18. Todas las lágrimas no significan lo mismo
La mañana del 5 de julio, contra su costumbre, Harry durmió profundamente hasta media mañana. Cuando al fin se desperezó, con los ojos aún medio pegados y una inusual sensación de ligereza, los acontecimientos de la noche anterior acudieron a su memoria y una sonrisa amplia como el Golden Gate inundó su rostro. Se sentía feliz.
Pero Ginny no estaba a su lado. Se incorporó y echó en falta sus gafas. ¿Dónde habrían ido a parar? Las encontró tiradas en el suelo, bajo su camisa. Se vistió con prisas y bajó a indagar el paradero de la pequeña de los Weasley.
Al pie de las escaleras estaban las hijas de Bill jugando.
-¿Habéis visto a la tita Ginny? -les preguntó.
Victoire lo miró como reprochándole el haberla interrumpido, y lo despachó con un gesto impaciente increíblemente parecido a los de su madre.
-Ella salió hace un rato.
Harry no se atrevió a preguntar más y salió de la Madriguera en dirección a la bodega. A medio camino de allí, la divisó en un lateral de la casa, trasteando algo en el coche. Ginny lo cerró de un portazo y al hacerlo se llevó una mano al vientre, con un gesto de dolor. Al momento, Harry se encontraba a su lado, y la sostuvo, alarmado.
-¿Qué te pasa, Ginny?-un montón de imágenes horribles de compañeros desaparecidos pasaron a una velocidad de vértigo por los ojos de Harry, poniendo un tono de pánico en su voz.-¿Qué puedo hacer?
Ginny lo apartó bruscamente, rehaciéndose. Le dedicó una mirada que mezclaba a partes iguales rabia y dolor.
-¡Nada! ¿No puedes hacer nada! ¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte hoy? ¿Y mañana? ¿Y pasado mañana? - le espetó Ginny. Su voz sonaba dura, pero estaba al borde las lágrimas.
Harry se irguió en silencio. Una tristeza infinita lo embargó. La burbuja de paz y felicidad en la que había vivido la última semana estalló de golpe, y además se sintió muy culpable. Culpable por haberse permitido llegar a ese punto, culpable por haber creado expectativas en Ginny, culpable por no haber echado el freno a tiempo aunque sí que creyera haberlo hecho, culpable por haberse sentido tan feliz la noche pasada que había olvidado su vida anterior.
-Tienes que irte, Harry. Hemos engañado a todo el mundo, pero cuando acaben descubriendo la verdad...- Ginny se estremeció visiblemente, y miró a los ojos verdes de Harry llena de pasión.- Te agradezco todo lo que has hecho por mí, presentarte ante mi familia, el apoyo,... nunca te lo agradeceré bastante, pero esto no puede seguir. Lo de anoche...
-Anoche no pasó nada- zanjó Harry, colorado como un tomate, presto a evitar que aquello se convirtiera en un problema, reacio a que esos momentos maravillosos fueran criticados.
-Anoche pasaron muchas cosas- refutó Ginny.- Cosas maravillosas, pero que no tendrían que haber pasado. Estás casado, Harry – lo miró con sencillez, como si ya no hicieran falta más explicaciones, pero también con ternura, y le acarició la mejilla.- Y no conmigo.
Harry se quedó atornillado al suelo, notando el tacto de los dedos de Ginny, que ya se alejaba sin poder evitar las lágrimas.
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Ron había quedado a comer en el pueblo con su hermano Bill, Oliver y Neville. Aparte del espectáculo de fuegos, la comida y el baile, la celebración del 4 de julio había sido la oportunidad para que los cuatro jóvenes hablaran de sus planes para impulsar la creación de una nueva embotelladora en el valle. Todos estaban de acuerdo y dispuestos a dar el paso, contaran o no con la aprobación de sus mayores, y a pesar de la dura competencia que les plantearía la embotelladora controlada por los Malfoy.
Tras una animada discusión de negocios de la que salieron muy satisfechos, Ron le dio una excusa a Bill para no regresar con él a La Madriguera, y se encaminó hacia la clínica. Sabía que Hermione tardaría un poco en salir, y la esperó tomando un café, bastante cargado, en la cafetería de enfrente. Quería tener la mente clara para decir lo que tenía que decir.
La doctora apareció en la puerta de la clínica y se encaminó decidida hacia su casa. Ron admiró unos segundos su garbosa figura, y la siguió hasta alcanzarla en el siguiente cruce.
-¡Ron! - se sorprendió la chica.- ¿Qué haces aquí?
-Hola, Hermione. Creo que anoche se quedó una conversación pendiente.
La joven le sonrió, ruborizada, y asintió. Pasearon en silencio hasta llegar a un parque cercano al hogar de los Granger. Allí se sentaron en un banco protegido de miradas por unas frondosas damianas, cuajadas de flores amarillas. Un par de niños jugaban más allá, solapando con sus gritos de alegría la conversación, manteniéndola aislada de oídos indiscretos. Hermione mantuvo el silencio, y Ron asumió la invitación a hablar.
-¿Por qué me besaste anoche?
Hermione lo miró, apreciativa. Después de tantos años dándole vueltas a qué clase de sentimientos había entre ellos, no queriendo ver el elefante en la habitación, el pelirrojo había decidido tomar el toro por los cuernos e irse directo al grano. ¡Bien por él! Sin embargo, ella no pensaba dejarse manejar.
-¿Por qué pujaste por mí en la subasta de tu graduación?
-¿Por qué me defendiste de Malfoy?
-Hubiera defendido a cualquiera de Malfoy.
-¿Soy cualquiera para ti?
-No voy por las noches a oscuras besando a cualquiera.
Ron se relajó en el banco, y miró a los niños que jugaban a policías y ladrones. Uno cayó en tierra pero se levantó sin hacer aprecio del manchurrón de tierra en su rodilla, y siguió persiguiendo a su contrincante.
-Estoy enamorado de ti desde que tenía 15 años y venías a casa a hacer trabajos con los gemelos. Te veía en el instituto y me parecías inalcanzable, la prefecta perfecta dos cursos por delante de mí...
-Sólo soy unos meses mayor que tú... - le recordó Hermione, siempre precisa.
-Sí, pero parecían siglos. Luego te fuiste a estudiar a Stanford, y bueno, yo intenté diverti... olvidarte de alguna manera – Ron, que había mantenido un sorprendente control emocional hasta entonces, no pudo evitar ruborizarse ante las cejas alzadas de Hemrione: mejor no aclarar el significado de la palabra "divertirse" en este caso. - Pero cuando volvías en verano... aquel verano en particular... nunca te fuiste de mi cabeza, Hermione. Y bueno, yo ya me había graduado, aunque algunos pensaron que no lo conseguiría nunca, y yo me atreví a pensar que tendría una oportunidad. Por eso pujé. Pero cuando Malfoy se entrometió... bueno, perdí los papeles, lo admito. No debí beber tanto, y no debí besarte.
-No debiste besarme "a la fuerza"- corrigió Hermione, severa.
-¡Tú me besaste a la fuerza anoche!-protestó Ron.
-Me la debías – se miraron, altivos cada uno en su posición, y saltaron chispas.
-¿Era sólo eso, un juego? ¿Te la debía y tenías que cobrarte, pagarme con la misma moneda?- Ron, visiblemente dolido, se levantó. Quería irse, pero no sabía a dónde, porque la imagen, el tacto, el olor, el sabor de Hermione lo iban a acompañar de por vida.
La voz de Hemrione lo detuvo.
-Sí, ahora estamos empatados y se acabó el juego. Ahora podemos empezar en serio. En serio, Ron, sin escondernos detrás de otras personas, sin excusas, sin medias palabras. ¿Qué quieres de mí? - Hermione se había acercado a él, tomándole las manos de largos dedos, y apretándolos con una fuerza que transmitía necesidad.
-Yo... te quiero a ti. Ya te lo he dicho. Desde siempre. Siempre has sido tú, y no ha habido otra que se te compare. Pero tú...
-¿Y qué? ¡Dilo!
-Tú no puedes querer a alguien como yo, a... a un don nadie.- Ron pronunció esas palabras casi con crueldad.
-No vuelvas a decir eso, Ron. Cuando dices eso, te menosprecias a ti mismo y a todos los que te rodeamos,... y a todos los que te queremos – Hermione bajó mucho su tono de voz, pero la mantuvo tan clara como siempre. - No eres un don nadie, Ron, y aún si lo fueras, ¿qué tendría de malo? Ya sé que a ti te hubiera gustado ser uno de esos héroes de uniforme, pero ¿sabes qué? Yo he conocido a unos cuantos de esos a los que no querría volver a cruzarme en mi vida, héroes de cartón piedra que han hecho matar a gente mejor que ellos. ¡Ojalá hubieras más don nadies y menos héroes! Hombres sencillos, Juan Nadies que hacen lo que tienen que hacer y no esperan medallas, buenos hijos, buenos hermanos, buenos amigos, buenos trabajadores, buenos jefes que sacan el país adelante sin esperar que los aplaudan. Te prefiero a ti mil veces antes que a los Malfoy de la vida con su uniforme blanco lleno de medallas y su corazón negro lleno de chatarra.
Una lágrima rodó por la larga nariz del pelirrojo, conmovido en lo más hondo por la vehemencia con que Hermione le había hablado. Se acercó a ella y apoyó su frente en la de la muchacha, dando un largo suspiro. Luego hincó la rodilla en tierra y tomó entre sus manos las de una ahora muda Hermione que, por primera vez en mucho tiempo, parecía totalmente dispuesta a dejarse llevar.
-Hermione, te quiero. Quiero tener una vida contigo y me harías el hombre más feliz del mundo si aceptas ser mi novia, mi prometida, mi mujer. ¿Querrás?
Hermione sonrió feliz y ambos corazones palpitaron al unísono.
-Sí quiero. Claro que quiero.
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Tras la demoledora conversación con Ginny, Harry había buscado el último rincón de La Madriguera para esconderse, y este lugar fue la bodega, donde varias horas más tarde lo encontró el tío Bilius.
-Joven, lo echamos en falta a la hora de almorzar. - le riñó cariñosamente el anciano.
-No tenía hambre.
-¡Qué casualidad! Ginny tampoco comió nada... ¿Os habéis peleado?
-Algo así – esquivó la mirada Harry.
-¡Ah, las riñas de enamorados!- rio el anciano. Una botella apareció entre sus manos, y enseguida hubo dos copas servidas.- Recuerdo que, al año de estar casado, tuve una pelea terrible con mi mujer...
-No creo que fuera por el mismo motivo-zanjó Harry, con pocas ganas de hablar. Miró el vaso servido frente a él, pero no lo tocó.
-Si te digo la verdad, ya ni siquiera me acuerdo del motivo. Sería algo de su madre, o quizá es que yo quería pasar el fin de semana cazando... yo cazaba mucho entonces, ¿sabes?
-Ajam.
-Pero sé que fue una pelea terrible porque de lo que sí me acuerdo es de la reconciliación.- Bilius guiñó un ojo, pícaro.
-Yo creo que esto no tiene arreglo – deprimido y aburrido, Harry dio un largo trago al vaso, apurando el licor.- ¿Qué es esto?
-Vino de naranjas, según la receta secreta de Abercroft, un viejo amigo. Dulce como el beso de una mujer, oloroso como su pelo, y embriaga como... - Bilius se rio ruidosamente y escanció más vino en ambos vasos. Harry hizo una mueca de humor y derrota, y volvió a beber.
-Ginny y yo nos queremos, pero no podemos vivir juntos. Hay demasiados inconvenientes, impedimentos, obstáculos,...
-¡Tonterías! Mi nieta es 100% irlandesa, y eso significa que es voluntariosa y apasionada. Si un obstáculo se le pone enfrente, hará todo el esfuerzo que haga falta hasta que lo supere. Sólo hay una condición, y es que tiene que estar convencida de que vale la pena. ¿Tú vales la pena, muchacho?- inquirió socarronamente Bilius, sin parar de rellenar los vasos de vino.
-No lo tengo muy claro, señor – Harry seguía deprimido, pero el vino con el estómago vacío le empezó a desatar la lengua.- Yo la quiero, la quiero de una forma diferente a cualquier otra mujer que haya conocido... es un amor más... completo – y Harry se dio cuenta de que era cierto lo que decía. Nunca había querido a Cho con esa plenitud: la había querido a ella, su cara, su cuerpo, pero sin mirar mucho más allá. Con Ginny había sentido no sólo un nuevo amor, sino la promesa de una nueva vida.
-Pues díselo. ¡Díselo!
-Es complicado, ahora me salen las palabras porque estoy borracho... me ha emborrachado, tío Bilius. Pero no sé cómo hablar con Ginnny sin hacerle daño.
-Pues si no sabes hablar, canta. Díselo cantando. Los irlandeses amamos la música, nos expresamos con ella.
Harry soltó una risotada.
-¿Cantar? ¿Quiere que la espante? Yo ni siquiera me sabía las canciones del coro de la iglesia.
-Mal hecho. Esos coros son ideales para conocer gente. Yo, por ejemplo,...
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La tarde transcurrió perezosamente y La Madriguera estuvo extrañamente silenciosa hasta el anochecer. Bill y su padre no salieron del despacho en toda la tarde, y Ginny acabó huyendo de su madre cuando esta le empezó a proponer fechas para la boda por la iglesia. Intentó sugerir que Harry y ella se había disgustado, preparando el terreno para cuando él se fuera y tuviera que contar la verdad, pero Molly le contestó que Harry estaba enamorado de ella de tal forma que no había que dudar de una reconciliación, y ahí Ginny ya no pudo sostener su actuación y se refugió, llorando, en su dormitorio.
Allí la sorprendió el ocaso, melancólica mientras doblaba metódicamente las pocas pertenencias de Harry, inhalando su olor impregnado en las camisas que guardaba en su maleta.
Una suave melodía se coló por el balcón abierto. Una guitarra, una flauta dulce, servían apenas de base a una armonía de voces que empezó a desgranar una lenta canción de amor. La entregada letra de "One I love" trepó por la hiedra que cubría la pared de La Madriguera hasta introducirse por el balcón del cuarto que habían compartido, y capturó el ánimo de la pelirroja. Conocía la canción, que había sido la preferida de su abuela por sus arrebatados versos
They tell me he´s poor, they tell me he´s young
I tell them all to hold their tongue
If they could part the sand from the sea
They never could part my love from me
El estribillo se repetía insistente bajo el balcón, y Ginny distinguió una voz, menos armoniosa, menos empastada con las demás, pero la más querida para ella: la voz de Harry. La pelirroja descansó su frente en el cristal de la balconada, sin atreverse a cruzarla, a asomarse. La noche anterior, embriagados por el baile y ansiosos de la piel del otro, habían estado a punto de consumar su falso matrimonio. Ella se había entregado con alegría a las caricias de Harry, que sin embargo, en un momento dado, se había apartado y con una mirada de terrible culpabilidad, le había dicho que no podía hacerle eso ni a ella ni a Cho. Ginny pasó el resto de la noche en la sospechosamente vacía habitación de George, llorando y rumiando la ruptura que se había concretado en la discusión de por la mañana.
Sin embargo, ahora era Harry quien la buscaba. ¿Habría olvidado que seguía casado con Cho? ¡Cómo la envidiaba sin conocerla! ¿O habría sucumbido a la tentación de estar, al menos una vez, con ella? ¿Estaría dispuesto a divorciarse para convertirse en marido de una mujer desgraciada y padre del hijo de otro hombre?
Y ella, ¿quería ella que él se comprometiera de esa forma, por su bondad infinita e inducido por las circunstancias? La tonada se fue extinguiendo mientras Ginny seguía en su torbellino de pensamientos, sin atreverse a dar un paso fuera del balcón y encender la luz.
La voz de Harry se quebró poco antes de llegar al final de la canción. Todas las luces de la casa estaban encendidas, todas excepto la única que él quería. Miró desconsolado y sintiéndose ridículo al tío Bilius, que estaba a su lado y por una vez no sabía qué decir, y al grupo de música que habían hecho venir de urgencias para dar la serenata y seguía cantando las estrofas finales. Sacudió la cabeza para alejar las lágrimas de sus ojos y echó a correr, alejándose de La Madriguera, con la idea de no volver jamás a ella.
