Capítulo diecisiete: Rituales

"Ella me miró fijamente, me sonrió y me tomó de la mano.

Fue algo aterrador.

No sabía que mi reflejo podía hacer eso"

-Santiago Pedraza, Cuentos para monstruos

Estaba dormida, pero sólo porque Melek le había ordenado a Sila poner algo en su té. Era el tercer día desde que Amads había sido envenenado por Kaios, era el tercer día que ella se mantenía despierta, dependiendo de pequeñas siestas en las que caía de cansancio y por corto tiempo. Era un desastre, ella era un desastre porque su caballero se estaba muriendo y nada podía hacer casi. El respirador lo mantenía a salvo, la máquina de diálisis sólo estaba retrasando lo inevitable y Sila se rehusaba a realizar la operación para perderlo en el quirófano.

Estaba dormida, anestesiada, perdida en un mar de dolor. Estaba desesperada, estaba desolada y todo aquello sólo lo había sentido una vez antes: la vez que Amads recibió el impacto del ataque de Eriol. Había estado en aquella misma habitación, tratado por las mismas personas y con heridas visibles más impactantes que aquel mordisco en el cuello que se infectaba y se reusaba a sanar. Pero el peligro de muerte no había sido como el actual.

Amads podía morir.

Amads iba a morir.

Ella lo podía perder.

Ella lo iba perder.

-¿Perderlo? -se rió ella- Yo nunca pierdo, nosotras nunca perdemos.

Estaba rondando, ella la estaba merodeando. Daba vueltas a su alrededor, un vestido largo azul noche de gasa fluida. Su largo cabello suelto, cayendo en ondas sobre su hombros desnudos, sus ojos oscuros.

-No podemos darnos el lujo de perder a nuestro caballero, nuestro mejor peleador. -negó con el ceño fruncido, observándola desde detrás de su hombro- No, no lo haremos.

Tomoyo frunció el ceño, separó los labios y su lengua se sintió pesada dentro de su boca.

-¿Cómo…? -dijo- No soy Dios, no puedo otorgarle vida más allá de los límites de su cuerpo.

-Un cuerpo hecho de carne, de sangre mezclada con nuestra sangre. -le recordó su otro yo- Nuestra esencia en él, nuestra marca. -dijo entre dientes- ¡Nos pertenece, es nuestro!

-Él es… nuestro. -asintió- Mi caballero, mío… -su ceño se frunció- Quieren arrebatármelo.

-Así es. -asintió.

Ella siguió dando vueltas, nunca se detuvo; Tomoyo se estaba mareando.

Sonrisas, ojos oscuros, la tela fluyendo con sus pasos agraciados.

-Escucha. -pidió- Esto es lo que vas a hacer ahora.

Cerró sus ojos, ella lo haría todo por él, todo.

Tomó de su arcón su capa, la tela tan ligera pero resistente, del color de la arena bronceada por el sol ardiente del desierto del Sur; su melena de rulos color de la sangre se resguardaba debajo de su capucha, unos lentes aviadores transparentes protegían sus ojos de la arena, hoy el viento estaba implacable y debía cruzar el Sur de punta a punta.

Era el momento ideal, Kamuy no había podido resistir más y tuvo que correr en una caza por su cena. Debía ser ahora, lejos de oídos indiscretos y obstáculos e impedimentos. Salió de su cueva y utilizó la salida del Oeste, mantuvo el vuelo bajo sobre su plataforma violeta para no llamar la atención de los centinelas. Regino estaba dando su patrulla habitual por la frontera Norte, luego regresaría a la cueva y entrenaría con los lobos más viejos, los lobos con heridas de guerra. Kamuy regresaría antes de que el entrenamiento terminara y su oportunidad desaparecería.

No, era su momento. Ahora era su momento.

Delante podía ver la tormenta de arena, su capa ya se sacudía por la sinergia de los potentes vientos que arrastraban los granos de arena volviéndolos poderosas armas. Ella se sujetó con fuerza, pegó su cuerpo lo más que pudo contra su deslizador y rodeó la tormenta, usaría magia si el núcleo la atraía de todas formas. Sus nudillos y sus mejillas ardían, su frente hormigueaba al igual que sus muñecas y brazos; pasó a toda velocidad la tormenta y la distancia entre ella y Regino disminuyó. Tenía un hechizo de rastreo en él, así que no se perdería en el desierto ardiente.

Él había olfateado su sangre, la estaba esperando. Sus ojos negros y su pelaje amarillento, su aspecto como lobo era del todo opuesto al alfa del Norte, quien poseía el pelaje oscuro y los ojos como dos soles.

-¿Qué sucede? -rápidamente quiso saber- Habla.

Tiró de la capucha, sus rulos revolotearon a su alrededor, arrancó los anteojos y saltó frente a él.

-Descuide, jefe Regino. -dijo, manteniendo el respeto- Claro que vamos a hablar usted y yo. -entrecerró los ojos- Lo que nos concierne sólo a los dos, sin ningún tercero.

Infló el pecho y la observó desde su altura, el jefe de los lobos no era conocido por ser idiota. Él claramente sabía lo que estaba sucediendo.

-Hablemos, Camille. -asintió.

Ella asintió y colocó los brazos en jarra, se irguió en toda su altura y habló: fuerte y claro, ella habló.

-Yo llegué al borde de la muerte a las cuevas, casi que estaba cara a cara con el del otro lado. -recordó ella- Fueron su hijo y su compañera los que se encargaron de que yo hoy pueda estar parada con usted, en una sola pieza. -llevó una mano hacia su pecho- Esa es una deuda muy grande, la cual me encargué de saldar por completo cuando tomé las riendas del Zoológico e impedí que forasteros y demonios pusieran un solo pie aquí, en la tierra de las bestias. -tragó saliva- Luego, usted me ofreció quedarme y hacer del Sur un hogar. Yo soy una persona agradecida, jefe Regino. Una bruja que da lo que recibe… -entrecerró los ojos en su dirección- Y, así como me dio un hogar, yo le entregué poder. Yo coloqué a la manada del Sur en un lugar privilegiado al permanecer en sus tierras.

-Hm. -murmuró el gran lobo.

-¿Estoy errada en mi discurso, jefe Regino? -le dio oportunidad de corregirla- ¿No es poseedor de una clara ventaja hoy en día conmigo en el Sur?

Él parecía no pestañar, su pecho apenas se movía con su respiración, su entrecejo fruncido y sus labios tirantes.

-¿Me equivoco, acaso? -insistió ella antes su silencio.

-¿A dónde quieres llegar, Camille? -dijo él- ¿Acaso esto es una especie de reclamo? ¿Tu estancia en el desierto no ha sido agradable? ¿No te hemos tratado como una de nosotros? -avanzó un paso, Camille enarcó una ceja- Te hemos vestido, alimentado y bañado; nada más que lo mejor para ti.

-¿Yo no he contribuido, acaso? -avanzó ella- Además de agradecida, soy colaboradora. -enumeró- Asisto siempre que es necesario, incluso en desventaja de otros clanes. -le recordó ella- Pero no es un reclamo o una queja.

-Es bueno escuchar que no lo es. -interrumpió él con rapidez- Casi me convences de lo contrario, casi.

Si ella aún fuera caballero de Luciana, sus ojos estarían resecos de tanto brillar en rojo carmesí. Es más, podría hacerlos sangrar sólo para que su mirada expresarse correctamente su enojo.

-Mi lealtad tiene un límite; mi agradecimiento, un tope. -señaló su coronilla- No pasará por encima de mí, no soy esa clase de bruja, jefe Regino. -le aclaró entre dientes, casi escupiendo espuma- Seré directa ahora: mi relación, o la inexistencia de una, con Kamuy no tendrá jamás que ver con usted. No estoy detrás de ser la futura matriarca de la manada, no busco ascenso en la escala piramidal. -se rió- ¡No estoy siendo la futura madre de sus nietos, por favor! -se burló con ganas.

Regino no se rió, pero estaba bien, la risa de ella tampoco era con intenciones de contagiar. No, ella se estaba burlando de sus patéticas intenciones de atarla al clan, de favorecerse a su costa.

-La sangre Pratt es más que sólo sangre ordinaria, es un legado, una dinastía. -alzó el mentón- Mis herederos no serán vistos como los peones, lo caballitos de guerra de alguien tan mundano, de alguien con intenciones tan simplistas.

El lobo del Sur descubrió sus colmillos.

-Cuidado, bruja. -advirtió mientras avanzaba dos pasos- Cuida tu lengua.

-No. -gruñó ella, seria y con la mirada asesina- ¡Será mejor que tú tengas cuidado, Regino! -escupió- Porque, así como soy de agradecida y colaboradora, también puedo arruinarte en un minuto. Puedo darte la espalda y olvidar todo este agradecimiento. -avanzó un paso- Puedo quitarte el poder y la gloria. -otro más- Quitártelo todo y… -sonrió- Buscar acilo en otra parte. -le hizo ver- Siempre me ha encantado la nieve, ¿sabes? -dijo, una sonrisa ladeada, mintiendo descaradamente.

-No te atreverías. -desafió él, confiado.

-¿Ah, no? -se carcajeó- Podría apostar que Kamuy me seguiría incluso si tuviéramos que dormir sobre el lago congelado. -entrecerró los ojos- ¿Crees que no?

Dudó, sus bigotes dieron un tirón y sus patas se clavaron más sobre la arena caliente.

-Sin la bruja, sin el dios Sköll… -siseó ella- ¿Cuánto tiempo le tomará al Norte acaparar el show por completo, Regino?

Ella esperó y esperó… lo tenía, ella lo tenía acorralado y por donde más le dolía. Estaba hecho, lo tenía. Su deslizador volvió a materializarse debajo de sus pies, ella se elevó hasta sobrepasarlo por algunos centímetros y ser ella la que lo observara desde lo alto.

-No quieras ser más listo que yo, no quieras pararte sobre mis hombros y utilizarme como escalera; entonces yo no tendré motivos para demostrarte que tengo la razón. -advirtió con voz firme- Adiós, jefe Regino.

Se dio media vuelta y sobrevoló por lo alto mientras se perdía en la distancia, aquello debía ser suficiente para que el jefe no causara más inconvenientes. Y no, ella no sería capaz de alejar a Kamuy de su madre, él la adoraba, y ella jamás podría irse y dejar a su fiel compañero; pero Regino no tenía por qué saber aquello.

Inhaló hondo, tomó una con cada mano y cerró los ojos; ella le dijo que iba a doler, por eso previamente había colocado un pedazo de tela en su boca, no quería llamar la atención de nadie.

Tiró.

-¡Ahhmmb! -chilló de dolor.

Observó la puerta, había puesto pestillo, no escuchó pasos apresurados. Observó sus manos, gotas de sangre habían en las raíces de ambas plumas, no quiso observar sus alas para encontrar su carne sensible y dañada. Quitó la tela de su boca y limpió ambas plumas y sus manos, hizo desaparecer sus alas, el dolor sordo seguía allí en su espalda.

-Las tengo. -dijo a nadie en particular- Ya las tengo.

¿Quién iba a pensar que, de todas formas, Amads se haría con dos de sus plumas después de todo?

-Hay que apresurarnos. -ordenó su otro yo, haciendo acto de presencia a un lado suyo- Ya sabes qué hacer ¡Vamos! -la apuró- ¡Deprisa, vamos!

Se dio la vuelta y observó las máquinas que monitoreaban los signos vitales de su caballero, estaba comenzando a bajar su ritmo cardíaco.

-¡Qué esperas! -gruñó entre dientes, casi podía sentir sus manos empujarla por la espalda.

Tiró de la manta que cubría su cuerpo, ésta cayó al suelo y la joven se posicionó junto a él. Con el torso desnudo no hacía falta deshacerse de algún otro impedimento, ella colocó una mano sobre su corazón.

-¿Amads? -lo llamó- Amads, aquí estoy… despierta. -ordenó- Necesito-necesito que despiertes. -podía sentir el ardor familiar de las lágrimas detrás de sus ojos- ¡Despierta!

Un pulso, sintió un pulso de energía golpear su cuerpo. La otra estaba del otro lado de Amads, frente a ella, observando.

-…dul…ce.

Las lágrimas cayeron sobre su pecho lleno de electrodos y cables.

-Sí, sí. -asintió en repetidas ocasiones, sin importar que él no haya abierto sus ojos para verla- Mantente conmigo, no me dejes. -ordenó mientras extendía su otra mano en dirección a su contraparte- Todo estará bien. -la observó y asintió, era hora.

-Dul…ce.

La otra enseñó sus manos, un bisturí en ellas. Tomoyo presionó con más fuerza su mano sobre la carne de su caballero, la otra la tomó por la muñeca y pasó el bisturí por el largo de su brazo.

-¡AAAAAHHHGG! -mordió sus labios con fuerza.

-¡Shh! -le ordenó silencio- Alguien vendrá si te escuchan.

La sangre, caliente y espesa, se derramó sobre el pecho de su caballero. La otra comenzó a esparcirla por sus costillas, los costados de su cuerpo mientras que ella la guiaba hacia la herida de su cuello y su rostro. Empaparon sus brazos juntas. Tomoyo sujetaba su brazo sangrante contra su propio pecho, el flujo sanguíneo había disminuido, pero su ropa se hallaba empapada en su propia sangre.

-¡Rápido, dame la pluma!

Tomoyo le ofreció una de sus plumas mientras que ella conservaba la otra, el blanco se mancho con carmesí en las manos de ambas. La apoyaron contra su frente, descendieron hacia sus labios y, por último, sobre su corazón. Ambas cerraron sus ojos, amatista brillante reemplazó el violeta oscuro cuando los abrieron a la vez. Tomaron sus manos por sobre el cuerpo bañado en sangre de Amads.

-Cruza mi corazón. -comenzó a recitar Tomoyo.

-Espero morir. -continuó su contraparte.

-A mi persona preciada… -casi sollozó.

-No la dejaré partir. -espetó entre dientes.

El extremo de la pluma arañó la piel ensangrentada mientras ambas corrían veloces como pluma sobre papel, formas y garabatos ajenos al habla de algún dialecto conocido por el humano. Como un cántico, ambas seguían susurrando las mismas palabras mientras seguían grabando la piel de Amads.

-Cruza mi corazón, espero morir, a mi persona preciada no la dejaré partir…

El trazo de Tomoyo comenzó por su brazo derecho, pasó sobre su hombro y arañó sus costillas hasta sus caderas bajas.

-Cruza mi corazón, espero morir, a mi persona preciada no la dejaré partir.

La pluma de la otra ella subió por su cuello y su mentón, rasgó ambas mejillas y su nariz, pasó por sus sienes y su amplia frente.

-Quédate conmigo. -le rogó ella- Amads, quédate conmigo.

Intercambiaron las plumas, las llevaron nuevamente sobre su frente, labios y justo encima de su pecho. Juntaron sus manos en forma de plegaria, la pluma entre ambas palmas ensangrentadas.

-Cruza mi corazón.

-Crúzalo con su corazón. -continuó ella.

-Espero morir. -dijo ella.

-Hazlo vivir.

-Pero no te lo lleves. -soltó entre dientes.

-No te lo lleves. -asintió.

-No te lo lleves si no me llevas primero a mí. -finalizó Tomoyo.

Los ojos de la otra viajaron lentamente hacia la puerta trancada, Tomoyo siguió sus ojos.

Knock, knock, knock.

-¿Tomoyo? -era la voz de Eriol- ¿Estás despierta? ¿Puedo pasar?

-Pon una barrera. -ordenó.

Asintió y la barrera se levantó rodeando así la sala en la cual Amads se encontraba, donde ellas estaban llevando a cabo un ritual de enlace.

-Sigamos.

-No te traje aquí de vacaciones, pequeña bruja.

No se inmutó ante la aparición de Gia, ella podía sentir un cosquilleo detrás de su cabeza cuando la santa madre rondaba a su alrededor, un pequeño súper poder legado por Aaron. Ella se encontraba en el patio de Teófilo, el anciano que les brindaba hospedaje en Perú; su perro, Cucho, jugaba a atrapar la vara con Kero. El gato callejero se encontraba frotándose contra sus piernas. Era hora de la siesta, las tres de la tarde, y no había nadie en las calles para prestarles atención.

-Casi me convences. -dijo Sakura- Kelian no me dijo qué hago aquí, así que te pido me ilumines, Gia. -frunció el ceño.

-Hm. -torció sus labios azules y se inclinó hacia adelante ya que la bruja se hallaba sentada en el suelo polvoroso- Creí que él te lo había dicho ya. -mencionó, extrañada- ¿Qué te dijo Kelian?

La bruja entrecerró los ojos, las lentillas oscuras y la peluca a juego estaban otra vez enmascarando su verdadera identidad. Acarició al gato una última vez antes de que Veloz, en su forma gatuna, lo retara a una carrera y salieron disparados hacia el patio trasero. Ella se levantó y limpió sus pantaloncillos cortos antes de hablar.

-Si te soy sincera, él parecía enojado conmigo. -confesó- No dijo mucho, dejó los papeles y se esfumó. -relamió sus labios y torció una sonrisa- ¿No será que el hijo favorito de mamá tiene algo de… celos? -se rió- ¿Envidia?

Gia rodó los ojos y le dedicó su mejor mirada de incredulidad, el perro ladró trayendo nuevamente su palo cubierto de baba.

-¿Envidia de ti? -repitió- Espero estés jugando, te enseñé mejor que eso. -bufó y Sakura rió mientras liberaba a los Gemelos para jugar con Cucho y que Kero pudiera volar hasta posarse sobre su hombro.

-Sí, estaba jugando. -admitió sin dar vueltas, la sonrisa se borró de su rostro y decidió ponerse seria- Dime qué hay que hacer aquí… -observó los alrededores- En Cuzco había un Siervo, no tuvimos problemas allí. -informó- Si no recuerdo mal, el segundo de ellos estaba en Lima, la capital del país. -pasó una mano por sus falsos cabellos- ¿Quieres comenzar una cacería en Latinoamérica? -arqueó una ceja.

-¿Eso significa que tomaremos ventaja de Pía mientras se concentra en Europa? -interrogó el guardián.

-Por supuesto que no. -negó de inmediato- Aunque no es la central, Latinoamérica es ahora la pieza secundaria en la telaraña de Pía. -frunció el ceño- Suficiente atención posee ahora mismo, no podemos provocar un estallido aquí ahora mismo. No, claro que no. -fue rotunda.

La madre que se preocupa por el escondite de sus hijos, ¿a caso?, cruzó por su mente aquél pensamiento algo sarcástico.

-Creí que África seguía en orden de importancia luego de Europa… -mencionó el peluche con extrañeza.

-Así es. -secundó su ama- Pensé que Pía tenía a Ana, Nicky y Serrano pululando y patrullando el continente para ser el ejército de reserva. -le recordó.

Las cálidas tierras del continente africano era poseedora de cinco señores demonios, pero Aratos y Maeve rara vez salían de sus hogares. Ambos señores dominaban el extremo Sur, el final del continente, y eran conocidos por su bajo perfil y silencio fúnebre. Ana era la señora más vistosa luego de Pía, todo el mundo conocía su mano dura y dictatorial a la hora de sublevar rebeldes.

La santa madre desvió la mirada un instante hacia Cucho y su paso juguetón, se encontraba estoica y pensativa mientras elaboraba las palabras para su respuesta.

-Europa, Asia y África están recibiendo- mejor dicho. -se corrigió a media oración- Han recibido un aluvión de refuerzos. -su entrecejo fruncido se profundizó.

Sakura dio un paso más cerca, casi sin creer en sus palabras.

-¿África y Asia? -gruñó- ¡Creí que era un accidente aislado en China!

El cabello del espíritu acompañó su rápido movimiento al volver su atención en Sakura.

-Eso te enseñará a no confiar en contactos tan poco confiables. -gruñó, reprendiendo a la bruja- ¿Crees que te son leales?

-Creo que son leales al dinero. -la increpó, no fue un accidente ni un inconveniente haber dejado entrever la cuestión de sus infiltrados. Ella contaba con que Gia estuviera al tanto, a Kelian no se le habría escapado aquello mientras pasaba su tiempo con su ex novio- Información a cambio de dinero, los mercenarios cumplen siempre que la paga sea enviada en tiempo y forma.

-Los mercenarios te venden al mejor postor, así ganan mucho más dinero, pequeña niña tonta. -escupió con decepción.

Fue el turno de Sakura de gruñir y enfadarse.

-No me digas pequeña, ni siquiera niña y mucho menos me digas tonta. -ordenó sin tartamudear- Conozco el juego, aprendí las reglas del mejor y sé cómo-

Gia levantó el brazo, su mano abierta frente al rostro de Sakura.

-Ahórratelo. -la cortó- No me importa, haz lo que quieras. -rodó los ojos mientras Sakura se mordía la lengua y mantenía dentro su lengua afilada- Los envié a ambos aquí para que entrenen.

-Lo enviaste aquí porque casi muere por jugar bajo tus reglas, no quieras quitar a un lado tu culpa en ello. -dijo mientras se cruzaba de brazos y la observaba con ojos oscuros- No quito la mía, pero no fui yo quien lo puso debajo de todas las luces sosteniendo un cartel que dice 'aquí estoy, vengan por mí'. -entrecerró los ojos- Además, creí que Kelian lo había entrenado. ¿No es Shaoran tu magnífico caballo, acaso?

El peluche se cruzó de brazos y observó a la santa madre con la misma mirada, Gia estaba tentada a revelar todos lo jugosos detalles de su jugada maestra sólo para demostrar un punto. Pero no, eso no sería tan divertido como observar sus rostro cuando el resultado estuviese frente a sus rostros.

-En unas cuantas semanas los dos serán enviados a Europa para un gran ataque, necesito que sean una celda de dos hombres, sólida y sincronizada. -fueron sus palabras exactas- Tienen que saber exactamente cuál será el movimiento del otro antes siquiera de que muevan un solo músculo, que con una mirada comprendan la situación y puedan actuar hombro con hombro. -agregó mientras sus ojos color de la tierra fértil la observaban con severidad- Dime si haz entendido. -ordenó- Dímelo, Kinomoto.

Los codos de Kero flaquearon, sus brazos cayeron como peso muerto sobre sus piernecitas mientras comprendía lo que Gia estaba ordenando con esas dos oraciones. Las cartas también titubearon, claro que habían estado siguiendo la conversación entre la ama de las cartas y la santa madre, claro que entendían lo que solicitaba. Sakura, por su parte, tenía hartas ganas de negarse y comenzar una gran discusión argumentativa, enumerando todas las razones del porqué aquello no era una buena idea.

-He entendido. -respondió ella- ¿Eso es todo?

Kero se mordía los labios para no dejar escapar ni una sola palabra.

-Si ha seguido las recetas, estará listo en cinco días para comenzar. -agregó ella- Pero bien podrían aprovechar esos días para ponerse al día y comenzar un plan de entrenamiento.

La santa madre desapareció en una brisa con aroma a flores dulces y menta, Sakura arrugó la nariz mientras le hacía una seña a Cucho para que se acercara a ella nuevamente.

-¿Ama? -llamó Viento mientras aparecía sobre el lomo del can- ¿Cree que será seguro?

Gemelos y Veloz tenían la misma mirada de inseguridad en sus ojos, la preocupación palpable de sus cartas sobre el asunto.

-No tenemos otra opción. -fue el guardián del sol el que respondió- Ahora mismo, Gia tiene la mano para ganar. -admitió entre dientes.

Sakura suspiró audiblemente mientras le colocaba la correa a la mascota de su arrendador y se preparaba para dar un paseo por el pueblo, necesitaría algunas cosas si iba a hacer esto.

-Kero tiene razón. -admitió ella- Paz no se habrá librado de las bajas y Pía sacó un as de la manga con la nueva generación de Siervos; Gia está a la cabeza… -negó para ella misma- Tal como ella prometió.

Cuando él tenía nueve años recordaba un invierno realmente crudo, el sol característico del desierto no lograba calentar sus huesos de día. No tomó mucho tiempo para que alguien más grande y más listo encontrara su escondite y robara sus mantas y comida almacenada. Él luchó, toda su vida luchó; el ladrón pateó sus costillas con tantas fuerzas que aún no entendía cómo no le había perforado los pulmones, ambos. Su cuerpo era piel y huesos, nada de por medio. Hematomas horribles como tinta esparcida por todo él, tenía miedo de respirar rápido y que su caja torácica se derrumbara sobre su corazón y acabara con su vida.

Estuvo allí, tendido en el suelo, descubierto de cobija alguna, expuesto al frío por lo que parecieron milenios crueles. Su cuerpo temblaba se sacudía -no sabía si de dolor, frío, fiebre o los escalofríos del beso de la muerte. Iba y venía constantemente de la conciencia a la inconciencia y viceversa.

Otra vez volvía a sentirse como un pequeño de nueve años, en un invierno desolado.

No había luz ni oscuridad, lo cual era imposible y rayaba la locura extrema. Como abrir los ojos debajo del agua, un agua que no era cristalina ni transparente, lo contrario; podías distinguir formas e imaginar qué estabas viendo con aquel conocimiento. Sentía frío y soledad, el dolor era tan fuerte e intenso que su cuerpo decidió apagarse para no sufrir más. A la deriva, flotando en una corriente lenta pero consistente.

-Amads.

Entonces, fue cuando escuchó su voz.

-Amads, despierta. -le ordenaba ella- Quédate conmigo.

Un hombre podía abandonarlo todo por aquellas dos palabras, este hombre podría hacerlo.

-...¿Dulce?... -dudó.

El cosquilleo de su toque, el aroma de su cabello y el susurro de su ropa. ¿Estaba alucinando? ¿Qué estaba sucediendo?

-…Amads. -volvió a escuchar su voz.

La silueta de su cadera, el color de sus ojos brillantes, la calidez de su cuerpo.

AMADS!

Abrió los ojos, las sombras y contornos comenzaron a tomar forma, la forma de Tomoyo. Él se encontraba tendido sobre la arena, un desierto desconocido, ella arrodillada sobre su forma inmóvil.

-Dul…ce. -dijo él, asombrado. Levantó su brazo, llevó una de sus manos hacia su rostro para poder sentirla. Era ella, era real.

-Soy yo. -afirmó ella con cariño, ojos cristalinos y labios temblorosos- Soy yo, soy yo. -repitió con alegría.

Él sonrió, había extrañado su sonrisa. La había extrañado, ¿hace cuánto tiempo no la veía? ¿Hace cuánto que no la tocaba u oía su voz cantarina? Frunció el ceño al no recordar.

-¿Dónde estamos? -se incorporó del suelo, llevó una mano hacia su estómago, el cual dolía y… se sentía pegajoso- ¿Qué…? -observó su mano y luego su cuerpo.

-No tengas miedo. -pidió ella, llamando nuevamente su atención de la sangre sobre su cuerpo- Tuvimos que hacerlo para salvarte.

El caballero alternó sus ojos entre ella y la sangre esparcida sobre su piel, confundido y con mil preguntas en su cabeza. Pero, primero lo primero.

-¿Tuvimos? -inquirió- Tuvimos, ¿quiénes? -observó detrás de ella en busca de Eriol o Luciana, de alguna cara conocida.

-Tuvimos. -respondió alguien a su espalda- Nosotras dos.

Casi dislocó su cuello debido a la velocidad y brusquedad con la que lo volteó, podía jurar que Tomoyo estaba frente a él y no detrás. Pero no, allí estaba. Bueno, estaban.

-Amads… -comenzó Tomoyo, una de ellas, mientras él tropezaba hacia atrás en el suelo para poder observarlas a ambas- No enloquezcas. -rogó.

-¿¡Qué demonios!? -balbuceó sin hacerle caso.

-Esa boca. -reprendió la otra ella- O tendré que lavarla con algo de cloro. -advirtió, divertida.

Mientras él retrocedía, ellas se posicionaron una al lado de la otra.

-Amads. -llamó una de ellas- Por favor-

-Déjanos explicártelo. -terminó de decir la otra.

Él estaba hiperventilado a estas alturas.

-…¿Qué?... -se levantó de un salto y observó entre ambas- ¿Qué es esto? -observó sus manos manchadas de sangre, sangre ajena- Tomoyo… ¿qué…? -ellas también tenían las manos manchadas de sangre, el rojo escarlata era el mismo tono que el de su cuerpo- No… Tomoyo.

-Jamás haz dicho nuestro nombre tantas veces juntas. -rió ella- En serio freímos tu cerebro.

-¡Estoy tratando de explicarte! -exclamó, casi rogando por su atención con desespero.

-¿Quién…quiénes son ustedes? -increpó mientras sus ojos brillaban amatistas- ¿¡Dónde está Tomoyo!? ¿¡Dónde está ella!?

Las observó detenidamente, físicamente parecían dos gotas de aguas, la misma imagen de su reina. Ojos violetas y labios de un rosa pálido, piel de muñeca de porcelana. Una de ellas llevaba la capa beige que Melek le había obsequiado a Tomoyo y el cabello en una coleta descuidada con ondas salvajes y sin atender; la otra vestía pantaloncillos ajustados en su cintura y anchos en sus caderas, una camisa con un lazo en el cuello y el cabello sujeto en un moño perfecto. Una de ellas lucía pálida y desesperada, la otra feliz y radiante. Tan iguales y tan distintas a la vez, jamás había conocido una versión de Tomoyo tan segura y tranquila como la otra, hasta parecía… en paz.

La sonrisa en su rostro se amplió mientras daba un paso al frente y extendía una mano -la ensangrentada- hacia él.

-Dame la mano y salgamos de aquí. -pidió ella- Podremos hablar largo y tendido muy pronto, sólo… espérame. -le guiñó un ojo.

La otra Tomoyo se apresuró a imitarla y tendió su mano también, las dos de ellas con sonrisas disparejas en sus respectivos rostros.

-Vamos… a casa.

Sus párpados comenzaron a pesar, la niebla volvía a apoderarse de su vista y su cuerpo… se desplomó.

Sufría de insomnio, la última vez que había sufrido de tal desorden del sueño había sido luego de la primera vez que Aaron profanó su cuerpo, luego de que la violara. Se negaba a apagar su cerebro, a bajar todas las defensas y quedar… débil, incapaz, como una presa. Sentía sus ojos arder en llamas, su cuerpo paralizado y su corazón más débil… casi no pestañeaba por miedo a cerrar los ojos y no poder abrirlos nunca más. Fueron tiempos horribles, no recordaba cuánto había durado así. Pesadillas había tenido desde niña, desde que su sucesor le había legado sus ojos carmesí y declarado formalmente como el próximo Pilar del Infierno. Las memorias, los recuerdos de vidas pasada, batallas con extraños y tanta sangre sobre su cuerpo que el agua no podía llevársela toda.

-Brr, brrrr.

Acarició detrás de las orejas de Fuuma, quien había vuelto al tamaño de un minino, el sello reestablecido.

-Venezuela te sienta bien, ¿verdad? -el zorro asintió y ella sonrió- ¿Dónde está el perro? -con la lengua fuera, jadeando, se incorporó y señaló con su nariz en dirección Este, donde la tienda de víveres se hallaba- Genial. -ella se incorporó también y tomó sus lentes de sol de su mesa de noche y se los colocó- …¿No vienes? -le preguntó al zorro demonio.

Venezuela estaba atravesando una crisis política y social muy fuerte, no era exactamente un paraíso tropical para sus habitantes. Alimentos y medicamentos escaseaban o poseían un precio exorbitante. Tenían el dinero, pero serían un blanco seguro si los descubrían. Joel tenía un contacto, contrabandeaban alimentos en la frontera y arregló unos viejos favores por algo de carne y alimentos no perecederos; tardaría otra hora en volver.

Ella había descubierto los cimientos de un recolector, seguramente la idea había sido abrir un almacén, pero las condiciones actuales no eran las óptimas. Tendrían que transportar suministros a Brasil o Colombia, los cárteles y las favelas dejaban cuerpos y sangre suficientes, pero ellos preferían jugar con sus alimentos antes. O tal vez reclutaban trabajadores, el negocio también utilizaba mano de obra para diversos usos. Allí encontraría la información que necesitaba sobre los nuevos Siervos. Fuuma no la perdía de vista mientras él tomaba el camino de los tejados, ella caminó por la acera con ojos brillantes detrás de sus gafas. No había tenido órdenes de acabar con Siervos en Colombia, no podía ser descubierta otra vez y prolongar aún más su estadía.

"-Yo no quiero pasar desapercibida. -le hizo ver, sus ojos entrecerrados y una sonrisa ladeada- Quiero que el enemigo sepa muy bien quién es la persona que domina el campo de batalla, yo no soy sólo otro rostro allí. -se carcajeó ella- Soy el rostro de la muerte, recuérdalo bien."

Había comenzado con Camille, las fuertes jaquecas y la pérdida de consciencia siendo ambas consecuencias del regreso de sus recuerdos. Cuando las memorias de sus desventuras con la bruja terminaron, creyó que era el fin. Pero no, seguían los recuerdos con su primer caballero.

Observó la calle, un auto pasando a toda velocidad mientras, del otro lado de la calle, pudo ver a una versión de sí misma caminar a la par del pelirrojo. Botas de tacón alto y labios pintados de rojo, una sonrisa divertida plasmada en su rostro mientras sus ojos lloraban un rojo brillante y desenfundaba un arma y daba dos disparos de advertencia hacia el cielo, las personas comenzaron a correr asustadas. Había una única persona que permanecía sin huir, reconoció la firma de un brujo de la noche en sus ojos obnubilados.

-¿Crees que secuestrar niños del parque para obligarlos a que te toquen cuenta como sacrificio para el Infierno? -la oyó inquirir con falsa diversión en su voz, el arma siendo enfundada mientras que tomaba un látigo en su lugar- Enfermos como tú son los que avivan las llamas del averno, maldito enfermo.

Reconoció sus movimientos de pelea, el estilo sanguinario y limpio que Aaron se había encargado de taladrar en ella casi cuatro años. Sus ojos, eran sus ojos. Su lengua despiadada y una boca soez y sucia, diferente a su personalidad actual. Su padre enloquecería al oír tales… palabras. Kamuy se limitaba a observarla luchar, aunque no se perdía de la batalla en busca de problemas y un espacio para ser de ayuda. Una espada de gran tamaño colgando de su espalda, reconocería el arte de Dionisio en cualquier parte. El arma en su cadera, la espada de Kamuy e, incluso, el látigo en sus manos; todas armas forjadas por un mismo artesano. Joel le había regalado el juego de sais, los cuales ella desconocía al autor de tales piezas de armería, el resto de sus armas habían sido encargadas a Dionisio, quien trabajaba con Aaron para su armería y la de muchos otros señores demonio. Estaba segura que su prima, Sakura, portaba armas creadas por el mismo artista que sus propias armas.

Algo chocó contra sus piernas, trayéndola de regreso al presente y lejos de los recuerdos de una vida pasada.

-Brr.

Fuuma se paseó entre sus piernas, su cabeza inclinándose hacia la calle de adelante antes de volver a desaparecer. Inclinó sus lentes hacia abajo para observarlos con ojos brillantes sin nada que interfiriera, la verdadera forma de los demonios se revelaba antes sus ojos. Una hembra y un macho, dos esbirros con anillos de sangre.

Perfecto, parecía que iban de salida y ella podría interceptarlos para sacarle información. Habían estado rondando el almacén los últimos dos días y no habían registrado movimiento alguno. Al parecer, hoy era su día de suerte. Volvió a acomodar sus lentes sobre el puente de su nariz para cubrir sus ojos tan exóticos y los siguió a la distancia y con prudencia; en serio necesitaba volver a moverse. Tal vez una misión en solitario, sin un perro faldero que intentara meterse bajo su piel.

Cuando volvió de aquel… sueño de locos, todavía podía sentir la sangre pegajosa por todo su cuerpo. Un peso extraño sobre su regazo lo hizo observar hacia el Sur, se incorporó de la camilla al notar que, de hecho, era Tomoyo quien se encontraba inconsciente sobre él. Perdió de vista su entorno, sobre todo el ruido aporreando con fuerza la puerta. Intentó tomarla ente sus brazos, descubrió los cables conectados a sus brazos y no entendió nada en absoluto.

-¡TOMOYO!

Eriol entró hecho una fiera, ojos salvajes y su respiración agitada.

-E-Eriol. -llamó él, perdido como un niño en una multitud- Eriol, ¿qué…? -abrió sus brazos, abarcando las máquinas conectadas a él, la sangre, las marcas en su piel y a Tomoyo- ¿Qué diablos sucedió? -casi rogó por una respuesta.

Sin embargo, Eriol parecía más perdido que él.

-¡QUE ALGUIEN TRAIGA A SILA! -gritó antes de correr hacia Tomoyo.

Perdido, pero no incapacitado para actuar como sólo él sabía. Tomó el cuerpo de Tomoyo por la cintura con uno de sus brazos, tomó su rostro con el otro y quitó el cabello fuera de el para golpear su mejilla intentado traerla de regreso. El rostro de su reina se hallaba manchado con sangre, la misma que había estado sobre su torso cuando ella se desvaneció sobre él. Sus brazos, al igual que en su sueño, y sus manos se hallaban igual de sangrientas.

-¿Qué rayos pasó? -le inquirió el mago y el podía jurar que él había preguntado primero.

-¡Eso mismo quiero saber! -gruñó mientras arrancaba los cables y agujas de su cuerpo. Con el cuerpo de Tomoyo a salvo en los brazos de Eriol, él intentó levantarse.

Wow, ¿desde cuándo estaba convaleciente en esa camilla? Sus músculos se hallaban entumecidos, casi se cae sobre su trasero. Arrancó las sábanas manchadas con carmesí y Eriol se apresuró a colocarla sobre ella, comenzó a buscar su pulso en una de sus muñecas con una de sus manos mientras la otra buscaba heridas en su rostro; Amads lo hizo en su brazos, descubrió una cortada en uno de ellos… ahora sabía de dónde venía la sangre.

-¿¡Que rayos sucedió aquí!? -rugió Melek, captando su atención de inmediato.

Sí, creo que todos querían saber eso mismo.

Sila fue la siguiente en entrar, corrió de inmediato hacia Tomoyo y revisó su pulso y sus signos vitales, conectó algunos de los cables que antes había tenido él en su cuerpo y revisó detenidamente los resultados en pantalla.

-Parece… estable. -informó mientras se movía por los cajones en busca de instrumentos para seguir el chequeo- Sólo perdió la conciencia. -pasó una mano por sus ojos- Ni siquiera recuerdo la última vez que la vi irse a su cuarto a descansar apropiadamente. O alimentarse como debe. -fijó sus ojos sobre el caballero- Y ya veo porqué ahora puede dormirse sin problemas. -le hizo una seña para que se acercara mientras tomaba su estetoscopio con la intención de escuchar sus pulmones.

-Alto ahí.

Pero Melek se interpuso entre ambos, todo el mundo dejó de moverse.

-Mira las marcas en su cuerpo, Sila. -dijo en tono de advertencia- ¿Se te hacen conocidas, acaso?

Dejando a un lado la sangre, marcas, grabados en lo que parecía ser tinta negra, cruzaban su torso y ambos brazos, su cuello y esternón. Nada de eso estaba allí antes de despertar, según recordaba.

-Mira el pecho de Tomoyo, Sila. -ordenó la comandante en tono agrio- Veamos si tengo razón e hizo una locura. -murmuró entre dientes mientras pasaba ambas manos nerviosamente sobre su cabello rapado.

Sin ser un acto lascivo, ambos hombres siguieron el rumbo de las manos de la mestiza a cargo del ala de enfermería mientras desabotonaba los botones de la camisa manchada de rojo carmesí, dejando al Puente en su sostén de algodón.

-…santo cielos. -escapó de entre sus labios- ¡Comandante!

-…esta niña será mi fin. -balbuceó mientras se encaminaba hacia la salida- Estará en cama un día o dos, por favor encárgate de ella, Sila. -pidió- Que nadie toque al maldito demonio hasta que lo diga.

-Sí, comandante. -asintió con firmeza.

La copa de su sostén cubría la mitad del dibujo, pero la imagen era una conocida, pudo unir los puntos faltantes. En tinta negra y con trazo fino y delicado, estaba dibujado un corazón; las venas y arterias, los ventrículos y las aurículas. Era pequeño, del tamaño de una fresa. Pero, lo más alarmante de todo era la cadena que lo rodeaba apretadamente.

-¿Qué significa esto?

Creyó haberlo preguntado él, pero fue Eriol el que realizó la pregunta a Sila. Ella ya se hallaba abotonado nuevamente su camisa para cubrir su desnudez, aunque la imagen quedó grabada a fuego en la mente de ambos jóvenes.

-Kaios inyectó una gran cantidad de veneno a través de la vena yugular, -informó en su dirección- intentamos filtrarlo, pero no funcionó. Estábamos dispuestos a realizar un trasplante, casi toda tu sangre. -se detuvo por unos segundos- Era algo arriesgado, pero parecía ser la única solución ya que no te estabas recuperando. -se encogió de hombros- Tomoyo detectó algo irregular en tu respiración, un edema pulmonar. Si realizábamos la cirugía en aquellas condiciones, ibas a morir de todas formas.

-De eso van tres días. -agregó Eriol- Ella no se ha marchado de esta habitación desde entonces… -negó varias veces- ¡Se suponía que estaba dormida! -gruñó- ¡Se encerró aquí contigo, colocó una barrera y te bañó con su sangre! -lo señaló, enfadado.

-Tomoyo te mantiene con vida con un contrato de enlace, Amads. -explicó Sila desde allí.

-Yo no acepté ningún contrato, ¿de qué estás hablando? -desafió, bastante seguro de sus palabras- ¿Qué enlace? Soy su caballero.

-No, no. -negó ella mientras señalaba su torso- Esos símbolos, reconozco algunos de ellos. ¿El mayor coleccionista de textos sobre criaturas extintas no lo hace? -arqueó una ceja- Ella escribió el contrato sobre ti. Literalmente. -añadió, algo sorprendida aún.

Eriol se aferró a la barandilla de metal a un lado de la camilla, sus nudillos blancos antes la presión.

-…tengo que asearla. -informó- Les avisaré cuando puedan volver a visitarla. -agregó mientras señalaba la puerta.

Eriol salió hecho una fiera, casi lo derriba en su camino. Él, en cambio, se sentía flotando en una nube.

Tomó la tasa vacía de su cama y comenzó a pasearla sobre las rejas de su ventana, el track-track-track del plástico contra el metal resonó en cada espacio de la enorme casa.

-Ten-go ham-bre, ten-go ham-bre. -cantaba al compás del sonido, sus ojos hacia el techo y su cabeza de un lado para el otro- ¡Quie-ro co-mi-da! -seguía quejándose.

La Casa de las risas se asentaba sobre ella como una nube negra, comenzaba a creer que Paz se había enterado de algunas cosillas y la había enviado como castigo por ser una niña no tan buena.

-¡Co-mi-da, co-mi-da, co-mi-da! -seguía cantando hacia los barrotes mientras probaba distintos tonos, algunos agudos y otros más graves para su cántico de protesta.

Si aquel olvidado lugar era para corregir su postura rebelde para con el Instituto, no estaban logrando su misión. Aquella anciana rellena no era tan anciana, ni siquiera era una humana; era un familiar. Le tomó algo de tiempo y toda su astucia descubrirlo, pero las señales estaban allí. El cómo sabía demasiado sobre sus hábitos, el porqué soltaba comentarios acerca de cosas que estaban en su expediente, la mirada en sus ojos, sus reflejos cuando ella intentaba hacerle alguna travesura. En el Instituto, ella era seguida de cerca por uno de los familiares de Paz siempre que se hallara fuera de los edificios. El mismo Paz le había comentado que él poseía expedientes detallados de cada estudiante suyo, únicos y únicamente para sus ojos. Antes que Plata u Oro, eran sus familiares quienes poseían su mayor confianza, nadie más que ellos.

Escuchó sus pesados pasos y apresuró la velocidad en su pequeña travesura ruidosa. Insertó la llave y abrió la puerta, no traía nada con ella a excepción de un ceño enfadado.

-Perfecto. -mencionó ella mientras dejaba caer descuidadamente el objeto de sus manos y se encaminaba hacia la salida- Me estaba muriendo de hambre, Mirna. Espero hayas cocinado algo bien grasoso con-

-Alto ahí, listilla.

Mientras la joven intentaba aprovechar la puerta abierta para salirse, el familiar que custodiaba la casa la tomó por uno de sus mechones del cabello y tiró hacia atrás. Valentina bufó y acarició su cuero cabelludo, observó a la anciana con rencor.

-¡Tengo hambre! -exclamó con fuerza- ¿Y mi comida?

Su cuidadora señaló con impaciencia la pequeña mesa junto a la puerta, donde una bandeja con un plato de sopa -ya fría- y un trozo de pan -algo seco- descansaban junto a una jarra de agua fresca.

-¿Eso? -inquirió entre dientes con indignación exagerada- Eso es comida para bebés y viejos, ni siquiera tiene sal, Mirna. -alzó ambas cejas.

Con manos en su cintura, la mujer se inclinó más cerca y le regaló su mejor mirada aterradora.

-Mi nombre no es Mirna, niña. -le espetó.

-Decime tu nombre y entonces ya no te digo Mirna, Mirna. -le sonrió con falsa amabilidad- Y, en el camino, dame comida de verdad. -agregó.

La mujer volvió a tomarla por el cabello, está vez por un mechón más generoso de cabello, impartiendo más dolor. Tiró de ella hasta que dio contra su cama, allí tiró con más fuerza, arrojándola sobre la misma.

-¡La concha de tu hermana, Mirna! -escupió entre dientes mientras masajeaba la zona adolorida.

-Tendrás que intentarlo mejor si quieres sacarme algo, Valentina. -advirtió mientras retrocedía y volvía a dejarla bajo llave.

Las luces se apagaron tan pronto la llave dio su último giro, la casa volvió a cernirse bajo un silencio espectral.

-Carajo. -maldijo la joven rebelde de Estrella mientras se acercaba hacia sus alimentos y comenzaba su cena tardía.

No, definitivamente no era la mejor comida del mundo, pero había gente que ni siquiera tenía un pan duro para cenar. Había habido días en los que la cena fue arroz con agua, otra veces un gran plato rebosante de carne y vegetales; el problema no era la comida. Al igual que con Irina, ella estaba intentando enfadar al familiar de Paz hasta el punto que le hiciera algún tipo de contacto y así poder sacarle información socavando en su mente. Pero no, seguramente había leído debajo de sus movimientos. Eso lo hacía más interesante, ¿qué estaban escondiendo?

Terminó la sopa demasiada agria y bebió un buen vaso de agua, dejó el pan sin tocar y volvió a su lugar junto a la ventana. No habían relojes, el paso del tiempo se iba volando y ella perdía la noción de el. Extrañaba la biblioteca del Instituto, aquí sólo habían viejos cuentos infantiles y clásicos de la literatura. Convenientemente, todos en español. Lo cual era extraño porque se suponía que se hallaba en algún lugar de Italia, ¿tal vez? O al menos los antiguos dueños lo habían sido.

Todas la ventanas tenían gruesas rejas y las puertas bajo llave siempre, no importaba cuántas horas Mirna la dejara vagar por allí, jamás podría salir.

Apretó las rejas entre sus manos, ¿cuánto más tiempo la tendrían allí? ¿Por qué la habían enviado? ¿Por qué ahora, por qué? Se había comportado peor en veces anteriores, había amenazado a Jeremías e ido a golpes con Irina, quienes tenían posiciones importantes en Plata. Se había escapado de sus deberes prácticamente toda su estadía allí, vagó por la Villa de lo retirados como quiso y jamás, jamás, le levantaron un castigo. Nada, nunca. Incluso había jugado con Paz cuando le propuso sacarle información a Sakura, pero, vamos, ella había hecho lo que le pidieron. Patalear y gritar en una reunión era, según ella, el menor de sus agravios. En serio, incluso Ailén la había encontrado intentando robar información en la sección especial de la biblioteca; ni siquiera le dieron un tirón de orejas.

¿Por qué mierda la habían arrojado con Mirna en esa casa de mierda, entonces?

Eriol observó su reflejo en el pequeño espejo del baño aún más pequeño en su habitación; el azul eléctrico chisporroteaba detrás de sus gafas. El chi-chi-chi resonaba entre las cuatro paredes, rayos flotaban a su alrededor. Lucía… aterrador, también aterrorizado. ¿Cómo? ¿En qué cabeza cabe hacer lo que ella hizo? ¿Por qué? ¿Valía la pena?

-…Eriol.

La dejó sola por unos minutos, cuarenta minutos máximos. Fue al comedor por un café y recogió lo más parecido a unas aspirinas en la enfermería, Espinel tenía hambre y volvieron a la cocina por un bocadillo. Al volver, oyó movimientos del otro lado de la puerta y se sorprendió, Sila le había asegurado tres horas de descanso profundo y reparador con aquel té de hierbas. Luego, el escudo fue erguido y él supo que todo iba mal. Con Amads al borde del fin, Tomoyo enloquecería sin duda alguna. Recordaba la última vez, luego de la batalla en el Valle, con Amads electrocutado y Tomoyo ojerosa y débil. Esto era cien veces peor, ahora ni siquiera hablaba.

-Em… Eriol.

Abrió la puerta, su guardián del otro lado con los ojos preocupados y las manos nerviosas.

-Es… Omar, te está buscando en la puerta. -informó en un susurro, luego se apartó para despejar el camino.

Entre curioso y preocupado, se apresuró a encontrarse con la mano derecha de Melek, siempre se podían recibir más malas noticias.

Omar no perdió el tiempo, habló al segundo siguiente que él abrió la puerta.

-Sila dice que pueden visitar a Tomoyo. -informó- Pero, primero, debes cenar algo. -asintió en modo de despedida.

Sin perder el tiempo, y casi dejando a su guardián atrás, partió al comedor. El olor a estofado con verduras se sentía desde las escaleras, su estómago rugió recordándole que no había comido nada desde el almuerzo. Ni siquiera le había dado un sorbo a su café esa tarde. Tomó lugar en la fila, su cabeza inmediatamente se dobló en busca del afortunado y bien vivo caballero de oro.

-Eriol… -susurró como un pedido- Eriol, no.

La fila estaba avanzando, una charola rebosante de estofado y una botella de jugo de manzana lo esperaba mientras Amads dejaba la suya vacía aún lado de la puerta y se dirigía a la salida.

-Por favor… -rogó su guardián en su oído- Come algo, Eriol… Vamos. -tiró de él hacia adelante en la fila- Vamos.

Cada paso le costó, así como cada bocado. Espinel vigiló que terminara su plato antes de asentir con aprobación para marchar a visitar a Tomoyo. Sintió los ojos de Omar sobre él mientras dejaba su charola vacía, Supi en su hombro se aferraba con fuerza mientras se apresuraba.

Ni siquiera se molestó en golpear la puerta, él tenía el mismo o más derecho de estar allí.

-Eriol.

Al menos tuvo la decencia de lucir algo avergonzado mientras se levantaba del asiento junto a ella y lo observaba a los ojos; podría haberlo golpeado allí mismo si no fuera por respeto a Tomoyo.

-Yo no quería que esto sucediera, Eriol. -dijo a continuación- Yo no-

-¿No era esto lo que querías? -lo interrumpió, impotente- Dime, Amads, ¿no querías llamar su atención? ¿Acapararla? ¿Mantenerla sola para ti?

Lo observó entrecerrar los ojos y apretar los dientes, brazos a los costados y manos bien apretadas.

-Ahora la tienes para ti. -le hizo ver- No la mereces, pero ahora es toda tuya. -dio dos palmadas- Felicidades.

Lo observó avanzar con enojo, Espinel intentó interponerse pero él mismo lo detuvo y lo apartó a un lado. No, esto tenía que ser solucionado de una buena vez por toda.

-¿El maldito ex siervo no la merece pero el mago del clan con súper linaje sí, verdad? -se rió- Con modales, bien parecido, buen apellido e inteligente. -enumeró con gracia- Pero, ¿sabes qué?... Al destino, Dios, o lo que sea, no le importan esas mierdas, Eriol. Porque tú no estuviste ahí, fui yo. ¿Okey?

-Nunca dije que esas cosas importan, Tomoyo tampoco. -lo corrigió- Las… las cosas sólo sucedieron. -admitió con pesar, más del que quisiera admitir.

Las palabras parecieron golpear al caballero, ya que retrocedió un paso. Olas de confusión golpeando su cuerpo y reflejándose en su rostro.

-Tomoyo es mi familia. -confesó sin aviso previo- Y no estoy renunciando a ella, Amads. -advirtió.

-Ella es todo lo que tengo. -admitió entre dientes- Yo tampoco me estoy dando por vencido, Eriol. -entrecerró los ojos y relajó sus manos sólo para volver a presionarlas con más fuerza.

Eriol asintió, dando a entender que estaba al tanto de ello.

-Yo la amo. -agregó a su confesión, seguro de sí- ¿Qué me puedes decir tú al respecto? -casi lo retó.

Un segundo golpe, otro paso retrocedido. El árabe bajó la mirada, esquivó su rostro y tartamudeó en silencio. En cambio, él avanzó.

-¿La amas? -lo presionó por una respuesta- ¿O sólo te aferras a ella como un niño a su madre? -observó a Tomoyo, su respiración acompasada y tranquila- Debe sentirse encantador tener a alguien que se preocupe por ti al extremo, como lo hace ella. El sentido de pertenecer a algo más, la calidez en el pecho que genera una sonrisa, una caricia. Poder-

-Ella… -comenzó, interrumpiéndolo- Ella tiene todo lo que a mí me hace bien. -llevó ambas manos hacia su pecho, el rastro de una sonrisa en sus labios- No me importa si para ti no es suficiente esa respuesta, Eriol. -negó, divertido- Pero no voy a irme y tampoco voy a dejar que me hagas a un lado de ella.

Iba a replicar.

Iba a invalidar sus argumentos.

Iba a-

Se limitó a observarlo caminar hacia la salida, ambas manos en el bolsillo y el corazón más ligero que antes; un hombre que se marchaba con la seguridad de que volvería, y volvería para ganar.

-Ah, una cosa más. -agregó desde el umbral, deteniendo la puerta antes de que esta se cerrara por completo- No tengo problemas para compartir, ¿sabes? -le guiñó rápidamente un ojo antes de partir, ahora sí.

Iba a… ¿Qué?

Suspiró y observó el resultado del aire caliente chocando contra el aire frio, la condensación en forma de vaho flotando frente suyo era una de esas pequeñas cosas de la vida que lo alegraban infantilmente. Seguramente esto era así porque seguía siendo joven, aunque no infantil. Cosas como la inocencia y los juegos infantiles se habían ido demasiado pronto de su vida. La sangre y las lágrimas, el dolor y sufrimiento, los lazos, el amor sin medida, era todo lo que le quedaba.

-Somos… los hijos de la guerra.

Dejó de observar el aire y le sonrió a su amigo. El halcón lo observaba con sus ojos guardianes, su mirada analítica que le dejaba una sensación de soledad detrás del pecho.

-Tu madre y la mía. -siguió hablando- Ambas favoritas del Cielo, ambas muertas por la misma causa.

-No creo que estés en lo cierto, ¿sabes? -intervino Jonás- Mi madre murió para salvar a la familia. La familia… -entrecerró sus ojos, pensativo- La familia fue siempre lo único que le importó, le importamos tanto que murió por nosotros.

Su tía Luciana, su abuelo y abuela, su tía Sakura, Tomoyo y su tío Toya. Su bisabuelo, su padre, él mismo.

-Ser Pilar sólo trajo penas y problemas… -Jonás frunció el ceño- Enemigos y fatalidades, tristeza.

-Ser un Pilar es una carga pesada, puede romperte a la mitad el peso de tal responsabilidad. -admitió.

Jonás caminó hacia él, hasta posarse bajo el árbol en el cual se sostenía con sus afiladas garras. Lo observó, lo observó como nunca antes, con atención y lucidez, con astucia. Lo había olfateado, ese olor lo olfateó en él desde la primera vez que se encontraron y volvió a él en cada ocasión para poder disfrutarlo, saborearlo y… obtener un pedazo de algo que ya no tendría jamás otra vez.

-Mi tío Kamuy me dijo que el nuevo Pilar del Cielo responde al nombre de Evan. -informó mientras revelaba su forma humana, sus ojos aún fijos en él- Evan significa el que lucha y no se queda esperando, pero también significa dios misericordioso. -silencio, su respiración salía en forma de nubes pequeñas delante de él- Mi madre me hizo caballero para protegerme, pero creo… que siempre odió todo lo que ello significa. -más silencio- Evan.

Un aleteo, un graznido y una tormenta de plumas blancas.

-…tardaste. -mencionó el Pilar.

Estaba envuelto en una capa blanca, como la nieve de su hogar, la capucha abajo y una máscara en su mano. Evan tenía ojos color ámbar, un color extraño en verdad, y el cabello blanco, albino, como su pelaje de lobo. Los ojitos tristes, diría su madre. Demasiado joven, pero supuso que todos los Pilares comenzaban así. Tenía la apariencia de un joven de dieciséis, el doble de la edad que él mismo aparentaba.

-Pensé que te irías si descubría quién eras. -admitió- No quería perder… -le costó admitirlo en voz alta- No quería perder el último vestigio de mi madre. -dijo al fin, un peso menos en su pecho.

Los ojos de Evan brillaron en un turquesa bastante familiar para el cachorro, eran los ojos de su madre.

-Antes de ser los ojos de tu madre, -comenzó diciendo, leyéndole los pensamientos casi- Éstos fueron los ojos de la mía. -llevó la mano desnuda hacia los mismos- Los ojos… de un Pilar, un sostén de los cielos. -suspiró y observó el ocaso.

-Con una… muerte… tan abrupta, encontrar un nuevo Pilar tomaría tiempo. -repitió las palabras que escuchó de su padre a escondidas una madrugada.

Evan asintió, aunque Jonás no preguntó.

-Yo… me ofrecí. -admitió- Mi madre… ella se llamaba Catherine, ella sabía que… su tiempo se acercaba. -compartió con el cachorro del Norte- Yo supe que mi tiempo… mi tiempo era ahora. Que era el siguiente en la línea. -asintió para sí mismo.

-El siguiente… -repitió el más joven.

.

Era invierno, la estación favorita de los tres. Su tía Skull no era afín a la estación y cubría cada parte de su cuerpo con lana o piel sintética, temblaba con cada brisa helada que soplaba allí, en Toronto.

-Cuando llegas a cierta edad, como mami, esperas ciertas cosas en tu vida. -comenzó a platicarle mientras cepillaba su largo cabello y él coloreaba en el suelo- Luego de conocer a tu padre, sabía que… lo siguiente era que te unieras a la familia. -ella sonrió, su sonrisa única e inigualable- Tal vez, tal vez tendría que haber una gran boda tradicional y ceremoniosa antes. -pensó en voz alta y rió ante ello.

Él dejó el color azul y tomó el verde claro, ella acarició su cabeza con cariño y él aulló por lo bajo, encantado por la caricia.

-Una gran familia, siempre supe que era lo que quería. -le confesó, como si fuera su más grande secreto. Y tal vez así lo era.

Ella dejó el cepillo a un lado y lo tomó por la cintura, lo sentó sobre su regazo y él la observó, extrañado.

-Odiaría… -comenzó a decir ella en tono de lamento- Odiaría que fueras el siguiente en la línea, amor. -murmuró con los ojos cristalinos- Ser lo que soy, no lo quiero para ti. -negó- Los padres siempre… siempre queremos para los hijos todo lo que no tuvimos. -su madre acarició sus mejillas y él cerró sus ojos- Una familia y una vida larga, sin desolación, sin abandono y sangre en tus sueños. -besó su frente y él besó su mejilla.

Escuchó los pasos de su padre fuera, la cerradura fue abierta y el olor a agua nieve se filtró dentro de su residencia.

-…un hermano o hermana. -murmuró ella en su oído.

-Ángel. -dijo su padre en tono de advertencia.

Su madre lo volvió a dejar junto a sus crayolas y se incorporó del suelo, su padre la siguió a la cocina y él volvió a dibujar.

.

No podía afirmar o negar que la madre de Evan estuviera orgullosa de que su hijo tomara los ojos del Pilar del Cielo, pero ciertamente su propia madre hubiera dado su vida con tal de que él jamás tuviera que tomarlos.

-Jonás…

Se dio la vuelta, escuchó pasos acercarse desde el Oeste, debía ser la manada que volvía de caza.

-…los hijos de la guerra pronto partiremos al campo de batalla.

Una brisa helada, una tormenta de plumas blancas y el aleteo de majestuosas alas. Cuando Jonás se volvió hacia el árbol, Evan se había marchado.

Dormir sin soñar es algo imposible, o eso leyó una vez. Soñamos siempre, pero no siempre recordamos todos los sueños. Sin embargo, ella estaba tan cansada que no creyó tener energías para soñar. Un sueño profundo, un sueño reparador, un sueño por cansancio extremo. Sentía pereza y ganas de continuar en los dominios de Morfeo, pero su mente estaba despierta y temía que habían cosas que debían hacerse.

Abrir los ojos tomó algunos minutos, reconocer dónde estaba sólo le tomó segundos. Separó los labios, exhaló desde lo más profundo de su pecho y soltó todo en un suspiro.

-¿Tomoyo?

Sonrió al escucharlos al mismo tiempo, como si estuvieran conectados por un solo segundo… un segundo precioso, maravilloso. Lágrimas nublaron su vista.

-¿Qué es? ¿Qué pasa? -se preocupó Eriol- ¿Te duele?

Pero ella negó.

-Ella está… feliz. -fue su caballero quien verbalizó sus emociones- Llora de felicidad.

Ella asintió, Eriol suspiró y le tendió un vaso con agua, Amads la ayudó a sentarse para beberlo. Su cuello, ella notó, así como sus brazos, ambos cubiertos por las marcas en tinta negra del contrato. Frunció el ceño.

-Déjame… -murmuró mientras encendía sus ojos, sintió su pecho arder pero no se detuvo. Las marcas de su caballero comenzaron a brillar en un tono bordó, como la sangre vieja, y comenzaron a desvanecerse- Ahí, como… nuevo.

Volvieron a dejarla sobre la camilla y ella llevó una mano sobre su pecho, ambos fruncieron el ceño y ella amplió su sonrisa.

-Estoy feliz. -confesó sin importarle sus malas caras- Estoy… con mis dos muchachos, me siento feliz.

-Estamos felices. -corrigió su contraparte.

Pudo sentir a Amads congelarse en su lugar, ella tomó su mano entre la suya.

-No temas. -le pidió- Nunca temas de mí.

-De nosotras. -volvió a hablar ella.

Con su otra mano envolvió la mano de Eriol, él devolvió el apretón de inmediato y ella supo, no sabía cómo o por qué, que todo iba a estar bien ahora.

Luego de la batalla contra el Consejo, luego de matar a Rigel, Tomoyo comenzó a escuchar esta… voz en su cabeza. Poco a poco fue apareciendo con más fuerza, y ahora sí podremos entender qué es y por qué apareció.

¡Jonás descubre que Evan es aquel halcón amigo suyo! ¿Lo sabrá alguien más? Estos dos hará muchas travesuras más adelante.

Luciana sigue recordando, ¿algún día volverá a ser la de antes? ¿Qué opinan sus fans?

La Camille del principio y la Camille de ahora son completamente distintas, ¿si se nota el desarrollo del personaje?

El capítulo que sigue será protagonizado por la pareja número uno y fue de los que más tardé en escribir, en serio puse alma en ese capítulo. Este también, son súper importantes para el desarrollo de Tomoyo y Sakura.

El 30 de abril es mi cumpleaños, y ya iba a ser súper problemático antes de la cuarentena, imagínense ahora. Un horror, sólo quiero un pastel de chocolate para mí sola y un café con leche calientito. 22 años, ya la cantó Taylor.

Con amor, como siempre.