16

Desde su asiento, a la derecha de Candy, Albert observaba la conversación entre Candy y Pauna. Le preocupaba la reacción de su hermana hacia Candy. Su primera intención había sido protegerla del dolor de los recuerdos que, con toda certeza, despertaría al tener delante a una MacDonald, pero sabía que, tarde o temprano, se tendrían que encontrar, así que se obligó a no intervenir.

La bondad de Candy fue visible de inmediato. Vio cómo miraba directamente a Pauna a los ojos y cómo, sin pensarlo, le tocaba la mano sin retroceder, como hacía la mayoría, ante la lesión de la joven. No eran muchos los que habían ofrecido su amistad a la joven cuando regresó; su desfiguración hacía que la gente se sintiera nerviosa e incómoda. Lo enfurecía, pero no podía obligar a nadie a tratarla como antes. El miedo y la superstición eran unas fuerzas poderosas. Notó cómo se aflojaba la tensión de sus hombros y comprendió lo tirante que había estado mientras observaba a las dos mujeres.

Albert no podía oír su conversación, pero se quedó asombrado al ver, después de solo unos minutos, una sonrisa alegre en los labios de Pauna. Se quedó estupefacto. Pauna no había sonreído de aquel modo desde hacía dos años. Según todas las apariencias, parecían ser amigas íntimas. Se sintió feliz al ver a su hermana relajada y pasándolo bien; le había costado demasiado tiempo.

—¿Le habéis comentado a Pauna las ideas que tenéis para nuestra cámara, Candy?-preguntó, más curioso de lo que quería admitir por saber de qué habían estado hablando.

—Todavía no. Pauna y yo hablábamos de la corte.

—¿De la última moda en vestidos?-preguntó, con una referencia sardónica a su vestido.

Candy se sonrojó, comprendiendo que le estaba tomando el pelo; luego hizo un gesto negativo con la cabeza y se echó a reír.

—No, solo de que creo que a Pauna le gustaría.

Albert se tensó. La idea de su destrozada hermana en medio de las despiadadas damas de la corte hizo que su instinto protector se despertara. ¿En qué estaba pensando Candy para alimentar las esperanzas de Pauna de esa manera? Su hermana era increíblemente frágil; la corte la destrozaría. No obstante, sin querer herir sus sentimientos, cambió rápidamente de tema.

—Sí, pero mi hermana es necesaria en Dunvegan. No podría pasarme sin ella-dijo, sonriéndole alentador—. ¿No había algo que queríais preguntarle a Pauna sobre mis aposentos?

Candy lo miró, interrogadora, frunciendo el ceño, y luego se volvió hacia Pauna.

—Solo quería hacer algunos pequeños cambios en nuestra habitación-corrigió, destacando la palabra «nuestra»—, pero quería pediros vuestro permiso antes de hacerlo. Podemos hablar de ello en otro momento, si queréis.

Pauna miró a Albert pidiéndole su aprobación y él asintió.

—¿Qué teníais en mente?-quiso saber.

—Solo unas cuantas cosas para que fuera más acogedora; quizá unos cojines, algunas colgaduras en la cama.-Candy se encogió de hombros—. Ese tipo de cosas.

Pauna quedó atrapada de inmediato. A Albert le asombraba que el tema de la decoración inspirara tal fervor en la mente femenina.

—Las habitaciones de Albert son demasiado austeras-reconoció—. Llevo años tratando de cambiar las cosas, pero no quiere ni oír hablar de ello.

Albert cruzó los brazos sobre el pecho.

—Así es como me gusta. Simple y sencillo.

Las dos mujeres hicieron una mueca. Pauna lo miró a los ojos.

—Sí, bueno, pero ahora tienes esposa. Tendrás que adaptarte.

Albert no podía creerlo. Su tímida hermanita plantándole cara... era maravilloso. Pauna continuó:

—¿En qué colores estabais pensando?

—Hummm. Tal vez rosa y lavanda pálidos, con telas con un estampado de flores, encajes y bordados de punto de cruz... ¿Qué os parece?

Por las llagas de Cristo, sonaba como el tocador de Pauna, lleno de adornos.

Las dos mujeres lanzaron una mirada a su expresión y soltaron una carcajada.

Albert empezó a fruncir el ceño, hasta que vio un destello de travesura en los ojos de Candy. Sorprendentemente, no le importó en absoluto que le tomaran el pelo. Parte de la vivacidad que le habían arrancado a Pauna dos años antes estaba volviendo tras solo unos minutos en compañía de Candy.

Su espíritu, vehemente y juguetón, era contagioso, y se dio cuenta de que él mismo estaba sonriendo.

Albert pensó en la dulce pero apocada muchacha de los Campbell que sería su esposa y no pudo menos de compararla con otra. ¿Abrazaría a su hermana y la haría sonreír?

Ver a Albert con Pauna ofreció a Candy un aspecto de él que nunca había visto. Era evidente que Albert sentía un profundo afecto por su hermana. Le impresionó que el guerrero duro y formidable pudiera ser también amable y considerado.

Sintió una aguda punzada de dolor en el pecho. Candy anhelaba que sus hermanos la miraran de la misma manera. Dado lo mucho que se había esforzado por despertar esos sentimientos en ellos, el hecho de que Albert mostrara su cariño por Pauna tan naturalmente era otro atributo en su favor. Ese hombre tenía muchas capas, y cuantas más arrancaba, más había para admirar.

Un zumbido de expectación recorrió la sala, poniendo fin bruscamente a su conversación. El entretenimiento de la noche iba a empezar. Un hombre con aspecto de oso y pelo blanco se levantó de la mesa de caballetes, por debajo del estrado, y atravesó decidido la sala para ir a situarse delante del fuego. Vestía un plaid largo y liso, pero era la barba, que le llegaba hasta las rodillas, lo que atrajo la atención de Candy. Era espesa y esponjosa, de un blanco tan puro como la nieve recién caída. Levantó las manos, parecidas a zarpas y cubiertas de un vello entrecano, y carraspeó para silenciar la estancia. Eoin, historiador de los MacAndrew, empezó a hablar con una voz fuerte y melodiosa que reverberaba por toda la atestada estancia, en contraste con su aspecto de anciano.

—Esta noche, nuestro jefe ha pedido la historia de cómo la gran Bratach Shi, la bandera del Hada, fue traída al clan.

Candy palideció. El corazón le latió con más fuerza al entender cuál era el tema de distracción de esa noche. Albert no podía saberlo. Solo era una coincidencia, se dijo, tratando de calmar el creciente pánico que la dominaba, pero se le humedecieron las manos de tanto apretarlas. Se obligó a no mirar alrededor para comprobar si alguien vigilaba su reacción, pero sentía el peso de la mirada de Albert sobre ella.

—Hace mucho, mucho tiempo, no mucho después de los tiempos de Andrew, un joven y apuesto jefe se enamoró de una bella princesa de las hadas; una de las bean sidhe.

La pareja deseaba casarse y pidió permiso al padre de la princesa, el rey de las hadas. Con gran sorpresa por su parte, el rey estaba en contra del enlace porque sabía que, al final, casarse con un mortal causaría a su amada hija una infinita infelicidad, ya que, a diferencia de la princesa, el joven jefe envejecería y moriría.

»La oscuridad y la infelicidad ensombrecieron Skye, porque el suyo era un amor de verdad, sin esperanza. El llanto de la princesa llenó el loch, amenazando con inundar las tierras, hasta que, al final, el rey capituló. La princesa podía casarse con el jefe MacAndrew. Pero había una condición. Tenía que prometer que volvería con su pueblo al cabo de un año y un día. La pareja era tan feliz por estar juntos que aceptó, sin dudar, la condición del rey.

Candy no había oído aquel encantador relato antes, pero le estaba resultando extremadamente difícil relajarse. Lanzaba miradas furtivas por la estancia, agradecida de que nadie pareciera darse cuenta de su agitación. El clan parecía cautivado por la historia, aunque debían de haberla oído infinidad de veces. Temerosa de que él pudiera, de alguna manera, percibir su ansiedad, Candy no se atrevía a mirar a Albert.

—El pueblo se regocijó con la felicidad de la pareja y, antes de que acabara el año, nació un hijo muy amado. Pero el gozo del nacimiento se vio disminuido por el conocimiento de que pronto la princesa debería volver con su pueblo y dejar a su amado esposo y a su precioso hijo para siempre.

»Tal como sabían que sucedería, llegó el día de su partida hacia la tierra de las hadas. La princesa y el jefe estaban destrozados, pero sabían que debían hacer honor a su palabra. Porque, una vez dada, la palabra de un MacAndrew era absoluta y no se podía romper. En el momento de la despedida, la princesa quiso que su esposo le prometiera algo. Debía jurar que nunca dejaría solo a su hijo, porque la princesa de las hadas no podía soportar oír llorar a su precioso niño. Al final, con un beso desesperado y agridulce, que quería que durara toda una vida, la princesa dejó a su esposo y a su hijo amados y se desvaneció en la niebla, cruzó el puente que ahora llamamos el puente del Hada en memoria de su despedida y volvió, llena de pesar, con el pueblo de las hadas.

El historiador hizo una pausa teatral. El silencio llenó la sala. Con un gesto, pidió una copa y, muy lentamente, tomo un trago, que pareció interminable, de cerveza. La sala estaba cargada del sonido, sordo y atronador, del silencio. El narrador parecía un druida de otros tiempos, con volutas de humo de los fuegos de turba girando místicamente alrededor de su cabeza. Se secó los labios con el dorso de su vellosa mano y recorrió atentamente la estancia con la mirada para asegurarse de que todos estaban escuchando.

Lo estaban.

—El dolor del jefe fue inconmensurable. Había perdido a su amada esposa para siempre. Pero se consoló con el hecho de que, por lo menos, tenía un hijo. Mantuvo la promesa que había hecho a su esposa, y el niño nunca se quedó solo. Nunca, es decir, hasta la noche en que celebraron el día del nacimiento del jefe. Esa noche se organizó una gran fiesta para animar al abatido jefe. Los gaiteros llenaban el aire con la magia de su música y, por fin, el jefe se permitió bailar y cantar. Pero, ay, los alegres sonidos atrajeron la atención de la niñera cuyo deber era vigilar al niño. Dejó al pequeñín desatendido y él empezó a llorar. Lejos, muy lejos, en el país de las hadas, la princesa oyó el llanto lastimero de su hijo y sintió un dolor insoportable en el corazón. Acudió corriendo al lado de su pequeño y lo consoló susurrándole palabras mágicas. Lo envolvió bien con su chal y besó dulcemente sus lágrimas, mientras le cantaba tiernas canciones de las hadas para calmar su llanto. Las palabras que cantó, su hechizo de hada, todavía se cantan a los herederos de los MacAndrew.

»Más tarde, cuando la niñera volvió, se encontró con el niño tranquilamente dormido, envuelto en una tela fina y etérea, carmesí y amarilla.

»Muchos años después, el niño le contó a su padre lo que había pasado aquella noche, la noche en que su madre volvió a Dunvegan y dejó allí su chal, el Bratach Shi, para su hijo. La princesa le ofreció la bandera del Hada a su hijo para proteger al clan. Si alguna vez los MacAndrew corrieran un grave peligro, debían desplegar la bandera y agitarla tres veces, y los caballeros de las hadas aparecerían para defenderlos. Pero como ya sabemos qué sucede siempre con las hadas, había condiciones. Si alguien que no fuera un MacAndrew tocara la bandera, esa persona perecería al instante. Y lo más importante de todo, la magia de la bandera solo actuaría tres veces. Por ello, solo debía usarse en las circunstancias más desesperadas.

Su voz había decaído hasta convertirse solo en un susurro, pero todos podían oír sus palabras. El historiador había tejido su propia tela mágica, que llegaba a todos los rincones de la estancia. Candy se inclinó hacia delante en el asiento, esperando ansiosa el resto del relato.

—La bandera se guarda en un lugar secreto, conocido solo por el jefe, bien metida en una caja cerrada con llave, pero lista para ser desplegada si el clan volviera a necesitar alguna vez la magia de las hadas. Solo se podrá desplegar una vez más, porque sus poderes se necesitaron dos veces en tiempos de Alasilair Crotach: una para salvar al clan de una derrota segura a manos del clan Donald y otra para impedir que muriera de hambre. Pero reservaré estas historias para otra noche.

Por toda la sala se oyeron unos gruñidos de decepción, y no solo por parte de los niños y niñas presentes. Pero, siguiendo la tradición de todos los grandes bardos, Eoin Og, dejó a su público con hambre de más. Majestuoso como un rey, volvió lentamente a su asiento, deleitándose orgullosamente con los atronadores aplausos.

Candy estaba conmovida, cautivada por el seductor relato de un amor perdido y de la protección maternal de la princesa de las hadas hacia su hijo. La historia tocaba una fibra sensible en el corazón de la joven, que había perdido a su propia madre al nacer, y de la mujer que anhelaba conseguir el amor romántico cantado por los trovadores. Al mirar alrededor y ver las caras felices y alegres de los miembros del clan MacAndrew, Candy supo que no era la única afectada por el relato. Los MacAndrew atesoraban la famosa bandera del Hada y, en sus orgullosas caras, vio que tenían fe en su magia.

Sabía que, al final, no importaba si la bandera poseía realmente la magia de las hadas. Los MacAndrew creían en esa magia, y la fe puede ser igual de poderosa que la verdad. Su tío quería aquel poder para utilizarlo en favor de los MacDonald o, sencillamente, para destruir a los MacAndrew. No importaba. Los MacAndrew no dispondrían de un talismán que les uniera y eso sería suficiente para su ruina y destrucción finales. Claro que tampoco vendría mal que ella consiguiera encontrar una entrada secreta a la fortaleza.

Con un sentimiento de culpabilidad, apartó la mirada de la gente del clan que seguía dando vítores. Casi se sentía como si estuviera violando un momento privado, como si fuera una intrusa en un ritual sagrado. Ahora que comprendía mejor el origen de la bandera, Candy estaba aterrorizada. Iba a ser el instrumento de destrucción de los MacAndrew. Supo también que había otra complicación, como si localizar la bandera y huir del castillo sin que la cogieran no fuera suficiente. También tenía que evitar la muerte.

Miró con el rabillo del ojo al poderoso hombre sentado junto a ella, y supo que, si la bandera no la mataba, lo haría Albert MacAndrew.