Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.
CAPITULO V
Cuando Candy volvió en sí se hallaba fuera del castillo donde había pasado tan triste y desgraciado acontecimiento. Miró a su alrededor y vio que se hallaba en un lugar solitario. Eliza y Elroy estaban sentadas a su lado y Terrence a corta distancia en pie. En el instante recordó lo que había pasado, y un dolor amargo, desesperante, le rasgó el corazón al mirarse por su culpa señalada con la humillante e ignominiosa marca de la sierpe; se tiró al suelo, se arrancó los cabellos y dio gritos desolada. Terrence se acercó y le dijo con imperio: «—Candy, ¿en qué piensas?, ¿qué pretendes con esos vanos lamentos? Mejor fuera que no hubieras, con tu imprudencia, atraído sobre ti y sobre nosotros tan terrible desgracia». La joven levantó entonces su pálido y abatido rostro y exclamó: «—¿Por qué, infeliz de mí, he sido tan imprudente? ¿Por qué he persistido en ver este funesto castillo? Ahora comprendo por qué el Príncipe rehusaba acceder a mis ruegos. ¿Qué hemos de hacer yo y tú, Terrence infeliz? Pero ¡ah! —dijo, calmándose un tanto y con acento que manifestaba que la esperanza renacía en su pecho—, iremos a arrojarnos a los pies del Príncipe, conozco la bondad de su generoso corazón y él nos perdonará; sí, sí, porque… —Insensata Candy —exclamó Terrence interrumpiéndola—, ¿en qué piensas? ¡Ah! bien se conoce que ignoras hasta dónde llega la severidad del Príncipe; ¡ay de mí! yo le he visto castigar con rigor las menores faltas. Y tú, desgraciada, ¿piensas presentarte a sus ojos señalada con esa marca odiosa para él, y que había borrado con su sangre? ¿Tú, qué has dejado escapar al terrible enemigo a quien había encadenado? ¡Yo jamás osaré presentarme a su vista!... Y tú, tú has hecho mi desgracia… Yo tiemblo, me parece que nos persiguen… Oigo ruido… Huyamos»; y al decir esto hizo ademán de correr tomando a Eliza por la mano. Candy, fuera de sí y llena de espanto se levantó también y exclamó con angustiada voz: «—¡Oh! por piedad, por compasión, no me abandonéis, os lo ruego. ¿Qué sería de mí?» Terrence, que no deseaba otra cosa, fingió que condescendía con ella y dejó que le siguiesen, y Candy y Elroy tuvieron que emprender tras ellos su carrera.
Era ya cerca de la noche y la oscuridad empezaba a extenderse por aquel campo, cuando oyeron pasos de los soldados de las Luces, y creció hasta el extremo el espanto de la infeliz fugitiva, que insensata huía de los que la querían salvar.
Terrence y sus compañeras se internaron en un bosque donde hicieron alto para pasar allí la noche, entonces oyeron la voz de Albert que llamaba a su querida pupila. «—Amada niña —le decía—, ¿en dónde te hallas? Vuelve, vuelve, yo te lo ruego. —No respondas, Candy —le dijo Eliza—, o somos perdidos». La desgraciada siguió los consejos de su pérfida amiga, y no respondió a Albert, que angustiado y cariñoso la buscaba.
Candy se retiró un poco porque deseaba derramar sin testigos su triste y doloroso llanto. Sintió que se movía su corazón; la costumbre que tenía le hizo tomarlo y ver lo que allí estaba escrito. El Príncipe le decía: «Amada Candy, esta noche me dejan descansar también los negocios de la guerra; ¿quieres dedicármela como la pasada?» Indescriptibles son los tormentos de Candy al leer estas palabras; la deliciosa noche que le recordaba su Amado no servía sino para aumentar su amargura. ¡Ay! La desgraciada no sabía qué partido tomar. ¿No responder al Príncipe?, ¡ah! era cosa insufrible; ¿pero qué podía decirle? Cerró violentamente su corazón para no ver aquellos caracteres queridos, y que antes de aquel infausto día la colmaban de felicidad. Pocos momentos después volvió el corazón a moverse y Candy vio escrito: «Candy, amada mía, ¿por qué ese silencio que me asesina?» La joven no contestó y cerró prontamente el corazón, que poco después se movió por tercera vez. El Príncipe le decía: «¿Por qué no me respondes? ¿Acaso estás dormida?» Candy guardó un tenaz silencio. El corazón no se movió en toda la noche.
Apenas hubo luz, Candy se apresuró a ver su espejo. «—Ya que nunca más gozaré —decía—, la dulzura de sus palabras, quiero al menos contemplar su rostro encantador». ¡Ay! la infeliz vio burladas sus esperanzas, el espejo estaba empañado por el aliento de la sierpe, y sobre él se dejaba ver la marca que ella llevaba en su cuello. En vano procuró limpiarlo. Pero después de algún rato a través de las manchas que oscurecían, Candy vio en lugar del semblante que buscaba, monstruos y figuras espantosas que la hacían estremecer, fieras que amenazaban devorarla, y sombras que se burlaban de ella con muecas y además ridículos; después, aclarándose un poco más el espejo, Candy vio en él su propio rostro pálido y marchito y su cuello afeado por la ignominiosa marca.
Bien entrado el día volvieron a ponerse en camino. Terrence era el conductor y andaban por espantosos desiertos. Candy notó que el camino iba de bajada; esto la hubiera asustado en otra ocasión, pero el desesperante estado en que se encontraba, nada podía aumentar su amargura. Dos días después, de repente se movió su corazón, le abrió sin que lo notaran sus compañeros, y vio que decía: «Amada Candy, ya sé tú desgracia, no temas nada, querida mía, nada se ha perdido. Aún hay sangre en mis venas y gozoso la derramaré por ti. Aún hay fuerzas…» Candy tuvo que interrumpir y apenas pudo ocultar su corazón, porque Eliza se acercó a ella diciéndole: «—Candy, levántate, vámonos a caminar inmediatamente». La joven tuvo que seguir a Eliza y hasta mucho después volvió a abrir su corazón. ¡Ay!, ya no quedaba ni rastro de los caracteres trazados por la mano amante del Príncipe. Candy le contemplaba; parecía querer leer las letras ya borradas, dejó caer una lágrima y casi tomó el punzón para escribir, pero se detuvo. «¿Qué le diré —pensó—, después de no haber contestado a sus urgentes reclamos? ¡Esto era incurrir en su indignación, según decía Albert! ¡Ah! ¿Cómo volveré a ponerme en su presencia? ¿Qué me dirá? ¡Es tan severo! Después de lo sucedido, ¿cómo querrá tratarme? Sin duda no me permitirá ningún desahogo». En este punto la llamo Eliza y corrió presurosa a su llamada. Ésta le dijo: «—Prepáranos la comida». Y la hermosa y delicada joven que en el castillo de la Falda era obedecida y respetada como señora, y amada tiernamente por el más poderoso de los príncipes, se vio abatida hasta el extremo de servir a su indigna amiga y a su pérfido esposo, ayudada solamente de Elroy que apenas podía moverse.
Muchos días anduvieron huyendo, ya de los soldados del Príncipe de las Luces, ya, según decía Terrence, de los de las Negras Sombras. Fatigoso en extremo era el camino; unas veces pasaban por espantosos desiertos, habitados solo por fieras, y por senderos a orillas de horribles precipicios; otras veces tenían que subir empinadas y ásperas cuestas o atravesaban sombríos bosques. Candy no solamente sufría el cansancio y la falta de alimento lo mismo que su nodriza, sino lo que era más triste aún, los trabajos de la más infeliz esclava, pues seguía como la primera noche sirviendo a Eliza, y los denuestos e improperios de sus crueles señores, que querían adivinaran sus caprichosos deseos, aumentaban su amargura. La reprendían severamente y le echaban en cara sin cesar que tenía la culpa de todos los males que padecían. Y cuando ella, sobreponiéndose a su natural timidez, les replicaba que por seguir sus consejos había hecho lo que había hecho, Terrence la llamaba insolente, y la amenazaba con dejarla en aquellos tristes paramos abandonada. Por las noches no dormía, los tormentos que destrozaban su pecho Unidos a tantas fatigas, le impedían tener un momento de reposo. Si el Príncipe de las Luces, su prometido esposo la hubiera encontrado, no la hubiera conocido. Sus ojos estaban hundidos; ¡y el corazón! aquella prenda del más fino amor, había vuelto a moverse; pero la ingrata no le abría, temiendo encontrar amargas y terribles reconvenciones.
Una noche después de un penoso día, se hospedaron en una caverna. Candy temblaba sin cesar, temiendo a cada paso ser devorada por las fieras.
Al día siguiente, luego que comenzó a amanecer, salió acompañada de Elroy, deseando ver la luz y aspirar el aire libre. Lo primero que se presentó a sus ojos fue un castillo triste y sombrío que la oscuridad le habían impedido ver la víspera, y que estaba separado del lugar en que se hallaba por un hondísimo barranco. Un triste presentimiento le oprimió el corazón y un ahogado suspiro se le escapó. Le parecía que la felicidad estaba muy lejos de allí, el llanto y el dolor tenían en aquel lugar su mansión.
Terrence y Eliza salieron también, y dirigiéndose a la joven dijo Terrence: «—Candy, sabes a quién pertenece esta fortaleza que tenemos a la vista?» Y habiendo ella respondido que no sabía, dijo: «—Pues bien, pertenece al Príncipe de las Negras Sombras. —¡Al Príncipe de las Negras Sombras! ¿Pues por qué permanecemos en una tierra enemiga? ¡Huyamos al momento! —No, no huiremos, un hombre de mi mérito no debe andar siempre de bosque en bosque, ni de Páramo en Páramo como un bandido. —Pues bien… —balbuceó Candy. —Pues bien —repitió furiosamente Terrence—, en mala hora te conocí. Yo era feliz, yo gozaba de todo el favor del Príncipe de las Negras Sombras. ¿No lo recuerdas?, aquella noche apoyaba su augusto brazo en mi brazo. Yo era rico y poderoso y las cabezas más altivas se humillaban ante mí, y… compadecido te procure una evasión y perdí la gracia del noble Príncipe, y con ella toda mi dicha y mi brillante fortuna. Me presenté al Príncipe de las Luces, que me recibió con bondad, pensé con él labrar mi fortuna, y he aquí que tú imprudencia me ha sumergido en nuevas desgracias… —Pero, ¿qué puedo hacer yo? —dijo Candy con voz angustiada—. ¿Qué puedo hacer yo? —Lo qué debemos hacer —replicó Terrence—, la casualidad que nos ha traído a este lugar nos lo indica bastantemente. Presentémonos al Príncipe de las Negras Sombras. —¡Al Príncipe de las Negras Sombras! —exclamó asustada hasta el extremo la joven. —Sí, no sé qué te puede espantar, siendo éste el último recurso que nos queda. A mí me perdonará viendo que te llevo a mi lado. Y tú, después de haber perdido toda esperanza de unirte al Príncipe de las Luces, ¿qué mayor partido podrás encontrar?» Elroy oyendo que se trataba de descansar, se puso de parte de Terrence, abrazando a la joven le decía: «—Sí, querida niña, sigue los sabios consejos de estos señores. ¿Qué sería de nosotros si nos abandonasen? Moriríamos de fatiga; ya no podemos más». Candy en aquel angustioso momento reflexionó un instante, y luego dijo con tono solemne: «—Está bien, lo he reflexionado, yo nunca seré esposa del Príncipe de las Negras Sombras; pero he hecho tu desgracia, Terrence, y quiero devolverte tu fortuna. Preséntame como una prisionera en ese castillo. El Príncipe verá qué has hecho todo lo que has podido». Terrence al oír estas razones fue sin dilación hacer seña a los del castillo de qué querían pasar. Al instante fue bajado el puente, y habiéndolo atravesado se hallaron a la puerta del funesto castillo. Terrence pidió permiso para hablar al Príncipe y al punto fueron introducidos.
De nueva cuenta Candy esta en poder de sus enemigos, pero ahora sin persona alguna de su parte. ¿Qué pasará? Nos vemos en el próximo.
