba iluminada por un par de lámparas de gas y la luz que entraba a través de la puerta. Entró el monje guerrero que lideraba la operación y cerró de un portazo. El fuego dibujaba sombras en su semblante.

Por mi cabeza pasó la idea de incendiarlo. Solo tendría que dibujar el círculo en el suelo y aumentar la concentración de oxígeno a su alrededor. Las llamas de las lámparas haría las veces de chispa. Preferí desechar esa opción; si lo quemase, los guardias abrirían las puertas y me agujerearían a balazos.

Con la expresión de su rostro intuí lo que vendría a continuación. El primer puñetazo lo encajé con entereza, pero el segundo me hizo vomitar. Con el tercero di un traspié y caí de espaldas. Me incorporé como buenamente pude.

Ya que no preguntaba, lo hice yo. –¿Qué… qué quieres?

–Tu alquimia. –La respuesta fue tan ambigua que no supe responder. Me gané una fuerte patada en el costado. Noté cómo el aire se escapaba de mis pulmones, dándome una sensación de frío y mareo. Después llegó el dolor, como un torrente desbordante. Ahogué un gemido. Tenía que pensar algo o me mataría.

Las llamas parecían consumir todo el aire de la habitación, dando una sensación asfixiante. Eso me dio una idea, pero debía preparar el terreno. Sin embargo, continuó hablando.

–Tu alquimia es una blasfemia para el dios Ishvala, una usurpación de su poder. –Hablaba con el odio reservado a los herejes. –Lo peor es que ante tanto poder, os acabáis creyendo dioses. Vuestra arrogancia se volverá contra vosotros.

–Yo no... yo no soy ningún Dios. –Intenté sonar cansado, como si no tuviera nada que ocultar. –Necesito mis guantes para hacer llamas.

El hombre se mantuvo en silencio un momento, decidiendo si creer lo que le había dicho. Así debió ser, porque entonces sacó un guante de entre los pliegues de su túnica. Era el que me había quitado cuando me capturaron.

–Te he visto utilizarlo. Quemaste a uno de los enviados de Ishvala. –Cerró el puño y el guante quedó oculto en su enorme mano. –Además de violar un poder que solo debería estar al alcance de Dios, lo utilizáis para matar personas.

Aquello me dolió. Muy a mi pesar, tenía razón. La alquimia, más allá de tribulaciones y envidias de un fanático religioso, debía ser una herramienta para ayudar al pueblo, nunca para exterminarlo.

Comencé a dibujar el círculo alquímico de fuego con la arena que había en el suelo. Habría sido imposible explicarle la naturaleza científica de la alquimia a alguien tan religioso, así que lo simplifiqué. –Este símbolo es el que está impreso en los guantes. Eso junto con el material del que está hecho es el que genera las llamas.

Me miró con escepticismo. –Prueba a ponerte el guante. No controlas la alquimia, así que no creo que puedas hacer grandes llamas, pero quizás puedas verlo.

Los latidos me martilleaban las sienes, desconcentrándome. Aun así, intenté pensar que estaba siendo lógico. Tenía que creerme convincente si quería que mis argumentos tuvieran algún efecto. No me importaba que él pensara que yo era un ser despreciable, que estuviera dándole mi secreto para salvar la vida.

El monje se enfundó el guante. Aproveché y activé el círculo. Un reguero de chispas azuladas recorrieron el aire desde el suelo hasta sus dedos. –Ahora tienes que chasquear los dedos –argumenté rápidamente. Necesitaba que él creyera que era el que las creaba.

Al haber dejado una pequeña concentración de oxígeno a su alrededor, una pequeña llama surgió de entre sus dedos. Iluminó sus ojos rojos, mostrando un amago de ambición. Todos los hombres poderosos eran iguales.

Volvió a chasquear los dedos, pero no surgió llama alguna. –Aún no dominas la… –intenté justificar. Mis palabras quedaron cortadas por un nuevo puñetazo. Me pareció irónico cómo su puño me golpeaba cubierto por mi guante. Activé el círculo al tiempo que volvía a golpearme.

Eso pareció aplacarle. No era consciente de que esas chispas no salían por él o por su voluntad, sino que era yo. Le estaba quitando todo el oxígeno a su alrededor, asfixiándole lentamente. Si no podía quemarlo, al menos podría dejarlo lo suficientemente debilitado para obligarlo a salir.

Intenté ganar más tiempo. –Si tanto odias la alquimia, ¿para qué la quieres?

El hombre me miró, sombrío. –Ese don es algo que no debería existir, pero puesto que lo hace, no podemos permitir que sea una ventaja para vosotros. Debe doblegarse ante la voluntad de Ishvala.

–¿Quieres… utilizar la alquimia para combatir contra los soldados de Amestris? –pregunté alzando el tono. Trataba de sonar indignado, pero solo para ganar tiempo. Que quisieran utilizarla contra nosotros era algo militarmente lógico, aunque resultaba incongruente con lo que ellos mismos predicaban. –¿Y qué hay de Ishvala? ¿Acaso vuestro Dios estaría…?

–No pronuncies el nombre de Dios, hereje. –La forma de interrumpirme me hizo temer otro puñetazo, pero ya comenzaba a sentirse embotado. –Ishvala no aprueba el uso de artes impías, pero tampoco puede permitir que su pueblo sufra. Ishvala es bondadoso, y entiende que debemos combatir al enemigo con todas las armas a nuestra disposición.

Aquello me sacó una sonrisa. Como siempre, el problema de la religión no era la religión en sí, sino las interpretaciones que le daba la gente poderosa. Las llamas de las lámparas de gas se redujeron.

En ese momento, un par de golpes resonaron contra la puerta. Maldije en mi interior. Al abrir la puerta, todo el aire de la habitación se renovó, dando al traste con mi plan. El monje intercambió unas palabras con los guardias apostados fuera.

Pude escuchar un fuerte alboroto, pero aquello pareció recordarle mi presencia y cerró la puerta. Aproveché el momento para arrastrarme hasta la puerta para escuchar algo.

–… han podido llegar. Tendremos que encargarnos de ellos. Vigilad al alquimista, que no salga de ahí.

Por el revuelo que había, supuse que habían llegado tropas de rescate. Era increíble que se hubieran dado tanta prisa, aunque siendo alquimista, tenía su retorcido sentido. Me parecía inmoral que el valor de una vida fuera tan diferente en función de quién fuera.

Empecé a escuchar disparos, y eso me obligó a ponerme en marcha. Tenía que facilitar la misión de los rescatadores, pero sobre todo, debía cumplir la misión que me había llevado allí. Marqué con fuerza el círculo alquímico en el suelo, repasando sus contornos. Desenganché una de las lámparas de gas de la pared y la dejé en el suelo.

Volví a sentarme en el suelo, el lugar donde debería estar. Me tumbé de lado, en posición fetal, y grité con todas mis fuerzas como si me hubieran arrancado un brazo.

La puerta se abrió de golpe y apareció uno de los guerrilleros con el arma en ristre. Por detrás, el otro hombre asomaba la cabeza con un claro gesto de desconcierto. El primero se acercó.

–¿Qué está pasando? –preguntó con una falsa autoridad.

Me revolví en mi sitio. –Una bala… ha atravesado la pared –dije con dramatismo mientras señalaba a una de las esquinas. El primer rebelde miró hacia donde le había dicho, mientras que el segundo entraba con el arma baja.

Apreté la mano contra el círculo y la luz alquímica volvió a iluminar la estancia. Uno de los rayos fue en dirección al martillo percutor del fusil del primer hombre. El otro fue a la lámpara de gas. La llama de la lámpara se intensificó, creciendo de forma espontánea hasta besar el techo. Se hizo el caos.

El hombre que estaba junto a la lámpara comenzó a arder sin piedad. Con un grito de dolor, disparó su arma hacia la nada. La nada resultó ser su compañero. El hombre cayó de rodillas, con el muslo empapándose en sangre. Me miró con odio. De fondo su compañero gritaba, consumiéndose entre las llamas.

–Desgraciado. –Apretó el gatillo.

Como había intensificado la concentración de oxígeno alrededor del arma, en el momento de apretar el gatillo, ésta estalló como si fuera una granada de mano. Enterré la cabeza entre los brazos para cubrirme el rostro.

Tras procesar lo que había ocurrido, me puse en pie. Los dos rebeldes estaban muertos. Me llamó la atención una prenda blanca que contrastaba con el negro de su cuerpo carbonizado. Era uno de mis guantes. Por lo visto, aquel era el guerrillero que me había atado las manos cuando me capturaron.

Con la mano enguantada, avancé por el edificio. Oía disparos por todas partes. Debían ser varios comandos atacando desde distintos frentes. De esa forma creaban confusión en el enemigo y evitaba que se parapetasen en un único lugar.

Alcancé la habitación donde estaban las armas y, sin asomarme, chasqueé los dedos, prendiéndole fuego. Escuché unos gritos de dolor y me asomé. Tres hombres se arrastraban por el suelo. La ropa de dos de ellos estaba en llamas.

Uno de ellos me miró. Sus ojos, rojos de por sí, estaban inyectados en sangre y su rostro mostraba un rictus de odio y dolor; su cuerpo estaba lleno de quemaduras que todavía no sangraban. Se incorporó hacia mí como un resorte, dispuesto a acabar conmigo con su último aliento. Un segundo chasquido le envió con su Dios envuelto en llamas. El tercer chasquido acabó con los supervivientes.

Abrí el baúl de madera y vi el causante de toda la misión. Un montón de aparatos metálicos concebidos para matar. Dejé la tapa abierta e incendié el baúl. No me detuve con la primera llamarada. Necesité varios intentos más hasta que el metal comenzó a fundirse, dejando las armas inservibles.

Bajé con cautela por las escaleras; no encontré lo que esperaba. Una escuadra de cuatro soldados de Amestris se parapetaban tras un mueble de madera. Al otro lado, al menos una decena de rebeldes ishvalíes disparaban sin cesar. Lancé una llamarada de cobertura y me lancé hacia el grupo de soldados.

–Comandante Mustang –dijo uno de los soldados–, teníamos la misión de rescatarle.

–Pues lo habéis conseguido, soldado –le respondí–. ¿Cuál es la situación? –Los otros tres soldados comenzaron a disparar como respuesta a al fuego enemigo.

–Tenemos una patrulla asegurando la entrada abajo. Tres escuadras como la nuestra entraron por el edificio. Dos por los laterales y una tercera descolgándose de la azotea. –Tenía sentido, había oído los disparos desde la sala de interrogatorio.

–Perfecto, debemos rescatar a esas escuadras y salir de aquí.

–Negativo, señor –gritó el soldado. Costaba hacerse oír en medio del tiroteo–. Nuestras órdenes son sacarle de aquí en cuanto hiciéramos contacto con usted. La patrulla de abajo corre peligro. Debemos cumplir la misión.

La bilis me subió por la garganta, pero tenían razón. Cuanto más tiempo nos entretuviéramos, más posibilidades habría de fracasar. Lancé otra llamarada de cobertura y salimos corriendo a las escaleras. Un soldado abría la marcha, otro iba a mi lado y otros dos cubrían la retaguardia.

Llegamos abajo no sin dificultades. Los ishvalíes salían de las esquinas como caracoles tras un día de lluvia. Tras los tabiques de la puerta principal, una patrulla de seis soldados nos esperaba. Parecieron aliviados al verme. Yo era su misión.

A la cuenta de tres, salimos corriendo por el callejón. Éramos un blanco fácil, y de las fachadas asomaban cañones de fusiles. Los soldados se colocaron a mi alrededor y dos de ellos me agacharon la cabeza para cubrirme. Las balas comenzaron a llover. Notaba cómo chocaban contra el suelo con un ruido sordo, desprendiendo pequeñas explosiones de polvo.

Uno de ellos cayó, y después otro más. No morían al primer disparo. Se quedaban atrás y después los acribillaban. Pero la atención iba dirigida al grupo que seguía adelante. Yo corría con la cabeza escondida, viendo cómo uno tras otro, mis rescatadores morían por mi culpa. Cayeron otros dos, y luego tres más. Aquello no podía seguir así.

Tomé una decisión. Me paré en seco y me volví. Concentré con todas mis fuerzas en las fachadas de los edificios, en el aire que las rodeaba. Chasqueé los dedos una vez más, desatando una tormenta.

Un gigantesco pilar de fuego ascendió con el grosor del callejón hasta el cielo. Las llamas contagiaron el aire, inflamándolo a su paso. En un momento, aquella columna se convirtió en sendos muros de fuego. Lamían las fachadas, se colaban por las ventanas y carbonizaban a los que se asomaban por ellas.

El espectáculo me pareció terroríficamente siniestro. Acababa de iluminar aquel callejón al tiempo que apagaba decenas de vidas. Todo moviendo un dedo. Los soldados a mi alrededor gritaron de júbilo y, cuando las llamas se extinguieron, retomamos el camino de vuelta.

Cuando llegamos a la base me recibieron entre vítores. Había matado a decenas de personas, y otras tantas habían muerto rescatándome, pero yo era el héroe.


Aquí estamos de nuevo. ¿Qué os ha parecido? Espero que no se os haya hecho muy pesado. Los capítulos van siendo un poco más largos.

En este capítulo he querido mostrar dos cosas. Primero cómo los soldados veían a los alquimistas, cómo los trataban como algo más allá de una simple persona. No es un concepto que se desarrolle mucho en el manga, pero creo que es lógico pensar que fuese de esa forma. Por otro lado, también quería darle voz a un monje, resaltar su mentalidad extremista.

En cuanto a Roy, he intentado mostrar lo que comentaba en otros capítulos, cómo utilizar la alquimia de fuego para algo más que crear llamaradas, aunque al final se ha visto obligado a usarlas.

Por último, un pequeño detalle sobre la táctica del doble tifón. Me la he inventado. Todo lo que escribo suele estar bastante referenciado e investigo mucho antes de escribirlo, pero este no es el caso. De hecho, el nombre es de una táctica que se utilizaba en un anime que veía de pequeño, Inazuma Eleven.

Eso es todo, cuidaos y lavaos las manos.