El amanecer había sorprendido a Matsuri.

Al igual que Temari, la castaña también gozaba de su día libre, ya que la dueña se haría cargo de la atención de la cafetería.

En su departamento heredado por su abuelo materno, Matsuri creyó que debía preparar galletas y llamar a Temari.

Aquella última conversación con Gaara la dejó muy triste y necesitaba contarle lo sucedido.

Mientras lavaba sus dientes, pensaba en si había tomado la decisión correcta.

Alejarse de Gaara, definitivamente, era un claro ejemplo de su madurez.

Al salir del baño, se dirigió a la sala y encendió el televisor.

Quería ver las noticias ya que el cielo se veía bastante mal desde su inicio.

—Para el día de hoy... —el pronosticador era el tipo de hombre que le gustaba. De hecho, sería su amor platónico— La probabilidad de tormentas es de un 80%. Se les recomienda tomar las precauciones...

El timbre sonó y Matsuri estaba desconcertada.

No esperaba a nadie ni tampoco había pasado su dirección.

Se acercó hasta la puerta y observó a través de la mirilla.

Tapó su boca y lamentó el hecho de encontrarse en esa situación.

Pensó unos segundos. Debía hacerlo en ese momento o no volvería a tener el valor suficiente...

Abrió la puerta y resopló. Esbozó una ligera sonrisa.

—¡Kankuro! ¡Qué sorpresa! —el muchacho esperaba al otro lado.

—Espero no haberte despertado, Matsu—su tono de voz había cambiado considerablemente—¿Puedo pasar?

La castaña no estaba segura de permitirlo, pero tampoco quería quedar mal con él. Ella apreciaba a Kankuro, ya que llevaba muchos años de amistad.

Siempre lo consideró como un hermano que anhelaba tener y eso fue claramente tergiversado por el Sabaku No.

—Adelante... —lo dejó pasar, aunque no estaba completamente convencida.

Kankuro dio unos pasos hacia el interior del departamento de Matsuri y notó cuán apagado se veía.

Ella estaba igual, no parecía la misma chica de la que se había enamorado tiempo atrás.

Se mostraba apesadumbrada y sin ánimos de nada.

Kankuro deseaba hacer algo por ella, pero podía suponer qué era lo que estaba pasándole.

—¿Hace poco te mudaste aquí? —espetó con la finalidad de iniciar una conversación amena.

Matsuri colocó el seguro y fue hasta su amigo.

Suspiró y miró las paredes.

Aún conservaba un antiguo retrato de su abuelo en medio de la sala. Se notaba el paso de los años en su tinte y cómo la madera comenzaba a desgastarse.

Con una expresión rígida, propia del hombre, Matsuri lo recordaba con mucho cariño y respeto.

Él la había criado desde que tenía 10 años, debido al accidente que se llevó la vida de sus progenitores.

En aquel tiempo, conoció a Temari y, tiempo después, a sus hermanos.

Su adolescencia fue junto a los Sabaku No, a quienes consideraba importantes en su crecimiento.

Gaara era su primer amor, aquel que supo contarle las mejores historias de romance. Un joven reservado y de buenos sentimientos.

Kankuro era el hermano que deseaba tener. Un muchacho extrovertido, divertido y soñador. Él siempre pensaba a futuro y era el pilar de los hermanos Sabaku No.

Temari, por otra parte, al ser la mayor de los cuatro (incluyendo a Matsuri), se comportaba como una madre. Con un malhumor que podía verse con facilidad, carácter conservador y de sentimientos reservados, Temari le enseñó a Matsuri cómo debía actuar ante su hermano menor. Notó aquella atracción desde un primer momento y nadie más que Temari podía agradecer que una chica bondadosa y sincera como Matsuri fuera la candidata ideal a ser su cuñada.

Sin embargo, no todo podía salir como la castaña soñaba.

Contemplando el retrato del señor Sun, su única nieta le imploraba que iluminara su mente y le permitiera caminar en la dirección correcta.

—Hará un año que me trasladé a este departamento—Kankuro se paró a su lado y dirigió su mirada al cuadro—. Mi abuelo siempre me decía que esta sería mi casa cuando fuera adulta, pero no creí que se marcharía tan rápido.

Un año y medio antes, el abuelo de Matsuri había sufrido un paro cardiorespiratorio, llevándose la vida del hombre.

Matsuri se encontraba en Iwa. Cuando le comunicaron la noticia del fallecimiento, el abogado de su abuelo le notificó que sería la heredera del departamento en Konoha.

Desde el momento que Matsuri se instaló en Konoha, no hizo más que trabajar en la cafetería.

Su vida era monótona, transformándola en aquella joven apesadumbrada.

Pero, al volver a ver a Temari y sus hermanos, su vida había adoptado un mix de colores que hacía mucho no veía.

No obstante, estaba en el límite de ser monocromática o multicolor.

—Tu abuelito me regañó muchas veces por espiarle las revistas que guardaba bajo la cama—confesó Kankuro, captando la atención de Matsuri—. La primera vez que vi una chica desnuda en esa revista, no sabía qué hacer. Fue realmente extraño y tu abuelo me descubrió cuando trataba de ver dónde estaban mis senos.

Matsuri rió a carcajadas. Podía imaginar una travesura de tal magnitud y a su abuelo completamente avergonzado y enojado por tocar sus cosas.

—¡Sos terrible, Kanky! —exclamó la castaña, llorando de la risa.

El Sabaku No estaba aliviado. El haber hecho que Matsuri sonriera, era un logro enorme.

Sentía culpa por haberle confesado sus sentimientos, pero necesitaba saber qué pensaba al respecto.

Mientras la chica secaba sus lágrimas, Kankuro desvió la mirada.

Tenía una cuestión atragantada y deseaba sacarla a flote.

Matsuri lo miró y notó que algo le sucedía.

Respiró profundo y tocó su hombro.

—¿Estás bien? —inquirió con preocupación.

Él sonrió y asintió. Sin embargo, no pretendía quedarse con la duda.

Aquel día, él vio cómo su hermano y ella estaban en una extraña situación y no deseaba entrar en un conflicto familiar por una mujer.

Necesitaba saber...

Pero debía actuar con cautela.

La tarde recibió a las amigas con un desorden completo.

Había cajas vacías, botellas en el suelo y la cama revuelta.

Sakura era bastante desordenada cuando dormía, ya que sus sábanas solían terminar en el suelo por ser inquieta.

Temari buscó en la heladera y encontró dos porciones de pizza de la noche anterior.

Aunque estaba frío, lo comió igual.

—Nada es mejor para paliar la resaca que una porción de pizza fría... —se excusó y dio el primer mordisco.

Se asomó por la ventana y vio que la tormenta no daba tregua.

Suspiró.

—Hablaré con Shikamaru y trataré de encontrar una solución a mis propios sentimientos...

¿A quién engañaba?

Por más que lo dijera, su mente no le permitía ir y su orgullo era mucho más fuerte que cualquier sentimiento.

Suspiró.

—Hola Tem... —espetó la pelirrosa, despeinada y ojerosa.

—¿Cómo despertó mi cumpleañera favorita? —saludó y sonrió.

Sakura bostezó y soltó un pesado suspiro.

Recordó que debía prepararse, ya que su cumpleaños aún no acababa.

—Supongo que bien. Mañana te diré cómo me fue—esbozó una sonrisa pícara y corrió a su habitación.

Temari se cruzó de brazos y resopló.

—Espero que no te arrepientas, Saku—murmuró.

Pese a no estar de acuerdo con la decisión de Sakura, la comprendía y apoyaba.

Tenía miedo que ella sufriera por culpa de Sasuke y que luego se arrepintiera de los hechos que tenía pensado realizar.

Rogaba que, de algún modo, fuera consciente de las consecuencias.

Sakura había dejado a Temari a cargo de su casa y tomó un taxi para ir a su siguiente destino.

Hacía algunos años que no retomaba su antigua relación con Kakashi. Se sentía extraña.

Cuando estaba por llegar, su celular vibró.

Al sacarlo de la cartera, había un WhatsApp:

—Amor, te extraño. Me hubiera gustado festejar tu cumple con vos, pero entiendo que sea algo sólo de amigas. Espero que mañana me des un tiempo para darte mi regalo. Te amo, Saku.

La pelirrosa, con lágrimas en los ojos, decidió ignorarlo y guardó su teléfono.

El chofer le avisó que ya habían llegado. Sacó el dinero y pagó el viaje.

Al bajar, recordó que Kakashi vivía en un barrio privado. Sólo con el permiso de alguno de los habitantes podrían tener el acceso al lugar.

En la entrada al barrio, había una cabina en el cual aguardaba un sereno. Éste tenía un teléfono que comunicaba a todas las casas.

Sakura fue hasta allí y habló con el hombre.

—Buenas noches, necesito el permiso para la casa 20.

El hombre buscó en la libreta y chequeó el número.

—Aguarde un instante— marcó y esperó.

Segundos después, le atendieron.

—Señor Hatake, una joven solicita el permiso de ingreso.

Miró a la pelirrosa y colgó.

—Adelante— pulsó un botón y escuchó el pesado arrastre del portón de rejas.

Sakura agradeció y accedió al lugar, caminando a paso firme.

Su mente estaba divagando entre el pasado y el presente. Entre Kakashi y Sasuke. La pasión y el amor.

¿Era posible estar entre la espada y la pared?

Escondida bajo su paraguas negro, esquivando magistralmente la tortuosa lluvia que mojaba sus piernas, pensaba que ya no había vuelta atrás.

—Feliz cumpleaños, Sakura—aquella voz atrajo su atención.

El peliplata estaba extrañamente vestido de traje, bañado en aquel perfume que supo hipnotizarla primeramente.

Sostenía un paraguas transparente y la luz de la calle iluminaba su rostro esperanzado.

Enmudecida y deslumbrada, Sakura se lanzó hacia el Hatake, arrojando el paraguas al suelo, asaltando sus labios con un ferviente deseo.

No le importaba mojarse, ella sabía que nada la detendría.

Kakashi, sorprendido ante la repentina reacción, correspondió a él y la abrazó.

Se besaron tanto que sus labios se adormecieron. Con una intensidad que podrían derribar cualquier muralla ética...

—Gracias... —respondió entre jadeos.

El peliplata levantó los paraguas y tomó su mano, guiándola hasta su pequeña morada.

No sin antes tapar los ojos de Sakura con sus manos.

—Tengo una sorpresa. Espero que te guste—susurró y la guió lentamente.

Los sentidos de la Haruno se agudizaron y pudo percibir un ligero detalle que jamás había conocido: el aroma a comida.

Y no cualquier comida, sino su favorita.

—Lasagna... —espetó y el peliplata comenzó a reír.

Quitó sus manos de los ojos de Sakura y, efectivamente, había una bandeja con Lasagna.

Dejó los paraguas junto a la puerta de entrada y sacudió sus manos.

Sakura volteó a verlo y sonrió.

—Bueno, creo que te acordás lo malo que soy cocinando—rascó su nuca.

—Sí. Hasta tengo miedo de probarla—bromeaba.

Kakashi cerró la puerta y tomó de la cintura a la pelirrosa.

—También sé que no viniste en plan romántico, Sakura—desafió.

La sonrisa pícara de Sakura se lo confirmaba. Ella lo deseaba, lo necesitaba...

Sin mediar palabras, Kakashi bajó el cierre del vestido de Sakura.

La humedad los envolvía y no era precisamente por la lluvia...

Sakura se deshizo del saco y la camisa del peliplata, mientras él besaba con ahínco su cuello y apegaba su cuerpo al suyo.

—No es muy correcto comenzar con el postre antes del plato principal... —susurró Kakashi, entre jadeos.

—¿Quién dijo que nosotros éramos correctos? —exclamó en un tono juguetón.

De inmediato, bajó el cierre de su pantalón, dejando a la vista el miembro que tanto deseaba volver a tener.

Mordiendo su labio inferior, Sakura no dudó un instante.

—Esperá... —suplicaba el peliplata mientras veía cómo Sakura se dirigía a su entrepierna sin pudor alguno.

No podía ahogar sus gemidos. Hacía mucho tiempo no se sentía así de extasiado.

El interior de Sakura estaba demasiado caliente, más que él mismo.

Apretando sus nalgas y en un vaivén que podía manejar a la perfección, Sakura logró que Kakashi rogara por ella, que no lo hiciera tan rápido o terminaría acabando antes de lo previsto.

Se sentía plena. Ella manejaba la situación a su antojo.

Le gustaba.

—No lo soporto más... —espetó y quitó a Sakura de su entrepierna.

Quitó las bragas negras de la Haruno y lo arrojó al medio de la sala.

La alzó y ella abrazó la cintura del peliplata con sus piernas.

La llevó hasta la pared más cercana, sosteniéndola con fuerza.

Sin pensar en nada más, sólo introdujo su miembro en la tan deseosa cavidad de Sakura.

Efectivamente ardía. Era tal como pensaba, un volcán a punto de erupcionar.

Por muchos años estuvo esperando el momento para fusionarse con ella y demostrarle cuán molesto estaba por su indiferencia.

El vaivén era intenso y sin una velocidad establecida.

Kakashi disfrutaba escuchar cómo Sakura gemía al tener sexo con él. Adoraba ver su rostro sudado y sus expresiones deseosos de su propio ser.

La embestía con sutileza al principio, pero al sentir las uñas de la joven en su espalda, entendió que no era suficiente. De esa manera aceleró el movimiento y la fuerza, encontrando el punto justo para ver cómo Sakura jadeaba y gritaba su nombre.

No lo soportaba más. Estaba desesperado por ella y la necesitaba.

Ambos se mordizqueaban con bronca, parecían odiarse.

—Kakashi... —jadeó la pelirrosa y fue en ese instante cuando el peliplata se aseguró la victoria.

Él alcanzó el clímax después que ella, pero ambos saciaron sus más bajos y oscuros instintos carnales.

—Feliz cumpleaños, Sakura—susurró en su oído, sin separarse de ella.

—Gracias—respondió y volvieron a besarse—. Deberías calentar la comida mientras me doy una ducha.

Kakashi rió.

—¿Acaso estás buscando que lo hagamos en la bañera? —desafió.

Temari estaba acabando, finalmente, la novela.

Se sentía mejor consigo misma, ya que la protagonista había logrado encontrar la respuesta correcta a su problema.

Los truenos la desconcentraban por momentos y no llegaba al tan ansiado final.

Suspiró y cerró el libro.

Escuchó que el timbre sonó y eso le llamó la atención más de lo debido.

¿Quién sería a esa hora?

Observó por la mirilla y el libro que sostenía en su mano, cayó intempestivamente al suelo.

Dudó. Apretó su mandíbula y en su garganta se formaba el nudo que tanto la torturaba.

Pensó sólo unos segundos y abrió.

La tormenta no daba tregua. Él tampoco.

—No lo soporto, Tem. Te extraño demasiado y esta agonía es muy tortuosa... —imploraba. Él necesitaba escucharla.

—¿Qué estás haciendo aquí, Shikamaru? —respondió con frialdad.

Una vez más, el orgullo se interponía entre ellos.

Shikamaru lo tenía en cuenta. A decir verdad, la conocía demasiado bien como para notar que aún lo extrañaba.

—Necesito hablar con vos y saber qué fue lo que pasó la vez que fuiste a casa... —la lluvia había transformado aquel rostro que denotaba la pereza en potencia.

Su cabello goteaba y su coleta estaba deshecha.

Sentía pena y no creía ser tan cruel como para permitir que estuviera bajo la tormenta sin ningún tipo de protección.

Más aún, después de verlo enfermo aquel día.

—No te quedes ahí, pasá—ordenó.

Shikamaru ingresó con temor. Sabía que Sakura era una mujer de mal carácter, así como Temari y estaba preparado para su sermón.

Sin embargo, no podía soportar que Temari siguiera actuando así con él.

La rubia fue hasta su habitación y buscó algunas toallas.

Encontró dos y cuando estaba por regresar a la sala, se encontró con el Nara detrás suyo.

—¿Por qué entraste así? —estaba nerviosa. Su presencia le generaba muchos más nervios de lo que pensaba.

—Quisiera comprobar algo, Tem—se acercó hasta ella.

En su afán de querer zafarse, Temari le colocó la toalla en la cabeza.

—No sé qué pretendes, Shikamaru—espetó.

—No lo sabré hasta hacerlo... —sostuvo el rostro de su esposa y la besó con ternura.

Temari, atónita, permitió que su esposo demostrara el amor que aún le guardaba.

Quería llorar, gritar cuánto lo aborrecía y cómo le molestaba estar en sus zapatos.

En su mente, tanto Ino como Itachi se presentaban como fantasmas en su corazón.

No obstante, la culpa y el rencor eran dos potenciales enemigos que estaban dispuestos a sacrificar la tranquilidad de la Sabaku No.

—Te lo suplico, Tem—susurró.

Ella debía confirmar qué pasaba en su cabeza.

—No hables, Shikamaru. Aborrezco escuchar tu voz—espetó con rabia.

Esto desconcertó al Nara porque la rubia estaba quitándole la ropa húmeda.

—Callate y demostrame que estás arrepentido de haberme engañado—espetó.

Era una tentadora oferta para Shikamaru. Temari estaba dispuesta a escucharlo o ver hasta dónde era capaz de llegar.

Sin embargo, el fantasma de la traición no le daría tregua.