Neville estaba leyendo un libro, hacía horas que le había suministrado su tratamiento a Snape, pero no tenía sentido volver a su habitación, retirarse el traje, volvérselo a poner, etc.
Se quedaba con su paciente, en calma y para él estaba bien.
La ausencia de magia cambiaba algunas cosas, el proceso manual de todas las elaboraciones requería minuciosidad, paciencia, y a Neville, el proceso le estaba gustando.
También había descubierto que Snape no era tan temible como recordaba. Le hubiera gustado retomar sus recuerdos para verlos en un pensadero. Corroborar cómo habían sido las cosas.
Porque ahora, el hombre mezquino al que Neville temía más que a nada, no estaba. Solo quedaba un hombre poco hablador, poco expresivo, y con mucho dolor.
Quizás la enfermedad le hubiera reblandecido, quizás ¿el papel que interpretaba lo llevó hasta sus últimas consecuencias?
No lo sabía.
Pasó la hoja, y levantó la vista. Ambos leían, algunas veces hablaban, pero Snape estaba mejorando, y Neville, en cierto punto, también.
Odiaba verse encerrado horas y horas en su habitación a solas, aquí, al menos, no estaba solo, y además sentía que la compañía era mutua. Aunque discreta, estar con otro ser humano ocupando el mismo espacio era importante.
Lo necesitaban.
—¿Ha leído este estudio, señor?—le preguntó Neville, Snape alzó la vista, llevaba unos pequeños lentes que retiró con su mano. A poco había recuperado un poco de destreza, no reflejaba una mueca de dolor en sus movimientos.
Leyó el título y asintió.
—Soy solo yo, o no dice más que tonterías—agregó Neville.
Snape sonrió, y Neville casi se atraganta, no lo había visto nunca sonreír abiertamente, no es que no fuera humano, pero era algo que sorprendía cuanto menos.
—Estoy de acuerdo con usted.
Neville notaba que se sonrojaba bajo la mascarilla y la máscara que debía llevar continuamente.
Miró la hora en el reloj de bolsillo con el que se había hecho, era tan natural en cualquiera lanzar un tempus que a veces agradecía tener la varita guardada bajo llave.
Hora de una nueva aplicación, comenzó con la elaboración ante la atenta mirada de Snape.
Hacía varios días que le ayudaba a levantarse de la butaca para que observara todo el proceso. De hecho, había introducido algunos cambios por su propia petición.
Neville sonrió, nunca jamás imaginó que compartiría momentos así con su antiguo profesor de pociones.
—Si el tratamiento funciona—Neville alzó el rostro para ver a su paciente que solía ser parco en palabras—, podré prepararlas por mí mismo.
Los ojos tan negros como el cielo sin estrellas tenían rastros de esperanza, Neville solo sonrió, ojalá mejorara tanto para que eso pudiera ser posible.
Una vez terminó, le ayudó a sentarse, tomó una de sus manos y comenzó a masajearlas con suavidad.
La cara de satisfacción una vez que acababa era mutua, la suya por un trabajo bien hecho, la de Snape por volver a tener movilidad en sus manos.
Neville recogió todo, con calma, en realidad no había nada esperándolo en su habitación.
—Hasta mañana—se despidió.
—Buenas noches.—Parecía que él no era el único al que tampoco le importaba alargar los momentos juntos.
Eran medimago y paciente, o casi medimago, pero uno no debería tomar mucho apego a sus pacientes. Esto era algo que le habían recalcado a todos ellos al inicio de sus clases.
Un tipo de coraza para autoprotegerse, para tomar decisiones basadas única y exclusivamente en motivos médicos. Pero era muy difícil no tomar cariño a alguien al que debías cuidar, muy, muy complicado.
Lo único bueno de volver a su dormitorio era poder quitarse el dichoso traje, era tan aparatoso, y dudaba que en su caso en concreto fuera tan necesario. Pero era la única protección que tenían para contener la magia si llegara a producirse.
Cuando llegó al pasillo y vio a dos aurores en su puerta, la sangre se le heló.
Una pareja de aurores, si no eran Ron y Harry, nunca, nunca serían buenas noticias.
—Señor Longbottom.—Neville asintió.
—Sentimos comunicarle que su abuela ha fallecido esta tarde.
Neville tuvo que apoyarse en la pared, no podía haber escuchado bien.
—No es posible, me envió una lechuza ayer. No, no es posible.
—Estaba siendo tratada, pero no lo ha superado, lo sentimos mucho.
Su abuela no le había contado que sufría de Viruela de Dragón, no se lo había dicho, y ¿había muerto?
¿Por qué no se lo había dicho?
No tenía muchos más recuerdos de cómo se quitó el traje, de cómo él mandó una lechuza que nunca devolvió una respuesta, de cómo no se había podido despedir de ella.
No la volvería a ver, no volvería a oír su voz, sus regaños, su abuela había desaparecido y él no había podido ni despedirse.
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Lo sabíamos, y aún así...
Hasta el próximo capítulo.
Besos.
Shimi.
