Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


15| ENTREGA ABSOLUTA


Como un poseso, inundado de una rabia que casi lo cegaba y con la que no sabía muy bien qué hacer, se acercó a la chimenea y, de un fuerte manotazo, barrió todo lo que había sobre la repisa de mármol: los candelabros de oro, los jarrones de cristal, las estatuillas.

Después, con los brazos extendidos, se agarró firmemente al frío mármol porque pensó que, de no hacerlo, destruiría todo lo que había en aquella habitación, en la casa entera. Agachó la cabeza y tomó grandes bocanadas de aire con el fin de calmar la furia que hacía temblar todo su cuerpo.

No le extrañaba que ella desconfiara, ni que guardara secretos. Había visto en sus ojos lo que le había costado revelarle sus cicatrices, los pequeños cortes que le desfiguraban la piel. Había visto la vergüenza y la humillación en su mirada, y había sido incapaz de ofrecerle consuelo porque, en ese instante, habría podido matar a alguien sin el más mínimo remordimiento.

—Lo siento muchísimo —dijo ella suavemente.

—No —gruñó él—. Jamás te disculpes por nada de lo que él te hizo.

Con los brazos doloridos por la tensión de los hombros, soltó la repisa de la chimenea y se volvió hacia Hinata. Estaba de pie y, por un pequeño resquicio del camisón que el movimiento parecía haber cerrado aunque ella aún no se lo había abotonado, podía verse un fragmento indefinido de piel.

—Lo extraño es que aún desees casarte —dijo por fin.

—Sé que no todos los hombres son como era él. Pero tampoco todos son como tú: no todos quieren la verdad completa, ni desean conocer cada uno de los hilos que componen el tejido de mi ser. La mayoría se conforma con la superficie, con la fachada. Pocos desean profundizar tanto como tú en el corazón de una mujer. Soy la suma de mis secretos.

—No —replicó él negando con la cabeza—. Los secretos son sólo una parte de ti... que ya no existe. Y lo que queda ante mis ojos es una mujer que ha resistido sin perder su humanidad, una mujer que corre descalza y en camisón a un incendio, que atiende a los necesitados sin atribuirse ningún mérito, que les sirve té imaginario a unas niñas pequeñas. —Se acercó un paso—. Me has sorprendido desde el momento en que te conocí. Has logrado más sin saber leer que la mayoría de los que saben. Además, cuando se te presentó la posibilidad de aprender, la aprovechaste sin dudar, y volvió a sorprenderme lo rápidamente que asimilabas los conocimientos.

Le tomó el rostro entre las manos y vio las lágrimas rodar por sus mejillas.

—Te dije en una ocasión que creía que podía amar a una mujer como tú. Ahora lo sé. Ha ocurrido. Te amo.

Sosteniéndole aún el rostro, posó sus labios en los de ella con toda la ternura de que era capaz. Quería que aquella fuera la última vez que saboreaba sus lágrimas al besarla. Ella se agarró fuertemente a sus antebrazos pero no para apartarlo de sí, sino porque deseaba tocarlo. Naruto no podía imaginar el peso que debía suponer el no poder compartir nunca el verdadero yo con nadie, el no poder confiar en nadie plenamente. Él había crecido en un hogar sincero, donde se aceptaban las imperfecciones. De hecho, la perfección le resultaba bastante aburrida.

No obstante, habría hecho lo que fuera por evitarle el sufrimiento que había experimentado a manos de uno de sus parientes. Cielo santo, la sola idea le producía náuseas. El hombre que le había hecho aquello a Hinata y él llevaban la misma sangre. Era repugnante, asqueroso, nauseabundo.

Oyó un discreto gemido, de pasión creciente, y se percató de que lo que hubiera ocurrido entre ella y el viejo Uzumaki no tenía cabida en aquel dormitorio, ni en las vidas de ambos. Había terminado. Para siempre. A él no le correspondía enmendar nada, sino amarla como merecía ser amada.

Deslizó su boca hasta el cuello de la condesa, y sus manos hasta sus hombros. Quería quitarle el camisón, pero necesitaba que ella comprendiera que no le repugnaba nada de su persona, que ninguno de los secretos que le había revelado importaba. Lo único importante era que la amaba, que la adoraba.

Sin dejar de mirarla, deslizó la mano bajo la seda y apartó con cuidado la prenda hasta que la primera cicatriz diminuta —una pequeña señal blanca sobre el pecho— quedó a la vista. Agachó la cabeza y se la besó.

Hinata sintió en su piel la ráfaga de calor de su boca, el tacto de su lengua en una cicatriz y después en otra mientras él recorría su cuerpo lentamente en busca de imperfecciones que inmediatamente dejaban de ser tan vergonzosas.

Naruto se puso de rodillas mientras sus labios seguían el recorrido de las cicatrices hasta el abdomen de Hinata. Ella contempló su pelo rubio mientras él llenaba de ternura cada una de sus feas marcas. ¿Cómo lograba con una mirada, con una caricia, borrar para siempre su vergüenza?

El conde había reforzado su confianza letra por letra, palabra por palabra, hasta que ella se había atrevido a compartir con él su último secreto, cuya relevancia suprimía ahora, poco a poco, con sus tiernos besos.

Inclinándose ligeramente, apoyó la mejilla en la cabeza de Naruto. ¿Cómo era posible que aquel hombre tan exigente fuera a la vez tan generoso?

Entrega absoluta. Rendición total. Secretos desvelados. Imperfecciones aceptadas. Nada oculto. Todo a la vista para que pudiera valorarse y entenderse, sopesarse su relevancia, determinarse su importancia y, finalmente, lo único que parecía importarle de verdad era ella. Todo lo que temía que descubriera le había hecho preocuparse más por ella, le había dado razones para amarla y a Hinata la libertad de aceptar aquel amor.

Amor. La amaba. Ella que siempre se había considerado indigna de un sentimiento tan tierno era ahora su destinataria, y se preguntaba por qué en algún momento había sentido la necesidad de esconderse. Como cuando de niña fingía saber leer y el fingimiento le había impedido aprender... casi había vuelto a cometer el mismo error. Por fingir que no le importaba, había estado a punto de perder la oportunidad de ser amada.

Trató de abrazarlo pero él aún no había terminado. Cuando el camisón y la bata se deslizaron por su piel para amontonarse en el suelo, Naruto descubrió una cicatriz en el muslo, otra en la cadera. Había muchas, demasiadas para contarlas, pero él no ignoró ni una sola.

Después de besarlas todas, Naruto se puso en pie, la tomó en brazos y la llevó a la cama. La idea de oponerse a aquella acción abandonó la mente de Hinata con la misma rapidez con que entró en ella, y se dio cuenta de que era en sus brazos, en su cama, donde verdaderamente quería estar. Aquel deseo era el que la había inducido a desabrocharse el camisón para empezar. Tal vez incluso lo que la había impulsado a visitarlo, libro en ristre.

La tumbó con cuidado, como si temiera que pudiera romperse, pero después de todas las humillaciones que había sufrido en su vida no iba a quebrarse ahora que estaba rodeada de ternura y amor.

Con un atrevimiento desacostumbrado porque ella jamás había tomado la iniciativa en la relación entre un hombre y una mujer tiró del cordón del batín de Naruto. Él se lo quitó y ella experimentó un instante de pánico al verlo allí, de pie, completamente expuesto. Sin tumbarse a su lado en la cama, el conde extendió el brazo y le acarició la mejilla. Ella lo miró a los ojos, unos ojos que adoraba desde hacía tiempo.

—No voy a hacerte daño —dijo él.

Sinceridad, Naruto siempre había dicho que quería que fueran sinceros el uno con el otro, y aquel momento la precisaba más que ninguno.

—No creo que puedas. Él no estaba en absoluto tan... —¿Cómo explicarlo? Obviamente no todos los rasgos de la familia se habían transmitido de generación en generación—... bien dotado —dijo por fin—. Probablemente no... quepas.

Naruto le dedicó una sonrisa tierna a la vez que algo arrogante, llena de masculinidad y orgullo.

—Seguro que quepo, no temas.

¿Temer? No, no temía a aquel hombre. Había descubierto todos sus secretos y los había aceptado. ¿Quién podía temer la aceptación? ¿Y si lo decepcionaba en la cama? No lo creía posible. Naruto no esperaba de ella más de lo que esperaba de él. Había hecho lo que nadie: la había aceptado por sí misma. Levantó los brazos extendidos y le ofreció su cuerpo y su corazón.

Naruto se acercó a Hinata con la suavidad de la noche, que no es sino una promesa y al instante ya ha llegado. Así hizo él, de pronto tumbado sobre ella.

Mientras la besaba, se colocó entre sus muslos. Sin entrar, sólo cerca. El calor de su cuerpo irradiaba hacia el de ella.

Era tan esbelto y atlético, tan perfecto como las múltiples esculturas de notable musculatura que adornaban la casa. Pero, a diferencia de aquellos cuerpos de mármol, el suyo era cálido y vibrante.

Su lengua jugaba con la de ella; su boca la devoraba. Hizo con él lo que no había hecho con ningún otro: lo acarició. El rostro, el pelo, el cuello, los hombros, la espalda. Quería conocer las distintas texturas de su cuerpo, palpar cada centímetro de la cabeza a los pies. Pero no llegaba tan abajo y no iba a renunciar a su boca para poderlo conseguir.

No sabía que un beso pudiera durar tanto, transformarse y variar, y generar semejante oleada de pasión. No, no, no era sólo el beso, porque hacía algo más que besarla. Sus manos la tocaban con suavidad. Le tomó un pecho y empezó a acariciarle el pezón con el pulgar.

Después la mano se deslizó por su piel, descendió al muslo, subió hasta la cadera, la recorrió y se situó entre sus piernas. Interrumpió el beso y se incorporó ligeramente. Hinata jamás había visto tanta pasión en unos ojos.

Nunca se había sentido tan querida, tan deseada. Mientras le acariciaba el pelo con una mano, la otra se situó estratégicamente entre sus piernas. Al sentir la primera caricia de su dedo, lo vio cerrar los ojos y gemir, como si el placer que la sacudía a ella lo atravesara a él también. ¿Era aquélla la esencia del amor: dar y recibir placer?.

Era un concepto que nunca había considerado. Con la siguiente caricia, todo se evaporó salvo las sensaciones. Su agitada respiración la envolvía. El placer aumentaba y estallaba. Ella buscó anclaje en sus hombros.

—A ver si quepo —dijo él con voz ronca, como respondiendo al desafío. Empujó. Ella se tensó.

—¿Te hago daño? —le preguntó.

La desesperación de aquella pregunta la apartó momentáneamente de la antesala del placer para sorprenderla con la asombrosa certeza de que el dolor que siempre había sentido se había esfumado. Experimentaba sin duda la presión, pero era una sensación agradable, no un preludio de conquista sino el principio de un intercambio.

—No —susurró ella por fin—. No hay dolor.

Aquella magnífica presión aumentó a medida que él empujaba, ensanchándola hasta lograr exactamente lo que había prometido. La plenitud masculina de Naruto albergada enteramente en su interior le produjo una satisfacción que jamás había experimentado. Llevarlo dentro, por completo, le resultaba tan grato como posiblemente a él.

Rodeó con sus piernas el cuerpo del hombre y apretó los muslos contra él. Naruto abrió los ojos, ella vio su mirada triunfante... y se alegró. Participaba de su potencia, de su fuerza. Eran iguales aunque distintos. Compañeros que compartían, daban, recibían.

Él agachó la cabeza para besarla mientras empezaba a mecerse contra ella, deslizando su cuerpo sobre el suyo, dentro del suyo. La pasión se apoderó de ellos con violencia. Hinata creyó que se caía de la cama, pero no quería moverse de allí.

Le siguió el ritmo. Daba y recibía.

El placer anidó en sus entrañas y se propagó hasta la última punta de sus extremidades. Lo empujó, tiró de él, apretó los muslos alrededor de su cuerpo. Él profirió un gruñido y empezó a moverse con mayor fuerza y rapidez.

El despliegue de placer le hizo arquear la espalda; después gritó, oyó el bramido de Naruto, sintió su última sacudida y el estremecimiento de su cuerpo mientras el conde enterraba la cabeza junto a su cuello.

Hinata quería reír. Quería llorar. Gritar, susurrar. Pero se limitó a sonreír y a dejarse arrastrar por el sueño.

Naruto sabía que ella nunca había mantenido una relación sexual plenamente satisfactoria. Para dejar que el cuerpo sucumbiera a todas aquellas sensaciones maravillosas hacía falta mucha confianza, y la confianza, al igual que el placer, era algo nuevo para ella.

Sin embargo, como la lectura, después de probarlo quería disfrutarlo del todo. Y él estaba más que dispuesto a complacerla.

Todas las noches, cuando ya era muy tarde y el servicio dormía, Hinata se plantaba en su habitación, en camisón y bata, abrazada a un libro.

—He pensado que podríamos leer juntos.

Él sonreía, conocedor de la verdad, en previsión de lo que iba a suceder.

—Si quieres.

—En la cama.

Siguiéndole el juego, él retiraba las mantas y ahuecaba las almohadas. Rara vez leían más de una o dos frases antes de que él empezara a besuquearle el hombro desnudo, la clavícula, los pechos. Se esforzaba porque no se sintiera nunca incómoda, y jamás era brusco, siempre tierno.

Procuraba que su secreto no les impidiera continuar disfrutando, pero le dolía que ella no le concediera ninguna muestra pública de afecto, y que se las hubiera prohibido a él. Seguía necesitando una esposa que le diera un heredero, y ella no había cejado en su empeño de casarse con un duque.

El que él entendiera de pronto su obsesión por contraer matrimonio con un duque, no se la hacía más aceptable. Hinata se había tenido siempre en muy poca estima, se consideraba incluso indigna de sí misma. El rango social era una solución fácil. Pero si aquello era lo que quería, él deseaba que lo consiguiera.

—¿Por qué estás tan triste? —le preguntó Hinata.

Estaban tumbados en la cama de Naruto, ella apoyada en una pila de almohadas y él a sus pies. Él recorrió con la mirada el cuerpo desnudo de Hinata hasta llegar a sus ojos. Últimamente pasaban más tiempo sin ropa que con ella.

—Me preguntaba si seguirás viniendo a verme cuando tengamos invitados.

—No sé —respondió ella frunciendo el cejo—. Tendremos que ser muy cuidadosos y discretos. Me parece que los criados empiezan a sospechar. Pero no quiero que el duque piense... que sepa... —añadió, mientras le acariciaba la pantorrilla, que descansaba a su costado, junto a su pecho.

—Aún no te has casado con él —señaló Naruto con mayor moderación de la que le inspiraba el comentario—. No se puede decir que vayas a serle infiel.

—¿Y lady Amaru? ¿No querrás que piense que le dedicas más atención a otra? Naruto le pasó la lengua por la planta del pie, y ella encogió los dedos. Le daba igual lo que pensaran lady Amaru o lady Shion o lady Tayuya. Aun así, entendía que entre aristócratas siempre había que fingir.

—Supongo que es preferible que mantengamos las distancias.

—Fingiremos que nos estamos tomando unas vacaciones el uno del otro — dijo ella casi sin aliento, y cuando él volvió a recorrer su cuerpo con la mirada, la encontró con los ojos cerrados.

—No me gusta fingir.

—Pues bien que te gustaba anoche, cuando fingías ser un semental —espetó ella, abriendo sólo un ojo.

Él sonrió con cierta arrogancia, orgulloso de sí mismo.

—Y tú me seguiste el juego fingiendo ser mi yegua. —Dejó de sonreír y la examinó un instante mientras recordaba la excitación y algo más—. Aunque no te gustó mucho que atacara por detrás, ¿verdad?

—No recuerdo haberme quejado —aclaró ella encogiendo un hombro. Él la miró ceñudo.

—Sé sincera conmigo, Hinata. No quiero que hagamos nada con lo que no te sientas cómoda o de lo que no disfrutes plenamente.

—Lo disfruté, claro que sí. Ya te encargas tú de eso. Se te ve muy desenvuelto en todos los aspectos de la relación de pareja. Yo también quiero ser así, de verdad, pero para mí todo es nuevo, Naruto. Nada más. A veces no sé muy bien qué esperar. No tengo muy claro lo que tienes en mente, pero nunca me decepcionas.

—Si algo no te gustara, me lo dirías, ¿verdad?

—Por supuesto.

—Se acabaron los secretos entre nosotros. —Sabía que debía especificar, porque aún tenían secretos con el servicio y otras personas: las clases de lectura y las de cama. Pero no quería que Hinata volviera a ocultarle nada más a él.

—Te lo prometo —dijo, asintiendo con la cabeza.

—Bien. —Sostuvo el pie de Hinata entre las manos y empezó a besarle el puente, paseando su lengua por la planta y entre los dedos.

—Eso me parece perverso —murmuró ella en un susurro.

—Tengo previstas algunas otras perversidades para esta noche, querida.

Cumplió su promesa de formas que Hinata jamás había imaginado y sin duda nunca había previsto. Con cualquier otro hombre, probablemente se habría sentido muy incómoda. Le llenó una pierna de besos, ascendió por la otra a lametones. El ardor creciente la recorrió de los pies a la cabeza y de la cabeza a los pies.

Él le besó la cadera, el ombligo, de nuevo la cadera. Después se instaló entre sus muslos, y la llenó de besos y caricias con la lengua. Ella profirió un pequeño gemido y se agarró a las sábanas con fuerza.

—¡Naruto! —dijo empujándole los costados con los pies.

—¿No te gusta? —preguntó él, levantando la cabeza de entre sus piernas.

—Sí —asintió ella—. No debería, pero me gusta.

—Entonces relájate y disfruta.

¿Relajarse?, ¿Cómo iba a relajarse cuando su cuerpo era un hervidero de sensaciones? Cada movimiento de su lengua la excitaba un poco más, envolviéndola en una espiral de placer. No habría secretos entre ellos, pero jamás le contaría aquello a nadie.

Profirió un breve chillido y cuando se creía objeto del máximo disfrute posible, él empezó a agitarse con fuerza en su interior, proporcionándole aún más goce del que él mismo experimentaba. Sus cuerpos, fundidos, se sacudían y se apretaban el uno contra el otro, y en aquel instante supo que jamás confiaría en nadie como confiaba en él.

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Continuará...