Capítulo 16

Se encontraban todos reunidos en la mansión del conde Higurashi, excepto por los duques Andrews, ya que ellos habían preferido irse a descansar a casa, el duque había dejado órdenes explicitas de que cuando apareciera su futuro yerno, le dieran aviso. La condesa Higurashi se había retirado a su habitación, ya que en esos momentos no se encontraba bien de salud. Su hermana Marian había ido a la cocina a ordenar que preparar algo de té.

Lady Kaede tenía entre las manos un crucifijo, rezando porque su sobrino y la señorita Kagome se encontraran bien. No podría describir el dolor tan grande que sentía. Cuando esos bandoleros entraron a la mansión, no sintió miedo por las joyas robadas, sino al ver como se llevaban a su sobrino.

Su sobrina Kikyo se encontraba a un lado de ella, acariciando su hombro.

Cuatro personas estaban reunidas en la biblioteca, el conde Higurashi estaba sentado en frente de Koga, Lord De la Rosa y un hombre que parecía ser el teniente.

― ¿Cuándo fue la última vez que los vieron? – preguntó por enésima ocasión.

―Escúcheme – el conde Higurashi perdió la paciencia que le quedaba – Se lo voy a repetir por última vez. Esos malditos bandidos entraron a ese baile, nos quitaron nuestras pertenecías, nos acorralaron – enumeraba cada uno de los actos que habían hecho esos hombres – Y por si fuera poco secuestraron a mi hija y al marques Taisho ¿Alguna duda más?

―Si – asintió en teniente, observando al prometido de la joven ― ¿Dónde estaba usted, Lord De la Rosa? – se levantó de su silla y se detuvo a un lado del joven ― ¿Y por qué su prometida bailaba con otro hombre?

―Disculpe mi interrupción – dijo Koga – Pero eso no tiene importancia aquí. Lo único que nos debe importar es encontrar a la señorita Higurashi y a mi primo, el marqués Taisho.

―Yo no me haría tantas esperanzas en encontrarlos – respondió con frialdad y sinceridad – No quise decir esto en frente de las mujeres. Pero hoy en día no es seguro andar por las calles de Londres en la noche. Hay muchos salteadores de caminos, hombres despiadados que roban y asaltan carruajes y si encuentran a una virtuosa mujer, ellos la…

― ¡Suficiente! – Interrumpió al teniente – Usted se concentrara en encontrarlos, así que vaya y comience con sus averiguaciones.

El teniente asintió y antes de salir por la puerta, se detuvo y miró a los tres hombres que se encontraban en el despacho.

―Es interesante – comentó él.

― ¿Qué es interesante? – preguntó el conde.

― ¿Por qué llevarse a la hija de un conde? – Preguntó el teniente – Si yo hubiera sido un bandido, habría secuestrado a la hija de un duque.

― ¿Insinúa que mi hija no es superior?

―No señor. Simplemente le digo que tal vez el secuestro fue planeado. Por alguien muy cercano, alguien que sabía perfectamente que acudirían a ese baile –hizo una reverencia – Con permiso caballeros. Que pasen buena noche. ― después de haber sembrado la duda entre los tres hombres y se marchó, cerrando la puerta tras de él.

Una vez solos. El conde Higurashi no dejaba de observar a su futuro yerno. Lo miraba con el dejo fruncido, el dedo índice de la mano derecha lo tenía sobre sus labios, mientras que golpeaba la mesa con la yema de los dedos de la otra mano.

Las palabras del teniente habían dejado al conde con una gran duda.

― ¿Y usted dónde estaba cuando pasó todo esto? – interrogó el conde.

Lord De la Rosa alzó una ceja. No podía decirle que se había citado en el jardín con la prometida de Inuyasha Taisho, eso llevaría a la ruina la reputación de Lady Andrews, bueno, aunque la joven ya no presumía de ser virtuosa.

―Si me disculpa conde. Aquí lo importante es encontrar a mi prometida. Como bien dijo el teniente, esto podría haber sido planeado. Tal vez me atrevo a decir que fue planeado por el propio marqués.

― ¿Insinúa que mi primo tiene algo que ver en esto? – preguntó Koga, mirándolo detenidamente.

―Es mucha casualidad que mi prometida estuviera bailando con él, justo en ese momento que interrumpieron esos bandidos – comentó él, sosteniéndole la mirada.

―Lo mismo habría pasado si usted hubiera estado con mi hija. En lugar de haber sido el marqués, pudo haber sido usted.

Lord De la Rosa tenía muchos motivos porque pensar que tal vez fue el propio Inuyasha quien fingió el secuestro. ¿Pero por qué el robo? Tal vez había sido una manera para poder simular todo y así llevarse a Kagome.

Esbozó una media sonrisa, estaba comprendiendo todo, tal vez él estuviera interesado en su prometida, pero y ella ¿También lo estaba? Y si era así ¿Por qué aceptó casarse con él?

Inuyasha no podía dejar de ver a la joven que tenía en frente de él. Se veía tan vulnerable y a la vez tan asustada. Lo único que deseaba era acariciar esas mejillas rosadas, besar esos labios rojos y abrazarla, mientras le decía que todo iba a estar bien.

Bankotsu alzó la mano derecha y todos se detuvieron al mismo tiempo. Giró su caballo y llegó hacia la carreta donde estaba su amigo y la joven. Apoyó una mano en el hombro del joven y le dijo algo en voz baja, para que dama no escuchara e Inuyasha asintió.

Se levantó bajó de la carreta.

―A partir de aquí andamos a caballo. Tú – señaló a Inuyasha, sin decir el nombre o dar señales que pudieran levantar sospechas en la joven – Te llevaras a la dama contigo.

― ¿Qué hacemos con el otro, jefe?― preguntó el mismo hombre que había amordazado a Kagome.

―A ese…. – miró a Inuyasha y esbozó una sonrisa – Déjenlo ahí, los suyos vendrán a buscarlo.

El corazón de Kagome le latió con fuerza y abrió los ojos de par en par, pero lo único que pudo ver fue… nada, sintió que alguien subía a la carreta y unos brazos la alzaban por lo alto, ella intentó forcejear pero era inútil, no quería irse y dejar solo a Inuyasha.

¿Y si estaba herido? ¿Quién se haría cargo de esas heridas? ¿Cuánto tiempo tardarían en encontrarlo a él y decir lo que había pasado?

La subieron al caballo y el animal comenzó a balacearse un poco. Mukotsu detuvo al animal para ayudar a Inuyasha, y una vez arriba, tomó las riendas del animal, pasó una mano por la cintura de la joven y la atrajo hacia él.

El ojidorado miró a su amigo y asintió.

Y así, partieron hacia su escondite.

Escuchaba el viento, los animales nocturnos haciendo ruido en la mitad de la noche, podía escuchar los latidos desbocados de su corazón, el aroma de la loción que llevaba ese hombre le resultaba tan familiar, pero no lograba identificarla de dónde.

Se imaginaba una y mis cosas de lo que le podía pasar esa noche, era probable que tal vez su perdiera su virtud y eso le causaba terror.

Pero no, no se iba rendir tan fácilmente, primero se defendería y después moriría con honor.

Se liberó como pudo de la venda, dejó que sus ojos se a la noche, vio un grupo de hombres que iban delante de ellos, algunos reían, otros tomaban vino y simplemente algunos presumían las joyas que habían robado. Pero siempre estaban con una sonrisa en los labios.

Miró de reojo la mano que rodeaba su cintura, debía liberarse de su captor e ir en busca de Inuyasha y lograr así que ambos salieran de esto.

Frunció el cejo, con el codo lo golpeó en la boca del estómago, escuchó como este profesaba un quejido y aprovechó que su captor se doblegaba del dolor para tirarlo del caballo. Acto seguido, con las manos aun atadas, tomó las riendas del animal, pasó sus piernas a los costados del caballo lo hizo girar en dirección contraria y salió en busca de Inuyasha.

Bankotsu llegó hacia su amigo, le tendió la mano y lo ayudó a ponerse en pie.

― ¿Quieres que vaya por ella o mando a uno de mis hombres? – preguntó con una sonrisa en los labios, que era más risa que sonrisa.

―No – negó Inuyasha – Iré por ella. Préstame tu caballo.

―Adelante.

Bankotsu le pasó las riendas del animal a su amigo y salió a todo galope levantando una estela de polvo de tras de él, tomando así, el mismo camino que el de Kagome.

No sabía cómo pudo, pero consiguió llegar a la carreta, pero descubrió que estaba completamente vacía. Bajó del caballo y se quitó la mordaza que llevaba en la boca.

― ¡Inuyasha! – Gritó ― ¡Inuyasha! – pero no recibió respuesta.

Seguramente había llegado tarde, alguien lo había encontrado y se lo habría llevado de regreso a casa o lo que era peor aún o también corría el riesgo de que otro grupo de bandidos diera con él.

Se dejó caer de rodillas a la tierra, mientas que una lágrima resbalaba por sus mejillas, pensando en lo peor que le pudo haber pasado. En lo que pudo haberle dicho esa noche.

Escuchó pasos tras de ella, todo su cuerpo se tensó e inmediatamente se puso en pie, giró sobre sus talones y se encontró con él, quien la miraba con una sonrisa en los labios, los brazos al costado mientras se acercaba a ella.

Por instinto, Kagome retrocedió un paso, por temor que fuera una visión nocturna.

Pero al reconocerlo, instintivamente corrió hacia sus brazos y lo abrazó, pasando sus brazos atados por arriba de su cabeza, le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia ella, recargó su frente en el ancho pecho del joven, sintió que sus piernas le flaqueaban al sentir como él la abrazaba

Él sostuvo sus mejillas entre las manos, acercó sus labios a los de ella y la besó con pasión desenfrenada y ella le respondía de la misma forma, sólo que más dulce. Se miraban el uno al otro, pero ninguno de los dos tenía el valor de pronunciar una palabra por temor a que se rompiera ese mágico momento.

―Tenía miedo de que algo te pasara – confesó ella.

Él acarició con un dedo su hermosa y sonrosada mejilla – No tienes por qué tener miedo. Aquí estoy para protegerte, además no me pasara nada.

Ella esbozó una sonrisa entonces olió el aroma de su loción y eso la hizo regresar a la realidad. Era la misma que tenía aquel desconocido a quien había dejado tirado en la tierra. Lo comenzó a comprender todo.

Había sido planeado por él, el robo, el secuestro.

― ¿Tú? – ella frunció el cejo y se apartó de él de un empujón.

Inuyasha esbozó una sonrisa y se acercó a ella un paso.

―Te dije que después de esta noche todo iba a cambiar.

―No puedo creerlo – una lágrima resbaló por su mejilla ― ¿Cómo pudiste hacerme esto? – sus mejillas comenzaban a tornarse rojas. Se limpió las lágrimas y entornó los ojos hacia él ― ¿Tienes idea de lo que puedes ocasionar? Mi reputación quedaría dañada gracias a ti.

Él se cruzó de brazos y encogió los hombros.

―Nos casaremos – respondió con gesto despreocupado.

Kagome puso los ojos en blanco ― ¿Nos casaremos? – dejó escapar una risita irónica ― Como si eso fuera tan sencillo. Te recuerdo que tú estás comprometido a otra y que yo me casaré con otro.

―Todos los días un compromiso se cancela – comentó él, encogiéndose de hombros.

―No a menos en Londres.

Se quedaron en silencio, sus ojos chocolate parecían derretirse a causa de la furia que llevaba dentro de ella.

―Exijo que me lleves de regreso al baile.― ordenó, golpeando la tierra con su pie izquierdo.

―No – su respuesta fue rotunda.

― ¡¿No?! – Repitió ella. Frunció el cejo – Si no lo haces tú, yo misma buscaré el camino de regreso a casa.

―Adelante – la animó, maravillándose con cada una de sus facciones que iban desde la ira, desesperación y amor – Hazlo tú si conoces o crees conocer el camino.

―Bien – asintió – No necesito de ti para saber qué camino tomar.

Ella se quedó inmóvil, esperando a que Inuyasha se arrepintiera y decidiera llevarla devuelta a casa, pero en cambio, él se recargó de espaldas en el tronco de un árbol y la observó detenidamente.

―Entre más lo pienses más tarde vas a llegar – quería reír, pero no podía hacerlo.

Kagome se humedeció los labios con la lengua, era evidente que él estaba gozando de ese momento, pero no le daría la satisfacción de que la viera rendirse.

―Ya me iba – dijo ella, pero antes de irse extendió los brazos hacia él – Pero antes de hacerlo ¿Podrías liberarme de esta cuerda? Me está lastimando.

Inuyasha vaciló un poco antes de acercarse a ella, aun sentía el golpe que le había proporcionado.

Sacó una daga de su bota, se acercó a ella y le quitó la cuerda.

―Listo señorita, es mejor que emprenda su retirada – la miró detenidamente y después le susurró al oído – El bosque es muy peligroso para una flor tan delicada como tú.

―No soy tan delicada como crees que soy.

―Bien, en ese caso, te deseo suerte.

Regresó al mismo árbol, sólo para retomar su misma postura.

Kagome se dio un ligero masaje en las muñecas, le había dejado marcas y aun sentía el ardor.

― ¿Qué quieres que diga cuando este en Londres? – preguntó Kagome.

―Diles que… ― se quedó callado, no podía contener la risa. Esa mujer se podía comportar como una valiente, pero por dentro estaba temblando de miedo – No les digas nada.

Kagome asintió, giró sobre sus talones y se encontró con varios árboles, miró hacia el interior del bosque, todo estaba en completa oscuridad, escuchó a una lechuza ulular y eso le aceleró su respiración.

―Si no quieres regresar…

Ella volteó la mirada hacia él.

―Te aseguro que si quiero.

Y tras estas palabras se adentró en el bosque.

Inuyasha observó como la mujer que amaba desaparecía en la oscuridad de la noche.

No podía ver nada, ni siquiera sabía en qué dirección oba, todo hubiera sido más fácil si habría tomado el caballo. Pero eso jamás se le cruzó por la cabeza, estaba más enfadada con Inuyasha. Tenía miedo, pero no quería regresar con él y darle la razón.

Cuando de pronto, escuchó unos pasos que provenían detrás de ella… no, en frente de ella, no… a ambos lados, no, de pronto, su camino se iluminó por antorchas que la rodeaban, todos ellos hombres, mirándola con ojos de lujuria.

Ahora si, en este momento deseaba gritar y que Inuyasha estuviera ahí.

―Miren lo que tenemos aquí. Un suculento manjar, en medio de la noche – dijo el líder de ojos azules.

―Yo pido una parte – comentó un hombre que estaba a un lado del hombre de mirada azul.

―No tan de prisa Renkotsu, todos vamos a tener nuestra parte.

Retrocedió un paso, dos, tres, giró sobre sus talones con intenciones de salir corriendo de ahí, pero se topó con un hombre más alto que ella que la sostuvo por las muñecas.

―Jankotsu, deja a la joven, la vas a lastimar.

El hombre esbozó una sonrisa y la cargó como si fuera un costal de papas.

― ¡Suéltame maldito! – gritó la joven, golpeando la ancha espalda de aquel bandolero – Soy la hija de un conde.

― ¿Cómo es que la hija de un conde tiene mal vocabulario? – preguntó el hombre de mirada azul.

―Escúchame infeliz, cuando salga de aquí le diré a mi padre que te busque y acabe contigo.

―Si es que sales – comentó él con una sonrisa –Hay que llevarla con él.

Kagome arqueó una ceja "¿Con él? ¿Hay otro más de ellos?" comenzaba arrepentirse de haber dejado a Inuyasha sólo en ese tronco.

Entonces, los hombres llegaron hasta un campamento y Jankotsu de la manera más sutil dejó caer a Kagome a la tierra. Ella se quejó dándose un ligero masaje en el trasero.

―La hemos traído – dijo el hombre de ojos azules.

―Me alegro, siempre se puedo contar con ustedes.

Al escuchar esa voz de tras de su espalda, se puso automáticamente de pie, y ahí, junto a la fogata estaba él. Las llamaradas jugaban con su estrecha figura, sus ojos brillaban aún más a causa del ardor del fuego y suspiró, no sabía si de felicidad de verlo o por resignación.

Dentro de ella sabía que no era por felicidad, aunque se estaba liberando una lucha interna.

―Vámonos, estos dos tienen mucho de qué hablar – dijo Bankotsu, pasó a un lado de ella y le hizo una reverencia – Buena noche señorita.

Pero Kagome no le regresó ni el saludo ni la mirada, pues estaba fija en los ojos dorados de Inuyasha, quien se acercaba a ella lentamente y ella se había quedado paralizada ante su mirada de fuego dorada. No podía ocultar que ese hombre le robaba el aliento, que incluso ya le había robado el corazón.

― ¿No que te habías ido? – preguntó en tono cómico.

―Así era – asintió nerviosa al verlo acercarse a ella y su primer instinto fue dar un paso hacia atrás ―De no ser por tus estúpidos amigos.

―Esos estúpidos te han salvado la vida― explicó él.

―Lo dudo ― ella se cruzó de brazos – Uno de ellos me dio un golpe en el trasero.

―Seguramente lo insultaste. Además ― mirando el trayecto hacia donde habían partido –El bosque es peligroso y más para una dama.

―Ya te he dicho que no soy tan débil como tú crees.

―Pero sin embargo estás aquí de nuevo. Prueba de ello que no sobreviras en el bosque.

Ese nuevo Inuyasha lo desconocía, nunca pensó que él llegaría a comportarse de esa manera.

―Te desconozco totalmente – confesó ella, agachando la cabeza y bajando los hombros, derrotada.

Entonces, él se acercó a ella, la abrazó posesivamente por la cintura atrayéndola hacia él.

―Es porque no me conoces lo suficiente, mon amour

―No me digas mon amour – lo había dicho en francés, pero sus palabras eran más que un susurro.

―Yo te digo como yo quiera – susurró dulcemente contra su boca – Mon amour

Reclamó una vez más sus labios, al principio ella no le correspondió, pero Inuyasha no dejó de insistir hasta que la joven quedara completamente rendida bajo sus brazos y así fue, pues pasó sus brazos alrededor de su cuello.

¿Cómo podía estar enfadada con él? si había echó la locura más grande, fingir un secuestro sólo para que ambos estuvieran juntos aunque fuera un instante.

― ¿Y ahora que planea hacer conmigo, milord? – preguntó resignada a estar entre sus brazos.

Él esbozó una pícara sonrisa – Tengo muchas cosas planeadas para usted. Pero no es el momento. Ven – la tomó de la mano – Te presentaré a unos amigos.

Kikyo le ayudaba a su tía a subir del carruaje, en ese momento vio salir a Lord De la Rosa y miró a la anciana desde la puerta del coche.

―En seguida regreso tía – dijo la joven.

―Kikyo…

No le hizo caso a las protestas de su tía y en cambio fue tras aquel hombre, que abría la puerta de su carruaje, pero antes de entrar la joven se había apresurado a cerrar la puerta y dejar al duque con una mirada de asombro.

― ¿Acaso no tiene educación señorita? – Preguntó él – Le acaba de cerrar la puerta a un duque.

―Deje las cortesías para luego milord – dijo la joven, mirándolo detenidamente a los ojos – Usted sabe dónde está mi primo y exijo saberlo.

Lord De la Rosa frunció el cejo, normalmente estaba acostumbrado a dar órdenes, pero nunca ser recibirlas por parte de una mujer. Más si la mujer era demasiado irritante y entrometida.

―Si supiera donde está su primo, lo retaría a duelo por llevarse a mi prometida.

Kikyo frunció el cejo ¿Estaba inculpando a su primo de la desaparición de Lady Kagome? Eso era la idea más absurda y estúpida que había escuchado en toda su vida. Inuyasha era el hombre más sensato de todo Londres, siempre actuando de manera impecable, jamás llegaría tal barbarie para quedarse con una dama y más si ella estuviese prometida a otro.

―Esa es la idea más absurda que he escuchado en toda mi vida – dijo ella – En ese caso, puedo decir que el que estaría dispuesto a retarlo a duelo sería él.

Ahora era él quien fruncía el cejo ante tal acusación.

―Señorita ¿Qué quiere decir con eso?

Kikyo se cruzó de brazos.

― ¿Qué pensaría mi primo, al saber que su prometida se estaba besando con otro en los jardines?

Entonces lo vio erguirse a un más, apretó los dedos y su respiración se había agitado.

― ¿Qué ha dicho?― preguntó él.

―Kikyo, ven aquí. Tenemos que irnos.

Kikyo se sintió aliviada al escuchar la voz de su hermano, pero antes de irse las palabras de Lord De la Rosa la detuvieron en seco.

―Esto no se queda así señorita. Me debe una explicación ante su último comentario.

Ella se dio vuelta y miró sus ojos verdes.

―No hay nada que explicar milord.

La vio alegarse con pasos elegantes, no era posible que ella lo hubiera visto con Vanessa, si era así el caso, ella estaba interpretando mal las cosas. Sólo había ido para finalizar esa relación, ya que él estaba comprometido con Lady Kagome. Pero esa señorita caminaba con pasos agiles hacia su hermano y subía al carruaje, lo hacía perder la cabeza y la razón.

Su aroma a rosas lo desconcentraba, era sin duda la mujer más hermosa que había visto en su vida. Claro, después de su amada Catalina y de Kagome.

Una vez en el carruaje, Koga estalló en furia.

―No quiero verte cerca de ese hombre – dijo mientras se alejaban de la mansión Higurashi.

― ¿Sólo porque es prometido de Kagome? – preguntó su hermana.

― ¡No! – Él negó – Sino porque es un peligro para tu reputación. Sé que se va a casar con ella, pero él puede llegar a pedirte que…

―Descuida – lo interrumpió ella, dándole una palmadita en el hombro – No pasara nada. No aceptaría a un hombre casado como amante.

Ante tal comentario, Koga puso los ojos en blanco y la anciana Kaede se quiso desmayar.

― ¡Muchacha!– se llevó una mano al pecho ― ¿Esa es la educación que recibiste en el más prestigiado colegio de Francia? – preguntó la anciana.

―No tía – Kaede negó y esbozó una sonrisa –Eso se aprende en los bailes, en el cotilleo con las damas solteras.

Kaede negó con la cabeza y miró a su sobrino.

―Deberías prestarle más atención a tu hermana. Por lo que veo, Francia es un país muy liberar.

―Tía. Tranquila, te hará daño exaltarte – sugirió el hombre.

―No me importa – golpeó el piso del carruaje con su bastón, miró a su sobrina y le lanzó una advertencia – Si vuelo a verte con ese caballero, le exigiré que se case contigo y no me importa si esta prometido a otra.

―Pero tía. Yo no…

―Y no quiero escuchar protestas. Suficiente tenemos con la desaparición de Inuyasha.

Kikyo se cruzó de brazos y se recargó en el asiento.

Si, era verdad, ella había seguido a ese hombre y cuál fue su sorpresa al verlo en brazos de esa rubia, que además presumía ser la prometida de su primo.

El problema era ¿Si se lo decía o no?

Por un lado, si se lo decía, Inuyasha retaría a duelo a Lord De la Rosa y uno de los dos sería herido o lo que es mucho peor, muerto. Ahora que si no decía nada, bueno, su primo se casaría con una zorra y viviría infeliz por el resto de su vida.

¿Decirle o no decirle?

Para llegar al escondite de los bandidos, tuvieron que pasar a través de una montaña, se podía escuchar el correr del agua que pasaba justo debajo de ellos. Al final del camino, descubrieron un valle iluminado por antorchas, niños corriendo y mujeres intercambiando palabras o preparando algún alimento en la hoguera.

Kagome se maravilló al ver todo eso.

―Como en los viejos tiempos – comentó Inuyasha a Bankotsu.

―Así es mi buen amigo – asintió Bankotsu – Así es.

¿Cómo en los viejos tiempos? Fue la duda que le atravesó por la mente de la joven. ¿Inuyasha había pertenecido alguna vez a este grupo de bandidos?

―Kagome…

Sus palabras la hicieron reaccionar, él estaba de pie extendiendo los brazos para ayudarle a bajar del caballo. Cuando lo hizo, Inuyasha la retuvo por unos momentos en sus brazos y le dio un pequeño beso en la nariz.

― ¿Cómo en los viejos tiempos? – Preguntó ella ― ¿De dónde los conoces?

―Es una larga historia – respondió él, con una resplandeciente sonrisa – Pero ven – la tomó del brazo – Vamos a presentarte a la mujer de Bankotsu.

Al instante una mujer alta, de cabello negro y ojos del mismo color, se interpuso entre el camino de Bankotsu e Inuyasha. Era joven, aunque un poco más grande que Kagome.

― ¿Dónde estabas, Bankotsu? – preguntó la mujer, poniendo los brazos en jarras – Te fuiste sin aviso.

Kagome la miraba de arriba hacia abajo, le resultaba familiar, pero no sabía de dónde, probablemente la había visto antes de irse a Francia, pero eso fue hace tanto tiempo.

―Mujer – éste la abrazó – Estaba ayudándole a un viejo amigo.

― ¿Así, quién? – preguntó incrédula, pues no le creía a su marido.

―Mira y veras.

Se hizo a un lado para que pudiera ver a Inuyasha y Kagome. Cuando reconoció al hombre, esbozó una sonrisa y fue directo a abrazarlo.

― ¡Inuyasha! – Dijo feliz al verlo – Que alegría volver a verte.

―Lo mismo digo Eri.

Entonces Eri reparó en Kagome y se hizo a un lado para contemplar a la joven.

― ¿Quién es esta hermosa señorita? – preguntó.

―Eri, te presento a Lady Kagome Higurashi.

Entonces Eri la miró detenidamente, ella también le resultaba familiar.

― ¿Kagome? – repitió la joven.

Kagome contempló esos rasgos que le resultaban cada vez familiar.

Fue ahí cuando la reconoció, Lady Eri Flowers, ella era su vecina y la visitaba cada vez que podía, siempre y cuando no tuviera alguien de tras de ella.

Lo último que supo fue que la hermana mayor de Lady Flowers, Kanna, se había casado con un duque pero de Eri, lo único que supo fue que se había internado en un convento al resultar sus primeras temporadas un fracaso.

―Eri ¿Eres tú?

Ella asintió y ambas se fundieron en un abrazo al reconocerse.

Bankotsu e Inuyasha sólo contemplaban el reencuentro con una sonrisa.

Después de haber revivido su encuentro. Ella e Inuyasha estaban en frente de una hoguera, degustando un vino dulce que les habían llevado. Kagome no dejaba de ver a la pareja que tenía en frente, abrazados y mirándose con amor.

Suspiró tan sólo con ver esa agradable imagen.

― ¿De dónde conoces a Eri?

Fue la voz de Inuyasha la que la trajo de regreso, ella giró la cabeza y se encontró con esos ojos dorados que la veían, su mirada parecía brillar bajo el fuego y se veía realmente encantador.

―Eri era mi vecina – explicó la joven – Cuando tenía seis años, antes de irme a Francia. Solía visitarla, mis padres se oponían prácticamente a la amistad ya que ella era más grande que yo. Así que la veía a escondidas.

Hubo un silencio y no pudo contener las ganas de realizar esa pregunta que rondaba su mente.

― ¿Cómo es que ella terminó siendo la esposa de un bandido? Pudiendo haber sido la esposa de un duque, de un conde o de un….― se quedó muda al verlo, porque bien sabía en el fondo, que nunca llegaría a ser su esposa.

― ¿De un marqués? – Terminó él por Kagome – Bankotsu siempre se ha dedicado a ser bandido. Pero es esa clase de hombres que les gusta ayudar a los demás. Roba pero no se queda con nada.

Kagome lo escuchaba detenidamente, era el tipo de conversación que le gustaba escuchar. Aventuras y amor.

―Un día – prosiguió el ambarino sin dejar de ver sus ojos chocolate –Asaltó el carruaje del conde Flowers. Hizo bajar a todos del carruaje y cuando sus miradas se encontraron, Bankotsu supo que había encontrado el amor de su vida.

La joven Higurashi suspiró.

―En ese momento él quiso raptarla, llevársela lejos. Pero sabía que si hacía eso, ella lo odiaría por el resto de su vida.

― ¿Y qué pasó después?

―Lo que pasó fue que…

―Me enamoré de él a primer avista, mis padres se opusieron a la relación por carecer de fortuna. Así que hui con él. Mi padre me rechazó y difundió el rumor de que me había ido a un internado – concluyó Eri – Pero no me arrepiento de hacerlo, porque cuando encuentras el amor, luchas hasta el final por él.

Kagome esbozó una sonrisa, Inuyasha se puso de pie y le ofreció la mano.

― ¿Quieres caminar?

Ella lo miró y asintió. Tomó su mano y ambos caminaron por los alrededores del refugio. Mientras se iban alejando, atrás quedaban las risas de los hombres y las mujeres. Se detuvieron justo en un lago, donde la luna se reflejaba en el agua.

Inuyasha se agachó a recoger una piedra y la arrojó al lago. Nunca lo había visto tan diferente, era como si el marqués frio y arrogante se hubiese quedado en Londres sustituyéndolo por un relajado y simple hombre.

Entonces sus miradas se encontraron y él la atrajo hacia él, sujetándola entre sus brazos, como si no deseara que desapareciera de su vida.

Le acarició la mejilla con la punta del dedo índice, hasta detenerse en la cuerva de su cuello.

―Aún recuerdo a una niña que contemplaba desde los barrotes de las escaleras el baile que organizaban sus padres…

Kagome lo miró sorprendida, nunca olvidó ese momento, pues fue cuando lo vio a él por primera vez.

―Llegué a pensar que esa niña se iba a convertir en una auténtica belleza – esbozó una sonrisa – Y no me equivoqué.

―Inuyasha…yo…

―Shh… no digas nada.

Fundió sus labios con los de ella. Estrechándola contra su pecho, para que ella no se fuera de su lado. Su aroma lo embriagaba y no podía hacer otra cosa más que pensar en ella de otra forma, desnuda, sobre un lecho de rosas y él haciéndole el amor.

La fue guiando hasta que ambos yacían tumbados en el césped.

Kagome no hacía otra cosa más que dejarse llevar por el momento, pasó sus brazos alrededor de su cuello y lo atrajo hacia ella, perdiéndose en su aroma y en esas manos que recorrían su cuerpo.

Pero por otro lado, él no podía tomarla aquí, ella se merecía una noche de bodas inolvidable, única y maravillosa. Compartiéndola a lado de su marido y ese no iba a ser él, sino Lord De la Rosa, no podía tomar lo que sería de otro, pero en el fondo no quería verla caminar hacía el altar del brazo de otro hombre que no fuera él.

Antes de tomarla y hacerla suya, primero debía hacerlo legal y luego bajo las sabanas en medio de una noche como ésta.

Se apartó de ella.

―Lo siento – se disculpó.

Kagome tomaba grandes bocanadas de aire para recuperar la respiración.

―Kagome yo…

Ella le puso un dedo en los labios y negó.

―No digas nada – sus palabras eran un susurro – Está noche pretendamos ser otras personas. Tal vez, como marido y mujer.

― ¿A dónde quieres llegar con esto? – preguntó él, arqueando una ceja.

―Inuyasha – ella esbozó una sonrisa – Llevo toda mi vida enamorada de ti.

Sus palabras lo atravesaron y sentía como un hueco que había existido en su interior, comenzaba a llenarse.

―Desde aquel momento en que era sólo una niña – le acarició una mejilla – Fue ahí donde te vi por primera vez – detuvo sus dedos en esos labios gruesos que antes la habían besado –Te amo.

Ella se sentó a horcajadas sobre él. Inuyasha tuvo que apoyarse con los dos brazos para sostenerlos a los dos.

―Si ya estamos aquí, aprovechemos este momento.

Pasó sus delgados dedos sobre la melena de su marqués y cuando sus miradas se encontraron, ambos sabían que estaban perdidos e irremediablemente enamorados el uno tanto del otro.