Capítulo 15

Magia

My head is saying "fool, forget him",

my heart is saying "don´t let go"

Hold on to the end, that´s what I intend to do

I´m hopelessly devoted to you

I´m hopeles…

—¡Quinn, corre, Quinn!

No lo imaginó, ni lo soñó. La voz de Rachel se coló como un rayo en sus auriculares, e interrumpió la dulce y agradable voz de Olivia Newton-John, justo cuando disfrutaba de una de sus canciones favoritas. A punto estuvo de lanzar el bloc de dibujo que sostenía por el susto. Y Quinn no tardó en mirar a su alrededor tratando de descubrir de donde procedía.

Era su momento de paz. Su momento de relajación para dar forma al proyecto que Miller les había pedido, mientras estuviesen en el campamento. Apartada del resto de sus compañeros, a los pies de uno de los árboles que convertían el bosque en un remanso de paz, Quinn le dedicaba toda su atención al boceto que ya empezaba a tomar forma en su bloc, mientras la música sonaba en sus auriculares.

—¡Quinn vamos! ¡Corre!

Esa vez ya no tuvo dudas. La voz no solo llegó alta y clara a sus oídos tras apartar los auriculares, sino que supo de donde provenía.

Por fin la vio. Rachel aparecía sosteniendo algo entre sus manos, esquivando los árboles con una endiablada carrera directa hacia ella y con el gesto completamente desencajado.

—¿¡Qué pasa!? —cuestionó cerrando el bloc y alzándose asustada.

—¡Corre Quinn, corre! —volvía a gritar mientras pasaba junto a ella, dejándola atrás sin detener la carrera.

Y las dudas y el desconcierto, hicieron el resto. Quinn, se colgó el pequeño bolso, se aferró al bloc, y comenzó a correr tras los pasos de Rachel de la misma forma en la que lo hacia la morena.

—¿¡Qué pasa, Rachel!? ¿¡Que pasa!? —preguntaba completamente exhausta, tratando de alcanzarla.

—¡Nos persiguen, y vienen armados! No te detengas, por favor, ¡sigue corriendo! —exclamó provocando aún más el aturdimiento en la rubia, que llegó incluso a acelerar sus pasos, aun sin saber qué diablos estaban haciendo. Por qué hacía escasos segundos estaba tranquila, tratando de bocetar el maravilloso roble que había escogido para dibujar mientras Olivia Newton-John la deleitaba con su voz, y en ese instante corría frenéticamente hacia ningún lado, huyendo de algo que no sabía que era.

—Pero… ¿Quién nos siguen? —volvía a preguntar tras conseguir alcanzarla y correr a su lado.

—¡Unos malditos boyscouts! —respondió sin siquiera mirarla, y por supuesto sin dejar de correr. Algo que Quinn si comenzó a hacer de forma paulatina, y completamente confusa —¡Vamos Quinn! No te detengas…—masculló al ver cómo la rubia se detenía en mitad de la carrera.

—¿Estás, estás huyendo de niños? —preguntó con la respiración entrecortada.

Rachel también se detuvo varios metros más allá de ella.

—Si. Son boyscouts, y me persiguen…

—¿Por qué?

No obtuvo respuesta. Las voces de guerra de los pequeños boyscouts pronto se dejaron oír entre los árboles, y aparecieron frente a ellas.

—¡Ahí está! —gritó el que parecía el cabecilla del grupo.

—¡A por ella! —gritó otro portando un globo lleno de agua en una de sus manos.

—Hey…hey… ¡Parad! —les ordenó Quinn con el gesto serio, mientras Rachel usaba uno de los árboles para esconderse.

—Apártate. Es a ella a quien queremos.

—¡Quietos ahí! —volvía a ordenar al ver el avance de uno de los niños— ¿Qué está pasando aquí?

—Es una ladrona.

—¡Sí, es una ladrona! ¡Vamos a por ella!

—Hey tú, soldado…Baja ese globo ahora mismo. ¿Por qué es una ladrona? — lanzó una mirada hacia la morena, que se dejaba ver por momentos tras el grueso tronco del árbol.

—¡Nos ha robado una caja de galletas! —respondió el que parecía el líder.

—¡Mentira! — exclamó Rachel tras el árbol, logrando que la situación fuera aún más surrealista— Son ellos los ladrones.

—No, eres tú. Páganos las galletas —volvía a gritar el chico.

—¿Qué está pasando? —interrumpió Quinn de nuevo alzando la voz— Rachel, ¿qué es eso de las galletas? ¿Por qué dicen que eres una ladrona?

—Me dijeron que costaban 4 dólares y ahora quieren más —respondió la morena mostrando la caja de galletas.

—¿Cómo?

—No, la caja vale 5 dólares —le replicó uno de los niños.

—Mentiroso —Rachel abandonó su escondite para enfrentarse a los chicos—. Aquella chica de allí, sí tú, la de las trenzas, me dijo que valían 4 dólares.

—No señora —respondió con timidez la pequeña—. Las bolsitas pequeñas valen 4 dólares, la caja que usted compró vale 5.

—Rachel… ¿Estás huyendo por no pagar un maldito dólar? —preguntó Quinn completamente incrédula. Ni siquiera respondió. La morena bajó la cabeza al tiempo que abrazaba con fuerza la caja de galletas, dándose por vencida tras haber recordado que la pequeña de las trenzas tenía razón. Que la confusión había sido de ella.

—¡Paganos o te lanzamos los globos! —exclamó uno de los niños.

—Hey…hey tranquilos, os va a pagar. ¿De acuerdo? Pero bajad los globos de una vez, porque me estáis poniendo nerviosa.

El grupo de chicos hizo caso a la rubia mientras ésta se acercaba a Rachel.

—Vamos, dales el maldito dólar.

—No.

—¿No?

—No tengo dinero aquí. Dejé el bolso en el campamento.

—¡Ay dios! Está bien chicos, regresad al campamento y allí os paga.

—Ni hablar…Queremos nuestro dinero, ahora.

—Dios —se desesperó—. Está bien, está bien… Os pagaré yo el estúpido dólar— añadió buscando en el interior de su pequeño bolso, donde afortunadamente logró encontrar un par de dólares—. Tomad, aquí tenéis. Y uno de propia para que esto que acabáis de hacer, no vuelva a suceder. ¿Entendido? —masculló entregándole el par de dólares al cabecilla—. Ahora sí, dejadnos en paz, ¿Ok?

Los niños asintieron y comenzaron a retirarse mientras Quinn fulminaba con la mirada a Rachel, que no sabía hacia dónde dirigir su mirada.

—¿Crees que es normal? —Quinn tardó en regresar a ella.

—Me han engañado. Me dijeron que valían 4 dólares —se excusó, sabiendo que aquello no convencería en absoluto a Quinn.

—Ok. Y en vez de devolverles las galletas, decides escapar de ellos. Muy sensato, Rachel.

—Oye, ¿qué quieres que haga? Me vi rodeada por esos salvajes. Estaba temiendo por mi integridad física.

—Ya claro. Pues como yo he pagado ese dólar, esto me pertenece también —espetó arrebatándole la pequeña caja de galletas.

—Hey, yo he puesto 4 dólares. Tengo la mayoría de las acciones de esa caja, así que me la devuelves.

—Cuando me pagues el dólar —respondió divertida regresando al árbol donde había permanecido parte de la tarde.

—No, ni hablar —se quejó persiguiéndola—. Vamos Quinn, no hagas que te la quite al fuer…¡Aww!

El grito de la morena detuvo el avance de Quinn, que tras girarse descubrió que uno de los globos de agua había impactado de lleno en la chica.

—¿Qué diablos…?

—¡Malditos! —les gritó, y varias carcajadas comenzaron a dejarse oír a lo lejos.

—¡Oh dios! —comenzó a reír Quinn— Menuda bomba te ha lanzado.

—No te rías —amenazó—. No tiene nada de gracia. ¿Ves? ¿Ves? No te puedes fiar de ellos, y para colmo tú les has dado un dólar de propia. Dios, son, son…

—Son niños, y te lo tienes merecido por tratar de robarles.

—Yo no les he robado.

—Lo que tú digas —respondía ignorándola. Quinn volvía sobre sus pasos, dispuesta a recuperar su tarea de aquella tarde.

Rachel, lamentándose y maldiciendo a los niños, caminaba tras ella, escurriéndose el pelo y tratando de secar su camiseta.

—Son malos. Tenía razón Miller, son unos salvajes.

—Sí, son unos salvajes —repitió Quinn divertida —Vamos, deja ya a los chicos en paz, y siéntate aquí conmigo. Te invito a merendar.

—¿Me invitas? Perdona, pero esas galletas son mías.

—¡Já!

—Quinn, devuélvemelas o tendré que quitártelas a la fuerza. Y créeme, ahora mismo estoy más enfadada que Hulk.

La ignoró. Quinn volvía a tomar asiento junto al árbol, y tras dejar el bolso y el bloc de dibujo a un lado, se dispuso a disfrutar de las galletas.

—¡Quinn! No te lo digo más — amenazó—, devuélvemelas o…

—¿O qué Rachel?

—¡O te las quito yo! —exclamó justo antes de lanzarse sobre sobre ella. Gesto que por supuesto Quinn no esperaba. Cuando quiso darse cuenta, mantenía un pequeño forcejeo con ella tratando de evitar que la inmovilizara en el suelo— Vamos, devuélvemelas. Son mías… — esgrimió Rachel tratando de arrebatarle la caja de entre los brazos. Quinn decidió tumbarse prácticamente sobre la caja, y hacía que fuera imposible para Rachel lograr su objetivo. Al menos hasta que algo sucedió.

Un quejido que la hizo retorcerse en el suelo, justo cuando en mitad del forcejeo, Rachel logró bloquear sus piernas con las suyas propias.

—Basta Rachel, déjame —soltó, y la morena notó la desesperación en su voz.

—Dame las galletas.

—Son mías…

—Está bien, pues te quedas aquí, inmovilizada —masculló siendo consciente de cómo había encontrado uno de los puntos débiles de la rubia. Ni siquiera estaba ejerciendo presión sobre ella.

—¡Rachel, apártate por favor!

—¿Me vas a dar las galletas?

—Sí, toma —terminó entregándole la pequeña caja tan rápido, que incluso se sorprendió—. Deja que me mueva, por favor ¡Me estoy agobiando!

—Nunca juegues con una Berry —le dijo tras recuperar la caja, y dejándose caer hacia un lado. Liberándola de la que parecía ser una verdadera tortura para la rubia.

—Eres una bruta —recriminó recuperando la compostura, apartando algunos restos de la tierra y las yerbas que se habían anclado a su camiseta.

—Es lo que pasa si me quitas las galletas —respondió acomodándose junto al árbol donde Quinn había dejado sus cosas.

—Al menos dame una. He pagado un dólar.

—Por supuesto, pero el resto es para mí —le dijo ofreciéndole una de las galletas.

—No me puedo creer que hayamos tenido una pelea de lucha libre por unas estúpidas galletas. Espero que merezcan la pena.

—Si son como las que creo que son, te aseguro que sí. Que merecen la pena…

—Berry, estás completamente loca —murmuró acomodándose ella también sobre el árbol.

—¿Yo? Tú también lo estás. ¿Qué hacías aquí a solas?

—Dibujar —respondió devorando una de las galletas—, escuchar música. Ya sabes, lo típico para no ser el objetivo de un puñado de boyscouts.

—¿Qué escuchas?

—Pues, ahora mismo escuchaba la banda sonora de Grease.

—Vaya… ¿Te gusta Grease?

—Sí. A todo el mundo le gusta Grease.

—¿Cuál es tu canción favorita de ahí?

—Sandy.

—¿Sandy? Vaya…

—¿Qué? ¿No te gusta? También me gusta mucho Hopelessly devoted to you.

—Esa es bonita. Pero no esperaba que fuesen esas. A todo el mundo le gustan las más conocidas.

—¿A ti cual te gusta?

—Me gustan todas. No tengo ninguna favorita —respondió segundos antes de atacar otra de las galletas—. Oye, ¿y qué dibujas?

—Ese roble —dijo señalando el árbol en cuestión.

—¿Y cómo lo llevas?

—Bien hasta que apareciste corriendo como una loca.

—Yo estoy preocupada… ¿Recuerdas que Miller dijo que teníamos que dibujar un ojo? —cuestiono, y Quinn asintió tras dar un nuevo bocado a la galleta— ¿Cómo se supone que lo voy a hacer? Ni siquiera sé dibujar una uva.

—Pues practica, porque cuando Miller quiere algo, lo quiere sí o sí.

—¿Cómo se dibuja un ojo? No tengo ni idea.

—Pues mírate en un espejo y te fijas en los tuyos, que son muy bonitos — respondió divertida.

—¿Crees que mis ojos son bonitos?

—Rachel, estaba bromeando.

—Oh.

—Pero es una buena opción. Te fijas y lo dibujas.

—Dudo que pueda mirar mis propios ojos y dibujarlos a la vez. Quizás pueda hacerlo con los tuyos.

—¿Con los míos?

—Sí. En los tuyos. Porque yo, a diferencia de ti, sí creo que los tuyos son bonitos.

—Rach…

—No, no, ni se te ocurra halagar ahora mis ojos. Quedaría muy falso —le replicó divertida, y Quinn terminó lamentándose con un suspiro de resignación—. Aunque no estoy segura de poder dibujar los tuyos tampoco.

—¿Por qué? Son dos ojos.

—Si, y estoy convencida de que, si los miro más tiempo del adecuado, terminaré hipnotizada.

—Estás muy bromista hoy, ¿no?

—No, es la verdad. Tus ojos hipnotizan.

—¿Qué dices? —se mostró incrédula.

—Todo el mundo lo dice, y yo he podido comprobarlo. Cuando miras a los ojos, ¡pum! Te quedas hipnotizada.

—No digas payasadas, y dame otra galleta.

—Es cierto. Tienes unos ojos espectaculares. A ver, déjame verlos de cerca— la morena no dudó en acercarse lo suficiente a Quinn para contemplar con detenimiento los ojos de ésta, mientras le ofrecía otra de las galletas.

—¿Qué haces Rachel? Vamos, deja de hacer el tonto.

—No, déjame que lo vea de cerca. Tienes, tienes varios colores —espetó sorprendida.

—¿Varios colores?

—Sí, A ver, mira hacia allá.

Quinn hizo lo que le pidió y desvió la mirada hacia uno de los laterales, mientras Rachel se acercaba más y más a su rostro, observando cada detalle de su ojo.

—Guau…Quinn, tienes varios colores. Azul, verde, gris…

—Deja de inventar…Cosas —susurró Quinn momentos antes de perder por completo el habla. Por su culpa. Por un simple gesto al regresar la mirada al frente, y toparse con sus ojos. Con el rostro de Rachel a escasos centímetros del suyo observándola con detenimiento.

Estaban demasiado cerca la una de la otra, y se miraban a los ojos fijamente. Y a pesar de que sabían que algo estaba sucediendo, que una de las dos debía alejarse y acabar con aquel extraño encuentro, ninguna daba el paso.

Sólo el sonido de una guitarra que se mezclaba con el canto de los pájaros, y el sonido incesante del lago en el extremo opuesto, hizo que reaccionaran y apartasen la mirada la una de la otra.

A lo lejos, proveniente de la orilla del lago, aparecía Dave con la guitarra, y Mel a su lado. Caminaban entretenidos, hablando entre ellos mientras el chico hacía sonar alguna de las cuerdas.

—¿Qué hacen esos dos a solas? —preguntó Quinn rompiendo el silencio.

—No lo sé. Pero si no estamos atentas, el plan no va a funcionar.

—Ven —interrumpió Quinn, que entendió aquella aparición de Dave, como la mejor de las excusas para romper la tensión que habían creado en ese instante—, vamos a molestarles un poco —añadió, ofreciéndole la mano a Rachel tras volver a recuperar sus pertenencias.

Gesto que la morena no dudó en aceptar. De hecho, empezaba a ser algo habitual entre ellas el pasearse tomadas de la mano.

—¡Hey, chicos! —exclamó la rubia llamando la atención de ambos, que rápidamente se giraron sorprendidos al verlas aparecer.

—¿Qué hacéis aquí?

—Estábamos merendando. ¿Verdad, Rachel?

—Ajam. Galletas… ¿Queréis una? —le dijo ofreciéndoles la caja.

—No gracias.

—Yo tampoco.

—¿Y vosotros? ¿De dónde venís? —cuestionó de nuevo Quinn.

—Del lago. Dave quería tocar un poco, y me apetecía escucharlo —le respondió Melanie.

—¿Veis? Ya tengo mi primera fan —bromeó Dave rasgando varias cuerdas de la guitarra a la vez—. Ya casi soy una estrella del pop.

—Eso quisieras tú —masculló Quinn divertida—. ¿Vais al campamento?

—Sí…

—Os acompañamos. Miller debe estar preparando ya la fogata para esta noche.

Ok. Oye…—Dave se detuvo frente a las chicas— ¿Qué os ha pasado? ¿Por qué estáis llenas de tierra?

Rachel y Quinn se miraron la una a la otra después de comprobar sus propias vestimentas. Efectivamente, aun había restos de hojas y tierra sobre ellas después de la divertida batalla que habían mantenido en el suelo.

—Hemos estado jugando.

—¿A qué?

—¿Qué te importa? —replicó Quinn siendo consciente como aquella situación volvía a ponerse de cara para ellas, y la venganza.

—¿Habéis estado haciendo manitas en el bosque? —añadió Dave, recibiendo la primera de las reprimendas por parte de Melanie, que sutilmente le dio un pequeño golpe en el hombro. Gesto que, por supuesto, tanto Quinn como Rachel percibieron, y tomaron como un pequeño triunfo.

—Será mejor que nos marchemos —interrumpió la chica tras la mirada confusa de Dave por la reprimenda—. Miller necesitará ayuda.

—Tienes razón.

—Hey Rachel…Antes de regresar al campamento, deberías sacudir tu pelo. Creo que tienes hormigas —espetó Dave sonriente emprendiendo ya el regreso.

—¿Hormigas? —masculló la morena— Quinn, ¿tengo hormigas en el pelo?

Le bastó verle la cara descompuesta, para saber que debía ser prudente. Y no dudó en acercarse a ella tratando de transmitirle toda la tranquilidad que podía.

—No tienes nada.

—¿Seguro? Mírame bien, por favor —le suplicó, y Quinn no dudó en observar con mayor esmero la cabeza de Rachel.

Un par de ramitas secas enredadas en el pelo aún húmedo. Un trozo de una hoja y, efectivamente, tal y como había dicho Dave, una diminuta hormiga que caminaba tranquila sin que Rachel pudiera notarla. De hecho, tampoco supo que existió en su cabeza, puesto que Quinn decidió apartarla sin siquiera decirle nada.

—Hey…Vamos, que son las cinco y media, ¡y tenemos que preparar la fogata! —exclamó el chico ya con suficiente separación de ambas como para no ver que hacían.

Quinn volvía a reaccionar, pero esta vez lo hizo de una forma distinta.

Escuchar la hora que era le hizo recordar que había un momento especial en aquel bosque que se producía más o menos en aquella franja horaria, y que podría ser perfecto para Rachel y su terror por los insectos.

—He olvidado algo en el lago, dile a Miller que ahora vamos —le respondió a Dave, que, sin más, siguió alejándose de las dos.

—¿Has estado en el lago? —preguntó Rachel confusa.

—No…Sólo es una excusa. Quiero enseñarte algo.

—¿A mí? —preguntó ilusionada —¿El qué? ¿Tu rincón mágico?

—No. Eso aún no —le sonrió—. Vamos, quítate la cinta del pelo y tapate los ojos.

—¿Qué? ¿para qué?

—Vamos, es una sorpresa. Confía en mí.

—Pero…

—Rachel, vamos, no tenemos tiempo que perder. Tápate los ojos y confía en mí, igual que yo confié en ti.

—¿Seguro? ¿Puedo confiar en ti?

—Por favor. Quiero mostrarte algo. Hazlo, te prometo que te va a encantar.

Dudó, pero lo hizo.

Rachel se deshizo del nudo de la cinta que sujetaba su cabello mojado, y lo ató alrededor de sus ojos, aceptando la propuesta de Quinn de no saber a dónde se dirigían.

La rubia no dudó en volver a tomar su mano y comenzó una breve caminata entre los árboles.

Rachel podía intuir que caminaban cerca del lago, porque escuchaba las voces de la gente que, en ese instante, paseaban en kayak por él. Al igual que escuchaba el canto de los pájaros, y el sonido de otros animales de los que ni siquiera tenía constancia.

—Quinn, si pretendes lanzarme al lago, te pido que me avises con tiempo. Quisiera salvar algunas pertenencias, como mis galletas de 4 dólares —le dijo con un dramatismo enfundado que provocó varias carcajadas en la rubia.

—¿Cómo te voy a lanzar al lago? ¿Tan mala me crees?

—No, pero puede que quieras vengarte por obligarte a subir al mirador del pánico.

—No me quiero vengar, Berry. En realidad, quiero pedirte perdón por haberte colocado el saltamontes en el hombro. Estuvo mal y jamás pensé que pudiera afectarte así.

—Oh…no, no importa. Soy consciente de que también me excedí demasiado con mi reacción. Últimamente no sé qué me pasa, pero no puedo controlar mis impulsos.

—Bueno, pues ahora voy a compensarte por ese mal rato, y también a darte las gracias, de nuevo, por hacerme subir al mirador.

—Ya te dije que no tenías que darme las gracias. Ha sido perfecto estar ahí arriba contigo.

Quinn no pudo evitar sentirse abrumada por aquella confesión. Porque para ella también había sido perfecto, gracias a que ella estuvo allí, a su lado. Por eso quería agradecérselo. Por eso quería mostrarle uno de los regalos más hermosos que había descubierto en aquel lugar, y que esperaba pudieran contemplarlo en aquel instante. Apenas cinco minutos después de emprender la caminata, Quinn se detuvo, y la obligó a detenerse también tras ella. Y fue en ese instante, tras lanzar una mirada a su alrededor, y regresar a ella, cuando supo que iba a acertar de pleno. Rachel permanecía completamente vulnerable frente a ella, abrazada a su caja de galletas y con una expresión de incertidumbre, que no hizo más que provocar un alud de dulzura en la rubia.

Se cercioró de que el lugar era el indicado antes de dar el paso. Un pequeño repaso a las ramas de los árboles fue suficiente para convencerse de que estaba en el sitio perfecto.

—Bien, allá vamos —susurró apartando la cinta de los ojos de Rachel, que en ese instante abría los ojos como platos, con una mueca de ilusión que poco a poco fue desvaneciéndose al descubrir dónde estaban.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó tras observar que seguían en mitad del bosque, en un pequeño claro entre los enormes árboles.

—Ven, siéntate aquí conmigo —le dijo dejándose caer sobre la hierba, e invitándola a que siguiese sus pasos. Pero Rachel se mostró reticente—. Vamos…Ven.

—Es que la hierba está muy alta ahí, y puede que haya animales, insectos... Ya, ya sabes.

—Aquí no hay nada de lo que temer. Confía en mí, Rachel, y siéntate aquí, conmigo. Recuerda lo que me dijiste, hoy por ti, mañana por mi —insistió, y la morena terminó accediendo, no sin antes dejar escapar algún que otro bufido.

—¿Y qué se supone que hacemos aquí? —preguntó extrañada al tiempo que se aseguraba de no tener nada a su alrededor que pudiese perjudicarle.

—Mira los árboles. ¿No te parecen distintos?

Rachel alzó la vista y contempló los árboles que rodeaban aquel imaginario circulo que formaba el claro dónde estaban sentadas.

—Eh, sí, son distintos.

—Se llaman Oyamel.

—Ah… ¿Y hemos venido a mirar estos árboles?

—No, hemos venido porque vas a ser testigo de la magia de la naturaleza, y estos árboles tienen mucho que ver.

—¿A sí? ¿Por qué?

—Ya lo verás. No creo que tarde en suceder.

—¿Y qué tengo que mirar exactamente?

—Mientras puedes mirarme a mí —sonreía divertida—. Cuando vaya a suceder te aviso.

—Está bien… ¿Quieres una galleta?

—No gracias.

Rachel hizo exactamente lo que Quinn dijo, y tras tomar varias galletas, permaneció en silencio, observando a la rubia mientras ésta lanzaba miradas hacia las copas de aquellos extraños árboles.

—Tenemos que pensar algo para que Mel siga creyendo que Dave es gay.

—Ajam…—respondió Quinn sin mirarla—. Luego en la cena inventamos algo.

—Perfecto —susurró Rachel, que seguía observándola— Oye… ¿Eres consciente de que el grupo entero nos observaba en el mirador?

—Supongo…

—Supones no, te aseguro que nos miraban, y que sus gestos eran bastantes delatadores.

—¿A qué te refieres?

—Quinn, estábamos casi abrazadas mirando el horizonte. Creo que no hay escena más romántica que esa —le dijo, y Quinn regresó la mirada hacia ella.

—Me da igual lo que piensen. ¿A ti te molesta? —le preguntó intuyendo hacia donde pretendía dirigir aquella conversación.

—En absoluto —respondió con rotundidad—. De hecho, me sentía privilegiada.

—¿Privilegiada? ¿Por qué?

—No todo el mundo tiene la suerte, al menos ficticia, de presumir con una chica como tú.

—¿Presumir? —preguntó con apenas un hilo de voz.

Rachel lo volvía a hacer. Minutos antes se había visto envuelta en un duelo de miradas con la chica, pero no ocurrió nada excepto aquella extraña hipnosis entre ambas. Pero en ese instante, al igual que lo que le sucedió la noche anterior, cuando ambas cantaron alrededor de la fogata, volvía a quedarse sin voz. Volvía a perder el hilo de la conversación, solo porque todos sus sentidos quedaban completamente obnubilados por su mirada.

—Guapa, popular, inteligente…Divertida —susurró Rachel sin dejar de mirarla—. Si alguna vez me enamorase de una chica, sería cómo tú.

—¿Cómo yo?

—Sí, como tú.

Volvía el silencio entre ambas, pero Quinn iba a romperlo al ser consciente de que se acercaba el momento que había estado esperando casi diez minutos.

Pudo sentirlo, pudo escuchar el breve murmullo de las alas y pronto vio como las primeras aparecían entre las ramas.

—Rachel, mira hacia los árboles. Ha llegado el momento.

Lo hizo sin perder tiempo, pero con pausa.

Rachel alzó la vista y comenzó a descubrir como varias enormes y coloridas mariposas revoloteaban entre las ramas, terminando por posarse sobre ellas.

—¿Mariposas? —susurró segundos antes de observar como un nuevo grupo de aquellos insectos volvían a aparecer.

Y luego otro, y varias más, hasta que, sin darse cuenta, aparecieron miles y miles de ellas, revoloteando sobre sus cabezas. Sin llegar siquiera a acercarse a ambas, y perdiéndose entre los árboles.

Rachel se quedaba completamente boquiabierta al contemplar el espectáculo.

Miles de alas, todas repletas de colores espectaculares, se movían sin cesar, provocando una sensación que difícilmente podía describir. Tanto que se dejó caer sobre la hierba, olvidándose de donde estaba, y recostándose sobre el suelo para contemplar con mejor visión lo que estaba sucediendo sobre su cabeza.

Quinn sonreía. Observaba las mariposas y a su vez la buscaba a ella para contemplar como mantenía una enorme sonrisa, mientras seguía sin pestañear el vuelo de los insectos. Olvidándose incluso de su terror hacia aquellas más de cuatro patas que tenían las mariposas.

Ni siquiera lo pensó. Quinn sacó su teléfono del pequeño bolso, y no dudó un segundo en inmortalizar el gesto de la morena, aun sabiendo que el verdadero espectáculo estaba sobre sus cabezas.

Apenas duró cinco minutos, pero fueron los cinco minutos más especiales que había vivido en su vida. Las mariposas fueron ocupando las copas de los árboles, dispuestas a pasar la noche en ellos.

Rachel se levantó cuando apenas una decena de ellas seguía revoloteando por las copas más altas, y Quinn la siguió.

—¿Se quedan ahí? —preguntó sin bajar la mirada.

—Son mariposas monarcas. Están en pleno traslado.

—¿Traslado? ¿De dónde vienen?

—De México. Y se dirigen hacia Canadá. Es todo un espectáculo. Y adoran estos árboles. Son sus favoritos para descansar durante el largo trayecto.

—Impresionante, Quinn. Dios, mira ese tronco. Está repleto de ellas, parece que está pintado de color naranja —balbuceó completamente sorprendida.

—Veo que te ha gustado…

—Me ha encantado —respondió bajando la mirada por primera vez para cruzarse con la rubia—. Ha sido increíble, Quinn.

—Me alegro. Por un momento pensé que ibas a salir huyendo al ver tantas patitas —susurró divertida, evitando que su voz pudiese alterar el estado de las mariposas.

—Habría salido corriendo si hubiera podido moverme. Pero estaba totalmente petrificada mirandolas. Tú lo has dicho, es magia —Una sonrisa. Fue lo único que Quinn pudo hacer para responder a aquella afirmación que Rachel le había entregado—Definitivamente, no creo que me enamore de una chica como tú —añadió provocando la confusión en Quinn, que no entendía por qué había cambiado de opinión. Rachel no dudó en saciar su curiosidad—. Definitivamente, si algún día me enamoro de una chica, no puede ser otra que no seas tú —sentenció. Y lo hizo con tanta rotundidad, que Quinn sintió como algo le golpeaba directamente en el pecho. Como un temblor, una descarga eléctrica, la hizo enmudecer por completo y desear gritar al mismo tiempo—. Gracias, Quinn —volvía a hablar—. Gracias por todo esto. Apenas llevamos dos días y ya ha merecido la pena.

La rubia no supo responder, y se limitó a bajar la cabeza. No por no querer hablar sino porque aún seguía sintiendo aquellas palabras en su interior.

"Si algún día me enamoro de una chica, no puede ser otra que no seas tú".

Retumbaba en su mente casi como el eco que podía escuchar proveniente del lago, o el murmullo de aquellas miles de mariposas que ya descansaban sobre los árboles.

Aquella frase había descubierto algo nuevo, y no tenía ni idea de lo que era. Pero sentía que todo empezaba de nuevo. Que algo estaba por suceder en su interior, y no tardaría en descubrirlo.

—¿Puedo…? —Rachel ni siquiera terminó la frase, ni dejó que Quinn respondiera. Dio un paso al frente, y se abalanzó sobre ella buscando ese abrazo que siempre esperaba, con una intensidad, con una necesidad que había surgido en ella para tratar de agradecerle aquel detalle.

Gesto que Quinn aceptó de buena manera, permitiendo que el abrazo entre ambas fuese más allá. Que fuese el principio de esa verdadera amistad que Rachel siempre había deseado entre ambas. El principio de romper con sus temores a estar cerca de la chica que más daño le había provocado en el instituto. El principio de aquello que parecía marcar una emocionante y extraordinaria sensación que se apoderaba de su interior.

—Gracias, Quinn —susurró.

—Es magia —reaccionó la rubia al fin sin destruir el abrazo.

—Tú lo has dicho… Magia.