15. IGLESIA


El parloteo de Karui disipó en parte la tristeza de la muchacha. Al cabo de unos minutos entró en el salón. Al verla, Menma se levantó de su silla a toda prisa y, tomando sus manos, la agasajó con un rosario de cumplidos.

Hinata lanzó una mirada de incertidumbre a su esposo pero éste, de espaldas, parecía inaccesible. Menma se inclinó sobre su mano como si se tratara de la mismísima reina, ante lo cual ella sonrió decidida a mostrarse alegre. No le daría a su esposo el placer de verla preocupada por haber sido relegada a la otra habitación.

—Ah, lady Hinata, su belleza desborda a esta alma igual que las crecidas primaverales desbordan los bosques. —Menma suspiró. Ya se había bebido varios whiskis durante la relativamente larga espera—. Para mí es usted tan tierna como la primera baya del verano.

La joven hizo una reverencia y respondió a su palabrería:

—Ciertamente, señor, se le nota el apetito. Quizá esta tardía cena lo haya indispuesto. Está claro que sería capaz de cubrir mi fealdad con sus halagos con tal de saciar su hambre.

El joven se echó atrás sintiéndose insultado y replicó:

—Oh, mi preciada hermana, me ha herido en lo más profundo de mí ser, pues en esta jungla de burda soltería la mera visión de semejante belleza aleja de mí cualquier deseo de alimento.

—Galante caballero —lo consoló—, aprecio enormemente sus amables palabras. —Extendió una mano hacia Naruto y prosiguió—; Pero allá se esconde el dragón más malvado de todos, y temo que se lo zampará de un bocado. Temo también, gentil señor —añadió alzando una mano como para detenerlo—, que debamos echarle más comida pues de lo contrario la bestia cruel nos engulliría a los dos. —Hinata rió divertida de su estúpido juego.

Menma, también riendo alegremente, se dirigió al bar brincando como un bufón, sirvió una copa de vino ligero y se la tendió a la joven.

—Le ruego que se nos una, milady —la invitó—. Los dos hemos hecho un largo viaje para este sobrio placer.

Naruto se volvió de mejor humor después de haber sido el blanco de sus mordaces burlas.

—No tengo bastante con que mis preocupaciones me acosen — observó—, sino que debo soportar a un hermano idiota que estaría mejor haciendo de bufón en una compañía de teatro ambulante, y a una esposa ingenua cuya temeridad sólo sobrepasa su habilidad para burlarse de mí. Les agradecería que en cuanto acaben con sus juegos infantiles procedamos con la cena. El hambre me altera más que vuestro ingenioso entretenimiento.

Menma se echó a reír y le tendió un brazo a Hinata.

—Creo que mi tosco hermano está muy enojado con nosotros, milady— dijo—. Necesita que le sigamos la corriente, ¿no cree?

Ella vio que su marido estaba de pie observándola, y levantó la cara.

—Sí, por supuesto, querido hermano. Realmente necesita que le sigamos la corriente. Como sabes ha dejado la alegre soltería y ahora tiene que cargar con una esposa embarazada. Muchos hombres se enojarían ante semejante atadura.

Naruto la fulminó con la mirada, pero ella se volvió hacia Menma con una sonrisa seductora, moviendo la cabeza con coquetería y haciendo que sus bucles sueltos se balancearan.

—Ahora, dulce hermano —prosiguió—, debemos encontrar una esposa para ti, así estarás tan serio, abatido y triste como él. ¿Pondría eso a prueba tu buen humor?

Menma echó su cabeza hacia atrás riendo de buena gana.

—Sin ti, querida hermana, estaría así. Por lo tanto, seguiré esperando y de ese modo podré conservar mi encantadora forma de ser.

Se echaron a reír. Menma la acompañó hasta el comedor donde la mesa había sido dispuesta siguiendo el protocolo: Naruto en un extremo, Hinata en el otro, dos candelabros entre ambos, y, en el medio, Menma.

Éste retiró la silla de Hinata para que tomara asiento y con una expresión de disgusto le hizo saber que estaban sentados demasiado separados. Naruto esperó junto a su silla a que su desenfadado hermano ocupara su lugar en la mesa pero éste, en lugar de hacerlo y rascándose la barbilla, continuó desaprobando la disposición.

—Querido hermano —explicó Menma—, debes tener una predilección especial por la soledad, pero resulta que yo soy muy amigable y no soporto que mi dulce hermana coma sola. —Cogió su servicio y lo colocó alegremente a la izquierda de Hinata.

Naruto le lanzó primero una mirada furiosa pero luego se ablandó ante la alegría de ambos y se unió a ellos.

La cena transcurrió de una manera informal. Su charla alegre logró mejorar un poco el humor del hermano mayor. Los criados retiraron los últimos platos y sirvieron sendas copas de licor a los saciados comensales.

Hinata se echó hacia atrás en su silla y suspiró; había comido con gusto y se sentía llena. Necesitaba caminar un poco, pues la cena le había dado sueño. Naruto se levantó para retirarle la silla y todos se dirigieron al salón.

Él y Menma cortaron unos puros largos y verdes mientras la muchacha se sentaba en el sofá. Pocos minutos después la necesidad de respirar aire fresco se hizo presente en Hinata y le dijo a su esposo en voz baja:

—Naruto, me temo que esta cena maravillosa se me ha indigestado. Si me lo permites me gustaría dar un paseo.

El hombre asintió, y observando su vientre abultado, llamó a un sirviente para que le fuera a buscar algo de abrigo. Cuando el chico regresó, Naruto le ajustó el chal en los hombros y la acompañó a la puerta principal. La abrió para acompañarla, pero Hinata se lo impidió con la mano.

—No —le dijo—, sé que Menma y tú tienen que hablar de muchas cosas. No tardaré; sólo necesito tomar un poco de aire fresco.

Naruto era reticente a dejarla marchar sin compañía pero al final aceptó.

—No te alejes mucho de la casa —le advirtió.

Hinata se volvió, asintiendo con la cabeza, y salió al porche. Naruto regresó al salón con su hermano.

Era una noche agradable y fresca. Nubes pequeñas y blancas rasgaban el brillante cielo estrellado. Bajo la luna llena los imponentes robles con sus musgos colgantes parecían centinelas vestidos de gris. Casi no había viento y los ruidos de la noche surgían de los bosques.

Podían verse las luces en los aposentos de los criados y oírse alguna voz ocasional. Hinata bajó las escaleras hasta la hierba fría y húmeda y paseó despacio entre los árboles gigantescos contemplando cómo sus ramas acechaban a la luna.

Mi primera noche aquí, pensó, y ya me siento extraña y deliciosamente unida a esta tierra. Es más inmensa, más vasta de lo que jamás había soñado. En ella dejaré que mi corazón corra libremente y no conozca el significado del trabajo agotador.

Se volvió y contempló la casa. Parecía estar observándola en silencio meditando sobre el tipo de ama que podía ser. Su fachada la enterneció y le hizo pensar... Una casa en la que criar a mis hijos, un paraíso, un lugar placentero.

—Oh gran casa blanca —murmuró—. Por favor deja que encuentre la felicidad aquí. Permite que dé a luz a mis hijos entre tus paredes. Haz que mi esposo esté orgulloso de mí y no dejes que traiga ninguna desgracia sobre tus cimientos.

De pronto se sintió muy aliviada, como si le hubieran quitado un peso de encima. Caminó a toda prisa hacia la casa en busca de su calor, con la sensación familiar de una compañía nueva y extraña. Abrió y cerró la puerta sin hacer ruido para no molestar a los hombres. Mientras se quitaba el chal, oyó que en el salón Menma le gritaba enfadado a su hermano.

—¿Fuiste allí esta tarde? Maldita sea, ya viste cómo esa perra trató a Hinata. No perdió ni un solo minuto en dejarle saber lo que había entre ustedes dos antes de que te fueras. Quería sangre, la de Hinata, y le clavó las uñas lo más hondo que pudo.

—¿Tan extraño te resulta? —preguntó Naruto muy enojado— ¿creer que Sāra haya podido sufrir un fuerte impacto esta tarde cuando, esperando a su prometido, se ha encontrado con la esposa de éste? No fue fácil para ella, y desde luego no fuimos los caballeros más galantes del mundo. Podía haberse enterado de que me había casado de un modo más suave. No estoy demasiado satisfecho conmigo mismo por haber terminado con ella de esa forma. Realmente me he portado mal.

Al oírlo, Hinata se quedó indecisa sin saber si salir huyendo de nuevo o cruzar a toda prisa el vestíbulo hacia las escaleras. Al pensar en Naruto a solas con Sāra se le encogió el alma.

—Demonios, Naruto ¿crees que ha sido una santa todo el tiempo que has estado fuera? Ha estado saliendo como si fueran los últimos días de su vida, y tus amigos pueden dar fe de ello.

Ante el silencio de su hermano, Menma soltó una carcajada.

—No te sorprendas tanto, Naruto —prosiguió—. ¿Piensas acaso que en todo este tiempo no ha estado con ningún hombre? Por supuesto que te considera el mejor semental de la ciudad, pero mientras el macho ha estado ausente, ¿crees que esa hembra se ha privado de sus placeres? Lo sabrás muy bien cuando tengas que pagar todas las deudas que ha contraído como la futura señora Namikaze. Los tenderos han venido a mí con sus facturas para asegurarse de que ibas a casarte con ella, y ya verás cómo se ha gastado más de quinientas libras en tu nombre.

—¡Quinientas libras! —exclamó Naruto—. ¿Qué diablos ha hecho? Menma rió, divertido.

—Ha comprado joyas, ropa, todo lo que puedas imaginarte, y luego hizo que arreglaran Oakley de arriba abajo —le explicó—. Apuesto a que es el bombón más caro con el que te has topado en toda tu vida. No es para nada ahorrativa, como ya sabes. Si lo fuera, hubiera podido vivir cómodamente con el dinero que heredó de su padre. Pero se lo gastó en menos que canta un gallo y cuando se arruinó dejó abandonada la plantación. Estaba esperando con ansias el momento de casarse contigo y quedarse con tu dinero.

Al terminar su discurso, Menma se dirigió velozmente al bar a rellenar su copa, y al pasar por delante de la puerta, sorprendió a Hinata, avergonzada, con el chal en la mano. Se detuvo y la miró. Ella se ruborizó al haber sido descubierta espiando y se encogió de hombros nerviosa.

—Lo siento... lo siento —se disculpó tartamudeando—. Hacía mucho frío fuera y... sólo quería ir a mi habitación.

Naruto se acercó a su hermano y vio que Hinata se sonrojaba todavía más. Muy confusa, ella se colocó el chal sobre los hombros y cruzó el vestíbulo corriendo hacia las escaleras. Naruto salió al recibidor y la vio ascender por ellas a toda prisa. Se volvió malhumorado hacia Menma, que se mostró sorprendido ante el repentino cambio de humor de su hermano.

Bebió de un trago lo que le quedaba en el vaso y caminó airadamente hacia el bar. Se sirvió otro y se lo bebió de golpe. Menma observó inquisitivamente la creciente agitación de su hermano sorprendido ante su abuso del coñac.

Naruto llenó la copa y se volvió hacia Menma, que lo miró preocupado, pues normalmente Naruto disfrutaba con tranquilidad de la bebida. Ahora, sin embargo, parecía malhumorado y bebía coñac como si se tratara de un bálsamo poderoso capaz de alejar los malos espíritus.

—Sin pensarlo demasiado diría que la vida de casado no va contigo, Naruto — comentó Menma lentamente—. No puedo entender cuál es el problema. Miras a tu esposa como un macho que huele a una hembra en celo y se te cae la baba con cada cosa que hace. Parece que te asusta tocarla e incluso he visto cómo la maltratabas. Y, ¿qué demonios es eso que he oído de habitaciones separadas?

Vio que su hermano apuraba nuevamente la bebida con una expresión de dolor en el rostro y continuó.

—¿Has perdido el juicio? Es endemoniadamente hermosa; habla bien, es educada, todo lo que un hombre desearía para sí, y te pertenece. Pero por una extraña razón que no entiendo la has apartado de ti como si tuviera la sífilis. ¿Por qué te ensañas tanto contigo mismo? Relájate. Disfrútala. Es tuya.

—Déjame en paz —le espetó Naruto, furioso—. No es asumo tuyo. Menma sacudió la cabeza, exasperado.

—Naruto, gracias a un sorprendente golpe del destino te ha sido concedida una mujer que vale la pena conservar. Cómo has llegado a encontrar semejante pedazo de fruta tierna me deja bastante perplejo, aunque dudo que el responsable haya sido tu gran habilidad para elegir compañía femenina. Tus gustos siempre se han decantado por fulanas o mujeres casquivanas, y no por muchachas dulces e inocentes como Hinata. Pero te diré esto, Naruto: si por alguna razón la pierdes, habrás perdido mucho más de lo que te imaginas.

Naruto se volvió y le lanzó una mirada de furia.

—Hermano, sabes cómo hacer que pierda la paciencia —le espetó—. Te suplico que cierres la boca. Sé muy bien la suerte que he tenido y no hace falta que tus instintos maternales me lo recuerden.

Menma se encogió de hombros y respondió:

—Creo que necesitas que te digan los pasos que debes tomar, porque estás haciendo todo lo posible para arruinar tu vida.

Naruto alzó la mano, impaciente.

—Olvídalo. Se trata de mi vida —sentenció. Menma terminó su whisky y dejó el vaso.

—Estaré por aquí para ver cómo resuelves tus problemas —dijo mirando fijamente a su hermano—. Ahora, buenas noches, y te deseo dulces sueños en tu solitario lecho.

Naruto le lanzó una mirada de odio, pero Menma ya estaba de espaldas saliendo de la habitación. Se quedó de pie, solo con el vaso vacío en la mano. Lo miró durante un largo rato sintiendo ya la soledad de su dormitorio... y de su cama, echando de menos la presencia de su bella esposa bajo los edredones. De pronto arrojó el vaso contra la chimenea y se marchó enfurecido del salón.


A la mañana siguiente el sol brillaba cuando Karui llamó suavemente a la puerta de su ama e hizo pasar a una joven llamada Yuka, a quien presentó como a su nieta. La chica iba a ocupar un puesto de honor como la doncella personal de Hinata. La mujer se apresuró a asegurarle que su nieta estaba bien instruida en las tareas necesarias.

—Ha estado aprendiendo lo mejor, señorita Hinata —le explicó orgullosa y rebosante de alegría—, para que pueda cuidar bien a la nueva señora Namikaze cuando haya nacido el bebé. Sabe cómo arreglar el cabello para que quede precioso y todo lo demás.

Hinata sonrió a la delgada niña y dio las gracias a la anciana:

—Estoy segura de que si dices que es la mejor, Karui, es que lo es. Muchas gracias—. La mujer esbozo una sonrisa.

—De nada, señorita Hinata —respondió—. Y, señorita Hinata, el señorito Naruto dice que permanecerá en Konohagakure varios días. Tiene que ocuparse de su barco.

Hinata inclinó la cabeza pensando en lo que había oído por casualidad la noche anterior. No dudaba que Sāra había dado a Naruto una bienvenida afectuosa, y al volver a su casa, la había apañado a ella, a su mujer, de su lugar legítimo sacándosela de encima como si fuera un abrigo.

Ahora podría ir cuando quisiera sin tener que despedirse.

Suspiró y untó mantequilla en una magdalena. Por lo menos había sido bien recibida en esa casa y se sentiría feliz entre su gente atenta y agradable.

Mientras desayunaba prepararon el baño en el dormitorio del amo. Estaba apurando el café cuando llegó Yuka con un peine y un cepillo para recogerle el cabello en un gran moño. Al cabo de poco rato ya estaba disfrutando de un baño humeante.

Karui llegó a la habitación de Hinata una vez que ésta estuvo aseada y acicalada, para inspeccionar el trabajo de su nieta. Al ver el excelente peinado, asintió.

—Lo has hecho muy bien, niña —la felicitó a pesar de coger el peine para retocar un rizo—, pero como se trata de la señorita Hinata tiene que estar perfecto —añadió en tono levemente admonitorio.

La rutina diaria comenzó con la invitación de Karui para supervisar el menú del día. Hinata siguió a la criada escaleras abajo hasta la cocina, un recinto anexo a la casa, para conocer a tía Kaharu. Ella era la reina de ese lugar y la encargada de la preparación de la comida en Harthaven. Era espacioso y estaba muy limpio. En el centro había una gran mesa de piedra flanqueada por dos chimeneas enormes.

Cuatro chicas con blusones blancos cortaban verduras, preparaban la carne y vigilaban varias ollas en los fogones. La pulcritud de la cocina y de la rutina del trabajo mantenida por Karui y tía Kaharu asombraron a Hinata. Ambas mujeres eran expertas en sus respectivos quehaceres.

Karui la condujo de nuevo hasta la casa entre explicaciones y detalles. Cada vez que pasaban junto a un arbusto, un árbol o una construcción hacía un comentario. Al entrar, la anciana empezó a ir de un lado a otro inspeccionando meticulosamente la limpieza que el personal de la casa había dispensado a cada una de las habitaciones.

Hinata intentó mantenerse a su lado en todo momento. Poco rato después se detuvieron en el salón y la muchacha se sentó en una silla soltando una carcajada.

—Oh, Karui, tengo que descansar —le suplicó—. Me temo que no estoy preparada para tanta actividad después de un viaje tan largo.

Karui le hizo una señal a Yuka para que fuera a buscar una jarra de limonada fría. Le sirvió un poco del refresco a su ama, que aceptó encantada e insistió en que ellas también tomaran.

—Y Karui por favor, siéntate —la invitó. Dándole las gracias en voz baja aceptó el vaso que le dio Yuka y se sentó con cuidado en una silla. Hinata apoyó la cabeza sobre una mano, cerró los ojos y suspiró.

— Karui, cuando conocí a Naruto no imaginé que gracias a él viviría en una casa como ésta —le aseguró incorporándose y esbozando una dulce sonrisa—. E incluso cuando nos casamos lo único que sabía es que era el capitán de un barco y pensé que pasaría el resto de mi vida en los cuartos sucios de los muelles. Nunca pensé en algo como esto.

La anciana se echó a reír.

—Sí, ése es el señorito Naruto, siempre tomando el pelo a la gente que más quiere —contestó.


Tras el almuerzo Hinata decidió explorar la casa por su cuenta. Regresó al salón de baile intrigada por su belleza. Deseaba volver a caminar por su brillante suelo de roble y tocar sus paredes de muaré. Admiró los adornos dorados y se detuvo bajo una de las arañas mirando hacia arriba deslumbrada ante la miríada de arco iris centelleantes.

Al abrir las puertas cristaleras que daban al jardín, la brisa invernal hizo tintinear los cárieles con un sonido suave y agradable. Permaneció largo rato escuchando, pensativa. Exhaló un suspiro, cerró las puertas y abandonó la estancia.

Se dirigió al estudio de Naruto en busca de su presencia, y la encontró en su sillón frente al escritorio de madera de nogal. Probó el sillón y lo encontró duro e incómodo como importunado ante aquella presencia femenina.

Se levantó y caminó por la habitación sabiendo que, a pesar de su desorden, era en ese lugar donde los hombres de la familia Namikaze habían hecho su fortuna. La estancia estaba limpia aunque las sillas enormes parecían permanecer en la misma posición en la que habían sido abandonadas la última vez que las usaron.

Las estanterías estaban abarrotadas de libros sin un orden aparente. Un mueble alto guardaba una amplia selección de pistolas cuyo lustre indicaba su uso frecuente y sobre la chimenea un corzo la observaba en silencio. El único toque femenino que había en el estudio era el retrato radiante de Kushina Namikaze colgado en un lugar donde le pudiera dar la luz del sol.

La voz de un niño que gritaba en la puerta principal la sacó de su ensueño.

—¡El viajante está aquí! ¡El viajante está aquí! Quiere hablar con la señora de la casa.

Hinata permaneció indecisa por un instante sin saber si debía ir a saludar al vendedor ambulante, pero al ver a Karui que se dirigía hacia la parte frontal de la casa decidió seguirla hasta el porche. El viajante saludó a la anciana con confianza y ésta le respondió de igual forma antes de presentarle a su ama.

—Señor Guy, ésta es la nueva señora de Harthaven, la esposa del señorito Naruto.

El hombre se quitó el sombrero y se inclinó cortés-mente.

—Ah, señora Namikaze, es un honor conocerla. Había oído muchos rumores acerca de una nueva esposa en la familia, y si me permite decírselo señora, los confirma maravillosamente.

La joven le agradeció educadamente el comentario con una sonrisa.

—Con su permiso señora Namikaze, me gustaría mostrarle mis artículos —manifestó el hombre—. Dispongo de cantidad de objetos de uso cotidiano para la casa y quizá encuentre alguno que sea de su agrado. —Al advertir que la muchacha asentía, levantó a toda prisa la lona que cubría el carro y bajó un estante—. Antes que nada, señora, me gustaría enseñarle los utensilios de cocina. Y, por supuesto, dispongo de una gran variedad —le aseguró abriendo una caja repleta de los productos mencionados y haciéndole una demostración de la resistencia de sus cazos, sartenes y demás enseres.

Hinata no mostró ningún interés, pero Karui los examinó con detenimiento. Luego el hombre les mostró sus perfumes supuestamente de Oriente y sus jabones aromáticos.

Karui escogió unos cuantos con coquetería y le preguntó a su señora si deseaba algo de todo aquello. La muchacha declinó el ofrecimiento con el objetivo de ocultar su falta de dinero. El señor Guy desplegó sus telas y, ante la mirada de Hinata, Karui escogió una muy fina para llevar los domingos.

Cuando el vendedor sacó un terciopelo de color azul oscuro el interés de la joven aumentó y pensó en lo atractivo que estaría Naruto con él. Se quedó mirándolo un largo rato deseando comprarlo hasta que le vino una idea a la cabeza.

Rogó que la disculparan y salió corriendo hacia la casa. Subió las escaleras hasta su habitación y buscó entre su ropa hasta encontrar el traje que quería intercambiar. Al cogerlo recordó la historia del vestido beige.

Lo había llevado el día en que había conocido a su marido. Eran demasiados los recuerdos que le evocaba y estaba segura de que no sentiría ninguna pena por deshacerse de él.

Apartó los molestos pensamientos de su mente y bajó corriendo por las escaleras hacia el porche.

—¿Está dispuesto a hacer un trueque, señor Guy? —preguntó la joven al vendedor.

El hombre asintió.

—Si la pieza vale la pena, señora, por supuesto —respondió.

Hinata extendió el vestido ante él. El vendedor abrió los ojos de par en par. La muchacha señaló el terciopelo azul y le pidió que le mostrara hilos, cintas y satén del mismo tono para el forro.

Cuando el hombre trepó al carro en busca del material, Karui se acercó sigilosamente a ella y le suplicó en voz baja:

—Señorita Hinata, no intercambie ese vestido tan bonito. El amo siempre deja dinero en la casa para estas cosas. Le enseñaré dónde.

—Gracias, Karui —dijo Hinata con una sonrisa—, pero es una sorpresa y prefiero no gastar su dinero a menos que él me lo ofrezca.

La anciana se apartó con un gesto de desaprobación pero no hizo más objeciones. La joven se volvió hacia el hombre que la esperaba con los objetos requeridos.

—El terciopelo azul es un género muy caro, señora —señaló con astucia—. Lo cuido como si fuera oro, y habrá advertido que es de la mejor calidad.

Ella asintió con amabilidad y alabó su traje de igual modo:

—El vestido vale mucho más que todas sus telas juntas, señor. — Deslizó la mano en el interior del atuendo para mostrarle el trabajo hecho a mano del corpiño. Éste relució bajo el sol del atardecer—. No creo que tenga la suerte de encontrar un vestido como éste cada día. Es de última moda y muchas mujeres desearían tenerlo en su cuarto ropero.

El vendedor volvió a ensalzar sus tejidos, pero Hinata no era una persona fácil de convencer, y al cabo de pocos minutos el trueque estaba hecho para satisfacción de ambas partes. El vendedor le entregó la mercancía a cambio del vestido, que dobló y envolvió con sumo cuidado. Una vez lo hubo guardado se volvió, se sacó el sombrero, y demasiado compungido para tratarse de un hábil comerciante le recriminó:

—No hay duda de que mi estupidez y su hábil lengua, señora Namikaze, han mermado mis beneficios para el resto del día.

Hinata enarcó una ceja y se echó a reír ante el fingido disgusto del hombre.

—Buen señor —contestó—, sabe muy bien cuál es el valor de semejante pieza, y me ha enredado para que acepte estos simples trapos a cambio—. Ambos rieron complacidos. El hombre se inclinó ante ella y bromeó:

—Señora, su encanto es tal que pronto regresaré para permitir que cambie mi mercancía por otra sencilla prenda.

Karui refunfuñó contrariada mientras Hinata prevenía al vendedor.

—Si lo hace, señor, le ruego que agudice su ingenio pues ya nunca seré tan flexible como para permitir que mis tesoros más preciados desaparezcan con tanta facilidad.

El hombre se despidió riendo. Hinata, feliz, reunió el género y se dirigió hacia la casa con Karui quejándose a su lado.

—No sé por qué ha intercambiado su bonito vestido con ese vendedor —la reprendió—. El señorito Naruto tiene dinero. No es ningún pobre desgraciado.

— Karui, no te atrevas a decirle una palabra de esto cuando regrese — la previno con dulzura—. Voy a hacer con esto su regalo de Navidad y quiero que sea una sorpresa.

—Sí, señorita —farfulló la criada. Las dos mujeres caminaron hacia la casa, Karui con paso firme y muy disgustada.


Naruto regresó de Konohagakure al día siguiente cerca de la medianoche. La casa estaba en silencio. Todo el mundo dormía a excepción de Shino, el mayordomo, y Killer B, quienes le dieron la bienvenida junto a la puerta.

Los tres hombres subieron las maletas y los baúles a su dormitorio y despertaron primero a Menma y luego a Hinata. Ésta se levantó de la cama al oír voces en la habitación contigua y comprender que su marido estaba en casa. Se puso la bata y las zapatillas y entró en el dormitorio.

Allí se encontró con los dos hermanos y los dos sirvientes disfrutando de un trago nocturno. Sonrió a su esposo, adormilada, mientras éste se acercaba y la besaba en la frente.

—No queríamos despertarte, cielo —le aseguró con dulzura deslizando un brazo alrededor de su cintura. Ella suspiró, soñolienta.

—Me habría levantado si hubiera sabido que regresabas esta noche. ¿Has terminado tus negocios con el barco? —le preguntó.

—Después de Navidad, cariño —respondió—. Ahora tenemos que dejar el Fleetwood en buenas condiciones para sus posibles compradores. Cuando esté listo lo llevaré a Nueva York para venderlo.

Hinata alzó el rostro completamente despierta.

—¿Vas a ir a Nueva York? —preguntó con delicadeza—.¿Permanecerás fuera mucho tiempo?

Naruto sonrió y le apartó el cabello del rostro.

—No mucho —respondió—. Un mes aproximadamente, aunque no estoy seguro. Ahora será mejor que vuelvas a acostarte. Mañana nos levantaremos muy temprano para ir a la iglesia.

Una vez más la besó en la frente y la observó marcharse a sus aposentos. Al volverse, Killer B y Menma lo miraban fijamente. El criado apartó los ojos, pero su hermano sacudió la cabeza como si le recriminara algo. Naruto hizo caso omiso de él, se sirvió otra copa de coñac y se la bebió tranquilamente.


A la mañana siguiente, Yuka estaba avivando el fuego en el dormitorio de Hinata cuando ésta despertó. Se levantó tintando de frío y se arrimó a la chimenea para calentarse. El viento azotaba los árboles cerca de su ventana en esta fría mañana de diciembre.

Se vistió con esmero para ir a la iglesia, poniéndose el traje de seda color lavanda. Era el que Naruto había elegido especialmente. Cuando se contempló frente al espejo, Yuka contuvo la respiración.

—Oh, señora Namikaze, nunca he visto a nadie tan hermosa como usted. ¡Se lo aseguro! —exclamó.

Hinata sonrió, luego examinó su reflejo de forma crítica. Deseaba tener un aspecto radiante para ir a la iglesia, pues allí estarían todos los amigos de su esposo y quería causarles una buena impresión.

Salió de la habitación mordiéndose el labio inferior, nerviosa. Temía que su aspecto no les agradara. Completaban su atuendo con un abrigo del mismo tono lavanda, y un manguito y un sombrero de zorro plateado. Mientras descendía las escaleras a toda prisa se obsesionó con que el sombrero no era el adecuado, pero no tenía tiempo de ir a cambiárselo.

Los hombres estaban esperando en el salón con un aspecto imponente, ataviados con sus mejores galas. Interrumpieron su conversación al verla entrar. La observaron tan complacidos por su exquisita belleza que ella se ruborizó. Al advertirlo, los dos hermanos avanzaron a la vez, chocando bruscamente. Se echaron a reír y Menma se hizo a un lado para permitir que su hermano procediera.

—¿Te parece que voy vestida adecuadamente? —le preguntó a Naruto con la esperanza de gustarle y dejarle bien ante sus amigos. Él sonrió y le ayudó a ponerse el abrigo.

—Mi amor, no tienes por qué preocuparte —la tranquilizó—. Te aseguro que vas a ser la joven más hermosa que honre nuestra iglesia esta mañana. — Se apoyó en sus hombros y le susurró al oído—: Dejarás fascinados a todos los hombres y las mujeres no pararán de hablar de ti.

Hinata esbozó una sonrisa de satisfacción, preparada para enfrentarse a los amigos de Naruto.


Cuando el carruaje se detuvo bruscamente frente a la iglesia, las personas que todavía permanecían fuera se volvieron para ver a los Namikaze descender del carruaje. Menma fue el primero en salir, luego Naruto, y cuando éste se volvió para ayudar a su esposa, todos los presentes fijaron sus ojos en la puerta llenos de curiosidad.

Se oyó un murmullo entre la multitud cuando finalmente apareció Hinata. Las jóvenes que todavía permanecían solteras y sus madres profirieron comentarios despectivos, sin embargo los hombres la halagaron con su silencio.

Menma comentó divertido a su hermano:

—Creo que nuestra encantadora dama ha atraído la atención de todo el mundo.

Naruto echó un vistazo alrededor y al hacerlo la gente se volvió rápidamente por haber sido sorprendida con la boca abierta. Tendió la mano a Hinata para ayudarla a descender del coche. De camino a la iglesia fue saludando a todas las personas con las que se cruzaba, asintiendo y llevándose una mano al sombrero.

En el interior del templo, una mujer corpulenta miró a los recién llegados de forma muy grosera mientras su hija los escudriñaba por encima del hombro.

Hinata era el centro de atención. Las dos mujeres la miraron de arriba abajo con curiosidad y recelo. La madre tenía las caderas anchas y los hombros estrechos, y si no fuera porque llevaba un vestido femenino y cabello largo, nadie hubiera dicho que era una mujer.

Su hija era más alta y proporcionada, pero tenía un rostro huesudo y dientes desalineados que la afeaban. Su piel era pálida, y su cabello castaño estaba recogido bajo un sombrero ridículo.

Sus ojos marrones estaban enmarcados en unas gafas de metal a través de las que contemplaba a la joven Namikaze. Ambas mujeres desviaron su atención hacia el vientre abultado y en los ojos de la joven apareció un destello de envidia. Naruto se quitó el sombrero y saludó primero a la madre y luego a la hija de ésta.

—Señora Seki. Señorita Sari. Es un día bastante frío, ¿no creen? — preguntó.

La madre esbozó una gélida sonrisa mientras la hija se ruborizaba, reía tontamente y tartamudeaba:

—Sí. Sí, lo es.

Naruto siguió caminando, escoltando a Hinata por el pasillo hacia el banco de la familia en las primeras filas. La gente que ya estaba sentada se volvió a saludarlos con una sonrisa. Naruto se apartó para dejar pasar primero a Menma y luego a Hinata, y los tres tomaron sus asientos. Los dos hombres altos y corpulentos flanqueaban el cuerpo delicado de la joven.

Cuando Naruto la ayudó con el abrigo, Menma se inclinó y le susurró algo al oído.

—Acabas de tener el placer de ver a la señora Seki, el búfalo, y a su tímida ternera, Sari. —Sonrió—. La chica ha sido muy amable con tu marido durante mucho tiempo, y la madre, al ver las ventajas de contar con un yerno rico, ha hecho todo lo posible para que se casaran. El que Naruto nunca hiciese caso de su hija siempre ha sido motivo de preocupación para ella. Apuesto a que te están taladrando la espalda con su mirada en estos momentos. Hay muchas otras doncellas haciendo lo mismo. Será mejor que afiles tus garras para enfrentarte a las rechazadas por tu esposo cuando finalice la misa. No son un grupo alegre, que digamos, y, además, es bastante numeroso.

Hinata le agradeció el consejo y se volvió hacia Naruto, quien se inclinó hacia ella.

—No me habías dicho que tuvieras más de una prometida —le susurró exasperada ante la idea de que Naruto hubiera estado con otras mujeres además de Sāra —. ¿De cuáles de estas jóvenes exquisitas tengo que mantenerme alejada? ¿Es Sari capaz de guardar las formas? Parece una niña muy fuerte. No me gustaría nada que ella, o quizá otra joven dama, me atacara.

Con los ojos entornados Naruto miró a su hermano, quien se encogió de hombros.

—Te aseguro, querida —contestó en voz baja Naruto, muy irritado—, que nunca he compartido el lecho con ninguna de estas damas. No son de mi agrado. Y en cuanto a Sari, permíteme que te diga que no eres la más indicada para llamarla niña, pues te lleva diez años.

Varios bancos más atrás, Sari y su madre observaban al matrimonio Namikaze no demasiado complacidas al ver que la joven esposa sonreía a su marido y retiraba de su abrigo inmaculado una pelusa, alisándoselo con familiaridad. A juzgar por las apariencias eran una pareja muy bien avenida.

Tan pronto como finalizó el oficio, los Namikaze se dirigieron a la entrada para saludar al pastor y presentarle a Hinata, luego bajaron por las escaleras. Un grupo de parejas jóvenes, amigos de Menma lo llamaron y éste, disculpándose ante su cuñada, se alejó para reunirse con ellos. Poco rato después varios hombres se acercaron a Naruto.

—Eres un experto en caballos, Naruto —le dijo uno de los hombres con una sonrisa—. ¿Qué tal si vienes y resuelves una disputa?

Los dos hombres lo tomaron del brazo y lo arrastraron. Naruto, sin ninguna otra opción, se alejó riendo por encima del hombro.

—Estaré contigo en un momento, cielo —se disculpó. Lo llevaron a uno de los laterales de la iglesia, fuera de la vista del pastor. Hinata vio cómo uno de los hombres se sacaba del traje un pequeño frasco marrón. La muchacha sonrió para sí al ver que se la pasaban a Naruto y le daban una palmada en la espalda. Estaba convencida de que no existía ningún problema importante que su marido debiera resolver.

Permaneció indecisa viendo cómo se formaban grupos de mujeres cerca del camposanto con la sensación de estar un poco perdida sin una cara familiar a la vista. Entonces se interesó por una anciana muy elegante que buscaba un lugar protegido al abrigo de la iglesia.

La señora llevaba una sombrilla larga que hacía las funciones de bastón más que de parasol. El lacayo le trajo del carruaje una silla para que se sentara.

Divisó a Hinata y le indicó con gesto imperativo que se reuniera con ella. Al llegar a su lado la anciana dio unos golpecitos con la punta de su sombrilla en el suelo, justo delante de ella.

—Ponte aquí, hija, y deja que te eche un vistazo —le ordenó.

Hinata obedeció, nerviosa. La anciana la sometió a un largo escrutinio.

—Bien, eres muy bonita. Casi me siento celosa —bromeó, y se echó a reír—. Te aseguro que acabas de dar a las aficionadas a la costura tema de conversación para varias semanas. Por si todavía no lo sabes, soy Chiyo Gokyōdai. ¿Y cómo te llamas tú, querida?

El criado de la anciana trajo una manta y se la colocó sobre las rodillas.

—Hinata, señora Gokyōdai. Hinata Namikaze—respondió.

La anciana inspiró profundamente.

—Una vez fui una señora, pero desde que mi esposo falleció prefiero que me llamen simplemente Chiyo —continuó, sin dejar que la joven contestara—. Supongo que sabes que has acabado con la esperanza de todas las jóvenes disponibles de la ciudad. Naruto era el hombre más perseguido de Konohagakure. Pero me complace comprobar que ha hecho una magnífica elección. Me ha tenido preocupada durante bastante tiempo.

Un grupo considerable de mujeres se había reunido en torno a ellas para escuchar la conversación. Menma se abrió paso entre ellas y se colocó al lado de Hinata, estrechando su cintura. Sonrió a la señora que, ignorándolo, prosiguió con su charla.

—Y lo más probable es que ahora Menma herede las atenciones de todas esas tontas —observó, y nuevamente se echó a reír ante su propia agudeza.

—Ten cuidado con esta viuda respetable, Hinata —le advirtió Menma, bromeando—. Tiene la lengua tan afilada como la hoja de un sable y el temperamento de un viejo caimán. De hecho, creo que es famosa por haber arrancado algunas piernas.

—Joven caballero, si tuviera veinte años menos estarías de rodillas en mi porche suplicándome una palabra amable —replicó la señora Gokyōdai.

Menma se echó a reír.

—Chiyo, amor mío, te suplico una palabra amable —bromeó. La anciana rechazó sus halagos con un gesto.

—No necesito ningún mequetrefe parlanchín para que me lisonjee—.El joven sonrió.

—Está claro, Chiyo, que el radiante sol no ha templado tu amor por mí, ni amortiguado tu ingenio.

—¡Ja! —rió la anciana con satisfacción. —Es esta joven hermosa y reluciente que está junto a ti la que me ha alegrado el día —afirmó—. Tu hermano lo ha hecho muy bien, y, además, ha estado ocupado. — Miró a Hinata—. ¿Cuándo nacerá el niño de Naruto, querida? — preguntó.

—A finales de marzo, señora Gokyōdai —respondió suavemente Hinata, consciente de que todas las mujeres habían centrado su atención en ella.

—-¡Bah! —resopló la señora Seki, que acababa de unirse al grupo—. Está claro que no perdió mucho el tiempo —añadió con desprecio—. Su marido es famoso por su preferencia por las camas de las jovencitas, pero eres muy joven para ser madre.

Al oírlo, la señora Gokyōdai golpeó el suelo con su paraguas.

—Cuidado, Nae —la previno—. Estás mostrando tu rencor. Que no lo pudieras atrapar para tu Sari, no te da derecho a abusar de esta joven inocente.

—Claro, era sólo cuestión de tiempo el que alguien lo pillara —espetó la señora Seki con una sonrisa desdeñosa, y miró con aire de suficiencia a las demás mujeres—. Del modo en que frecuentaba a otras es asombroso que no lo atraparan antes.

Hinata sintió que se ruborizaba, pero Menma respondió con rapidez.

—Todo eso era antes de conocer a su esposa, señora Seki.

La mujer, con un brillo astuto en sus ojos, se dirigió a Hinata y le lanzó en voz alta y clara una pregunta cargada de intención:

—¿Cuándo se desposaron, querida?

De pronto, la sombrilla de la señora Gokyōdai levantó el césped.

—No es asunto tuyo, Nae —interrumpió con irritación—. Y, además, detesto este hostigamiento.

La señora Seki hizo caso omiso de la anciana y continuó interrogándola en tono remilgado.

—Y no obstante lograste persuadirlo de que se metiera en tu cama, ¿eh, querida? Supongo que utilizaste alguna artimaña para conseguirlo. Por aquí no ha mostrado nunca vacilación alguna en esos menesteres.

—Nae, ¿has perdido el juicio? —dijo Chiyo a voz en cuello esgrimiendo la sombrilla como si fuera un palo—. ¿Dónde están tus modales?

Naruto había llegado a tiempo de escuchar los últimos intercambios de palabras. Caminó furioso hacia el grupo de mujeres y dirigió una mirada glacial a la señora Seki, que dio un paso atrás.

—Tengo grandes reservas hacia algunas jóvenes, señora, como usted bien sabe —espetó Naruto con frialdad.

La señora Seki se irguió mientras el resto de las señoras reían tontamente.

Naruto se volvió dando por finalizada la conversación, y asió el brazo de su esposa sonriendo a la anciana.

—Bien, Chiyo, como siempre, en medio de las refriegas —bromeó. La anciana se echó a reír.

—Has inquietado a la ciudad al traer como esposa a una extranjera, Naruto. Sin embargo, has hecho que restablezca mi fe en tu sentido común. Nunca soporté tu otra elección. —Miró a Hinata—. Pero ésta... Creo que tu madre estaría orgullosa de ti.

Naruto sonrió y contestó delicadamente:

—Gracias, Chiyo. Temí que te pusieras celosa.

—¿Te sentarás para charlar con una vieja? —preguntó con una sonrisa un tanto maliciosa—. Me gustaría oír cómo capturaste a esta criatura tan encantadora.

—Quizá otro día, Chiyo —repuso él—. El camino de regreso a casa es largo y debemos partir enseguida.

La anciana asintió sonriendo y echó una ojeada a la señora Seki.

—Lo entiendo, Naruto. Ha sido un día un tanto desapacible.

—Hace bastante que no honras Harthaven con tu presencia, Chiyo— comentó Menma.

—¿Cómo? ¿Y arruinar mi reputación? —bromeó la anciana—. Pero creo que me sentiré mejor ahora que los dos tienen una mujer cerca para que los controle.

Menma se inclinó y depositó un beso sobre su mano.

—Ven a visitarnos pronto —la invitó—. Desde que Naruto la trajo a casa es un lugar bastante diferente. Hasta Karui aprueba el cambio.

Una vez se despidieron, Naruto condujo a Hinata entre la multitud. Menma les seguía, algo rezagado. Al pasar junto a la señora Seki, ésta hizo un gesto de desdén.

—Con todas las jóvenes encantadoras que hay aquí ha tenido que ir a Inglaterra a buscar una esposa Tory—. Menma le sonrió tocándose el sombrero.

—La irlandesa Tory más endemoniadamente hermosa que he visto nunca — replicó sobrepasándola.

Al acercarse al carruaje, Hinata descubrió a Sari sentada en el carruaje de la familia, observándoles con tristeza.

Parecía tan abatida que no pudo evitar compadecerse de ella e incluso de su madre, que permanecía tras ellos mirándolos con ira, sabiéndose perdedora de la Persona que durante la guerra de independencia de Estados Unidos favorecía a Inglaterra.

Inútil batalla que había librado. Había conseguido muy poco, y, sin embargo, sufrido una cruel humillación. Aunque hubiera tratado de vengarse de ella informándole del pasado de su marido, hubiera perdido el tiempo, porque Hinata sabía mucho más acerca de él de lo que la mujer imaginaba.

Desde la primera vez que lo conoció supo que no era ningún santo, de manera que las palabras de la señora hubieran tenido muy poco efecto.

Naruto la ayudó a subir al carruaje ante la atenta mirada de las Seki. Hinata se sentó en el asiento trasero y desplegó una manta sobre sus rodillas, sujetando un extremo en alto invitando a Naruto a ocupar el lugar junto a ella.

Se sentó y escrutó su rostro para comprobar su estado de ánimo. Hinata le respondió con una tierna sonrisa y se apretó a él en busca de calor. El hombre se quedó pensativo durante un rato con los ojos fijos en las manos enguantadas de su esposa sobre su brazo y luego, desvió su atención a un punto en la distancia a través de la ventana.

El frío viento del norte producía un sonido triste al soplar entre las copas de los altos pinos de Konoha, y helaba á los ocupantes del carruaje mientras avanzaba por los caminos secos y polvorientos de los alrededores de la ciudad.

Hinata se acurrucó en su marido bajo la manta, pero Menma, solo frente a ellos, hacía lo que podía para combatir el frío. Observó divertida cómo luchaba por poner su manta bajo el asiento helado y sobre sus largas piernas y sus pies.

Se apretaba contra la esquina arrebujado en su gabán, y cada vez que el carruaje cogía un bache, perdía la sujeción y tenía que volver a acomodarse. Hinata decidió hacerle un hueco junto a ellos y se apretó a su marido todavía más.

—Dicen que tres es multitud, Menma —observó con una sonrisa—. ¿Te importaría sentarte a mi lado y hacer que sea una multitud cálida?

El joven obedeció sin demora y extendió su manta sobre las rodillas de los tres. Hinata se acomodó entre los dos hombres, abrazada a su esposo.

Menma le sonrió divertido.

—Vergüenza tendría que darle, señora —exclamó fingiéndose ofendido—, pues no es mi comodidad lo que le preocupa sino la suya. Hinata alzó la vista, riendo. Naruto esbozó una sonrisa.

—Cuidado, Menma —lo previno su hermano—. Esta pequeña Tory puede hacer que desaparezca el calor de tu cuerpo. —La miró evaluándola—. Siendo medio irlandesa, medio Tory y estando casada con un yanqui, no me imagino en qué lado habría luchado.

Menma se unió a él en tono de broma.

—Creo que es su acento inglés el que despierta tanta curiosidad entre la gente. Con su forma de hablar dentro de poco tendremos a todo el país en nuestra contra. Nuestro pobre padre se revolvería en su tumba si supiera que albergamos a una Tory en nuestra casa. — Sonrió y prosiguió hablando tontamente—. Mi querida Tory, sólo tienes que aprender a hablar con acento sureño.

Hinata agradeció su comentario con la cabeza e imitó el mejor acento sureño que pudo.

—Desde luego, señorito Menma.

Los dos hermanos se echaron a reír y ella los miró confusa ante su reacción. Entonces comprendió que había imitado el acento de los criados, muy distinto del de las mujeres con las que había estado esa mañana, y se unió a ellos, riéndose de sí misma.