12, CAPÍTULO DOCE,

CHAPTER TWELVE.


La mañana del día siguiente comienza especialmente diferente a muchas otras. Italy nos despierta a horas ridículas de la mañana para enseñarnos el itinerario de hoy, los ultimaciones antes de la gran noche, con una energía tan sorprendente que empiezo a envidiar. También me pregunto si esta pequeña chica en realidad necesita dormir.

Pero, ¡oye! Si es su cumpleaños, no podría esperar menos. Así que la abordamos en gritos, ovaciones y alabanzas. Todo a su favor.

—¡La mañana es totalmente nuestra! —exclama animadamente ella mientras yo intento no ahogarme en mi taza de café—. ¡Iremos a cualquier sitio inimaginable de Toronto, así es! Pídelo y yo... te lo daré.

—Inina... inimanable... ini... —murmura Amelia del otro lado de la mesa, más dormida que despierta, con su cachete sobre la palma de su mano.

—Inimaginable —repito divertida, observándola balbucear la palabra.

—¡Pido otra hora más de sueño! —profiere en su lugar ella.

—¡No! —objeta Italy, moviéndose de allá para acá en la habitación, señalando fieramente algo en el papel en sus manos—. Los mejores lugares son más disfrutables por la mañana, debido a que hay menos gente. Please, chicas.

—De acuerdo —digo, poniendo la taza de café sobre la mesa—. Conozcamos Toronto.

Italy sonríe a lo grande.

Vamos a varios sitios de Toronto antes de que el mediodía finalmente se presente, e incluso después. Por primera vez, la ciudad se muestra agradablemente ante de mí. No esperaba de ella reciprocidad, pero es mi sensación a medida que recorremos cada una de sus atracciones turísticas. Tampoco presumo de molestia, no a diferencia del otoño pasado, y ese quizás es el por qué me parece tan encantadora.

Naturalmente, la Torre CN toma relevancia en el primer lugar de la lista. Amelia se resiste un poco, pero termina cediendo. Con el estadio Rogers Centre por un lado y un parque público al otro, alzamos la vista hacia la construcción de aguja, asimilada a un famélico trompo. Siempre he hallado algo de orgullo en estos monumentos.

Hay escasez de gentío por no tratarse de una hora punta, tal como aseguró Italy, pero avanza a medida que el día lo hace. En el interior, Amelia se ve asaltada por un constante desequilibrio por los suelos de cristal, pero logra estabilizarse cuando tomamos el almuerzo en el restaurante, aún cuando este gira constantemente debido a su propósito de 360º.

—Podemos ir más arriba —tararea Italy, batiendo un par de entradas con un brillo de adrenalina—. Ya saben... caminar por el filo.

Ese es el Edgewalk, una caminata por el exterior de la torre a más de cien pisos de altura. Por supuesto, uno es asegurado con arnés de seguridad, pero Amelia parece pensar que la soltarán al vacío cuando exclama:

—¡De ninguna manera!

—Es sólo un nivel más arriba, Ame —intenta convencer Italy mientras yo escondo una sonrisa.

—¡No! Mi vértigo no necesita ser desafiado, muchas gracias.

Italy decide verme suplicante, en su lugar.

—De acuerdo —acepto, encogiéndome de hombros.

Así que, de esa forma, conozco a Toronto más de la cuenta y de una manera bastante especial. Con el arnés de seguridad e Italy a mi lado riendo sonoramente, una muestra entre nervios y excitación, caemos hacia atrás, sobre la circunferencia de cristal de la torre. Mi corazón atiende a la emoción, parece a punto de explotar contra mi pecho cada que miro sobre mi hombro hacia la ciudad debajo de mí, rodeándome con altos edificios y rascacielos, cielos empolvados y límpidos lagos.

Un aire fresco, congelado en su mayoría, choca constantemente contra mi cara y revuelve mi cabello. Aún así, la sensación adrenalínica es más fuerte. Italy nunca para de reír, quizá en un síntoma de shock.

Pero mi corazón nunca late tan fuerte como al bajar de la torre.

Amelia tira de mi brazo, señalando sorprendida a un chico a sus espaldas. Retraída en la conversación de Italy, tardo en enfocarme en lo que tanto parece advertir, hasta que un estrépito atrae mi atención.

—Dime —murmura ella, sorprendida—, ¿es él?

Intento seguir la dirección de su mirada, atraída por una algarabía a unos metros de distancia donde una pequeña multitud se reúne tratando de colmar su interés.

¿Quién? Intento preguntar. ¿Por quién buscas? —Por allá —señala Amelia, hacia la muchedumbre—, ¿lo ves?

Una mata de cabello rubio sobresale entre el gentío.

—¿Es el...?

—El chico del aeropuerto —suspira Amelia.

Parpadeo, pero me resulta difícil reconocerlo. Amelia es quien cayó en sus brazos, Amelia es quien se quedó embobada mirando su rostro. Lo único factible para mí es su nítido cabello rubio.

—¿Quieres ir a darle las gracias? —bromeo, todavía en mi intento de darle cara a la conmoción de Amelia.

Pero ella me reta con la mirada. Río disimuladamente antes de desviar la vista, sólo un poco hacia la derecha, donde una agitación parece originarse.

—¿A qué se debe tanto escándalo? —cuestiona Italy, brincando sobre sus pies para lograr atrapar siquiera un vistazo del disturbio.

—O a quién —murmuro.

Entonces... el brío del montón se abre, exponiendo su interior.

No esperaba que lo hicieran, ni siquiera estoy preparada para conocer de qué va tanta revuelta, pero supongo que eso ya no importa.

Y ahí está él, como salido de un cuento de hadas. Irreal, imposible.

A través de la distancia, entre el motón conglomerado, observo a Shawn Mendes sonreír a las personas que le rodean.

Pierdo el aliento, mi garganta se cierra, todo... todo en mí simplemente se paraliza. Mi piel se eriza con una mesura indescriptible, sorprendida, admirada. Mi entorno se estira, expandiéndose, intentando llegar a los lugares prohibidos por mi cordura. Existen tantas emociones luchando en mi interior que ninguna es segura y quedo a merced del desconcierto.

Y luego, como si necesitara más, como si pudiera soportar más, él levanta la mirada.

Todo cae. El precario y falso control que mantengo sobre mi mundo, sobre mis emociones, se derrumba como si nunca hubiera existido. Me siento al filo de la torre, cayendo sin cuerda de seguridad.

Su mirada da con la mía y algo... no sé qué, pero algo sencillamente explota a mí alrededor, un muro de estática tronando contra mis oídos. Le observo tomar aire, como si de pronto le faltara. La sonrisa gentil y pública, dueña de millones de suspiros, desaparece en un instante prodigioso.

Hay un silencio sobrenatural, también. El ruido sigue existiendo pero en segundo plano, no importando en lo absoluto.

Inconscientemente, doy un paso hacia él, y Shawn da un paso hacia mí.

Amelia e Italy aguardan tácitamente, mi mundo me permite avanzar libremente hacia el suyo.

El mundo de Shawn no.

Andrew Gertler lo toma del brazo y parece gritarle, ¿qué estás haciendo? Shawn lo observa, ceñudo, e intenta mirarme de nuevo, pero uno de sus guardias de seguridad se interpone, ocultándome de su campo de visión. La multitud no le permite avanzar, tampoco seguridad... tampoco su mánager.

Ese efímero momento de frenesí se detiene, todo parece establecerse.

Y él desaparece.

Miro, nerviosa, alrededor. Intento hallar un atisbo de su acaramelado cabello ruloso, o una señal de que sigue aquí, una mirada de sus preciosos ojos... más no hay nada.

Cuando el área es despejada, las personas volviendo a sus asuntos con una sonrisa impresionada, él ya no está.

Shawn es alejado de mí, y eso es todo.

Suelto un suspiro rasposo, y volteo hacia las chicas.

—¿Cuál es el siguiente lugar en la lista? —inquiero, imitando un colosal acto de desidia.

Amelia e Italy parpadean, borrando la compasión de sus rasgos. No llegan a entender qué acaba de pesar. Tampoco yo lo hago.

—En realidad —Italy intenta sonreír—, hay un lugar estupendo de comida asiática. ¡Chinatown!

Por el resto del día, finjo que no le he visto. El recuerdo puede hacerme caer de rodillas. Ignoro que existe, y aparento supuesta ignorancia. De otra forma, estoy segura que me apenaré.

—Es este uno de los lugares más aclamados de Toronto, ¿no es cierto? —pregunto, mientras ella conduce a lo largo de toda la avenida Spadina. No nos toma más de cinco minutos llegar con la conducción casi catastrófica de Italy.

—Sí, eso creo —responde ella, maniobrando el volante. Por un segundo me asalta la preocupación de que sea demasiado pequeña para controlar un vehículo como este—. Personalmente, me gusta más la comida francesa. Frecuento Chinatown porque una amiga vive por aquí.

—¿Quién? —inquiero, con extraña curiosidad.

—Su nombre es Kyandi —expresa Italy, con tono entrañable—. Es japonesa. Es la chica más dulce que quizá llegues a conocer.

Ella menea la cabeza, como persiguiendo un recuerdo cálido. —Asistirá también a la fiesta —añade.

Después de Chinatown, recorremos el mercado Kensington a pie, desentrañando sus tiendas hippies, calles atestadas de arte y establecimientos de café. Se convierte en mi lugar favorito de Toronto, algo nostálgico entre sus paredes que me conmueve, tal vez por ser antiguo y ajeno a la apresurada vida capital.

No nos detenemos únicamente ahí. A un par de minutos de diferencia también se encuentra la Galería de Arte de Ontario, un lugar colmado de obras artísticas del que Italy no puede evitar resistirse a mostrarnos. Incluso a Amelia, que no entiende el arte del todo.

Nos encontramos en el epítome de la ciudad, la abundancia cultural e histórica de Toronto. Las horas se alargan mientras vamos de un lugar a otro, llenando todos los sitios inimaginables, tal como Italy prometió.

De un museo, a un zoológico. De un castillo, real y hermoso, a un acuario con miles de animales marinos en custodia. Incluso vamos a un par de mercados y caminamos por una de sus calles más ilustres.

Al final, mientras Italy se halla conduciendo hacia nuestro último destino, el centro comercial Eaton Centre, por compras de último minuto, hace la temida pregunta.

—Tengo curiosidad... —dice, sonriendo con lo que me parece es más malicia que inocente interés—. ¿Esta amistad entre tú y Shawn Mendes es definida o ustedes dos, ya sabes... pueden romper un par de reglas?

—¿Reglas? —repito confundida, mientras escucho a Amelia reír disimuladamente desde el asiento del copiloto—. ¿A qué te refieres?

—¿Son solamente amigos? —pregunta rápido—. ¿O tienen libertades?

—Sería difícil ser sólo amiga de ese bombón —murmura Amelia, mirando distraídamente por la ventana.

—Bueno —intento responder, ignorándola—, él y yo...

Pero me doy cuenta que no tengo una absoluta idea de qué somos con claridad. Él y yo sí hemos roto un par de límites, y a veces nos hablamos como nunca los amigos deberían hablarse... y luego, estoy yo, sintiendo de más.

—No lo sé —termino suspirando.

—Bueno, no dudo que lo descubras antes de que este viaje finalice —tranquiliza Italy—. Mientras tanto, ¡vámonos de compras!

Jesús, María y José. ¡Las compras son estresantes! Me gustan, lo reconozco. Me encanta la ropa nueva, los zapatos nuevos, ¡los libros nuevos! El intermedio que tardo entre decidirme por una cosa o por otra es lo que carboniza mis neuronas. ¿Esto como puede ser sedante?

Para cuando Italy finalmente estaciona el jeep bajo el techo de su cochera, Amelia se ha quedado dormida en los asientos de atrás. Le tomo una fotografía antes de sacudirla hasta despertarla, logrando una mirada furibunda de su parte.

—¿Qué? —me burlo—. ¿Soñando con el chico del aeropuerto?

—No —resopla ella, desabrochando su cinturón de seguridad—, te recuerdo que acabo de salir de una relación.

Oh, cierto. Pinky y Cerebro han terminado definitivamente. Me tenía preguntando cuándo sucedería.

Me encojo de hombros y bajo del auto. Del otro lado, me encuentro a Italy batallando con las bolsas de compras. Nos acercamos a ayudarle mientras su cabeza rizada y pelirroja sobresale entre el montón.

—¿Quién está lista para dar una colosal fiesta? —grita, contenta.