Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor.
Hay OOC
15} DURO CONTRA EL IMPOSTOR
Por la nave en la que viajaba la Reina se extendió el desconcierto, tal como ocurriera minutos antes entre la tripulación del Moon Sea.
A la vista del segundo barco, el capitán Hatake pensó que todo estaba perdido, no podía hacer frente a las dos naves a la vez. En un primer instante valoró abrir fuego también a los recién llegados, pero de inmediato lo rechazó, advirtiendo que en su maniobra de acercamiento se dirigían no a ellos, sino al otro navío. Se abrió en su corazón la luz de la esperanza y centró todos sus esfuerzos en mantener a raya a sus atacantes, gritando a sus hombres que intensificaran el fuego de los cañones y dispararan los arcabuces a discreción.
Umino también dio orden de abrir fuego. El palo mayor del barco enemigo saltó por los aires sembrando el caos en cubierta, y arrasando vidas de la tripulación al caerles encima un amasijo de madera y velamen. Pero los hombres de Ao abordaban ya la nave real.
—¡Interceptadles, muchachos! —La voz de Hinata se elevó por sobre la refriega de las balas, los gritos de dolor y el estruendo de la artillería.
Como si su orden hubiera hecho eco y rebotara en la espalda de Ao, este se volvió en redondo fijando su ojo en ella con la frialdad de una hiena. Pretendió burlarse de la joven con una reverencia jactanciosa y sarcástica a la que Hinata respondió con idéntico gesto, para elevar luego su puño cerrado, estirar el pulgar e inclinarlo hacia abajo. El gesto fue claro: muerte.
El falso Hyuga ignoró la bravata sin variar un ápice su inicial intención de tomar el barco real, e instó a los hombres que aún quedaban en cubierta a abordar la otra nave. Cierto era que se complicaba enormemente combatir contra dos tripulaciones, pero también lo era que se sentía muy seguro con su nave, mejor equipada, confiaba en la fiereza de sus hombres y ansiaba, por encima de todo, enfrentarse a los infelices a los que comandaba una muchachita, por mucho que se atribuyera el título de capitán.
En cualquier caso, su juego ya estaba descubierto, de modo que solo le quedaba hundirlos, tanto a ellos como a la embarcación real, si quería mantener el anonimato. Después, nada tan sencillo como cambiar el nombre de su barco y seguir faenando como si nada tuviera que ver en el suceso. Ello llevaría a Hyuga a ser tachado de traidor a la Corona porque oportunamente, ya se encargarían él y sus gentes de hacer correr la voz de haber sido testigos del enfrentamiento en la distancia, sin margen para intervenir.
Hinata hubiera querido que la lucha se librara sobre la cubierta del barco impostor, pero habrían de llevarla a cabo en el navío real. Poco le importaba si daba caza a aquel hombre en una u otra embarcación, porque iba a mandarlo al infierno y limpiar el apellido de su padre. Tuvo que aceptar el envite de su enemigo y modificar su plan inicial, ordenando así abordar el barco de la Reina.
Como un enjambre de abejas enloquecidas, una y otra tripulación arrojaban sus ganchos que se trabaron en las barandas y en las cuerdas de las velas. En escasos minutos, el barco del capitán Hatake se pobló de hombres barbudos, desaliñados y exaltados que se animaban unos a otros, o se retaban, saturando el aire de un griterío ensordecedor.
En esta situación la tripulación de Kakashi pareció quedar relegada a un segundo plano. Los invasores guerreaban entre sí, circunstancia que descabalaba al capitán inglés, inmerso en una escena irreal que se acentuó sobremanera viendo saltar a su cubierta a aquella muchacha, cuyos ojos se cruzaron con los suyos durante unos segundos, un instante antes de que ella se sumase, sable en mano, como un corsario más, a la vorágine de la encarnizada contienda.
Ao no se había equivocado al evaluar los destrozos causados por sus cañones: habían barrido uno de los palos; los desperfectos en cubierta no eran muy visibles, pero habían abierto una vía de agua que, de no ser bloqueada sin demora, llevaría al barco real al fondo del mar.
Abajo, en el camarote ocupado por Tsunade, la situación era ya insostenible. La Reina había desistido de calmar a las muchachas y se decidió a actuar. Lo hizo con la misma frialdad con que solía tomar todas y cada una de las disposiciones que afectaban al país. Con la misma resolución que la había llevado a sentarse en el trono frente a sus múltiples enemigos, los partidarios de Mei, convirtiéndose en soberana. Debía hacer honor a su estirpe y no iba a convertirse en rehén de nadie o dejar que derramaran su sangre hallándola de rodillas.
Hizo a un lado a las dos muchachas, atravesó el camarote y abrió uno de los arcones. Al volverse mostraba en su mano una daga de casi dos cuartas de largo, en cuya empuñadura lucían engarzadas tres piedras preciosas. Como arma defensiva, de poco servía, pero era todo cuanto tenía en ese momento. Pocos sabían que siempre la acompañaba cuando abandonaba la Corte, bien fuera entre su equipaje, bien entre las ropas, porque siempre se encargaba de guardar el arma personalmente.
Contempló la daga poniendo en la mirada el recuerdo imborrable de la persona de quien procedía el regalo. Un regalo de años. El presente de un hombre al que amó desesperadamente y al que hubo de renunciar por el bien de Inglaterra. Alguien a quien nunca olvidaría, y la razón última por la cual había terminado por convertirse en La Reina Virgen, una mujer amargada, calculadora y resentida. Y sin sombra de duda, Tsunade no se resistió a abrir la puerta de su camarote dispuesta a vender cara su vida.
Entretanto, ajeno a la determinación de la Reina, Naruto Uzumaki se batía a muerte.
El filo de un sable siseó tan cerca de su oreja izquierda que le obligó a soltar una apagada maldición. Adelantó su brazo derecho atravesando el pecho de su enemigo, a la vez que lanzaba una escalofriante patada al que se acercaba a él por un costado. Se olvidó del primero para rematar al segundo y buscó un nuevo rival. Pero su mayor preocupación residía en el peligro que Hinata corría, zambullida como una demente en la contienda. No conseguía verla por ninguna parte y empezó a temerse lo peor.
Un espasmo de pánico le retorció las entrañas cuando, por fin, pudo descubrirla.
Momentáneamente distraído, pendiente de su seguridad, no pudo evitar que el arma de uno de sus antagonistas le hiriese en el brazo. Embistió contra el que le atacaba con renovados bríos, obviando la sangre que comenzaba a cubrir su camisa. No sentía dolor ni tenía tiempo para preocuparse por un leve corte cuando su vida, la de Hinata y la de Tsunade estaban en juego. Con un golpe precisó seccionó la yugular del otro y volvió a buscar, enardecido, la figura de su impetuosa capitana. Ella se batía con el empuje y la gallardía que la caracterizaban.
—¡Hija de Satanás! —rumió entre dientes, pidiendo a Dios que la protegiera.
Abriéndose paso entre sus adversarios a base de mandobles desesperados, corrió hacia la posición de Hinata, sintiendo que se le encogía el corazón cuando vio avanzar hacia ella, por la espalda, a dos contrincantes. Ella no se percató del peligro, más interesada en el sujeto alto y fornido que la esperaba en la cubierta superior, sable en mano, con un rictus de ironía en los labios. Por suerte, los fulanos fueron interceptados por Iruka Umino.
Naruto no pudo llegar a la muchacha antes de que su acero chocara con el de su rival, pero sí fue consciente del gesto de dolor de Hinata ante la brutal acometida del individuo que parecía retarla a ella, y solo a ella. No era de extrañar, porque se estaba enfrentando con un tipo que le sacaba dos cabezas y ante cuya corpulencia llevaba todas las de perder. Contrariamente a lo que esperaba Naruto, ella no se amilanó y atacó en firme, haciendo incluso retroceder a su adversario.
Ao eludió una nueva ofensiva de la muchacha encaramándose a la baranda y saltando a la cubierta inferior.
Hinata hizo ademán de seguirlo, pero no pudo: un brazo de acero se ciñó a su cintura, cortándole la respiración, y se vio lanzada a un lado como si fuese un pelele, cayendo aparatosamente al suelo. Con los ojos enceguecidos por la cólera, buscó a su oponente.
—¡Naruto!
Fue una protesta rabiosa más que una expresión asombrada. ¡Condenado fuera! Volvía a interponerse, queriendo protegerla, cuando ella lo que más deseaba era acabar con el sujeto que había enlodado su nombre. Viéndole saltar en pos del otro se arrancó con una nueva maldición.
La pelea fue perdiendo intensidad cuando la tripulación del barco real, unida a la del Moon Sea, fue ganando posiciones. Muchos de los hombres de Ao yacían ahora en cubierta, heridos o muertos, y comenzaba a escucharse gritos de victoria ante la rendición de las armas.
Pero para Ao y Naruto, que ganaran unos u otros parecía carecer de importancia. Lo lógico hubiera sido que el Conde de Konoha exhortara a doblar la rodilla a su oponente, o que Ao depusiera su sable puesto que estaba ya en inferioridad de condiciones. Sin embargo, no hicieron nada semejante. Ambos habían tomado ya una determinación: luchar a muerte.
Para Ao, la porfía significaba, en el mejor de los casos, morir peleando, porque de otro modo acabaría en la horca. Para Naruto, representaba la venganza hacia el hombre que había puesto en peligro la cabeza de la mujer a la que amaba. Como agente de la Reina, como noble que había jurado defender los intereses de Inglaterra, y como enamorado, no podía renunciar a verter la sangre de su enemigo.
Un gesto feroz atravesó el semblante de Ao estudiando al hombre que lo retaba. Sin duda alguna, su adversario era peligroso. Muy peligroso. Sus ojos, tan fríos como hielo azul que manejaba, irradiaban una furia que no había visto hasta entonces.
El clamor de la batalla dio paso a un silencio sobrecogedor. Todos, sin excepción, estaban pendientes de aquella última reyerta. Apenas se escuchó alguna apagada exclamación cuando Naruto se arrojó hacia el otro. Se encontraron los aceros, que levantaron chispas, y comenzó una pelea sin cuartel.
Bajo las impetuosas acometidas de Naruto, atacando en aspa, Ao fue retrocediendo dejando que se confiase, una estratagema que le había dado sus buenos frutos en anteriores querellas. Cuando menos lo imaginaba Naruto realizó un giro inesperado y adelantó su brazo, pero este saltó a tiempo de evitar que el sable se alojara en su pecho y contraatacó pugnando, con más énfasis si cabía, forzando nuevamente el retroceso de su oponente.
Tras el intercambio de golpes sin pausa midiendo sus fuerzas en un toma y daca constante, sudorosos y enajenados, se tomaron un breve descanso, mirándose fijamente y girando uno y otro en círculo.
En este punto la batalla por el control de la nave ya se había cerrado y los contendientes apenas tenían conciencia de ser los referentes últimos de la guerra librada y, por tanto, ejes de una expectación máxima.
A Hinata el corazón se le encabritaba porque estaba lejos de ver vencedor a Naruto, al contrario, se daba cuenta de que él empezaba a parar los embates de su enemigo con menos agilidad. Había una mancha de sangre en la manga de su camisa a pesar de lo cual seguía peleando valerosamente, pero ella tuvo la certeza de que la herida lo estaba debilitando. Dio un paso adelante dispuesta a la intervención, pero la mano de Iruka sujetó su brazo impidiéndole interferir.
Hinata estaba en lo cierto: Naruto era víctima de un ligero vahído y la fuerza de su brazo lastimado disminuía a cada segundo que pasaba. Se concentró al límite porque no se iba a dar por vencido, echando mano de cuanto recurso había almacenado a lo largo de horas de múltiples clases de esgrima, experiencia que ahora, como nunca, agradecía a su tutor y, sobre todo, del furor obcecado que gobernaba cada uno de sus movimientos. Una finta ahora, un ataque rápido, una defensa cerrada... A pesar del dolor que se iba adueñando de sus cansados músculos, no se le escapaba que también su enemigo daba síntomas de perder fuelle.
Creyó que iba a ganar e involuntariamente se destensó un poco.
Ao estaba habituado a las riñas sucias. Él no sabía de la esgrima entre caballeros, él se había fogueado en el manejo de las armas en los peores tugurios, había aprendido de los ardides de sujetos deleznables que nada entendían de honor ni de normas, solo que había que vencer o, muy frecuentemente, morir.
Simuló que resbalaba sobre cubierta y dejó entrever que relajaba sus defensas.
Naruto reaccionó con el hábito galante con que había sido instruido y, en lugar de acabar con él, como hombre cabal que era, se reprimió muy a su pesar, dándole la oportunidad de rehacerse.
Desde la cubierta superior, a Hinata se le escapó una exclamación y a Iruka una sonora blasfemia. A su lado, una dama en la que nadie había reparado, ocupados como estaban todos en el fragor del desafío, aferraba una daga enjoyada con tal presión que le blanqueaban los nudillos de los dedos, observando atónita cómo se batía a muerte uno de sus más allegados y estimados nobles.
Una vez que su artimaña hubo surtido efecto, Ao reaccionó con un ataque traicionero que llevó su sable a impactar vigorosamente en el acero de Naruto. Parcialmente inerte por la pausa concedida a su adversario, fue privado de su arma, que voló por los aires y se estrelló en cubierta, unos metros más allá.
Naruto se hizo cargo de su situación al límite en un segundo. Había cometido el error de esperar de su oponente un comportamiento similar. Ni podía vacilar ni se lo pensó dos veces: se lanzó en picado al suelo, resbaló sobre la cubierta húmeda de agua y sangre y estiró el brazo para recuperar su sable.
Un Ao crecido se precipitó sobre su rival y en dos zancadas la silueta de la hoja de su arma se blandió en el aire para ensartarlo traicioneramente por la espalda.
Naruto avistó una muerte segura, pero fue entonces cuando sus dedos se engarfiaron en la empuñadura de su sable. Giró sobre sí mismo en un postrer aliento sujetándolo con ambas manos, apenas a décimas de segundo de que otra arma semejante le arrebatara la vida.
El acero de Naruto quedó alojado en el pecho de Ao.
El impostor abrió su ojo desmesurado que miró primero al arma que lo atravesaba y luego al flujo carmesí que empezaba a enrojecer sus ropas. Lentamente, después los desvió hacia el semblante gélido del hombre que le arrebataba la existencia, remitiéndole a los confines de Lucifer. Sus miembros dejaron de responderle, cayó al suelo su sable y su cuerpo se dobló hacia delante.
Naruto se hizo a un lado como pudo, dolorido, extenuado y próximo a perder el conocimiento, ahuecando un espacio que ocupó su enemigo estrellándose contra el suelo.
Aun fue consciente, ya en pie, de una algarada de vítores, de ser rodeado por hombres de Hinata y por otros uniformados, la tripulación de Kakashi Hatake que se unía al regocijo. Todos le felicitaban e incluso palmeaban sus hombros, pero sus ojos empezaban a velarse. A través del hilo de la mortaja que le estaba envolviendo creyó entrever el rostro de Hinata fijo en él desde allá, en la cubierta superior. Y le pareció que le sonreía. No necesitaba nada más. Junto a ella, la cara de otra dama también mostraba una mirada complacida, pero ya no pudo distinguir sus facciones.
El capitán Hatake, que lo había reconocido, exclamó en voz alta:—¡Nada menos que el co...!
—...que el corsario que ha puesto fin a una amenaza para Inglaterra, capitán —le interrumpió a tiempo la propia Tsunade, evitando que descubriese su identidad.
Kakashi palideció encontrándose a su lado, nada menos que la propia Reina, a quien habían ordenado escoltar y vigilar sin excusa. Estaba allí, armada con una daga, mirándole severamente. Comprendió enseguida lo que ella le pedía sin palabras y guardó silencio.
Naruto tampoco supo que Hinata llegó hasta él abriéndose camino a codazos, y se encargó personalmente de que fuera trasladado al Moon Sea, a su propio camarote, abrumada por dudar de él, preocupada por el alcance de su herida y, sobre todo, resuelta a que nada ni nadie se interpusiera entre ellos en adelante.
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Continuará...
Contexto Histórico:
Isabel I de Inglaterra(aka Tsunade): a menudo referida como la Reina Virgen, Gloriana o la Buena Reina Bess fue reina de Inglaterra e Irlanda desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el día de su muerte(1603). Isabel fue la quinta y última monarca de la dinastía Tudor. Hija de Enrique VIII, nació como princesa, pero su madre, Ana Bolena, fue ejecutada cuando ella tenía tres años, con lo que Isabel fue declarada hija ilegítima. Sin embargo, tras la muerte de sus hermanos Eduardo VI y , Maria I, Isabel asumió el trono.
Una de las primeras medidas que tomó fue establecer una Iglesia protestante independiente de Roma, que luego evolucionaría en la actual iglesia de Inglaterra , de la que se convirtió en la máxima autoridad.
Se esperaba que Isabel contrajera matrimonio pero, pese a varias peticiones del Parlamento, nunca lo hizo. Se desconocen las razones para esta decisión y han sido ampliamente debatidas. A medida que Isabel fue envejeciendo, su virginidad la volvió famosa y un culto creció alrededor de ella, celebrado en retratos, desfiles y literatura de la época.
La reina se hizo cargo de un país dividido por cuestiones religiosas en la segunda mitad del siglo XVI. Durante su reinado, Inglaterra tuvo un gran esplendor cultural, con figuras como william Shakespeare; también fueron importantes personajes como Francis Drake(aka Orochimaru, un corsario que fue nombrado caballero por Isabel). Mantuvo gélidas relaciones con Felipe II de España, con quien libró una guerra que arruinó económicamente a ambos países. Su reinado de 44 años y 127 días ha sido el quinto más largo de la historia inglesa.
