Vigesimoprimero
Leotardo negro y medias de color rosa. Las puntas perfectamente abrochadas y mi suéter de entrenamiento. Temperatura perfecta después de un buen calentamiento. El espejo de cuerpo entero propiedad de Santana situado en su lugar, y la silla que Kurt tenía en su habitación de estilo barroco, dispuesta a hacer las veces de barra para ayudarme a mantener el equilibrio.
No. No estaba en el estudio de danza con Brian indicándome cómo debía flexionar las piernas, ni pidiéndome que mi columna vertebral trazase una línea recta desde mi trasero hasta mi cabeza. Estaba en el salón de mi apartamento. El lugar perfecto para no perder la práctica tras casi una semana sin acudir a clases.
El domingo por la tarde ni Santana ni Kurt solían estar en casa. Ella siempre acudía a sus reuniones con Scott, su socio de la cafetería, y Kurt estaría paseando por la 5ª Avenida con Blaine. Era el momento perfecto para bailar.
Si le añadimos el pésimo estado del clima y las ganas de concentrarme en algo que no me hiciera querer gritar, definitivamente aquel era el mejor momento para hacerlo.
Hablo de querer gritar, pero no en el concepto negativo de la palabra, sino todo lo contrario.
Exceptuando las 7 horas que logré dormir plácidamente aquella noche, el resto del tiempo lo pasé pensando en mi cita del día anterior con Quinn. Y recordarla lograba llenarme los pulmones con una extraña fuerza o aire, que me incitaba a gritar para así poder volver a respirar. Y es que no todos los días sientes que un simple beso es capaz de mover todo tu mundo, de darle un giro de 180 grados y ponerlo todo patas arriba.
Ni un solo segundo, ni un solo minuto, ni una sola hora. El beso de Quinn no se marchaba de mi mente ni aun queriéndolo ignorar, y el olor del lirio en mi habitación me lo recordaba aún más.
No tenía ni idea de que era lo que iba a suceder después de aquello. De hecho, ni siquiera quería pensarlo en aquel instante, o iba a terminar volviéndome loca. De lo único que estaba segura era que tenía que hablar con Santana, y contarle lo sucedido de la mejor manera posible. Y lo haría aquella noche, cuando regresase de su reunión y cenásemos juntas como siempre hacíamos los domingos.
Mientras tanto, mientras llegaba ese momento, yo necesitaba concentrarme en algo que relajase ese nudo que me aprisionaba en el pecho. Y nada mejor para ello que el ballet y mis adoradas clases. Bueno, no tan adoradas.
Confieso que lo único que me gustaba de la danza clásica era pasar horas con Brian, nada más. De hecho, ni siquiera era requisito indispensable en mi carrera profesional que yo estuviese en la academia para aprender ballet. Solo necesitaba algunos conocimientos básicos. Los justos y necesarios para poder demostrar que conocía aquella modalidad si algún día lo necesitaba en alguna audición.
No obstante, una vez que conocí a Brian y después del resultado que aquella practica dejaba en mi cuerpo, no pude negarme a seguir practicándolo hasta lograr un nivel superior al que necesitaba.
Había practicado el baile desde muy pequeña, pero nunca en aquella modalidad que logró que mis piernas estuviesen estilizadas, y mi vientre y glúteos tan tersos y fuertes que incluso Santana lo envidiaba. Aunque ella se negara a confesarlo.
Mis horas de ballet habían merecido mucho la pena, y en aquel instante iban a lograr que mi mente se trasladase hacia otro mundo, gracias a las notas de Chopin que ya sonaban en el reproductor.
Sin embargo, aquel maravilloso piano y su extraordinaria melodía lograba trasladarme a otro lugar, pero no me ayudaba a conseguir que mi developpé fuese perfecto. De hecho, ni siquiera era aceptable.
Fueron dos las veces que intenté lograrlo sin perder el equilibrio o no tener la rectitud necesaria hasta que un ciclón logró desconcertarme.
Ni siquiera pude oír el sonido de las llaves al introducirse en la cerradura de la puerta por culpa de la música. Y menos aún por sus formas.
Santana entraba de forma tan brusca que a punto estuve de caer por culpa del susto. Pero a ella no le importó en absoluto. Ni siquiera se detuvo a mirarme o a reírse como solían hacer cuando me encontraban en ensayando allí, en el salón.
Dejó un par de bolsas en el sofá, se deshizo del abrigo y lanzó las llaves en el interior del cuenco que teníamos para ellas.
—¿Qué te pasa? —le cuestioné tras verla con tanto desatino.
—Nada, solo que tengo que ducharme. Llego tarde.
—¿Tarde? ¿A dónde? —la seguí hasta su habitación, donde rápidamente escogió algo de ropa para introducirse con ella en la ducha—. ¿Te vas? ¿No vamos a cenar juntas?
—Eh, no —me respondió recordando como habíamos quedado para ello—. Lo siento Rachel —se excusó—. He quedado y, ¡dios! —exclamó al observar la hora en el reloj—Vuelvo a llegar tarde —dijo esquivándome bajo el umbral de la puerta de su habitación, y llevándome tras ella hasta el baño.
—Pero, yo quiero cenar contigo. Tengo, tengo que contarte algo muy importante.
—Vamos, entra y me lo cuentas mientras me ducho —me dijo sin cerrar la puerta, y yo estaba dispuesta a hacerlo, aunque sabía que no era la mejor de las maneras. Prefería que fuese con calma, hablando tranquilamente y sin prisas. Pero necesitaba sacar aquello de mí de una vez por todas, y tal vez de aquella manera podía tomarlo con más naturalidad.
—Es, es bastante importante, San —dije mientras veía como comenzaba a desvestirse —, y necesito que seas honesta y, sobre todo, paciente conmigo.
—Si me vas a hablar de la flor que te ha regalado Brian, no es necesario —dijo confundiéndome —. Esta mañana entre en tu habitación para robarte tu perfume y la vi. No me gusta en absoluto, pero es bonita.
—¿La flor?
—Sí, esa de color lila que tienes nueva. Definitivamente es mucho más bonita que la que te regaló la otra vez —bromeó al tiempo que se introducía en la ducha.
—Ah. ¿Te refieres a la…?
—Oye, —me interrumpió—. ¿Te ha dicho algo más? Vamos, cuéntame, porque en cinco minutos he quedado con Quinn y no voy a poder quedarme mucho más.
—¿Quinn? —mascullé retrocediendo un par de pasos— ¿Has quedado con Quinn?
—Sí, y con Emma —respondió sin ser consciente como mi actitud cambió radicalmente al oír aquello—. Aunque Emma solo va a estar un rato con nosotras. Así que tengo toda la noche para estar con Quinn.
Estaba dispuesta a contarle lo que me sucedía con la británica, pero saber que iba a verla en apenas unos minutos me hizo desistir en la idea. Era más que probable que Santana no se lo tomase muy bien, que necesitaría al menos algunas horas para asimilarlo, y por eso mismo quería contárselo mientras cenábamos, o estábamos tranquilas. Lo último que quería provocar era alguna situación incómoda entre ellas, o tal vez incluso un enfrentamiento.
—¿¡Rachel!? —exclamó bajo la ducha tras no recibir respuesta alguna por mi parte.
—Eh, ok, entonces es mejor que lo dejemos para otro momento —le dije tratando de sonar desatendida.
—Pero… ¿No decías que era muy importante? ¿Te has acostado con el profe? ¿Te ha pedido alguna postura extraña en la cama y quieres consejo?
—Deja de decir idioteces —la interrumpí—. No es nada con él, es solo… Bah, no te preocupes —dije abandonando por completo el baño—. Si regresas pronto hablamos y si no mañana. ¿De acuerdo?
—Ok. Como tú veas.
Fue lo último que oí junto con el agua que caía de la ducha, porque lo siguiente que hice fue darle volumen al reproductor y tratar de seguir practicando aquel estúpido movimiento que tantos quebraderos de cabeza me traía. Y me iba a traer. No tenía ni idea de lo que podía llegar a provocarme, sin duda.
De nuevo volví a concentrarme. Dejé que las teclas del piano de Chopin me armonizaran, y mis movimientos fluyesen mientras permanecía atenta a como mi pierna se alzaba suavemente a través del reflejo del espejo. Sin embargo, aquella concentración solo provocó que mi caída fuese más dolorosa de lo que podría ser.
Me bastó desviar la mirada a través del espejo y descubrir cómo cuatro pares de ojos me observaban desde la entrada. Me llevé tal susto al ver a Kurt, Emma, Quinn y al pequeño Bleu mirándome, que perdí el equilibrio y la silla que utilizaba como barra se desplazó lanzándome al suelo patéticamente, además de dolorosamente.
No tenía ni idea de cuánto tiempo transcurrió desde que noté como me estrellaba contra el suelo, hasta que vi sus ojos, esta vez los de ella, los vivos y extraños ojos de Quinn cuestionándome preocupada mientras me ayudaba a levantar.
—¿Estás bien? —escuché a Kurt que también corrió rápido a ayudarme.
—Eh, eh, sí —balbuceé sin saber muy bien que había sucedido y cómo—. ¿Qué, qué hacéis aquí? —miré a Quinn completamente confusa.
—Hemos quedado con Santana —respondió al tiempo que me ayudaba a levantarme —¿Estás bien? —insistió preocupada.
—Eh, sí, sí, estoy bien.
—¿Qué hacías? —dijo Kurt aturdido— ¿Por qué te has tirado al suelo?
—No me he tirado —le recriminé—. Me habéis asustado. No, no os he escuchado —me excusé lanzando una mirada al resto.
—Lógico —musitó Emma que permanecía en un segundo plano—. ¿Dónde tienes escondido a Chopin? —bromeó sin dejar de sonreír.
Creo que fue la primera vez que la veía reír sin que la ginebra estuviese colapsando su cerebro. Y como no, lo hacía de mí y mi estupidez innata por hacer el ridículo.
—¿Qué haces con la música tan alta? —dijo Kurt al tiempo que se acercaba al reproductor y bajaba el volumen.
—Santana está en la ducha —dije asegurándome de que mis extremidades estaban perfectas—. No me concentraba con el ruido del agua y ya sabes que se pone a cantar —añadí al tiempo que descubría como Quinn hacia lo mismo que yo. Observar cada una de mis piernas y asegurarse de que estaban en perfecto estado. De hecho, no había dejado de sujetarme ni siquiera cuando ya me disponía a recoger la silla que había salido disparada.
Fue justo en ese instante cuando ambas fuimos conscientes de la situación, y como aquel momento, era el primer encuentro tras nuestra cita de la noche anterior.
Yo no sé qué hice ni qué reacción tuvo mi rostro, pero ella no pudo evitar regalarme una débil sonrisa que solo yo pude percibir.
—¿Estás bien de verdad? —volvió a cuestionarme tras permitirme recuperar la silla.
—Eh, sí, sí —respondí con sinceridad. Ella me preguntaba por el daño físico que me habría podido provocar la caída, no por como el aire parecía no querer entrar en mis pulmones cada vez que me miraba. Así que no le mentí.
—¿Estás bailando ballet aquí? —se interesó olvidándose de Kurt, que tras comprobar que yo estaba bien se coló en la cocina. Y de su hermana, que se había desplazado hacia uno de los sofás con Bleu.
Me resultó curioso descubrir cómo ambas hermanas eran tan diferentes con un gesto tan simple como el de tomar asiento, sin haber sido invitada a ello. Quinn no lo habría hecho, sin duda. Pero Emma no era Quinn, para mi fortuna.
—Eh, sí, sí —volví a repetir, esta vez tranquilizándola con una sonrisa que ni siquiera sé cómo logró dibujarse en mis labios.
—¿Estabas haciendo un developpé?
—¿Entiendes de ballet? —la cuestioné al ver cómo pronunciaba perfectamente el nombre de aquel movimiento.
—Rachel, he estado en clases de ballet durante casi diez años —me recordó y yo me lamenté al no recordarlo. De hecho, hacia menos de 24 horas que me lo había dicho. Dejó las clases de baile por el futbol cuando apenas tenía 14 años—. Algo aprendí —bromeó.
—Cierto —murmuré ruborizada—, lo había olvidado.
—¿Necesitas ayuda?
—Eh, no. No, todo bien.
—Sí, sí —nos interrumpió Kurt al tiempo que pasaba junto a nosotras y se dirigía al sofá con una manzana entre sus manos.
—¿Sí? —repitió Quinn.
—No —dije yo.
—Rachel, sí necesitas ayuda —volvió a entrometerse Kurt al tiempo que se dejaba caer en el sofá—. No ha conseguido lograr ese movimiento en dos años, y ya debería saber hacerlo si no quiere que Brian le castigue —bromeó. Sin embargo, a mí no me hizo ni pizca de gracia que dijera aquello.
—Ok. ¿Me dejas que te ayude? —habló Quinn ignorando el comentario.
—Pero tampoco pasa nada —traté de excusarme—. De veras, es solo que no consigo mantener bien el equilibrio.
—Ya, ya lo he visto —dijo deshaciéndose del abrigo que la protegía—. Estabas tensando demasiado la pierna y debes hacerlo con más suavidad. Al menos si no mantienes el centro de gravedad.
—Pero… —balbuceé tratando de visualizar aquel pequeño consejo en mi mente. Sin embargo, Quinn no dejó que solo lo analizara.
—Vamos, hazlo, te diré como debes practicar… —me dijo ofreciéndome la silla como apoyo. Y lo cierto es que no pude negarme, a pesar de notar como un leve cosquilleo de nervios me invadía poco a poco.
Si ya me resultaba complicado concentrarme en las clases con Brian a mi lado, más difícil aún era lograrlo con Kurt y Emma sin perderme de vista, y Quinn observándome con curiosidad detrás de mí. Y sabía que lo hacía porque el espejo me la mostraba nítidamente. Fueron varias las veces que nuestras miradas se cruzaban y se esquivaban rápidamente, evitando que la timidez nos invadiera.
Tomé aire, el poco que podía con los nervios, y me coloqué frente al mismo con la postura perfecta para realizar el movimiento. Ni siquiera era consciente de cómo había llegado a esa situación, cuando hacía apenas cinco minutos estaba completamente a solas en mi casa.
Mi mano se ancló a la silla y mi pie derecho se posicionó junto a mi tobillo izquierdo. Fue ahí, justo después de una pequeña flexión que me ayudaba a impulsarme, cuando comencé a levantar la pierna como estaba estipulado; Deslizando suavemente la punta de mis dedos por el tobillo, y ascendiendo sin separarlo hasta que lograse la altura perfecta. Sin embargo, no logré alcanzar la altura que necesitaba. Algo lo evitó, o mejor dicho alguien
Quinn dio un paso adelante y colocó su mano justo debajo de mi muslo. Estuve a punto de detener el movimiento al sentirla tan cerca de mí, pero ella no me lo permitió.
—Continua —me dijo impulsando ella misma mi pierna hacia arriba—, pero deja la rodilla flexionada, no subas el pie.
No entendí muy bien lo que quería decirme. Demasiado hacía ya evitando volver a perder el equilibrio, y concentrarme en el movimiento con ella hablándome a escasos centímetros de mi oído. Así que simplemente me dejé llevar por la presión que ejercía en mi pierna mientras la miraba a través del espejo.
—Aquí, mantén a esta altura la rodilla y céntrate en tu pierna izquierda. La espalda recta, deja que el centro de gravedad baje hasta tu cadera y compense el equilibrio —musitó deslizando su mano libre sobre mi cintura—. Imagina que es una balanza, tu pierna alzada no puede tirar de ti, sino que tiene que mantenerte en equilibrio, pero necesitas estar firme y que tu cuerpo esté en línea recta con el suelo. ¿Notas como el cuerpo se asienta sobre la planta de tu pie?
—Ajam… —susurré como pude. Lo cierto es que no solo sentía como mi pie izquierdo soportaba perfectamente mi peso, sino que también le prestaba atención a sus manos que seguían acariciándome el muslo y la cintura, y lograban que mi voz apenas fuese audible.
—Bien, pues una vez que sientas ese equilibrio, ya puedes comenzar a alzar el pie —añadió deslizando la mano que aún mantenía bajo mi muslo hasta el gemelo de mi pierna derecha—. Así...
No dije nada. Me limité a hacer lo que ella me decía y subí al máximo mi pierna hasta que encontraba la línea recta necesaria para que la figura fuese perfecta. Y lo cierto es que no me costó demasiado trabajo.
—Lo primero que tienes que controlar es el equilibrio —continuó sin perderme de vista a través del espejo—. Hazlo practicando este movimiento constantemente —dijo ayudándome a flexionar de nuevo la rodilla con suavidad—. Cuando lo logres hacer sin perder el equilibrio, ya podrás levantarla como se debe levantar para que quede perfecto.
—Oh, ahora entiendo —balbuceé sin apenas pensarlo. Y es que, aunque Quinn me había enseñado ese paso para hacerlo con más soltura, no estaba del todo segura que fuese así. Al menos Brian jamás me había dado aquel consejo, y el movimiento en sí debía ser más limpio, y evitar que la pierna que se alzaba quedase flexionada tal y como me dijo ella. Sin embargo, después de aquella anotación, supe que lo que pretendía era darme un pequeño truco para lograr mi gran objetivo de mantener el equilibrio, y así tener más confianza para realizar el ejercicio.
Y lo cierto es que parecía funcionar.
Nada más notar como ella se apartaba de mí y sus manos dejaban de acariciarme, me lancé a intentarlo yo sola, y pude ver como mi cuerpo parecía mucho más estable.
No logré dibujar el movimiento perfecto, por supuesto, pero si noté que me había ayudado bastante con ello. Y solo necesitó un par de minutos de explicación.
—¿Lo ves? —volvió a hablar—. Si lo practicas así, llegará el momento en el que solo tengas que centrarte en la pierna que alzas, y no en el equilibrio.
—Tienes, tienes razón —musité agradecida —. Parece mucho más sencillo así. Gracias por el consejo.
—Hace mucho tiempo que no hago ballet, pero sigo recordando muchas cosas.
—¿Por qué lo dejaste? —nos interrumpió Kurt, que no había perdido detalle de su pequeña clase.
—Me cansé. Llega una edad en la que tienes que plantearte si lo haces por afición o por vocación. Y yo me negaba a dedicarle tantas horas a algo que hacía por entretenimiento —respondió colocándose junto al espejo, desde donde no tuvo reparos en observar cada movimiento que yo intentaba hacer.
—Supongo que es un gran sacrificio, y si no es lo que te gusta… —dijo Kurt continuando con la conversación.
—A ella le gustaba más estar con las chicas del equipo de futbol —soltó Emma con una traviesa sonrisa, y los tres nos giramos hacia ella sorprendidos—. ¿Qué? ¿Acaso no es cierto? —cuestionó a su hermana.
—Me gusta el futbol —aclaró ella visiblemente molesta por la indirecta que había dejado escapar.
—Ya, eso es lo que quería decir —añadió aún con aquel tono de voz que esta vez, y en contra de todo pronóstico, no solo nos desquició a Kurt y a mí, sino que también lo hizo con Quinn.
La rubia no volvió a hablarle. De hecho, volvió a fijar su mirada en mí y buscar cualquier excusa para no seguir hablando de ello. Mi intento de developpé era perfecto para tal cambio de tema. Sin embargo, no iba a ser necesario acudir a él de nuevo.
Santana apareció en escena perfectamente preparada para arrasar. Y no solo con palabras, sino que también con su vestimenta.
No sé si lo hizo queriendo o realmente le pilló de sorpresa encontrarse a ambas hermanas ya allí. Yo creo que lo hizo a sabiendas, sin duda.
—Hey… ¿Ya estáis aquí? —cuestionó sorprendida, mostrándonos como solo había tenido tiempo de abrocharse los pantalones, pero no la blusa.
Supongo que Kurt fue el único que lo ignoró, puesto que ya prestaba atención a la televisión que acababa de encender. Pero tanto las hermanas como yo no pudimos evitar fijarnos en como parte de su pecho permanecía al descubierto, solo con la protección del sujetador que vestía.
Y no sé por qué lo hice, o bueno tal vez sí, pero no pude evitar buscar la mirada de Quinn y molestarme. Molestarme tanto que incluso llegó a notarse, sin duda.
Fue ver como la británica la miraba, y mis celos se apoderaron de mí hasta tal punto de querer recriminárselo. Y ella pareció darse cuenta, porque apenas tardó un par de segundos en desviar de nuevo la mirada, esta vez hacia ningún punto fijo.
—Nos hemos encontrado a Kurt en la calle, y nos ha invitado a subir —respondió Quinn repasándonos a todos con la mirada.
—Ah, perfecto. Me estaba duchando, pero ya estoy casi lista. Cinco minutos y nos vamos.
—No te preocupes, tomate el tiempo que quieras —dijo Emma—. Aquí tenemos un buen espectáculo de payasos —añadió volviendo a provocar el malestar en Quinn. Yo ni siquiera le presté atención. Me había acostumbrado tanto a sus indirectas que ni siquiera me ofendían.
—¿Espectáculo? —se interesó Santana mientras comenzaba a abrocharse la blusa con sutiliza— ¿Qué hacíais?
—Nada. ¿No deberías terminar de vestirte? —le repliqué.
—Ya, ya lo hago —me sonrió divertida—. ¿Qué hacíais? —volvió a insistir. Pero esta vez fue Quinn quien respondió.
—Rachel me estaba mostrando algunos pasos de ballet. Le estoy dando algunos consejos para que le resulten más sencillos.
—Oh, genial, me gusta que no estéis peleando —dijo sonriente—. Pero tampoco es necesario que la aburras con el ballet —me recriminó.
—Yo no estoy aburriendo a nadie, es ella la que se ha ofrecido.
—Me gusta el ballet —añadió Quinn dándome la razón.
—¿No te gustan más las flores? —volvió a hablar Santana sin perder la diversión—Porque a Rachel le han vuelto a regalar una flor. Deberías verla, tal vez tiene algún significado oculto.
—¿Otra flor? —preguntó Kurt regresando la atención a nosotras.
—Sí —dijo Santana—. Se ve que Brian está bastante…
—¿Puedes callarte? —la interrumpí. Me empezaba a sentir realmente incomoda, y lo que menos quería era bromeasen acerca de aquel asunto de las flores. De hecho, ni siquiera sabía que pretendía Santana al decirlo ante Quinn y Emma.
Al menos pude ver cómo Quinn aguantaba firmemente aquella pequeña pero sutil confusión que tenía Santana acerca del detalle de la flor, que ella misma me regaló la noche anterior.
—¿Puedo verla? —dijo la rubia mostrando un extraño interés.
—Solo, solo es una flor —musité confusa. Por un momento creí que pensaba que realmente Brian me había regalado otra flor.
—Me gustan mucho las flores, no sé si lo sabes —bromeó—. ¿Me la enseñas? —volvió a insistir al tiempo que se mordía con disimulo el labio, y me dejaba completamente a su merced.
—Vamos no seas maleducada —habló de nuevo Santana, que ya caminaba hacia su habitación dispuesta a terminar de vestirse y perdiéndose aquel atrevido gesto de la rubia—. Muéstrale la flor, seguro que te dice su nombre, su familia y hasta el significado —añadió guiñándole un ojo a Quinn.
Un guiño que me hizo reaccionar rápidamente y obedecer la petición.
Sí, era absurdo puesto que la flor era de ella, pero el interés que también mostró Quinn me hizo darle la razón e invitarla a que me acompañase a mi habitación.
Creo que las chicas de Ohio no somos tan listas como las de Brighton. Eso era algo que ahora sé, pero no cuando me adentré en mi habitación y Quinn lo hizo detrás de mí.
—No entiendo para qué quieres ver la flor, si es la que tu… —mi susurro se quedó en nada cuando escuché como la puerta se cerraba detrás de mí y las manos de Quinn se adueñaban de mi cintura sin previo aviso.
—¿Qué me importa la flor? —murmuró acercándose a mis labios—, lo único que yo quiero es volver a besarte. Y temía por marcharme sin poder hacerlo.
—Pero…
No hubo tiempo de réplica, o, mejor dicho, no me dejó debatir aquello, ni siquiera intentarlo. Quinn me besó. Me besó en un momento tan confuso y extraño, que no fui consciente de nada hasta que sentí de nuevo aquel embriagador perfume que solía utilizar y el calor de sus labios sobre los míos.
Y no puedo jurarlo, pero estoy convencida de que saber que era algo a escondidas nos hizo vivirlo de una manera más intensa. O tal vez eran las ansias por volver a sentirnos, a vivirnos de aquella forma.
—Quinn —susurré cuando permitió que el aire regresara a mis pulmones.
—Shh… —me silenció separándose de mí con dulzura. Dejando un nuevo y sutil beso sobre mis labios—. Tranquila. No voy a dejar que nos vean.
—No es el lugar más seguro —dije lanzando una mirada sobre la puerta cerrada. Una puerta que tanto Santana como Kurt podría abrir sin más, y en el momento menos esperado.
—Lo sé, pero necesitaba hacerlo. ¿Tú no?
—Yo, yo… —balbuceé estúpidamente—. Quinn, necesitamos hablar de todo esto, de lo que pasó anoche. Yo estoy echa un lio.
—Lo sé, quiero decir, yo también necesito hablar y saber qué nos sucede. Pensaba llamarte esta noche, pero ayer Santana insistió en quedar y le dije que lo haríamos hoy.
—¿Se lo vas a contar? —pregunté un tanto asustada.
—No, a menos que tú me lo pidas. Creo que es mejor que lo habléis vosotras. Yo, yo solo puedo decirle lo que me sucede y nada más.
—No, no le digas nada —la interrumpí—. Me gustaría hablar con ella antes.
—Seré una tumba —me sonrió—. ¿Cuándo podré verte a solas para, para aclararnos todo esto?
—Pues, mañana estoy ocupada todo el día, pero si quieres cuando salga de la cafetería me paso por la floristería y…
—Perfecto —no me dejó continuar—. Estaré esperándote.
—Ok. Eh, deberíamos, deberíamos salir ya.
Uno más, y fueron tres los besos que me regaló antes de abandonar la habitación. Y lo peor es que lo hizo con una naturalidad exquisita, cuando yo creía que iba a explotar por culpa de los nervios.
—Un lirio —dijo en voz alta llamando la atención del resto, incluso de Santana que ya regresaba de nuevo al salón dispuesta a marcharse con ambas hermanas—. Un lirio morado refleja la belleza —añadió recuperando su abrigo—. Así que quien te ha regalado esa flor, te está diciendo que eres increíblemente hermosa y que quiere seducirte.
—¡Oh dios! —murmuró Kurt sorprendido, al igual que yo por cómo Quinn explicaba el mensaje de la flor. Sin embargo, él no sentía el golpe de calor que yo sufría por culpa de aquel piropo que me acababa de regalar, sin que nadie lo supiese— ¿De verdad significa eso?
—Así es —respondió ella dibujando una débil sonrisa—. Me temo que vas a tener que tomar cartas en el asunto y hacer algo, no deberías dejar pasar esa oportunidad. Se ve que tiene bastante interés en ti.
No me lo podía creer.
Si alguien me hubiera dicho tres semanas atrás que Quinn Fabray iba a estar invitándome a que la conquistara, o dejándome conquistar por ella, lo habría enviado directamente a algún manicomio. Era tan surrealista que incluso su dulce y cordial manera de hablarme, había sorprendido a los demás.
Santana no daba crédito, aunque yo estaba segura que era porque no creía que Brian, quien supuestamente me regaló el lirio, quisiera decirme aquello que Quinn acababa de comentar. Y Kurt igual. Aunque su sorpresa era más ilusión por ver que cómo había logrado avanzar en mi conquista del profesor.
Solo Emma, y Bleu que se limitó a ser un mero testigo de todo lo sucedido, no vestían su cara con ningún tipo de gesto sorpresivo o curiosidad. De hecho, la menor de las hermanas Fabray no había cambiado un ápice de su desganada mueca que siempre utilizaba cuando no estaba a gusto en algún lugar. Aunque pensándolo bien, ella no parecía divertirse nunca. Solo cuando encontraba un buen hachazo con el que ridiculizarme, o se bebía media botella de ginebra.
—Haré lo que pueda —atiné a responder tratando de no quedar como una boba.
—Al final —añadió Santana terminando de colocarse el abrigo—, va a ser verdad que te vas a comer ese bombón.
—Dejadme en paz —me excusé alejándome de ellas. La situación se había vuelto realmente surrealista y no quería seguir jugando con aquel fuego que, a tenor por el calor que ya sentía, iba a terminar quemándome. O por lo menos dejándome en evidencia.
No lo pensé. Me fui directa hacia la silla que seguía frente al espejo, y me dispuse a ignorar lo que hacían hasta que pude ver cómo estaban a punto de abandonar el apartamento. Solo en ese instante, y por motivos bastante personales, cedí y lancé una mirada hacia Quinn, que además era la única que me miraba a mí.
—Sigue practicando —me dijo ocultando la sonrisa, y yo me limité a asentir.
No escuché nada más. Bueno, realmente miento, porque cuando Santana, Quinn, Emma y Bleu se marcharon, el silencio o las notas de Chopín no iban a volver a regalarme esa concentración que necesitaba para lograr que mi developpé fuese perfecto. No si tenía en cuenta que Kurt seguía allí, y que por lo que mostraba no tenía intención alguna de marcharse.
No tiene sentido, pensé viéndome reflejada en el espejo mientras Kurt comenzaba a relatarme su perfecta mañana y tarde de visitas a tiendas mientras se relajaba en el sofá, y buscaba algo que ver en la televisión. Lo mejor que podía hacer en aquel instante era imitarle, abandonar mi improvisado ensayo de ballet y dejar que las horas pasasen sin más. Eso sí, con el beso de Quinn aun endulzando mis labios, y su indirecta golpeándome constantemente en el pecho.
¿O eran mariposas?
