Jaskier ingresó a la habitación que estaba a oscuras y notó que Ciri simulaba dormir. Escuchó mis gritos. Está despierta.

Sintió una opresión sobre el pecho… sentía culpa, culpa porque ella creyera que la había vendido al rey Vizimir. Y tampoco era que Jaskier podría culpar a cualquiera que dudara de sus lealtades. Él siempre se había considerado un hombre "maleable", dispuesto a seguir el camino que más conveniente resultara para sus propios beneficios. Solamente cuando había conocido a Geralt de Rivia y había pasado suficiente tiempo a su lado como para saber que aquel maldito brujo era un ser por el que valía la pena romper sus propias convicciones, Jaskier había conocido lo que era la "lealtad", pero la real. Comprendió, por primera vez en su vida, que "no sabía por qué" pero Geralt de Rivia aún tenía mucho por hacer en el mundo y Jaskier se encargaría de que así lo hiciera, incluso afectando su propia seguridad.

Sin embargo, aquella característica "maleabilidad" del poeta, seguía siendo recordada (y reconocida) por todos, y no sabía qué pudiera pensar Ciri sobre él o si sabía algo acerca de ello. Dado su propio pasado, Jaskier sintió miedo de que la niña estuviese al tanto de su liviandad en "lealtades" (excepto a Geralt) y no creyera en sus palabras.

Menos mal que alardeé sobre el espionaje durante el baile, ¡gracias a los dioses se lo dije! Eso me otorga el beneficio de la duda, al menos…

- Déjenme hablar a mí. – susurró Jaskier para que Arnold lo oyera, pero en realidad, las palabras habían sido para Ciri. – Yo me encargaré de que todo salga bien, sin lesiones, sin enfrentamiento. Tienes mi palabra. Palabra de poeta. – Recuerda nuestras charlas, Ciri. Comprende mis palabras. Yo me encargaré que todo salga bien; tú no ataques, tú no te enfrentes a nadie… Por favor.

Arnold comenzó a reír. – Tu palabra no tiene valor para mí, poeta.

- Silencio. – le dijo con autoridad. – Despertarás a la princesa.

El corazón de Jaskier no paraba de bombear sangre a todo su cuerpo y no estaba dispuesto a escuchar al soldado.

Los efectos del alcohol habían desaparecido por completo, solo buscaba un modo de salir de aquella situación.

Rápidamente miró cada rincón de la pieza en búsqueda de la espada de Ciri. No estaba, seguramente la tenía Geralt. Buscó posibles armas. Nada. Solo adornos. Cerró sus ojos, desesperado. Es mejor así, no permitiré que Ciri mate a nadie. Pensó en Geralt y a pesar de lo absurdo que pudiera haber sido, sonrió. Esto lo haré por ti, maldito mutante. Para devolver todas las veces que me has salvado. Defenderé a Ciri, incluso con… Jaskier detestaba la idea de morir. Él quería vivir… Incluso "nada", Lobo Blanco, porque viviremos ella y yo… y te la llevaré de vuelta…

Jaskier miró a Ciri y notó sus párpados cerrados, pero tensos…

Ciri, perdóname… te meteré en esta pesadilla… Ojalá pudiera protegerte de otro modo, pero no lo encuentro. Perdóname. Perdóname. Por los dioses, confía en mí. No permitiré que nada te pase… volveremos con Geralt. Te llevaré con él…

Se acercó a Ciri y se arrodilló frente a su cama. Los guardias detrás de él. Su corazón precipitado por el miedo.

Jaskier había notado que cuatro de ellos habían ingresado, dos se habían quedado custodiando la entrada. No era nada bueno. Cuatro hombres armados, entrenados y encima miembros del Servicio Secreto del rey Vizimir… Nada bueno.

De tanto en tanto sentía que se mareaba… que su corazón iba a salir por su boca. Jamás había sentido la muerte tan cerca… era la primera vez que estaba convencido que moriría y que solo un milagro lo mantendría con vida. Aunque estaba decidido a luchar por su vida. Después de todo, él era un optimista empedernido.

- Ciri… - la sacudió suavemente. Confía en mí, por favor, confía en mí en cuanto abras tus ojos…

Jaskier apoyó su mano sobre la mejilla de la jovencita, en el afán de protegerla de algún otro modo, de que ella sintiera la lealtad de él hacía ella también... Pero no había protección a la puerta de la muerte. No la había. Su mano tembló sutilmente.

Ella abrió sus ojos esmeraldas y lo miró aterrada, y sintió que las manos del trovador temblaban. Jaskier también tenía miedo, lo vio en su mirada celeste. Y aquello le ocasionó más terror. – Jaskier… - Los dos se miraron en un pacto silencioso de miedo. Pero el miedo los unió, estaban en el mismo camino: en el camino del miedo.

Ambos se miraron, en silencio. Ella intentando no ser presa del pánico, él intentando tranquilizarla con la mirada y al mismo tiempo no delatarse con los soldados. Pero esta vez, al bardo no le salió fingir que no estaba aterrado.

- Ciri… - Jaskier la sentó rápidamente en la cama y tapó la imagen de los espías con su cuerpo. La abrazó y la cabeza de ella descansó sobre su pecho. Ciri sintió las pulsaciones de su corazón, estaba desesperado. Tuc, tuc, tuc, tuc. Uno detrás de otro oía el corazón del poeta galopar en una sinfonía agobiante.

- He venido a buscarte. – tragó saliva. Tomó su rostro y la obligó a mirarlo. – Confía en mí. Solo confía en mí. - Ella miró detrás de él. Cuatro hombres armados. Se estremeció.

Las imágenes de Cintra y Angren volvieron.

El caballero del yelmo con alas volvió a su presente, el caballo negro sobre el que cabalgaba. Sus labios temblaron. Recordó Cintra otra vez, la noche, la matanza, la desesperación, los gritos, los cadáveres, la sangre y el fuego…

El terror dibujó las líneas del rostro de Cirilla. – Ciri… - Jaskier la obligó a mirarlo una vez más. – Confía en mí. Sabes quién soy. – el caballero del yelmo alado… la sostenía… ¡No! Otra vez no, ¡no la tomaría de nuevo! Ella tembló y… - ¡CIRI! – la voz de Jaskier la arrastró a la realidad.

No, no. No era Cintra, no era Angren… no era el caballero oscuro, era Jaskier…

¿Por qué había olvidado a Jaskier junto con el caballero oscuro con yelmo emplumado? Cuando se había ido a Kaer Morhen y había decidido enterrar el pasado, lo había enterrado junto con Jaskier, ¿por qué?

Miró sus ojos celestes… Sus ojos celestes… Era Jaskier, no era el caballero oscuro…

Sintió la mano del poeta acariciarla, "vuelve aquí, conmigo", decía la voz grave del bardo. Jaskier… Jaskier… No era el caballero oscuro… Era Jaskier… Jaskier…

- Jaskier… - brillaron los ojos color esmeraldas.

- Sí, soy yo. Todo estará bien. – la tranquilizó, aun acariciando sus mejillas. Las lágrimas ocupaban todo el globo ocular de Ciri. – "Palabra de poeta" – le susurró y notó que las manos de él temblaban. ¿Tengo tu palabra de que me cuidarás? ¿Qué no me harás daño? ¿Puedo confiar en ti como confía mi padre?

Jaskier sonrió y asintió como respondiendo a sus pensamientos, a Ciri le pareció que en sus ojos también había lágrimas.

Sí, tenía su palabra de que él se encargaría que todo saliera bien. No sabía cómo, pero lo haría. - Jamás te haré daño. Lo sabes, ¿no? – ella asintió, ¿lo sabía? – Ahora vendrás conmigo, porque así ha de ser. – le tomó las manos. Ella miró a su alrededor… Jaskier es espía redano… Pero no me traicionaría… Anoche me cuidó en todo momento ¿Dónde está Geralt?

- ¿Geralt? ¿Yennefer?

- Están a salvo, no te preocupes. – mintió y le sonrió, con aquella sonrisa fingida que ella conocía. Mintió y se le destrozó el alma. – Ellos son colegas míos, ya sabes, de Redania. Iremos allí para ocultarte, el tiempo que sea necesario. Atacarán Aretusa en unos momentos. Tenemos que salir de aquí cuanto antes. – Ciri lo miró sin comprender.

- Me has llamado por mi nombre… - dijo ella. Jaskier asintió.

- Porque Dijkstra sabe quién eres… y desea cuidarte. Como yo. – Eso es mentira, ese Dijkstra a él no le daba buena espina. Ciri lo miró de nuevo asustada. Tú no me harás daño, ¿verdad? Por favor, no me hagas daño…

- ¿Puedo confiar en ti? – Ciri sollozó. Él la abrazó.

- Por supuesto. Jamás te haré daño. - "¿Palabra de poeta?", pensó Ciri. Lo abrazó fuerte y sollozó.

- Tengo mucho miedo. – le susurró, él asintió y le acarició la cabeza, quitando sus cabellos cenicientos de su rostro. – No quiero volver a vivir… lo de Angren. – A Jaskier se le partió el alma. No sabía exactamente qué le había pasado, pero se lo imaginaba.

- Lo sé, Ciri. – la agarró del rostro e hizo que lo viera. – No lo vas a volver a vivir. No lo permitiré jamás, ¿de acuerdo? Porque estaré contigo en todo momento.

- Júrame que no me dejarás. – rogó ella y su voz se quebró. Ciri quitó el rostro de las manos de Jaskier, se giró y rápidamente limpió sus lágrimas. No quería que la viera llorar por el miedo. Ella era una hechicera, no debía sentir miedo.

- Te lo juro.

- Bueno basta ya de sensibleras. – dijo Arnold. – Ya, niña. El poeta no te hará daño porque está enamorado del brujo, ¿entiendes? Así que puedes confiar en su "palabra de poeta". – Ciri lo volvió a mirar al bardo y no se quitaron los ojos de encima. Él solo deseaba transmitirle seguridad, ella solo deseaba que no la volvieran a tomar como le habían tomado en otra vida… - ¡Vamos, ponte las esposas!

Ciri miró las esposas que sostenía Jaskier y lo miró desesperada. Hierro y dwimerita. Él asintió. – Es porque ellos creen que tienes el don de Pavetta. – Oh, ellos no están seguros de que soy hechicera. Lo hacen por precaución…

- De acuerdo. – dijo y le pasó sus muñecas a Jaskier. Él sintió una puntada en el pecho. Ella confiaba tanto, que estaba dispuesta a bloquear su magia ¿Será lo correcto? ¿Es lo adecuado ponérselas? ¿Y si libera su Caos y los destroza? Simplemente… los destroza…

No, no puedo dejar que cargue con la vida de seis hombres. No puedo.

Las manos de Jaskier temblaron y colocó las esposas.

Ciri sintió que su cuerpo se modificaba, tuvo náuseas, quiso vomitar, tembló. - ¡Argh! – gritó y llevó las esposas hacia su rostro, tuvo náuseas una vez más y, esta vez, vomitó sobre el suelo. Respiró agitada y sus ojos se llenaron de lágrimas. "Jaskier…" salió su nombre desde la garganta de Ciri con un espasmo alterado… "Me duele el cuerpo", comenzó a llorar.

- ¿¡Qué le has hecho!? – gritó Jaskier y la abrazó. Arnold rio.

- Yo no he hecho nada. Has sido tú. – le explicó. – Esas esposas son una aleación metálica que sofoca las capacidades mágicas. A esta sofocación, le acompañan unos efectos secundarios bastante desagradables para los magos… Así que, Jaskier… si tenías dudas. Ella ha heredado el don de Pavetta.

Jaskier sintió unos aplausos provenientes de la puerta y Dijkstra entró a la habitación… - Vaya, vaya… Mira nada más quién ha decidido hablar con claridad después de todo. – el poeta abrazaba a Ciri, mientras ella continuaba adaptándose a las esposas y el dolor comenzaba a dejar su cuerpo, pero la jovencita había dejado de llorar. La mirada celeste de Jaskier relampagueaba por la rabia. - ¿No era Fiona su nombre, por casualidad, poeta?

Jaskier se puso de pie, caminó hacia el jefe redano y enfrentó al gigante. – Siempre has dudado de mi lealtad. Ahí la tienes. Como habíamos pactado. – mintió, Ciri tembló y los miró.

- Jaskier yo no me creeré que tú me la entregas porque así lo has querido. Creo que me la entregas porque es lo que te conviene. – el jefe lo empujó. – Nunca has sido un hombre tonto, así que no me tomes a mí por ello, y no vengas a hacer el jueguito de leal.

Cirilla navegará hasta Novigrado, mientras que tú serás juzgado por traición en Redania. A mí me importa una mierda las maquinaciones de estos hechiceros tediosos. No. Yo sigo las órdenes del rey Vizimir.

Ahora está claro que una Cirilla viva, vale más que diez destacamentos de caballería pesada. Muerta, no vale un centavo.

Y fue en ese momento en el que Jaskier acabó por aceptarlo. Si aquel iba a ser el día de su muerte… entonces… tendría que luchar, primero, por su vida.

No lo pensó demasiado, simplemente estiró su mano, tomó un adorno contundente de plata que estaba al alcance y golpeó con todas sus fuerzas en la mandíbula a Dijkstra, sabiendo que era una locura que él, ¡por todos los dioses!, enfrentara al redano monstruosamente gigante que había tenido por jefe.

Y fue, con ese acto, con el que se declaró vendepatria, traidor de Redania, delante de siete testigos visuales...