Capítulo 19
Los días comenzaron a pasar casi de puntillas... entre el trabajo, el estar con Edward y cuidar de mi embarazo los minutos se me hacían segundos. Unos días después de que Edward me mostrase como avanzaban las obras para nuestra casa, Rosalie y Alice decidieron hacerme una despedida de soltera, realmente solo fue cosa de Alice, Rose solo se vio arrastrada por el huracán que era su hiperactividad.
En un primer momento Alice quería ir a un club de moda de Port Angeles, esperaba que nos vistiésemos con ropa provocativa, nos subiésemos a unos tacones de vértigo y nos fuésemos a bailar como locas. Por suerte, entre Jasper y Rose la convencieron y desistió en su empeño, ya que no era muy recomendable para dos embarazadas una juerga de ese tipo... además, mi vientre cada vez era más visible y la ropa provocativa que tenía en mi armario ya no me quedaba.
Finalmente mi fiesta se resumió a una pijamada en la que no dejamos de comer porquerías, hablar hasta el amanecer y ver películas en las que salían los mejores cuerpos masculinos de Hollywood. Nos despertamos a la mañana siguiente demasiado tarde, con la misma cara que pondríamos si un tren de mercancías nos hubiese pasado por encima y quizás también, con un par de kilos de más por tanta comida basura que fuimos capaces de devorar, pero contentas por haber pasado un tiempo juntas antes de que dejase mi soltería atrás.
Mi embarazo iba perfectamente, cada dos semanas acudía a la consulta del doctor Gerandy a petición de Edward, que continuaba con sus nervios enfermizos a causa de que pudiese salir algo mal. Por suerte, el doctor se lo tomaba a broma y cada vez que nos veía aparecer en su consulta, sonreía con diversión y soltaba una carcajada ante la primera duda que siempre le exponía Edward, después de todo, médico o no, era un padre primerizo y demasiado controlador como para estar tranquilo demasiado tiempo.
Rosalie tenía tres semanas menos de embarazo que yo, un día me confesó que no había sido algo planeado, pero pese a que su instinto maternal estaba dormido, se despertó en el momento que el test de embarazo dio positivo. Me alegraba por ella, estaba segura de que ella y mi hermano Emmett serían unos padres estupendos y mi sobrino o sobrina sería tremendamente feliz gracias a ellos.
Charlie no se tomó nada mal el hecho de tener otro nieto en camino, creo que hasta lo agradeció, ya que no tenía que pasar tan solo por el mal trago de que su niña pequeña estuviese embarazada, el orgullo de que su hijo mayor también iba a ser padre, paliaba cualquier efecto negativo que tuviese mi próxima maternidad en su estado anímico. Yo en parte lo entendía, no tenía ni cincuenta años y ya iba a ser abuelo, eso podría haber pasado mucho antes, yo tenía veintisiete años y Emmett dos más, pero para él era algo difícil de asumir.
Esme y Carlisle eran otro cantar, recuerdo que desde que Edward y yo tenemos unos veinte años cuando ya no estábamos juntos, Esme siempre insistía en que formalizase una relación y se casase para poder darle un nieto cuanto antes. Ella adoraba a los bebés, y aunque siempre quiso tener más hijos que Edward y Alice, nunca volvió a quedarse embarazada por más que lo intentó. Por eso, su nieto de sangre, y el hijo de Emmett y Rose que aunque no era su nieto realmente ella también sería su abuela, amortiguaban un poco la desdicha de no haber podido tener más hijos, por eso ella estaba feliz, y Carlisle era feliz solo con verla sonreír como lo hacía.
A Renée le dio un ataque de llanto cuando Emmett y Rose le dijeron que también estaban "embarazados", lloró durante más de treinta minutos pero con una enorme sonrisa en su rostro. Estaba feliz, se le notaba, pero seguro que dentro de su corazón le dolía que sus dos hijos se hiciesen mayores y la convirtiesen en abuela.
Alice y Jasper comenzaron una relación seria, era algo que se veía venir, en cuanto estaban juntos y se metían en su propia burbuja era como si el resto del mundo dejase de existir para ellos. Era un amor tan puro y sincero el que uno sentía por el otro, que daba cierta envidia verlos tan felices juntos. Pero yo me alegraba por ellos, eran mis amigos después de todo.
Contra todo pronóstico por su parte, Alice no se quedó a un lado en las conversaciones a causa de los embarazos de Rose y mío, más bien todo lo contrario. Ella misma sacaba conversaciones sobre colores para pintar las paredes de las habitaciones, ropita que podríamos necesitar e incluso tenía programada una salida de compras para un par de meses después, ella quería ayudarnos a comprar todo lo necesario para la llegada de los pequeños y en ocasiones parecía incluso más emocionada que nosotras, sus propias madres, con la llegada de los bebés.
Las obras de nuestra casa, la mía y de Edward, iban a toda velocidad. Una vez a la semana Edward y yo íbamos hasta el prado y nos sorprendíamos al ver que rápido se estaba construyendo nuestro hogar. El hueco que vimos en un primer momento, se convirtió en un sótano, después el piso superior y las escaleras del porche de las que me habló Edward. Cada vez que acudíamos a observar, había una nueva pared o una nueva habitación construida y era muy emocionante ver como esa casa se elevaba palmo a palmo igual que nuestros sueños.
Renée y Esme estaban completamente locas, por suerte ahora yo no era el único blanco de sus discusiones, ya que Rosalie me acompañaba y en ocasiones llegamos a asustarnos y salir casi a la carrera para que ese par de... ¡locas! nos dejasen un poco tranquilas. Si las dejábamos eran capaces de planear el bautizo, la boda y cada uno de sus cumpleaños hasta que cumpliesen los cuarenta... simplemente aterrador.
Las cosas entre Edward y yo no podían ir mejor, cada día era una nueva experiencia para nosotros, ya que no solo teníamos el hecho de estar juntos después de tanto tiempo, también estaba nuestro bebé, que cada día se hacía notar un poco más, ya fuese creciendo y haciendo mi panza más visible, que avanzando a pasaos agigantados en su evolución.
Todavía puedo recordar la emoción al sentir sus primeras pataditas, o como lloró Edward cuando él también pudo sentirlas conmigo. Y eso que se dice que las emocionalmente inestables durante el embarazo éramos las madres. Edward lloraba, reía, se enfadaba o se carcajeaba en cuestión de segundos y sin motivo aparente. Yo lo molestaba diciéndole que tenía un trastorno de personalidad múltiple o que se estaba volviendo bipolar, él solo ponía los ojos en blanco y me dejaba a mí sola con mi ataque de risa posterior.
Y ahí estábamos... a tres días de la boda... embarazadísima de cinco meses, con una tripa que era quizás un poco más grande de lo esperado y con los nervios a flor de piel. Bastaba un par de palabras mal interpretadas para que me pusiese en guardia y le saltase a la yugula a cualquiera que se me pusiese por delante. Pero era tremendamente feliz, estaba a solo unos días de unirme a Edward en matrimonio y o mejor de todo, iba a ser la madre de su hijo.
— Bella —me llamó Rose. Yo estaba sentada en la sala de profesores del colegio mientras intentaba revisar alguno de los exámenes que le había puesto a mis alumnos, pero mis pensamientos estaban a años luz de aquel lugar—, yo me voy ya que tengo consulta esta mañana —continuó en cuanto alcé mi mirada de los papeles.
— De acuerdo—sonreí—, que tengas suerte.
Se despidió con la mano y su melena rubia se perdió tras la puerta. Sonreí recordando que yo había tenido consulta la tarde anterior, y pese a la insistencia de Edward de saber el sexo del bebé, él no se quiso dejar ver y todavía estábamos en dudas.
Un par de horas después estaba caminando por los pasillos del colegio rumbo al estacionamiento, ese día Edward tenía guardia y no había podido llevarme, por lo que fui en mi propio coche. Salí al exterior y no me sorprendió que pese a estar en verano y en julio estaba lloviendo. Me acomodé la capucha de mi impermeable cubriéndome el pelo, aferré la mochila contra mi pecho ocultando mi pequeña pancita simplemente cubierta por una camiseta floja y caminé hacia mi coche que prácticamente era el único que quedaba en el estacionamiento. Estaba por llegar cuando una sombra apoyada en él llamó mi atención, me asusté un poco a no reconocer a esa persona, pero avancé hacia allí de todos modos, me dolían los pies y estaba deseando llegar a casa y darme un baño caliente.
— Bella —escuché la voz que menos esperaba oír.
Alce la cabeza asustada y mis ojos se cruzaron con aquellos ojos negros que tanto me habían... ¿turbado? No sé realmente como definir el sentimiento que me provocaba, pero no estaba especialmente feliz de que estuviese allí para verme.
— ¿Qué quieres? —espeté.
Él rio y dio un paso al frente.
— Solo hablar... hace mucho que no nos vemos —su voz sonaba igual de afilada que lo recordaba y me dio un escalofrío.
Suspiré frustrada, no me apetecía nada hablar con él... no porque todavía me doliese su traición, ya que no lo hacía, había olvidado a ese hombre y todo lo que había vivido con él. Pero estaba cansada, tenía hambre, me estaba mojando y podría enfermarme si no me apresuraba a entrar en mi coche e ir a darme un baño lo antes posible.
— James... no tengo tiempo en este momento —intenté evadirlo y llegué hasta la puerta trasera del coche, pero cuando iba a abrirla el poyó su mano en ella impidiéndolo.
— Será algo rápido —susurró.
Bufé y di un paso atrás para alejarme de él, me ponía nerviosa su proximidad. En ese momento me estaba preguntando como fui capaz de creer en algún momento que ese hombre pudiese llegar a ser mi marido y el padre de mis hijos... me estremecí solo de pensarlo.
— Está bien... ¿qué quieres? —volví a preguntar dejando claro en mi tono de voz que no estaba muy entusiasmada con la idea.
— He escuchado que vas a casarte —dijo mirándome directamente a los ojos y después bajando la mirada al anillo en mi mano izquierda que todavía estaba sujetando con fuerza la mochila contra mi vientre.
— Voy a hacerlo —sonreí—, en tres días.
— ¿Con quién? —podía oír cierto tono de burla en su voz, pero la verdad es que no me importaba. Estaba feliz... y ni él ni nadie estropearían mi felicidad.
— Edward Cullen —volví a contestar sonriendo.
Su ceño se frunció y dio otro paso al frente acercándose de nuevo a mí.
— ¿Te vas a casar con el doctorcito? —preguntó entre dientes.
— Sí... ¿hay algún problema con eso? —me alejé de él un paso más.
— Yo... lo siento —se disculpó en un susurro y bajando la mirada—. Sé que lo que te hice con Victoria no estuvo bien... ¿te has quedado tan dolida como para casarte con Cullen por despecho?
Parpadeé sorprendida al ver a donde le habían llevado sus sospechas... ¿Despechada yo? ¿Por su culpa? ¡Ja! Nada más lejos de la realidad...
— James... —comencé a hablar.
— Recuerdo los planes que hacíamos juntos... —me interrumpió— los viajes, todas las cosas que querías que hiciésemos los dos. Y aquella casa de cuento de hadas que querías comprar... ¿Cullen también lo sabe?
Tuve que reprimir las ganas de soltar una enorme carcajada.
— Edward me está construyendo una casa —dije orgullosa.
James parpadeó sorprendido, pero no tardó más que un par de segundos en recuperar la compostura.
— Nunca entendí que era lo que os unía... siempre supe que él te quería, pero no imaginé que conseguiría engañarte para que te casases con él —la que parpadeó sorprendida en esta ocasión fui yo.
— Lo que nos una no tiene porqué importarte... y ahora, si me disculpas, debo irme, porque mi prometido me espera en casa —gruñí avanzando de nuevo hacia la puerta de mi coche.
Pero él volvió a interponerse impidiendo que pudiese abrirla. Lo miré a los ojos con toda la rabia que estaba sintiendo. ¿Cómo se atrevía a venir a decirme todo lo que estaba diciendo y encima sonreírme como si no estuviese haciendo nada?
— James... —gruñí su nombre en tono de advertencia, pero él negó con la cabeza y sonrió.
— Todavía no hemos terminado de hablar —susurró con voz dulce, una voz falsa que conocía muy bien y que me revolvía el estómago solo al escucharla—, Bella... podemos volver a intentarlo, sé que lo tuyo con Cullen no es importante —intentó acariciar mi mejilla pero yo retiré mi rostro en un movimiento brusco—. Venga pequeña... sé que te mueres por volver a estar entre mis brazos.
Las náuseas, que habían quedado olvidadas unas semanas atrás, volvieron, la cabeza me dio vueltas y tuve que poyarme en el coche para no caerme. Cerré los ojos con fuerza y respiré lentamente como me había enseñado el doctor Gerandy para que el malestar se pasase y después miré fijamente a James, expresándole claramente lo poco que me apetecía volver con él.
— Me voy a mi casa, así que... ¡fuera! —espeté sin apartar la mirada de sus ojos que brillaron con diversión.
— Sí preciosa —susurró con voz sugerente—, hazte la dura... como hacíamos antes en nuestros jueguitos, no sabes cómo me pone eso...
Esa ya fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia. Con todas mis fuerzas le di un empujón y él se tambaleó un par de pasos hacia atrás. Abrí una de las puertas de mi coche, sin importarme cual, y tiré mi mochila y un par de carpetas que llevaba en mis brazos sobre el asiento trasero de este. Avancé un paso hacia James e intenté matarlo con solo una mirada.
— No vuelvas a meterte en mi camino —siseé entre dientes.
Él pareció sorprendido y me miraba de arriba abajo con una expresión de sorpresa, no entendí porque hasta que me miré yo misma y vi mi pequeña panza, apenas oculta con la camiseta pero totalmente perceptible a primera vista.
— ¿Qué... qué es eso? —balbuceó con voz ahogada mientras señalaba mi vientre con un dedo.
— Embarazo James... estoy embarazada, se pronuncia así de fácil... ¿no te enseñaron esa palabra en el colegio? —pregunté en tono mordaz.
Pareció tragar en seco y miró a ambos lado en un gesto nervioso.
— ¿Estás embarazada? —preguntó en un susurro.
Reprimí las ganas de rodar los ojos.
— No... me he tragado un balón... ¿a ti que te parece, chico listo? —ironicé.
— Pero... tú... —parecía un poco tonto... pero lo detuve antes de que pronunciase lo que estaba segura que diría y no quería ni imaginar.
— No James... no es tu hijo, puedes estar tranquilo... ahora ¿me dejas irme a mi casa? —pregunté mirándolo con ganas de matarlo.
— ¿Seguro que yo no...? —volvió a preguntar.
— Seguro —ahora sí que rodé los ojos y volví a empujarlo para poder subirme al coche, él se tambaleó de nuevo y yo sonreí—, Edward es su padre, nunca tendría un hijo tuyo —espeté antes de entrar en él y cerrar la puerta de golpe.
Cuando llegué a nuestro apartamento agradecí infinitamente poder darme un baño. En cuanto crucé la puerta dejé caer mis cosas al suelo y fui quitándome la ropa y dejándola caer al suelo también mientras avanzaba hacia el baño. Cuando llegué allí ya estaba completamente desnuda, así que abrí el agua y dejé que la bañera se llenase de agua hirviendo mientras yo desenredaba mi cabello a la vez que me miraba al espejo.
Sonreí al ver mi "balón", me puse de lado y lo acaricié con la punta de mis dedos recibiendo una leve patadita justo después. Mi sonrisa se amplió y acaricié mi vientre con la palma de mi mano extendida haciendo que el bebé se tranquilizase.
Cuando me mentí en el agua y deje caer unas pocas sales aromáticas con olor a vainilla, sentí como me relajaba poco a poco. Me olvidé de mi día de trabajo, de la "discusión" con James y prácticamente de todo lo que me rodeaba. Mi mente se trasladó al futuro, no a uno muy lejano, solo a tres días de distancia. Cuando por fin me pondría aquel vestido blanco y avanzaría por la alfombra para unirme a Edward para siempre.
Estaba tan metida en mi sueño, que hasta me pareció que una música clásica y suave de un piano inundaba el ambiente. Sonreí satisfecha con mi imaginación... pero me sobresalté al sentir unas manos frías masajeando la parte posterior de mi cuello.
— Ssshh —susurró la voz de Edward en mi oído— ¿Un día duro? —preguntó.
— Uhum —murmuré cerrando los ojos de nuevo y dándome cuenta de que la música clásica no había sido mi imaginación, ya que las suaves notas procedían de la puerta entreabierta.
— Relájate... —besó mi sien y continuó masajeando también mis hombros— ¿Qué tal habéis estado hoy?
— El bebé tranquilo... yo... ahora estoy en las nubes —susurré dejando en el olvido el episodio con James, si se lo contaba sería capaz de ir a buscarlo y tener una nueva "conversación" con él, y lo necesitaba a mi lado en ese momento, sus manos en mi piel eran capaces de hacer magia—. Te he echado de menos a lo largo del día.
— Y yo a ti amor... —me besó en la sien una vez más y yo cerré los ojos viviendo mi cuento de hadas particular.
