Esta historia es una adaptación de la novela "DENTRO Y FUERA DE LA CAMA" de Megan Hart.

La historia original y los personajes no me pertenecen, yo solo lo adapto a mi pareja favorita "NaruSaku" por entretenimiento y sin fines de lucro.

Advertencia:

La historia contiene lenguaje vulgar, menciones a la depresión, suicidio y escenas subidas de tono, si eres sensible a eso no lo leas.

La historia es Narusaku. Si no eres fan de esta pareja o no te agrada, no lo leas y absténganse de comentar de forma maliciosa.

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto. La historia original a Megan Hart. Adaptación de la historia al mundo de Naruto hecha por mí.


Capítulo 18

No esperé a ver su reacción. Tenía la vejiga a punto de reventar y empezaba a sentir náuseas, así que pasé junto a él a toda prisa y me encerré en el cuarto de baño. Tuve la impresión de que me pasaba una eternidad meando, y logre contener las ganas de vomitar repitiendo una y otra vez las tablas de multiplicar. En otra época, el cuarto de baño era blanco, pero parece ser que también cuesta mucho quitar la sangre de las toallas y las cortinas de la ducha. Mi madre había optado por un tono azul oscuro con acentos dorados. Las margaritas pintadas que en otros tiempos habían decorado las paredes blancas habían quedado cubiertas por un papel con motivos náuticos, Acaricié los barquitos, y empecé a contarlos. Me pregunté si la sangre seguía salpicando la pared por debajo de aquel papel, o si mi madre había intentado limpiarla a fondo.

—Sakura-chan, por favor, déjame entrar —me dijo Naruto, mientras movía el pomo de la puerta.

Respiré hondo antes de contestarle.

—Déjame en paz, por favor.

No respondió. Me lavé las manos dedo a dedo, y las enjuagué una y otra vez, Me acerqué a la puerta, y dije:

—¿Naruto?

Sabía que estaba allí, pero lo pregunté de todas formas. Al ver que no intentaba abrir, me lo imaginé al otro lado de la puerta, y posé la palma de la mano sobre la madera como si pudiera tocarlo a través de ella. Apoyé la frente también, y cerré los ojos.

—Sigo aquí.

Tuve que tragar con fuerza antes de poder hablar.

—Necesito que te vayas, Naruto.

—Sakura...

No me preguntó por qué, y yo no quise decírselo. ¿Qué iba a decirle, que me resultaba más fácil cargar sola con el peso de la vergüenza? ¿Que en aquel momento, justo después de la muerte de mi padre, no podía soportar mirarlo a la cara sabiendo que él era consciente de lo que me había pasado?

—No quieres que me vaya —la firmeza de su voz era un consuelo que podía destrozarme si lo aceptaba.

—Eso no va a funcionar esta vez. Naruto. Quiero que te vayas... lo necesito.

Al oír un ruido sordo me lo imagine estantío igual que yo, apoyado contra la puerta. Soltó un fuerte suspiro, y oí el tintineo de unas llaves,

—No quiero irme, Sakura-chan, ¿Por qué no me dejas pasar?, no hablaremos de nada que tú no quieras...

—¡No! —mi grito resonó en el cuarto de baño, y di un respingo cuando el sonido me golpeó de lleno en el oído. —Lo digo en serio, Naruto. ¡Quiero que te vayas, en este momento tengo que estar sola!

—No tienes por qué estar sola —me dijo.

—Pero quiero estarlo.

No contestó. Esperé en silencio, y al final oí el sonido de pasos que se alejaban hasta desaparecer. Para cuando salí, casi todo el mundo se había marchado ya, y habían dejado montones de comida que iba a tener que congelar.

La señora Tsunade aún estaba allí. La encontré en la cocina, poniendo la tetera al fuego y atándose a la cintura un delantal. Se giró al oírme entrar, y me miró con una sonrisa cálida que no alcanzó a derretir el hielo que se me había formado en medio del pecho,

—He acostado a tu pobre madre, he tenido que darle una pastilla para el dolor de cabeza. Está descansando, voy a ponerme a lavar los platos.

—No hace falta que se moleste, señora Tsunade.

—No es ninguna molestia, querida. Los vecinos estamos para ayudarnos en momentos de necesidad —sonrió de nuevo, y agarró el bote de lavavajillas.

Me agaché para sacar del armario las mantequeras que mi madre solía usar para guardar comida, pero en su lugar encontré un montón de fiambreras y de recipientes de plástico con sus respectivas tapas. La señora Tsunade me miró al oír mí exclamación de sorpresa, y soltó una risita antes de decir:

—Tu madre no tiene remedio, querida. Organizó una de esas reuniones, y se volvió loca comprando. Nunca va a usar más de dos o tres a la vez, sobre todo ahora que está sola, pero supongo que hoy le irán bien —señaló con un gesto la mesa, que estaba cubierta hasta los topes con ensaladas de patata, pasteles de carne, guisos, y dulces de varias clases. —La gente es muy generosa, ¡mira cuánta comida!

—Llévese lo que quiera a casa, puede que a su esposo le apetezca algo.

—Gracias, querida.

Empezó a lavar los platos mientras yo iba metiendo la comida en los recipientes. Cuando estaba pasando una cuchara por encima de una montaña de ensaladilla rusa para poder poner la tapa, me preguntó:

—¿Dónde está tu acompañante?

—Me parece que ha tenido que marcharse —Naruto me había hecho caso, y se había ido. Me había dado lo que yo quería, como siempre.

—Parece un buen hombre, creo que a tu madre le ha caído bien.

—¿En serio? —le pregunté, mientras la miraba boquiabierta.

—Sí —me dijo, sonriente. —Tu madre está muy orgullosa de ti, no deja de hablar de lo bien que te va en tu trabajo, de los ascensos que has conseguido, de cómo te has encargado ti misma, de arreglar tu propia casa... sí, parecía muy impresionada con tu acompañante. Me ha dicho que tiene un buen trabajo, y que es un joven muy educado.

Me costaba creer que mi madre hubiera dicho algo así, pero no ahondé en el tema. Me centré en llenar los recipientes, y en apilarlos para poder bajarlos al congelador del sótano.

—Me ha encantado verte, hacía mucho que no venias por aquí. Siento que haya sido en una ocasión tan triste. Dan y yo te echamos de menos.

El montón de recipientes que tenía delante se dobló y se triplicó, así que tuve que parpadear para contener las lágrimas.

—Gracias, señora Tsunade.

—Sabes que todos lo sentimos muchísimo, ¿verdad? —me dijo con voz suave.

—Mi padre cavó su propia tumba. No quiero parecer insensible, pero es algo que usted sabe tan bien como yo.

—No me refería a lo de tu padre —me dijo la mujer que me había dado mi primera copia de El Principito, —sino a lo de Gaara.

A veces, cuando las cosas se rompen, es posible recomponerlas con pegamento, celo, o con una cuerda, al menos de forma temporal. Pero otras veces no hay forma de recomponer lo que se ha roto y las piezas caen por todas partes, y a pesar de que uno cree que puede volver a encontrarlas todas, una o dos siempre acaban faltando.

En ese momento me rompí, me desmoroné como un jarrón de cristal que se estrella contra un suelo de cemento. Me alegré al perder de vista algunas de las piezas, había algunas que no quería volver a ver en toda mi vida.

Me eché a llorar, y la señora Tsunade me frotó la espalda mientras dejaba que me desahogara.

Qué misterioso es el país de las lágrimas... es lo que dice el narrador de El Principito, cuando hablan por primera vez de cosas serias. Y tenía razón, mi país de las lágrimas había sido un misterio durante mucho tiempo.

—No fue culpa tuya —la señora Tsunade empezó a acariciarme el pelo, tal y como había hecho cuando de pequeña entré corriendo en su cocina para ver si me daba una galleta y me hice un arañazo en la rodilla al tropezar. —Nada de lo que pasó fue culpa tuya. Deja de culparte, cielo.

—¿De qué me sirve dejar de culparme, si ella sigue haciéndolo? —le pregunté entre sollozos.

La señora Tsunade no supo qué contestar a eso.


Naruto me dejó diez mensajes antes de que lo llamara. Sé cuántas veces levanté el teléfono y volví a colgar, pero me da vergüenza decirlo. Me sentía incapaz de hablar con él. La señora Tsunade me había dicho que dejara de culparme a mí misma, pero no podía hacerlo, al igual que no podía enfrentarme a Naruto. No quería ver que algo había cambiado en sus ojos cuando me miraba.

—No puedo seguir viéndote —le dije al fin, cuando conseguí marcar su número y mantenerme al teléfono el tiempo suficiente para que respondiera. —Lo siento, pero soy incapaz. No puedo afrontar lo nuestro... no puedo.

Oí el sonido de su respiración. En aquel momento, no sólo nos separaba la puerta de madera de un cuarto de baño.

—No sé qué quieres que te diga, Sakura-chan.

—Qué te parece bien.

—No puedo decir eso, porque no es verdad —me dijo, con voz un poco más seca. —Si quieres cortar conmigo, adelante, pero no pienso facilitarte las cosas.

—¡No estoy pidiéndote que me facilites nada! —le dije con furia, mientras empezaba a pasear de un lado a otro.

—Es justo lo que estás pidiendo.

—¡Vale, pues hazlo!

—No —me dijo, después de unos segundos que me parecieron interminables. —No puedo, Sakura-chan. Ojalá pudiera, pero soy incapaz.

Me senté en el suelo, porque la silla estaba demasiado lejos.

—Lo siento, Naruto.

—Sí, yo también.

Quería colgar, pero fui incapaz.

—Adiós, Naruto.

—No tienes por qué estar sola. Ya sé que crees que no tienes otra opción, pero estás equivocada. Llámame cuando cambies de idea.

—No cambiaré de idea.

—Quieres hacerlo, Sakura. Quieres cambiar de idea.

Como no pude negar que lo que estaba diciéndome era cierto, colgué. Lo dejé marchar, dejé que se alejara de mí. Me convencí a mí misma de que era lo mejor, me dije que era mejor decirle adiós a algo antes de darle tiempo a germinar. El dolor me consumía, y no tenía tiempo para nada más.


Los días fueron pasando. Me centré en mi trabajo, porque así no tenía que pensar tanto en mi padre, ni en Naruto, ni en mi madre, ni en mis dos hermanos. Uno de ellos estaba muerto, y el otro lejos. Sasori no se puso en contacto conmigo, y al final dejé de llamarlo.

A priori, da la impresión de que no fue una buena época para mí, pero la verdad es que la introspección y el tiempo que pasé sola, sin distracciones, al final resultaron ser lo mejor que pude haber hecho. Dejé de intentar olvidar lo que había pasado en la casa de mis padres, y me centré en superarlo. No se me daba demasiado bien, porque me había escudado tras mis secretos durante demasiado tiempo. Se habían convertido en un hábito, pero era un hábito del que por fin estaba dispuesta a desprenderme.

El verano dio paso al otoño. Luego la temporada de las manzanas, así que fui a comprar unas cuantas al mercado de Broad Street. Cuando estaba examinando las de un puesto en el que vendían fruta de la zona, me giré al oír una voz que en otros tiempos me había resultado muy familiar.

—¿Sakura?

Mi sonrisa intentó desvanecerse, pero la obligué a que permaneciera donde estaba.

—Sasuke.

Seguía siendo alto y atractivo. Tenía las sienes un poco canosas, y cuando sonrió se le formaron arrugas alrededor de los ojos y en la frente.

—Hola —me dijo, como si nos hubiéramos visto el día anterior.

Me quedé atónita al ver que se me acercaba como si quisiera... ¿qué?, ¿abrazarme? Me aparté de inmediato, y su sonrisa se volvió un poco tensa. Se metió las manos en los bolsillos.

—Hola —le dije con cautela.

—Me alegro de verte, Sakura.

Alcé un poco la barbilla, y le dije con voz firme:

—Gracias.

—Estas... fantástica.

Hacía más de ocho años que no lo veía.

—Ya sabes lo que dicen, la mejor venganza es tener buen aspecto.

Al ver que fruncía el ceño, recordé que nunca había llegado a entender mi sentido del humor.

—Sakura...

Negué con la cabeza, y volví a dejar las manzanas en su sitio. Ya no me apetecían.

—Lo siento, Sasuke. Ha pasado mucho tiempo, tú también tienes buen aspecto.

Nos quedamos mirando en silencio mientras la gente que abarrotaba el mercado se movía a nuestro alrededor.

—¿Te apetece tomar un café conmigo?

No pude negarme, así que dejé que me invitara a una taza de café. Fuimos a una cafetería que había cerca de allí, y charlamos sobre el trabajo y sobre varios amigos que teníamos en común, a los que él seguía viendo y con los que yo había perdido el contacto. Me habló de su esposa, de sus hijos, de su trabajo y de su vida, y no pude evitar envidiarlo un poco, aunque el papel de madre de familia me parecía un poco restrictivo.

—¿Y tú qué?, ¿cómo estás? ¿Eres feliz?

Alargó la mano hacia la mía, y yo se la agarré y miré aquellos ojos que en otros tiempos había amado tanto,

—¿Me lo preguntas porque te sentirías mejor sabiendo que lo soy?

—Sí, pero también porque me gustaría saber cómo estás.

Me limité a sonreír, y al ver que seguía esperando, me encogí de hombros.

—Ni siquiera vas a decirme si eres feliz —me dijo con resignación, antes de apartar la mano. —Siento lo que pasó, Sakura. Lamento lo que te dije y lo que hice. Era joven, cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo. Me mentiste, no fuiste sincera conmigo. ¿Qué querías que pensara? —como mi única respuesta fue sonreír de nuevo, añadió: —Lo siento mucho, Sakura. No sabes cuánto.

—No te preocupes, fue hace mucho tiempo. Ya no importa.

—Eres tan guapa... ojalá... —me dijo en voz baja.

—¿Ojalá qué? —no lo dije con curiosidad, sino con sequedad.

—¿Quieres que vayamos a algún sitio?

Me quedé atónita, y al principio me costó encontrar las palabras adecuadas.

—¿Adónde? ¿a un motel?

Parecía avergonzado, culpable, pero estaba ruborizado por la excitación. Con el pulgar de la mano izquierda empezó a girar la alianza que tenía en el anular, y al final me dijo:

—Sí.

Si me lo hubiera propuesto meses atrás, quizá habría aceptado, pero en aquel momento me puse de pie y le dije con firmeza:

—No.

—Lo siento —me dijo, mientras se levantaba también.

Apreté los puños con fuerza, y le espeté:

—Dijiste que yo te había puesto los cuernos, que ser infiel era lo peor... que una persona infiel era despreciable. ¿Qué le dirías a tu mujer sobre lo que acaba de pasar?

Parecía muy incómodo, y en ese momento me di cuenta de que no sólo había encontrado las cartas, sino que además se había enterado de quién me las había enviado. Me fui hecha una furia, pero me alcanzó en la calle y me agarró del codo con tanta fuerza que me hizo un moretón.

—¡Estoy intentando decirte que me equivoqué!

—Me dijiste que me amabas, pero he oído mejores frases en labios de hombres mucho peores. Sí me hubieras amado de verdad, no me habrías dejado.

Aquella boca que en el pasado me había besado el cuerpo entero se curvó en un gesto tenso.

—Tendrías que haberme contado la verdad.

Solté una carcajada llena de amargura, y le dije:

—Te la conté, y tú me diste la espalda.

Aún recordaba la expresión de asco de su cara, cómo se había apartado de mí. No había vuelto a besarme nunca más.

—No fue culpa mía, no hice que sucediera. No dejé que hiciera aquellas cosas, Sasuke, las hizo porque quería hacerlas. No le pedí que me escribiera aquellas cartas, lo hizo porque quiso —al ver que no decía nada, liberé mi brazo de un tirón y añadí: —No permití que mi hermano hiciera lo que hizo —me alegré al ver que se le crispaba el rostro. —Lo hizo sin más, y yo contaba con que tú me amaras a pesar de todo, no lo hiciste, así que dime una cosa: ¿quién fue el que acabó jodiéndome al final?

Entonces di media vuelta y me alejé de él. Oí que me llamaba, pero no me volví.


—El lugar es perfecto, Jiraija —recorrí con la mirada el centro comercial, que estaba abarrotado.

—Sí, por aquí pasa un montón de gente —me dijo, con una sonrisa.

A Triple Smith y Brown no le hacía falta participar en un evento como aquél, la empresa era muy productiva y no le hacía falta buscar nuevos clientes de forma activa; a pesar de todo, me gustaba que los socios principales nos dejaran participar, era agradable formar parte de una empresa que no sólo se preocupaba de sus empleados, sino también de la comunidad en la que estaba.

No estoy demasiado acostumbrada a tratar con niños. No tengo sobrinos, a pesar de que mis primos han empezado a tener hijos, me he limitado a admirarlos desde una distancia prudencial. Nunca sé cómo hablar con los niños. No soporto las caras bobaliconas que ponen los adultos, como si los niños fueran estúpidos, y a la vez no alcanzo a entender el comportamiento de esos pequeños seres humanos.

—Hola —le dije a una niña que estaba junto a su hermano, —¿quieres una bolsa con regalos?

Nada. Ni una sonrisa, ni un gesto de asentimiento, ni una palabra. El niño soltó un pequeño sonido, pero la niña permaneció tan silenciosa como una tumba.

—Kara, esta señora te ha hecho una pregunta —le dijo la mujer que estaba con ellos, y que supuse que era su madre.

La mujer le dio un pequeño empujoncito a la niña, y yo le ofrecí la bolsa mientras sonreía para darle ánimos. Me sentí como Dian Fossey, intentando que un primate tímido la aceptara. La niña siguió mirándome en silencio, y el niño se metió un dedo en la nariz. Retrocedí de inmediato, y le di dos bolsas a la madre.

—Para los niños. Dentro hay un paquete de pañuelos de papel.

Al ver que no entendía la indirecta, supuse que a lo mejor lo del dedo en la nariz era tan habitual para ella, que ya ni se inmutaba. Agarró las bolsas, y se fue con los niños después de darme las gracias.

Me giré hacia la caja donde tenía las bolsas, y agarré otra.

—Hola —dije, mientras me volvía de nuevo hacia delante. —¿Quieres una bolsa con regalos?

El chico que se había detenido delante de nuestra mesa era un poco mayor para juguetitos de plástico y lápices de colores, pero supuse que a lo mejor le iban bien los pañuelos de papel, Konohamaru se movió con nerviosismo. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su enorme sudadera. El pelo le había crecido un poco más y el flequillo le oscurecía los ojos, pero estaba convencida de que no estaba mirándome.

—Hola, señorita Haruno.

Había llegado justo cuando no había nadie esperando. Miré por encima del hombro a Jiraija, que estaba abriendo otra caja de bolsas. Ino había dejado su puesto junto a la máquina de palomitas para ir a buscarnos algo de comer. Erguí un poco más la espalda, y mantuve un tono de voz neutral.

—Hola, Konohamaru.

—La he visto, y sólo quería decirle... quería decirle que...

No lo ayudé, y mantuve los ojos fijos en un punto por encima de su hombro, Era incapaz de sonreírle, las acusaciones de su madre me habían herido demasiado,

—Mi madre perdió el control.

Asentí y empecé a colocar bien los dípticos, las libretas y los lápices que había sobre la mesa. Él volvió a moverse con nerviosismo. En su sudadera había estampado un esqueleto sonriente que tenía una daga atravesándole el cráneo.

—Mi madre se... se enfadó un poco porque yo no hacía mis tareas cuando pasaba tanto tiempo con usted, y quiso saber qué era lo que hacíamos en su casa.

—Ya veo —conseguí mirarlo a los ojos a pesar del flequillo, y le dije: —Y supongo que tú se lo contaste.

Se mordió el labio durante unos segundos antes de contestarme.

—Sí.

Asentí y seguí ordenando las libretas y los lápices que tenía delante.

—Pues me parece sorprendente que ella crea que hacíamos otra cosa.

Se puso a la defensiva de inmediato.

—Bueno, usted es una mujer guapa, y yo un adolescente...

Volví a alzar la cabeza. Supongo que mi mirada llena de furia le impacto de verdad, porque se calló de golpe.

—Me parece que no entiendes los problemas que podrías causarme, Konohamaru.

Mantuve la voz baja, y les di un par de bolsas con regalos a unos gemelos que iban vestidos con ropa idéntica. Los dos sonreían encantados, y tenían la cara manchada de helado de chocolate. Cuando sus padres se los llevaron, me volví de nuevo hacía Konohamaru y le pregunté:

—¿Lo entiendes?

Él se encogió de hombros.

—Mi madre me dijo que soy un adolescente salido, y que sabía que aprovecharía cualquier oportunidad que se me presentara para hacer algo sucio.

Sucio. Allí estaba aquella palabra de nuevo. Me crucé de brazos justo cuando Jiraija se me acercó para decirme que iba un momento al servicio. Me alegré de que me dejara a solas con Konohamaru.

—Nunca he hecho nada sucio contigo —le dije con voz gélida.

Él agachó la cabeza, y fijó la mirada en sus pies.

—Así conseguí que dejara de darme la lata, y que no me preguntara sobre lo de los cortes.

—Creía que éramos amigos —le dije con rigidez. —No se traiciona a un amigo para salvar el pellejo.

—Lo siento.

—Estoy trabajando, será mejor que te vayas. Me miró por encima del hombro con expresión contrita mientras se alejaba, pero me mantuve inflexible.


—Perdona que te lo diga, cielo, pero pareces una mierda pinchada en un palo.

—Caray, Ino, muchas gracias —añadí leche y azúcar a mi taza de café, y tomé un trago. Estaba horrible, pero me lo bebí de todas formas.

—Sí no me dices lo que te pasa, te obligaré a escuchar hasta el último detalle de mis vacaciones en Aruba.

Ino me había convencido de que saliéramos a comer para aprovechar uno de los últimos días que quedaban de buen tiempo. Estaba atrapada, y ni siquiera los kilos de rímel que se había puesto en cada ojo podían evitar que su mirada penetrante me atravesara.

—¿Cuándo has estado en Aruba?

—Nunca, pero pienso ir en mi luna de miel.

Bebí otro trago de café, aunque para entonces ya tenía tanta cafeína en el cuerpo, que estaba acelerada como una moto. Al darme cuenta de lo que acababa de oír, le miré la mano izquierda y vi que llevaba un anillo nuevo de diamantes. Dejé la taza sobre la mesa de golpe, y le dije:

—¡Ino! ¿Vas a casarte?

—Sí —me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja.

Me explicó que Shikamaru se había arrodillado ante ella y se le había declarado. Llegó el camarero con lo que habíamos pedido, y seguimos charlando mientras comíamos. Ella hablaba animadamente mientras gesticulaba con el tenedor en la mano, y los comensales de la mesa de al lado le lanzaron alguna que otra mirada de extrañeza. Yo me limité a escucharla y a asentir sonriente, porque su entusiasmo era contagioso.

Al final, con un poco de pastel de queso pinchado en el tenedor, se detuvo para tomar aire y me dijo:

—Es el último trozo de pastel que me como hasta después de la boda, quiero perder cuatro kilos por lo menos. ¿Cómo estás tú, Sakura?

—Bastante bien. Gracias por la postal y por la planta —le dije, con la mirada fija en mi plato.

—Shikamaru pensó que te gustaría más la planta que unas flores.

—Pues acertó, díselo —empecé a juguetear con mi trozo de pastel. —Fue un detalle por vuestra parte, gracias.

—De nada —comió un poco de pastel, y tomó un trago de café.

Sentí el peso de su mirada, pero no alcé la cabeza; sin embargo, Ino no estaba dispuesta a dejarse amilanar por una técnica tan simple como la de evitar el contacto visual.

—Ya sabes que puedes hablar conmigo si lo necesitas, sobre lo que sea.

—Gracias, pero mi padre llevaba un tiempo enfermo. No me tomó por sorpresa.

No fue su preocupación lo que hizo que la mirara, sino el suspiro de impaciencia que soltó después.

—No estaba hablando de tu padre, Sakura.

—¿No?

Negó con la cabeza, y se metió en la boca el último trozo de pastel.

—No.

Me quedé mirándola durante unos segundos, y al final también me metí en la boca un poco de pastel. Dulce azúcar, chocolate delicioso... mi boca aplaudió con entusiasmo.

—Vi a Naruto en el centro el otro día —me dijo, mientras se limpiaba las manos con la servilleta.

Como no contesté, me atravesó con la mirada con brillantes ojos celestes, llevaba un tono de pintalabios nuevo, y al ver que su boca se tensaba un poco, me preparé para el sermón que se avecinaba.

—Me dijo que habíais roto, que no contestabas a sus llamadas.

Intenté reír, lo intenté de verdad, pero de mis labios salió un extraño sonido estrangulado.

—¿Te dijo que habíamos roto?

—¿Es cierto?

—No estábamos...

—Sakura —posó la mano sobre la mía, y yo dejé a un lado el tenedor, —¿Qué pasó?

La miré a los ojos, y le dije con firmeza: —No quiero hablar del tema.

—Vale.

—Aunque tuviera algo que decir al respecto... que no es el caso, por supuesto... no quiero hablar del tema — mi boca no suele ganarle la partida a mi mente, pero en aquella ocasión no pude contenerla. Cuanto más hablaba, más quería decir. Necesitaba explicarme, negar, postular, considerar, justificarme.

Por una vez, Ino permaneció callada y se limitó a escuchar.

—No era mi novio, sólo nos veíamos de vez en cuando para pasar un buen rato. No tengo relaciones serias, se lo dije desde el principio. Se lo dejé muy claro, y él estuvo de acuerdo —las palabras caían, se dividían y se ramificaban como gotas deslizándose por una ventana, siempre aparecían más cuando parecía que estaban a punto de acabarse. —No tengo la culpa de que me malinterpretara, fui muy sincera con él. Siempre lo fui, desde el principio, y él lo sabía. Los dos lo sabíamos. Y ahora se ha acabado, pero... ¿puede acabarse algo que ni siquiera ha empezado?

—Dímelo tú —Ino se reclinó en la silla, y me miró con calma.

—Sí —le dije con firmeza. —Digo... no.

Esbozó una sonrisa, y me dijo:

—Sakura... cielo, cariño... ¿qué tiene de malo ser feliz?

Al principio, no supe qué contestarle. El pastel me pesaba como una piedra en el estómago. Apuré la taza de café, a pesar de que se había enfriado.

—Tengo miedo —admití al fin, avergonzada.

—Todos lo tenemos, cielo.

—¿Tú también?

—Sí.

Aquello hizo que me sintiera un poco mejor, así que esbocé una sonrisa que ella me devolvió. Volvió a poner la mano sobre la mía, y entrelazó nuestros dedos.

—Mira aquellos dos vejestorios de allí, están deseando que nos enrollemos.

Me eché a reír, y no aparté la mano de la suya.

—Sí, pero en su versión habría pudín incluido.

—Mmm... pudín... La idea no está mal.

Nos miramos sonrientes, y algo en mi interior se relajó. Agarré el tenedor, y le pedimos al camarero que nos llevara la cuenta.

—Oye, ya sé que no soy la reina de los buenos consejos. He tenido un montón de novios, y no sé si eso es mejor que no tener ninguno. Pero tengo muy clara una cosa: cuando encuentras a alguien que te hace reír y sonreír, que hace que te sientas segura... no deberías dejar que se te escape por miedo.

—¿Shikamaru es esa persona para ti?

—Sí —su rostro reflejó la felicidad que sentía.

—¿Y no te da miedo que lo vuestro se acabe?

—Claro que sí, pero prefiero disfrutar de algo tan maravilloso durante un tiempo a no tener nada nunca.

Acabé mí postre, y empecé a limpiarme las manos antes de decir:

—Gracias por el consejo, pero me parece que lo mío con Naruto se ha acabado.

—Es un buen hombre, Sakura. ¿Por qué no le das otra oportunidad?

Me sorprendió que diera por sentado que era yo la que tenía el derecho a darle algo.

—No hay nada que darle, no hizo nada malo. No fue él el que...

Minutos antes mí boca había soltado palabra tras palabra, pero en ese momento, mis labios se movieron y fui incapaz de hablar, ni siquiera sabía lo que quería decir.

Afortunadamente, a Ino no le hizo falta que le dijera nada.

—Podrías llamarlo para hablar con él y solucionar las cosas.

Por un instante, aquella posibilidad me llenó de felicidad, pero mi entusiasmo se desvaneció de inmediato.

—No creo que sea buena idea, Ino.

—¿Por qué no? —parecía decepcionada conmigo, y eso me dolió más de lo que esperaba.

—Porque no tengo suficiente de mí misma para dárselo a alguien más, y hasta que lo tenga. Naruto se merece algo mejor que una persona que sólo puede entregarse a medias.

Ella me observó en silencio durante unos segundos, y al final asintió y me preguntó:

—¿Has matado a alguien?

—¿Qué? —me puse roja como un tomate. —¡Por el amor de Dios, Ino!

—¿Sí o no? Porque no se me ocurre ninguna otra cosa tan horrible como para que no puedas perdonarte.

Me quedé mirándola boquiabierta y le pregunté:

—¿Qué pasaría si te dijera que sí?

—¿Lo hiciste?, ¿mataste a alguien?

—¡A lo mejor! ¡Sí, lo hice!

—¿En serio? ¿Le pegaste un tiro?, ¿le clavaste un cuchillo?, ¿lo envenenaste?

—No, lo que hice fue no llamar a una ambulancia cuando sabía que debía hacerlo —le dije, con voz distante.

—Eso no es matar a alguien, sino dejar que muera. No es lo mismo.

La miré desconcertada, y deseé tomar un trago que me quitara de la boca el sabor del azúcar, del café, y de la rabia.

—Aun así, me manché las manos de sangre.

Su mirada férrea no me dio cuartel.

—A nadie le gustan los mártires, Sakura.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Eché la silla hacia atrás de golpe, y me levanté con tanta rapidez, que golpeé la taza con la mano y la tiré. Se estrelló contra el suelo, y se rompió.

Nos miramos por encima de la mesa. Yo tenía la respiración y el corazón acelerados, e Ino estaba de lo más tranquila. Al ver que tomaba un trago de café con una calma deliberada, apreté los puños.

—¿Por qué te pones de parte de Naruto?, ¡se supone que eres mi amiga! —le dije, con voz trémula.

—No sería una buena amiga si no intentara ayudarte...

—¿Crees que así me ayudas?

—Sí.

—No sabes nada sobre mí.

—¿Y quién tiene la culpa de eso?

Mi mente se debatía entre la furia y la desesperación. Retrocedí un poco, y alcé las manos como sí quisiera apartarla de mí. Ella permaneció inmóvil.

—Cuando una se enamora, todo lo demás no desaparece como por arte de magia, Ino. Lo de encontrar al príncipe de la brillante armadura pertenece a los cuentos. No cambia nada, y en caso de que cambie, estás engañándote a ti misma. Adelante, vive en tu arco iris reluciente y en tu mundo de fantasía, me alegro por ti.

—Me alegra que conocieras a Shikamaru, y que él llenara todos los espacios que estaban vacíos en tu interior. Felicidades, espero que viváis felices para siempre. Pero no es real, sólo es un sueño. El amor no hace que todo se vuelva de color de rosa como una jodida varita mágica, Ino, no cambia las cosas de golpe, no es decir: «¡Qué bien, te quiero, vamos a corretear agarrados de la mano por un jodido prado lleno de flores!».

Mi voz destilaba un veneno que me ardía en la garganta. Ino estaba mirándome boquiabierta, y se había sonrojado. Parpadeó con rapidez, y tendría que haberme sentido avergonzada de mi misma al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Y qué pasa si es así, Sakura?, ¿qué pasa sí al enamorarse todo parece mejor? ¿Acaso es un crimen? ¿Es un pecado dejar que alguien te ayude un poco de vez en cuando? Pero no, tú tienes que ser una jodida mártir que carga con todo a sus espaldas. Sigue odiándote a ti misma para que los demás también lo hagan, ¿vale? Sigue así de desdichada porque te da demasiado miedo dejar a un lado el pasado. Por el amor de Dios, ¿es que no quieres ser feliz?

—¡Claro que quiero ser feliz, pero no intentes servirme a Naruto en bandeja de plata mientras intentas convencerme de que es la llave mágica! Ni él ni ningún otro hombre, las cosas no funcionan así. El amor verdadero no va a transformarme, Ino. No todos somos como tú.

—Sólo intento ayudarte.

—Ya lo sé —respiré hondo antes de añadir: —Te lo agradezco, pero esto es problema mío. No tiene nada que ver con Naruto, no es algo que él hiciera o dejara de hacer. No está relacionado con él, se trata de algo que tengo que superar por mí misma.

—No tienes por qué hacerlo sola. Tienes amigos, gente que te quiere. Sea lo que sea, Sakura.

Sabía que tenía razón, que estaba dispuesta a escucharme, aconsejarme y a consolarme, que haría todo lo que estuviera en sus manos, pero la verdad es que lo que yo necesitaba era deshacerme de la infección que tenía dentro, arrancármela si hacía falta. Abrir la herida, y Limpiarla a fondo.

—Nos vemos en la oficina, Ino.

—Vale.

Podría haber dicho algo para arreglar la situación tensa que se había creado entre las dos, pero fui incapaz de abrir la boca. Siempre se me ha dado mejor destruir que construir. La dejé en el restaurante, y más tarde la vi enseñándole el anillo a Hinata Hyuga en la sala de fotocopias. Estaban charlando y riendo, pero se callaron al verme entrar e Ino me sonrió como si apenas nos conociéramos.


Nota:

Ya solo quedan dos capítulos de esta historia.

Nos leemos en el siguiente capítulo!

Saludos