Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
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Hinata notó que empezaba a palpitarle el corazón de angustia al ver la enorme multitud que se agolpaba a la puerta de la mansión de los Yamanaka. Carruajes meticulosamente adornados, lacayos vestidos de gala y decenas de invitados se apiñaban en la escalera de entrada y en la calle.
La residencia de los Yamanaka era por lo menos tan grande como la de Naruto, si no más, y de todas las ventanas emanaba una luz intensa. Naruto ayudó a Hinata a apearse del coche, luego le ofreció su brazo, le cogió la mano y, sonriéndole para tranquilizarla, la condujo hacia la puerta principal. Ella avanzó agarrotada, perfectamente consciente de que varias personas se volvían y exclamaban al verlos. Los abanicos se alzaban y abrían, las cabezas de las mujeres se juntaban, y los ojos la escudriñaban por encima de los abanicos abiertos. También Naruto se dio cuenta y le llevó una mano protectora a la cintura. Cuando ella lo miró, él le guiñó un ojo y esbozó una sonrisa; todo aquello le parecía divertidísimo.
—¡Es Uzumaki!
Hinata oyó el susurro histérico, luego vio cómo se volvían más cabezas hacia ellos y se abrían de repente más abanicos.
—Cielo santo —murmuró ella.
—¡Qué cotillas!, ¿verdad? Me recuerdan a las gallinas apiñadas en torno a su comida —le susurró él al oído.
Hinata sonrió y el murmullo de voces pareció aumentar. Naruto se abrió paso entre la multitud, saludando con la cabeza a los conocidos, sin soltarla, con la mano anclada a su cintura, un inmenso consuelo para Hinata. Una vez dentro, le dio el abrigo y el sombrero al criado, luego ayudó a su esposa a quitarse la capa. Cuando su vestido quedó al descubierto, ella oyó una exclamación contenida a su espalda.
—¡Naruto! —Le tiró nerviosa de la manga. —¿Voy bien abrochada?
Naruto le repasó la espalda con la mano, muy despacio hasta llegar a la parte baja, donde la posó.
—Vas perfectamente abrochada, cielo. Sólo admiran tu vestido.
—O su comida —murmuró ella.
Riendo, Naruto la condujo entre la muchedumbre hasta lo alto de la escalera, donde los Yamanaka recibían a sus invitados.
Hinata olvidó momentáneamente su angustia cuando llegaron al descansillo donde se encontraban sus anfitriones. La casa era espléndida; de las molduras de las paredes colgaban enormes candelabros de cristal con velas que iluminaban todo el salón. Las paredes estaban forradas de papel de seda, salvo una, recubierta de arriba abajo de espejos, gracias a los cuales la estancia parecía aún más grande de lo que era. Cubrían el suelo gruesas alfombras, pero la pista de baile era de baldosas de mármol. A sus pies, por el interior del salón, desfilaban mujeres vestidas de colores pastel muy luminosos y hombres ataviados de elegante negro. En un extremo de la estancia había una pequeña orquesta sobre una plataforma que se alzaba por encima de los bailarines, parcialmente cubierta por una lila de plantas en macetas, la música apenas se oía con el bullicio de la multitud. En el extremo opuesto, cuatro juegos de puertas francesas conducían al balcón. Con todos los lugares en los que Hinata había estado a lo largo de su vida, jamás había visto tanta gente apiñada en el mismo sitio.
Naruto le dio un codazo y ella se dio cuenta de que le estaba hablando. En seguida centró su atención en la pareja que tenían delante. Lady Yamanaka era una mujer baja, que llevaba una enorme pluma de avestruz enterrada con una rara inclinación en su mata de pelo marrón. Su marido era justo lo contrario; alto y delgado, de ojos chispeantes verdes con el cabello rubio y una coleta, junto a ellos su hija una hermosa rubia, haciendo su presentación en sociedad, seguro que tendrá muchos pretendientes.
—Un placer —se oyó decir, luego hizo una reverencia.
—Lord Uzumaki, no me creí ni por un segundo la noticia del Times, pero, como que vivo y respiro, que, por lo visto, ¡se ha casado usted de verdad! —espetó jovial lady Yamanaka. —Bienvenida, lady Uzumaki.
—Gracias, milady —respondió ésta haciendo un gesto cortés con la cabeza.
Lord Yamanaka le cogió la mano y se la llevó a sus finos labios.—Bien hecho, Uzumaki —dijo el caballero, sonriendo a Hinata.
—Debo reconocer que estoy de acuerdo —convino Naruto.
—Es usted americana, ¿verdad? —preguntó lord Inoichi volviendo sus ojos chispeantes hacia Hinata.
—Soy inglesa, milord, pero he vivido en América recientemente.
El hombre arqueó sus finas cejas.—¿Inglesa?
—Mi esposa ha tenido la fortuna de vivir en muchos sitios distintos por todo el mundo y su acento británico ha sufrido un poco —le explicó Naruto.
—Me atrevería a decir que eso es lo único que ha sufrido. —lord Inoichi rio y lanzó a Naruto una mirada de complicidad.
Hinata se sonrojó. Naruto les dijo algo más a los Yamanaka y se la llevó hacia el mayordomo que anunciaba a los invitados. Había tres parejas delante de ellos, y Hinata tuvo la mala suerte de encontrarse en una posición desde la que veía el salón de baile mientras esperaban a que los anunciasen.
No se dio cuenta de que estaba estrujándole el brazo a Naruto y, cuando él la miró, detectó el pánico en sus ojos abiertos como platos.
—Estaba yo en un baile muy parecido a éste... —declaró Naruto impasible.
Hinata se volvió hacia él un instante, luego miró de nuevo a la multitud que tenía a sus pies.
—Los honorables condes de Wellingham —proclamó el mayordomo.
—Fue hace varios años, cuando aún se llevaban los calzones hasta la rodilla —prosiguió Naruto. —Recuerdo a un tipo particularmente corpulento que llevaba un par de calzones cortos de satén púrpura, un chaleco verde claro y una chaqueta amarilla. Parecía un loro gordo.
—El señor y la señora de William Saunders, y la señorita Lillian Saunders.
Hinata le apretó el brazo con fuerza.
—Tuvo la desgracia de pisar a una mujer en lo alto de la escalera —continuó él mientras daba un paso hacia adelante y le entregaba al mayordomo la invitación impresa. —Ella chilló y le dio un susto de muerte al pobre, y, él, al apartarse de ella sobresaltado, tropezó. —Hinata pensó que estaba loco por contarle aquella historia precisamente entonces, y lo miró ceñuda.
—¡Los honorables marqueses de Konoha!
El bullicio del salón disminuyó visiblemente y todos los ojos se volvieron hacia la escalera.
—El tipo rodó escaleras abajo como una pelota de goma y terminó hecho un ovillo de colores a los pies del príncipe regente.
Hinata no pudo evitar imaginarse aquella escena tan ridícula y soltó una carcajada. Su propia risa le sonó espantosa. A Naruto, melodiosa.
La multitud vio a una mujer hermosa riendo serena con su marido mientras ambos bajaban la escalera. Cuando llegaron abajo, el gentío pareció moverse en bloque hacia ellos, en busca de una presentación.
—Prepárate, cariño —le murmuró Naruto, e inmediatamente empezó a saludar a los rostros que revoloteaban a su alrededor.
Hinata tragó saliva. Milagrosamente, logró responder de forma conveniente a todas las personas que su esposo le presentaba. Había tantas, que las caras y los nombres pronto se convirtieron en una nebulosa indescifrable. En general, parecía que los hombres saludaban a su pecho y que las mujeres forzaban la sonrisa. Naruto la ayudó a pasar el mal trago, se mantuvo a su lado en todo momento, tranquilizándola con toques sutiles en el codo, la mano y la espalda.
Hubo un momento en que ella se volvió y le dedicó una sonrisa de agradecimiento; los ojos azules de él chispearon en respuesta.
Alguien puso una copa de champán en su mano, y ella se la bebió en seguida, le ofrecieron otra copa, y se la bebió también. El espumoso la ayudó; empezó a notar cómo se disipaba la tensión de su cuerpo. Hasta en los pies notó el cosquilleo. Cuando pasó el camarero, se sirvió otra copa, y ya llevaba la mitad cuando se percató de que Naruto la miraba inquisitivo, con la ceja arqueada. Ella sonrió con dulzura y apuró la copa.
—Con semejante corte de aduladores, cualquiera diría que estamos ante la reina de Inglaterra.
Hinata se volvió y sonrió a Itachi. —¡Menos mal que ha venido! —le susurró histérica.
—La multitud es un poco agobiante, ¿verdad? —Rio y se situó entre ella y el grupo de jóvenes debutantes visiblemente curioso.
—Un poco —suspiró ella.
—Es perfectamente comprensible. Naruto siempre ha fascinado a esta gente y ahora más que nunca. Pero no tema, he venido a salvarla —le susurró guiñándole un ojo.
Itachi miró por encima de la cabeza de Hinata a Naruto, que sostenía una aburrida conversación con la anciana vizcondesa Varbussen.
—Mi querido Uzumaki, si tú no vas a bailar con tu esposa, ¿puedo yo? —preguntó Itachi lo 0bastante alto para que varios lo oyeran.
Su amigo sonrió. —No, señor. Estoy convencido de que lady Uzumaki me ha reservado el primer baile — respondió para delicia del círculo que los rodeaba.
Naruto se despidió cortésmente de lady Varbussen y, disculpándose ante la pequeña multitud que los invadía, le cogió a Hinata la copa de champán que llevaba en la mano y se la dio a Itachi, luego la condujo a la pista de baile.
Aquello no fue fácil. Al menos tres veces los detuvieron invitados que se comportaban como si fuesen primos lejanos de Naruto. Cuando llegaron al centro de la pista, Naruto le hizo una reverencia, como era costumbre, y Hinata se la devolvió. Abrió la boca para hablar, pero empezó a sonar la música y Naruto la arrastró de inmediato al vals. Miró aquellos asombrosos ojos algo borrosos y sintió una fuerte agitación en la entrepierna.
—No te pueden quitar los ojos de encima, cielo —observó con sinceridad.
—¡Ja! Querrás decir que no me quitan los ojos del pecho o de este vestido tan pasado de moda.
—Se apartó de un soplido un mechón de pelo que se le había soltado del recogido, empeñado en volver a taparle el ojo.
—Pero ¿qué dices? Tu vestido es precioso.
—La señorita Stanley me ha dicho que le sorprendía que hubiese encontrado el tejido, porque el color ya no se lleva esta temporada. Lady William le ha dado la razón y ha añadido que ella no había visto un diseño tan inusual y que le extrañaba que alguna modista hubiese querido cosérmelo —protestó.
—Ya veo —le sonrió Naruto. —Por eso frunces el ceño. No es fácil ser el blanco de todas las envidias, ¿verdad?
—¿Envidias? —inquirió Hinata con tal inocencia que Naruto no pudo evitar la carcajada.
—Esas mujeres te tienen unos celos enfermizos y te tendrán más cuando sus parejas las dejen solas para suplicar una oportunidad de bailar contigo —le explicó él mientras la estrechaba aún más contra su cuerpo y se acercaba a la orquesta.
—¡Ah, no! ¡Yo no voy a bailar más que contigo! —señaló muy resuelta.
—Claro que lo harás —le replicó él risueño. Por más que quiera, no puedo permitirte que desaires a todos los hombres de este salón. Debes bailar.
—¡No, no! Yo no quiero hacer eso —insistió ella meneando tanto la cabeza que volvió a caérsele el mechón de pelo por el ojo.
—¿Por qué? ¡Si bailas muy bien!
—¡No los conozco, Naruto! ¿Y si digo algo desacertado? —le susurró nerviosa.
—Cariño, eres demasiado encantadora para ofender a nadie. No temas, todo saldrá bien —le aseguró, luego le besó la mejilla, consciente de que aquella muestra de afecto generaría otra oleada de risitas disimuladas entre los curiosos.
—Me refiero a que... —susurró, haciendo una pausa cuando Naruto se la acercó al pecho para evitar la colisión con otra pareja—... ¿y si digo algo sobre lo que después puedan chismorrear? No quiero que hablen de nosotros.
—Si hablan de nosotros, cariño, es porque les cuesta creer la buena suerte que tengo.
Ella suspiro y le sonrió. Naruto tampoco pudo reprimir una sonrisa de satisfacción. Dios, qué seductora era. Todos los presentes en aquel salón de baile que los miraban bailar pensaban lo mismo que él, estaba convencido.
Cuando terminó el baile, la joven se sirvió otra copa de champán y se dispuso a hacer lo que le había pedido. Naruto le dio un codazo a Itachi y le señaló a Hinata con la cabeza.
—¿Serías tan amable de ayudarme a vigilar un poco a mi esposa, Uchiha? Atrae a los hombres como la miel a las abejas, y acaba de descubrir que le gusta el champán casi tanto como la cerveza.
—dijo con sequedad, y su amigo asintió risueño.
—Haré lo que pueda, pero ya hay cola para bailar con ella —señaló abrirendose paso diligentemente entre la multitud y pedirle a Hinata que bailase con él.
A HInata le gustó bailar con Itachi. Igual que Naruto, era muy buen bailarín y la obsequiaba con comentarios sarcásticos sobre la aristocracia londinense, con lo que ella no paraba de reír mientras iban dando vueltas por la pista.
Cuando, al terminar el baile, Itachi la sacaba de la pista, la interceptó el conde de Westchester. Era más bajo que ella y, mientras bailaban, el conde, que estaba ebrio, no paraba de mirarle descaradamente el pecho. —Comentan que procede usted de las tierras de América —le dijo el conde al escote.
—No, milord, lo ha entendido mal —suspiró Hinata hastiada. —Lo que dicen es que procedo de las guerras de América.
Como sospechaba, el conde estaba tan extasiado con el relieve de su pecho que no oyó su respuesta descabellada. Mientras trataba de ignorar a aquel viejo verde, rezando para que el baile terminara cuanto antes, vio a Naruto bailar con otra mujer. No le gustó la sensación que le produjo, lo lógico era que él bailase con otras mujeres, eso lo sabía, pero el verlo sonreír a otra le encogía el corazón.
Perdió de vista a Naruto durante los dos bailes siguientes. Después del conde, su siguiente pareja fue un anciano caballero muy amable, que a Hinata le gustó en seguida.
—Conocí a su padre y era un gran admirador suyo. Coincidí con él en la India hace varios años—le contó el viejo barón de Nara.
—¿En serio? —inquirió Hinata, emocionada por el recuerdo de su padre.
En serio. Me ayudó a solucionar un problemilla que tenía. Yo debía salir del puerto de inmediato y, de no haber sido por su padre, me habrían encontrado colgado de los mástiles —confesó con un destello de sus ojos. —Si alguna vez necesita algo, querida, venga a verme.
Hinata le agradeció su amable propuesta, preguntándose qué demonios podía haber hecho un hombre tan amable como él para precisar aquella ayuda.
Cuando el barón la sacó de la pista, vio a Naruto, apoyado en una columna, observándola por encima de las cabezas de sus admiradoras con una peculiar sonrisa en el rostro. Ella le devolvió la sonrisa y, cuando se disponía a acercarse a él, alguien se interpuso en su camino. Algo irritada, levantó la vista despacio y se encontró a Zabuza Momochi mirándola sonriente, con un brillo especial en sus ojos oscuros.
—Qué placer volver a verla, lady Uzumaki. ¿Me concedería el honor de este baile? —preguntó con voz grave.
Hinata miró a Naruto por encima del hombro de Zabuza, su sonrisa se había esfumado. No sabía bien qué hacer, no le apetecía nada bailar con él, pero no le parecía apropiado rechazarlo, dado que aún tenía huecos en su carnet de baile. Se mordió el labio inferior sin apartar la vista de su esposo, luego volvió a mirar a Zabuza. El champán le había embotado el sentido del decoro, pero podría rechazarlo.
—Quizá en otro momento —dijo él visiblemente desilusionado.
—No, no, señor Momochi. No he querido... Me encantaría. —Se obligó a sonreírle.
El sonrió a su vez, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Lanzándole una rápida mirada de impotencia a Naruto, Hinata regresó a regañadientes a la pista. Era un vals, y ella sintió cierta repugnancia cuando Zabuza la tomó en sus brazos. Se sorprendió de aquella reacción, porque no le había ocurrido con sus anteriores parejas de baile. Sin embargo, ese hombre tenía algo que no lograba identificar, había un no sé qué en sus atractivos rasgos que a ella le resultaba repugnante.
—¿Se está divirtiendo esta noche? —preguntó Zabuza muy educado.
—Oh, sí, mucho —respondió ella con fingido entusiasmo.
Él le miró los labios.—Ha causado un gran revuelo. Todo el mundo habla de lady Uzumaki —señaló. —Ha tenido usted lo que se diría un éxito instantáneo.
Hinata se esforzó por sonreír.
—Perdone que disienta, señor Momochi. No acabo de entender a qué se debe tanta fascinación, claro que nunca se sabe qué esperar cuando se entra a formar parte de un nuevo entorno, ¿no le parece?
—Sobre todo dadas las circunstancias de su esposo. Aunque seguía sonriendo, Hinata se molestó.
—¿Cómo dice?
Zabuza volvió a esbozar su sonrisa afectada.
—Le ruego que me disculpe; he hablado sin pensar. —Le hizo un gesto cortés con la cabeza y se la llevó al centro de la pista.
Hinata alzó la vista a las resplandecientes lámparas de araña para no tener que mirar a su pareja de baile. Aún se encontraba bajo el efecto del champán que había bebido y, al mirar a la luz centelleante que daba vueltas sobre su cabeza, no pudo reprimir la sonrisa. Ni el mareo. Bajó la vista de las luces al cuello rígido de la camisa de Zabuza y frunció el ceño.
—¿Se encuentra mal, lady Uzumaki?
—No, sólo me estaba mareando un poco. —Cuando él sonrió, Hinata se percató por primera vez de que su sonrisa de verdad era bonita.
—Si me permite el atrevimiento, señora, a mi juicio es usted la mujer más hermosa de la sala —le dijo en voz baja.
Incómoda, Hinata notó que se sonrojaba y miró hacia otro lado, topándose sin querer con Naruto, que llevaba por la pista a una mujer muy guapa. Los dos hablaban muy entretenidos, y no pudo dejar de mirarlos. Cuando Zabuza se interpuso entre ella y Naruto, intentó mirar por encima de su hombro.
—Lady Davenport —dijo Zabuza muy seco.
—¿Perdón? —graznó Hinata, volviéndose para mirarlo.
—Su marido está bailando con lady Amaru Davenport.
Hinata no podía creer lo que estaba oyendo ¿Esa era lady Davenport? ¿Estaba bailando con su amante? ¡Cielo santo!, era tan hermosa como había temido.
—¿Quién? —espetó Hinata sin pensarlo
—¿La conoce? —inquirió el hombre con una sonrisa perversa.
Ella estaba muerta de vergüenza, consciente de que Zabuza observaba muy de cerca su reacción.
—Lo cierto es que no he tenido el placer... —murmuró con tristeza.
La sonrisa perversa de Zabuza se intensificó. —Lo suponía.
Hinata resistió la tentación de volver a mirar a Naruto y, en su lugar, miró fijamente la pechera de volantes de su acompañante.
—¿De modo que asistió usted a la fiesta del gobernador en Bombay, señor Momochi? —preguntó Hinata intentando en vano cambiar de tema.
Una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios de él.—Yo, sí. ¿Recuerda el lío del gobernador?
Hinata negó con la cabeza.—Vagamente. Era muy joven.
—Si no recuerdo mal, tenía diez u once años. Lo que sí recuerdo perfectamente es que estaba obsesionada con un caballero mayor que llevaba turbante —señaló.
La joven no pudo contener la risa.—¡No lo dirá en serio!
—Lo digo muy en serio —sonrió. —Su padre me dijo después que estaba decidida a averiguar qué llevaba aquel hombre debajo del turbante, pero la fiesta le parecía un lugar algo intimidante para desenmascararlo, por así decirlo. De modo que se acercó a él, le confesó su intención y le propuso reunirse con él en el muelle a la mañana siguiente antes de partir.
—¿Le propuse a un completo desconocido que se reuniese conmigo en el muelle? —Rio como una tonta.
—Eso me han contado. Todo ello por el bien de la ciencia —espetó con fingida solemnidad.
—Mi padre no fue siempre... ¿cómo lo diría yo?... —sonrió cuando él le hizo un giro, —todo lo insistente que debía haber sido. —Rio, meneando la cabeza.
Zabuza forzó una sonrisa y sus ojos brillaron de un modo extraño.—Pero sí que insistió en que se casara con Uzumaki, ¿verdad?
El comentario la sorprendió. Imaginó que Naruto lo habría puesto al tanto de las circunstancias de su matrimonio el día en que se habían visto en Konohagakure Park. Naruto y lady Davenport estaban de nuevo a la vista y se acercaban a ellos. Él no la había visto; estaba demasiado absorto en su conversación con la dama. Hinata empezó a marearse. Cuando empezaron a oírse los últimos compases de la pieza, se acercaron al borde de la pista.
El señor Zabuza sonrió y le hizo una reverencia.
—Gracias, lady Uzumaki. —Hizo una pausa y la escudriñó extrañado. —La veo algo azorada. ¿Le apetece un poco de agua? —preguntó y, atrapándole la mano bajo el brazo, la condujo a la mesa de las bebidas antes de que pudiera responder.
De pronto, notó que una mano la agarraba por el codo. —Si ya ha terminado de bailar con mi esposa, le ruego que nos disculpe —le dijo Naruto a Zabuza desde detrás de Hinata.
Los ojos del hombre lo miraron con dureza por encima de la cabeza de ella. Naruto lo miraba a él impasible.
Zabuza sonrió a Hinata.—Gracias otra vez, lady Uzumaki. —Con un gesto brusco de la cabeza, se alejó.
Naruto agarró a su esposa del codo y la llevó de inmediato hacia las puertas que daban al balcón.
—¿Has disfrutado del baile? —inquirió él con frialdad.
A Hinata le pareció inquieto, algo que le resultó divertidísimo, teniendo en cuenta que acababa de bailar con su amante.—Soportable. ¿Y tú, has disfrutado del tuyo?
El frunció el ceño levemente, la sacó al balcón y la empujó a un rincón oscuro.—A mí ni siquiera me ha parecido soportable —murmuró.
—¿Ocurre algo? —preguntó Hinata algo irritada por tan repentina frialdad.
—Sí, ocurre algo, Hinata. No te he besado en toda la condenada noche —señaló y, estrechándola entre sus brazos, la besó con vehemencia.
La joven, que le había detectado los celos en la voz, se derritió en sus brazos y profirió un gemido de placer. Naruto ladeó la boca con una urgencia que ella entendía muy bien y, cuando él empezó a acariciarle los costados. Hinata se retiró.
—Naruto —lo reprendió, luego sonrió seductora.
El protestó y le besó la mano.
—¿Habrá algún día un momento en que no te desee? —le susurró con voz ronca, luego bajó la cabeza despacio y le dio un beso muy suave y muy provocativo.
—¡Cielo santo!, espero que no —murmuró ella cuando Naruto levantó por fin la cabeza.
El rio y se la llevó a una zona aún más oscura.
—Parece que te gusta bailar.
—Me gusta bailar contigo, no con otros hombres. —Quería decirle que tampoco le agradaba verlo bailar con otras mujeres y que la enfurecía verlo con lady Davenport.
El rio en voz baja y le rodeó la cintura con los brazos.
—A mí tampoco —coincidió, y volvió a besarla antes de regresar con ella de mala gana al salón de baile, donde un pelotón de hombres esperaba impaciente para bailar con su esposa.
Poco después de las cuatro de la madrugada, Itachi le dio un codazo a Naruto y le señaló con la cabeza a la exhausta Hinata. Apartada de los invitados que quedaban, estaba apoyada en la pared con los brazos cruzados sobre la cintura y aquel persistente mechón de pelo tapándole el ojo. Apenas se podía mantener despierta y, agotada, disimuló un bostezo tapándose la boca con una mano enguantada. Naruto le guiñó el ojo a su amigo, luego se acercó como si nada a ella. Hinata intentó sonreír.
—¿Cansada, cielo? —preguntó.
Ella asintió con la cabeza.
—Te llevo a casa —le dijo en voz baja, apartándole con dulzura el pelo de los ojos. —Creo que ya nos hemos dejado ver bastante por una noche.
Mientras el coche recorría las calles envueltas por la niebla, Naruto contempló a Hinata, dormida profundamente sobre su pecho. Nunca se había creído un hombre celoso, pero el verla en los brazos de otros hombres lo había afectado. En su cabeza, aún la recordaba bailando con Zabuza Momochi, levantando la vista a las lámparas de araña y luciendo aquella sonrisa soñadora tan suya.
Esa sonrisa le pertenecía, la tenía reservada sólo para él, y le dolía que ese hombre hubiese tenido la oportunidad de disfrutarla. Si hubiese estado más cerca de ellos, se la habría arrebatado de los brazos a aquel sinvergüenza y le habría entregado a la furibunda Amaru.
Él no la había visitado, ni había respondido a sus patéticas cartas desde que había puesto fin a su relación. En las últimas semanas, Amaru había pasado de dolida a rabiosa y, al ver a Hinata, había sacado los colmillos, la constancia de que Naruto jamás iba a volver con ella había provocado una disputa entre los dos.
Hinata suspiró dormida y se recolocó en el pecho de su esposo. El miró al cielo. Cuando el coche se detuvo delante de la casa, Naruto la ayudó a bajar. Al poner los pies en el suelo ella se derrumbó sobre él, y él la cogió en brazos de inmediato y la llevó dentro, a su cuarto, ignorando sereno sus protestas en sueños. Le pidió a Genma que se retirara, la tumbó en el centro de su cama y se quitó rápidamente toda la ropa menos los pantalones. Luego volvió a la cama, a admirar la caída de sus pestañas, el contorno relajado de sus labios, el brazo descuidadamente colocado sobre el regazo la puso de lado con cuidado y le desabrochó la fila de diminutos botones de la espalda. Ella no abrió los ojos, pero sonrió somnolienta mientras le quitaba las joyas.
—Lady Yamanaka me ha dicho: «Tienen que venir a cenar el miércoles que viene» lo informó Hinata, imitando en voz baja el habla de la mujer. —«Asistirán los condes de Middlefield, que acaban de volver de América, querida. Estoy segura de que le encantará conocerlos.»
Naruto río para sí mientras le quitaba los zapatos y las medias.—¿Y qué les has dicho? —preguntó mientras se inclinaba sobre ella para soltarle el vestido de los hombros.
—Les he dicho que me sentía halagada, pero que tenía que consultarlo con el secretario de mi marido. Y lady Yamanaka ha dicho: «Ah, por supuesto, ¡lord Uzumaki está muy solicitado!».
—Aja —dijo Naruto distraído mientras se inclinaba a besar la piel sedosa de su hombro.
—Pero entonces me ha aclarado que me lo pedía a mí y no a ti —rio Hinata.
Su risa ligera y tintineante era demasiado provocativa; Naruto se situó encima de ella y la cubrió con su cuerpo.
—¿Conque ésas tenemos? ¿Haces una aparición triunfal entre la élite de Inglaterra y de pronto quedo relegado a cenar solo en casa mientras tú te diviertes por ahí? —le preguntó, besándole el hueco del cuello.
Hinata suspiró suavemente al notar los labios cálidos de Naruto en su piel y le acarició el pelo con ternura.
—Lo que tenemos, hermoso señor mío, es que lady Yamanaka y su condesa se pueden pudrir — espetó Hinata, riendo cuando Naruto intentó robarle la sonrisa con un beso.
Al poco, Hinata yacía con la espalda pegada al pecho de Naruto, envolviendo con su brazo el brazo musculoso de su marido que la estrechaba posesivo, la noche había ido bien, a pesar de algunas miradas descaradas y ciertas preguntas inoportunas. Él se había divertido y a ella también le había gustado casi todo. Pero lo mejor era que por fin había terminado.
—¿Hinata? —le dijo Naruto con la boca pegada a su pelo, y la voz pesada de sueño.
—Te amo, Naruto. Mi vida es perfecta gracias a ti —le susurró ella.
El gruñó, incapaz de pronunciar una respuesta adecuada, pero, en el fondo de su corazón, sabía que aquellas palabras convertían una noche estupenda en perfecta. Se alegraba de verdad de estar en casa.
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Continuará...
