Disclaimer: Los personajes de la Saga Crepúsculo son creación de la Sra. S. Meyer y la historia es adaptación de una novela contemporánea, cuya autora y biografía se publicarán al final. Es la continuación de MI QUERIDO PRESIDENTE. La producción de este fics es una mera actividad recreativa, sin fines de lucro. - Advertencia: Lenguaje adulto.


Público

Edward

—Mi intención de poner un impuesto sobre el carbono para todas las emisiones sean inquebrantables. El aire que en gran medida respiramos ha sido contaminado durante años. Esto ya no debe seguir sucediendo.

—Señor Presidente —Jasper está en la puerta, interrumpiendo mi sesión con uno de mis asesores—. Ha habido un incidente.

Me conduce a la habitación contigua y enciende la televisión.

Miro a Isabella salir de la escuela primaria de Virginia hacia una multitud de reporteros y fans y al Servicio Secreto luchando por mantener la zona segura.

Un niño intenta romper la línea de seguridad. Él es empujado hacia atrás, se cae, y la línea se rompe, la multitud envuelve a Isabella.

La veo agacharse protectoramente sobre el niño que cayó, mientras Ángela lucha para abrir espacio para sacarla de allí.

—¿Dónde está ahora? —Mi tono suena amenazante, incluso para mí. Perdí a mi padre... en un abrir y cerrar de ojos.

Veo el charco de sangre. Escucho la maldita llamada telefónica. Vea las malditas

noticias de nuevo. Siento la maldita pérdida.

—En camino, señor —me dice Sam después de revisar su altavoz.

—Quiero verla cuando llegue.

Me dirijo de regreso al despacho Oval y miro hacia mi escritorio, apretando mis manos mientras intento respirar. Perderé la cabeza si alguna vez la pierdo. Perderé mi cabeza si le sucede algo a ella o a nuestro hijo. Veo el archivo del FBI de mi padre. Un recordatorio de cómo la justicia no ha sido administrada a uno de los cientos de miles de malhechores en este país. Cojo el archivo y lo tiro en mi cajón, frustrado porque Isabella haya sido tan descuidada de repente, era jodidamente demasiado.

Isabella

Bueno, eso no se suponía que sucediera.

Todavía estoy en estado de shock por el número de personas que acuden a mis visitas. Parece que las multitudes sólo siguen creciendo, su obsesión por mí casi rivalizando con su obsesión por Ed.

—¡Isabella, por favor, una foto conmigo!

—Isabella, ¿podrías interceder por mi hijo, él fue suspendido?

—Isabella, ¿sabes lo que vas a tener?

Me estoy dirigiendo de nuevo a la Casa Blanca; en la parte posterior del coche de gobierno, un doctor está atendiendo algunos rasguños en mi brazo. Yo misma los causé. Bien quizás no. Un niño, de no más de cuatro años, estaba siendo pisoteado mientras trataba de alcanzarme, y me lancé hacia adelante para intentar protegerlo.

Ya he sido reñida por Ángela y el resto de mi servicio, los hombres se disparan mutuamente miradas preocupadas, y ya los he oído hablar por sus micrófonos. Explicando lo que pasó al presidente.

El hecho de que esto ya haya llegado a los oídos de Ed y posiblemente le haya preocupado me hace sentir peor.

Estoy agotada cuando regresamos a la Casa Blanca. Llego a mi cuarto y me quito mis zapatos de tacón, cambiándolos por un par de bonitas bailarinas, y el piso está vacío, excepto por el personal. Me encuentro caminando hacia el ala oeste. Sólo tengo que verlo. Lo anhelo como el aire. Él es el ancla que me sostiene en esta experiencia nueva, aterradora y emocionante, y es la razón por la que quiero hacerlo mejor que bien. Él es la razón por la que incluso tengo esta oportunidad en primer lugar.

También quiero que sepa que estoy bien.

Jasper me intercepta en el camino a la entrada al despacho Oval.

—Isabella. Quiero tocar el hecho de que el presidente no está tomando prisioneros durante esta gestión, pero si algo te lle…

—Jasper —La palabra fue mascullada desde la puerta.

La orden hace que Jasper deje de hablar... nuestros ojos vuelan hacia Ed, que está de pie en la puerta del despacho Oval.

Mi corazón se detiene cuando noto la reprimenda de acero en sus ojos, que él envía a su jefe de gabinete, como si no tuviera derecho a hablarme así.

Creo que mis rodillas están golpeándose, o tal vez es mi corazón. Nunca he visto a Ed enojado. No tan enojado. Así no.

Jasper asiente con la cabeza y me susurra disculpándose: —El presidente tiene enemigos. Todos centrados en encontrar su debilidad.

El enfado de Ed es tan evidente, que puedo sentirlo como una onda tumultuosa en el aire, aunque lucha por mantenerlo bajo control mientras espera a que Jasper se aleje de mí.

Miro a Ed. Miro fijamente a su corbata y la gruesa columna de su garganta mientras camino dentro. Cierro la puerta detrás de mí mientras rodea su escritorio, luego se inclina hacia delante, sus brazos apoyados en el escritorio mientras sus ojos se enfrentan a los míos con desprecio y él lentamente escupe las palabras: —Eres la primera dama. No puedes actuar como si fueras una jovencita normal de veintitrés años. No puedes arriesgar tu seguridad. Tú NO arriesgarás tu seguridad. ¿Me entiendes, Isabella?

Su mirada me perfora, y nos miramos el uno al otro a través del silencio resonante.

—Ed, estaba siendo aplastado. Era sólo un niño tratando de darme un dibujo que hizo para mí.

Aprieta su mandíbula tan fuerte que puedo ver un músculo flexionado furiosamente en su espalda, su mirada asesina ardiendo a través de mí.

—Quieres dejar tu huella y estoy orgulloso de ti por eso —gruñe, claramente luchando por el control—. Pero por todo los santos, no vuelvas a ponerte jamás en peligro. ¿Me oyes? —Su voz es mortal, tranquila.

De repente enojada y frustrada, porque sé que Ed no quiere seriamente que me quede de pie y mire como un chico es lastimado, me doy la vuelta, abro la puerta, y empiezo a dirigirme hacia el pasillo, sin decir nada.

Quiero llorar por alguna razón.

Ed me alcanza, coge mi brazo y me conduce por las escaleras y hasta la residencia.

Me suelta en mi dormitorio, exasperado, su frustración es evidente en su rostro.

—¿Qué diablos fue eso? —Gruñe.

—¡Siento haberte asustado! —Grito—. ¡Yo también estaba asustada! No quería hacer una escena en el despacho Oval, eso es como un espacio sagrado. Pero toda la atención estaba en mí, Ed, todo el mundo estaba tratando de salvarme, nadie pensó en el niño. —Mi voz se rompe y mis labios comienzan a temblar. Los fruncí.

Sus ojos se oscurecen mientras me mira. Trabaja el músculo trasero de su mandíbula como si no hubiera mañana.

Ed parece claramente torturado, dividido entre querer abrazarme y sacudirme para meter algo de sentido común en mí.

—Hiciste una cosa valiente, Isabella, pero por el amor de Dios —escupe la última palabra, tratando de sonar paciente, pero fallando mientras toma mi hombro en su mano, apretando—. Piensa en lo que pudo haberte sucedido. Estas de más de cuatro meses de embarazo y te presionas demasiado, jodidamente demasiado. No me gusta.

—¡Sólo estoy ocupada, Ed! Tratando de hacer mi parte, lo mejor que puedo. Me gusta lo que hago, y con el bebé en camino estoy tratando de hacer todo lo posible antes de que nazca. Has estado tan ocupado, y no me gusta cuando empiezo a extrañarte. —Dejo caer mi mirada a su garganta, mi voz acallando mi confesión— Sigo esperando cada noche para ver si vienes a la cama y siempre me duermo antes de que lo hagas. Quiero hacer una diferencia, y hay tantas cosas que no tengo tiempo para todos ellas, pero a veces en vez de pensar en eso estoy pensando en ti y cuando estaré contigo...

—Continúa —dice, gruesamente, apretando mi hombro. Trago. No lo haré. Ya he dicho suficiente.

Silencio.

Su tono se vuelve brusco por la emoción mientras me acerca.

—Por lo que vale, estás haciendo un trabajo increíble por ahí. Estoy orgulloso de ti —Pasa sus nudillos por mi mejilla, su expresión es tan intensa, soy una blandengue—.Estoy muy orgulloso de ti.

Agarra la parte posterior de mi cabeza, presionando su frente contra la mía.

—Pienso en que cuando termine podré venir y me acostaré a tu lado. Y cuando llego aquí estás dormida. Me siento en la silla de mi habitación, como la que tienes aquí en la tuya, y te observo, y te veo soñar, no siempre buenos sueños, a veces estás inquieta, y hago esto —me acaricia el pelo—, y tú te tranquilizas. Y no quiero dormir un poco porque esas horas son las únicas horas en que las demandas no me presionan, y son unas pocas horas que tengo para mí, y no quiero perderme nada de eso. Ni un segundo.

Lo agarro por la corbata y lo beso. Agarra la parte posterior de mi cabeza otra vez y toma el control del beso, profundizándolo.

—Te amo —dice con voz ronca, tomándome por la nuca mientras sus ojos brillan sobre mí—. No puedes hacer un truco así de nuevo. Ni nunca, ni siquiera cuando estemos fuera de aquí, ¿me oyes? Eres cada jodida cosa para mí. No necesitas seguir exponiéndote a ti misma, ¿me entiendes?

—Es que te echo de menos. Hacer cosas que marcan la diferencia es todo lo que puede llenar en algo el vacío de extrañarte. A veces estando aquí, con todas estas personas increíbles, me siento sola —Dejo caer la cabeza—. No puedo explicarlo. No quiero sentirlo.

Aprieto los ojos cerrados y cubro mi boca. Dios, no puedo creer lo que acabo de decir.

Aquí estoy, siendo egoísta. Lo quiero todo para mí. Es el jodido presidente.

¿Qué pienso que estoy haciendo?

Parece golpeado.

Oh Dios.

Probablemente sueno como su madre cuando su padre estaba ocupado, y nunca quise sonar así.

¿Cómo podía ser tan egoísta y decir eso en voz alta? Este hombre está dando todo por su país, toda su vida.

—No sabía que te sentías así —dice. Su voz es baja. Me aparto, pero él me detiene, alzando la voz. —No te alejes.—Él levanta mi barbilla y me gira para buscarme con sus ojos, y la punta de su dedo me cubre la piel. Su toque me llena el corazón—. Lo haré mejor.

—No, ya estás haciendo tanto. Siento haberte dicho eso. Lo siento, lo siento. Quiero esto para nosotros, ahora y en el futuro —lo admito.

El arrepentimiento y la frustración nadan como sombras oscuras en sus ojos.

—Eres mi futuro.

Coloco mi mano sobre la que sostiene mi barbilla, mi palma contra sus nudillos.

—No peleemos.

Aprieta de nuevo la mandíbula.

—No estás sola. Nunca. ¿Me oyes? —Dice severamente—. Me tienes.

Asiento con la cabeza, y él coloca su mano en mi estómago, atrayéndome con su otro brazo a su pecho. Su voz se vuelve gruñona y sus ojos más oscuros cuando se da cuenta de la raspadura en mi brazo. —¿Te han visto esto?

—Sí, tiene un ungüento... no quería una tirita. Está bien.

Ed solo me mira fijamente bajo las cejas.

—Está bien —gemí, liberándome.

Sigue mirando y acariciándome con su pulgar mi cara.

—Voy a volver a trabajar, y vas a poner una tirita en eso y esta noche voy a llevarte a dar un paseo y cenar en alguna parte.

—Es mucha molestia mover un equipo de cientos para que puedas llevarme a cenar. Podríamos cenar aquí afuera. Como en un picnic.

Un destello de luz toca sus ojos.

—Tú, siempre preocupándote por todo el mundo —Él sacude su cabeza—. Preocúpate por ti y por nuestro hijo —Me da pequeños besos en los labios—. Es una cita

para esta noche. Esposa.

Terminamos con un picnic en la zona más apartada de los jardines, bajo los árboles. Hice que el chef hiciera emparedados para nosotros, y patatas fritas, líder saludable, estilo de vida saludable, y luego nos acostamos y miramos las estrellas, nuestros cuerpos naturalmente encajaron, nuestras manos vagaron lentamente, nuestros labios lentamente se encontraron.

—Quiero que te lo tomes con calma, Isabella —dice, mordisqueando mi labio inferior. Lo beso de nuevo.

—No puedo tomármelo con calma. Estoy empezando la campaña Niños para el Futuro, para inspirar a los niños a salir del armario y usar su talento.

Él retrocede, frunciendo el ceño, sus ojos severos bajo sus cejas arqueadas.

—Controla tu horario. Modera el ritmo.

No sé cómo lo hace. Incluso cuando es gruesa por la excitación, todavía se controla para hacer sonar su voz dominante.

—Odiaría cancelar.

—Voy a cancelarlo —dice.

Me río, amando lo protector que es, sobre todo ahora que espero un bebe.

—¿Por orden del presidente?

Y cuando sólo me mira con una expresión ilegible e implacable, simplemente lo beso, extasiándome cuando él sella el beso y masajea mi lengua con la suya. Sin aliento, deslizo mis manos por su duro pecho y siento su mano curvándose alrededor de mi estómago, luego alrededor de la ropa interior de mi espalda, facilitándome sentarme en su regazo.

Mi aliento se acelera mientras guía mis piernas para sentarme a horcajadas sobre él y susurra: —Ven aquí, hermosa.

Cierro los ojos, arqueándome despreocupadamente.

—Ed —Una súplica.

—Me quieres, mi amor —dice contra mi oído.

—Demasiado.

Mueve las yemas de los dedos por los lados de mi caja torácica y hacia el frente de mi cintura. Inhalo una temblorosa respiración.

—Cierra los ojos —me persuade—. Deja ir todo… menos este momento. Tú. Yo. Esto.

Sumerge los dedos entre mis piernas, donde estoy mojada y dolorida, y con su otra mano, me atrae hacia él por la parte de atrás de mi cabeza, besándome hasta dejarme sin sentido mientras rápidamente se desabrocha, se baja la cremallera y me baja sobre él.

SIGUIENTE CAPITULO

Isabella

—¿Está solo?

—Sí, pero... —Rosalie se calla cuando entro.

—Estaba reunida con la gente de la futura campaña, cuando Lauren me dijo que diste la orden de hacer una pausa —le digo.

Está en medio de contestar una llamada y dice algo ininteligible en el receptor. Presionando mis labios en una línea delgada, me giro para salir. —Quédate —me

dice mientras cruzo la habitación hacia la puerta.

Inhalo y me doy la vuelta, permaneciendo en mi lugar, el sello presidencial justo debajo de mis pies.

Su frente se arruga mientras escucha por el teléfono.

Avanzando, pongo las palmas en su escritorio y me inclino hacia adelante.

Frunciendo el ceño. He estado trabajando en este evento por semanas; le dije eso ayer. ¿No confía en que tendré cuidado? ¡Está siendo tan frustrante! Espero un momento. Todavía está absorto en su llamada telefónica, así que camino alrededor de la mesa y luego me planto entre él y el maldito escritorio, con las manos en mis caderas mientras le doy mi más feroz ceño fruncido.

Un tirón juega en las esquinas de sus labios de repente. Extiende la mano para soltar un botón de mi blusa. Retengo la respiración, sus ojos brillando.

—Absolutamente, estoy de acuerdo en que no será un problema en absoluto — dice en el teléfono.

Él me tira a su escritorio y me sostiene con un brazo, separando mis piernas para que pueda deslizar sus dedos bajo mi falda y tirar de mis bragas.

Mi voz es ronca. —No lo hagas.

Suficiente para que él escuche, pero no la otra persona en la línea.

Atrapo mi labio inferior entre mis dientes, respirando pesadamente mientras traza su dedo índice a lo largo de mi abertura. Él está hablando de un proyecto de ley mientras arrastra un dedo sobre mi sexo, luego lo alivia dentro. Estoy tan húmeda que se desliza inmediatamente. Gimo y aqueo la espalda.

Afloja mi blusa hasta que se separa. —Entonces tenemos que ponerle manos a la obra, ¿no? —Dice, mirándome de manera significativa mientras arrastra mi blusa a un lado, luego tira de la tela de mi sujetador debajo de la hinchazón de mi pecho. Mi pezón está fruncido, tan duro que incluso el aire que lo roza lo convierte en un pico dolorido.

Jadeo cuando se inclina y sopla sobre él. El placer corre por mis nervios. Me muerde y contengo un grito y empuño las manos en su pelo cobrizo, agarrándolo con todas mis fuerzas.

—Bien. Espero eso mañana en mi escritorio.

Él se para mientras cuelga, me agarra por la cintura y me conduce a través del Oval a la sala de estar adyacente, y cierra la puerta de una patada detrás de nosotros y me acomoda en el sofá, colocándose encima de mí. Tirando de mi falda hasta mi cintura, tanteo su cremallera mientras tira mis bragas a un lado y luego desliza su dedo dentro.

Jadeo. Los dedos de su mano libre recorren mi sien. Mis mejillas se calientan con avidez.

—Lame tu sabor —ordena, levantando la mano de entre mis muslos para provocar mis labios.

Lo hago.

Se libera a sí mismo—entonces está dentro. Muy adentro, donde lo quiero. Lo necesito. Empieza a empujar, gimiendo como yo.

Él arrastra besos húmedos a lo largo de mi cuello, fijando su boca en mi pezón, luego acariciando su mano a lo largo de mi pequeño vientre redondeado. Las sombras de los árboles que están fuera de la ventana caen sobre nosotros, pero soy incapaz de concentrarme en nada más que en él.

Inclino mis caderas hacia arriba, hambrienta de él, siempre hambrienta de él. — Oh dios —gimo.

—Más silenciosa, nena —calla, tierno mientras sumerge su lengua en mi boca, y empuja más fuerte hasta que me conduce a casa, llevándonos a donde necesitamos ir.

Después, me siento y reorganizo mi ropa, y lo observo por un minuto. Su cabello despeinado por mí, su boca sonrojada, y es la cosa más sexy que he visto.

Pero no quiero que sepa eso.

—Todavía estoy irritada —murmuro.

Se pone de pie y se sube la cremallera. Luego toma mi barbilla y se inclina, besándome, su voz ronca. —Yo también. Sé que lo sabes mejor, Isabella.

Gimo, empujándolo mientras me enderezo. Los ojos de Ed me beben mientras está enderezando su corbata y asegurando sus gemelos, mientras que yo me siento como si estuviera drogada con una droga llamada Presidente Cullen.

—No estoy cancelando —le advierto.

—No quiero que canceles —responde con firmeza—. Quiero que te lo tomes con más calma. Ve despacio. Te lo advertí anoche. No estoy bromeando sobre ti o nuestro hijo. Tienes años para defender tu causa.

—Ed ... el médico dijo que debía seguir con mi vida normal.

—Y ahí está la advertencia. No vives una vida normal, Isabella.

Abre la puerta del Oval, caminando a su escritorio, agarra sus gafas y se las pone, con la frente fruncida mientras se reclina en su silla. Rasca su pulgar en su barbilla, pensativo, mientras empieza a leer los papeles de nuevo.

—¿Ed? —Pido. Él levanta la cabeza.

—Lo prometo. Nada me importa más que tú y este bebé —le aseguro.

Él asiente bruscamente, la voz tranquila. —Bien. Estamos claros entonces —dice fácilmente, de vuelta al trabajo.

Sólo miro.

Él alza la vista. —Perdí a mi padre demasiado pronto. No voy a perderte por agotamiento, ni exponer a nuestro hijo en una gira extensa. No vale la pena. Nada lo vale.

Mi ira se derrite un poco; parece que no puedo enfadarme por mucho tiempo.

Sé que está frustrado de que el FBI no haya encontrado nuevas pistas en el caso de su padre. Es un caso viejo. Lo que Ed quiere es casi imposible. Pero ha estado presionando a la Agencia para que sea mejor, haga más, mejore sus estrategias, su inteligencia y sus equipos—incluso tiene una estrategia para obtener un aumento de fondos tanto para el FBI como para la CIA, para asegurar que los Estados Unidos tengan el mayor grado de competencia en la búsqueda de justicia.

Lo imposible para él no existe.

Y sin embargo, el caos es el mejor amigo del malhechor, después de todo. Y ayer salté directamente a él sin pensar—revolviendo las frustraciones nuevamente.

Sonrío mientras lo veo leer el grueso documento en su mano. —Te amo y a esas tontas gafas —admito.

Mi sonrisa se desvanece un poco cuando me mira. Él me da una sonrisa made in Cullen. Y tira sus gafas al puente de su nariz y me mira a través de la habitación.

—No trates de convencerme a tu manera, de trabajar como hormiga. Eso no funcionará conmigo.

—No pensé que lo hiciera —miento, yendo a la puerta—. Sé lo que funciona. — Artículo, oral.

Y veo la sonrisa más adorable tocar sus labios antes de que se recueste en su silla, me mira sobriamente, y ronronea, burlándose de mí: —Así es.

Me río mientras salgo, dirigiéndome directamente a Lauren.

—¿Le diste un sermón al presidente? —Pregunta Lauren con un brillo en los ojos.

—Oh, sin duda. —Aunque fue más un recreo para aliviar a la primera dama embarazada.

Me dirijo a mi escritorio y miro el horario—. ¿Estás de acuerdo con él en que este es un horario ajetreado?

—Te dije desde el momento en que lo redactamos, que no podíamos cubrir razonablemente todas estas escuelas en tan poco tiempo.

—¿Por qué no insististe? —Gimo—. Necesitamos rehacerlo.

—Porque sabía que él había dejado claro lo que hay que hacer —admite, aparentemente divertida.

Suspiro y miro todo, agotada solo de pensar en mover todas las visitas.

—¿Y si reclutara a un grupo de mujeres apasionadas para que me ayudara a cubrir todas estas áreas—a propagar nuestro mensaje de Niños para el Futuro? —Pregunto.

A Lauren le encanta la idea tanto que para esa noche tenemos un nuevo plan y reuniones establecidas con mujeres como yo, que quieren que los niños tengan las mejores oportunidades, los mejores futuros, la mejor autoestima y las mejores posibilidades de lograr sus sueños algún día.

Estoy agotada esa noche cuando siento el colchón de la cama cambiar, y su cuerpo se amolda al mío por detrás. Suspiro felizmente mientras entierra su nariz en mi cuello, plantando un beso allí.

—¿Adivina qué? No te sobornaré consexo oral después de todo —respiro somnolienta.

—Probablemente lo intentes. —Su risa es cálida mientras me acaricia con su nariz la garganta.

Sonrío. —Tuve una gran idea hoy y encontré una manera de tener todo sin... ¿qué dijiste? ¿Trabajar como hormiga? —Frunzo el ceño y me doy la vuelta, disparándole una mirada oscura mientras se apoya sobre sus codos por encima de mí.

Incluso en las sombras, puedo ver la diversión en su cara, su pecho desnudo, gloriosamente desnudo y musculoso mientras se inclina sobre mí. —Eso es correcto — dice. Sus ojos. Juro que son como el mejor café que jamás tendrás. Calientes, reconfortante. —Te agradezco que tomes en serio mis preocupaciones —dice mientras retira un mechón de pelo detrás de mi frente—. Lo que es mío es mío. Y quiero que mi chica esté a salvo, siempre. —Él baja despacio sobre mi cuerpo, sus ojos pareciendo lobunos y posesivos mientras coloca un beso en mi vientre —. Y nuestro pequeño también.

Aprieto mis ojos, su tierno beso extiende calor por todo mi cuerpo.

—¿Estás listo para descubrir el sexo el viernes? —Estiro la mano para acariciar mis dedos a través de su pelo, luego contra el rastrojo en su mandíbula, sintiéndolo raspar sobre mi piel.

—Estoy listo para que nazca ya. —Él sonríe contra mí.

Corro mis dedos sobre su cuero cabelludo mientras acaricia con su nariz mi barriga embarazada. —No puedo decidir lo que creo que es —digo pensativamente.

—No importa lo que pienses, es lo que es —dice prácticamente, mientras regresa, apoyándose en una almohada y atrayéndome a su lado.

Me río. —Cierto.

—He cambiado las cosas para poder estar allí contigo para recibir las noticias — dice, su voz es ronca, mientras me levanta la barbilla y me besa.

—Gracias.

—No me lo perdería. No si puedo evitarlo.

Viernes, estamos saliendo del coche después de mi chequeo con el ginecólogo.

Ed está arreglando su corbata, después del beso descomunal que le di en el coche en nuestro camino aquí. Estoy tan feliz. Anonadada. El bebé se ve bien. Tengo una foto en mi bolso de mano, muchas fotos, de hecho, y pudimos ver su cuerpo perfecto, sus ojos y su rostro. Y su sexo.

Cuando el médico confirmó lo que era, nos dijo con una sonrisa, y Ed y yo, solo nos miramos el uno al otro. Todo es tan real, ahora que podemos darle un nombre al bebé.

Los reporteros de la Casa Blanca están inquietos, han oído hablar de mi cita y pedido permiso para esperar nuestro regreso en los escalones.

—Presidente Cullen, ¿sabe lo que será?

Me atrae hacia su pecho mientras ambos nos enfrentamos a los reporteros, y todos se calman. Dice sólo tres palabras.

—Es un niño.

—¡Es un niño! —Repiten felices y un improvisado aplauso, surge entre la multitud.

—¡Una foto rápida, Sr. Presidente!

Oigo los ecos de otros reporteros que secundan el pedido.

—Está bien—tomen unas cuantas fotografías, y luego confío en que nos dejen volver a nuestros trabajos.

Comienzan a tomar fotografías emocionados, y posamos en la entrada de la Casa Blanca, la mano de Ed en la parte baja de mi espalda, sus ojos se deslizan hacia abajo para encontrarse con los míos mientras sonreímos. Creo que ambos seguimos repitiendo la noticia en nuestras mentes, yo desconcertada y encantada de que estoy teniendo un niño, mi pequeño Ed. Cuando Ed, vuelve a ser profesional, les dice:

—Muy bien, tengan todos, un buen día —y me lleva dentro.

Me da una palmada en el trasero mientras nos dirigimos por los pasillos. —Que tengas un buen día, esposa.

—Lo tendré. Tengo una habitación de bebé para decorar. Ve por ello, esposo.

Él guiña, su sonrisa me deslumbra mientras empieza a caminar hacia el Ala Oeste.

OTRO CAPITULO MÁS

Isabella

Las semanas y los meses pasan volando mientras preparo la habitación del bebé y continúo con mis niños para la futura campaña mientras Ed continúa las reuniones con los jefes de estado, firmando tratados, afinando acuerdos comerciales y más.

Una de las escuelas que estoy visitando en mi nuevo horario menos agitado, pregunta si el presidente podía hacer un discurso para los estudiantes de secundaria, y me emocioné cuando dijo que sí.

Dondequiera que habla, Ed atrae a multitudes. Uno pensaría que era debido a la importancia mítica del legado de su padre y el nombre de su familia, pero sé que no lo es. A la gente le gusta sentirse cerca de él. Escucharlo hablar. En todo Estados Unidos, hay gente orgullosa, orgullosos de ser americanos.

Hoy, admito que me siento un poco emocionada viéndolo hablar de nuevo.

—Es fácil creer que no somos capaces de estar a la altura de nuestro potencial. Nunca creí que lo haría, ni siquiera quería intentarlo. Después de la pérdida de mi padre, continué recordando todo lo que el mundo perdió, y sentí una sensación de impotencia. No estaba impotente. Tuve en mi poder para darles la única cosa que él más quería dar. A mí. Nunca subestimes el poder de tu propio valor.

Una vez hizo el cierre, los aplausos y vítores son tan ensordecedores, que nos siguen fuera.

Él pasea conmigo de vuelta a casa, Sam y Ángela nos acompañan, ambos sonriendo de oreja a oreja, sin molestarse en ocultar su satisfacción.

Nuestra economía está creciendo a pasos agigantados, nuestras exportaciones han aumentado en un 20 por ciento, y hay nuevos puestos de trabajo que se ofrecen todos los días. Aparte de eso, Ed es un defensor de los derechos de los consumidores, de los derechos de las minorías, de los derechos de los homosexuales, de los derechos de las mujeres, y del control de la proliferación nuclear, y aboga por la diversidad que nuestro país ha prosperado y acogido desde hace generaciones.

Habla con la prensa como si fueran sus mejores amigos, se detiene para saludar a todos los hombres y mujeres, y el mensaje siempre es claro en todo lo que hace. TU puedes hacer la diferencia. TU puedes crear nuevos puestos de trabajo también. TU puedes ser innovador, diferente, libre. Puedes ser TU mismo.

Gobernar no es fácil. A veces se siente como si lo hiciera desde hace años. Pero a veces, como el año pasado, se siente como si fuéramos los idealistas, luchando por cada paso.

Los meses pasan rápido, entre gobernar y la escena social que viene con la Casa Blanca. Estoy cerca del término ahora, mi cuerpo muy curvilíneo, y de alguna manera muy excitante para mi marido, e incluso para mí. Se siente tan sensible, su toque siempre envía electricidad a mi piel. Esta noche nos invitaron a Washington D.C., al estreno de una película de uno de sus amigos productores, y me pregunto cómo podré llevar tacones. Tal vez bailarinas y un vestido de corte imperio funcionarán.

—Te ves impresionante —Lola avisó.

—¿Quieres decir que a veces no lo estoy? —Arqueo una ceja burlona.

—Ja ja. En verdad, Isabella. La gente está obsesionada contigo, y la devoción de Ed Cullen hacia ti. Millones de mujeres en el mundo sueñan con calzar tu zapato de cristal. El presidente sexy, sus manos deslizándose sobre tu cuerpo mientras bailas, con los ojos atentos solamente en ti, el líder mundial más deseado, con su clara adoración hacia ti. La política es dinámica y joven, un símbolo de la revitalización en nuestro país. Se ve atrevido, inquieto y muy enamorado.

—Tengo casi nueve meses de embarazo —digo.

—¡Exactamente! Y todavía estás de pie y hermosa.

—Lola, me matas —me río.

Pero definitivamente saco un precioso vestido de corte imperio de gasa en un color rosa claro, el cual llevo con mi pelo hacia atrás en un aspecto de cascada elegante. Es elegante, pero vanguardista para una mujer embarazada, supongo.

Ed insiste en cerrar la cremallera del vestido, mientras me observo en el espejo. Permanece detrás de mí, bebiéndome. Su voz apreciativa, su lobuna sonrisa. —Eres tan preciosa, a veces me distraes demasiado —reprende, girando mi cara y colocando un suave beso en mis labios.

—No tienes idea de la cantidad de células que se vuelven inactivas en los cerebros de las mujeres cuando pasas —digo.

Suelta una risa sorprendido, y me río también, agarrando mi bolso pequeño cuando él me escolta fuera.

Hay una fiesta después de la película, y Ed y yo decidimos participar durante una hora, tener un poco de diversión.

Durante la noche, mientras me encuentro con los actores principales y Ed conversa con su amigo productor, noto que las mujeres se le acercan y me resulta muy interesante verlas adularlo, aun sabiendo que él está casado. Es cordial y educado, por supuesto, es un Cullen, pero la facilidad con la que había estado conversando, se ha ido y parece cerrarse en sí mismo, desalentando cualquier flirteo. Es tan leal, y yo lo adoro por eso.

Me sorprende que las mujeres continúen persistiendo, demasiado excitadas y encaprichadas para darse cuenta de que él definitivamente, no está interesado.

Creo que es más que su belleza, por lo que se sienten atraídas... Más que por su poder.

Creo que es su humanidad, lo que les llama.

El hecho de que nunca hace un espectáculo o actúa como si fuera perfecto. En su lugar, siempre actuó como si no lo fuera, pero se esfuerza por serlo. Como si supiera que todas sus imperfecciones, su sobreprotección divertida y conmovedora, e incluso su miedo a no ser a la vez el mejor esposo y padre, junto con el mejor presidente, lo hacen real, todas nuestras imperfecciones nos hacen reales y es fácil identificarse porque ninguno de nosotros es perfecto, ni siquiera el presidente. Simplemente queremos al que nos dé su mejor versión. Como lo ha hecho él.

Me encuentro descaradamente mirándolo y cuando me doy cuenta, rápidamente me reprendo a mí misma en silencio y me doy la vuelta. Cuando giro hacia atrás, nuestras miradas se cruzan y sus ojos se desvían por encima de mi vestido de corte imperio, a mi abdomen, donde llevo a su hijo. Daré a luz en cuestión de semanas. Y como he notado estos últimos meses, cuando me mira, lo que llevo en mí, ahí… lo veo. Un flash tan rápido y brillante, que casi me ciega.

Parece empujarlo hacia abajo, bajo control, pero lo vi. Todo el amor, todo el deseo, todo el anhelo que podría haber en un hombre, está en él. Para mí. Para nosotros.

—El presidente nunca falla en hacer girar las cabezas —dice Alice a mi lado mientras nos mezclamos con la multitud, su cámara siempre lista para sacar la siguiente toma.

Son ciertas las miradas de la gente. Aunque sé que la gente lo ama por algo más que su rostro, porque a pesar del hecho de que creció con todo, carece de pretensión. Sus padres lo criaron para ser un tipo normal, con deberes, disciplina y una actitud que era honesta y nunca egoísta. De hecho, nunca le gustó la gente que hace cosas especiales para él, tales como no permitir que pague por las cosas; siempre pagaba a su manera, incluso cuando insistieron que querían hacer el gesto para él. La equidad estaba arraigada con él, o tal vez es sólo una parte de quién es.

El hombre es inolvidable y él lo sabe.

Y ahora él es el presidente, mi marido, quien pronto será el papá de mi bebé.

Frunzo el ceño cuando noto que Sam se le acerca lo más discretamente posible, por lo que, teniendo en cuenta la cantidad de atención que Ed obtiene, no es muy discreta, y Ed agacha la cabeza hacia él. Él asiente y luego levanta sus ojos, su mirada al instante aterriza en mí, porque ha estado vigilándome toda la noche.

Algo en su expresión me alarma. Recojo mis faldas y comienzo a caminar por la habitación mientras me hace un gesto hacia la puerta.

—¿Ocurre algo?

—Tenemos que irnos —dice.

Me acompaña hasta la puerta, su mano llega a la parte baja de mi espalda mientras subimos en el coche de estado.

Sé que lo que ha ocurrido es grande; de lo contrario no nos habríamos ido. Algo necesita su atención CUANTO ANTES.

—Hemos sido atacados en el Medio Oriente.

Suspiro. Entonces pongo mi mano sobre mi estómago cuando golpea una contracción. He estado sintiéndolas yendo y viniendo, y me dijeron que era normal, que el cuerpo se estaba preparando.

—¿Qué es? —Me mira con preocupación.

Me encuentro con su mirada, insegura. —Esperemos... que una práctica. —Pero la ley de Murphy dice que no lo será.


Ladys. Momentos muy decisivos para la historia.

Este hombre inolvidable, se enfrenta a una crisis armada, mientras su hijo está a punto de nacer. Hasta yo necesito leer lo que sigue.

Gracias por el apoyo a la adaptación. Chicas... en serio son increíbles.

Cariños. Cuidense y saludos de La Querida Hermana