Holaaaa
Les dejo un nuevo cap. Espero que lo disfruten XD. Muchas gracias por sus comentarios, me encanta leerlos :)
No se olviden de dejarme uno sobre su opinión de este cap, es muy interesante conocer sus opiniones :3
A leer!
REAL
Elegimos agosto para celebrar la unión, cuando iniciara mi internado y Kohaku fuera miembro permantente del despacho de Mukotsu Taisho.
La noticia fue un hito para todos quienes nos rodean.
Al principio pensé que era debido a lo precipitado de nuestra decisión, luego, quise adjudicar su asombro a que nunca hubiesen creído que alguno de nosotros dos fuera a ser tan inmaduro como para contraer un compromiso de ese tipo, ya se sabe, con tantas responsabilidades y obligaciones de por medio. Por eso, las primeras impresiones que presencié fueron las de incredulidad ante lo que pensaban que era una broma (pese a que Kohaku posee el mismo sentido del humor que un cementerio y a que yo soy pésima en los chistes), luego sobrevino la confusión total al enterarse que era cierto…y al final, una especie de inseguridad al respecto.
Por supuesto que tanto Kohaku como yo nos vimos en la necesidad de abordar el asunto de manera diferente con nuestras respectivas familias, al menos yo decidí hacerlo en la soledad cuando lo anuncié a mis padres a larga distancia. No estuve segura de si la reacción era la correcta para los padres de una estudiante de último año (que todavía no termina su tesis ni comienza el internado), sin una entrada garantizada de dinero y con veintitrés años apenas. Sin embargo, lo cierto es que mis progenitores dieron saltos de alegría que eran tan evidentes pese a utilizar FaceTime.
Mi madre comenzó a parlotear sobre los miles de preparativos y creo que todavía no terminaba de decir "Kohaku Taisho" cuando mi padre abrió su laptop sobre el regazo e hizo la reservación del vuelo. Creo que no les extrañó que su sentimental y soñadora única hija fuera a casarse tan joven con su amor platónico de la preparatoria al terminar la universidad y con solo unos cuantos meses de noviazgo formal.
La abuela Kaede tuvo sus reservas aunque terminó por encogerse de hombros ante mi bien disimulada sonrisa de determinación férrea.
De mis primos el único que preguntó "¿estás segura?", chasqueó la lengua, torció los ojos y enarcó una ceja con aire fastidiado fue Hojo. El castaño fue inmune a los comentarios sobre "verdadero amor", "amor real" o "amor joven" que volaron por la mesa mientras cenábamos.
Kohaku estuvo callado la mayor parte del tiempo aunque sosteniendo mi mano por debajo de la mesa…y mirando fijamente a Hojo como si estuviese esperando el comentario mordaz que nunca llegó. Por fortuna.
Luego de ese momento la noticia corrió como pólvora…
La familia de Kohaku fue otro cantar. Para mi infortunio, los Taisho llevaron la idea de "unión familiar" a otro nivel, puesto que durante el anuncio de nuestro compromiso estuvieron presentes Bankotsu y su padre… afortunadamente Sesshomaru no se paró por la casa.
Ello me reconfortaba hondamente por razones obvias: no quería enfrentarme a él ni presenciar su desfachatada indiferencia hacia lo que decidiera hacer con mi vida. Por eso estuvo bien su ausencia durante la comida que Kohaku exigió a su familia.
Las reacciones allí fueron más variadas, desde que Kohaku alzó el mentón y dijo con firmeza: "Rin y yo vamos a casarnos", hubo un extraño silencio precedido por el esperado desconcierto.
Bankotsu fue el primero en reaccionar, sonrió ampliamente y dijo un despreocupado: "felicidades, primos".
Tras ese instante de turbación, Kikyo soltó sus cubiertos y nos sonrió a ambos, acto seguido estaba rodeando la mesa para sepultar a su hijo entre sus brazos.
"Al fin te diste cuenta", alcancé a escuchar en su voz cálida. No pude ver la expresión de su hijo y a decir verdad estaba bien.
Naraku inició un interrogatorio, apoyado más o menos por Miroku, sobre nuestros estudios, dónde, cómo y con qué viviríamos, a lo que Kohaku respondió fríamente: la boda sería luego de finalizados los semestres, viviríamos en su departamento y cuando yo iniciara el internado él estaría trabajando en forma en el despacho de Mukotsu Taisho.
El nombrado se encogió de hombros más ocupado en su Ipad.
El príncipe azul Taisho fue más escrupuloso a la hora de manifestar su preocupación sobre una boda que, a su parecer, era precipitada.
"Pueden esperar un año al menos", nos aconsejó. Para cuando Kohaku frunció el ceño con una mueca que evidenciaba una contestación insolente, decidí intervenir.
"Yo siempre he querido a Kohaku", la frase fue suficiente para calmar los ánimos del muchacho a mi lado, quien, apretó mi mano.
Dos horas más tarde Miroku sonreía a su hermano menor aceptando solemnemente encargarse de los anillos el día de la ceremonia. Mientras que el padre de ambos recitó con total firmeza que no se opondría mientras Kohaku fuera digno de contraer una responsabilidad de tamaña magnitud.
A partir de ese punto, los varones se ensarzaron en una plática sobre gastos y planificación, Kohaku reveló que él prefería celebrar la boda en la recepción de un hotel que yo, en la vida, había visitado.
Por algún extraño motivo, ése y toda la perorata de Kikyo sobre los detalles, mi vestido y muchas cosas que no escuché, me tuvieron sin cuidado.
Kohaku quería el gran salón social del Hotel Midorico, por mí estaba bien; hacía mucho que no me ponía a pensar en detalles de cuentos de hadas como ese.
Shippo fue…Shippo.
Siendo él alguien tan importante para ambos convenimos decírselo particularmente… Al principio había querido ser Kohaku quien se lo comunicara aunque logré que cediera porque el rubio es mi mejor amigo también.
"Bien", había dicho luego de un momento de meditación a mi tozudez.
Citamos a Shippo en un bar y cuando estaba a mitad de su cerveza, Kohaku lo soltó como si nada… No me enteré de lo que le siguió a los insultos dirigidos al rubio porque tuve que ir al sanitario para secarme el alcohol de la ropa.
En cualquier otra circunstancia me habría enojado mucho mi amigo por haberme arruinado una blusa, sin embargo, ese momento de soledad en los servicios me ayudó para recuperar el aliento y acomodar mis ideas luego de comenzar a sentirme especialmente ahogada dentro del concurrido local.
El móvil me pesaba dentro del bolso, tirando con una fuerza gravitacional tan peligrosa que me hacía creer que me volvería loca; no obstante, no contacté con nadie. Y con "nadie" me refiero, claro está, a mi profesor de patología diagnóstica.
-Kohaku es el hombre de tu vida—le dije a mi reflejo, aflojando los dedos entorno al borde del lavabo.
No quería arrepentirme un día por haber perdido la oportunidad de ser feliz con alguien que parecía realmente interesado en mí. Me rehusaba a caer en la equivocación de cegarme a quien me ofrecía su compañía y cariño.
Yo deseaba ser feliz, y ese bienestar estaría con Kohaku…mi prometido.
Me mordí el labio, sintiéndome extraña al pensarlo.
-Prometido—decirlo en voz alta era todavía más inquietante.
Me pasé las manos mojadas por la nuca para refrescar el repentino bochorno, luego decidí que había pasado demasiado tiempo en los sanitarios.
Cuando volví a nuestra mesa, Shippo me saltó con los brazos abiertos, luego tiró de la camisa de Kohaku y nos apretó a los dos.
-¡Estoy muy feliz !—me pegó los labios a la frente, se volvió a su amigo y lo miró seriamente—Más te vale cuidarla bien, Kohaku.
Por respuesta recibió una mueca de fastidio a la que le siguió una misteriosa sonrisa de lado, acto seguido Kohaku sostuvo mi mano contra sus labios.
-No te metas en nuestros asuntos, idiota.
Sí, Kohaku era mi destino – tal como Sango dijo - mi sueño…
-¡¿Qué no lo haga?!— refunfuñó el rubio-¡Fui yo quien miró a Rin estar enamorada de ti desde niños!—quise patearlo obviamente, él siguió con su discurso ahora rodando los ojos—Y luego a ti yendo de un lado para otro sin saber qué hacer. ¡Por fin te diste cuenta!
Kohaku no se contuvo y sí le dio un buen golpe en el hombro.
Me reí. Aquella escena tan familiar me trajo muchos recuerdos de la infancia, donde éramos nosotros tres.
Shippo permaneció toda la noche con la misma sonrisa entusiasmada, reclamándole a Kohaku no haberle avisado antes, también habló sobre todas las fiestas previas que vendrían…y en general, mostró su lado más emotivo y natural: el que solamente él puede ofrecerle a las personas.
No se enojó sino hasta que Kohaku le cortó las ilusiones sobre ser padrino de anillos…
Mis amigas…ellas fueron un cantar totalmente curioso.
Mizuki me miró horrorizada de principio a fin, Ayame dejó su móvil sin contestar por el titánico lapso de ocho minutos y Aome parpadeó tantas veces consecutivas que creí que se arruinaría el rímel.
He de decir que de todas las personas que se enteraron de la boda, esas tres fueron las que casi de inmediato se reactivaron con una amplia sonrisa y la excitación solidaria de toda amiga. Abrazos, grititos alocados y chillidos de ternura incluídos.
Sobre la mesa del lounge volaron un montón de palabras que en un momento fueron tantas que me perdí, al parecer justo luego de "banquete".
-¡Quita esa cara, Rin!—dijo Aome en algún momento—Parece que en lugar de casarte estás por ir a la horca.
Mizuki y Ayame me habían analizado con detenimiento, ahí supe que estaban meditando la posibilidad de la morena, de forma que torcí los ojos y acudí a una mentira (porque aunque no supiera con certeza cual era, sí estaba segura que no era el motivo de mi turbación).
-Todo está pasando muy rápido—me excusé. Pareció ser la frase que dio en el clavo a la posibilidad no de arrepentimiento sino de nerviosismo…o emoción.
-En…ese caso, deberías disfrutarlo…Kohaku—me animó Mizuki posando su mano sobre la mía—Kohaku es…a quien has amado desde…siempre—su sonrisa gentil, genuninamente entusiasmada, me enterneció—Creo que…entonces deben…estar juntos.
No obstante a esa y a muchas frases más que le siguieron, todas apoyando esa idea y a la fortuna de haberme comprometido con alguien como Kohaku Taisho, solamente provocaban que me removiera incómoda.
"Respira, Rin, son solo los nervios".
¿Cómo no estar al borde de un colapso? No hacía ni una semana que había decidido comprometerme con el muchacho que fue mi amor platónico desde hace mucho y que además tenía parentesco con Sesshomaru…
-¿Cómo lo tomaron tus…padres?—preguntó Mizuki tímidamente.
-Están…felices.
-Por supuesto—suspiró Ayame, quitándole importancia al asunto—Te casas con el chico del que has estado enamorada por años.
-¡Déjanos ver el anillo, Rin!—pidió Aome, estirándose sobre la mesa circular en pro de mis manos, por automático las escondí contra mi regazo.
-Él…no me ha dado…ninguno—musité, empujando todas las imágenes de Sesshomaru de mi cabeza.
Ayame y la azabache intercambiaron una mirada aunque Mizuki no pareció hallarle nada malo.
-¿Y cómo es que te lo pidió?—inquirió la pelirroja.
-¿No será que se lo pediste tú, Rin?—intervino Aome haciendo a un lado su té helado.
Fruncí el entrecejo por instinto.
-No, Aome—repliqué.
-¿Entonces?—preguntó Mizuki con mucha más discresión.
-Solo…lo dijo—me encogí de hombros y ya no quise entrar en más detalles, no quería que por error el nombre de Sango saliera a colación.
La respuesta no pareció satisfacerlas totalmente aunque lo dejaron estar para saltar a la parte importante: los preparativos.
-Nazuna Youkai se encargará del banquete—respondí a una enésima pregunta—Shippo insistió en hablar con su madre antes que nosotros lo hagamos.
-¿Quién se encargará de los anillos?—Ayame recuperó su plática con Koga por instantáneos.
-Miroku es el padrino—di un sorbo a mi soda de fresa.
-¿Y ya sabes qué color usaremos?
-¿Nosotras?
-¿Ustedes?
Mizuki y yo hablamos al mismo tiempo, ganándonos un mohín por parte de Aome.
-Somos tus damas de honor, tonta—lo dijo como si hablara con una retrasado mental.
-Primero Rin debe ver su propio vestido, Aome—habló la pelirroja, concentrada en la pantalla de su móvil.
-Claro—se encogió de hombros— ¡Y ten por seguro que ahí estaremos!
-Te ayudaremos en todo lo que necesites—la frase de Mizuki salió sin un solo tartejo y decidí que me tomaría en serio su ofrecimiento.
Media hora más tarde estábamos brindando, con refrescos de uva, a nombre de mi próximo casamiento y por supuesto de lo excitante que les pareció la idea. La primera del grupo de amigas que se casa.
Cuando terminó nuestra improvisada reunión, me despedí de ellas convenciendo a Aome de que faltaban casi tres meses para la boda, de modo que teníamos tiempo de sobra para hacernos cargo de cada preparativo que se necesitara.
Mientras caminaba hacia la estación del tren y luego durante el trayecto, me cercioré de que las personas indicadas estaban enteradas de la noticia bomba. Mi familia, la de Kohaku, Shippo y mis amigas (claro que de los conocidos de Kohaku se encargaría él).
La pregunta me asaltó repentinamente: ¿Sesshomaru estaría enterado ya?
Lo más probable era que sí, que la orgullosa familia Taisho se hubiese jactado de la buena nueva tan rápido como estalla el nitrógeno.
Jugué con el móvil unos minutos, imaginándome la reacción que él había tenido.
"Seguramente no le ha importado en lo más mínimo", me dije. Aquella respuesta inmediata de mi consciente me hizo sentir triste de nuevo.
A punto de guardar el celular dentro del bolso su timbre me hizo dar un respingo.
Era un mensaje de Kohaku.
"Prepara una maleta, paso por ti a las siete".
Con la confusión pintándome el rostro, respondí.
"¿Maleta?"
Kohaku envió el instántaneo de inmediato.
"Quédate a dormir en mi casa".
Apreté el celular con tanta fuerza que creí que podía llegar a romperlo.
¿Pasar la noche con Kohaku? La idea resultaba demasiado para mi pobre autocontrol.
Desde que dio inicio nuestra relación de noviazgo (y hacía unos días de compromiso formal) Kohaku y yo no habíamos tenido un contacto netamente sexual, de hecho, nuestros acercamientos físicos se limitaban a varios besos que a veces subían de tono sin permitirme jamás sacarme una sola prenda de encima. No conocía el cuerpo desnudo de Kohaku ni él el mío pese a que, a nuestra edad y en la época moderna que vivimos, es de lo más normal tener sexo antes del matrimonio mismo.
No negaba que él es guapo, que sus caricias fogosas llegan a abochornarme, empero, todavía no me siento cómoda con la idea de una entrega así.
"¡Qué demonios, Rin!" me dije y automáticamente me sentí idiota: me inquietaba el sexo con Kohaku pero voy a casarme con él.
Lo ridículo de la idea me frustró.
Luego de una larga meditación al respecto, mirando el paisaje grisáceo de las paredes del subterráneo, concluí que se debía a la sensación de vulnerabilidad que todavía llegaba a asaltarme de vez en vez.
Todo se arreglaría en cuanto selláramos nuestros votos, entonces, no habría motivo para tener miedo porque Kohaku sería mío tanto como yo de él.
Ya no tendría sentido detener sus manos cuando se colaran por debajo de mi blusa, sostuvieran mi trasero o sujetasen mis pechos. Tampoco huiría de su regazo, sintiéndome ligeramente culpable por el bulto entre sus piernas.
"Todo estará bien", me dije. Kohaku es de quien he estado enamorada prácticamente desde que tengo quince años, ahora mi sueño tomaba forma real y sobre todo, había sido él quien tomó la iniciativa determinante para estar a mi lado.
Él era honesto, siempre lo fue: inclusive cuando me rechazó antes, lo hizo de frente y sin darme las alas que yo sola me ponía. Kohaku es el correcto.
Con esa idea en mente, y porque se había vuelto una especie de costumbre a medias, me bajé un par de estaciones antes y tomé otra ruta.
El trayecto fue mucho más concurrido, tuve que ir de pie en un vagón, entre un par de estudiantes de secundaria y un grupo de mujeres mayores que hablaban sobre quiensabequé.
Para cuando llegué a la casa de la abuela Kaede ya había calculado cuánto tiempo me tomaría volver a mi departamento luego y esperar a Kohaku. Quería estar ahí el menos tiempo posible como venía haciendo: casi siempre estaba en casa de mi prometido.
Entré con la llave debajo del felpudo y me dirigí directo a la cocina, donde sabía que estaría la anciana Kaede…lo que no me esperé fue encontrarla ocupada arreglando unos cachivaches que supuse eran de Hojo.
-¿Qué estás haciendo?—pregunté y admito que fue tonto.
-Rin, querida—me sonrió mientras yo dejaba mi bolso de lado—Hojo ha decidido desechar esto, dice que son inservibles pero yo creo que puedo salvarlas.
Hice una "o" perfecta con mis labios y tomé asiento frente a ella; no me atreví a acercar las manos a los varios instrumentos desperdigados por la mesa de modo que me limité a verla trabajar.
-¿Cómo está tu prometido?
-Lo veré más tarde—respondí y aunque no fue precisamente adecuada a la pregunta, supuse que sirvió a su propósito. La abuela cambió el tema.
-¿Y cómo lo ha tomado su familia? Tengo entendido que son un grupo de personas bastante…quisquillosas—se rio suavemente.
Me encogí de hombros, distrayéndome con sus manos que trataban de encajar un tornillo una pieza.
-Me conocen desde años—de nuevo usé una respuesta evasiva que satisfacía los requerimientos de una respuesta directa.
Nos mantuvimos un rato en silencio hasta que me asaltó una idea que antes no había podido exteriorizar.
-Abuela… ¿crees que somos muy jóvenes? Quiero decir…para casarnos—dudé entornando los ojos.
La anciana Kaede pareció tomarlo como si nada.
-Para ese tipo de sentimientos no hace falta tener ninguna edad—había logrado encajar unir las piezas—Además te harás mucho más vieja que yo con todos los preparativos—la broma logró hacernos reír a amabas.
-Las chicas me ayudarán—suspiré—Y la mamá de Kohaku… ¡y la de Shippo!—sonreí ligeramente, aliviada de no tener que cargar con todo eso yo sola.
-De todas formas te tengo un regalo adelantado—su sonrisa se ensanchó como si disfrutara de un chiste privado, o al menos yo no entendía de dónde salió la mueca casi maquiavélica.
Dejó lo que hacía y alzó los ojos por encima de mi hombro.
-¡Hojo! Que bueno que ya estás aquí—dijo con la misma sonrisa orgullosa—Estaba a punto de avisarle a Rin de tu amable ofrecimiento.
Me volví sobre mi hombro, frunciendo el ceño con confusión.
Mi primo me lanzó una mirada gélida y enfiló hacia las escaleras.
¿Y a este que mosco le picó? Hojo es huraño pero al menos se digna a saludarme cuando los visito.
No creo que realmente esté molesto por mi boda…
-Hojo será tu ayudante oficial—anunció la abuela con gran satisfacción.
Me volví de golpe a ella, olvidándome como cerrar la boca; Kaede, con toda normalidad había retomado su trabajo.
-¿Eh?—musité luego de un rato de total desconcierto.
-Su horario laboral termina casi igual que tus clases, querida—explicó ahora ocupada con una pequeña manita de madera—Así que te llevará a ti y a tus amigas a donde necesites.
-¿Eh?—repetí todavía sin comprender.
-Durante los preparativos, Rin.
Nuevamente fijo mis ojos en las escaleras, mordiéndome los labios con real nerviosismo.
¿Desde cuándo mi hermetico primo hace ese tipo de obras buenas? Oh, claro, eso es imposible, de modo que la responsable debe ser… ¡la abuela!
Me vuelvo a la delicada y bromista abuela Kaede para mirarla atentamente, ella ha comenzado a hablar sobre el tío Totosai, cómo reaccionó a la noticia (con la misma emoción con la que se entera que a las siete ya se considera noche), también sobre mi primo Amari Nobunaga y que habían decidido viajar para la boda…Pero yo sigo estancada en Hojo.
Abro la boca para preguntar pero prefiero ir directo a la fuente, me pongo de pie y avanzo unos pasos.
-Si fuera tú no lo molestaría ahora—me interrumpe la abuela—Desde ayer está de muy mal humor—suspira como si nada.
"No me imagino por qué", pienso sarcásticamente.
Vacilo en mi sitio, viajando mi mirada del final de las escaleras hacia la cocina, donde la abuela sigue entusiasmada con darle mantenimiento a aquellas piezas viejas.
-Llámalo cuando lo necesites—sentencia con una gran sonrisa despreocupada que me hace reafirmarme que es una pésima idea hablar con Hojo.
-Tengo que irme—anuncio en cuanto oigo la puerta de la habitación de mi primo abrirse.
Luego huyo de ahí.
Había empacado y desempacado al menos cuatro veces. Era claro que solamente pasaría un par de días con Kohaku, puede que incluso menos…Por tanto, no estaba segura de lo que debía cargar conmigo.
Al final decidí meter un par de tejanos, tres playeras, mis zapatos deportivos y cuatro cambios de ropa interior porque…porque sí.
Intenté no pensar mucho en que la última vez que preparé un equipaje ligero para pasar la noche fuera de casa, fue luego del accidente de papá y claro…cuando Sesshomaru y yo teníamos ese erróneo acuerdo sexual.
En lugar de seguir pensando en él, sus sonrisas altaneras o su poderoso cuerpo masculino enredado al mío, me enfoqué en el enfado. En seguir odiándolo como él lo hacía conmigo.
Kohaku llegó puntual como era de esperarse de él, llamó a la puerta y recibió estoicamente mi abrazo.
El camino hacia su departamento fue prácticamente en silencio, roto por mis tarareos susurrados de alguna canción al azar que sonaba desde su estéreo.
Una vez que estuvimos en su departamento, Kohaku se descolgó mi mochila, dejándola sobre el sofá. Por mi parte, me mantuve mirando atentamente ningún punto real en el frente, nerviosa a partir de ese proceder. ¿Kohaku esperaba un encuentro sexual?
Me mordí los labios, indecisa.
-Rin.
Di un respingo y me volví a él.
-Si vivirás aquí vas a necesitar tener una copia—me extendió una pequeña llave plateada.
La garganta se me secó en un satiamén; Kohaku debió darse cuenta de mi turbación porque se acercó a mí sujetando mi mano y depositando dentro el pedacito de metal.
-Serás mi esposa—exclama tan cerca que su aliento choca contra mi frente, colándose por entre mi cabello.
Con una inhalación profunda fui alzando el rostro, encontrándome con sus labios, Kohaku me pasa un brazo por la cintura atrayéndome a él.
-En…ese caso—carraspeo una vez que nos hemos separado. Me escabullo de su agarre en busca de mi bolso, lo revuelvo por dentro hasta hallar la única llave que tengo de mi departamento.
Cuando me vuelvo a él, comienzo a pelearme con el arillo de metal de mi llavero.
-Es la única que tengo—voy diciendo con toda mi atención en la difícil labor de deshacerme del aro de metálico. "La copia y el repuesto están con tu tío", me abstengo de agregar—Así que tendremos que visitar a un cerrajero para…-me interrumpo al notar la llave que abre la casa de mi profesor. Me ha temblando la voz.
-Múdate acá—exclama Kohaku colocando una mano sobre las mías, captando mi atención de nuevo.
-Lo haré—respondo mecánicamente.
-A partir de mañana, Rin—corrige. Su par de ojos son tan fijos que no deja lugar a dudas.
Los labios me tiemblan y el estómago se me encoge.
-¿Por qué?—pregunto tontamente, lo admito.
-Quiero que estés aquí.
Volver a cuestionar sus motivos sería demasiado idiota hasta para mí así que opto por una salida que me permita meditar su proposición con detenimiento más tarde.
-Sé que últimamente he pasado aquí casi todo el tiempo—comienzo—Pero…si me mudo antes de la boda ¿cuál será la emoción de la vida juntos?
Eso salió mejor de lo que esperaba.
Kohaku entorna ligeramente los ojos negros. El tiempo que tarda en responderme es el mismo en el cual mis nervios comienzan a crisparse.
-¿Eso es lo que quieres?—inquiere al fin.
Asiento varias veces sintiéndome una niña pequeña.
-Como sea—resopla con aburrimiento tomando de entre mis dedos la llave que hace un rato le ofrecí.
Ahogo un suspiro de alivio.
-Iremos al cerrajero mañana.
Le dedico una sonrisa antes de tomar mi mochila y dirigirme hacia su dormitorio, me pregunto si es muy temprano para ponerme el pijama.
El reloj despertador de Kohaku indica que son las siete treinta.
Dejo encima de la cama mi maleta y hurgo dentro, no he llegado al fondo de mi equipaje cuando siento las frías manos de Kohaku tallarse contra mi cintura, rodeándome el estómago.
Me tenso escondiendo mi nerviosismo con el cabello.
-Kohaku—murmuro. Por respuesta recibo un monosílabo ahogado contra la piel de mi cuello.
Retengo el aliento conforme voy percibiendo la firmeza de su cuerpo apoyarse contra el mío, su hálito juega contra mi dermis, erizándola, sus manos siguen presionando mi abdomen hacia atrás, empujando por consiguiente mi trasero hacia su endurecida entrepierna.
Él empuja mi mochila al suelo, dándome la vuelta luego. Sus labios atacan los míos si bien no he terminado de apoyarme sobre mis dos pies; cierro los ojos recibiendo el calor de su boca unida a la mía.
Le cuelgo los brazos a los hombros, permitiéndole a su lengua húmeda colarse entre mis labios. Suelta un gruñido hincando los dedos a mi espalda.
Sus palmas bajan por mi cadera hasta el trasero, lo aprietan y me levanta; un acceso de vértigo me asaltó cuando creí que iba a caer, aunque fue el mullido colchón el que recibió mi peso.
Carraspeo tratando de recuperar el aliento que perdí en medio del beso, retrocedo automáticamente siendo seguida por Kohaku, quien a horcajadas se sube encima, obligándome a encajar la espalda a la colcha.
Comienzo a sentirme asfixiada aunque no recibo ni un gramo de su peso, creo que la sensación se debe a que acabo de darme cuenta de sus intenciones.
Dejando un camino húmedo, su lengua delinea mis labios para luego enfocarse en mi mentón; sus palmas suben por mi silueta, encajándose en mis costillas al tiempo que comienza a presionar contra mí.
Mis manos han estado quietas entorno a sus hombros así que no es sino hasta ese momento que doy cuenta del bulto que choca entre mis piernas.
Tiemblo empujándole por el pecho, buscando algo de espacio entre nosotros; sin importar que la humedad comience a hacer aparición como reacción de mi cuerpo a sus besos, no me siento preparada todavía.
Su piel se ha tornado tan caliente que la temperatura es evidente incluso a través de la ropa, sé también que la sangre ha llenado mis mejillas y que Kohaku adjudica mi falta de aliento a excitación. Y aunque no está del todo equivocado, no es la única razón.
-Espera…-pido aunque salió parecido a un gemido—Despúes de la boda—agrego acordándome de mi ardua meditación de aquella tarde.
Kohaku se detiene, siento su suspiro cansino contra mi oreja antes de que se incorpore sobre ambos brazos. Sus pupilas negras me atraviesan.
Como no dice nada, ni bueno ni malo, me muerdo los labios mirándolo casi con disculpa.
-No me mires como si estuviera a punto de robarte la virginidad, Rin—recrimina con duerza.
Me entierro en el colchón porque mi experiencia sexual es el último tema que quiero tratar con él.
-Es solo…que…
-Entiendo, no soy estúpido—interrumpe apartándose de encima, se deja caer con ligereza a mi lado, flexionando una pierna para disimular la erección.
Me muerdo los labios de nuevo, atreviéndome a mirarlo, inesperadamente (hasta para mí) le sujeto la mano, entrelazando nuestros dedos. Kohaku me mira.
-Realmente quiero…-vacilo sin estar segura qué decir a continuación.
-Si es importante para ti esperar, por mí está bien—taja en tono fastidiado, seguro no le ha gustado tener que consolar mis dudas mostrando su lado más humano.
Asiento agradecida realmente.
-Será como…mi regalo de bodas para ti—me atrevo a decir, buscando aligerar la atmósfera como una broma.
Kohaku sigue mirándome sin rastro alguno de diversión.
-Puedo esperar.
-Más te vale porque si no…-finjo horror-¡Kohaku Taisho!—él enarca una ceja con aire soberbio-¡No me digas que finjes casarte conmigo para llevarme a la cama!—me llevo la mano libre al pecho y soy testigo de su gesto de hartazgo ante mi pésimo chiste-¡Nunca creí eso de ti!—añado ya sin poder disimular mi sonrisa juguetona.
-¿Te piensas que involucraría a mi familia en una tontería así?—resopla.
-Miroku haría lo que fuera por ti—acoto.
-No seas ridícula, Rin—rueda los ojos y se deja caer con pesadez sobre la almohada.
Hago un mohín.
-Kikyo te ama mucho…-insisto en voz baja ganándome que Kohaku aferre mi mano con la suya y tire de mí hacia él.
-Que torpe eres—dice acariándome los cabellos con su mano.
Parpadeo confundida sin saber muy bien de dónde ha salido eso, luego recobro un poco la confianza en nuestra relación ahora que he apelado a los años de amistad.
-Seré tu esposa—digo y admito que fue fuera de contexto.
Luego, me escabullo contra su pecho, recibiendo sus brazos entorno a mi cuerpo y cierro los ojos.
Me apetece dormir a su lado un rato, sobre todo ahora que tengo el presentimiento de que todo en mi vida será demasiado acelerado para mi triste concepción de tiempo.
En tres semanas habían ocurrido demasiadas cosas que al mismo tiempo, oía decir, no eran ni la mitad de lo que vendría con el futuro.
Para comenzar, lo único que parecía darle realismo a mi boda con Kohaku eran las invitaciones esparcidas con la anticipación educada que Kikyo Taisho especificó. Está de más decir que fue ella quien eligió el modelo y también la forma de entrega: por correo.
-Será más romántico—dijo ella mirando a su hijo poner mala cara. Por mi parte, me mantuve al margen porque mi buen gusto no era tan refinado, además en serio me gustaron los modelos con papel reforzado color mate, con relieves y letras oscuras para nuestros nombres.
Mizuki fue la dichosa acompañante que estuvo a mi lado, dándome empujoncitos de vez en vez cuando Kikyo me preguntaba sobre mi opinión entre el relieve de rosales de un modelo y el de lirios de otro. En esos momentos, salía de mis pensamientos y excusaba mi falta de convicción con la vergüenza a elegir mal.
Kikyo me sonrió (diciendo algo sobre los nervios del día más importante de mi vida) y se ocupó del resto.
Ese fue el primero y último preparativo que llevábamos ejecutado Kohaku y yo en conjunto. Él me informó que, junto a su padre y Miroku , iría a hacer la reservación en el Midorico y prefería que no me acercara ahí hasta que el salón estuviese más o menos presentable.
Lo deje ser.
En esa misma tarde acordamos dividir los gastos según nuestros recursos y él me entregó control total a su cuenta de ahorros, asegurándome que el banco estaba enterado que yo podía firmar cheques de esa cuenta a partir de ese momento.
El instante debió ser terriblemente enorgullecedor porque tuvimos muchos pares de ojos mirándonos, aunque yo solo me sentí cohibida.
Como dije, todo estaba ocurriendo demasiado rápido pese a que en realidad tampoco eran muchos sucesos.
Todavía tenía que ocuparme del resto de preparativos…
Mi relación con Kohaku parecía irse afianzando cada vez más; él acostumbró pasar por mí al finalizar las clases cada día hasta que se convirtieron un engorro sus exámenes finales y los míos. Dado que él había terminado con los protocolos mucho antes que yo, solo le quedaban las últimas clases, mientras que a mí todavía me quedaba un camino desesperante para terminar la carrera.
Pese a que estábamos en los primeros días de junio, y a que normalmente no estaríamos en la brecha del final, los estudiantes de último año nos veíamos inmersos en un calendario diferente: como un consenso tácito de todas las universidades (y profesores), nuestras obligaciones parecían precipitarse en comparación con los compañeros de grados inferiores.
Inclusive dos de los docentes de mis asignaturas se habían despedido ya, llenando el espacio de sus clases con cualquier ocupación que les viniera a la mente.
Poco a poco mis ocupaciones en la escuela fueron desapareciendo, quedando solamente unas cuantas clases (de los profesores más exigentes) y por supuesto, las sesiones de tesis con Sesshomaru Taisho.
Se había enterado de mi compromiso con la premuera que imaginé antes, y de la misma manera su reacción fue nula.
Nunca le pregunté tampoco a Kohaku la reacción de todos y cada uno de sus familiares al enterarse de la boda…ni él me lo dijo.
Mi profesor siguió con la misma indiferencia natural (y soberbia) hacia mí, con la única excepción de su mal humor que parecía estar desatado. Por lo demás, su mirada altiva seguía siendo la misma, también su porte gallardo al moverse…y las chispas de bochorno que me bajaban por entre las piernas cuando se removía sobre su asiento detrás del escritorio, y la camisa se enmarcaba a sus músculos.
Escuché que sus otros dos asesorados de tesis habían sido cruelmente exhibidos por Sesshomaru, obligándolos a iniciar casi desde cero. Me pregunté cuando iba a desquitarse conmigo por haberle arruinado su perfecta reputación y entré en pánico.
Intentaba concentrarme en su clase todo el tiempo que duraban, empero mis resultados siempre fueron pobres, sobre todo luego de que ya no tuviese el pretexto de Kohaku esperándome en el estacionamiento para huir. Me esforzé por obtener sobresaliente en su último examen, y aunque todos en clase dieron por sentado que una vez iniciado el verano, Sesshomaru nos dejaría libres, él mantuvo su estricto apego por finalizar el amplísimo programa de estudios.
A Sesshomaru yo no le importaba en lo más mínimo y eso…supongo que estaba bien porque yo lo odiaba y él a mí. Él fue un terrible error.
Apenas había convencido a Aome de evitar parlotear mucho respecto mi compromiso, el pretexto ideal fue evitar mal entendidos con el Consejo Estudiantil si se sabía que mi asesor de tesis era tío de mi futuro esposo (cómo si eso fuera tan grave como haberme acostado con él), aunque en realidad no quería ser el centro de atención, de señalamientos reprobatorios sobre mi edad o falta de madurez…y más que nada, quería evitar mencionar el compromiso delante de Sesshomaru.
Llámenme idiota total, sin embargo, no me parecía correcto parlotear sobre una relación frente al partícipe de la anterior (sea como esta haya sido o terminado). La idea no era atractiva ni por asomo, pese a que a él le tenía sin el más mínimo cuidado.
Y aunque no entendía el motivo me encapriché con ello, de todas formas no quería ponerme a pensar en ello con más detenimiento…
A lo mejor alguna vez me enteraba por qué…o me quedaba con más dudas que, malévolamente para mi mente, seguían teniendo relación con Sesshomaru Taisho.
No me acordaba que los primeros indicios de verano fueran calurosos pese a encontrarnos apenas en la brecha final de la primavera. Sea como fuere, los rayos del sol lograban acalorarme casi de inmediato dentro y fuera del departamento… Los meses que se avecinaban pintaban para ser realmente intensos. O quien sabe.
De cierta manera me encontraba más a gusto con esa calidez porque me evitaba cargar abrigos y bufandas, aunque, pese a quien le pesara (es decir, a mí), el motivo de mayor peso era que el calor no me hacía pensar tanto en Sesshomaru como lo haría un frío glacial.
Mientras iba pensando en los pros y contras de esta nueva estación, me alisé la falda.
Al alzar la mirada al gran espejo frente a mí me di cuenta que nunca antes me había percatado de lo simbólico que puede llegar a ser un color. En este caso, el blanco.
Había usado antes ese color, en varias ocasiones de hecho, aunque nunca antes me sentí especialmente atada a él, como si con usarlo todos sabrían (me conocieran o no) que iba a casarme.
Aspiré hondo repasando mi apariencia en el reflejo, desde los tacones gris pálido, el corto vestido blanco con un delicado vuelo (que según Ayame le recordaba a todos que tengo menos de veinticinco años), ceñido en mi cintura con una delgada cadena plateada y que continuaba en mi torso con la misma soltura que la falda. Me había dejado peinar por Aome para la ocasión aunque me rehusé a que me utilizara como maniquí para su maquillaje.
Llevaba el cabello recogido en un moño alto al más estilo desfachatado, inclusive la azabache me había colocado una especie de peineta brillante al costado.
-Se elegante por una vez en tu vida, Rin—había dicho con alegre burla.
Apreté mis manos entre ellas, repasando cada suceso ocurrido de tres semanas a la fecha…desde que Kohaku me pidió casarnos. Cuando llegaba a ese punto me perdía así que dejé de intentarlo luego de la cuarta vez y preferí concentrarme en calmar el pulso acelerado de mi cuerpo.
-Respira—me animé en voz lo suficientemente alta como para saber que todavía era capaz de hablar pero no lo suficiente para que algún oído indiscreto escuchara.
Retrocedí un paso pero de inmediato volví a plantarme en el mismo sitio.
-Vamos, Rin—gemí obligándome a soltarme a mí misma.
El barullo ahogado que me taladró los oídos también me devolvió a la realidad. Con una profunda inhalación de valor me volví sobre mis talones, me hice con la copa de champagne todavía intacta y me escabullí por el estrecho pasillo ataviado con espejos como adornos, hacia el centro del salón.
El sitio había sido sugerido por Kikyo y Miroku, y yo acepté la propuesta automáticamente.
Desde que llegué, media hora antes, noté que no era precisamente amplio, aunque las que me encandilaron fueron las luces doradas que brillaban desde los techos de madera, iluminando las vigas como si de luciérnagas de trataren; las paredes eran de duela barnizada en colores oscuros con la excepción de la sur, que consistía en altos ventanales que reflejaban a todos los asistentes y al mismo tiempo invitaban a cruzar hacia el pequeño jardín.
A pesar de haber bastantes mesas por todo el salón (sin espacio para ninguna pista de baile), casi nadie estaba sentado, de hecho, la mayoría de los invitados estaban agrupados y esparcidos por cada rincón.
La mesa de los aperitivos estaba estratégicamente escondida en el lado oeste, junto con el licor, y el aroma a especias inundaba mi nariz conforme me acercaba.
Tal como supuse, apenas puse un pie cerca de los invitados, recibí bastantes miradas que iban desde los saludos cordiales hasta la satisfacción.
Inventé mi mejor sonrisa para no evidenciar mi ansiedad y le di un sorbo a mi copa. El líquido frío recorrió mi garganta refrescándome al instante dentro de ese cubo elegante plagado de los invitados a nuestra cena de compromiso.
Mis padres no habían podido asistir. Sus finanzas no costeaban dos viajes a Tokio junto con la terapia de papá, y permanecer aquí hasta la celebración de la boda sería perjudicial para el trabajo de mamá. Papá podía seguir percibiendo la pensión pero…no sería igual.
Por ello, la anciana Kaede hacía doble papel.
A diferencia de mi familia (que eran mi abuela y mis primos), la de Kohaku era realmente numerosa; ellos llenaban prácticamente todo el lugar, dejando solo espacio extra para amigos cercanos de Kohaku y míos.
Di otro sorbo a mi copa mirando entre las pestañas el escenario que era mi fiesta de compromiso.
Estar ahí, con invitaciones enviadas y muchos preparativos que organizar…la hacía casi real.
¿En serio iba a casarme con Kohaku?
Me sentí intimidada y preferí dejar de lado el champagne antes de cometer una tontería.
La escandalosa risa de Shippo me sobresaltó, de inmediato lo busqué con la mirada, encontrándolo con mi prometido y su grupo de amigos. Tenía la atención de los chicos puesta en él y hacía aspavientos con las manos mientras contaba una anécdota que seguramente era divertida. Miroku (de la mano con Sango, quien no se le despegó a su novio para evitar malos tragos con sus "suegros") estaba atento también, aunque Shippo hacía todo lo posible por ignorarlo. Resoplé en silencio: el rubio era la persona menos indiscreta del mundo y también la más infantil. ¿Acaso no pensaba disculpar a Miroku todavía por ser él el padrino de anillos?
Tras unos segundos de resignación me fijé en Kohaku, él metido en un traje negro y camisa blanca, a veces separaba los labios para intervenir en la charla.
Quise murmurar su nombre para ver si eso hacía las cosas menos fantasiosas y se me iba la sensación de miedo que desataba mi nerviosismo.
Una vez que se hiciera el anuncio frente a todos ya no habría marcha atrás, él y yo estaríamos conminados a cumplir hasta el final con nuestra palabra.
Reconocí una punzada de incomodidad así que me apuré a pensar en él como quien es: mi destino. Mi sueño.
¿Cómo se vería Sesshomaru metido en un papel de hombre comprometido?
Tarde me di cuenta de mis pensamientos, los hombros se me crisparon y me recriminé por tener ideas tan estúpidas.
-Te juro que no va a huir, Rin—habló Aome de la nada, sujetándome por un brazo.
Me volví a ella dando un brinco. Mi expresión debió ser suficiente porque ella se explicó:
-Llevas viendo a Kohaku más de cinco minutos—sonrió de lado con burla.
-Lo siento—musité sin saber bien por qué.
-¿Por qué? ¿Tienes miedo de que se arrepienta?—siguió burlándose mientras inflaba los pechos dentro de su escotado vestido negro.
Torcí los ojos.
-Cállate, Aome—gruñí. Mi amiga se encogió de hombros y me atrajo hacia ella, dí un paso frunciendo el ceño.
-¿O es que tienes ganas de quitarle la ropa ya?—murmuró con una sonrisita tonta que solo me ruborizó.
Me quedé sin palabras porque no estuve segura si negar tan tajantemente hubiese sido contrapruducente. Ella ensanchó el gesto triunfal y tiró de mí hacia la mesa junto a la cual Mizuki y Ayame charlaban animadamente.
Koga, ajeno a nosotras, charlaba con Ginta.
Para aliviar mi estrés quise imaginare de qué podría estar hablando Koga con el amigo de Shippo si los dos eran titánicamente herméticos. Sirvió.
-He traido a la novia—anunció Aome a mis amigas, robándose la aceituna de una copa.
-¿Dónde estabas, Rin?—inquirió Ayame. Antes de que pudiera responder, Aome lo hizo por mí.
-Desnudando a Kohaku en su mente—se metió la oliva en la boca.
Mizuki me miró escandalizada y yo solo pude torcer los ojos.
-Necesitaba un momento—admití.
-¿Te sirvió?—mi amiga pelirroja parecía preocupada.
Asentí en silencio.
-Pues más te vale dejarte de "momentos"—Aome tomó la segunda aceituna—Tenemos un montón de cosas que hacer.
Fruncí el ceño y ella pareció exasperarse.
-¡Los preparativos!—gimió—Vestido, zapatillas, joyería, los atuendos de tus damas de honor…
-Tenemos mucho tiempo—interrumpí sin ganas para ser parte de la misma verborrea. Cuando eso ocurría todo parecía girar demasiado rápido, fuera de mi control.
-Dos meses—puntualizó Aome, con medio palillo metido en la boca.
-Tiempo suficiente—lo dije rápido, fingiendo distraerme en hallar mi propia aceituna.
-Has pasado casi un mes sin organizarte—insiste—Mizuki me dijo que Shippo le dijo que todavía no vas a ver a Nazuna. ¡No puedo hacerlo todo por ti!
-Aome…
-Ya vi los ramilletes con mi madre pero no puedes retrasar más el vestido, o…o…
-Déjala disfrutar su cena de compromiso, Aome—regaña Ayame.
En ese instante ambas comienzan una discusión amigable sobre el poco tiempo que tenemos y me pregunto cómo se pondrán cuando sea su boda la que tengan que organizar.
Resoplo sintiéndome extrañamente derrotada.
-Rin
La vocecita de Mizuki me llama, me vuelvo a ella preguntándome si acaso escuché bien; ella habla tan bajito que es difícil lograr escucharla a veces.
-La…señora Youkai dijo que cancelaste la…cita—musita mirándome atentamente—Tampoco…tampoco me has…respondido para la decoración.
-No hay prisa—me encogí de hombros de la mejor manera que pude.
Ella frució los labios con consternación, lanzó una mirada hacia Kohaku y luego volvió a fijar sus inquietas pupilas claras en mí.
-Rin… ¿Tú no estarás atrasando los preparativos a…propósito?—su pregunta sale casi aterrorizada pero no tartamudeó.
El aliento se me escapa en ese momento y solo puedo negar en silencio.
¿Por qué haría algo como eso? Voy a casarme con mi sueño hecho realidad…con el hombre que se supone que amo.
¡Alto ahí!
Freno mis pensamientos porque sé que irán a parar a Sesshomaru y entonces la pregunta de Mizuki cobraría algo de sentido, ya que, volvería a cuestionare mi falta de convicción en el paso que estoy a punto de dar.
Por fortuna, antes de que ella insista (o yo tenga que seguir hablando), la mano fría de Kohaku se coloca en mi brazo atrayendo mi atención.
-Ven un momento—sentencia contra mi oído, tirando de mí.
Le sonrío con disculpa a Mizuki y me dejo hacer, aliviada de no tener que seguir con esa conversación.
Soy consciente que de pronto nos hemos convertido en el centro de atención mientras avanzamos por entre los invitados. Por el rabillo del ojo presencio sonrisas enternecidas (sobre todo del tío Hakudoshi y Shiori), también la mirada entusiasmada de Sango.
El príncipe azul Taisho nos mira atentamente, su gesto es gentil.
No veo a Sesshomaru por ninguna parte, es más, creo que ni siquiera acudió Inuyasha, pese a que ambos fueron invitados por la madre de mi prometido.
"Es mejor", sentencio.
Kohaku me dirige hacia la pared de vidrio, nos desviamos a la izquierda, para seguir en paralelo al muro, hasta hallar una puerta de madera que él abre con soltura.
Cruzo el dintel antes que él y permanezco un momento del otro lado, agradecida por la brisa fresca que me envuelve el cuerpo en el exterior.
El jardín está completamente oscuro gracias a la falta de lámparas, así que solo me queda confiar en que mis ojos se acostumbren pronto a la oscuridad. Mientras espero, me concentro en el aroma a tierra mojada que nos envuelve.
Kohaku me sujeta por la muñeca y volvemos a nuestra caminata ahora por una especie de delgado camino empedrado. Es realmente difícil caminar por ahí usando tacones así que pierdo el equilibro un par de veces; luego de la segunda Kohaku desiste de ser solo mi soporte así que, en total silencio, me levanta entre sus brazos.
Me tenso y miro hacia el salón: nadie parece estar mirándonos por lo que presumo que la negrura es demasiado espesa para que alguien notase que los novios se hunden en las penumbras…con propósitos que la chica desconoce…
-Kohaku—vacilo. La ansiedad ha regresado.
-Eres muy torpe—dice él, como si nada.
Me muerdo el interior de la mejilla para no recordarle que él no está usando tacones de doce centímetros.
De pronto él se inclina y me deja en el suelo, mis zapatillas se hunden ligeramente así que supongo que estamos sobre pasto.
A estas alturas mi visión ha logrado acostumbrarse a la noche, de modo que identifico el muro a nuestro lado (plagado de enredaderas) y reconocer la silueta del camino que seguimos antes.
-¿Qué hacemos aquí?—pregunto apenas el aliento caliente de Kohaku golpea mi nariz—Todos están dentro, van a preguntarse dónde estamos y yo paso de que piensen que estamos haciendo algo malo—parloteo.
-Que piensen lo que quieran. Te traje aquí por algo que voy a darte—exclama, serio totalmente.
Frunzo el entrecejo en medio de la oscuridad.
-¿Puedes permanecer sin caerte?—inquiere y asiento en silencio. Acto seguido Kohaku me suelta y su presencia desaparece en un momento.
Tardo unos segundos en comprender que se ha agachado…no…se está hincando.
El corazón se me encoje con ansiedad y la garganta me escoce debido a mi respiración errática.
Me acaba de asaltar una sensación difícil de comprender, entre el miedo y el nerviosismo.
Pese a la oscuridad logro distinguirlo introducir la mano dentro de su saco, extraer una pequeña cajita cuadrada cuyo modelo sería reconocible hasta para el más idiota.
-Cásate conmigo, Rin—dice con voz grave—Y…permanece a mi lado.
Mi corazón se acelera ansioso, casi temeroso por una respuesta que ambos conocemos.
No obstante esa turbación, la posición de Kohaku me enternece profundamente porque él no es así normalmente. Las muestras de cariño que él tiene con las personas son al más puro de su estilo (frío e indiferente). Que esté con una rodilla clavada al suelo, frente a mí, sosteniendo un anillo de compromiso, es un hito que atesoro totalmente.
-Acepto—repito en el mismo tono que utilicé cuando me lo pidió la primera vez.
Kohaku se pone de pie, acariciando mi mano en el proceso, da un pequeño paso en mi dirección y a continuación voy sintiendo el frío metal de la sortija deslizándose por mi anular izquierdo.
Me muerdo los labios, pegándome a su pecho, recibiendo su brazo rodeándome los hombros mientras su mano libre eleva mi barbilla.
Sus labios son suaves contra los míos.
-Gracias, Rin—murmura, apretándome contra él.
-Gracias, Kohaku—susurro a mi vez, sonriéndole. No sé si antes he sido tan sincera con él, aunque lo cierto es que realmente estoy muy agradecida.
Cuando alzo los ojos a él descubro su sonrisa, sincera. Sus orbes negros se han relajado al punto de poder decir que no tiene mal genio.
Y también está coqueteándome.
Carraspeo porque no sé muy bien qué hacer a continuación, él me aprieta la mano izquierda y entonces me enfoco en mirar la piedrecita blanca que brilla con su propio resplandor en medio de la noche. Es muy bonita.
En eso estoy cuando Kohaku coloca su mano en mi cabeza.
-Hay que volver—dice luego.
-¡Sí te atreviste, Kohaku!—grita Shippo y es la primera reacción que recibimos una vez que volvemos al salón.
El interpelado endurece la mirada y frunce el ceño pero se ahorra la respuesta grosera porque de pronto somos el centro de la atención de todos los asistentes.
Me ruborizo totalmente y mi prometido aprieta ligeramente mis dedos que se entrelazan a los suyos.
Mi pánico escénico hace de las suyas dado que el total de los invitados se ha vuelto a nosotros formando una media luna. Kohaku tira de mí y quedamos totalmente pegados.
Y entonces…todos aplauden.
No estoy segura si nuestro silencio funciona como anuncio formal al compromiso, pero al parecer así es.
Alcanzo a ver la expresión dulce de la abuela Kaede (que me hace imaginar la de mis padres), también la sobria de Hojo, la emoción en los gestos enternecidos de mis amigas (que seguro van a pedirme una reconstrucción de lo ocurrido afuera), también el gesto de orgullo de los padres de Kohaku, la felicidad en los orbes verdes de Shippo, la sonrisa gentil de Miroku y la animada de Bankotsu…
Kohaku está levemente tenso a mi lado y reconozco que como yo, no está muy cómodo con ser el centro de atención. Aunque al menos él no vibra como una hoja o tiene las mejillas ruborizadas por la vergüenza.
Como la pena es demasiada como para mirar a un solo punto, decido viajar mi mirada de nuevo por los presentes…y encuentro a Sesshomaru.
Sus ojos avellana están fijas en mí, la resolución gélida y su mandíbula tensa me hacen creer que está a punto de asesinar a alguien.
Encojo los hombros y por instinto aprieto la mano de Kohaku, porque también he perdido el aliento. Los trocitos de mi corazón están temblando, mientras se sujetan entre ellos para no desmoronarse.
Sesshomaru es el único que no aplaude, simplemente está de pie, alejado de la conglomeración junto a su hermano.
Nos mira.
Me mira.
La garganta se me anuda con un malestar conocido que no quiero que se presente ahora porque, según su intensidad, es capaz de vencerme. Además, mi profesor luce jodidamente atractivo metido en ese atuendo elegante que contrasta con el tono pálido de su piel. Al contemplarlo las piernas me tiemblan, me siento acalorada y me aguijonea una urgencia peligrosa…
Previniendo mi propia seguridad, aparto la mirada que va a cruzarse con la de Shippo; mi amigo aplaude con menos entusiasmo que antes y ahora frunce el ceño con total desconcierto. Sus ojos jade vuelan hacia la dirección donde antes estuvo mi mirada, es inevitable que no encuentre al causante de mi turbación. Cuando su mirada vuelve a mí, me doy cuenta de su contrariedad.
Carraspeo involuntariamente recuperando el aliento perdido y actuando mecánicamente ante la posibilidad (y el miedo) de que mi amigo comience a dudar. Miro a Kohaku y sonrío ampliamente.
Mi prometido deshace el agarre de nuestras manos segundos antes de que su madre termine la distancia entre nosotros para rodearnos con sus brazos.
Torpemente voy correspondiendo las palabras de aliento y los abrazos de los que ahora soy partícipe. Al parecer todos los invitados han acordado que es el momento de las felicitaciones y van desfilando en grupos desiguales hacia nosotros.
Todavía alcanzo a ver a Sesshomaru entre las personas, no se ha movido de su lugar.
Cuando nuestras miradas se cruzan, él alza el mentón con la expresión de ironía y burla autosuficiente que tanto me fastidia.
Cuando mis amigas me rodean, acompañadas por Sango, dejo de mirarlo para concentrarme en la sortija que comienzan a admirar. Cuando yo también la contemplo me doy cuenta que esto es real, este anillo simboliza mi compromiso con Kohaku. Mis intenciones de ser feliz.
Es real: voy a casarme con Kohaku.
A partir de allí, con esa idea en mente, me enfoco en disfrutar el resto de la noche.
El agua baja por mi garganta calmando la picante sed que venía atormentándome desde que abrí los ojos; junto los párpados, me apoyo en el muro y me permito disfrutar de ese instante de soso placer.
Antes de dar otro sorbo me pregunto si el nivel de mi malestar se acerca al de mis amigos, con una sonrisa concluyo que no.
Mi dolor de cabeza, que se debe en realidad al desvelo y los estallidos de adrenalina en mi sistema nervioso, no debe ser, ni por asomo, la milésima parte de la resaca que deben tener Shippo y Kohaku, los amigos de mi prometido y hasta sus primos.
No lo molestaría sino hasta pasado el medio día.
Probablemente Aome es la única que competiría con ellos en un estado de malestar luego de la borrachera que le siguió a la cena de compromiso.
Para ser franca en un principio me había negado rotundamente a mancillar los recuerdos luminosos de la fiesta con una juerga (idea de Shippo) donde le dejaríamos a todos en claro que los próximos a casarnos tenemos ventitrés y veinticuatro años.
Al final, tras una insistente sonrisa de mi mejor amigo (tan grande como el Sahara), tanto Kohaku como yo nos vimos arrastrados al departamento de mi prometido y de ahí todo fue bebida y felicitaciones reiteradas.
Cuando Kohaku me devolvió a casa, a eso de las cinco de la madrugada, apenas se le notaban los estragos del cansancio o el alcohol, lo único que lo delataba era el rubor en sus mejillas normalmente cetrinas.
Me terminé el vaso de agua y lo dejé dentro del fregadero, a medio camino mis ojos se cruzaron con la sortija que se agarraba a mi dedo anular. Portándola mi discresión acerca del asunto iba a desvanecerse.
Resoplé y alcé la mano hacia la luz del foco, la luz artificial chocó contra los bordes regulares de la piedra blanca, centelleando en diminutos rayos de colores transparentes.
Era muy bella. Me gustaba.
La noche anterior, durante la cena, el anillo de compromiso fue el tema predilecto de todas las mujeres, ya no me acuerdo de cuántas veces estiré la mano para que pudiesen admirarlo. El patrón siempre fue el mismo: un gemido de terneza al que le seguía un gritito de envidia.
En un punto pensé en sacarme el anillo y dejarlo pasar de mano en mano para su correspondiente análisis, pero lo descarté porque no sería lo correcto…y no me atrevería a comportarme de esa forma tan despreocupada con un regalo de Kohaku.
Él me había mirado fijamente, sorteando a las chicas que se arremolinaban entorno a mi mano izquierda, su gesto neutro no era el de "adolescente engreído" que decía Sesshomaru, sino de un hombre que me apreciaba realmente. Con el que podía ser feliz.
Su tío, altanero como siempre, permaneció alejado de la mayoría de las muestras expresas de buenos deseos, siempre acompañado de su hermano menor. No volvimos a cruzar miradas…
Sacudí la cabeza, empujando fuera de mi cabeza la imagen mental de mi profesor viéndose condenadamente atractivo en medio de tantas personas…
Gruñí regresando en el camino de mis pensamientos: ahora por fin tenía la oportunidad de contemplar en anillo en total calma, maravillarme con el arillo plateado que sostenía la joya.
Estaba oficial, formal, pública e irremediablemente comprometida con Kohaku Taisho.
Inhalé profundamente analizando los latidos de mi corazón, no era una acción digna de un médico pero servía como un examen individual y subjetivo sobre las sensaciones que se llegaban a colar por mi pecho.
Esperé…y esperé…
-Son los nervios—me dije—Todo está pasando tan rápido.
Tal como yo acepté que ocurriera.
El sonido de la puerta al ser golpeada rítmicamente me sobresaltó; bajé la mano bruscamente y me apresuré hacia el salón.
Apenas abrí la puerta me recibió el gesto demacrado de mi amigo rubio y no pude hacer menos que reirme.
-Eres médico, Rin—balbuceó la queja, pegando la cara a su brazo apoyado en el marco de la puerta—No deberías reírte del dolor ajeno.
-A ti no te duele nada más que la cabeza—puntualicé—Y eso se llama resaca.
-De todas formas—gimió mirándome entre sus mechones rubios.
Solté el aire antes de apartarme para dejarlo entrar.
-Te traeré una aspirina.
Oí la puerta cerrarse mientras volvía sobre mis pasos hacia la cocina, cuando buscaba en la alacena oí su voz pastosa.
-Aquí está más caliente que afuera.
Me muerdo el interior de la mejilla al responder.
-Ya sé—musito de mala gana llevando conmigo la caja con pastillas y un vaso con agua.
Shippo recibe el cargamento, pasándose la aspirina casi sin necesitar agua aunque de inmediato se bebe el líquido, por lo que supongo que la resaca está haciendo muchos estragos en él.
Lo contemplo en silencio sentándome a su lado en el sofá y subiendo los pies al cojín.
-No entiendo—admito-¿Para qué saliste de tu casa si te sientes fatal?
Mi amigo gime.
-Quería preguntarte algo.
Enarco las cejas, esperando, si mi amigo se tambaleó cual zombi hasta acá debe ser algo de real importancia.
Shippo recompone (a medias) el gesto y de inmediato reconozco la misma sospecha contrariada que vi aflorar en sus pupilas ayer durante unos instantes.
-¿Sobre qué?—pregunto lentamente.
-Sobre…Kohaku—se rasca la mejilla con evidente incomodidad.
Frunzo el ceño, comienzo a sentir punzadas de pánico por el estómago.
-Tú…siempre has estado enamorada de él ¿verdad?
Asiento en silencio.
-Una vez me dijiste que él era tu sueño—sondea todavía mirándome con sus grandes ojos verdes.
Vuelvo a asentir con la cabeza. Me acuerdo de ese día, fue la primera vez que rechacé a Shippo como novio.
-Tú…-vacila mordiéndose los labios, me da la impresión que no está seguro de cómo continuar—Es que…bueno…ví como lo mirabas—musita casi avergonzado, sus mejillas se arrebolan-¡Yo sé que está mal que lo diga! ¡Discúlpame!
-Lo haría si me dijeras a qué te refieres—digo, temiendo que Shippo se haya dado cuenta de mi vacilación a la hora de cruzar miradas con Kohaku.
-A…tu…ex—murmura, apenado. El estómago se me encoge.
Él hace una mueca de disculpa. No me cuesta trabajo comprender que se siente culpable por mencionar a Sesshomaru.
-No tengo ningún ex, Shippo—digo al fin, peinándome el cabello detrás de la oreja como excusa para no seguir mirándolo a los ojos.
-Pero ese tipo—parpadea varias veces—El tío de Kohaku…
-Nunca fue mi novio—puntualizo tratando de sonar firme—Ya no hay nada entre nosotros—agrego como argumento final.
Shippo sonríe nuevamente, olvidándose al parecer de su dolor de cabeza.
-Lo sé—dice—Tú siempre has amado a Kohaku, Rin. Me da mucho gusto que no hayas renunciado a ese sueño—sigue hablando—Porque ustedes son las personas más importantes para mí…bueno, excepto por mis papás—se ríe-¡Qué idiota fui! Nunca podría dudar de ti, es solo que ví como él te miraba y…
-¿Quién?—interrumpo su animado discurso.
-Ese tipo—gruñe—El tío de Kohaku.
Aprieto los labios para no seguir preguntando, es lo último que necesito luego de que Shippo decidiera dejar de ser distraído durante la cena de compromiso.
No se supone que sienta curiosidad por saber qué hacía o cómo me miraba Sesshomaru Taisho.
-¡Cómo sea!—suspira entrelazando las manos detrás de la nuca—Tú y Kohaku van a ser felices juntos—todavía sonríe ampliamente.
-Lo sé—musito luego de unos segundos.
-Es raro ¿sabes?
-¿El qué?
-Mis dos mejores amigos se van a casar—rie sonoramente-¡Y yo que pensé que tú renunciarías a él y que el idiota de Kohaku nunca te lo diría!
-¿Decirme qué?—frunzo el ceño, enfurruñada con la idea de que Shippo sepa más cosas que yo.
Mi amigo baja los brazos y por su expresión asustada infiero que acaba de darse cuenta que metió la pata.
-Eh…-duda—Bueno…ya sabes, Kohaku es muy raro—resopla—Pero creo que, sin importar lo idiota que es todo el tiempo, realmente está enamorado de ti—su gesto vuelve a ser animado.
El corazón me da un vuelco y se me escapa el oxígeno de los pulmones.
-Oye, Rin—dice mi amigo
Lo miro para darle a entender que lo escucho aunque la verdad es que su voz de pronto me parece lejana…ajena al torbellino en el que estoy metida anímicamente.
-¿Qué harás con este lugar luego de la boda?—inquiere sobádose la cabeza, ademán que revela que la parte difícil de la conversación terminó y que se acaba de acordar de su dolor de cabeza—Podrías venderlo…o rentarlo.
Sigue luego contándome lo que oyó de labios de Sota, quien paga renta compartida y cuyo monto, sumado al de otros inquilinos, sería una buena entrada de dinero para Kohaku y para mí.
Probablemente Shippo, tan ingenuo y noble como es, tiene razón. Despegarme de un sitio que tiene impregnada la presencia de Sesshomaru en cada rincón puede ser el siguiente paso para encontrar mi camino. Alejarme de su recuerdo…
Este departamento representa todo lo que pensé que fuimos un día, y también lo que no logramos ser…De modo, que tiene sentido para mí que mudarme con Kohaku no sea suficiente: tengo que saber que no podré volver a este departamento.
-Tal vez lo haga—digo por fin.
Luego de la visita de Shippo y de asaltar mi refrigerador me quedé en el sofá un poco más, mirando todo y nada en particular, repasando el interior del departamento, deteniéndome en los ángulos que estaban grabados en mi memoria.
Logré distraerme un momento con los instantáneos de Kohaku, aunque supuse que volvió a dormir y no quise despertarlo en un domingo luego de una cena de compromiso vuelta fiesta juvenil luego.
Fue a eso de las seis veinte de la tarde que tomé la decisión definitiva, me hice con mi móvil de nuevo y escribí un mensaje al número que, pese a no estar registrado más, conocía a la perfección.
"¿Te opondrás si rento el departamento? La mitad del dinero es tuya".
Sesshomaru no respondió.
Ayame me miró fijamente, suspiró cansinamente y al final aceptó mi solicitud de cambio de asesor.
La idea había surgido luego de la decisión sobre el departamento, si iniciaría una vida con Kohaku debía tomar las medidas necesarias para hallar calma permanente también, eso incluía, obviamente, despegarme de los vestigios de la escencia de Sesshomaru Taisho en mi vida…no solo como hombre, sino también como profesor.
Sería imposible no saber de él o inclusive coincidir en algún momento tras recibir mi título profesional, puesto que es tío de Kohaku, sin embargo, si estaba en mis manos alejarme de él lo más pronto posible de forma permanente (como mi compromiso con Kohaku), definitivamente lo haría.
Había hablado con la secretaria del director, enterándome que no bastaba con solo la manifestación de palabra, sino que debía pasar por una rigurosa revisión y luego, se me asignaría arbitrariamente un docente que pudiera hacerse cargo.
¡Adiós a la cita solicitada con el profesor Jinenji!
Mi amiga me aseguró pasar mi solicitud al Consejo lo antes posible aunque bastó que me mostrara la pila de documentos en espera para que las esperanzas se me desinflaran.
Frunciendo los labios con frustración me despedí de Ayame y volví mis pasos por el pasillo central de la facultad.
Al pasar frente a la intersección del corredor hacia los cubículos de docencia, frené mis pasos por automático. Sabía que Sesshomaru estaba en el suyo porque tendríamos clase dentro de media hora, y también sospeché que posiblemente habría escuchado que estaba a punto de ser botado como asesor. Pensar en ello me provocó una impertinente sensación de incomodidad al respecto, casi de pesar.
Quizás lo educado era avisárselo antes…
Si me acobardaba tenía el pretexto del mensaje que no respondió, y si todavía era yo tan pusilánime…podía comunicarle que había olvidado mi engargolado de tesis en casa y que no podría entregárselo.
"Una excusa patética para una alumna promedio", me dije impulsando mis pasos hacia la diminuta oficina.
El corazón se me encogió una vez que estuve frente a la impersonal puerta, vacilé unos segundos y tras convencerme que no era la primera vez que cruzaba el dintel solo para intercambiar dos palabras, llamé.
Su voz sonó ahogada debido a las paredes preconstruídas; inhalé hondo y me adentré.
Cerré con cuidado detrás de mí, quedándome apoyada y con las manos tras la espalda, sujetando la perilla, porque no tardaría mucho en salir.
Sesshomaru estaba de pie frente al pequeño archivero del fondo, ojeaba una carpeta entre sus manos y mantenía toda su atención en lo que leía.
Vestía pantalones y camisa negros, no traía puesta la corbata (que colgaba del respaldo de su silla) y su piel cetrina constrastaba totalmente con su aspecto tétrico.
-Buenas tardes—saludé con voz monocorde.
-Buenos días, Koizumi.
Carraspee sintiéndome toda una idiota por lo que estaba a punto de decir.
-Yo…-me mordí los labios y decidí mirar su escritorio antes que a él—No podré entregarle mis avances.
Sesshomaru me miró de reojo sin ningún cambio en su gesto indiferente y volvió a enfocarse en lo que miraba.
Torcí los labios pero definitivamente no era valiente.
-Yo lo olvi…
-Ya te oí, Koizumi—interrumpió.
Apreté la manija y sentí el punzón de la gema de la sortija enterrárseme a la piel.
Ni siquiera esperé para ver si decía algo más, me volví a la puerta con toda la intención de salir, sin embargo, a punto de hacerlo quise preguntar lo que me quemaba en la garganta.
-¿Recibiste mi mensaje de ayer?—cuestionar si lo había leído era igual que preguntar si el sol es de fuego. Estaba demasiado nerviosa además, ¿cómo no estarlo? El tipo es un jodido bastardo altanero y además es nuestra primera charla luego de fingir que nunca ocurrió nada entre nosotros.
-No es el sitio para tratar asuntos personales—tajó todavía sin dignarse a prestarme atención.
Comencé a sentir la indignación bullir en mi interior, no obstante, intenté mantenerme diplomática. Me volví, fingiendo determinación, y cerré de nuevo.
-No hay otro lugar donde hacerlo—reconocí atreviéndome a dar un paso al frente—Kohaku y yo…-me aclaré la garganta, optando por continuar de manera diferente—Me mudaré con Kohaku en unos meses así que, si no le molesta…
-No lo hace.
Apreté los labios pero me mantuve inmóvil en mi lugar.
-Todavía no lo decido—resoplé—Pero ten por seguro que dividiré contigo el dinero que se obtenga—hablé mirando uno libro colocado sobre el escritorio.
Ahora debería salir del cubículo.
-No es el lugar para tratar ese tipo de asuntos—repitió, modulando su voz—No es de mi incumbencia tampoco lo que determines hacer o si todavía no te convences de tus propias decisiones.
Alcé el rostro vivazmente encontrándome con su mirada fija, profunda y atemorizante. Al tener los ojos abajo no me di cuenta del momento en que Sesshomaru se volvió a mí…ni cuando su gesto pasó de ser totalmente severo a esbozar la diminuta sonrisa sardónica que arrojaba más leña al fuego de mi enfado.
Y sobre todo, su tono, el contexto, o yo…me hicieron preguntarme si todavía seguíamos hablando del departamento.
-Estoy convencida—dije rápidamente, defendiéndome.
Su gesto altanero se desvaneció apenas para dar paso a la conocida seriedad que todavía hacía que mis rodillas temblaran.
-Entonces eres capaz de conservarlo—sonaba como un reto, uno que de antemano sabía (o esperaba) que yo perdiera.
Sesshomaru dio un paso en mi dirección y yo de inmediato retrocedí hacia la puerta, alzando el mentón para disimular la urgencia que explotaba por mi vientre…y también el enfado por eso mismo.
-Quizás—musité rodeando la perilla—Dentro de la tesis dejaré la llave de tu casa—agregué antes de huir de su despacho.
Conforme caminaba hacia el estacionamiento, segura de preferir saltarme su clase, fui recobrando el ritmo de mi respiración e ignoré, cuanto pude, el bochorno de excitación que vibraba entre mis muslos.
Me dejé caer sobre la cama admirando el techo, como solía hacer cuando mis pensamientos lograban rebasarme.
Había trabajado en los últimos detalles de mi tesis, dejando el cuadernillo sobre la mesa ratona para que a la mañana siguiente no se me fuera a olvidar. Luego, intenté molestar a Aome, sin embargo ella estaba demasiado atareada con sus clases así que la dejé en paz.
Y dado que necesitaba distraer mi cerril mente, decidí matar dos pájaros de un tiro llamando a Mizuki: comenzaría con la maratónica tarea de preparativos de boda y también les demostraría (a ella y a mi inconsciencia) que seguía firme en el camino hacia mi felicidad.
Kohaku era mi sueño real.
Mi decisión tomada.
Estaba calculando cuántas veces cabía mi mano en la extensión del techo cuando Mizuki atendió.
-¿Rin?
¿En serio tenía que hablar en voz baja hasta por teléfono?
-Hola, Mizuki—suspiré-¿Interrumpo algo con Shippo?
-N…no—incluso en la distancia, y a través de la línea, pude enterarme de su sonrojo involuntario-¿Cómo…cómo sabes que estoy con…él?
-¿Con quién más estarías?—hago una broma y luego decido ir al grano, no quiero interrumpirlos más—Me preguntaba si podrías acompañarme mañana al centro comercial, quiero buscar opciones para la decoración y revisar la cristalería del brindis—eso salió bastante bien.
-Cla…claro, Rin—al menos se oía animada-¿Mañana después de…clases?
-Te veo mañana, saluda a Shippo de mi parte.
Colgué luego de oír su afirmación.
Antes de recuperar mi conteo sobre el tamaño de mi mano, me pasé a la aplicación del Whatsapp y de ahí directo al contacto: "Hojo-gruñón".
"¿Te molesta llevarnos al centro comercial mañana por la tarde? Cosas de la boda".
Eso debía bastar para probar lo dicho por la abuela Kaede.
No pasaron ni dos minutos cuando recibí respuesta (¿quién dice que tener un primo impaciente es siempre malo?).
Ah…claro, lo dice el emoji del dedo corazón que acaba de enviarme el castaño.
Frunzo el ceño y estoy a punto de regresarle el icono, cuando Hojo escribe.
"Se puntual al salir. No me hagas esperar en el auto"
Tecleo un rápido "gracias" y muchos emojis de felicidad que no se reflejan en mi rostro.
El instantáneo de Kohaku llega luego, un saludo simple y una carita amarilla mandando un beso. Le respondo prácticamente igual y espero a que termine el día.
Actualmente mi torpeza ha llegado a otro nivel antes desconocido para mí. A lo mejor es por el estrés, la vorágine de situaciones que se avecinan con la boda…o capaz que me estoy haciendo más inútil con el paso de los años.
Es como sufrir de la senectud (y la demencia senil) a los veintitrés.
Sea como fuere, olvidé el cuadernillo de tesis de nuevo, incluso ahora lo imagino burlándose de mí desde la mesa ratona.
Suelto un gruñido de frustración porque tendré que volver a explicarle a mi prepotente profesor mi estupidez…O quizás no. Mejor solo huyo con Mizuki al centro comercial en cuanto termine su clase, la última.
Me acomodo sobre el asiento, dejando encima del pupitre mi carpeta abierta; Mizuki guarda el móvil, me lanza una mirada tímida (que no sé intepretar) y se enfoca en el frente.
Sesshomaru Taisho, mi profesor de patología diagnóstica, ha llegado al aula; su presencia me obliga a soltar el lapicero con el que dibujaba garabatos.
El andar soberbio se detiene al costado del escritorio, deja sus cosas sobre la superficie de madera y se vuelve a nosotros.
Cuando habla su voz retiembla dentro de mi mente; me acuerdo instantáneamente de nuestra charla en su cubículo el día anterior y las rodillas se me tensan, pegándose una a la otra irremediablemente.
Porque Sesshomaru Taisho siempre ha sido guapo y no puedo dejar de pensarlo…o de notarlo.
Mi mente se despega del tema que expone para aterrizar solamente en él.
Y de nuevo, pese a la promesa de eternidad con Kohaku, me asalta una oleada culposa de calor.
Buenooo
Les gusto el cap? A mi si jaja pero Rin esta como que quiere y no y pienso que no deberia haber tomado una desicion si no estaba segura. Que creen que pase?. Lin podrá volver a a amar a Kohaku o los recuerdos de Sesshomaru no la dejaran en paz? Y tambien esta la rara actitud de Sesshomaru...
Nos vemos en el siguiente
