Dulces y Narcisos

Adaptación por Alexa Bauder
Basado en el dorama Boys Over Flowers (Corea)
éste a su vez, basado en el manga Hana Yori Dango de Yōko Kamio

Capítulo XV

Distancias

El día siguiente a la experiencia de pollo con waffles, Terry una vez más fue despertado en esa pequeña habitación soleada; esta vez por una vocecilla que discutía con una más acerca de cómo hacerlo despertar. El joven se estiró debajo de las sábanas, le siguieron unas risas infantiles.

—Dile tú.

—No, a ti te enviaron.

—Y tú me seguiste, pensé que me ayudarías.

—¿Ayudarte en qué? —El rostro inglés se asomó por encima de las cobijas, una ceja alzada esperó por la respuesta de ambos chiquillos. Estos, al verse descubiertos, dieron unos pasos atrás, la rubia de coletas se armó de valor.

—Eres nuestro invitado de honor el día de hoy. Ha dicho la hermana María que… que…

—¡Que te apures a bajar! —Terminó de decir el chico.

Realizada la enmienda, ambos menores bajaron la escalera corriendo, fueron encontrados por Candy esquivándolos apenas, su voz, hizo que Terry se acomodara y pasara los dedos por la cabellera. Había sido una suerte haber tomado un baño nocturno para quitarse de encima la gomina.

—Buenos días, Terry.

—Buenos días, pecosa. En un momento bajo.

De un salto de la cama se dispuso a alistarse, a Candy le pareció una estampa irreal, ahí, con el pijama satín color azul marino, con el escudo de armas de su apellido bordado. Parpadeó unas cuántas veces, cuando su novio hizo evidente que necesitaría espacio para cambiarse.

—Ah, disculpa. —Negó volviendo a sonreír, sonrojada brevemente. —Los chicos te habrán dicho ya que eres nuestro invitado de honor, así que no es necesario que nos ayudes.

—Me niego. Si me permites, necesito…—Señaló la camiseta del día. — ¿Qué es ese olor?

La casa comenzó a impregnarse del dulce aroma de la mantequilla derretida y los recién hechos hot cakes hechos por Candy. Cayó en cuenta que ella había hecho una pausa a su labor debido al mandil con huellas de masa fresca; Tom había tomado la batuta mientras tanto.

—Mary ha querido compartir su día "M" contigo, así que hoy es el día "MT". ¿No te dijo eso hace un momento? Anda, baja.

—Wo, wo, alto ahí. —Detuvo su andar cerrándole el paso. —¿No significaba eso que es su cumpleaños? Para el mío falta todavía.

—Es el día M, son las reglas de Mary, y si ella dice que lo comparte contigo por ser invitado de honor, tú bajas y eres el invitado de honor, no me discutas, Terrence.

—Está bien, está bien. —El semblante satisfecho de la rubia le cautivó. Ella sacó de uno de los bolsillos frontales del delantal un cartoncillo decorado hacia él.

—Toma, me dieron esto para ti.

Mientras los pasos nuevamente sonaron en las escaleras cuesta abajo, Terry reconoció entre sus manos una corona de cartoncillo con su nombre escrito en trazos infantiles en crayola.

Habiéndose casado realmente muy joven y con la fortuna de la familia a cuestas, Richard Grandchester, duque, había salido del mercado casamentero apenas se hubiese fijado el compromiso con Ellen McAllister, otra heredera del ramo empresarial. Tan inteligente como sagaz, la chica contaba con un listado de logros académicos que le aseguraba un futuro prometedor. Educada, hermosa, con toda la clase que su madre deseaba para él. El joven, con el reciente título otorgado tras la muerte de su padre no podía faltarle nada, solo una cosa.

El calor de Los Ángeles y su cultura artística era algo totalmente nuevo para Richard. Había sido una excelente idea cambiar de aires y tomarse un descanso luego de su graduación universitaria. Sabía que sería el último sorbo de libertad que la duquesa viuda le había prometido antes de embarcarse a las obligaciones heredadas. Cuánta falta le había hecho su padre, su consejo, su guía. Él había necesitado más tiempo, pero es algo que ni el, podía comprar. Entonces, en uno de esos bares experimentales, arriba de un escenario y como invitada especial, apareció la rubia Eleanor Baker. Su larga melena ensortijada por las puntas y ese vestido de gasa largo le pareció irreal. Una diosa retro hippie que se movía al son de la música con un pandero en mano, con la más prodigiosa voz que jamás hubiese escuchado.

—¿Eres cantante profesional? —Había preguntado cuando unos amigos se la hubiesen presentado.

—Oh, no, no. Soy actriz. —Al ver la confusión en el galante rostro de Richard, un chico que a leguas se notaba no era de por ahí y confirmado con su marcado acento inglés, explicó—. Pretendo ser una actriz completa. Me gusta el teatro, me gusta la interpretación.

—Lo haces muy bien. —Sonrió fascinado. El lunar sobre sus pequeños y coloreados labios le daban el toque Marilyn Monroe sensual que contaban de las americanas. Sin embargo, ella tenía algo más que coquetería. Tenía presencia. Su ángel hablaba con el tono más amable cuando lo ameritaba, y a la vez, vibrante cuando algo le apasionaba.

Con él, su voz se volvía acompasada, sensual, amorosa. Algo que les duró durante seis meses y luego, un día amaneció lloviendo como presagio de vuelta a la realidad, a Londres.

¿Quién podría sospechar que Eleanor, el amor de su vida, su primer amor, guardaba un parentesco con Elle, su ¡vaya sorpresa!, prometida asignada?

Seis meses había durado su sueño californiano.

—¡Richard, querido!

Para Elle, la sorpresa fue enorme, nadie le había avisado del arribo de su marido en casa, estaba por hacer un firme reclamo a la servidumbre; pero por los recientes movimientos en los pasillos, entendió que ni ellos tenían idea de aquello. Lo encontró en su despacho revisando los sobres acumulados sobre su escritorio, de pie, con el traje y la gabardina bien puesta. Se giró, la exquisitez de sus facciones para ella, no habían cambiado un ápice. Y es que, realmente, Richard, a pesar de ese mechón blanquecino por el costado, mantenía un aspecto jovial propio de una sana madurez. El acercamiento no fue efusivo, aunque ella hubiese apresurado sus pasos y alcanzado ambas manos masculinas.

Richard mostró una breve sonrisa, tratando de llenar el vacío en su pecho y, como si fuese algo palpable, soltó a su mujer para llevar una palma al centro de este.

—¿Estás bien, Richard?

—Sí, claro. Fue un largo viaje, es todo.

Dejó un beso en su frente, con la intención de abandonar la habitación, pero la duquesa le retuvo.

—¿Cenamos juntos?

—Ahora no, Elle, lo hice en el camino. Iré a descansar, en dos días vuelo a América, tengo asuntos pendientes.

La mujer apretó los labios en un asentimiento, dejándole ir.

—¿Richard?

—Dime, mujer. —Arrastró su tono, agotado, volviendo a ella solo con la vista.

—Terry está justo allá. —esperó una reacción, algo que no sucedió, así que ella dio el resto. —Ha estado comportándose extraño. No va a sus entrenamientos, no he tenido informe de sus calificaciones y ha viajado mucho. Sin mi consentimiento, por cierto.

—Elle… —Richard se apoyó en el pomo del pilar de la escalera, exhalando. —Terry es independiente desde más joven, no podemos andar detrás de él a tiempo completo. Si se hace responsable de sus clases, por mí no hay problema.

—Ni siquiera su Club de Drama sabe mucho de él.

El padre frunció el ceño, eso sí que era nuevo.

—Cosas de muchachos, supongo.

Con toda intención de proseguir su camino escaleras arriba, Elle insistió.

—Justo de eso te quiero hablar. Hay una muchachita que…

Richard retrocedió dos pasos, mostró su palma, negando hasta con la cabeza.

—Ellen, Ellen. No vamos a discutir esos asuntos, no me interesa saber habladurías de adolescentes, por favor. Encárgate de eso, eres su madre, ¿no?

La duquesa asintió luego de un suspiro. Bien, que así fuera. Richard terminó de subir hasta perderse de su vista. Su mujer no había pasado por alto que Lena también hubiese regresado, aunque por ahora, ella durmiera en el chalé de la residencia. Técnicamente, no dormirían todos bajo el mismo techo.

—¡Ponte tu corona, anda!

Mary, la pequeña de coletas rubias en cuanto vio a Terry bajar, toda timidez desapareció, pues fue a él para jalarle por la mano para hacerlo sentar a su lado. Todos los niños usaban un gorrito de cartón, a diferencia de los festejados, quienes les correspondía una corona del mismo material.

—No tienes que ponértela si no quieres, Terry. —Alivió Candy al acercarse con cucharón en mano, volviendo enseguida a la cocina; él negó armando hábilmente los pliegues, colocándola sobre su cabeza, Mary sonrió con las ventanitas de su tierna dentadura, contenta.

—¡Abran paso, aquí va otra tanda! —Anunció Tom al llevar otros tantos hot cakes.

—¿Son suficientes? —Gritó Candy desde su lugar, su hermano hizo un rápido conteo a la gran montaña acumulada.

—¡Suficientes!

Mientras tanto, la Hermana María fue ayudada por Terry en cuanto la vio aparecer con una bolsa oscura de plástico; si no hubiese cooperado con las mesas y manteles donde todos los niños ya esperaban emocionados, al menos esto podía hacer por ella.

—Gracias, Terry, es la sorpresa para los niños. —Guiñó. Del interior y por el ruido provocado, dedujo eran bolsitas rellenas de dulces. Los dejó lejos del alcance por ahora de los curiosos, la señorita Ponny salió de la cocina con una jarra de chocolate tibia para servir uno a uno, nuevamente, quiso ayudar.

—Deja, muchacho, eres el invitado de honor de Mary. —Dijo con esto, dando a entender que siguiera las reglas de la festejada, la pequeña a su lado, volvió a mostrar la sonrisa de dulce.

—¡Mary! Está bien que eres la festejada, pero sabes que no se puede comer nada hasta que demos gracias.

La pequeña se relamió los bigotes marrones y más que avergonzarse, rio a escondidas un poco más.

Terry imaginó en ella a una pequeña Candy, siempre adelantada a la comida.

El resto de la mañana fue de dulces, juegos y siesta, Mary compartió con Terry apagar las velas de su pequeña torre de tres piezas con miel para que sus deseos se hicieran realidad.

Había sido como un festejo de "No cumpleaños" para el heredero. Al atardecer, en el pórtico del Hogar de Ponny, con esa vista de tejados ya conocida, sin palabras, Terry y Candy compartieron una taza extra de chocolate más caliente.

—Así que aquí creciste. —Candy asintió, estiró las piernas sobre las escaleras en un largo suspiro. —Es tan fácil para ti ser tan feliz con… —Aclaró la garganta, enseriándose de pronto.

—¿Con tan poco, Terry? Así es. No tenemos mucho, pero es suficiente.

Terry admiró el seco jardín que apenas volvía a reverdecer, pensó que, para primavera o verano, aquella sería una bonita imagen. Había ayudado al Hogar de Ponny, pero no le pareció suficiente.

—Esa fuente de allá, se vería bonita si estuviera en función. —Señaló a la que, hecha de piedra, alzaba en lo alto como en el medallón del enrejado, un ángel danzarín desprovisto de su trompeta.

Candy miró, pero no al ángel, sino a él.

—No me dejarás repararla, ¿verdad? —Sin dejar de sonreír, su rubia novia negó, sin atisbo de reclamo. Al notar que era a el quien le dirigía la atención, quedó enganchado en sus ojos esmeralda, en sus pecas salpicadas.

A continuación, Terry exhaló y sin pensarlo demasiado, acortó la distancia entre ambos, solo deteniéndose a cortos centímetros de sus labios; el suspiro de Candy se encontró con los del inglés y aunque, temblorosos, sus párpados estaban cerrados, su novia también esperaba el ansiado beso que tuvo lugar por unos segundos. El toque más suave y dulce que jamás había imaginado lo llevó a las nubes. Ambos, sin importarles qué hacer una vez ahí ni qué seguía después, sonrieron silenciosamente. Ella, con las mejillas y el puente de su nariz sonrojado desvió la mirada, a lo que Terry volvió a recuperar con un dedo debajo de su mentón.

—No, Candy. No dejes de mirarme así. Jamás dejes de hacerlo. Promételo.

Sintió que se le iba la vida si, en algún momento, perdiera esto que sentía por ella.

—Estás loquito, Terry. —Susurró, ¿acaso sus ojos verdes brillaron acuosos? Su corazón aceleró, la garganta se cerró.

Terry Grandchester era el dueño de su primer, oficial y sincero beso de amor.

—Lo estoy desde que te vi, pequeño monstruo. Mi monstruo.

De nuevo, ambos miraron al horizonte, al mar de tejas desgastadas que el sol apenas iluminaba escondiéndose a lo lejos.

—Gracias, Candy.

De regreso a Londres, Terry entró a zancadas apresuradas al ver el auto de su padre frente a la puerta, pero las instrucciones de Takarai al verlo fueron claras, su madre lo esperaba en el despacho. Preguntando por su padre, le informó que él recién había partido y que el auto había sido dispuesto para Lena. ¿Ella aquí todavía?

Con paso más tranquilo y sin ánimo, cerró tras de sí la puerta que su madre señaló para hacerlo sentar luego, frente a ella. Revisando otras cosas que parecían más importantes, comenzó, sin mirarle.

—Veo que tienes asuntos también en América.

En vista del silencio de su hijo, alzó la vista, él se encogió de hombros, sin entender, ¿qué debía responderle? Jamás se ocupaba de lo que hacía o dejaba de hacer, más allá de controlar sus horarios cuando andaba por casa o solicitaba su presencia en algún evento al cual había comprometido sin previa consulta.

—No creas que no estoy enterada de todo, Terry. Te advierto que esas amistades tuyas no van a llevarte a nada bueno. —Le dejó hablar, sus ojos azules se achicaron; si su madre quería llegar a un punto, lo haría sola. — No he tenido noticias de tus calificaciones.

—Seguramente las tiene Takarai.

—No, no las tiene, me informaron que tienes un cúmulo de una semana ausente. —Terry aclaró la garganta. —¿Dónde te has metido, jovencito?

—Es solo una semana, la repondré con trabajos extra, como siempre, además, —negó sin entender— ¿Desde cuando estás al tanto de todo esto?

La mujer, al ponerse de pie, le extendió un manojo de fotografías donde se le veía con Candy y sus amigos en diferentes lugares, desde las islas hasta Chicago, desde el juego de Golf, hasta el restaurante italiano. Esto era un atropello a su privacidad. Se envaró sin ver más allá, su madre, con mano a su hombro le impidió saltar de su lugar. ¿Acaso Takarai estaba metido en todo esto?

—Tú, madre. —Soltó decepcionado, una vez más.

—Debes dejar de comportarte como un niño, Terrence. Tu padre ya no te lleva a los avioncitos, ya eres un hombre.

Cierto, hacía mucho que su padre había dejado de hacer con él muchas cosas, lo recordó con vista en un punto fijo, la duquesa habló detrás de él.

—Debes centrarte en tu futuro, estás a un año de ir a la Universidad, por Dios, y tu jugando con una niña.

Las alarmas se prendieron, Terry volvió a tierra, trató de mantener la calma.

—Candy no tiene nada que ver en esto, nada. —La frase salió a tirabuzón.

—Demuéstralo. Reconsidera tus prioridades. Un heredero de Mercers' tiene obligaciones, no caprichos.

Terry salió de ese lugar cuando su madre se lo hubo permitido, cuando hubo sembrado la desconfianza hacia Takarai, cuando dio a entender que le tendría vigilado y al margen de Candy y le recordara para lo único que podía esperarse de el: Heredar y seguir generando dinero.

Motivos románticos y rojos inundaban los locales de Covent Garden con ofertas que tentaban hasta al ciudadano más soltero de Londres, con cajas de chocolates y osos afelpados bien exhibidos en los escaparates. Annie contaba con entusiasmo de la cita acordada con ese cliente frecuente de Candy Cakes. Mientras Annie buscaba algo nuevo y lindo qué usar en el cabello para la ocasión, Candy se debatía en encontrar algo que se ajustara a su presupuesto para Terry. Nunca había tenido qué regalar a alguien para estas fechas y ahora le resultaba un lío.

—Estos precios son demasiado. Regalar a un chico es muy difícil, además, Terry lo tiene todo. Es inútil. —Descartó una billetera que por muy bonita que se viera, no estaba a la altura de lo que él usaba, ni en sueños y, aun así, podría desfalcarla.

—Ánimo Candy, yo sé de algo que él no tiene. —Annie guiñó prometiendo su ayuda.

Días después, la rubia llegó a puertas del F4 con una bolsa de papel discreta pero elegante, nada que delatara el contenido, salvo un listón dorado en un moño muy bien elaborado. Terry la recibió echando a Archie y Stear de ahí en cuanto sospechó de qué iba la reunión. Ambos parientes los dejaron solos, no sin las sonrisas bajas que ahogaron el deseo de realmente saber qué ocurría entre esos dos.

—¿Qué pasa, pecosa?, ¿qué traes ahí?

—Eh… Aquí, bueno. Yo… —Extendió bien su brazo ofreciendo la bolsa, apartando la vista de él. Terry entendió de inmediato.

Estos últimos días lo había notado un tanto distraído, si bien, seguía haciendo locuras con su permiso siempre a medias, había veces que parecía estar en otro lugar. Fue hasta ese momento que se preguntó si no había sido demasiado ir a dejarle un regalo por el día de San Valentín. Su novio tomó la bolsa, negó.

—Candy, no debiste.

—Ah, ¿crees que yo no puedo darte regalos?

—No es eso. — Terry sabía de la situación de su pecosa. Trabajaba duro para ayudar a sus madres, lo hacía con gusto y esmero, porque como sabía, siempre había trabajado, no podía dejar de hacerlo; y él tenía prohibido extenderle un cheque para olvidarse de ello hasta el siguiente año. Así que de pensar que ella hubiese gastado una libra esterlina en él, le preocupaba.

—No gasté nada, solo ábrelo ya, Terry, no quiero hacerme vieja aquí.

Así lo hizo y, antes de comenzar un regaño, palpó en el interior, de donde sacó una suave bufanda tejida con su color favorito, un azul profundo y por un costado, un bonito bordado de una flor de Liz, un minúsculo detalle que contenía el escudo de armas de su apellido, pero que Candy había observado muy bien e incluido en el diseño. No podía creerlo.

—Candy, esto es…

—Oh, lo sé. No es ni siquiera la mitad de una de tus grandes marcas, puedes usarlo al menos para calentarte los pies. —Terry negó con la sonrisa que podía derretir el Polo Norte.

—Tienes razón, Candy, esto no es la mitad de ellas. Tu regalo lo duplica. Multiplica, mejor dicho. No tiene valor que lo supere. Gracias.

Con su regalo en mano, acercó a su novia desde la cintura, Candy tartamudeó.

—Ey, ey, ¿qué haces?

—Quiero un beso de mi novia, mi San Valentín.

—¡Terry! —Su risa avergonzada fue acompañada de torpes movimientos de sus manos para alejarlo. No es que no se sintiera atraída, sino que, por el contrario. Todo esto era nuevo. De puntillas y cerciorándose que realmente no hubiese nadie ahí, cosa rara, porque nadie más podría entrar a ese salón, dejó un breve beso en los labios de Terry, rápido y corto. —¿Contento? —Terry, negó, pero la soltó despacio.

—Casi.

Colocó la bufanda en su lugar, sobre su cuello, la alisó orgulloso sobre su pecho e hizo una suerte en ella de tal modo que adquirió el toque sofisticado con su blazer.

—Tu regalo está en tu casillero, quería que fuera una sorpresa. —Anunció. A Candy se le iluminó el rostro, luego de estar un poco absorta en la imagen que tenía delante. —¿Quieres ir a cenar? Tu elijes dónde esta vez.

—¡Sí! Bueno, tengo que irme, tengo clase. ¡Gracias!

Y más apresurada por ver su regalo que la eminente excusa, salió de ahí corriendo.

Patty O'Brian tomaba un descanso de su Club de capacitación para la regularización de chicos de bajos recursos, daba otro repaso a una de sus clases y organizaba en la agenda electrónica sus próximos compromisos tanto escolares, extraescolares como familiares. Stear la observaba a lo lejos antes de acercarse a entablar conversación con ella y una vez decidido, en camino a su encuentro, se ajustó el chaleco debajo de su saco.

—¿Cree que tenga espacio de aquí a un año, señorita?

—Stear, hola. —Alzó la vista a él, invitándolo a sentarse a su lado, cerrando todo dispositivo y libreta en su regazo para darle toda la atención. Stear no podía quejarse de sus impecables modales. A veces se sentía un poquito intimidado por la madurez apreciable en su nueva amiga. —Solo ponía en orden algunas cosas. ¿Cómo estás?

Antes de su respuesta, un chico de menor edad llegó a ellos, llevaba consigo una cajita de regalo que ofreció a Cornwell. Sonrió y dijo el nombre de una chica. Había sucedido que, por ese año en que chicos y chicas compartían el plantel, se les había ocurrido que por un par de libras y por diversión, los menores fueran los encargados de entregar los regalos por el día de San Valentín en el Colegio, fuera hacia los chicos o chicas, anónimos o no. Stear aclaró la garganta, habiendo reconocido que no había sido correcto haberle entregado un regalo en presencia de otra alumna, aún con esto, a Patty le hizo gracia.

—¿Has alcanzado ya tu ración de chocolates? —preguntó ella.

—Por un año. Es decir, no, no, perdón, no quise decir eso.

—No te preocupes, Stear. Sólo bromeo.

Había dado unas cuantas vueltas hacia el salón F4 para dejar los obsequios y no cargar con ellos por todo el Colegio. Aunque claro, nada se comparaba con la cantidad recibida en anteriores años por Terry, quien ahora pidió, casi que exigió que, en lugar de regalos, fuesen donativos a obras de caridad. ¿Archie? Él era otro asunto, jamás renunciaría a su dulce dotación exorbitante recibida no solo ahí por entonces, paquetería ordinaria, sino en el museo y entregas internacionales. Sus redes sociales estallaban de felicitaciones y mensajes. Nunca sabría con cuántas chicas estaba relacionado. Hasta Eliza, por difícil que fuera de creer, tenía su buena cantidad de admiradores. Aun así, su veneno y mirada eran algo que desmeritaba toda cara bonita que ella pudiese tener, porque sí, la tenía.

Al contrario, notó que Patty no llevaba consigo ningún obsequio, pensó que sería tan prevenida como para tampoco lucirlos.

—¿Quieres probar? —Ofreció Stear de su nueva caja de golosinas.

—No sería cortés, pero gracias.

—Me preguntaba, Patty si… Estuvieras hoy libre. No es que haya sido de improviso, entenderé si lo estás, pero... Tú sabes.

—Lo siento, Stear. Tengo mi noche ocupada, una cita muy importante.

—Ya veo. —Asintió rascándose la nuca, sonriente.

—A menos que quieras acompañarme.

—¿A tu cita? ¿Segura? No entiendo.

—Claro, sí. Hoy es el recital de beneficencia de Mercers', en el museo, ¿recuerdas?

—En el… ¡Ah sí, sí! Eso que hacen para… —Estuvo a punto de arruinarlo. —Tú, ¿vas cada año?

—Por supuesto. Toco el piano, mi abuela es presidenta de las Damas de la Buena Voluntad.

A Stear no dejaba de sorprenderle esta chica. Se preguntó si se estaba metiendo con la más santa de todas, y que, si alguna vez le pidiera un beso, lo denunciaría por pervertido. Un momento, ¿estaba pensando en robarle o pedirle un beso a Patricia O'Brian?

—Nunca he ido, pero será un placer acompañarte.

—Perfecto. —El timbre sonó, rápidamente con pertenencias en brazos, Patty se alistó para marcharse. —Si quieres, luego de dejar a mi abuela en casa, podemos ir por pizza. ¿Qué te parece?

—Me parece muy bien. ¿Paso por ti?

—Nos vemos allá. Hasta pronto, Stear.

Otro momento, reaccionó. ¿Acaso una chica le había invitado a salir? Una chica tomando iniciativa para planear una cita. Vaya, vaya, Cornwell, has caído.

—¡Señorita, señorita! —Otro chico alcanzó a Patty, ofreciendo una hermosa caja que sin duda se trataba de un obsequio especial. —Un admirador secreto. —Completó, con una sonrisa, se alejó de ahí. A Patty le pareció lo más extraño del mundo, pensando que había una equivocación pues nadie, en todo el día se le había acercado para darle algo. Stear huyó de ahí luego de cerciorarse de que su encargo hubiese sido realizado.

Candy con toda ilusión, llegó a casa de Annie con su regalo en manos, un ramo de rosas blancas y rosadas que encontró en su casillero, bonitos listones satinados colgaban de ellas. El detalle, aunque sencillo, no perdía la finura distintiva de Terry. Aunada, había encontrado una tarjeta sencilla, escrita de puño y letra manuscrita de su novio, esa la llevaba en su bolso. No necesitaba más y Terry, por esta ocasión, había acertado. Annie la recibió dentro, sorprendida por tal motivo floral, emocionada tanto como ella. Le contó cuánto le había gustado el regalo a Terry, agradeciendo además la ayuda a su amiga, pues Annie era quien le había enseñado a tejer en su estadía y Candy, recordando las instrucciones de la Hermana María y un poco de tutorial en internet, había conseguido un trabajo bonito con el bordado.

—Ahora, cuéntame, Annie, ¿verás hoy a tu chico?

—No es mi chico, solo me invitó a salir, fue casualidad que cayera en esta fecha.

Minimizó. Ambas se prepararon para partir a Candy Cakes, que si bien, acordaron llegar un poco más tarde, el trabajo que les esperaba sería intenso. Ni bien terminaran, se marcharían a sus respectivas citas; Terry iría por Candy para, como habían acordado, cenar juntos. Comida japonesa sería algo que ella siempre hubiese querido probar, así que, en su plan, estaba el pedir para llevar para evitar el bochornoso papel de aprender a comer con palillos.

—Por cierto, Candy, mamá dejó dicho que llamaras al Hogar de Ponny, quieren que te comuniques. Si no quieres despertar a los chicos, sugiero que sea antes de irnos.

A Candy, pareciéndole bastante extraño, lo hizo en ese momento. Quien contestó fue la Señorita Ponny.

—Mi niña, ¿cómo estás? ¿Cómo se porta Tom? ¿Y tú?

—Todos estamos bien, gracias, ¿y ustedes?

—Qué bueno. Todos estamos bien, gracias a Dios. —Su voz era tranquila, algo que sacó del trance de preocupación a Candy, más lo siguiente, le devolvió la intranquilidad. —Queríamos avisarte que estamos a punto de mudarnos.

—¿Qué? ¿Cómo que mudarse? ¿Qué ocurrió?

—Nada, nada. El dueño ha vendido la propiedad, así que hemos conseguido un lugar en renta.

—Pero… ¿Qué pasó con el contrato que tenían?

—El señor Robinson murió hace dos años, es quien nos tenía por buena voluntad aquí sin pago, pero su hijo tomó posesión de todo y hasta ahora todo había quedado igual.

Candy maldijo silenciosamente a ese tal hijo, pero la señorita Ponny, con su dulce voz, parecía no tomarle demasiada importancia.

—Así son las cosas, Candy, todo cambia, así que te llamaba para darte los nuevos datos, dirección y teléfono.

Al anotar todo, notó como la mano le temblaba, aun cuando le pidió que no se preocupara, fue su madre quien le pidió lo mismo. Esto elevaría los gastos, por seguro. Había de alguna manera, conseguir más dinero para afrontarlo, sabía que ellas iban justas con la manutención y que tenían un fondo, pero en algún punto se terminaría. ¡Dios! Quiso en ese momento atravesar el océano en su ayuda, pero mucho, no podía hacer.

Continuará…