Capítulo 23

—Puedes ir a hacer una ronda, Cormac, lo tengo cubierto —indicó Hans al fornido guardia que estaba de turno.

El rubio rojizo asintió y emprendió su tarea silenciosamente. Era uno de los diferentes vigilantes que se encargaban del almacén, su amplio inmueble ubicado en la misma zona que su fábrica de jabones.

La edificación había sido una especie de salón de baile antes de que su dueña tuviese problemas económicos y no pudiera mantenerlo en uso; por razones sentimentales no había querido deshacerse de él, con lo que habría sido una venta provechosa, así que quedó en el olvido, pero cuando ella falleció años más tarde, su hijo no tardó en vendérselo a Hans, a un precio mucho más bajo de lo que habría obtenido en todo su esplendor.

Había arreglado los desperfectos del amplio edificio y separado en secciones para utilizarlo en ocasiones como ésa, dada las operaciones económicas que llevaba a cabo. En sus viajes acostumbraba a regresar con adquisiciones que guardaba ahí hasta que estimaba el tiempo correcto para que vieran la luz. Su ubicación era ideal, pues los trabajadores de la fábrica vivían en los alrededores y ellos eran las personas más fieles entre las plantillas, porque había sido su primer negocio en América y laboró allí un corto periodo, ganándose el respeto de su gente.

—¿Alguna vez te equivocas con los nombres? —preguntó irónico Joseph junto a él mientras abría las puertas altas del almacén.

—Tengo buena memoria —respondió con sorna. —Además, tengo tres nombres, al crecer había doce hermanos en un castillo de numerosa servidumbre, tuve cuñadas, tíos, tías, primos, primas, sobrinos, sobrinas… y una larga historia familiar que debía conocer, por no olvidar importantes relaciones políticas; se me facilitan los nombres y los rostros.

El pelinegro soltó una carcajada. —Entendería que te hubieras equivocado.

No lo había hecho (que recordara), o habría perdido el beneficio que conllevaba saber.

—Y, bueno, este Cormac es otro irlandés, ¿cierto? —inquirió Joseph sin la capa de desdén que tendía a producir esa comunidad, probablemente del entendimiento que le daban sus orígenes—. Te llevas el premio al contratarlos.

Rió entre dientes, invitando a su compañero a entrar con un gesto. —Patriotismo, un antepasado de mi madre era irlandés.

—Me preguntaba el origen del cabello rojo. —Hans omitió que su padre lo tenía también—. Tus ancestros tienen sangre más fuerte que los míos, aunque no es como si pudiese rastrearlos más allá de mis bisabuelos.

—Eres afortunado, no quisiera darles a mis hijos la horrible tarea de aprenderse su árbol genealógico como parte de su educación.

—No haberte casado con una reina —replicó Joseph al tiempo que se detenían frente a la estancia con los muebles de Arendelle. —Pero entiendo el atractivo.

—¿Disculpa? —inquirió Hans sin ánimos de contenerse, recordando una conversación con Elsa respecto a la posible paternidad de sus descendientes.

En su fiesta de boda no hizo mucho caso a su interacción. ¿Podrían gustarse mutuamente? Era…

—Dudo que otra mujer hubiese estado a tu altura, Johans. —Tuvo como respuesta afable.

Mirando al americano de reojo mientras experimentaba algo parecido a la inquina, Hans introdujo la llave de bronce en el cerrojo y abrió la puerta.

Escuchó el silbido apreciativo del otro.

—Qué bueno que no me lo mostraste en catálogo, se ven asombrosos y… —Joseph tomó aire— …mantienen el aroma a madera.

—Desde luego, eso es algo que solo un preparador de bebidas sabría —afirmó condescendiente.

El susodicho soltó una risa misteriosa, como el que guarda información que otro desconoce, casi tocando un nervio de Hans.

—Por supuesto que sí; lamentablemente no estudié botánica e ignoro las especies con las que estos bellos artículos fueron hechos. —Joseph caminó directamente hacia un baúl de un metro de largo tallado con letras rúnicas, las cuales narraban un antiguo poema sobre la sabiduría. Las runas estaban estratégicamente ubicadas para poder leerse y formar dos copos de nieve colocados en dos esquinas del mueble, con una estrofa cada uno; ambos copos tenían una parte de sus puntas en la tapa y los laterales.

Hans se cruzó de brazos apoyado en la pared y lo observó arrodillarse y trazar el grabado con sus dedos, después de lo cual giró la llave de la cerradura y alzó la tapa, mirando al interior, donde las paredes contenían el alfabeto rúnico.

—Coloca la parte delgada de la llave en la esquina inferior izquierda —dijo él, ofreciendo la información secreta teniendo la certeza que compraría aquel objeto. Por el bien del negocio, fue en contra de un minúsculo deseo de guardarse aquel detalle para más tarde.

Joseph hizo lo indicado, riendo cuando descubrió el compartimiento oculto del baúl, disimulado por el alfabeto. —No me molestaré en preguntar por el precio, lo mandaré a buscar más tarde y te pagaré después de comer —manifestó poniéndose en pie, tras lo que dio un giro de trescientos sesenta grados viendo a su alrededor. —Aquí hay al menos… ¿treinta piezas? ¿Cuántos ebanistas trabajaron en esto?

—Uno.

—¿Qué clase de persona realiza tantas maravillas en cinco meses?

—Un misántropo ermitaño.

—Ya —soltó Joseph yendo a acariciar un biombo de cuatro pantallas con tres flores de azafrán que surgían de la esquina inferior derecha y terminaban en el centro. —Daph amará este, sin duda.

—¿Le robarás a Hildbrand el placer de dárselo?

Joseph esbozó una sonrisa de superioridad. —Yo llegué a su vida antes que él, es mi derecho.

Cuan diferente de la relación con sus hermanos, pensó Hans mientras negaba con la cabeza. Los Ross le habían demostrado que podían existir lazos profundos, sinceros y duraderos entre los miembros de una familia, haciendo que cambiara un poco de su cinismo. Le había enseñado cómo debían ser los parientes entre sí.

Observó una pieza femenina con tallado similar al rosemaling. —Entonces él se conformará con este pequeño joyero.

—Si no me lo vendes a mí, guárdalo para su Majestad. ¿O ya le obsequiaste alguna cosa?

—Mi esposa no lo necesita —arguyó con ojos entrecerrados por una nueva mención de Elsa. En las dos ocasiones que se habían visto la había nombrado.

—¿Qué dices? ¿Es que no le haces regalos? ¿Solo te casaste por ser soltero y poseedor de una fortuna?

—¿Cuántas veces ha hecho Daphne que leas a Austen? Y disimula mejor, la razón de mi matrimonio no saldrá a la luz gracias a un método risible.

A menos que anhelara información de Elsa.

Joseph alzó las manos en gesto inocente. —No puedes culparme por intentarlo. Te casaste rápido.

Él rió, consciente de que el pelinegro era más listo que eso. Sin embargo, cualquier intento suyo caería en saco roto, porque guardaría el secreto de la necesidad de Elsa; suficiente era que a ella le mortificara la encrucijada en que la involucraron unas estúpidas leyes, así como la leve intuición de que los aristócratas sospechaban el motivo de su matrimonio con el hombre que intentó matarla —a pesar de que su deleitoso beso de boda les confundía.

—Pues bien, ¿en qué estábamos? Sí, sí, tienes buenos artículos entre estas cuatro paredes… suficientes para mí, pero no quiero privar a otros de alguna pieza, por lo que me conformaré con dos más. Difícil elección. Tenías razón al decir que no llegarían a la subasta, solo alguien sin gusto rechazaría tener uno de estos artículos como sus posesiones. —Joseph hizo un sonido similar al chasquido—. Me genera curiosidad su creador, ese ermitaño; ¿cómo pensar algo tan bello para el mundo si no se mezcla en él?

—El diseño no fue hecho por el ebanista. —Aunque Elsa tampoco interactuaba mucho.

—¿Es así? Tal persona es una gran artista. Y tú, Midas, claro que lo sabes.

Apenas terminó de hablar, Joseph siguió explorando los muebles de la habitación, apreciando la combinación de talentos de su esposa y Andersen. El ebanista era bueno, pero necesitaba del don de Elsa para explotar todo su potencial; la rubia era sumamente creativa, como dejó claro con su impresionante castillo y otras manifestaciones de sus poderes. No cualquiera haría honor a sus diseños.

No obstante, necesitaba las palabras del americano, porque al llegar a América una vocecita en su cabeza le había insinuado que era parcial en su juicio sobre la habilidad de su mujer, como si su espíritu racional, en el territorio donde relucía en su máximo esplendor, le reclamara la cordura de sus actos y las consecuencias de estos.

Para su disgusto, se trataba de la primera ocasión en que encontraba dudas sobre su decisión en un negocio, pese a que el mismo Andersen había alabado los diseños.

Nunca antes le había faltado seguridad para asuntos de tal índole.

Y esa no era la clase de emoción que estuviera buscando para lidiar con su apatía y aburrimiento.

Mucho menos con la implicación de su esposa en ello.

{…}

Desnuda y cabizbaja, Elsa caminó de forma lenta hacia el espejo de cuerpo completo en la esquina de su dormitorio, donde se detuvo con una exhalación quebrada, señal del complicado momento que vendría.

Si sus próximas acciones fueran del conocimiento de otros, ella recibiría una reprimenda o alguna mirada de lástima, en lugar de algún tipo de excitación por una buena nueva; porque no parecía sano lo que iba a hacer, no importando la insistente invitación que le daba su cabeza.

Tenía que comprobar su cuerpo.

A raíz de los acontecimientos de principio de año, sentía como una obligación estudiarse a sí misma para saber y no repetir ese desafortunado episodio de su vida, aunque el doctor hubiese asegurado que no había certeza de que un aborto ocurriera de nuevo.

Necesitaba estar preparada. Haber aprendido de un error.

Los signos que anunciaban su próximo sangrado estaban ahí y había tenido el correspondiente al mes de abril, después de yacer con Hans; pero en la ocasión anterior estos se presentaron también, si bien no recordaba con precisión cómo, por lo cual era importante que registrara todo. Debía fijarse en cada detalle para no menospreciar ni la más mínima cosa y darse cuenta si estaba encinta, para poder hacer algo antes de que fuera muy tarde… Para entender en qué más falló la primera vez que estuvo embarazada, además del hecho de no conocer su estado.

Era un deber que sentía tan indispensable como respirar, ya que de no hacerlo iría en contra de su propia naturaleza.

Sin embargo, cuando se atrevió a alzar la mirada para buscar hasta el mínimo cambio en su complexión experimentó… dolor. Una quemada en su pecho que la obligó a abrazarse a sí misma.

A su delgadez.

Para esa fecha, si las cosas hubiesen sido diferentes, tendría una protuberancia en el vientre indicando la presencia de su bebé. Podría sentirlo y tocarlo con reverencia, pensando en cómo crecía en su interior, asombrada de lo que estaba ocurriendo allí dentro y maravillada de la manera en que podía acoger a un ser para darle la vida.

Si la historia fuera distinta, no estaría frente al reflejo de una mujer con el estómago plano… y una expresión pesarosa, con ella rompiendo un voto de control emocional de varios años.

Cómo cambiaba la vida en un solo instante. Aun con sus miedos y reservas, sin el sorpresivo aborto, ahora estaría viviendo una etapa opuesta a la ausencia.

Tendría…

Elsa tragó saliva y acercó su mano al sitio donde estaría su bebé, con los ojos atentos a la imagen que transcurría en el espejo, deseando.

Deseó no haberse encontrado con su piel lisa sino redondeada, rebosante de vida.

Deseó tener a su bebé perdido allí, muy cerca de ser conocido.

Deseó a alguien que sintiera lo mismo que ella.

Deseó que Hans estuviera ahí.

Pero ninguno de esos deseos era posible; en su vida, lo que quería no se cumplía. Más que nada en esos momentos donde necesitaba una cosa con mucha intensidad; ansiaba el entendimiento y compañía que únicamente él podía proveer, a su manera.

Solo que ocurrió algo… fue el recuerdo de su apoyo y su presencia el que trajo un pensamiento nuevo, como si evocar aquello le diera otra perspectiva al mismo tiempo que fuerza.

Un pensamiento difícil, que escocía y ofrecía renacimiento.

Su cuerpo no mostraba ninguna gravidez, ese hijo que deseaba no estaba ni nunca lo estaría, su momento había acabado. Sus anhelos no lo traerían de vuelta y su estancia en su vientre había concluido, nada de lo que hiciera iba a borrar ese hecho.

Y no lo estaba despreciando, sino que aceptaba una etapa que jamás pasaría para aquel ser, permitiendo que un futuro fruto se hiciera un lugar donde otro no pudo, erradicando impedimentos o rencores de su parte por darle un sitio.

—Ese hijo no está y nunca lo estará —murmuró con un fragmento de dolor y esperanza, haciendo espacio en ella para albergar a una criatura dentro de ella, después de casi cuatro meses de la pérdida de otra.

Aceptó ante sí misma que si estaba embarazada o se embarazara, no traicionaría con sus sentimientos a su bebé no nato, que perduraría en su mente e historia por siempre. Cada uno tendría su propio sitio y existencia para poder conservarse en su vida.

Se miró, sintiéndose liberada de la carga de minutos atrás sobre analizarse. De pronto sabía que esa aceptación era la forma de estar preparada que estuvo buscando y no la obsesión con detalles y señales o hechos fuera de su mano. No había garantía de que las cosas saldrían bien. Podría cuidarse sabiendo que estaba encinta, mas, si algo estaba destinado a pasar, por mucho que hiciera, pasaría.

Sería complicado, yendo en contra de su forma de ser, pero menos desgastante.

Dejaría que sucediera de forma natural, ya sabía que podía embarazarse de Hans. Ocurriría en algún momento.

Y si actualmente lo estaba…

La puerta se abrió como un vendaval antes de que siquiera pensara en conjurarse un vestido, desprevenida como se encontraba por su anterior pensamiento.

—¡Ah, lo siento! ¡Pensé que estaba vacío! —gritó su hermana Anna entrando y cerrando de un portazo. Entretanto, Elsa se recuperó de la impresión y se envolvió en un sencillo vestido mágico de color azul, la primera prenda que realizaba en largo tiempo.

No iba a estar desnuda en presencia de su hermana; le incomodaba, a diferencia de lo impasible que se comportó en el pasado. Después del invierno, durante un corto periodo, Anna y ella pasaron más tiempo juntas y se ayudaban a vestir cuando no era ropa mágica, por lo que se vieron en estados de desnudez; como era de esperarse, su hermana estaba habituada a eso por años acompañada de su madre o una doncella al bañarse, mientras que ella solo las tuvo hasta los ocho años. Pero lo logró porque entonces tenía un vínculo fuerte con Anna.

…ahora no se sentía tranquila con que la viese como su madre la trajo al mundo.

Lo cual decía mucho de que sí lo aceptara de parte de Hans, camino en el que no avanzaría.

—¿Qué hacías? —preguntó su hermana cuando ella se hubo girado y, aun con la distancia, Elsa pudo discernir una seguridad amorfa en su rostro juvenil, que no le llevó más de unos segundos explicarse.

¿Cuántas ocasiones Anna se habría mirado en el espejo pensando en un suceso que cada vez resultaba más imposible?

La familiar culpa escaló de pies a cabeza.

—Decidiendo mi vestimenta —mintió sin inmutarse, sabiendo que, de no ser por la aceptación, habría optado por ropa normal. En otro caso no se habría sentido con ánimo para su magia.

Anna se mordió el labio, llevando una mano al brazo que se había herido. —Creo recordar que la última vez fue a principios de año.

Inspiró. —No habría sido correcto.

—¿Sabes, Elsa? Tú has sido mejor hermana para mí de lo que alguna vez llegaré a ser yo.

En vez de servir como consuelo, sus palabras le hicieron sentir vergüenza. Su falta de vestidos mágicos se debía más a su dolor por su pérdida que a la aflicción por el estado de su hermana.

—¡Anna! ¿Encontraste a Skygge! —La voz de Olaf rompió el silencio pesado entre ambas, ocasionando un suspiro de la mencionada.

—Entré aquí por él, me parece que no está. A menos que se esconda de mí…

Negó. Había dormido ahí, como lo comenzó a hacer desde que pareció entender la falta de Hans, pero ella lo había dejado salir tras despertar.

Anna abrió la puerta a su espalda.

—Sigamos buscando, Olaf.

Cuando se quedó sola de nuevo, Elsa frunció el ceño pensando en la actitud de Anna al preguntarle sobre lo que hacía, como si la abrumara una inquietud por la respuesta.

Y no había que ser demasiado lista para relacionarlo con un embarazo.

¿Cómo reaccionaría su hermana cuando ella estuviese encinta? Al empujar su matrimonio con Hans debió tener nociones de esa situación, pero dudaba que fuera lo mismo.

En cuanto a ella, ¿cómo se sentiría respecto a su hermana entonces?

Pasando una mano por sus ojos, se apuró a realizarse una trenza. Otro día se preocuparía por el caos que se avecinaría con la noticia de que estaba gestando.

{…}

—…no osaría repetir mi ofrecimiento de meses atrás si las circunstancias fuesen diferentes, pero deseo saber si su respuesta ha cambiado ahora que su esposo no se encuentra más con usted. Le tengo en la más alta estima, Majestad, y este siervo suyo viviría eternamente en la búsqueda interminable de su felicidad. Suyo hasta mi último suspiro, Alfred. —Llena de incredulidad, Elsa terminó de leer en voz alta la carta del hombre que oficialmente caía en la ignominia por sus acciones.

Solo Erikson podía atreverse a semejante desvergüenza después de la escena que protagonizó su último día en Arendelle, cuando debió quedarle claro que sus sentimientos nunca serían aceptados al insultarla gravemente, como en ese instante. No le había alentado antes, mucho menos ahora, para darle a entender que le aceptaría alguna vez, libre o no.

De saber que ése era el contenido de su carta, no la habría abierto —si es que su curiosidad se lo hubiese permitido—; había creído que, después de reflexionar esos meses, le escribía una disculpa y deseaba leer las palabras usadas. Asimismo, en su fuero interno, quería que ya no tuviera sentimientos por ella para analizar la posibilidad de dirigir su proyecto del hospital.

Ahora bien, lo relevante era su conocimiento de la partida de Hans. Era inquietante que le escribiría sobre el tema, pues significaba que estaba al tanto de su vida y había que tener cuidado. Por supuesto que no le temía, pero de alguna manera sabía que su marido se encontraba fuera de Arendelle. Podía estar vigilándola, dudaba que Hans le hubiese mencionado sus intenciones.

Segura de tal cosa, se dijo que no estaba en su reino, ni su fuente vivía allí; había visto las miradas intercambiadas por muchos en los días siguientes a la partida de él, así que le habrían compartido que fue una despedida en buenos términos.

Entonces, ¿dónde?

Resolvió que pondría en alerta a su guardia por cualquier avistamiento de ese sujeto, arrugando la carta para quemarla más tarde. No merecía que le contestara, había zanjado el asunto en diciembre. Ciertamente no le causaba incomodidad porque ya no había motivo para pensar en el extremo al que podía llegar si no se embarazaba de su esposo, pero no iba a darle a entender que prestó mínima atención a sus palabras. Ante la falta de respuesta vería su inútil intento.

Hecho eso, siguió con la demás correspondencia y, al concluir esta, pasó a otro asunto, que era analizar si el uso conjunto de la cebada con las Islas del Sur para elaboración de bebidas de venta en el norte sería beneficioso para Arendelle. Con los isleños debía ser extremadamente cuidadosa y la propuesta de su cuñado podía no ser muy noble, por mucho que el rey asegurara que eran familia.

Mientras hacía anotaciones, Kai acudió por ella a la puerta.

—¿Sí? —repuso en voz alta sin despegar la mirada de la hoja una vez que el bermejo entró, apurándose a terminar de escribir antes de olvidar su idea.

—Tengo una entrega, Majestad. Es…

—Un momento. —Escribió con rapidez y luego elevó la mirada. —Disculpa. —Posó los ojos en la mano enguantada de Kai, que llevaba una carta.

Él sonrió con algo parecido a la excitación.

—Es de su Majestad, el rey —le informó con prontitud, acercándose a la mesa como si fuese un asunto de suma importancia. —Le dejaré a solas para que lea cómodamente.

Hans era muy astuto. Por culpa de su vehemente despedida hasta Kai la creía una enamorada que se moría por tener noticias de su esposo.

Negando con un resoplido, cogió el abrecartas y extrajo la única hoja contenida en el sobre lacrado.

Mi querida Skaði,

Tus diseños han tenido éxito, prepara tu lápiz. Y cuida tus manos, no queremos desaprovecharlas.

Atentamente,

Hans.

PD. Sé que eres diestra, pero la izquierda también sirve para otras cosas entretenidas… y no hablo de acariciar a Skygge, o de magia, Nievecilla.

Abrió su boca con una sonrisa que no pudo contener, acompañando el movimiento con un sonidito de gracia y un calor creciente en sus mejillas.

Muchos sentimientos y emociones recorrieron su mente.

Tranquilidad de que Hans estuviera bien. Júbilo de saber que desconocidos habían apreciado su obra. Satisfacción porque se había acordado de su gato. Agrado del inexistente desdén a sus poderes. Ardor por haber comprendido la intención del mensaje final. Curiosidad sobre la profundidad de sus pensamientos lujuriosos. Diversión por su descaro. Frustración ante las implicaciones de la distancia. Sorpresa al notar cuánto logró con cinco líneas. Gratitud por leer en privado.

Y les dejó fluir, porque la increíblemente pequeña rebelde, que se escondía en lo profundo de su ser y que amaba contrariar a la persona circunspecta que había forjado por años, decidió asomarse brevemente a la superficie como otras veces.

A sabiendas de quién le había animado.

{…}

La segunda semana de mayo había acabado. Hans había estado atento al telégrafo todos esos días, en el horario indicado en la nota que dejó sobre la máquina telegráfica de Arendelle, al igual que a su correspondencia, y Elsa no le había enviado ningún mensaje.

¿Significaba que ella estaba…?

Antes de reaccionar a esa posibilidad, se recordó que ella le informaría en cualquiera de los casos y tampoco lo había hecho.

¿Todavía no sabía? ¿O se habría repetido…?

Apretó los labios con tensión, preguntándose qué creer.

¿Se trataba de una venganza por la carta que le envió? Había sido provocativo suponiendo que ella estaba más receptiva al "escandaloso" asunto, pero quizás se había equivocado y se había precipitado al ponerlo por escrito, que era muy diferente a un encuentro físico entre ambos, donde la tensión jugaba un papel importante.

Probablemente sacó demasiadas conclusiones del breve contenido, pese a que él lo consideró con detenimiento para solo dar a entender determinadas cosas; después de todo la rubia estaría en sintonía con su conducta precavida, si no se equivocaba.

Él había perfeccionado el arte natural de cuidar sus palabras y acciones, intuyendo la respuesta que obtendría de su interlocutor y compartiendo sólo lo que deseaba, ya que cuando no lo hacía, dejaba ver más de su persona.

(Y no necesitaba indagar sobre las veces que no se cuidaba.)

De esa forma, su carta le había manifestado la calidad de su trabajo, el desperdicio de no usar sus manos para otras artes y la diversión de la próxima vez que tuvieran sexo.

Hans suspiró. No había nada más que pudiera hacer en el momento.

En aquel instante una comunicación entró a su línea y, conforme fue descifrando el código, se le ocurrió que era como si Elsa y él estuvieran conectados, ya que resultó ser ella.

El mensaje le complació sobremanera.

PARÍS. JUNIO. VERNOS.


NA: ¡Hola!

Respecto a las palabras de Joseph. A mitad del siglo XIX, muchos irlandeses, por la hambruna, migraron a los EU, y en años siguientes también lo hicieron, pero esto produjo una discriminación por esta población y sus descendientes (como punto importante, su religión). Mi intención con Charlie fue hacerlo descendiente de irlandés, de ahí su aspecto; supongamos que algunos fueron más desafortunados que la media. Y la referencia a Austen es por la sarcástica frase inicial de Orgullo y Prejuicio: "Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa".

El rosemaling son esos bonitos diseños de flores usados para Frozen, parte de la cultura noruega a mitad del siglo XIX.

La parte del desnudo. No es un fanservice Elsanna (¡NO!), habiendo ayudantes para bañarse y vestirse, antes la desnudez en la clase alta femenina era vista diferente (irónicamente el pudor con el hombre y las pinturas. Igual supongo que con tantos hijos y pequeños espacios, en las clases sociales de menor rango no generaba mucho ruido). De hecho, leí una vez por ahí que antes de la creación del traje de baño, había playas separadas por sexos donde se metían desnudos.

En el telégrafo los mensajes se escribían lo más sucinto posible porque eran caros (no que Hans tenga problema con esto) y porque era a través de códigos, como el Morse, así que por eso tan pocas palabras.

Al próximo capítulo se viene la luna de miel de Elsa y Hans en París sin su emblemático símbolo (la torre fue construida a partir de 1887). Lo sospechaban, lo sé, así que pueden cantar victoria, el paraíso sin Anna.

Pero me adelanto a los hechos, ¿qué les parece la mención de Elsa por Joseph? Hansy no está contento y lo peor de todo es que su amigo es buena persona para Elsa. Por otro lado, no me critiquen ante mi falta de creatividad con los muebles, no tengo ese don artístico y podría haber descrito maravillas con mi imaginación, pero no sé las limitantes de la época en cuanto a los muebles hechos de madera.

Cambiando de escena. Es un poco cruel consigo misma esa manera de Elsa de aceptar, en cuanto a las palabras, sobre todo, pero lo que ella no ve es que no solo se da permiso de tener un hijo y todo lo que conllevo, que antes no había hecho, sino que da pauta pequeña para empezar a sentir. Traté de que fuese un desnudo de sí misma. Como otro tipo de narrador, habrían visto una reflexión enorme con todos los motivos ocultos ja,ja.

¿Y qué les parece la emoción de Kai por la carta? Ay, Elsita, ustedes lo provocaron con su boda y su despedida.

Ahora bien, mutuamente ya se percatan un poco más que el otro les produce algo diferente, más allá de que de importarle, vaya, el otro.

En fin, ¿qué sorpresas nos traerá su viaje? Prometo no hacer un "siempre nos quedará París".

Besos desde la distancia, Karo.


Guest: Yeah, there was someone missing in the triangle, both Skygge and Elsa missed Hans. And maybe a lot of people understand it more these days :S . Anyway, it was time for Elsa to open her eyes about their contract, she acted like dumb, though she did it due to mixed feelings. Sadly, those feelings make her say "tomorrow" for changes. Hans is softer than before, poor guy, the consequence of "touching" his ego. / Stay safe too, thanks for r&r.