FRED WEASLEY

GRED


—Hora del baño.

Azkaban no es como lo había imaginado. ¿Cómo definirlo? Blanco. Blanco, impoluto y artificial. Se habían preparado para lo peor: oscuridad, dementores en todas las esquinas y torturas en vez de meriendas. Pero nada, solo una horrible sensación de atemporalidad.

Fred se pone en pie de un salto y mira la funcionaria que le va a conducir hasta las duchas.

—Coge tu ropa. Vamos.

Comprueba el hechizo anti-fuga y lo escolta, junto a dos aurores, pasillo adelante.

—Me han dicho que no me fíe de vosotros —confiesa la mujer.

—¿De «vosotros»?

—De ti y de tu hermano.

—¿Y quién soy yo?

—Fred.

—¿Y quién te dice que no nos hemos dado el cambiazo?

Ella primero guarda silencio, después sonríe.

—Te llamaré Feorge por si acaso.

A Fred se le escapa una gran carcajada.

—Me caéis bien. No tendríais por qué estar aquí. He estado preguntando, no es vuestro sitio. Quizás un escarmiento, pero no Azkaban. Las cosas se empezarán a poner feas, he visto a gente pudrirse aquí.

—No necesitamos consejos —Habla en plural porque sabe que George diría lo mismo—. Nadie parece entender que lo tenemos todo bajo control.

Se miran durante unos segundos. Es ella la que rompe la quietud con un gesto y abre la puerta de las duchas.

George ya está dentro; Fred se abalanza sobre él. Alguien en la entrada pide orden y los dos se esfuerzan por susurrar.

—¿Alguna grieta?

—Nada, tío. Imposible, ¿tú?

—Lo mismo, este sitio es infranqueable.