Tanto haberse alejado de casa como volver a ella le sentaron de maravilla. No bien abrió la puerta de su casa, se encontró con la correspondencia tirada en el piso. Unas veinte cartas repartidas como si las hubieran aventado a la fuerza. Dejó aquello justo en ese lugar en lo que acomodaba la escoba en su lugar, dejaba a Ashley en su pequeña lechucería —adaptada cerca de la puerta trasera de la casa— y sacaba su baúl de viaje en la habitación. Tomó una ducha y, saliendo aún con una toalla rodeando su cadera, hizo caso al correo.
Leyó los remitentes. Había un par de ellas firmadas con el nombre de Rita Skeeter —lo que le recordó una tercera que había olvidado en quién sabía dónde—, las apartó sin interés alguno y con absoluta falta de cortesía al no abrirlas siquiera (eso fue a propósito); una de Ginny que abrió de inmediato para leer que la habían aceptado en un equipo profesional de Quidditch e iba a viajar con ellos y le preguntaba si en el futuro querría boletos; un par de Ron que hablaban de su entrenamiento como Auror y de sus inevitables "charlas" con Hermione —lo que llevó a Harry a reírse en buen son y sólo por las palabras que recordaba Hermione le dirigía con ese respecto—; unas cuatro de Hermione que lo ponían al día de lo que pasaba en la Madriguera; una del ministerio… a la que dejó de lado para abrir después. Cuando leyó el último nombre que esperaba leer en una carta dirigida a él, dejó caer el resto al suelo.
Todo lo demás olvidado.
Abrió el lacre, entre desesperado y confundido y comenzó a leer la pulcra caligrafía que había leído pocas veces en pergamino y muchas sobre un libro de pociones. Tragó fuerte antes de desdoblar el pergamino.
"Al día doce de agosto del año mil novecientos noventa y nueve.
"Sr. Potter,
"Espero esta carta lo encuentre con buena salud. El motivo de la misma es retomar un comentario pendiente de nuestra pasada conversación.
"Habiendo sido yo quién mencionó el tema en dicha conversación, le pido me permita cumplir la palabra dada. Si no le parece una imposición, ¿se vería inclinado a compartir una cena temprana?
Y firmaba sencillamente con un "Severus Snape". Mientras leía por tercera vez las palabras, se sintió temblar. ¿Qué si estaría dispuesto? ¡Por Merlín, ¿qué era estar más que dispuesto?! Y nervioso.
Hasta que notó la fecha de la carta.
Habían pasado tres semanas desde entonces. En seguida fue por pergamino, tinta y pluma y comenzó a rasgar sobre el material su respuesta. El saludo requerido. La disculpa por la tardanza en responder y la explicación de que no se encontraba en casa. Una línea más para aceptar fervientemente la invitación para la…
Entonces tachó esa línea. Estaba seguro de que eso NO era una cita. Lo que habría llevado a su antiguo profesor de pociones a escribir tal carta no podía ser tal. Qué era y por qué una carta, eran consideraciones en las que se detendría más adelante.
Después de todo, Snape aclaraba que era para cumplir su palabra. No, no podía dejarse llevar por sus sentimientos, arruinar esto y perder la oportunidad de verlo. Comenzó de nuevo la carta, tomando más tiempo para pensar sus palabras y medir sus expresiones.
Cuando se sintió a gusto con el tono políticamente correcto de sus palabras, llamó a Ashley para darle la carta. Le indicó la llevara con Severus Snape, en Hogwarts, y dejó marchar a la lechuza.
Snape respondió a vuelta de lechuza.
Decir que estaba emocionado por la pronta respuesta sería quedarse corto. Mientras abría el lacre de la carta, estaba nervioso, con el estómago hecho un nudo, queriendo soltar un grito sólo para dejar salir la efervescencia que sentía dentro del cuerpo y que hasta lo hacía temblar. Tal vez, incluso, estaba hiperventilando. Se mordió el labio inferior para callar la revolución en su interior y sólo se calmó mientras leía las palabras.
"Al día diez de septiembre de mil novecientos noventa y nueve.
"Sr. Potter,
"El comienzo del año lectivo en el Colegio me obliga a posponer tal invitación. Pero si aún se siente inclinado a ello, y siempre que no le incomode encontrarme en el Colegio, podría acomodar alguna hora de la tarde del sábado para una charla.
Y, con eso, Harry tuvo para sonreír. Horas después se preguntaría de qué querría hablar Snape con él. Pero en ese momento, sólo podía pensar en el día siguiente.
.
Sin haber podido dormir durante la noche, y sólo pudiendo cerrar los ojos un par de horas a media mañana, Harry aún se sentía nervioso cuando apareció frente a las barreras de Hogwarts. Por un segundo se preguntó si debería buscar a Snape o dónde buscarlo. En cuanto cruzó los hechizos protectores, sin embargo, un elfo doméstico del Colegio apareció frente a él para llevarlo hacia su cit… ¡que no era una cita!
Pero, aún sabiendo que aquella invitación no era para una cita, no había podido dejar de soñar con que lo fuera. Tenía que recordarse, constantemente, que era más probable que Snape lo llamara por algún peligro que amenazara la reciente paz a que lo llamara sólo para verle la cara.
Sí, eso debía ser.
Snape lo llamaba para informarle de un peligro que pondría de nuevo su vida, o la de ambos, en peligro.
Cuando el elfo cumplió la pequeña misión dada, Harry se encontró frente a una pared de piedra con un arco enmarcando la figura de una puerta. Antes de poder decir nada al elfo, éste golpeó tres veces la piedra y una puerta de madera apareció en lo que antes había sido piedra. El elfo desapareció.
—Adelante —sonó esa voz que creía… no olvidada, pero que sus recuerdos habían amortiguado.
Dándose un segundo para controlar el acelerado latido de su corazón, abrió la puerta. Encontró al hombre siempre vestido de negro, con la mirada clavada en un pergamino y viéndose completa y absolutamente hosco aún sentado tras un escritorio de madera rojiza.
—Uhm… buenas tardes, profesor —saludó nervioso.
—Le recuerdo, señor Potter, que ya no soy su profesor —respondió secamente mientras levantaba la mirada y se ponía de pie. Con un gesto le dejó entrar mientras se acercaba la mitad del camino.
Harry se sorprendió inmediatamente. Desvió la mirada hacia la habitación y se sorprendió de nuevo, esta vez viendo la sala a la que había entrado, le pareció recordarla ligeramente aunque fuera la primera vez que estaba allí. Al menos, tenía la sensación de deja-vú al pensar que el espacio parecía demasiado muggle para Snape: paredes sin decoraciones, libreros llenos de libros —y no los frascos y bichos conservados en su despacho—, un sillón de tres plazas tapizado en verde oscuro y un par de sillas de cuero rojo oscuro frente al pesado escritorio que había abandonado segundos antes. Y, en esa sensación de vivirlo de nuevo le parecía, había pasado mucho tiempo en aquel lugar. Extraño.
Siguió a Snape hasta el sillón ligeramente apartado de la chimenea y tomó asiento cuando indicado. Sintiéndose nervioso y tieso en cada movimiento, esperó a que su antiguo profesor comenzara con el tema por el que le había llamado.
—Llega justo a tiempo para el té, ¿me acompaña? —preguntó Snape viéndose cansado.
Lo vio en cambio usar su varita para producir una mesa baja donde estaba ya una tetera humeante y su respectivo servicio.
—Sí… por supuesto —aceptó confundido. Comenzaba a temer el tema si Snape (SNAPE) sentía necesario dar un rodeo tan exorbitante—. ¿Sucede algo?
—¿Disculpe? —torció el gesto.
—Se ve… cansado —aventuró Harry con el tacto que comenzaba a aprender de Andrómeda tras su larga visita y correspondencia constante.
A toda respuesta, Snape cerró los ojos, alzó las cejas y suspiró. Acercó una de esas sillas de cuero rojo y tomó asiento cerca de la mesita que había hecho aparecer. Sólo entonces lo miró de nuevo.
—¿Cómo va con la Oclumancia, señor Potter? —preguntó en cambio mientras servía de la tetera a las tazas en el servicio.
La pregunta causó que sus sentidos se pusieran alerta. De inmediato se preguntó qué tenía que ver eso con la visita. ¿Habría vuelto Voldemort? No, no podía ser cierto. ¿Podía? ¿Por qué le preguntaría por ese tema tan específico? ¿Habría otro peligro al que tuviera que enfrentarse ahora?
—Sabe que nunca he sido bueno en eso —torció una respuesta sintiendo el estómago revuelto.
—Le haría bien organizar su mente —dijo tomando el primer trago de té y apoyándose en el respaldo del sillón que ocupaba.
Harry tragó para notar que sentía la garganta seca, apuró la taza de té que Snape le había acercado y se preparó mentalmente para escuchar que nuevo peligro acechaba… y porqué a él.
—Eh, prof… Snape ¿por qué la pregunta? —aventuró.
—Su mente siempre ha sido un caos... o lo fue. Pero no creo que eso haya cambiado en poco más de un año —siguió Snape sin sarcasmo, burla o animadversión.
—¿Poco más de un año? —repitió, por un momento olvidando el temor anterior.
Snape lo miró fijamente por sobre la taza a la que le daba un nuevo trago. Esa mirada le valió para, primero, recordar dónde había visto una habitación tan parecida a la que ahora veía con Snape en ella y, la segunda, para recordar a la perfección aquel despertar en San Mungo cuando le había pedido que leyera su mente. Se puso rojo de inmediato y volteó la mirada al piso.
El quedo sonido de una risa, no una burla, llevó su mirada de vuelta al rostro del hombre. Allí, ínfima como otras veces, Snape tenía una sonrisa en los labios.
—El caos siempre me ha seguido —masculló como respuesta y justificación.
Si Snape no había escuchado la respuesta o no sintió la necesidad de responder a ella, Harry no lo sabía. Sólo comenzaba a comprender que no había peligro en el horizonte y trataba de alejar la sensación de nerviosismo a lo más recóndito de sus inseguridades. Se inclinó hacia la mesa de centro y robó un pequeño emparedado cortado en forma de un perfecto cuadrado.
Mientras comía, no por hambre sino por hacer algo, se concentró en el rostro de su antiguo profesor. Los ángulos marcados de sus pómulos en conjunto con la nariz ganchuda, la piel centrina —ahora ligeramente más tostada que amarillenta—, el rictus de labios delgados y el largo cabello negro aún enmarcando el rostro dándole un aspecto sombrío y agrio. Ahora le parecía más bien un rostro armónico en general, que sentaba a la perfección con el carácter del hombre. Porque era severo… como el nombre. En algún punto del último año había llegado a apreciar la (no, no pensaría en "belleza" para describirle); en la armonía… la concordancia entre tal rostro y tal carácter.
Incluso enamorado de él, podía aceptar que Snape no podía ser definido como alguien guapo en el sentido usual, pero sí atractivo. Su atractivo no radicaba en facciones perfectas o clásicas, sino en esos pocos momentos en los que permitía su gesto fuerte se suavizara, en los ademanes que relucían por debajo de esa máscara que siempre usaba. En que era posible hacerlo sonreír, pero tendría que esforzarse por hacerlo reír... Como en todo lo demás, con Severus Snape, tenía que esforzarse.
Su atractivo no era nada más que aquello que Severus Snape frecuentemente ocultaba.
—¿Snape? —preguntó Harry tras un momento de cómodo silencio.
—¿Sí, señor Potter?
—¿Cómo ha estado? —preguntó justo antes de sentirse como idiota por preguntarlo de nuevo. Pero, se justificó un segundo después, Andrómeda había hecho eso con él y le había servido de maravilla.
—¿Quiere la verdad? —devolvió Snape casi ausente.
—Por favor —pidió, aliviado por no ser humillado como ataño.
—No me gustan los cambios —comenzó—, hacen que me sienta… incómodo. Adaptarme a esta nueva rutina de… paz, ha sido poco menos que tortuoso.
Harry lo vio sorprendido, pidiendo la explicación de sus palabras. Aunque para él había sido, y seguía siendo, confuso ese periodo de paz en su vida; no lo llamaría "tortuoso".
—Demasiados años de mirar sobre el hombro y estar en guardia pesan sobre cualquier personalidad —explicó, aunque dejaba un gran margen para interpretación.
¿Estaría diciendo que podría haber tenido otra personalidad si no hubiera sido por la guerra?, ¿que aún se sentía en alerta constante?
Aunque era completamente posible, y más que posible: probable; no podía imaginarse a un Severus Snape siendo diferente. Pero al mismo tiempo, aunque de una forma diferente, no podía más que estar de acuerdo con el hombre. Por primera vez en años comenzaba a sentirse justo así: dándose cuenta que la "normalidad" no era ser atacado en cada esquina o encontrándose enemigos a cada paso. Y, si para él siete años habían sido un tipo de infierno, no podía imaginarse lo que había sido para el espía que había vivido así casi veinte.
—Creo que nunca le he dicho cuanto lo admiro —comenzó Harry—. No hubiéramos logrado acabar con Voldemort sin usted.
Snape lo miró fijamente, como midiéndolo, como reprimiendo un comentario mordaz.
—No hace falta que lo diga, Potter. Me hizo verlo.
Con esa frase, de nuevo Harry volvió a aquel momento en San Mungo, cuando le había mostrado lo que había en su mente y en su corazón. Tragó sintiéndose incómodo y fijó la mirada en el piso preguntándose por qué Snape continuaba sacando ese tema en la conversación. ¿Para humillarlo? No parecía ser el caso, pero…
—¿Más té? —preguntó Harry para cambiar el rumbo de la conversación.
Ante un simple monosílabo de Snape, se levantó para llenar las tazas.
Mientras servía la bebida en la taza del hombre, éste se inclinó hacia el frente probablemente para cualquier otra cosa que no fuera ponerlo nervioso; pero Harry se tensó de igual manera, completamente consciente de la cercanía del hombre y anticipando un toque o al menos algún roce de aquel otro cuerpo. Y cuando aquella voz profunda, y antojándosele a Harry como aterciopelada, le dijo parar, Harry casi deja caer la tetera. Snape reaccionó más rápido que él y así se encontró con las manos de Snape sobre su piel.
Aunque esos largos dedos lo sujetaban junto con la porcelana, sin ninguna intención más que prevenir el caos que dejarla caer causaría, la firme presión de esa cálida piel envió un agradable cosquilleo al resto de su cuerpo.
—¿Todo bien, señor Potter? —preguntó esa voz sonando casi divertida con su torpeza, casi burlándose de ella.
—Ah, sí… yo… —titubeó mientras se alejaba un paso—. Me distraje un poco.
—Veo que su torpeza sigue siendo un peligro, Potter —devolvió Snape, tranquilo, sin el rencor de un reclamo.
Harry no pudo responder aquello cuando sentía la piel de Snape deslizarse sobre la suya como una caricia mientras el hombre lo dejaba apartarse. Con la sensación de una caricia persistiendo sobre su piel, el calor lo recorrió como seda por las venas.
Notó que temblaba ligeramente mientras rellenaba su propia taza y cuando la porcelana chocó audiblemente con la madera de la mesa. Cuando se atrevió a mirar a Snape de nuevo, lo encontró con un gesto plácido que no le dejaba saber si aquello había sido deliberado o no.
Ninguno habló más mientras bebían aquellas segundas tazas. Los pensamientos de Harry seguían girando alrededor de su piel, de lo injusto que era Snape al no verse afectado; de lo injusto que era sentirse transparente en sus sentimientos al no poder apartar la mirada del hombre eternamente vestido en negro o que fuera el único queriendo quitarle las ropas a ese cuerpo frente a él.
Una vez la taza estuvo vacía, Harry se despidió cortésmente agradeciendo a su anfitrión y francamente huyó. Huyó antes de hacer algo tan estúpido como saltarle al hombre encima y cumplir las fantasías más atrevidas que había coleccionado en tantos meses.
