Capítulo 15
La realidad de lo que había sucedido, el hecho inmutable de que nunca más vería a la madre, golpeó a Emma de lleno. Mientras David cumplía con los procedimientos para el entierro, ella volvió a la hacienda, abatida y arrasada.
‒Perdona a mi hermano, Regina. Está destruido con la muerte de mamá‒dijo ella, aún llorando ‒Y si te pedí que nos dejaras solos fue únicamente para no empeorar la situación.
‒Está bien, mi amor. Lo entiendo‒dijo ella, rodeándola con sus brazos ‒¿Cuándo será el entierro?
‒Mañana por la mañana
‒Dile a tu hermano que no se preocupe con los gastos del funeral.
‒Gracias, mi amor. ¿Dónde está mi hijo?
‒Está dando un paseo con Ruby. Le pediré a Marian que te prepare el baño, ¿está bien?
Asintiendo, Emma la besó suavemente y a continuación se dirigió al cuarto. Tras hablar con Marian, Regina fue al encuentro de Elsa para comprobar los trámites para la venta de algunas cabezas de ganado.
‒Siento mucho lo sucedido a la madre de Emma‒dijo Elsa, caminando junto con Regina por el campo ‒Pero creo que es un absurdo que su hermano te haya culpado de esa fatalidad. Esa familia te debe hasta el último cabello y encima se creen con derecho a…
‒No quiero hablar de eso, Elsa‒Regina la interrumpió‒David es un idiota, pero comprendo su dolor.
‒Confieso que no conocía esta paciencia tuya. Has cambiado mucho desde que conociste a Emma.
Mirando a la amiga con cara seria, Regina no dijo nada más, y tras firmar algunos papeles, volvió a la casa grande. Emma ya había tomado su baño, estaba con Henry en sus brazos y rechazó la cena que sería servida dentro de una hora. Regina permaneció todo el tiempo a su lado, y a la mañana siguiente, salieron bien temprano porque el entierro tendría lugar a las ocho en punto.
Algunos militares acudieron en consideración al fallecido general. Mary y su marido, además de unos pocos amigos de David también estaban presentes.
Mirando como el ataúd era bajado por el hueco en la tierra, Emma sintió como si el aire hubiera sido arrancado de sus pulmones. El dolor que sentía por la muerte de la madre sobrevolaba como una tempestad, trayendo una nube oscura de tristeza. Intentando escapar a la desesperación, Emma se acercó a David y lo abrazó. Minutos después, cuando la tumba fue cerrada y las personas presentes se fueron marchando, Emma, junto con David, se acercó a Regina.
‒Regina, quería disculparme por mi comportamiento en el hospital‒dijo David ‒Estaba nervioso y…
‒Lo entiendo, David. No te preocupes‒ella lo interrumpió
‒Bueno, yo me voy, Emma…‒se pronunció él, y al hacer amago de apartarse, ella lo detuvo.
‒Espera, David‒Emma habló, agarrándolo por la mano ‒Regina, ¿te importaría si mi hermano pasa un tiempo con nosotros en la hacienda?
‒Si él quiere ir, por mí no hay problema‒dijo ella, aunque la idea no era para nada de su agrado.
‒Ven con nosotras, David. Solo quedamos nosotros dos, así que vamos a olvidar nuestras diferencias, el pasado y vivir en paz.
‒Está bien‒dijo él‒Voy a hacer las maletas y nos encontramos más tarde.
Algunas días después…
Acercándose por detrás, Regina enlazó la cintura de Emma y hundió su rostro en la curva de su cuello. Se sentía muy feliz con el camino que estaban recorriendo, aunque algunos contratiempos que envolvían a David y sus deudas de juego enfadaban a Regina. Dándose la vuelta para mirarla a la cara, Emma arqueó una ceja en una expresión seductora y enseguida presionó sus labios contra los de ella.
‒Tienes cara de quien está tramando algo‒comentó Regina, exhibiendo su maravillosa sonrisa.
‒Quizás esté tramando…
‒¿Y puedo saber qué?
‒¿Prometes que no te vas a reír?‒Regina puso las manos en señal de rendición, y asintió ‒Estaba intentando preparar una cena romántica, pero acabé quemándola.
Llevando la vista hacia la comida carbonizada, Regina dejó escapar una carcajada.
‒Regina, ¿qué acabas de prometer?
‒Disculpa, mi amor‒dijo ella, apunto de besarla, pero retrocedió cuando Eugenia apareció ‒Tenga cuidado, Eugenia, la próxima vez quizás se encuentre la cocina toda carbonizada‒añadió, recibiendo un golpe de broma en su hombro.
Como respuesta, Emma sintió los dedos de ella entrelazarse en los suyos, guiándola hacia el jardín donde Ruby jugaba con Henry. Juntas, se lo llevaron para darle un baño y tras alimentarlo, sonrieron encantadas con aquel cuerpecito, tan pequeño y cansado, que se había quedado dormido.
Alejándose por unos instantes, Regina se detuvo cerca de la ventana y enseguida la llamó.
‒Ven aquí, mi amor‒dijo
Sin dudar, Emma se acercó a ella y observó a través de la ventana el maravilloso escenario que tenía delante: la luna estaba enorme, y pintaba el cielo con unos tonos anaranjados. Las estrellas formaban dibujos extraños, surreales. Parecía un cuadro. Admirada, Emma desorbitó los ojos y sonrió cuando su mirada chocó con la mesa en mitad del jardín. Había un gran candelabro con velas encendidas en todos sus brazos.
‒Regina…‒murmuró, sin saber exactamente qué decir.
‒Es una noche perfecta para una cena romántica‒dijo ella, conduciéndola fuera del cuarto.
Bajaron al jardín, se sentaron en sus respectivas sillas y enseguida una de las criadas sirvió la cena.
‒Te amo, Emma‒dijo Regina, levantando su copa de vino ‒Y quiero brindar por este amor.
‒Yo también te amo‒respondió ella, su voz embargada, los ojos ardiendo con lágrimas de felicidad mientras su mano temblorosa levantaba la copa para entrechocarla con la de Regina.
Inclinando el cuerpo, Regina la besó rápida y suavemente antes de saborear el delicioso pato asado cocinado por Eugenia.
Cuando la cena acabó y las dos se dirigieron al cuarto, los ojos de Emma la prendieron completamente. Eran las mismas emociones que sintió su cuerpo cuando la vio por primera vez, como si nada fuera capaz de cambiar esa atracción que Emma ejercía sobre ella. La imaginación de Regina volaba lejos mientras desanudaba los lazos de su vestido, y más lejos aún se iba su capacidad de raciocinio. Era una locura. Impaciente, su boca se hundió en la boca de Emma, la lengua diseñando malabarismos que solo aumentaba su excitación. Tomada por un deseo casi absurdo de poseerla inmediatamente, Regina le levantó el vestido y con una fuerza que ni ella misma sabía que tenía, le rasgó la ropa interior de un tirón. Emma se puso roja inmediatamente, y sus ojos se desorbitaron de susto y placer. El corazón se aceleró y su vagina pulsó en respuesta a tal acto.
‒Estoy loca por ti…‒susurró Regina, interrumpiendo el beso, pero Emma enseguida intentó retomarlo, intensificándolo. El beso, de una calma leve como brisa de verano, se transformó en una impetuosa llamarada.
‒Llévame a la cama…‒pidió tímidamente Emma, mientras su deseo iba tomando forma, en alta dosis, al mismo ritmo con que Regina la poseía.
‒¿Tienes hambre, muchachito?‒preguntó Regina, mientras acunaba Henry en sus brazos ‒Yo también. Esperemos que de aquí a las diez de la mañana tu querida niñera termine de atar los lazos del vestido de tu madre.
‒¿Puedo saber que estás farfullando?‒preguntó Emma, en tono divertido.
‒Estaba comentando la paciencia para colocar esos corsés. No sé como consiguen respirar.
‒¿Qué podemos hacer?‒preguntó Emma, cogiendo a su hijo en brazos
‒Pueden usar pantalones como yo. Mucho más fácil y práctico.
‒No consigo verme usando pantalones‒dijo Emma, mirando a Ruby mientras sonreía.
‒Ni yo, patrona‒dijo Ruby
‒Creo que la única mujer que está hermosa con pantalones largos eres tú, mi amor.
‒No sean bobas. En la capital muchas mujeres usan pantalones largos.
‒Pero en esta ciudad y en esta hacienda tú serás la única. Ahora vamos a desayunar porque yo también estoy hambrienta.
Se sentaron a la mesa y pasaron unos minutos, Regina aún no había terminado cuando una de las criadas avisó que la nueva veterinaria se encontraba en el salón, esperándola.
‒¿Veterinaria?‒cuestionó Emma ‒Dijiste que era un veterinario de la capital.
‒De hecho, contraté a un veterinario. Debe ser alguna equivocación‒dijo ella, levantándose.
‒¿No terminas de desayunar?
‒Estoy llena, querida‒le dijo mientras le dejaba un beso en la cabeza ‒Con permiso.
A paso rápido y firme, Regina atravesó el comedor y cuando entró en el salón, se encontró con una joven, de pie, parecía interesada en el cuadro que tenía delante. El rostro juvenil le llamó la atención, pero no tanto como la vestimenta que llevaba: camisa de mangas largas y un chaleco por encima bastante similar al que usaba ella. Pantalones ajustados y botas de caño alto hasta las rodillas.
‒Buenos días‒se anunció Regina ‒¿En qué puedo ayudarla?
‒¿Es usted Regina Mills?
‒En carne y hueso‒dijo, y a pesar de que la respuesta parecía divertida, ella mantuvo su seria postura.
‒Soy Aurora, su nueva veterinaria‒dijo la chica, extendiendo la mano, al mismo tiempo en que intentaba esconder la sorpresa ante lo hermosa que era Regina.
Cuando su padre le habló sobre la única heredera de la familia Mills, en momento alguno mencionó nada de su apariencia. Apartando su mano, Regina analizó su rostro mientras sus ojos se estrechaban denotando confusión.
‒Debe haber un error. Yo contraté a un veterinario, con bastante experiencia por cierto. ¿Está segura de que ha venido a la hacienda correcta?‒preguntó Regina, deshaciendo el apretón de mano.
Aurora abrió una sonrisa afectada, bajando la mirada hacia la carta que tenía en la mano.
‒Se refiere a mi padre. Lo que sucede es que él ha caído enfermo y como usted necesitaba un veterinario con urgencia, él me pidió que lo sustituyera durante unos días, si no hay problema, claro. Aquí está su carta pidiendo disculpas por el imprevisto, y esta otra es una carta de recomendación.
Regina dio un paso hacia atrás, sin gran ceremonia, en su rostro una expresión indiferente. Se limitó a asentir mientras abría los sobres.
‒¿Ha trabajado para James Nolan?
‒Sí. Fue allí donde puse en práctica todo lo que aprendí
‒Bien, entonces sea bienvenida. ¿Cuándo puede comenzar?
‒Hoy mismo
‒Muy bien, venga conmigo‒dijo Regina caminando hacia la puerta ‒Robin, la señorita Aurora es la nueva veterinaria. Por favor, enséñale la hacienda, su sitio exacto de trabajo y lo que sea necesario.
‒Ahora mismo, patrona‒dijo él
‒Cualquier duda, hable con mi administradora. Con permiso.
Observando cómo se alejaba, Aurora sintió cómo su cuerpo se relajaba ya que la presencia de Regina le ponía la carne de gallina. Intentando recomponerse, centró su atención en el capataz solo cuando la perdió de vista.
‒¿Qué ha pasado?‒preguntó Emma
‒El veterinario que contraté ha caído enfermo en el último momento y ha mandado a su hija para sustituirlo. Pero no es eso lo que me irrita‒dijo Regina, con su expresión dura como una roca.
‒¿Y qué es?
‒Tu hermano, Emma. Acabo de recibir una carta enviada por el dueño del antro donde David pasa la noche entera bebiendo y jugando. Habla con él porque no pretendo pasar el resto de mi vida pagando sus deudas de juego.
‒Mi amor, qué vergüenza. Perdóname por eso…
‒Tú no tienes la culpa de nada. Solo habla con él. Dile que a partir de ahora tendrá que trabajar para mantenerse.
‒Voy a hablar con él, sí, no te preocupes.
‒Saldré ahora para la ciudad. ¿Quieres algo?
‒No, mi amor. Gracias
‒Nos vemos más tarde, entonces
Tras darle un suave beso, Regina dejó la hacienda y Emma se puso a buscar a David. Lo encontró en la habitación, preparándose para salir.
‒¿Qué? ¿Te has vuelto loca, hermanita? ¡No puedo trabajar junto a un atajo de peones malolientes!‒dijo él, mientras se ajustaba la corbata al cuello.
‒David, ya has ido demasiado lejos con tus vicios, y Regina no tiene ninguna obligación de sustentártelos.
‒¿Ella está montando todo esto por una mísera deuda de juego?
‒Varias deudas, David‒ella soltó un largo suspiro ‒No puedo obligarte a trabajar en la hacienda, pero tampoco podré hacer nada si Regina te echa.
Con los puños cerrados y la mandíbula contraída, David observó cómo la hermana salía del cuarto tras dejarle el aviso. Aunque sabía que Emma tenía a Regina en sus manos, él no quería arriesgar la estabilidad provocando una discusión entre ellas, pero tampoco podía acatar todo lo que su cuñada quería. Perdido en sus propios pensamientos, David desistió de salir y permaneció en la hacienda esperando a que llegara Regina.
‒Cuñada, ¿tienes un minuto?‒preguntó abordándola en medio del patio.
Asintiendo, Regina cruzó los brazos mientras él desviaba su mirada de ella y acompañaba el caminar de la nueva veterinaria. Dejando escapar una sonrisita, él balanceó la cabeza y carraspeó, volviendo su atención a Regina.
‒Vaya, estoy empezando a apreciar esto de mujeres usando pantalones‒rió ‒Sobre todo pantalones tan apretados como aquellos‒hizo un movimiento con las manos dibujando las curvas de Aurora en el aire ‒¿Quién es aquella?
‒¿Me paraste aquí para decirme eso?‒con cara seria, Regina hizo amago de retirarse.
‒¡No, no, cuñada! Perdona…‒habló él ‒Bueno, quería disculparme por las deudas de juego que has pagado en estos últimos días. Juro que te pagaré hasta el último centavo y comenzaré ayudando con los quehaceres de la hacienda. Sin embargo, quería pedirte un gran favor.
‒Habla, David
‒¿Mi amigo, August, podría trabajar aquí en la hacienda conmigo? Estamos pensando en montar un negocio en la capital y necesitamos juntar dinero.
‒Está bien, habla con Elsa sobre eso. Con permiso.
Una sonrisa ladeada se formó en sus labios mientras las ideas se organizaban en su cabeza. Con August en la hacienda, en poco tiempo conseguirían el dinero que necesitaban sin necesidad de trabajar.
‒¡Qué hombre insoportable!‒murmuró Aurora en cuanto David se apartó con August
‒A la patrona tampoco le gusta‒comentó Marian, mientras limpiaba la consulta de Aurora ‒Solo lo aguanta por la señora
‒Todavía no la he visto. ¿Es tan bonita como dicen?
‒Sí, la señora es muy bonita. Dicen que la patrona gastó una fortuna por su causa
‒Entonces, ¿aquella historia de que Regina la compró es verdad?‒Aurora preguntó, incrédula y curiosa
‒Bueno, por lo que sé, la patrona sacó a la familia de la señora de la miseria a cambio de poder cortejarla.
‒Entonces ella prácticamente se vendió, y si está con Regina es por el dinero.
‒Aunque yo considere muy extraña esa historia de mujer con mujer, parece que ella se enamoró de verdad de la patrona, pero, ¿quién no lo haría? La patrona es muy fina, hermosa, y tiene mucho dinero. Además, hace todo lo que la señora pide.
‒¿De verdad? Regina no aparenta ser una mujer que se deja conducir fácilmente…
‒Señorita Aurora, cuando una persona se enamora de verdad, solo consigue ver a través de los ojos de quien ama. Con permiso.
Intentando actuar como si aquella conversación no le hubiera afectado, Aurora no pudo ignorar la curiosidad que le rondaba desde el día en que había puesto los pies en la hacienda por primera vez. Y mientras se perdía en pensamientos y suposiciones, Regina intentaba convencer y sorprender a Emma para un viaje a la capital.
‒Mi amor, me encantaría. Pero no quisiera dejar a Henry aquí por tanto tiempo…
‒Solo será una semana, querida. Pero podemos llevárnoslo junto con Ruby, ¿qué te parece?
‒Bien, así me quedo más tranquila.
‒Entonces comienza a prepararte porque nos iremos mañana mismo. Quiero llevarte a conocer el mar.
Durante las horas siguientes, Emma informó a Ruby sobre el viaje a la capital y con la felicidad de una niña pequeña, ella aceptó sin pestañear. Como administradora, Elsa se quedaría a cargo de la hacienda y Robin, a petición de Regina, recibiría un trabajo extra que consistía en vigilar de cerca a David y August.
A la mañana siguiente, ellas partieron temprano porque Regina quería llegar antes del anochecer. Cuando finalmente llegaron, el paisaje dio paso a mansiones y hoteles con vistas al mar. Aunque estuviera acostumbrada al lujo, los ojos de Emma se desorbitaron ante tanta belleza.
‒¿No nos vamos a quedar en tu casa?‒preguntó Emma, al percibir que el coche se había detenido delante de un hotel.
‒Mi casa queda al otro lado de la ciudad y perderíamos mucho tiempo.
‒Señora Mills, sea bienvenida‒dijo la recepcionista ‒Aquí están las llaves. Pediré que ahora mismo suban el equipaje.
‒Gracias‒respondió ella ‒Ruby, tú te quedarás en el cuarto de al lado. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en llamar. Puedes ir a descansar.
‒Gracias, patrona. Con permiso.
Tras recostar al niño dormido en la cama, Emma observó la habitación que era muy elegante y acogedora, abrió la ventana e inhaló el aire yodado del mar. A lo lejos, el sol que parecía a punto de ser cubierto por el océano le transmitió una sensación de paz infinita.
‒¿Te gusta?‒preguntó Regina, abrazándola por detrás
‒Mucho‒dijo ella, acariciando sus brazos ‒Es la primera vez que veo algo tan lindo.
‒Es el primer viaje de muchos que haremos juntas…
Entre paseos al borde del mar, cenas románticas y compras en las más famosas boutiques de la capital, una semana no parecía bastante, y a disgusto, regresaron a la hacienda. Mientras Ruby describía las bellezas de la ciudad grande a su abuela, Emma distribuía los regalos que había traído para los empleados de la casa grande.
En el despacho, Regina escuchaba los informes de Elsa sobre todo lo que había sucedido en su ausencia, dejando claro que en momento alguno David y su amigo se mostraron dispuestos a trabajar. A pesar del desagrado, Regina prefirió no comentarle nada a Emma, a fin de cuentas, habían acabado de llegar del viaje y necesitaban descansar.
Al día siguiente, en cuanto terminó de desayunar, Regina dejó la casa grande junto con Elsa. Por lo que parecía, algunos medicamentos y productos veterinarios serían entregados esa mañana y era necesario que ella firmara la entrega.
‒Regina, no sabía que había salido de viaje y mucho menos que ya había regresado‒comentó Aurora.
‒Fue un viaje corto‒se limitó a decir, mientras firmaba los papeles ‒Si fuera necesario alguna otra firma, estaré en el despacho de Elsa.
Viendo cómo salía de su consulta sin más ceremonias, Aurora se dirigió al patio para recibir las entregas que habían acabado de llegar. Tras comprobar caja por caja, dio orden de que uno de los criados entrara todo en su consulta. Impaciente ante la lentitud con que estaba trabajando, no dudó en reprenderlo.
‒Disculpe, señorita. Las cajas son muy pesadas y solo puedo coger una cada vez…
‒Pues si no consigues hacer tu trabajo, deberías irte a casa y dejarle la oportunidad a alguien más joven y con ganas de trabajar‒dijo ella, claramente irritada.
‒Perdón, señorita…
‒¿Cómo se atreve a decir algo así?‒intervino Emma, al escuchar lo que había dicho ‒¿Con qué derecho?
‒Necesito los productos en mi consulta y hace más de media hora que estoy esperando.
‒¿No entiende que alguien de edad avanzada no tiene las mismas fuerzas que alguien joven?
‒Entiendo perfectamente. Por eso mismo creo que debería irse a casa y…
‒¡Usted no tiene que pensar nada!‒Emma la interrumpió, en su tono de voz se notaba su enfado ‒¡No voy a permitir que ningún empleado de esta hacienda sea oprimido!
Con la adrenalina corriendo por sus venas y con unas inmensas ganas de dejarla hablando sola, Aurora se mantuvo en silencio, encarándola, estudiándola con detalle.
‒¡Robin!‒Emma lo llamó en cuanto lo divisó
‒¿Sí, señora?‒dijo él, notando la tensión entre ellas.
‒Pídele a alguien joven que lleve estas cajas. Y a partir de hoy, divide los trabajos de acuerdo a la edad de cada empleado. Los más viejos deben realizar tareas más leves, ¿entendido?‒dijo ella, sin apartar la mirada de Aurora.
‒Sí, señora
‒Ahora vuelvan al trabajo‒dicho eso, dio media vuelta y desapreció en el patio, dejando a Aurora atrás de ella, furiosa y perdida en sus pensamientos.
