El miedo era doloroso.

Bajo la oscuridad todos buscaban ser lo menos notorios posible. El silencio era enloquecedor hasta el punto de temer el sonido de la respiración atrajera a algún depredador; si hubiesen podido dejar de inhalar lo habrían hecho con gusto, el olor a putrefacción y acidez eran desesperantes. No había ser presente en esos lares que no bajara la cabeza por el pavor de terminar siendo parte de los restos que los gusanos se comerán al día siguiente.

Los lagartos bajaban la luminosidad de su piel cuando se sentían en peligro y esto les avisaba a los cinco cuando debían estar más quietos o alerta.

Kite dormitó apoyada contra el tronco de aquel inusual árbol en el que se refugiaron. Algunos lagartos se acomodaron a su lado gracias al grosor de la rama, tras comprobar que ella no les haría daño; quizá estaban cuidando lo que futuramente sería su comida. A ese punto ya no se podía confiar de nada, y Kite tampoco tenía iniciativa para dañar la paz que tenían por recelar de las escamosas criaturas.

La última vez que había podido dormir bien fue unos días antes de que arribaran, eso fue suficiente para recuperarle las energías gastadas en semanas pasadas y habría sido idóneo si el panorama no hubiese sido tan desgastante; necesitaba más que los contados minutos que acostumbraba.

Ramas más arriba, Kurapika montaba guardia esperando a que Kite cerrase sus ojos.

La figura presente lejos de ellos inmiscuyó con cuidado ese curioso acontecimiento con la certeza de que era igual a ese decisivo instante en que dos criaturas se retaban en la búsqueda de su supervivencia. Los ojos del rubio a los lejos se tornaron escarlata y los fulgurantes ojos morados de la joven se cubrieron por sus parpados. ¿Tan pronto se iban a traicionar?

Pudo haberse movido al ver que el joven de las cadenas invocó éstas al acercarse a Gon, de no ser porque el resplandor de sus ojos no traía cargados esa advertencia de una próxima agresión, tal como ya conocía la persona que se limitó a su puesto de espectador.

El dedo índice de Kurapika apuntó a Gon, y así una jeringa se acercó a centímetros del azabache antes de que una ligera capa la detuviera. Esta barrera se intensificó y la jeringa tembló rechazada por la fuerza de esta extraña energía antes de que el resto de la cadena se tensara y Kurapika tuviese que aguantar el emitir algún quejido dado que su dedo se fracturó y la energía le recorrió el cuerpo enteró hasta debilitarlo momentáneamente.

Toda su estructura tembló en una combinación donde el sentir anterior predominaba (siendo la razón principal) y el dolor de la fractura era insignificante ante la frustración por su incapacidad de despertar el nen de Gon.

Era la sexta vez que lo intentaba y cada vez la extenuación era peor; ya no era una amonestación por su intervención, se había convertido en una punición temporal que duraba apenas un par de minutos.

La rama donde se encontraba crujió con diferentes pisadas que llevaron Leorio y a Killua a los lados de Kurapika.

Leorio contuvo el propósito de atender la fractura, al menos durante los primeros segundos que estuvo a su lado. Kurapika sostuvo la compostura mientras su brazo temblaba iniciando desde el dedo; exhalaba con fuerza y su nariz estaba arrugada, siendo el único signo del dolor que se extendía por todos sus tendones.

Lo que sea que el rubio intentara era para recuperar el nen de Gon; Leorio y Killua estuvieron al tanto de ello desde la primera vez que lo intentó. Killua puso todas sus esperanzas en ese método, pero así de grande como era la ilusión, era también la culpa que cargaba. No por no haberle podido salvar o evitar que ocurriera el incidente con aquella hormiga quimera de rasgos gatunos, tal vez aquella capa era una consecuencia de haber usado el poder de Alluka para curarle.

La disyuntiva de como sentirse llevaba un peso en cada opción. Killua jamás hubiese podido saber que eso pasaría.

Kurapika, ignorando este hecho, razonó en cuál sería el factor que estaría causando esto. Había otorgado nen anteriormente con la entrega de un poder ajeno a cambio, quizá esto era un requisito para poder lograrlo. Lamentablemente, tomar el poder de alguno de sus compañeros para pasárselo a Gon por un tiempo era muy arriesgado; dejaría a uno de ellos sin poder y si aun así de esta manera el cuerpo del azabache se negaba a recibirlo sería una pérdida significativa.

—Si tan solo yo les hubiese dicho... —se lamentó Leorio.

Killua negó: —Gon era quien debía decirnos —y le dolía que no fue así. Podía echarle la culpa al más alto, pero su mejor amigo sólo le había dicho a él la verdad porque era el único que no se interpondría.

No le sorprendía, pero no por eso la aflicción disminuía.

Gon podía hacerlos a un lado sin problema alguno y esto, Leorio y Kurapika, no lo sabían.

—¿Podemos hacer algo más? —se preguntó Kurapika en búsqueda de alguna inexistente réplica que diera aliento a los tres.

Leorio quería reparar la capacidad de su líder, ella podía sobrevivir en ese lugar por si sola y seguramente podía cuidar de Gon.

O así hubiese sido de no haber tenido ese cambio.

—¿Alguno de ustedes sabe que fue lo que Kite recordó? —Leorio precisó en voz baja.

Kurapika minimizó el temblor de su brazo: —No importa que haya sido, la ha dejado muy dispersa y ahora mismo temo de su dirección.

Tenía razón.

—Somos una carga —musitó Killua.

Estar en solitario habría sido más fácil para ella, manejar diferentes cabezas en un lugar incierto significaba un gran riesgo por las diferencias que podían surgir y por la falta de confianza que le podían tener a Kite al no conocerse con anterioridad. Por ello en un inicio se negó a trabajar con las otras hormigas quimera y optó por requerir de la ayuda de Gon y Killua.

Kite no ignoraba la posibilidad de una eventual dificultad con Leorio y Kurapika cuando se unieron, pero escucharlos dudar de ella la hirió. Superando eso, hizo lo que menor quería que volviese a pasar, hacerles dudar de sí y de su aptitud; Killua era quien más había hecho, que fuera él quien dijo ser una carga probaba que Kite le estaba fallando.

No había como increparlos por perder su confianza en ella, debía recuperar la devoción por su autoridad.

Conversaron un poco más sobre qué medidas tomarían ellos respecto a lo que sucedía, en ese intervalo Leorio se vio atraído a pedir atender el dedo de Kurapika, lo que consiguió que el rubio precipitara sus palabras para detenerlo.

—Mañana iras con Kite a investigar, no deberías seguir en vela —puntualizó.

Leorio retiró su mirada de la lesión y antes de que pudiese alegar, Killua en un certero y suave golpe lo desvaneció. Lo levantó y acomodó a un lado de Gon para dejarlo descansar antes de pasar al lado de Kurapika para retirarse.

—Pronto es mi turno, asegúrate de que a ninguno le duela el noqueo para mañana —pidió Killua antes de pasarse a otra rama.

No tenía idea de que era lo que Kurapika hacía para curarse día con día ya que él no había tenido la iniciativa de decirlo y tampoco era que tuviese especial interés en la habilidad de su compañero. Era un secreto que se guardaba para no opacar la iniciativa de Leorio como médico, además de no revelarlo para evitar que sus compañeros fueran más imprudentes dado que darían por sentado que los curaría.

No tomaba en cuenta que usarlo también lo agotaba a pesar de ya no tomar tiempo de su vida.


Los lagartos desaparecieron sin que nadie pudiese darse cuenta. Su sigilo como técnica para escabullirse era muy útil y era al parecer su única destreza para sobrevivir. De alguna manera les echaron de menos porque les hacían compañía y atenuaban el sofocante echó de estar expuestos.

El cielo era una repelente mezcla del ya conocido azul cubierto por nubes color purpuras y rojizos. Aullidos y temblores eran perseverantes desde todas direcciones, aumentando así la ansiedad en todos; era un milagro que lograran conciliar sueño en esas condiciones, para el más alto del grupo realmente era algo inexplicable hasta que algo superó ese hecho.

—¡¿Eh?! —Leorio exclamó dentro de sí con un pequeño porcentaje de indignación y un enorme desconcierto al ver la lesión de Kurapika recuperada.

¿De esta misma manera había logrado quitarse las ojeras y su malestar cuando escaparon del Black Whale?

Gon y Kite ignoraron los alrededores para recluirse en sus planes. El azabache buscaba acompañarla en la pequeña exploración que harían, mientras que la pelirroja concebía con alivio la idea de alejarlo tanto como pudiera de esos recorridos.

Kite asintió a Killua.

El Zoldyck llamó a Gon y lo llevó junto con Kurapika a inspeccionar algunos árboles para saber a qué lugar fueron a parar los lagartos una vez que se marcharon (seguirlos parecía ser un buen método para mantenerse a salvo).

Con la nula posibilidad de que Gon los mirara marcharse, Kite dijo a Leorio: —Vamos —y partieron para introducirse en una nueva odisea.

El equipo de la armadura y la espada encontró algunas porciones de lo que parecía ser flora comestible, recolectaron durante unas horas diferentes ejemplares inclinándose por aquellas que tenía un aspecto mínimamente parecido a lo que ya conocían.

Tal como Gon ya esperaba al regresar, Kite y Leorio se habían marchado, esto lo decepcionó de igual modo.

Para determinar que era comestible y que no, Killua se ofreció como filtro dada su resistencia contra sustancias. Mordió una cosa con colores verdes y morados, masticó hasta formar un bolo alimenticio sentenciando que ese objeto no representaba ningún peligro. Saboreó un poco más para detectar alguna sustancia dañina y tragó.

Killua estaba dispuesto a probar otro ejemplar después de dar su veredicto positivo. Soltó la pieza que estaba por comer y un desmesurado mareo lo hizo tambalearse hasta caer de rodillas, sus pulmones requirieron más oxígeno del que él podida proporcionar, el piso áspero y purpura bajo él le aterró y su espalda se arqueó violentamente con las sorpresivas arcadas.

Vomitó bilis y sintió la necesidad de oxígeno acrecentar a medida que su saliva escurría desde sus labios hasta la tierra. No podía escuchar nada que no fuese su insuficiente respiración y posteriormente el golpe que le permitió por fin vomitar con ganas.

Gon le había pateado en la boca del estómago.

Kurapika vigiló a los lados para asegurarse de que las arcadas de Killua no hubiesen atraído a alguna bestia. Ambos miraron a Gon preocupados por tener que escapar y por primera vez se sintió molestó por ese lastimoso trato; debían estar preocupados por Killua, no por él.

Sus dedos hormiguearon y frunció el ceño con una pizca de rabia que ni el mismo podía comprender.


Kite no sintió a nadie a los alrededores, pero igual fueron cautelosos.

El ambiente lúgubre le erizaba la piel y hacía que su cola de ratón se moviera impetuosamente. Su estoica expresión no cambiaba, pero miraba más amenazante que nunca.

Leorio tembló con cada crujido que hacían al caminar sobre algunas enormes hojas de árbol, sudando lentamente por aquella tortura de incertidumbre y adrenalina. Entre más se alejaron de su punto inicial los sonidos de los animales regresaron y el vuelo de algunos enormes insectos; eventualmente también los enfrentamientos entre estas criaturas y aves extrañas que Leorio catalogó como las cosas más prepotentes que había visto.

Los rugidos también se hicieron presentes para advertirles que no se acercaran más.

Kite no vaciló ni un momento y siguió firmemente con la certeza de que su compañero se alejaría a tiempo para no tener más perdidas que la de ella.

El piso tembló y de este aparecieron miles de puntitos brillantes que se sumergieron de nuevo y emergieron múltiples veces hasta hacer que el piso hundiera los árboles de la superficie. Leorio saltó lejos de ahí apenas vio a las primeras manchitas saltar, mientras que Kite esperó para poder atrapar a una.

Entre sus dedos se retorció un grosero bicho dorado que enterró sus patas en el pulgar de la pelirroja para alimentarse de su sangre purpura. Kite presionó sus dedos y lo reventó dudando que fuera esta la razón de los temblores.

Los bichos siguieron removiendo la tierra para hundirla hasta formar un enorme agujero que pronto se desvaneció a la vista por el mimetismo de estos cambiando sus dorados caparazones por conjuntos de tierra. El suelo tembló de nuevo haciendo que distintas criaturas veloces corrieran a una dirección contraria al origen del temblor, algunas pisaron la trampa formada por los insectos, por lo que fueron atrapados y posteriormente devorados ávidamente por los diminutos carnívoros. Sufriendo un lento deceso donde se les negaba morir hasta no llegar a devorar sus cabezas, soltaron alaridos que hechizaban a una enorme criatura a acercarse.

Los temblores aumentaron a medida que un colmilludo animal se acercó arrancando árboles para destrozarlos en sus fauces. Algunos los desechó al primer mordisco, lanzándolos inoportunamente cerca de donde Leorio y Kite se refugiaron, causando que muchas de las especies que ya huían apresuraran su paso. Mordió algunos otros descomunales árboles y estos emitieron un conjunto de chillidos a la vez que se despedazaba de un modo inusual, era como si se desvaneciera, como si hubiese roto una cadena y sus componentes dejaran su lugar para salvarse a sí mismos.

El aire de por sí ya era pesado y alzaba la tierra, no conforme con esto, la peluda y enorme bestia de cara arrugada alzó ventarrones con sus doce patas que hicieron a ambos aferrarse a la corteza de los árboles que pronto serían arrasados por la criatura (si no es que los bichitos lo devoraban antes).

Kite bajó de su lugar y se enfiló a la cosa de doce patas.

Leorio le siguió a corta distancia, permitiéndose tener un tiempo para poder razonar por primera vez la situación en que se encontraron sin darse cuenta.

Olía a azufre, mirar al frente era imposible y, entre más avanzaban, las bestias superaban los tamaños de las anteriores, siendo incluso aun superiores al de las montañas. Poco se habían fijado en el cambio de ambiente por centrarse a sobrevivir una vez que la playa se tornó tétrica en todo el sentido de la palabra; que el aire le hiciera erizar la piel era mucho decir y a la vez muy poco para poder explicar lo que realmente era estar ahí.

Escéptico por el panorama y lleno de sugestión por su primera impresión, Leorio dudó de la posibilidad de que salieran vivos de ahí.

Habían perdido el alimento y no tenían como reabastecerse. Otra de las razones porque la habían enviado a las hormigas primero era porque el alimento no debía suponer ningún problema para ellos, a nadie se le ocurrió que Kite llevaría humanos.

El hocico arrugado de la bestia apuntó a ambos antes de gruñir como una advertencia para que se alejaran. Se centró completamente en Kite exhalando de sus fosas un insoportable olor antes de mostrar sus colmillos para sentenciar que no saldría impune por hacerle frente.

Su tamaño se asimilaba al de un edificio, lo cual ya era suficiente para intimidar.

Ella había sido poco comunicativa ese día, dirigió a Leorio por medio de ademanes y tanteó la comodidad de él con la orientación que Kite daba. No lo había escogido sólo por su buen juicio, era más influyente de los cuatro, trayendo calma y seguridad a sus compañeros con sus palabras y gestos, lo que aseguraba a la pelirroja lo perceptivo que él era tanto para las circunstancias como para expresarse y lograr que empatizaran con sus ideas.

Si necesitaba demostrar a alguien que debían confiar en ella, era a él.

Alrededor de ella se distinguió una suave aura con flujo inconsistente. Negarse a usar nen después de morir resultó de un instintivo temor por descubrir que había perdido su habilidad Crazy Slots y su atributo. Esto no fue más que una inconveniente dilación: —Que tontería —susurró apenas moviendo sus voluminosos labios. Para conseguir la fe de Leorio se encontraba en una coyuntura donde si su nen no era suficiente se tendría que atener a los cadavéricos resultados.

El aura incrementó triplicando el potencial que alguna vez Kite llegó a tener, agitando la tierra a su alrededor y su cabello en un espiral.

Perplejo, Leorio inspiró entrecortadamente por el capullo de energía que la rodeaba. No era versado en el nen, pero sabía que aquello superaba las capacidades de un usuario común.

La bestia emitió un sonido raspando su garganta y se dispuso a comérselos de un bocado.

El aura se esparció como una onda que petrificó a cada criatura dentro de su radio antes de que esta regresara a su origen. Kite giró sobre su talón y toda la energía se concentró en su pierna para insuflarla en el hocico de la criatura de una patada. Las arrugas del peludo se echaron para atrás por la potencia del golpe antes de que su cuerpo se levantara y cayera unos metros lejos.

Ambos saltaron por la onda del golpe y se permitieron aferrarse a uno de los árboles que aún estaban en pie, lo que hizo a Kite mirar a los lados pues muchos se habían desvanecido sin dejar ningún rastro.

Los insectos que subyacían en la tierra salieron chillando de gloria por el manjar que la pelirroja les brindó, olvidando sus caparazones dorados, los cuales les hubiesen protegido de aquellos bichos que llegaron a atacarles; dichos bichos contaban con el mismo color y textura de los árboles.


Una vez que el movimiento superficial se detuvo, las raíces de los árboles soltaron múltiples partículas que corrieron a todas partes hasta deshacer el tronco.

Estas partículas eran bichitos que se comieron las hojas que usaron para simular ser parte de la flora. Eran increíblemente parecidas a astillas y de alguna manera lograron que Killua sintiera más repulsión (que lo llevó a vomitar de nuevo) al imaginar que ellos estuvieron durmiendo en un tronco hecho por los trocitos vivientes.

Quedaron más expuestos de lo que realmente parecía que sería cuando estas criaturas desmontaron su camuflaje, pocos arboles eran reales y, por el contrario de la flora, había muchos depredadores que ninguno pudo saber cómo llegaron de un momento a otro.

Con ganas de vomitar, pero sin nada más que sacar, Killua frunció el ceño a Kurapika para que tomara la muñeca de Gon. El azabache quería pelear, su pose de defensa demostraba la gran estupidez que estaba por cometer: —¡Vamos! —exclamó.

—De ninguna manera —respondió Kurapika vacilante.

Gon no cambió su pose y Killua ya lo imaginaba capaz de golpear a Kurapika, aunque fuera por accidente (cosa que no debía darle risa) (de algún modo, fuera del hecho de que estaban en peligro, consiguió reprimir la gracia).

—¡Kite está en riesgo! —mintió mirando a la primera dirección que se le ocurrió.

Algo hizo click en la cabeza de su mejor amigo, bajó los brazos y se soltó de Kurapika para correr a la dirección que el albino señaló, seguido por él.

Kurapika parpadeó perplejo antes de ser perseguido por una aglomeración de bestias que peleaban por alcanzar su almuerzo. No estaba consciente del todo de la influencia que la pelirroja tenía sobre el joven Freecss, aunque ahora que lo sabía estaba agradecido; temía que Gon lo confrontara por detenerlo y eso lo asustaba más que las criaturas que los perseguían.

Gon no tenía nen, pero no por eso dejaba de ser un peligro.

Metros más delante de Kurapika, los menores de catorce años se encargaron sin problema de algunos obstáculos de una forma limpia y rápida como él aceptaba no poder hacer jamás.

Mientras que para la persona que los espiaba no era así, porque la capacidad del Kurta para seguirles el ritmo era un logro enorme, uno que indicaba que aún tenía un latente potencial para mejorar más de lo que alguna vez pudo estimar.

La mitad de su interés era por Gon, pero el resto de repartía entre el rubio, la pelirroja y el de lente que al parecer se llamaba Leorio, siendo por quien más se inclinaba.

Se llevó unos Pabwy a la boca y los masticó antes de adelantarse para ponerse a salvo; si al niño de pelo blanco no le hubiesen dado asco los bichos que formaban árboles, habrían conseguido su primer alimento desde que llegaron.


Kite los ubicó usando gyo.

No fue fácil dado que la mitad del bosque había desaparecido, además de haber atraído fácilmente la mirada por traer detrás una ola de monstruos que buscaban cazarlos y otros que huían de los gusanos de lava que nadaban bajo tierra para atraparlos.

—Kite, ¿A dónde? —pidió indicaciones Leorio.

Ella por poco dejó caer su mandíbula, en su lugar se giró y corrió para encontrar una salida.

Estaba aliviada de no haber tenido que regresar por los tres, en el camino se habían perdido porque el camino cambiaba constantemente, así que no tenía una ruta de regreso ahora que no podía reconocer ni en qué lugar estaban.

Sacudió la cabeza.

Lo realmente reconfortante era que lo que les había estado acechando se había marchado gracias a la desaparición de los árboles.

Sin embargo, esto los llevo finalmente a una línea que parecía dividir lo que ya habían recorrido de otro espacio todavía más insólito y, por tanto, más protegido por alimañas sumamente peligrosas.

Todos se detuvieron a la orilla de una montaña que daba a vista a un enorme nido negro que tenía patas de insecto moviéndose por todos lados.

Killua ya estaba asqueado, así que esta vista no le hizo ni un poco de gracia.

Vomitó una vez más y esta vez salió una mezcla de sangre junto al pedazo de fruto que había comido.