Capitulo 22 Chip.
—No te acerques tanto, Chip.
—¿Qué estás haciendo? Naruto rechinó los dientes.
—Estoy quitando la barandilla de esta parte del porche para poder construir aquí una terraza.
Era la tarde del sábado, y Naruto —se suponía— vigilaba a Chip. Era la primera vez que Hinata lo había dejado solo con el niño, pero sabía que no lo hubiera hecho si no hubiera necesitado hacer un recado misterioso en el pueblo. Naruto sospechaba que le había gustado encontrar una excusa para alejarse de él. Desde que le había comunicado que se iba, había hecho todo lo posible por no estar cerca de él.
Hizo palanca debajo de una de las viejas juntas podridas y la arrancó de un tirón. Estaba furioso con ella. Sólo porque no podía tenerlo todo de la manera que ella quería, renunciaba. ¡Renunciaba a ellos! Había pensado que era fuerte, pero parecía que no era lo suficiente para luchar. En vez de quedarse hasta el final y tratar de resolver sus problemas, huía.
—¿Cómo será la terraza?
Miró al niño con impaciencia. Había comenzado a despedazar el porche posterior como una tarea físicamente satisfactoria, pero Chip había abandonado el hueco que cavaba en el huerto y se había acercado a molestarlo.
—Será como el lugar donde comimos cuando fuimos a casa de Miroku el sábado pasado. Ahora échate para atrás, así no te lastimarás.
—¿Por qué lo haces?
—Porque quiero. —No le iba a decir al niño que había comenzado eso porque no había nada que hacer en el autocine esos días y tenía que hacer algo para no volverse loco.
Simplemente estar en la taquilla la noche anterior había estado a punto de destrozarlo. Era sólo el segundo fin de semana que lo tenía abierto, y ya odiaba cada minuto. Podía haber matado el tiempo con Deidara si su hermano no se hubiera ido el día anterior a un congreso en Knoxville, y Menma estaba ocupado con su familia, así que Naruto intentaba entretenerse a sí mismo construyendo la terraza.
Se dijo a sí mismo que sería un bonito lugar para que sus padres y sus hermanos comieran al aire libre en verano. Legalmente, la casa era de su madre, pero como sus padres estaban todavía en Sudamérica, no podía hablar con ella sobre su plan.
Daba lo mismo, sabía que no le importaría. A nadie le importaba lo que hiciera, con excepción de Hinata. Era la única que lo criticaba.
Se iba al acabar el fin de semana. No sabía exactamente cuándo. Ni siquiera le había preguntado.
¿Qué diablos quería de él? Había hecho todo lo que podía para ayudarla.
¡Incluso le había ofrecido casarse con ella! ¿No entendía lo difícil que había sido eso para él?
—¿Puedo ayudarte?
El niño todavía parecía pensar que si se comportaba como si fuera el mejor amigo de Naruto, su madre cambiaría de idea, pero nada conseguiría eso. Era demasiada terca y jodidamente testaruda, y veía todo demasiado fácil, creía que él podía volver a ejercer de veterinario porque ella quería. Pero no funcionaba de esa manera. Eso era el pasado, y no podía volver atrás.
—Después quizá puedas ayudarme. —Hizo palanca. La vieja madera cedió y los trozos de madera volaron. Chip saltó hacia atrás, pero no tan rápido como para que casi lo alcanzara un trozo.
Naruto arrojó al suelo la palanca.
—¡Te dije que no te acercaras tanto!
El niño hizo el inútil gesto de buscar a su conejo.
—Estás asustando a Piolín.
No era Piolín el que se asustaba y los dos lo sabían. Naruto se sintió enfermo. Se obligó a hablar serenamente.
—Hay un par de trozos de madera por aquí. ¿Por qué no intentas construir algo con ellos?
—No tengo martillo.
—Finge que lo tienes
—Tú tienes un martillo de verdad. No finges.
—Eso es porque… Mira en la caja de herramientas. Hay otro martillo allí. —Se puso a trabajar de nuevo.
—No tengo clavos.
Naruto dio otro empujón a la palanca. La madera crujió cuando sacó otra tabla del entarimado.
—No puedes usar clavos. Finge que los tienes.
—Tú no finges.
Naruto luchó por controlar su temperamento.
—Yo soy mayor.
—Tú no finges como yo. —El niño golpeó el martillo contra un pedazo pequeño de madera que Naruto había arrancado antes—. Mamá aún dice que nos vamos a Florida.
—No puedo hacer nada sobre eso —espetó Naruto, ignorando la primera parte del comentario del niño.
Chip comenzó a golpear ruidosamente la madera con el martillo, una y otra vez, sin finalidad alguna, sólo por hacer ruido.
—Tienes que poder hacer algo. Eres mayor.
—Bueno, pues mira, que sea mayor no significa que las cosas pasen como quiero. —El golpeteo le estaba poniendo los nervios de punta—. Coge la madera y hazlo en el huerto.
—Quiero quedarme aquí.
—Estás demasiado cerca. Es peligroso.
—No, no lo es.
—Ya me has oído. —Estaba enfadado. Enfadado por todo lo que no podía controlar. La muerte de su familia. La huída de Hinata. El odio que le tenía al autocine. Y ese niño. Ese niño tranquilo que era el obstáculo a la única paz que Naruto había encontrado desde que había perdido a su mujer y su hijo—. ¡Deja de hacer ese puto ruido!
—¡Has dicho puto! —El niño volvió a golpear con el martillo. Pero dio en el borde de la madera que salió volando.
Naruto lo vio venir, pero no pudo moverse lo suficiente rápido y le golpeó en la rodilla.
—¡Por el amor de Dios! —Abalanzándose, cogió a Chip por el brazo y lo puso de pie—. ¡Te he dicho que pares de hacer eso!
En lugar de acobardarse, el niño lo desafió.
—¡Quieres que nos vayamos a Florida! ¡Por eso no fingiste! ¡Dijiste que lo harías, pero no lo hiciste! ¡Eres un maldito estúpido!
Naruto echó el brazo hacia atrás y golpeó con su mano el trasero del niño. Por unos breves segundos los dos se quedaron sorprendidos.
Gradualmente, Naruto se dio cuenta de lo que había hecho. Miró hacia abajo, a su mano como si ya no le perteneciera.
—Jesús. —Y soltó el brazo del niño. Sintió una presión en el pecho.
Amo tu gentileza, Naruto. Eres el hombre más bueno del mundo.
Chip arrugó la cara. Le tembló el labio inferior y se apartó como si fuera a volver a pegarle.
Naruto se apoyó en una rodilla.
—Oh, Dios Chip … lo siento. Lo siento mucho.
El niño se frotó el codo, si bien no le había dado en el codo. Inclinó la cabeza a un lado y se mordió el labio inferior. Le temblaba. No miró a Naruto. No miró nada. Sólo estaba intentaba no llorar.
Y en ese momento Naruto, finalmente, vio al niño como era, en vez de un reflejo de Kiyoshi. Vio un niñito valiente con codos nudosos y cabello oscuro y una boquita temblorosa. Un niñito dócil y reservado al que gustaba construir cosas.
Un niño que no encontraba satisfacción en juguetes caros o en los últimos vídeos juegos, sino en observar hacerse fuerte a un gorrión recién nacido, en coleccionar piñas de ciprés, vivir con su madre en Heartache Mountain y montarse a hombros de un hombre y fingir, sólo por un momento, que tenía padre.
¿Cómo podía haber mezclado en su mente a Chip y a Kiyoshi, aunque sólo fuera un momento? Kiyoshi había sido Kiyoshi, una personilla única. Y Chip era este niñito vulnerable que él había golpeado.
—Chip.
El niño se echó hacia atrás.
—Perdí los nervios. Estaba disgustado conmigo mismo y la tomé contigo.
Estuvo mal y me gustaría que me perdonaras.
—De acuerdo —masculló Chip, sin perdonarle en absoluto, queriendo sólo salir del paso.
Naruto dejó caer la cabeza y clavó los ojos en la tierra, pero veía borroso.
—No he golpeado a nadie desde que era niño.
Menma y él solían meterse con Deidara. No porque Deidara hubiera hecho nada, sino porque creían que no era tan resistente como ellos y habían temido por él. Ninguno de ellos había pensado que el débil habría resultado ser Naruto.
—Te prometo… —forzó las palabras a salir de su garganta— que nunca te pegaré otra vez.
Chip dio otro paso atrás.
—Mi mamá y yo nos vamos a Florida. Ya no tienes que fingir más. —Con un hipido entrecortado, corrió hacia la casa, dejando a Naruto más solo de lo que había estado nunca.
Hinata cerró la puerta del apartamento de Shiho y metió las llaves de repuesto en su bolso, junto con los billetes de autobús que Shiho había dejado para ella sobre la mesa de la cocina el día anterior antes de salir con Deidara para un congreso.
Al regresar en el coche a Heartache Mountain, se encontró memorizando cada curva del camino, cada grupo de árboles y campo de flores silvestres. Ya era sábado, y tenía intención de dejar Salvation el lunes. Quedarse más era simplemente demasiado doloroso.
Si tenía que seguir adelante con su vida, sabía que tenía que esforzarse en ser positiva. Después de todo, no dejaba Salvation con las manos vacías. Shisui estaba sano otra vez. Era amiga de Shiho. Y durante el resto de su vida recordaría a un hombre que había sido casi maravilloso.
Naruto la estaba esperando en el porche delantero. Aparcó el Escort en el garaje, y mientras caminaba hacia él, le pesaba cada miembro de su cuerpo. Si únicamente hubiera podido ser todo diferente.
Él estaba sentado en el escalón superior, con los codos apoyados en las rodillas abiertas y las manos colgando entre ellas. Parecía tan triste como se sentía ella.
—Tengo que hablar contigo —dijo él.
—¿De qué?
—De Chip. —Levantó la vista—. Le pegué.
Se le subió el corazón a la garganta. Subió rápidamente las escaleras, pero la cogió antes de que llegase a la puerta de tela metálica.
—Él está bien. Yo… le di un cachete en el trasero. No fue un golpe fuerte.
—¿Y crees que eso lo justifica?
—Claro que no. Lo que hizo no justifica que le pegase. Yo nunca… nunca había golpeado a un niño. Eso… —se separó de ella y pasó la mano por el pelo—. Dios, Hinata, perdí los nervios y ocurrió. Le dije que lo sentía, que él no había hecho nada malo. Pero no lo entiende. ¿Cómo podría entender algo así?
Clavó los ojos en él. Se había equivocado tanto. A pesar de todas las señales, de alguna manera se había convencido a sí misma de que Naruto no lastimaría a Shisui. Pero lo había hecho, y significaba que ella, al haberlos dejado juntos era la peor madre del mundo.
Se dio la vuelta y entró en la casa.
—¡Shisui!
Él salió del vestíbulo de atrás, parecía pequeño y ansioso. Se obligó a sí misma a sonreírle.
—Coge todas tus cosas, colega. Vamos a pasar las próximas noches en casa de Shiho. Incluso voy a buscarte una canguro para que no tengas que ir al autocine esta noche.
Oyó la puerta de tela metálica cerrarse tras ella y supo por la expresión cautelosa de los ojos de Shisui que Naruto había entrado.
—¿Nos vamos ahora a Florida? —preguntó Shisui.
—Pronto. Pero no hoy.
Naruto comenzó a hablar.
—Le dije a tu madre lo que sucedió, Chip. Está bastante disgustada conmigo.
¿Por qué simplemente no podía irse? ¿No entendía que no había nada que pudiera decir que mejorara las cosas? Le tembló la mano cuando tocó la mejilla de Shisui.
—Nadie tiene derecho a golpearte.
—Tu mamá tiene razón. Shisui la miró.
—Naruto se enfadó porque estaba haciendo mucho ruido con el martillo, y no paraba. Luego lo llamé con esa palabra —Shisui bajó la voz hasta que fue un susurro—: estúpido.
En otras circunstancias, habría sido gracioso, pero no ahora.
—Naruto no debería haberte golpeado, si bien lo que dijiste está mal y necesitas disculparte.
Shisui se deslizó más cerca con valentía y le echó a Naruto una mirada resentida.
—Lamento haberte llamado estúpido.
Naruto se agachó y lo miró con una franqueza con la que nunca lo había mirado.
Ahora que era demasiado tarde, finalmente lo podía mirar a los ojos.
—Te perdono, Chip. Sólo espero que tú me puedas perdonar a mi algún día.
—Te dije que ya lo he hecho.
—Lo sé. Pero no era de verdad y no te culpo.
Shisui miró a su madre.
—Si fuera de verdad, ¿aún tendríamos que ir a Florida?
—Sí —dijo con voz ahogada—. Sí. Todavía nos tendríamos que ir. Ahora vete a tu habitación y recoge tus cosas.
Él ya no discutió más y ella supo que estaba ansioso por escaparse de ambos. En cuanto él desapareció, Naruto se volvió hacia ella.
—Hina, hoy ocurrió algo. Cuando yo…, Chip no lloró, pero fue como si se desmoronase emocionalmente ante mis ojos. No físicamente, sino mentalmente.
—Si estás tratando de mejorar las cosas, que sepas que no lo estás logrando.— No quería ni mirarlo, así que se giró y se dirigió hacia la cocina, pero la siguió.
—Sólo quiero que me escuches. No sé si fue la conmoción por lo que había hecho, o qué… pero por primera vez, sentí como si realmente sólo lo viera a él. Sólo a él. No a Kiyoshi.
—Naruto, si te pido que me dejes sola, ¿lo harás?
—Hina…
—Por favor. Te veré en el autocine a las seis.
Él no dijo nada, y, finalmente, lo oyó marcharse.
Recogió todo lo que Shisui y ella poseían y lo cargó en el Escort. Cuando se alejó de la casa de Mito, se tragó las lágrimas. Esa pequeña casa de campo había sido un símbolo de todo lo que había soñado, y ahora la dejaba atrás.
A su lado, Shisui buscó a tientas a Horse, y cuando no encontró a su viejo compañero, se mordisqueó el pulgar.
Hinata llamó a Mebuki desde el apartamento de Shiho que le dio el nombre de una chica de confianza para que se quedara con Shisui. Luego hizo una cena temprana con las sobras que había llevado.
Estaba demasiado alterada para comer. Cuando terminó de ponerse un vestido limpio, la canguro había llegado y al salir, los dos estaban delante de la televisión de Shiho.
Hinata habría dado cualquier cosa por no tener que trabajar esa noche. No quería ver a Naruto, no quería pensar en cómo había depositado en él su confianza, pero lo vio en cuanto entró en el autocine. Estaba de pie en el medio del recinto con los puños cerrados con fuerza a sus costados. Había algo poco natural en su postura que la alarmó. Siguió la dirección de su mirada y se quedó sin respiración.
El centro de la pantalla había sido manchado con rayas de pintura negra como si fuera un mural gigante. Saltó del coche.
—¿Que sucedió?
La respuesta de Naruto fue baja e inexpresiva.
—Alguien entró después de que cerrásemos ayer por la noche y saboteó el lugar. La cafetería, los servicios… —cuando finalmente la miró, sus ojos parecieron vacíos—. Tengo que salir de aquí. Llamé a Akimichi y está de camino. Sólo quiero que le digas cómo encontré esto.
—Pero…
La ignoró y se dirigió hacia su camioneta. Momentos más tarde, salió disparado de allí dejando tras él una estela polvorienta.
Ella se acercó corriendo a la cafetería. Habían destrozado el cerrojo y la puesta estaba parcialmente abierta. Miró dentro y vio los electrodomésticos rotos y el suelo lleno de basura, los refrescos derramados, el helado derretido y el aceite de la cocina. Corrió a los servicios y se encontró un lavabo parcialmente caído, los rollos de toallas taponando los inodoros y las tejas del techo rotas desparramadas sobre el suelo.
Antes de que pudiera registrar la sala de proyección, llegó Chōza Akimichi. Salió del coche patrulla acompañado de otro hombre que reconoció como Ebisu, el oficial que había tratado de encerrarla por vagancia.
—¿Dónde está Naruto? —preguntó Chōza.
—Estaba enfadado y se fue. Estoy segura que regresará en breve. —No estaba segura de nada—. Me dijo que les mostrara todo lo que se encontró.
Chōza frunció el ceño.
—Debería haber esperado aquí. No te vayas hasta que te lo diga, ¿oíste?
—No pensaba. Pero tengo que llamar a Karin para decirle que no venga.
—Gaara vivía más lejos y ya habría salido a esas alturas, así que ya no daba tiempo a avisarle.
Chōza la dejó ir a llamar, luego la hizo acompañarlo para inspeccionar los daños y ver si faltaba algo.
Faltaban los cien dólares para el cambio de Naruto, y la radio que oía cuando trabajaba, pero no pudo decir si faltaba nada más. Mientras miraba la profanación, recordó la horrible quietud de Naruto. ¿Haría esto que volviera a ese lugar vacío donde estaba antes de que ella hubiera llegado a Salvation?
Llegó Gaara y, después de que lo pusieran al corriente de lo sucedido, los acompañó a la sala de proyección. El receptor que controlaba el equipo de sonido había sido arrojado al suelo, pero el proyector era demasiado grande para eso, así que el atacante lo había golpeado con algo pesado, probablemente la silla plegable de metal que estaba caída sobre el suelo.
La destrucción era tan completa que a Hinata le produjo escalofríos. Se volvió hacia Chōza.
—Tengo que cerrar la entrada antes de que lleguen los clientes. Gaara sabe mejor que yo si falta algo aquí.
Para su alivio, no protestó y ella se escapó. Pero justo cuando había llegado al final de las escaleras exteriores un Range Rover blanco atravesó la entrada. Se le cayó el alma a los pies. De toda la gente que no quería ver en ese momento, el hermano mayor de Naruto encabezaba la lista.
Menma salió de un salto y la miró.
—¿Qué pasa? ¿Y dónde está Naruto? Tim Mercer oyó en la radio de la policía que había problemas aquí.
—Naruto no está aquí. No sé a dónde fue. Menma divisó la pantalla.
—¿Qué diablos ha ocurrido?
—Alguien saboteó el lugar anoche después de que cerrásemos. Él maldijo por lo bajo.
—¿Alguna idea de quién lo hizo?
Ella negó con la cabeza.
Menma divisó a Chōza y se acercó. Ella escapó a la taquilla.
Tan pronto como llegó, colocó la cadena de la entrada y luego arrastró el caballete con el letrero de Cerrado a su lugar. Había rotulado ese letrero ella misma. Púrpura como la taquilla.
Cuando lo hizo, entró en la taquilla y miró fijamente la carretera. ¿Sólo habían pasado seis semanas desde que llegó a Salvation? Las imágenes de lo pasado ese tiempo comenzaron a desfilar por su mente como si fueran un video.
Una sombra cayó desde la puerta.
— Chōza quiere hablar contigo.
Ella salió rápidamente y vio a Ebisu allí, pareciendo todavía más insolente que el día que había tratado de arrestarla. Tuvo un presentimiento, luego lo descartó.
—De acuerdo.
Ebisu estaba cerca de la puerta, obligándola a girarse ligeramente para pasar por su lado sin tocarle. Apenas había dado tres pasos cuando se percató que el jefe de policía, Menma, y Gaara rodeaban su Escort, y las cinco puertas del coche estaban abiertas.
Su primer pensamiento fue que no tenían derecho de hurgar dentro de su coche, pero entonces recordó que el coche pertenecía a la esposa de Menma. Daba igual, seguía sin gustarle. Su desasosiego aumentó, y apuró el paso.
—¿Hay algún problema?
Menma se volvió hacia ella, su expresión era cruel.
—Hay un gran problema, señora. Supongo que querías vengarte antes de dejar el pueblo.
—¿Vengarme? ¿De qué hablas?
Chōza rodeó el capó del coche. En su mano, sostenía una bolsa arrugada de papel blanco, de las que usaban en la cafetería. Parecía manchada de helado derretido.
—Encontramos los cien dólares del cambio. Estaban en esta bolsa bajo el asiento de tu coche. —Señaló con la cabeza las cajas del asiento trasero donde estaban sus magras pertenencias—. El pequeño televisor de Gaara estaba ahí debajo y también la radio que nos dijiste que faltaba.
Su corazón golpeó contra sus costillas.
—Pero… no lo entiendo.
Gaara parecía herido y confundido.
—Era la tele que mi esposa me regaló en mi cumpleaños. ¿Recuerdas que te lo dije? Para poder seguir el béisbol mientras trabajaba.
Su reacción la hirió. Pensaban que era la responsable. El pánico erizó su piel.
—Esperad un minuto. ¡Yo no hice esto! Cómo podría si ni siquiera…
—Resérvatelo para el juez —espetó Menma. Miró a Chōza —. Ya que Naruto no está aquí. Yo formularé los cargos.
Ella se tambaleó hacia delante y agarró su brazo.
—Menma, no puedes hacer esto. No robé estas cosas.
—¿Y por qué están en el Escort?
—No lo sé. Pero amo este lugar. Nunca podría destruirlo.
Debería haberse ahorrado las palabras. Con un sentido de irrealidad, escuchó como Chōza le leía sus derechos. Cuando terminó, Menma seguía mirándola fijamente, su mirada era dura y condenatoria.
—A Shion le gustaste desde el principio —dijo amargamente—. Y habrías terminado por conquistar a Deidara. Él comenzaba a creer que realmente te preocupabas por Naruto. Pero todo lo que te preocupaba era su cuenta corriente.
Su temperamento se encendió.
—¡Podría disponer de su dinero si lo quisiera, idiota! Me pidió que me casara con él.
—Mentirosa. —Desgranó las palabras con los dientes cerrados—. Es por eso que lo hiciste. El matrimonio es lo que tenías en la mente desde el principio. Sabías lo vulnerable que era ahora, y tú…
—¡Él no es tan vulnerable como piensas! —gritó—. Maldito seas, Menma Namikaze, eres…
Dio una boqueada de dolor cuando Ebisu le agarró los brazos y se los retorció a la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, la había esposado, como si fuera una criminal peligrosa.
Menma frunció el ceño. Por un momento pensó que iba a decir algo, pero entonces Chōza le palmeó la espalda.
—Me descubro ante ti, Menma. No se me habría ocurrido mirar en su coche. Estaba a punto de llorar. Se tragó las lágrimas y miró a Menma.
—Nunca te perdonaré esto.
Por primera vez él pareció indeciso, luego endureció su expresión.
—Tienes lo que te mereces. Intenté facilitártelo con ese cheque, pero fuiste demasiado avariciosa. Anularé el cheque el lunes por la mañana.
Ebisu puso la mano encima de su cabeza y la empujó al asiento trasero del coche patrulla con más fuerza de la necesaria. Al tener las muñecas atadas sus movimientos eran más torpes y tropezó.
—Con cuidado. —Menma la cogió antes de que se cayera y se dirigió con ella al asiento trasero.
Ella se retorció para evitar su contacto.
—¡No necesito tu ayuda! La ignoró y miró a Ebisu.
—Ten cuidado con ella. Quiero que la encierres, pero no que la tratéis mal o la dejéis caer, ¿entendido?
—No la perderé de vista—dijo Chōza. Menma se movió.
¡Shisui! ¿Qué ocurriría con él? Shiho no estaba y la canguro no tenía más que dieciséis años.
—¡Menma! —Otra vez ella tenía que tragarse el orgullo por su hijo. Tomó aire temblorosamente y trató de hablar serenamente—. Shisui está en el apartamento de Shiho. Está con una canguro, pero es demasiada joven para cuidarlo toda la noche y Shiho no está. —Algo cedió en su interior y las lágrimas desbordaron sus ojos—. Por favor… estará muy asustado.
La miró durante un largo momento y luego inclinó bruscamente la cabeza.
—Shion y yo nos ocuparemos de él.
Ebisu cerró de golpe la puerta y se sentó en el asiento delantero al lado de Chōza. Cuando el coche patrulla se puso en marcha, ella intentó asimilar que iba camino de la cárcel.
