Kyo durmió profundamente, pero Iori permaneció despierto hasta el amanecer, con el castaño apoyado en su hombro. En silencio, acarició el cabello de Kyo con una mano, disfrutando de su presencia y la tibieza de su cuerpo.

Incluso dormido, Kyo tenía una expresión particular en su rostro esa noche. Era como si estuviese complacido con las atenciones, como si pensara que las merecía. Iori tuvo la fuerte impresión de que Kyo haría un sonido de protesta apenas él apartara su mano, pero no probó interrumpir las caricias.

Era una tontería, pero no quería detenerse. Aunque el Kusanagi no pedía caricias, las recibía con agrado.

Iori se reprochó el no haberle dado eso antes. Aunque no los recordara, los años que no habían estado juntos le parecían tiempo malgastado.

Aún no podía explicar claramente qué era lo que le atraía del castaño. Y eso era irónico, porque no tenía problemas para enumerar las actitudes de Kyo que le exasperaban. Su sonrisa confiada y altanera, su permanente aire engreído y el tono insolente que solía utilizar, todo aquello hacía que Iori quisiera llevarle la contraria, responderle en monosílabos, o no responderle en absoluto.

Y aun así…

Aquello le agradaba…

Kyo murmuró algo entre sueños y se acercó más a él. Iori lo rodeó con ambos brazos.

Le agradaba estar así.

No quería que esa sensación acabara nunca.


Kyo despertó lentamente. Había dormido sólo unas horas, pero el cansancio de la noche anterior había desaparecido. Estaba tibio y a gusto, acostado en una cama estrecha que era cómoda a pesar de todo, porque Iori le había permitido dormir con la cabeza apoyada en su hombro y su pecho.

Sin moverse, Kyo alzó la mirada. Iori estaba recostado contra las almohadas, y observaba la pantalla de su celular, el cual sostenía en una mano. Su otra mano descansaba contra Kyo, y su brazo estaba alrededor del joven.

Kyo esperó a que Iori reaccionara a él, pero el pelirrojo continuó mirando el celular. Escribía un mensaje lentamente.

Curioso, Kyo intentó ver qué era lo que escribía, y el abrazo de Iori se estrechó un poco, impidiéndole moverse. El rostro del pelirrojo permaneció inexpresivo, y Kyo sonrió y volvió a apoyarse contra él, simplemente disfrutando de estar así.

Al iniciar aquella relación, Kyo había asumido que dejarían de mostrarse reacios a la mutua cercanía, y —¿por qué no?— que acabarían compartiendo momentos de intimidad con más frecuencia, pero no había previsto que el trato entre ellos se tornara en algo afectivo.

Compartir la cama de Iori era de esperarse, y pasar tiempo en su departamento también, pero ¿las caricias?, ¿despertar en sus brazos?

¿Alzar la mirada y saber que, pese a su rostro inexpresivo, Iori estaba complacido de tenerlo ahí...?

Aquello hacía que Kyo se sintiera motivado para enfrentar el día y las acusaciones injustas de su clan. Ver a Iori en paz, tanto consigo mismo, como con él, y con el mundo en general, le aseguraba que lo que estaba haciendo valía la pena.

Y él también estaba disfrutando de esa situación, porque era algo en lo que había pensado, pero que no había esperado vivir.

—¿A quién le escribes? —preguntó Kyo tras unos minutos, porque Iori continuaba mirando el celular.

—Mi banda.

—¿Los has contactado?

—Retomaremos los ensayos.

Kyo quiso protestar, mencionar los riesgos, pero se contuvo.

—Por eso has estado practicando el bajo —adivinó y Iori asintió—. ¿Los has recordado?

—No, pero no he olvidado cómo tocar.

—Eso está bien —murmuró Kyo, posando una mano en el pecho de Iori y probando hacer una caricia.

Iori lo contempló un momento y luego volvió a centrarse en los mensajes en el teléfono.

—Por cierto —dijo Kyo—. ¿Cómo pronuncias el nombre de tu banda?

—Tal como se escribe.

Kyo rio. El tono de Iori había sido serio, pero no cabía duda de que aquello había sido una broma.

—Suvierusuri... —intentó decir Kyo.

—Sviesulys.

—Sviesulys —repitió Kyo lentamente—. ¿Qué quiere decir?

Iori dejó de escribir. Apartó el teléfono, pero no miró a Kyo.

El castaño se dio cuenta de que tal vez preguntar eso había sido un error.

—Si no lo recuerdas está bien, no quería... —empezó a decir, pero Iori lo interrumpió.

—Significa «luminaria», o «luminosidad» —respondió Iori, y luego continuó en voz baja—. También es un término arcaico para referirse a un cuerpo celeste que emite luz.

—¿Como el sol?

Iori asintió, y luego agregó:

—O la luna*.

—Vaya... —murmuró Kyo.

Hubo un par de segundos de silencio y Kyo no encontró qué más decir.

—Tu elocuencia es impresionante —comentó Iori.

—Idiota —murmuró Kyo—. Es sólo que no esperaba algo así de ti. Es demasiado poético. Y ponérselo de nombre a una banda...

—Conoces el concepto de poesía, sigues impresionándome.

Ante eso Kyo alzó la cabeza.

—Oye, no es algo que te haya mencionado nunca, pero escribir poemas es mi pasatiempo —indicó.

La respuesta de Iori fue mirarlo tan fijamente que Kyo se sintió incómodo.

—¿Sí? Deberías mostrarme alguno —dijo Iori con voz neutra.

—Ni en sueños, Yagami —respondió Kyo, liberándose del abrazo para levantarse de la cama—. ¿Dónde dejaste el café?

—Está en la alacena.

Kyo se dirigió al área de la cocina y encontró las latas de café que le había robado a Billy Kane la noche anterior. El rubio había aceptado su propuesta de vigilar a Yagami e informarle si éste corría algún tipo de peligro (además del peligro que representaba tener un espía de Howard Connection observándolo permanentemente), pero el precio que había exigido no había sido razonable. Kyo había accedido a regañadientes, y en represalia había despojado a Billy de su café. El rubio lo había permitido, viéndose contento con la promesa de recibir ingresos adicionales.

Iori se sentó en la cama, y volvió a responder mensajes. Kyo lo observó, pensativo. Contratar a Billy era arriesgado, pero servía un doble propósito. Uno era tener la tranquilidad de que si algo sucedía con Yagami, él se enteraría de inmediato. Y el otro era estar al tanto de si Geese Howard seguía teniendo a Iori en la mira.

Mientras Billy siguiera en la ciudad, eso significaría que Geese planeaba algo.

«Yagami definitivamente va a odiarme si se entera que contraté a Billy de niñera», pensó Kyo una vez más.

Quizá proceder así era cuestionable, porque Kyo sabía que los miembros de Howard Connection no eran de confiar, pero Billy había dicho algo que lo había hecho recapacitar: de haberlo querido, Geese habría organizado un secuestro en vez de una simple reunión. Tenía los medios, y podía sacrificar a cuantos empleados quisiera hasta que consiguieran subyugar a Iori.

Sin embargo, en vez de eso, lo único que Geese buscaba era una oportunidad para hablar.

Kyo bebió el café frío y, mientras la mañana avanzaba, esperó a que Iori comentara sobre la reunión con Geese.

Pero el pelirrojo no dijo nada al respecto, y Kyo decidió que él tampoco iba a tocar el tema por el momento.


Kyo se fue a eso de las diez de la mañana, después de quejarse interminablemente sobre las múltiples responsabilidades que se habían acumulado mientras ellos estaban en el extranjero. Era como si su clan hubiese dejado de funcionar durante su ausencia, y lo único concreto que habían producido sus parientes era una larga lista de quejas sobre el actual manejo de los asuntos familiares.

Iori preguntó en qué consistían las tareas de las cuales Kyo debía encargarse. «Oh, tú sabes, esto y aquello», había respondido Kyo, echado de espaldas en la cama que Iori había tendido cuidadosamente. «Hoy debo asistir a una reunión de negocios para saber qué están haciendo ciertas empresas con el dinero de mi familia. Por la tarde, debo entrenar con unos primos y poner a prueba su nivel».

«No pareciera que tu presencia es crucial, al menos en lo segundo», había comentado Iori.

«¿Verdad?», había concordado Kyo. «Pero debo ser yo. Es la tradición».

Y así, al dar las diez, Kyo había partido.

Y Iori se había quedado otra vez a solas, buscando una manera de pasar el tiempo. Probó limpiar y poner un poco de orden en el departamento, escuchó algo de música y buscó un libro que pareciera interesante en las cajas que estaban en el depósito. Nada de eso fue de gran ayuda. La ausencia del Kusanagi no le permitía concentrarse.

Fastidiado, Iori tomó una chaqueta y salió a la calle. Caminó sin rumbo fijo, disfrutando de la tranquilidad de ese vecindario. Prefirió desviarse por callejuelas sin veredas y evitar el tráfico matutino, y no consultó el mapa en su teléfono en ningún momento. Cada lugar al que sus pasos lo llevaban era nuevo para él. Las pequeñas tiendas con escaparates cuidadosamente decorados no eran familiares; los menús escritos en las esmeradas pizarras afuera de los cafés y dulcerías le eran ajenos, pero no podía estar seguro de si era porque había olvidado lo que el nombre de cada platillo significaba, o si nunca lo había sabido.

Al cruzar un pasaje invadido por un frondoso arbusto que crecía por encima de una tapia, Iori notó que un gato blanco lo miraba con interés. Sin embargo, él siguió caminando, porque Kyo no estaba ahí para sujetar al gato y exigirle a él que tomara una foto.

Algunos minutos después, Iori llegó a una ancha avenida llena de tiendas. Observó las vitrinas con indiferencia, y acabó entrando a un centro comercial, porque no tenía nada mejor que hacer. Las tiendas de ropa no llamaron su atención, ni las librerías, ni los restaurantes. Pero, en uno de los pisos inferiores, encontró una tienda de instrumentos de música y no dudó en entrar.

Pasó un largo rato ahí dentro, observando los distintos modelos de bajos y guitarras. El personal del lugar lo dejó mirar a gusto, y no lo interrumpieron.

Iori acabó comprando algunas cuerdas de repuesto para su bajo. No las necesitaba en realidad, porque en el departamento había visto paquetes de cuerdas sin abrir, pero salir con algo de esa tienda le hacía sentir que aquella visita no había sido una pérdida de tiempo.

Después de pagar y antes de abandonar el local, Iori pasó por la sección de teclados. De algún modo, supo que si intentaba tocar el piano, podría hacerlo, y eso le hizo preguntarse qué tipo de formación musical había seguido.

¿Cómo había aprendido a tocar? ¿En la escuela? ¿O algún familiar le habría enseñado…? Intentar recordar fue inútil, y le dejó una vaga sensación de vacío, a pesar de que se dijo que no importaba.

Al volver a la calle, y para su completa frustración, estaba pensando en Kyo otra vez.

El castaño le había dicho que el vínculo que compartían les permitía sentir la presencia del otro. ¿Significaba eso que él podía sentir en qué parte de la ciudad estaba Kyo? ¿Cómo?

Miró la larga avenida y probó centrarse en el joven. Si lo buscaba, ¿lo encontraría?

No le pareció que pudiera percibir nada en particular, salvo que Kyo estaba en algún lugar, pero tal vez de eso se trataba. Quizá debía poner esa capacidad a prueba, cuando se sintiera aburrido.

En el camino de vuelta a casa, Iori pasó delante del local de un cerrajero y se detuvo frente a la puerta, pensativo. La llave de su departamento estaba en su bolsillo, y había acordado que la dejaría oculta en el buzón esa noche. De ese modo, Kyo podría entrar, sin importar a qué hora llegara.

¿Tal vez sería más práctico darle a Kyo un duplicado de la llave?

—¡Irasshaimase! —saludó el cerrajero alegremente cuando Iori entró en el local.


Iori continuó intentando sentir la presencia de Kyo hasta que cayó la noche. A veces le parecía percibir algo, pero también podría haber sido su imaginación.

Cuando fue a acostarse, el fastidio que lo había acompañado todo el día seguía ahí, porque no podía dejar de pensar en el joven. Si no hubiese tenido la seguridad de que Kyo volvería cuando estuviera libre, habría salido en su búsqueda.

Intuía que así había sido su vida en el pasado. Incompleta, con Kyo invadiendo sus pensamientos. Y el castaño se había quejado de que Iori usaba su vínculo para encontrarlo. Kyo había insinuado que era algo que ocurría tan seguido, que resultaba irritante.

Iori cerró los ojos y se obligó a dormir, maldiciendo en silencio por las decisiones que había tomado en esa época que no conseguía recordar. Quería resarcir todos aquellos errores. Aprovechar cada minuto que tuviera a Kyo a su alcance.

Durmió, inquieto, y despertó de madrugada, al percibir una presencia familiar.

Se incorporó y observó el departamento a oscuras. No había nadie ahí con él, pero la sensación era innegable.

—Kyo… —murmuró, mirando hacia la puerta cerrada.

Pasaron unos minutos y oyó el ruido del buzón. Luego la puerta se abrió con un tenue crujido.

Kyo entró, cerró la puerta tras de sí y se acercó a la cama sin encender las luces. Su cabello estaba húmedo y despedía un tenue olor a shampoo, pero, por sobre eso, Iori percibió un aroma a fuego.

—Estás despierto… —susurró Kyo, dejando la llave sobre el velador.

—Quédatela —indicó Iori.

—¿Hm?

—Es un duplicado, puedes quedártela.

Kyo lo contempló en la oscuridad, perplejo, y luego sonrió, mientras guardaba la llave en el bolsillo de su chaqueta, que luego se sacó y colgó en el perchero, sobre las prendas de Iori.

Iori apartó los cobertores en una clara invitación para que Kyo se acostara con él, y el castaño aceptó con gusto.

El aroma a fuego que lo rodeaba era familiar y agradable. Si hubiese sido un color, Iori lo habría descrito como dorado.

—Lamento llegar a esta hora —dijo Kyo, encontrando su lugar cómodo junto a Iori, apoyado en su hombro—. No era mi idea visitarte sólo para dormir…

—Si fuera de día te la pasarías durmiendo también —señaló Iori.

Kyo quiso protestar pero Iori tenía algo de razón.

—Las siestas son importantes —rezongó.

—Te ves cansado.

—¿Sí? —preguntó Kyo—. Es el tedio del día.

—No estás cansado, ¿entonces? —preguntó Iori con un tono que hizo que Kyo sonriera.

—Parece que tienes algo en mente.

—No te equivocas —murmuró Iori, pero Kyo no tuvo tiempo de preguntar a qué se refería, porque un segundo después, el pelirrojo lo había atraído hacia sí, para besarlo en el cuello.


Kyo jadeó entrecortadamente, alzando la mirada hacia Iori y su silueta delineada por la pálida y escasa luz que entraba por la ventana junto a la cama. No podía verle el rostro, pero esa noche podía prescindir de observarlo. Le bastaba con notar cómo estaba el pelirrojo, y sentir sus manos sujetándolo, recorriéndolo y estimulándolo.

Había una urgencia en la manera en que Iori lo estaba poseyendo, como si quisiera satisfacer pronto su propio placer y lo estuviera arrastrando al clímax consigo. Iori no estaba siendo excesivamente brusco, pero sí desconsiderado. Él estaba llevando el ritmo, y los iba a hacer acabar cuando él así lo quisiera.

—Maldito Yagami —jadeó Kyo, pero el hecho de que aquello le hacía gracia se filtró en su voz.

—Tú provocas esto —siseó Iori en la oscuridad, acariciando la entrepierna de Kyo con una mano, y empujando contra su interior una y otra vez.

Kyo cerró los ojos al sentir que Iori aceleraba las embestidas. No protestó y decidió dejarse llevar, y el roce delicioso en su interior alcanzó un punto culminante sin que él pudiera evitarlo. Una oleada de placer lo recorrió cuando Iori lo llevó al orgasmo, y un segundo después el castaño notó cómo la tibia humedad de Iori llenaba su interior. El flujo pulsante le arrancó un gemido, que fue correspondido con una tenue risa de Iori.

El placer amainó poco a poco, satisfactorio, pero también insuficiente. Tras separarse, Iori se dejó caer medio sobre él y Kyo recibió su peso con agrado. Lo abrazó sin pensarlo, y lo mantuvo así, mientras ambos esperaban que su respiración se normalizara.

Kyo pasó sus dedos por el cabello húmedo de Yagami, pensando en lo extraño que era tener al pelirrojo apoyado contra su pecho, completamente relajado y complacido. Lentamente, Kyo bajó su mano por el cuello de Iori, y recorrió a lo largo de la curva de su espalda.

Iori se estremeció contra él, disfrutando de aquellas caricias en completo silencio.

Kyo dejó su mano en la espalda baja de Iori, pero se preguntó qué pasaría si decidía continuar esa caricia y bajar un poco más. Sabía cómo habría reaccionado el Yagami de antaño, pero no podía prever cómo reaccionaría en el presente. Sintió curiosidad por saber qué sucedería.

Sin embargo, Kyo no se movió. Había suficientes personas queriendo sacar ventaja de la situación de Iori. Él no iba a ser uno más.

Iori seguía en silencio, acostado sobre él, completamente quieto. La oscuridad no permitía que Kyo viera su rostro, pero podía adivinar que, al igual que él, Iori estaba disfrutando de ese momento.

Kyo volvió a acariciar a Iori en el cabello, e inconscientemente, rozó con sus dedos la cicatriz que estaba oculta entre los largos mechones rojos.


Una vez más, las horas sin Kyo hicieron que Iori se sintiera impaciente y fastidiado. El día transcurrió lento, y Iori notó que el alivio proporcionado por la energía de Kyo comenzaba a desaparecer. Sentía su cuerpo pesado, había una creciente opresión en su pecho, y tenía la sensación de que no estaba solo dentro del departamento. No escuchaba la voz de Orochi, pero había algo con él. Algo que el poder de Kyo había conseguido ahuyentar por algunos días.

La tos sangrante estaba de vuelta, aunque aún no se manifestaba mediante un ataque irreprimible. Sin embargo, aquellos accesos eran súbitos y violentos, y Iori había acabado manchando algunas páginas del cuaderno de partituras con gotas de una sangre oscura y espesa.

Iori había descubierto que esa situación no le atemorizaba, pese a que toser sangre era señal de que algo grave le estaba ocurriendo. Si sufría de algún tipo de enfermedad avanzada que podía resultar mortal, no conseguía preocuparse por ello.

Lo que sentía era rabia, por no poder controlar la tos. Y por no estar seguro de si sería capaz de ocultarle los ataques a Kyo.

No quería que las cosas entre ellos cambiaran. Ni empezar a notar en las acciones de Kyo una implícita lástima hacia él.

Necesitaba ser capaz de resistir, sin depender de la energía del Kusanagi. Lo había conseguido antes. No tenía sentido que no pudiera lograrlo por sí solo otra vez.

Sin embargo, al caer la noche, con Kyo nuevamente acostado a su lado en la estrecha cama, Iori sintió que el castaño posaba una mano en su pecho descubierto y le transmitía su tibia energía. Quiso rechazarlo, decirle que no era necesario, pero no lo consiguió. Kyo lo miraba en silencio, con un brillo presumido en sus ojos oscuros, y parecía decirle «no intentes engañarme, sé bien que lo necesitas».

Iori no entendía cómo Kyo había podido saber que la tos había regresado. Estaba seguro de que había disimulado bien. Y aun así, Kyo había notado algo...

Fastidiado, Iori cerró los ojos para no tener que ver más ese rostro que lo impacientaba y que le agradaba a la vez. La energía de Kyo brillaba contra sus párpados cerrados, como si fuera imposible huir de ella. La manera en que se extendía por su piel y su cuerpo le recordó a la tibieza de los rayos del sol en un día frío de invierno.

Sí, era esa misma sensación. Agradable e imposible de rechazar. Pero también era distinta, porque el aura del Kusanagi encontraba un camino hacia su interior, y despejaba sus pulmones, y acallaba la presencia invisible que acechaba en su mente.

—¿Te gusta? —La voz de Kyo fue suave, cerca de su rostro.

Iori entreabrió los ojos, y se encontró con el castaño observándolo fijamente aún. El brillo dorado que rodeaba la mano de Kyo iluminaba tenuemente el departamento a oscuras, y bañaba las paredes y los muebles, llenándolo todo de la presencia de ese joven.

—No lo necesito —se obligó a decir Iori, sin que su voz traicionara sus pensamientos.

—Eso no fue lo que pregunté —sonrió Kyo—. ¿Debes necesitarlo para disfrutarlo?

Iori frunció el ceño y sujetó la mano de Kyo para apartarla. El departamento quedó sumido en la penumbra una vez más, pero la débil luz que se filtraba por la ventana era suficiente para que aún pudieran verse.

—Puedes compararlo con tus cigarrillos, si quieres —continuó Kyo—. No los necesitas, pero los disfrutas.

Iori resopló con desdén.

—No necesito otra adicción.

Kyo rio con suavidad ante la elección de palabras y no insistió

Iori mantuvo su mano atrapada el resto de la noche.


Iori no le mencionó a Kyo la reunión con Geese Howard. Simplemente se levantó cuando aún no había amanecido, y se preparó para salir, procurando no despertar al castaño.

Había ocasiones en que Kyo podía dormir tan profundamente que ningún ruido conseguía interrumpir su sueño, pero ése no fue el caso aquella mañana. Iori se encontró con el joven observándolo soñoliento desde la cama.

Kyo no se había movido. Seguía envuelto en los cobertores, con la cabeza aún apoyada en la almohada. A pesar de que lo observaba fijamente, no pidió ninguna explicación. Era como si esperara que Iori le ofreciera una, sin que tuviera que pedirlo.

Sin embargo, Iori continuó vistiéndose sin decir nada, y, al cabo de un rato, Kyo se envolvió mejor bajo la frazada y se acostó de lado, dándole la espalda.

El reloj no marcaba las siete aún. La reunión era a las ocho, no lejos de ahí. Iori no se sentía de humor para hablar de negocios con un desconocido, por lo que pensaba cumplir con presentarse, pero nada más. Eso era todo lo que había acordado hacer a cambio de que Billy Kane no hiciera público el video que había grabado en Aggtelek. Presentarse, escuchar el ofrecimiento de ese hombre, y volver a casa.

—Regresaré antes del medio día —dijo Iori, mirando la forma de Kyo en la cama. El castaño se había cubierto casi hasta la cabeza y continuaba de espaldas a él—. ¿Estarás aquí?

—No —fue la escueta respuesta de Kyo, y su voz se oyó apagada a través de los cobertores.

Iori entrecerró los ojos, pero no dijo nada más. No explicó a dónde iba y decidió no mostrar reacción ante el silencioso descontento de Kyo.

Sólo salió del departamento y respiró el fresco aire matutino mientras subía las escaleras hacia la calle.

No quería alejarse de Kyo, pero echó a andar calle abajo, despreciándose a sí mismo por mostrar aquella actitud indiferente hacia el castaño, y por querer aferrarse inútilmente a aquella pálida ilusión de libertad.


Iori llegó al Ritz unos minutos antes de las ocho. La altísima torre del hotel se alzaba imponente e inconfundible sobre el barrio de Umeda. El edificio estaba ubicado a pocos pasos de la estación de tren, y Iori avanzó junto con la densa multitud que fluía como una marea hacia las diversas avenidas y callejuelas.

Las aceras estaban atestadas de gente. Grupos de peatones se acumulaban en las esquinas, esperando que la luz del semáforo cambiara de color.

Aquél era un distrito comercial, y numerosas empresas tenían sus oficinas en los alrededores. Iori pasó delante de largas y oscuras entradas a garajes, edificios grises de aspecto poco acogedor, y terrenos en construcción donde la maquinaria hacía temblar el suelo.

El pelirrojo comprendió por qué había elegido un estrecho departamento subterráneo para vivir. Echó de menos la quietud de su tranquilo barrio residencial.

La recepción del hotel estaba decorada con un recargado estilo inglés de siglos pasados. Iori no tuvo tiempo de apreciar la decoración, o tan siquiera de acercarse al personal que aguardaba tras el mostrador, porque Billy Kane apareció a su lado de la nada, como si hubiese estado al acecho, esperando verlo llegar.

—Qué bueno que eres puntual, Yagami —saludó el rubio—. Mi jefe está esperando. Por aquí.

Billy se veía de buen humor esa mañana. Vestía una simple camiseta de mangas largas y jeans. Su cabello estaba descubierto, y tenía el pañuelo con la bandera de Gran Bretaña atado en su muñeca. Iori no pasó por alto que Billy llevaba el sansetsukon oculto bajo sus ropas, tras su espalda.

Iori siguió al joven por los pasillos del hotel sin dirigirle la palabra. A pesar de que Billy se veía fuera de lugar en medio de aquellas instalaciones excesivamente lujosas, el personal del hotel lo saludaba con inclinaciones profundas. Iori no estuvo seguro de si ése era un trato especial, o si los empleados mostraban aquella deferencia hacia todos los huéspedes sin importar cómo estuvieran vestidos.

El ascensor al que subieron era amplio, de paredes contrachapadas y pasamanos dorados y brillantes. Billy presionó el botón para ir al último piso y no intentó hacer conversación. Algunos otros huéspedes subieron con ellos también, pero llegó un momento en que se quedaron a solas.

Poco antes de que el elevador se detuviera, Billy tomó el sansetsukon que llevaba oculto, y lo mantuvo en su mano.

—Procura comportante delante de Geese-sama —indicó el joven, mirando a Iori a los ojos—. Y si intentas hacerle algo, te las verás conmigo —agregó, y sus palabras fueron acompañadas por el tintineo de las cadenas de metal que sujetaban cada sección de su arma.

Iori no se dignó a responder, pero le resultó extraño que Billy usara el honorífico «sama», en japonés, junto con un nombre extranjero.

Las puertas del ascensor se abrieron y Iori se encontró en una sala alfombrada, decorada con un techo altísimo del que colgaba un pesado candelabro de color cobrizo. Los muebles eran de madera oscura laqueada, tapizados con brocado. La mayoría de las paredes del lugar eran ventanales que ofrecían una vista espectacular de los edificios de Umeda.

Había dos hombres vestidos de negro haciendo guardia a cada lado del ascensor. Ambos llevaban idénticas gafas oscuras, y la única diferencia entre ellos era que uno era calvo, mientras que el otro tenía el cabello negro y relativamente largo.

Ambos saludaron a Iori con una parca inclinación de cabeza, y continuaron silenciosos e inmóviles, de pie con las manos detrás de la espalda.

—Geese-sama, Yagami está aquí —dijo Billy, usando un tono formal y educado que tomó desprevenido a Iori.

Sin embargo, aquello pasó a un segundo plano, porque Iori vio una silueta moverse, recortada contra el brillante paisaje matutino que se apreciaba a través de los ventanales. El pelirrojo entrecerró los ojos, sus sentidos alerta. Un segundo atrás, él había pasado la mirada por esos ventanales, y no había percibido a nadie. Supo al instante que ese sujeto no era un simple hombre de negocios. Probablemente eso era algo que había sabido en algún momento, y que había olvidado.

—Así veo —dijo Geese Howard en perfecto japonés, acercándose a Iori y haciendo un gesto con su mano para que se sentaran en los sillones—. No te arrepentirás de haber aceptado mi invitación.

Iori finalmente pudo ver al hombre cuando éste salió de la contraluz. Era rubio y de ojos celestes, como Billy, pero la similitud acababa ahí. A diferencia de Billy, Geese vestía un elegante traje negro, y una corbata de color vino. Llevaba el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás, y su mirada fría le confería un distante aire de superioridad. Tenues arrugas marcaban su rostro, pero Iori no consiguió adivinar su edad. Sus ojos eran los de alguien mucho mayor.

Geese se sentó en uno de los sillones individuales y Iori hizo lo mismo. Quedaron frente a frente, con una mesilla baja entre ellos. Geese lo miró de pies a cabeza con aire complacido.

Billy se había alejado unos pasos, pero volvió, trayendo una taza de café que dejó sobre la mesa, ante su jefe.

—¿Qué quieres beber, Yagami? —preguntó Billy casualmente. Su tono formal había desaparecido.

—Nada.

—Sírvele un café también —indicó Geese, sin sacarle la vista de encima a Iori.

—Sí, Geese-sama —respondió Billy con un asentimiento educado, y se apresuró a cumplir la orden.

El pelirrojo observó al empresario. Geese Howard no alzaba la voz al hablar. No lo necesitaba. Parecía acostumbrado a que las personas prestaran atención a sus palabras y sus órdenes.

—Dime qué es lo que quieres —exigió Iori, sin preámbulos.

—Maldito Yagami, muestra más respeto —dijo Billy desde detrás de la barra.

—No te entrometas, Billy —pidió Geese.

—Lo siento, Geese-sama.

Iori contempló a Billy, porque sus respuestas y su comportamiento eran extraños, casi serviles. ¿Qué significaba eso? Billy era insolente en general, ¿pero delante de su jefe se comportaba con patética obsequiosidad?

—¿Te intriga mi empleado? —preguntó Geese, atrayendo la atención de Iori hacia sí.

Iori se permitió una risa despectiva.

—¿He venido aquí para hablar sobre mí?

—Sólo para hablar —señaló Geese.

Billy volvió trayendo una segunda taza, que dejó al alcance de Iori. Luego se retiró unos pasos, y permaneció de pie a la derecha y ligeramente detrás de Geese.

El empresario tomó su taza y la alzó en un discreto saludo hacia Iori antes de beber un sorbo. Iori no lo acompañó. El pelirrojo se limitó a observar, prestando atención a los más mínimos detalles, y descubrió que estaba disfrutando de aquella situación porque solamente le incumbía a él. Kyo no estaba involucrado, y tampoco estaba ahí para decirle qué era lo que debía decir o pensar. Dependía de él decidir si Geese Howard y Billy eran de fiar.

Mientras Geese bebía, Iori miró alrededor otra vez. Aquella lujosa suite estaba recargada de mobiliario y decoraciones con estilo europeo, pero no pasaba el límite de lo extravagante. Había un mueble bar con numerosos licores, un negro piano de cola junto a un ventanal, y la vista de la ciudad era parte de la decoración en sí.

Sin embargo, no había nada en ese lugar que le diera una pista sobre su anfitrión. Era como si la suite fuese sólo un punto de reunión.

Iori tuvo la fuerte impresión de que Geese Howard no estaba alojado ahí realmente.

Aquel hombre no le inspiraba nada. No percibía una amenaza proveniente de él, aunque también sabía que no debía confiarse. Había leído sobre él antes de acudir a la reunión, y estaba al tanto de los rumores que rodeaban a su persona y sus negocios turbios. Pero, por el momento, eso no le importaba. Iori no entendía qué era lo que alguien como Geese podía ofrecerle.

Después de posar la taza sobre la mesilla, el empresario se dejó observar.

—Creo que podemos empezar por presentarnos debidamente —dijo Geese—. Dudo que Kusanagi sepa algo sobre nosotros, salvo lo que ha oído de terceros.

Iori entrecerró los ojos al oír ese apellido en labios de Geese. El empresario lo notó y sonrió.

—Mi nombre es Geese Howard. Hay quienes me llaman el «emperador» de South Town, pero actualmente mantengo negocios alrededor de todo el mundo. —Geese no dio tiempo a que Iori hiciera comentario alguno sobre su falta de humildad y continuó—: Billy es un empleado de confianza. Ustedes pasaron una buena temporada juntos durante el torneo del '95. Creo que no me equivoco al decir que hicieron un buen equipo. ¿No es así, Billy?

Billy no respondió en un primer momento. Iori se dio cuenta de que había un significado oculto en esa pregunta. Algo que sólo esos dos sabían. Billy se veía fastidiado.

—Sí, Geese-sama —respondió el joven finalmente—. Como equipo, no nos fue mal.

—¿Y fuera del torneo? —preguntó Geese, instando a Billy a seguir.

El joven habló a regañadientes:

—Tampoco estuvo tan mal.

—Lo suficiente para decir que hubo cierto compañerismo —dijo Geese—. En otras palabras, ustedes no son dos desconocidos.

Iori no sabía a dónde se dirigía esa conversación, pero comprendió que los únicos que podían hablarle sobre aquellos eventos eran Geese y Billy. Ésos eran detalles que Kyo no conocía, porque eran parte de una vida que él no había compartido con el Kusanagi.

Sin poder evitarlo, Iori miró largamente al joven rubio. La familiaridad que Billy mostraba hacia él sólo tenía una explicación. Tal como Geese decía, Billy no era un desconocido.

—Billy, recuérdame cuál fue tu comentario después de pasar un tiempo con Yagami —pidió Geese.

Billy se veía sumamente incómodo, pero cumplió con responder:

—Dije que Yagami era un buen músico. Y me llamó la atención que pese a que le gustan las prendas costosas, no sabe cuidarlas.

La última frase no fue dicha con burla. Billy hablaba con seriedad, pero sonrió al ver la expresión extrañada de Iori.

—¿Quién crees que lavó tu ropa durante el tiempo que duró el torneo, Yagami? —preguntó el joven—. Cada vez que tosías sangre sobre tus camisas blancas, yo tenía que lavarlas a mano para que el personal del hotel no pensara que había ocurrido un asesinato en nuestra habitación.

Iori procuró que su rostro no reflejara sus pensamientos. En ese torneo que mencionaban, habían compartido una habitación y él había permitido que Billy estuviera tan cerca, que el joven hasta sabía sobre sus ataques. ¿Qué significaba eso...?

Geese asintió, mientras hacía girar lentamente un anillo dorado que llevaba en el dedo anular.

—La participación del equipo quedó interrumpida porque sufriste el Disturbio de la Sangre —dijo—. Estuviste cerca de matar a los que eran tus compañeros.

Sin saber por qué, Iori no puso en duda esas palabras. El Disturbio era algo que ocurría, tal como los hechos en Aggtelek le habían demostrado. La mirada resentida de Billy y sus palabras burlonas cobraron un súbito sentido. El joven le guardaba rencor. Porque él casi lo había matado, a pesar de que habían sido compañeros de equipo.

—En cuanto a nosotros —continuó Geese, como si no notara la tensa mirada que Billy y Iori estaban intercambiando—, no es la primera vez que nos reunimos.

—¿No?

—Las condiciones no fueron óptimas la primera vez. Pero aún mantengo el ofrecimiento que hice en aquella época. —Geese hizo una pausa, complacido de que Iori le estuviera prestando atención—. Aún quiero saber cuánto pides por un vial de tu sangre —indicó, observando a Iori fijamente a los ojos.

El pelirrojo dejó pasar un instante y no mostró reacción, pese a que la interrogante lo había tomado desprevenido. ¿Eso era lo que querían de él? ¿Sangre?

Las explicaciones de Kyo sobre su herencia, la reliquia, y Orochi volvieron a su mente. Supo con toda claridad que Kyo se habría opuesto a la posibilidad de que él vendiera su sangre. De seguro el Kusanagi sabría las razones por la que eso era peligroso, o quizá diría que estaba prohibido por alguna regla ancestral. Iori no tenía forma de saberlo.

Toda esa situación era extraña para Iori. A pesar de que sabía sobre las reliquias gracias a Kyo, no tenía una noción de su importancia, porque no podía recordar. Pero, si lo que Geese Howard decía era cierto, entonces él se había negado a dar su sangre la primera vez. ¿Quería decir eso que compartía la cautela del Kusanagi?

Pero ahora... Sin el recuerdo de aquella responsabilidad hacia su herencia y su familia, la oferta le intrigaba. Aunque no pensara aceptar, quería saber cómo le pagaría Geese. ¿Qué había en el mundo que pudiera llamar su atención, además de Kyo? ¿Acaso ese empresario lo sabía?

—¿Qué ofreces? —preguntó Iori con tono neutro.

—Dime qué es lo que quieres, y algo podremos acordar —señaló Geese plácidamente.

—No. Tengo lo que quiero. Si te interesa mi sangre debes ser capaz de ofrecer algo más —dijo Iori, molesto al ver que el empresario evadía su pregunta.

Geese sonrió para sí. Apoyó un codo en el reposabrazos del sillón y descansó su mejilla contra su mano, sin apartar la mirada de Iori.

—Dinero suficiente para que restaures las propiedades de tu familia, dinero para que no tengas que preocuparte por tu situación económica por el resto de tu vida —dijo Geese con tono ligero, como si aquello fuera un juego y estuviera diciendo lo primero que pasara por su mente—. Puedo hacerte el propietario de cualquiera de esas marcas costosas que te gustan. O lanzar a tu banda al estrellato. Cualquier cosa que pidas.

Iori rio con un suave resoplido.

—¿Eso es todo? —dijo, y su decepción era real. ¿Dinero? ¿Propiedades? ¿Fama? Nada de eso le importaba. No había nada que le importara en ese mundo, salvo una cosa. Y ya la había conseguido.

—Por el momento—dijo Geese, aún contemplando a Iori con aire tranquilo—. Pero te daré un tiempo para pensarlo. Estaré en Japón por algunos meses. Si hay algo que desees, házmelo saber.

—¿Qué planeas hacer con la sangre? —preguntó Iori.

Fue el turno de Geese de reír suavemente.

—La pondré en el estante donde exhibo mi colección de poderosas reliquias ancestrales.

Iori supuso que el hombre estaba siendo sarcástico. Su tenue risa no llegó a iluminar sus ojos. La mirada de Geese era fría y calculadora.

—¿Te tomas tantas molestias por unas gotas de sangre?

—Sabes mejor que nadie que vale la pena —señaló Geese, viéndose complacido con aquel intercambio.

Iori no dijo más. Comenzaba a sentir que ese hombre se estaba entreteniendo a su costa, a pesar de que había cierta pesada formalidad en la atmósfera de la habitación. Billy estaba serio, y mantenía una postura de silencioso guardián similar a la de los hombres vestidos de negro que vigilaban el elevador.

La reunión había durado apenas unos minutos, pero Iori ya no tenía un motivo para estar ahí. Se sintió súbitamente harto y con ganas de volver a casa, a ver si Kyo seguía en el departamento.

—Piensa en mi oferta, Yagami —dijo Geese Howard con la misma voz suave y plácida que había mantenido durante toda la reunión—. Espero saber de ti pronto.

Iori no ofreció ninguna respuesta. Se dirigió al ascensor y supuso que el personal de Geese intentaría detenerlo, pero nada sucedió. Uno de los guardias de negro presionó el botón para llamar al elevador por él.

Geese volvió a beber de su café y Billy permaneció callado y quieto a su lado.


Billy retiró la taza de café intacta que Yagami no se había dignado a tocar. Era un desperdicio, pero acabó vertiendo el contenido en el lavadero.

Geese estaba de pie frente a los ventanales, observando el silencioso paisaje. Los edificios blancos y grises que contrastaban con el cielo completamente azul no eran tan altos como los de South Town, pero la vista de todos modos era magnífica.

Billy se acercó a su jefe al cabo de un rato, y observó por las ventanas también.

—Tenías razón, Yagami no nos recuerda —comentó Geese.

—Es entretenido verlo intentar disimular, ¿no es así, Geese-sama? —preguntó Billy con tono malicioso—. Yagami habló mucho más que la primera vez. Me sorprendió.

Geese asintió, pensativo, sus ojos celestes fijos en el paisaje.

—E insinuó que tiene todo lo que quiere —dijo.

Billy se volvió y observó el perfil de su jefe.

—Tiene a Kusanagi. Se lo dije. Y usted no me creyó.

Geese exhaló con suavidad.

—¿Desear a una persona y no querer nada más tiene sentido para ti? —preguntó Geese, devolviéndole la mirada a Billy, quien respondió con un tartamudeo incoherente que hizo sonreír al empresario—. En fin, también es aburrido cuando las cosas se obtienen con demasiada facilidad.

Geese volvió a mirar el paisaje, jugando distraídamente con el anillo en su dedo.

—Continúa vigilando a Yagami —ordenó—. Si no necesita nada, entonces quizá podremos crearle una necesidad.

—Como usted ordene, Geese-sama.


Antes de que el ascensor llegara al primer piso, Iori lo percibió. No era una sensación que pudiera explicar, pero tampoco la podía negar. Kyo estaba ahí, cerca.

En el vestíbulo, paseó la mirada por las distintas personas que esperaban ser atendidas por los recepcionistas. Vio hombres vestidos de negro que probablemente eran parte de la seguridad de Geese Howard. Notó grupos de turistas que se dirigían al restaurant del hotel a desayunar.

Kyo no estaba entre esas personas, y Iori salió a la calle, intentando centrarse. Bastó que caminara un par de metros y encontró a Kyo apoyado en una de las barreras metálicas que delineaban la acera, sus brazos cruzados.

—Hola —saludó Kyo con toda desfachatez.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Iori, pese a que sabía la respuesta. Kyo lo había seguido, o lo había encontrado usando el vínculo que compartían. Lo había seguido porque Iori no le había dicho a dónde se dirigía.

Iori supo que debía molestarse. Kyo estaba entrometiéndose en un asunto que él quería manejar por sí solo. Pero no conseguía sentirse molesto. Encontrar a Kyo ahí, inesperadamente, se sentía bien. Aunque el castaño lo hubiese estado espiando.

En vez de responder la pregunta, Kyo alzó la mirada hacia la torre del hotel.

—Cuanto lujo. Nunca he dormido en un lugar así —comentó—. Esto es demasiado pomposo para un ensayo con tu banda, así que voy a asumir que finalmente te reuniste con Geese.

Iori observó la sonrisa presumida de Kyo, quien parecía estar provocándolo intencionalmente. Quiso molestarse, pero no pudo. No le importaba compartir esa información con Kyo. Ahora que Kyo estaba al tanto de la reunión, ya no había razón para ocultarle nada.

—Lo hice para que me dejen en paz, eso es todo —respondió Iori, y el rostro de Kyo reflejó sorpresa.

Un grupo de turistas ruidosos pasó junto a ellos y Iori tuvo que acercarse más a Kyo para que un hombre distraído con su cámara fotográfica no le dieran un empellón.

—Vamos a caminar, estamos estorbando aquí —dijo Kyo, tomando a Iori del brazo y tirando de él hacia el área despejada de la acera—. Podríamos ir a desayunar, estoy hambriento.

Iori asintió y echaron a andar en dirección a la estación.

—¿Y... qué era lo que Howard quería? —preguntó Kyo, curioso, mirando a Iori por el rabillo del ojo.

—Mi sangre —respondió Iori.

—¿Qué? ¿Para qué?

—Según él, para ponerla en su estante —dijo Iori con una voz desprovista de entonación.

—Bromeas, ¿no?

Iori negó con la cabeza.

—¿Qué le respondiste? —preguntó Kyo cautelosamente.

—No tenían nada que ofrecerme, no hubo un trato.

—Qué alivio —suspiró Kyo—. No sé qué pretende hacer ese sujeto, pero es mejor que tu sangre no caiga en malas manos. Basta con que obtengan tu ADN y podrían... —Kyo calló, y se frotó un brazo distraídamente.

Iori lo observó. La mirada de Kyo se había oscurecido.

—Continúa —instó Iori.

Se detuvieron en un semáforo, rodeados de otros transeúntes. Parte del grupo entró en una de las puertas de la estación del tren y la calle quedó más despejada. Kyo no habló hasta que los otros peatones estuvieron a cierta distancia de ellos.

—Años atrás una organización consiguió mi ADN. No tuvieron mejor idea que intentar implantarlo en otras personas con la esperanza de poder aprovechar el poder de mi fuego. Los resultados no fueron agradables.

—¿Qué...?

El tono de Iori fue áspero. Imaginar a otras personas llevando parte de Kyo dentro de ellas hizo que una profunda rabia se encendiera en su interior.

Kyo notó de inmediato su molestia.

—No es para tanto, ya solucioné todo ese asunto —se apresuró a explicar—. Sólo lo menciono para que tengas cuidado. Las reliquias hacen que nuestra sangre, y nuestros cuerpos, sean valiosos. Sólo unos pocos pueden albergar este poder sin ser destruidos.

—¿Cómo obtuvieron tu sangre? —exigió saber Iori.

Habían llegado a una intersección de calles estrechas a las que daban las salidas traseras de edificios de oficinas. No había transeúntes, sólo vehículos aparcados. Vieron un parque desierto y diminuto al final de la cuadra y se dirigieron ahí. Kyo compró una bebida en una máquina expendedora y luego fue a sentarse en una banca vacía. Iori se sentó a su lado, aún esperando una respuesta.

—Eso que mencioné antes, sobre la vez que me ayudaste, ¿recuerdas? —dijo Kyo, mirando la botella en sus manos.

Iori asintió.

—No sólo obtuvieron mi sangre. Estuve un tiempo atrapado en un laboratorio —explicó, incómodo—. Tomaron muestras y experimentaron con ellas, hasta conseguir que algunas personas pudieran invocar fuego. Como ves, hay quienes están interesados en las reliquias, mientras otros desean el poder que nos otorgan. Tienes que ir con cuidado.

—Dijiste que esa vez te ayudé —dijo Iori.

—Sí —dijo Kyo con una sonrisa cansada—. Encontraste el laboratorio y me ayudaste a salir de ahí.

—También dijiste que tuve que cuidar de ti. ¿Qué te hicieron? —preguntó Iori.

Kyo no respondió. Podía notar la rabia de Iori ardiendo bajo aquel tono inexpresivo.

—Creo que no es necesario que los dos recordemos eso —señaló Kyo intentando sonar burlón—. Prefiero ahorrártelo. Sólo necesitas saber que gracias a ti pude salir de ahí y recuperarme bastante rápido.

Iori entrecerró los ojos. Le molestaba la negativa de Kyo a responder, pero su orgullo no le permitía insistir. Todo lo que había sucedido estaba en algún lugar de su memoria. Si tan sólo pudiera recordarlo...

—Por cierto, Yagami... —murmuró Kyo—. Pasaron muchas cosas en esa época, y nunca te agradecí por la ayuda. —Kyo hizo girar en sus manos la botella del refresco sin abrir, como si juntara valor para mirar a Iori a los ojos, cosa que hizo un segundo después—. Gracias por encontrarme.

Iori sintió que su rabia amainaba. Y la frustración de aquellos días se alivió también. Su yo del pasado había hecho lo correcto. Había buscado a Kyo al saberlo en problemas. Lo había encontrado y había cuidado de él. A pesar de todas las malas decisiones, y de no haber podido conseguir que Kyo estuviese a su lado, al menos había hecho lo correcto esa vez.

Sintiéndose a merced de esas emociones cambiantes, Iori alzó una mano y acarició la mejilla de Kyo. El vago recuerdo de un sueño donde Kyo era absorbido por una niebla oscura pasó por su mente.

—Siempre te encontraré —murmuró Iori.

—Lo sé —sonrió Kyo—. Lo sé bien, Yagam-

Kyo no pudo terminar la frase porque Iori lo besó en los labios, ahí, en ese lugar donde cualquiera que pasara podía verlos.

Atónito, Kyo comprendió que lo que Iori había dicho el último día en el hotel en Rusia era verdad. No le importaba que otros supieran que ahora había algo entre ellos. No iba a avergonzarse por eso, no iba a esconderlo.

Y Kyo descubrió que él tampoco tenía reservas al respecto, sólo una razonable cautela por los problemas que eso podría causarle en el clan. Pero, en ese momento, aquello tampoco importaba.

Kyo se entregó al beso e ignoró toda prudencia, mientras admitía con pesar que, en momentos como ése, a veces no quería que Iori volviera a recordar.


Nota:

*Iori dice que «luminaria», «luminary», es un término arcaico para referirse a un cuerpo celeste que emite luz, como el sol «o la luna». El término se utilizaba en una época en que se creía que la luna poseía luz propia, y el diccionario lo define como: «a natural light-giving body, especially the sun or moon» ^^.