Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío.


5 de noviembre de 1997, Callejón Diagon, Londres

Ignatia había sido testigo un par de veces de la forma en que las situaciones podían salirse de control a velocidades inesperadas.

Por ejemplo, llevaba una vida feliz en compañía de su padre, hasta que de la nada le dijeron que ya no lo vería más. Había participado de la camaradería y el caluroso ambiente de la Madriguera sus primeros 4 años de Howgarts, los mejores veranos de su vida, para entender luego que no sucedería más. Había disfrutado de la música y del ambiente festivo en la boda de Bill Weasley, se había sentido segura en los brazos de Charlie, para luego esquivar maldiciones imperdonables.

Ignatia se lanzó sobre los primeros escalones de la escalera que llevaba al segundo piso de la librería, esquivando nuevamente una maldición imperdonable, con la mente puesta en llegar hasta su habitación.

El "crucio" aún resonaba a su alrededor, junto al grito que Ignatia había dejado escapar, cuando sin pensarlo se encontró devolviendo el ataque a ciegas, antes de seguir en su intento de subir escalones.

Ataque que claramente había sido frustro, notó en pánico mirando sobre su hombro, cuando el hombre esquivó su maldición y devolvió otra que Ignatia no tuvo tiempo de identificar antes de que explotara cerca de su cabeza, enviando astillas de madera directo a su cara.

Parcialmente enceguecida por ese último ataque y por el humo que comenzaba a espesarse a su alrededor, y con el corazón latiéndole a mil por hora, Ignatia consiguió llegar a la cima de la escalera y lanzarse al piso, cubriendo su cabeza.

El ruido de explosiones y risas en el primer piso la acompañó mientras se arrastraba hasta la puerta de su habitación y cerraba la puerta tras ella.

Debía encontrar arma, se dijo a sí misma, ignorando el aire frío sobre su pecho casi desnudo. Tenía otras cosas por las que preocuparse, además de su camisa rasgada. Había soltado la varita.

Charlie iba a ponerse furioso con esa última parte de la historia, cuando se la contara más tarde, pensó Ignatia, mientras miraba a su alrededor en busca de algo, cualquier cosa, que pudiese usar para defenderse.

Porque sí iba a contarle luego a Charlie lo sucedido. Cuando todo pasara, cuando ella se pusiera a salvo. No iba a pensar en la alternativa, donde era asesinada a manos de un grupo de idiotas con varita. No.

Sus pensamientos optimistas se interrumpieron de golpe cuando notó que el escaso humo que la había rodeado mientras huía al segundo piso era ahora de todo menos escaso. Grueso y oscuro humo se levantaba desde el borde inferior de la puerta de su habitación e Ignatia sintió por un par de segundos frío y absoluto pánico.

¿Le habían terminado de prender fuego al primer piso? El 98% de las cosas en su librería eran inflamables.

Ay, Merlín.

El ruido de Mr. Darcy golpeando su jaula la sacó de su momentánea parálisis y la hizo moverse rápidamente hasta la ventana junto a la que solía descansar su lechuza en las tardes y noches.

¿Podría usar la ventana para escapar?

La respuesta que le llegó un segundo después era un claro y rotundo NO.

Desde la calle, justo afuera de su librería, iluminada por una cálida luz anaranjada que sólo podía significar que el primer piso no sólo estaba cubierto de humo sino de enormes llamas, se encontró siendo observada por cuatro pares de ojos.

Las capuchas ya no cubrían sus cabezas y los dos hombres que minutos antes aún llevaban máscaras plateadas ahora la miraban hacia arriba con las caras cubiertas sólo de expresiones violentas y sonrisas crueles.

Estaba atrapada. Y ellos bien lo sabían.

Carajo, Charlie.

Tratando de controlar su respiración, Ignatia se apresuró a sacar a Mr. Darcy de su jaula.

-Vamos, intentaremos otra ventana, ¿sí? –le dijo en un susurro a la lechuza, que no movió ni una pluma cuando se encontró en brazos de Ignatia, casi como si entendiera que estaban en una situación realmente jodida.

Repasando mentalmente sus pocas opciones, Ignatia decidió que el mejor intento era abrir la puerta y cruzar rápidamente el pasillo hasta la cocina. La ventana de esa habitación daba a su minúsculo patio trasero y aunque saltar de un segundo piso no sería fácil, era preferible a la opción de morir quemada.

Cubriendo con su camisa rota la cabeza de Mr. Darcy, Ignatia abrió de golpe la puerta, soltando un jadeo para luego atorarse cuando el humo negro y caliente le dio de lleno en la cara.

Con los ojos cerrados e intentando retener el aire que tenía en los pulmones tanteó a ciegas por la puerta de la cocina, soltando un "gracias, Dios" mental cuando la encontró sólo en su tercer intento.

El humo entró con furia detrás de ella y siguió entrando por debajo de la puerta una vez que la cerró de golpe e Ignatia se dio a sí misma unos segundos para respirar y toser, aún con su lechuza apretada contra el pecho.

Mirando hacia arriba, notó los patrones casi hipnóticos que seguía el oscuro humo al avanzar por el techo de la habitación y sintió que el pecho volvía a oprimírsele en miedo.

Merlín santo.

Ignatia intentó concentrarse en la tarea que tenía en frente, pensando en que Charlie llegaría en cualquier momento. O Eva y los gemelos, al escuchar los gritos de alarma de los vecinos al notar las llamas. Pero ella nunca había sido de las que se quedaban sentadas esperando el rescate, se dijo a sí misma. Tenía trabajo por delante: mantenerse viva, hasta que llegara la ayuda.

Acercándose a la ventana sobre el lavaplatos, Ignatia notó que el cielo comenzaba lentamente a tomar tonos azulados. Sin pensarlo mucho, usó uno de los sartenes que tenía colgados en el muro y rompió el vidrio de la ventana, usando el mismo mecanismo para intentar quitar los restos de vidrios en los costados, alrededor del marco de madera.

-Vamos, Mr Darcy –le dijo con voz ronca y entre pequeñas toses a la lechuza, sacándola del escondite de su camisa –vuela lejos. Ve a la casa de Charlie, a La Madriguera. Ahí cuidarán de ti, lo prometo.

Ignatia miró directamente a sus ojos amarillos de pájaro llenos de inteligencia mientras le hablaba, segura de que Mr. Darcy podría encontrar La Madriguera sin mucho esfuerzo y la acercó a la ventana.

Mr Darcy no se demoró en echar a volar y perderse en la oscuridad e Ignatia se encaramó sobre el lavaplatos y pasó las piernas por la ventana, antes de girarse y apoyar su estómago sobre el borde de la ventana.

Su camisa abierta la protegió sólo parcialmente de los restos de vidrio y se mordió el labio con fuerza intentando no hacer ruidos mientras se deslizaba hacia afuera hasta sujetarse del borde de la ventana sólo con las manos.

Sintiendo el filo del vidrio roto morder las palmas de sus manos, Ignatia miró hacia abajo, hacia el pequeño patio que iba a ser su santuario mientras alguien llegaba a ayudarle. En la oscuridad de la madrugada, el piso y los parches de césped se veían realmente lejos, pero Ignatia sabía que la altura no debía ser tanta, si le restaba su propia altura, colgando fuera de la ventana.

Debía ser capaz de saltar sin romperse nada. O casi nada.

No que tuviera muchas opciones en su situación, la verdad.

Tomando una temblorosa bocanada de aire, Ignatia cerró los ojos y volvió a hacer esfuerzos para concentrarse. Saltar, rodar, alejarse del edificio hasta el muro trasero, lejos del fuego, y esperar.

Pan comido.

Ignatia se soltó de la ventana y sintió el estómago en la garganta el par de segundos que se demoró en tocar el piso.

Y luego, como haciendo burla a su pensamiento de minutos atrás, sobre como las cosas se salían de control rápidamente, sintió que su tobillo cedía bajo su peso bruscamente, enviándola contra el piso antes de que entendiera lo que había pasado. Algo golpeó con fuerza contra un costado de su cara, el retumbar del golpe sintiéndose en cada rincón de su cabeza. Luego su visión se llenó de oscuridad.

Charlie.

Y luego...nada.


Charlie...

Charlie arrugó el ceño, manteniendo aún los ojos cerrados.

Suspirando profundamente, se giró en la cama intentando retomar el sueño que estaba teniendo. La imagen de bosques verdes y frondosos y la voz de Ignatia aún estaban presente en su mente adormilada y, con otro suspiro, Charlie se hundió y acomodó contra su almohada, feliz de recaer en el sueño.

Charlie...

La voz de Ignatia llegó hasta él y Charlie sintió que su sueño sobre bosques y mañanas soleadas en Rumania se alejaba de él lentamente.

Y lo "lentamente" se terminó de forma brusca cuando a la ecuación entró un repiqueteo contra el vidrio de su ventana.

Charlie despertó de golpe y apuntó con su varita en dirección a la ventana y dejó caer la mano para salir disparado de la cama cuando dos imágenes entraron simultáneamente en su cerebro.

Mr. Darcy, la lechuza de Iggy, golpeaba contra su ventana.

Y un pingüino plateado y semi transparente, con la voz de Ignatia estaba de pie junto a su cama.

Charlie ya se estaba vistiendo a toda velocidad, antes de que el patronus terminara de dar su mensaje.

-Charlie, necesito ayuda. Charlie.

El pingüino desapareció luego de recitar una segunda vez las palabras de Iggy y Charlie se encontró corriendo escaleras abajo a toda velocidad, hacia la puerta trasera, su mente enfocada sólo en llegar hasta un punto para poder aparecerse. Enfocada en llegar al Callejón.

Charlie fue sólo parcialmente consciente de su padre, llamándolo alarmado cuando cruzó la cocina como una bludger fuera de control hacia el patio, hacia el grupo de árboles y arbustos entre los que podría aparecerse.

Sintiéndose en la mitad de un terrible deja vú, Charlie se apareció en el callejón junto al Caldero Chorreante y echó a correr de inmediato, con el corazón en un puño de pánico, intentando convencerse de que, al igual que la última vez, se estaba asustando en vano. Que Ignatia estaba bien.

El Callejón, al igual que aquella vez, olía a humo y a miedo y mientras corría en dirección a Iggy Books notó que mientras más se acercaba, más claros se escuchaban gritos.

Giró en la esquina de Sortilegios Weasley y se paró de golpe.

-Merlín, no.

Su susurro se perdió entre los gritos y el aún lejano ruido de pequeñas explosiones. A lo lejos, contrastando de forma terrible con la el cielo aún semi oscuro, se alzaban enormes llamas. A lo lejos, más o menos donde debía estar la librería.

No podía ser Iggy Books. No podía ser. No.

Con el corazón latiéndole en los oídos y el miedo espesándose en sus venas, Charlie se encontró corriendo otra vez, su mente una eterna letanía de No, no es Iggy. No, no es Iggy...

Y frente a las llamas, sintiendo el calor contra la cara, Charlie intentó comprender lo que veía. O lo que debía ver y no estaba viendo.

No había Iggy Books.

Sólo fuego.

-No, no. No...

-Lleva así unos 10 minutos –la voz de una mujer lo hizo saltar violentamente y se giró a ver a una bruja mayor, que miraba las llamas con expresión triste -, los vecinos dicen que fueron cuatro Mortífagos. Tratamos de apagar el fuego, pero nada de lo que intentamos funcionó.

Charlie volvió a mirar el fuego intentando calcular la distancia entre lo que solía ser la entrada de la librería y el pequeño baño que había al fondo del primer piso. Un baño era un buen lugar para esconderse de las llamas. Si Ignatia se escondió ahí, él podía llegar hasta ella. Someter las llamas, armarse camino y llegar hasta ella. El fuego era después de todo una de sus especialidades, podía hacerlo.

-¡Fluctus! –gritó Charlie, apuntando hacia el edificio y vio las llamas siendo empujadas hacia los lados despejando el camino por un par de segundos, antes de volver a llenar el espacio.

-Charlie.

Charlie ignoró tanto la voz como la mano que posó sobre su hombro su padre, que en algún momento se había unido a él, y se alejó de él un paso, manteniendo la vista en el fuego.

-¡Fluctus! ¡Sufocare!

-Charlie.

-¡No! –gritó Charlie intentando deshacerse del agarre que tenía ahora su padre sobre uno de sus brazos, sin dejar de mirar hacia las llamas que bailaban de vuelta a su sitio inicial, ignorando sus hechizos, como burlándose de él. Burlándose de su miedo y de su corazón destrozado.

-Charlie, hijo. Es fuego mald-

-¡NO! ¡Stingi flăcările! –volvió a gritar, intentando recordar los hechizos que usaba con sus ó que le quitaban la varita de la mano y se giró un segundo para encontrarse con los ojos azules de Bill, antes de volver a mirar el fuego -¡No!

Mientras intentaba dar un paso hacia el fuego y con parte de su mente consciente de que no podía hacer nada, siguió forcejeando contra el agarre que su padre y ahora Bill tenían sobre él.

-¡Iggy! ¡IGNATIA!

-Hijo, por favor.

-No, no, no, no.

Charlie sintió las rodillas contra el piso antes de entender que habían cedido bajo su peso. Ignatia.

Su Iggy.

Con sus ojos brillosos de verde perfecto. Verde como los bosques de Rumania. Su Iggy, con su sonrisa sincera y su cabello dorado.

El ruido de las llamas pareció envolverlo todo a su alrededor. El brillo rojizo en lo alto, contra el cielo que comenzaba a aclarar. Su corazón latiendo ya no a toda carrera, sino lentamente. Todo parecía desenfocarse, pero muy claro a la vez.

-Bill. Audrey dice que detrás de edificio hay un patio, quizá...

Pensando en por qué carajo se sentía en derecho de hablar y antes de entender por qué mierda estaba ahí en primer lugar, Charlie tenía agarrado a Percy de la parte frontal de la capa, su otro puño en alto, que no alcanzó a hacer contacto con la cara de su mal llamado hermano sólo porque tres cuerpos se lanzaron entre ellos.

Charlie se dejó alejar de Percy sin forcejear, decidiendo que no valía la pena y con el corazón pesado, volvió a mirar hacia lo que quedaba de Iggy Books y las llamas que devoraban por completo el edificio.

Ella le había pedido ayuda. Había sido atacada, mientras dormía tranquila. Había sido atacada mientras él dormía.

Le había fallado a su mujer, le había fallado tan en grande, que era difícil comenzar a dimensionarlo por completo.

-Charlie ¡Charlie! –escuchó que le repetía Bill, cuando lo ignoró la primera vez y le puso en frente una escoba, cuando notó que por fin tenía su atención –Audrey dice que Iggy tiene un pequeño patio atrás de edificio, si logró escapar puede estar aún ahí.

La escoba se mantuvo frente a sus ojos sin flaquear a lo largo de los segundos que Charlie se demoró en hacerle espacio en su pecho a aquella pequeña esperanza de encontrarla aún con vida, antes de alargar la mano y quitarle la escoba a su hermano, montarla y alzarse en el aire, rodeando las llamas.

Con Bill pegado a los talones sobre otra escoba, Charlie descendió hasta el pequeño espacio entre el fin del callejón y el edificio de Ignatia, manteniendo distancia con las llamas y entornando los ojos, intentando encontrar signos de ella entre los escombros.

Lo primero que vio de ella fue su cabello rubio, que reflejaba el brillo y color de las llamas. Estaba en el suelo, boca abajo, junto a una pequeña mesa metálica. Alcanzó a ver que el resto de ella estaba cubierto por lo que parecía ser restos del techo, antes de lanzarse en su dirección y dejarse caer a su lado.

Con un miedo que no se igualaba con nada que hubiese sentido antes en su vida, Charlie le quitó de encima los restos de madera ennegrecida que cubrían sus hombros y espalda, antes de mover lejos de su cara y cuello su cabello, en busca de un pulso.

-Está viva –susurró, tanto a Bill que trabajaba en quitar el resto de los escombros, como para sí mismo, mientras el más grande y profundo alivio lo llenaba por completo -. Está viva.

-Ten cuidado con su cuello –le dijo Bill, arrodillándose a su lado y tomando a Iggy de las caderas –Vamos a girarla, ¿sí? Uno, dos, tres.

Bill no le dio espacio para pensar nada, sólo actuar y moverse al final de su cuenta, y Charlie lo agradecía. No podía concentrarse y en ese momento necesitaba justamente eso, que alguien pensara por él.

Al momento siguiente, Charlie se encontró mirando a Iggy, cubierta de sangre de arriba abajo. El cabello húmedo y manchado de rojo pegado contra su piel le permitía ver sólo la mitad de su cara, pálida y sucia. Tenía puesta una camisa que estaba rota y sucia y había sangre sobre sus pechos y abdomen desnudos.

Charlie recibió la capa que Bill le estaba pasando y cubrió a Iggy con ella, antes de alzarla con cuidado.

Bill lo ayudó a acomodarla en sus brazos y a montar nuevamente en la escoba y, segundos después, ambos volvían a estar en el aire. Mientras se alejaban del brillo de las llamas y a la luz del amanecer, Charlie apretó contra su pecho la preciosa carga que llevaba, haciéndose en ese mismo instante una promesa que sabía que cumpliría, incluso si le tomaba toda la vida.

No volverían a tocarla.

Iban a pagar por intentar usar fuego, algo a lo que Charlie le había dedicado su vida, para destruir a quien amaba más que a la vida misma.

No volverían a tocarla. Y pagarían. Merlín, sí pagarían.


Espero sepan encontrar en lo profundo de sus corazones el amor necesario para disculpar tan larga espera. Y con qué capítulos vuelvo, Merlín. Espero que el Covid-19 no los esté tratando tan mal. He tenido mucho trabajo este último mes por culpa del maldito virus y con corazón pesado veo que no logramos avanzar mucho. Cuídense y cuiden a los suyos. Seguiré escribiendo para ustedes en mis días libres y lamento que este capítulo no sea tan largo como los anteriores. No siempre les respondo, pero sí leo cada uno de sus comentarios y me hace muy feliz leerlos.

Besos, cariños y abrazos para ustedes!