««ɑɓʊ»»

Yuri on Ice (YOI) no me pertenece, el propósito de este fanfiction es solo entretener y esta historia no tiene ningún valor comercial. Ya dejando eso claro, por favor no me demande.

Este fanfiction no describe zonas geográficas correctas y/o exactas, así como hechos reales históricos, sociales o culturales. Contiene: lenguaje vulgar, situaciones para adultos, consumo de alcohol y parejas del mismo sexo.

Nota inicial: En esta historia utiliza elementos y connotaciones del omegaverso, pero cuenta con su propio diseño y características que variarían dependiendo de la cultura. La diferencia se revelara a lo largo de la historia.


8.2 Jardines de Chiyoda

Verano de 1898

Japón

Minako Okukawa

Era una hermosa mañana de verano en los jardines imperiales de Chiyoda. Los arboles se sacudían levemente ante la suave y cálida brisa, el pasto resplandecía con un intenso verde y los estanques destacaban de vida antes sus habitantes coloridos acuáticos.

Entre dos grandes cerezo que habían recuperado sus frondoso follaje verde, descansaba bajo su sombra Minako Okukawa. Con una calma solemne, la mujer bebía su sake favorito en lo que los pliegues de la tela de su hakama se extendían sobre pasto recién cortado. Frente a ella, Mari Katsuki no mostraba la misma paciencia en lo que apretaba los puños con fuerza contra sus rodillas e intentaba permanecer inmóvil en la posición seiza (cuando se sientan sobre sus piernas dobladas).

Ambas mujeres alfas, la joven y la madura, esperaban la inminente llegada de una tercera persona que ya había atrasado más de una hora su arribo acordado.

Unos pasos sobre la grava de los caminos y el pasto del jardín denotaron el final de la espera. Pronto quedo perceptible a la vista, la pequeña figura de un niño corriendo tan rápido como le permitían sus sandalias, en lo que reducía la distancia entre él y las dos mujeres que actuaron como si no fueran consientes de su próxima llegada.

–¡Lo siento mucho, Minako-sensei! –se disculpó casi sin aliento Yuuri cayendo sobre sus rodillas y manos frente a su maestra. Su rostro se encontraba sonrojado y sudado por el esfuerzo, y sus ropas delataba la falta de tiempo que tuvo el pequeño en atender su aspecto –. ¡Yo… yo..!

Pero antes de que terminara de excusarse, la joven alfa se alzó con furia y bramó hacía su hermano perdiendo por completo la paciencia:

–¡Te quedaste dormido otra vez! ¡¿Verdad?!

Inmediatamente lo tomó por el cuello en una especie de candado, en lo que frotaba uno de sus nudillos sobre la cabellera oscura del niño.

–¡No! ¡Mari-nechan! – lloriqueó Yuuri en lo que intentó librarse del fuerte agarre –. ¡Por favor!

La tortura del joven omega continuó por varios minutos más ante la mirada impasible de la mujer mayor, quien continuó con su bebida con total calma hasta la última gota.

–La perseverancia es tan importante como la disposición… –dijo casi como susurro parando por completo las travesuras de los hermanos – y la puntualidad.

Inmediatamente, ambos niños tomaron una posición más honorable y se efectuaron una reverencia respetuosa a su maestra en lo que repetían al unisonó:

–¡Si, sensei!

Minako era muy condescendiente con aquellos niños, cualquier otra en su posición ya los habría disciplinado seriamente. La mujer era una onna-bugeisha, guerreras alfas de la clase bushi entrenadas en el antiguo arte de la batalla y el honor. Y Minako precisamente era una de las respetadas al servicio del emperador y un gran honor ser entrenado por ella.

–Recuerdo cuando también era pequeña– dijo ella con algo de melancolía –, prefería quedarme recostada sobre el tatami y comer castañas todos el día, en lugar entrenar. Pero como un pétalo de flor de cerezo que se la lleva el viento, el tiempo pasa tan rápido antes de que podamos disfrutarlo.

Ante sus sabias palabras, los hermanos Katsuki repitieron la reverencia.

–Ustedes han dejado de ser niños –continuó Minako con más firmeza –, ahora son guardianes. Uno por nacimiento y la otra por elección –pasando su mirada de uno a la otra –. Sobre sus hombros pesa una gran responsabilidad que tiene al nombre de su familia en juego. Tienen vidas por proteger, honor que mantener y los deseos del emperador por respetar.

Como los reyes europeos, se creía los emperadores japoneses que eran descendientes encarnados de dios en la tierra; servirlo era el mayor privilegio y seguir sus órdenes todo un honor. Trabajar simples como vigías o el cuidado del palacio eran labores envidiables. Pero nada se le comparaba a ser un omega bajo el cuidado del emperador.

Los omegas eran seres muy especiales para los habitantes del sol naciente. Cuando una mujer omega nacía, no importaba la familia (rica o humilde), eran entregadas a la protección del palacio imperial, donde vivirían el resto de sus vidas resguardadas y adoradas.

Generalmente la familia recibía una compensación económica por tal situación, además que mejoraba su estatus social. Pero en cuanto a las omegas, éstas recibían los mejores tratos, cuidadas por las criadas entrenadas exclusivamente para tal tarea y eran alejadas de los peligros y las miradas de los habitantes comunes.

No pertenecían al emperador aunque se les llamaba un harem. Como cualquier mujer podían ser cotejadas con la aprobación de la familia y por supuesto, su majestad era el candidato ideal para cualquiera de ellas. Podían ser casadas y tener los hijos de sus esposos, pero nunca abandonaba la seguridad del palacio.

Sus familias podían visitarlas y ser los únicos con permiso de tocarlas, pero una vez que ponían un pie dentro del palacio, nunca volvía a salir.

Era por ellas y el emperador que la seguridad del palacio era critica. Tropas militares resguardaban los alrededores y samuráis el interior. Pero eran las onna-bugeishas las principales guardias de los aposentos y los omegas varones del harem.

Debido a la naturaleza del harem, solo se podía considerar a sus pares masculinos el poder estar más cercas de ellas con confianza y las onna-bugeishas para cuidar los corredores. Era por ellos que Minako Okukawa, la mejor guerrera de su clase había sido solicitada por el mismo emperador Hirohito para entrenar a la nueva generación de onna-bugeshias y omegas varones responsables de salvaguardar el harem.

–¡Si, sensei! –repitieron ambos niños con intensidad –. ¡Los sabemos, sensei!

–Perfecto –dijo la alfa con altivez y una sonrisa –. Pensé que lo habían olvidado, por un momento casi me engañaron.

Una leve risita se escapó de los labios de los niños ante el repentino cambio en el humor de su maestra, pero antes de que cualquiera pudiera decir algo, una campa en la lejanía se escuchó con intensidad anunciando el cambio de guardia.

–Mari, tu turno está por comenzar… –comentó Minako a la joven alfa y sin necesidad de insistencias o más explicaciones, la chica se puso de inmediato de pie levantando consigo su naginata (similar a una alabarda) más alta que ella misma.

–Con su permiso, Minako-sensei –dijo de ultimo la chica, antes de efectuar otra reverencia, alborotar una vez más la cabellera de su hermano y salir disparada en dirección de las barracas.

La mujer la vio alejarse poco a poco, en lo que no pudo evitar recordar como la chica le había suplicado ser entrenada por ella. Mari había tomada muy mal la partida de su hermano menor a tan corta edad, al ser un omega no podía permanecer en su hogar a pesar de los deseos de su familia. Pero como toda una alfa sobre protectora, debía ver por el bien de su hermano a todo momento, fue por ello que tomó la decisión de unirse a la guardia del palacio y convertirse en un onna-bugeisha si era necesario.

Aunque tardó en convencer a sus padres en darle su bendición, ellos terminaron acompañando a Mari a palacio para hacer su solicitud. Minako no necesitaba más discípulos, ni el emperador más guardias, pero la insistencia de la joven alfa le recordó un poco a ella misma.

Resultaba en parte curioso para la onna-bugeisha como podía fácilmente identificarse con ambos hermanos Katsuki, el deseo de proteger de Mari y la testarudez de Yuuri eran cualidades que siempre había visto en sí misma.

–Y bien, Yuuri –lo llamó ella una vez que se quedaron solos –. ¿Qué dices continuamos donde nos quedamos? Hay que perfeccionar tu hachi kata –agregó guiñándole un ojo.

–Sí, sensei –respondió el niño desenvainando su pequeña espada.

Las siguientes horas la dedicaron en práctica de las posiciones y movimientos con la katana, la juventud e inexperiencia de Yuuri hacían acentuar todos los defectos de su técnica, por suerte para él tenía un punto a su favor.

Yuuri era increíblemente perseverante y perfeccionista a pesar de sus inseguridades, era lo que hacía destacar de todos los disípalos que había tenido Minako durante toda su vida. Y probablemente serían las habilidades más útiles que tendría para enfrentar lo que le deparaba el ser un omega varón.

En Japón aunque la vida de un omega está llena de lujos y comodidades, para ambas partes no existían muchas libertades. Las féminas debían permanecer siempre encerradas, alejadas de sus familias, incluso esposos e hijos por el resto de sus vidas. Los varones tal vez tenían el privilegio de poder abandonar el palacio, pero nunca sus labores; sus vidas quedaban destinadas a salvaguardar el harem, no podían enamorarse, casarse y muchos tener hijos sin la autorización del emperador, lo cual nunca ocurría.

El ser un símbolo de algo superior era todo lo que les quedaba a estos omegas para el resto de su vida y no era precisamente muy sencillo de sobre llevar para cualquiera.

–No, no, no, no –musitó una y otra vez Minako insatisfecha con la técnica de Yuuri –. Solo imitas mis movimientos, no los sigues y mucho menos los sientes.

El pequeño perdió su mirada en sus pies en vergüenza, enterneciendo un poco el maduro corazón de la alfa.

–Yuuri, recuerdas la función de las bailarinas para el palacio del mes pasado ¿verdad? – comentó ella pensando en una nueva táctica –. ¿Qué dijiste al respecto del baile?

–Que sus movimientos eran tan fluidos y hermosos –dijo el chico con leve sonrojo en sus mejillas –, como si bailaran al son del viento o de las olas del mar.

–Exacto. Eso se debe al control que han adquirido sobre sus extremidades y el solo pensar el movimiento hace que su cuerpo lo lleve a cabo. Debes de ser lo mismo con tu espada, piensa en ella como otra parte de tu ser y déjala seguir los movimientos de cuerpo con fluidez.

–Lo intentare, sensei.

De nuevo tomaron posición alzando sus espadas.

–Suelta esos hombros y deja que el brazo guíe la espada –explicó Minako llevando a cabo la hachi kata y el hachi do, esperando a que Yuuri replicara sus movimientos – y no lo pienses tanto.

–¿Menos mente?

–No mente.

Por el resto del día ambos continuaron blandiendo sus espadas, poco a poco mejorando los movimientos de Yuuri ante su insistencia y testarudez. Para cuando cayó el atardecer, el chico estaba agotado pero manejaba con más naturalidad el método para realizar las ocho direcciones.

Minako estaba muy orgullosa de su joven pupilo y estaba más segura que él sería su más grande aprendiz.


Hola a todos.

Un poco de información: las onna-bugeishas eran efectivamente mujeres entrenadas para la guerra que acompañaban a los samuráis, no eran su equivalente femenino, pero era lo más parecido que existía en la época. No usaban katanas, pero si naginatas, eran como alabardas: lanzas largas con una cuchilla en un extremo, pero de hoja delgada.

Como este es un mundo alterno, aquí es un puesto solo para mujeres alfas, es el equivalente femenino al samurái, las aprendices usan las naginatas y las maestras espadas.

El hachi do y hachi kada son movimientos y posiciones que se realizan al usar la katana, el primero se traduce como los 8 caminos y el segundo las 8 direcciones.