Capítulo 23
Muérdago
—¡Oh dios!, no recordaba esta fotografía. Necesito una copia, Rachel. Necesito tener esto en mi casa.
—Claro, te enviaré por correo todas las que quieras.
Hacía media hora que acababan de comer, y Rachel no dudó en mostrarle un pequeño álbum de fotos tras recordar la fotografía que Quinn tenía en su camerino, aprovechando que Emily se había quedado dormida en uno de los sofás.
—Me encantan todas. No entiendo por qué yo apenas tengo fotos de todos estos viajes.
—Porque no estabas obsesionada como yo por tener suficiente material gráfico para mi futura biografía—le respondió divertida—Sigue pasando las hojas, mira lo que viene ahora. —Añadió y Quinn siguió su consejo sonriente por las anécdotas que iba contándole.
Todo volvió a la normalidad durante el transcurso del almuerzo. La discusión que habían mantenido por culpa del encuentro con Matt en la juguetería, pasó a un segundo plano gracias a la actitud que ambas mostraron por quitarle importancia, y también gracias a Emily, por supuesto, que conseguía acaparar toda la atención las dos.
Rachel había vuelto a recuperar su seguridad, quizás por el amparo y la privacidad que le suponía estar en su casa y no en el exterior, y Quinn supo que no iba a volver a provocar ninguna situación comprometida más, al menos durante aquel día.
—¿Y ésta? —cuestionó al ver la siguiente fotografía. —¿Es una sesión tuya? —añadió tras observar la imagen. Solo era ella de perfil, vestida con unas mallas y un top deportivo.
—Marzo de 2017—susurró—vamos, sigue pasando las páginas. —Le dijo y Quinn volvía a acatar sus órdenes para comprobar como en la siguiente imagen, volvía a aparecer ella de la misma forma; de perfil y la misma ropa. —Abril de 2017—murmuró Rachel tratando de hacerla entender de qué se trataba aquella secuencia de imágenes.
—Rachel ¿Te hacías una foto cada mes o…? —se detuvo—¡No! —exclamó al ser consciente de lo que estaba sucediendo y sin pedir permiso, volvía a pasar la página para confirmar lo que había intuido.
Una tras otra fue. Todas en la misma posición, pero con un detalle que iba cambiando de una imagen a otra, y del que empezó a darse cuenta a partir de la cuarta fotografía. Su barriga.
Rachel mostraba el estado de su embarazo en cada fotografía, y la sorpresa en la rubia la dejó casi sin habla.
—Brody se empeñó en que me hiciese una foto cada mes para ver la evolución de mi barriga—sonrió—Te confieso que al principio no me agradaba la idea, pero luego me encantó.
—Oh dios…—Susurró Quinn al llegar a la sexta imagen, donde más evidente era el estado de su embarazo. — Estabas preciosa, Rachel.
—Tenía una barriga enorme—añadió quitándole importancia al halago. — Ahí ya empecé a ser consciente de lo que se me venía encima—bromeó con algo de anhelo—Vamos, sigue hasta el final…
Ni lo dudó. Quinn avanzó imagen tras imagen sin perder detalle de ella, pero no solo de su barriga, sino de ella al completo. De la expresión de rostro y la sonrisa que cada vez se hacía más amplia.
—No lo puedo creer—murmuró Quinn tras llegar a la novena imagen—Dios, Rachel, estabas hermosa.
—Creo que tú me superabas en ese estado.
—No estamos hablando de mí, Rachel, hablo de ti y de tu sonrisa, mírate… No te he visto sonreír así en la vida.
—Porque ahí estaba realmente feliz. Me moría de ganas por verla, por saber cómo era, pero a la vez no quería dejar de sentir sus patadas, su movimiento dentro de mí. No sé cómo explicarlo.
—No es necesario, te entiendo perfectamente.
—Vamos, pasa, aún hay una más.
—¿Una más? —preguntó incrédula, y Rachel asintió entusiasmada. Por supuesto que había una más, otra imagen que iba a provocar que sus lágrimas estuvieran a punto de caer.
Era ella, Rachel, recostada sobre la cama de un hospital mientras Emily, con apenas unas horas de vida, reposaba dormida sobre su pecho.
—Oh…—susurró tapándose la boca.
—¿Has visto que pequeña era? No puedo creer aún que tuviera una barriga tan grande, y ella fuese tan pequeña. Apenas pesó… ¿Quinn? ¿Estás bien? —cuestionó al ver como se llevaba las manos a la cara y cubría su rostro—hey, ¿qué te pasa? ¿Estás llorando?
—No, no lloro—masculló con apenas un hilo de voz.
—¿Cómo que no? Quinn, ¿qué te sucede? Me estás asustando—volvía a preguntarle obligándola a que la mirase.
—Nada, es solo que… Bueno—balbuceó con dificultad mientras sus ojos aparecían completamente inundados, y dibujaba una sonrisa—No sé, me emociona ver esto.
—¿Es por Beth? —susurró.
—No, no—trató de recomponerse—Quiero decir, claro que me recuerda a ella, pero no es algo malo. Me, me hace bien ver esto, Rachel. Es hermoso—señaló de nuevo hacia la imagen.
Lo era.
Era probablemente la mejor fotografía que había visto de Rachel durante toda su vida. La dulzura con la que miraba a su hija recién nacida, conseguía encender todas las emociones en ella, y se lamentó por no haber estado allí en ese justo momento.
—Estáis hermosas—susurró de nuevo, consiguiendo emocionar también a Rachel, que no podía apartar la mirada de ella. Estaba completamente fascinada al ver su reacción, al ver como se emocionaba por ver una imagen de ella con su hija recién nacida. Y también se lamentó.
Lamentó no haberlo compartido con ella antes. Se lamentó por haberla apartado de su vida cuando, probablemente, más la habría necesitado. Fueron muchos los días que pasó en Lima cuestionándose si estaba haciendo lo correcto, fueron muchas las noches que pasó sin dormir creyendo que no iba a ser capaz de lograrlo, que traer una vida al mundo era algo para lo que no estaba preparada. Y Quinn habría sido sin duda la mejor de las compañías en aquellos instantes, aunque estuviese al otro lado del mundo.
Ella había sido madre, ella había vivido toda esa experiencia y por supuesto, había sufrido las mismas dudas. Nadie mejor que ella para entenderla.
—Rachel—balbuceó la rubia sacándola de sus pensamientos—Brody ¿Brody se encarga también de ella? —preguntó tratando de recomponerse.
—Eh, sí, claro. Yo tengo la potestad, pero cuando supe que estaba embarazada, él me pidió que no lo dejase a un lado. Aunque no estábamos juntos como pareja, él quería estar en la vida de Emily, y yo no podía negarme.
—O sea, oficialmente él es su padre. La tiene reconocida como tal.
—Sí, pero no tiene todos los derechos. Tenemos un contrato.
—¿Un contrato?
—Sí. Él no puede intentar quitarme a Emily si algún día hubiese problemas entre nosotros. La única opción que tiene para quedarse con ella sería en el caso de que a mí me ocurriese algo… O no estuviera con plenas facultades para cuidar de ella.
—Ah…
—Pero no pensamos en eso. Él es su padre, lo va a ser siempre y yo permito que ejerza como tal, por su bien y por el de Emily. Ella lo adora, y a pesar de que no se ven tan a menudo como quisieran, tienen una conexión única. Y a mí me hace feliz que la tengan. Somos una familia, diferente, pero una familia, al fin y al cabo.
—Pues no sabes cuánto me alegro. Tenéis una familia hermosa.
—Lo intentamos.
—Oye… ¿Y él tampoco sale a pasear con ella? —cuestionó cerrando el álbum de imágenes, tras comprobar que no había más.
—Sí, claro que sí, de hecho, es lo que hace cuando viene.
—¿Y él no teme que lo reconozcan? porque él si es muy conocido, de hecho, pude vivirlo en primera persona.
—Lo sé—se levantó del sofá para dejar el libro sobre la mesa y tomar asiento junto a Emily, que aun dormía—Él tiene hermanos, dos mayores que él, además viven aquí en Nueva York, por lo que, si alguien le reconoce con Emily, dice que es su sobrina, tal y como le has dicho a Matt. Pero tampoco le preocupa demasiado. No sé cómo lo hace, pero siempre lograr esquivar todas esas polémicas. Supongo que a él lo miran diferente por ser un chico, ya sabes cómo es esta sociedad.
—Imagino… No tenía ni idea de que tuviese hermanos.
—Pues sí, pero están alejados de la vida pública. De hecho, detestan todo este mundo—espetó sonriente—Oye, va siendo hora de que despertemos a esta dormilona, ¿no crees?
—¿Ya?
—Son las 15:00 de la tarde, Quinn, lleva una hora y media dormida y tenemos que ir a decorar tu árbol.
—Oh no… Si es por eso no la despiertes. No, no la molestes. Está tan dormida.
—Precisamente por eso la tengo que despertar, a menos que quieras cuidarla tú por la noche, cuando no podamos dejarla dormida—le replicó divertida—Te aseguro que es un torbellino.
—Pero se ve tan tranquila dormida…
Ni siquiera le prestó atención a la rubia, Rachel no dudó en hacer lo que tenía que hacer, y con dulzura, comenzó a despertar a la pequeña que no tardó en reaccionar. Emily, sin siquiera abrir los ojos, se aferraba a su madre y se cobijaba en su pecho, evitando por todos los medios que la luz la despertase por completo.
—Vamos, cielo, ya has dormido mucho—le susurró, pero Emily se negó hundiendo su rostro aún más entre los brazos de su madre. Rachel no pudo evitar lanzar una mirada hacia Quinn, que no perdía detalle de sus gestos— Em, tenemos que ir a ver a Superman, ¿recuerdas? —añadió, y fue casi instantáneo. Apenas unos segundos tardó la pequeña en asimilar las palabras de su madre, y el sueño perezoso que la aquejaba desapareció provocando la sonrisa de Quinn. —¿Ves? —le dijo Rachel sin dejar de mirarla—Cuando le interesa, el cansancio se le va.
—Ya veo—musitó Quinn, y su respuesta provocó que Emily la buscara rápidamente con la mirada, siendo consciente de que estaba allí en ese preciso instante.
—Hey dormilona, ¿nos vamos a ver a Superman? —le dijo y la pequeña asintió rápidamente mientras dejaba escapar un divertido bostezo.
Apenas unos minutos más tarde, y porque Rachel así lo había exigido, las tres volvían a ocupar un taxi para recorrer los escasos 500 metros que la separaban del apartamento de Quinn.
Una orden de Rachel que puso como excusa para evitar un nuevo encuentro con Matt, y que Quinn aceptó. Y no lo solo lo hizo por evitar la situación a la que hacía referencia, sino porque durante el tiempo que duró el almuerzo, empezó a notar que Rachel parecía no sentirse del todo bien, y que el dolor de cabeza que le había confesado que tuvo varios días atrás, parecía haber vuelto a ella.
Sabía que le iba a negar hasta la saciedad si le preguntaba, y mucho menos iba a anular los planes para aquella tarde, así que supo que lo mejor que podía hacer, era hacerlo todo lo más sencillo posible.
Ni cinco minutos tardaron en llegar a su apartamento, donde todo parecía en calma. Todo hasta ese instante.
Superman, que en ese momento parecía haber aprovechado para dormir, no tardó en saltar por el interior de su jaula tras la repentina aparición de Emily, que apenas esperó a que abriese la puerta para correr con su habitual torpeza hacia ella.
—¡Em! ¡ten cuidado! La vas a asustar—le ordenó su madre tras ver las intenciones de la pequeña.
—Tranquila, Superman está acostumbrada a los sustos. Te recuerdo que cada mañana me escucha caerme de la cama—bromeó y Rachel la miró sorprendida—dame tu abrigo.
—¿Te sigues cayendo de la cama?
—¿Tú que crees?
—Pues conociéndote, que puede ser verdad—le replicó aceptando su petición de entregarle el abrigo, sin perder de vista a su pequeña. Solo apartó la mirada de ella una vez, porque algo sobre su propia cabeza le llamó la atención.
Fue justo cuando Quinn cerraba la puerta tras ella, y la vibración de la misma hizo que se moviese.
No pudo evitar sonreír al descubrirlo.
—Quinn ¿Eso es muérdago? —le preguntó señalándole la pequeña ramita verde con un lazo rojo que colgaba del techo.
—¿Tú que crees? —repitió sin perder la diversión.
—¿Y para qué tienes eso ahí? —cuestionó curiosa, siguiendo sus pasos por el apartamento.
—¿Para qué se coloca el muérdago sobre la puerta?
—Para que te besen bajo él—respondía Rachel.
—Y si lo sabes ¿para qué preguntas? —volvía a hablar Quinn, acercándose esta vez hasta la jaula donde Emily seguía anclada—tengo la sensación de que Em nos va a prestar poca atención.
—No, sí que nos va a ayudar. Le encanta montar el árbol de navidad—le dijo acercándose a ellas—¿Quién quieres que te bese? —insistió curiosa, y Quinn no pudo evitar reír. —Si lo has puesto es porque quieres que te besen, ¿no?
—Supongo que quien coincida conmigo bajo él—le respondió justo cuando se disponía a ofrecerle a Emily algunas semillas para que se las dejara a la ardilla, y Rachel guardó silencio.
La conversación que mantuvo con Matt días atrás volvía a aparecer en su mente.
Era evidente. Matt le había dejado entrever que algo había sucedido entre ellos, y aunque Quinn no había hecho mención alguna a tal hecho, si había dejado constancia de que se habían visto en más ocasiones.
—Vamos, terminemos con el árbol antes de que sea demasiado tarde—volvía a hablar la rubia.
—Em, cariño, ¡ven! —exclamó Rachel llamando la atención de la pequeña, que algo reticente, acataba la orden de su madre.
El árbol de Navidad ya permanecía expuesto junto a uno de los ventanales. Tres cojines esperaban sobre la alfombra que Quinn había colocado para que estuviesen más cómodas. Y los adornos, repartidos en varias cajas, esperaban alrededor del mismo.
—Y bien ¿Qué hacemos? —cuestionó Rachel tomando asiento en uno de los cojines, mientras ella se colaba en la cocina.
—Pues decorarlo.
—Pero ¿Tienes alguna idea?
—¿Idea? No.
—¿Qué es eso? —Le cuestionó curiosa al ver como regresaba a ella portando una pequeña caja.
—Galletas.
—¿Las has comprado?
—No. Las hice anoche. Os prometí galletas y chocolate, y aquí están—Le respondió ofreciéndoselas—Y ahora mismo voy a preparar el chocolate.
—No es necesario, Quinn. Yo me conformo con un café de tu maravillosa cafetera.
—¿Y ella? —Señaló a Emily, que ya había empezado a curiosear en las cajas, pero sin apartar la mirada de Superman.
—Comerá galletas. El chocolate la revoluciona.
—Ok. Pues preparo café para nosotras.
—Perfecto. Entonces dinos ¿Cómo vamos a decorar un árbol sin una idea concreta?
—No sé, yo voy a hacer lo que ella decida—espetó sacando uno de los espumillones de colores y colocándoselo a Emily alrededor del cuello.
—Quinn, si empiezas a jugar me temo que no vamos a acabar nunca—susurró Rachel tras ver como su hija sonreía por el gesto de la rubia. —De hecho, es probable que ni empecemos. Además, mi hija es muy inteligente y creativa, pero criterio decorativo tiene poco.
—Pues precisamente por eso, porque es una artista, me fio de ella—le dijo entregándole una de las bolas—Vamos Em, ponla en el árbol. —Añadió divertida. La niña dudó, pero solo durante unos segundos, los que tardó Rachel en ayudarla para que supiera lo que tenía que hacer. A partir de ahí, ya no se detuvo.
Sin parámetros, sin un orden o sentido lógico, y sin recibir consejos de nadie. Emily se aventuró a hacer lo que Quinn le pidió que hiciera, y el árbol fue cargándose poco a poco de bolas, de figuritas y estrellas, de espumillones y serpentinas. Solo permitió la ayuda de su madre cuando tuvo que colocar las bolas en las ramas más altas.
Casi una hora mas tarde, Quinn se limitaba a observarlas recostada en la alfombra, mientras devoraba una de sus galletas.
—Este árbol es muy grande para nosotras, cielo—masculló Rachel divertida tras tenerla que alzar en brazos.
—Y pesa muchísimo—añadió Quinn mientras curioseaba en otra de las cajas donde guardaba los adornos.
—¿Los has traído tú sola?
—No, lo compré cuando salí con Matt el otro día. De hecho, se empeñó en traerlo él hasta aquí.
—Oh, que caballeroso.
—Demasiado…
—¿Demasiado? —le cuestionó dejando a su hija de nuevo en el suelo
—Sí. Parece él el fantasma de tu obra, en vez del escritor bohemio. Cualquier día tira su chaqueta sobre un charco para que no me moje los pies.
—Oh, pues que bien. Ya no hay chicos así.
—No, no los hay—replicó sin darle importancia alguna, aunque el tono que había empezado a usar Rachel la puso en alerta.
—Oye, y hablando de Matt ¿Has hablado con él? El otro día me dijo que necesitaba hablar contigo. —Le preguntó tomando asiento frente a ella, mientras jugueteaba con una de las bolitas entre sus manos.
—¿Acerca de lo del ensayo?
—Sí, ¿qué otra cosa si no?
—Hablé con él ayer. Fuimos a comer después del ensayo y me pidió disculpas.
—¿A comer? —cuestionó tratando de no darle importancia.
—Sí. A comer—le respondió lanzándole una mirada de reojo.
—Ok. ¿Y te habló de eso? Porque cuando vino a hablar conmigo estaba realmente arrepentido, y también me dijo que no iba a volver a suceder. La verdad es que me sorprendió verlo tan seguro.
—Solo me pidió disculpas, y yo le hice entender que no pasaba nada. Que estaba todo bien. Y sí, a mí también me dijo que no se iba a volver a repetir.
—¿Y le crees?
—No me queda otra que creerlo. Cuanta menos importancia le dé al asunto, mejor para él. Por mi parte, no hay drama.
—¿Y le sirvió que le dijeses eso?
—Supongo. Al menos dejó de disculparse continuamente.
—Cierto. A mí me pidió disculpas como veinte veces, y hasta que no se las acepté, no pareció calmarse. Eso sí, de ahí a que este tan seguro de controlar esos sentimientos hacia ti.
—No son sentimientos hacia mí, Rachel. Es algo que sucede y no es necesario sentir nada por la otra persona.
—Vamos Quinn—musitó colgando la pequeña bolita en una de las ramas bajas del árbol—a Matt le gustas, y lo sabes.
—Pero eso no significa que esté constantemente pensando en…—hizo una pausa. Quinn se levantaba para alcanzar otra de las cajitas con adornos y se detuvo a pensar lo que iba a decir—Rachel ¿Nunca te ha sucedido algo así? ¿Nunca has reaccionado así con alguien por quien no sentías nada?
—¿A mí? —preguntó con apenas un hilo de voz—Pues, pues no—balbuceó—soy actriz, se controlarme.
—Esa respuesta no me vale. Si has tenido que controlarte es porque te ha sucedido ¿No?
—Eh… No—volvía a responder. Ahora era ella la que no podía evitar desviar la mirada tras ver como Quinn regresaba a su lado. Tenía la mirada fija sobre ella y podía notarla perfectamente sin ni siquiera mirarla.
—Pues debes de ser la única a la que no le sucede eso.
—¿A ti te ha sucedido? —cuestionó curiosa.
—Pues sí, claro que sí. Pero tengo la suerte de ser una chica, y gracias a eso no ha sido una situación comprometida—le respondió sacando los últimos adornos que iban a colocar.
Emily hacía ya rato que se había alejado de las dos y permanecía junto a la jaula de la ardilla, con un trozo de galleta en su mano y sin prestar demasiada atención al árbol.
—Oh. Supongo que por eso no te molestó demasiado lo de Matt.
—Supones bien… En Londres me sucedió algo parecido con mi ex.
—¿Con tu ex?
—Sí, con Charles. ¿Recuerdas que te dije que era mi compañero de reparto? —le cuestiono y Rachel asintió—Pues la primera escena que tuvimos que hacer juntos, cuando apenas nos conocíamos, fue en la cama—recordó con media sonrisa—Él lo pasó fatal y yo también, estaba completamente avergonzada.
—¿Y qué hicisteis? ¿Lo hablasteis?
—Al día siguiente teníamos que volver a una escena parecida y él llegó a mi camerino y me dijo que no iba a volver a suceder, que lo tenía todo controlado—entrecomilló la última palabra.
—¿Cómo lo controló?
—Se puso dos boxers varias tallas más pequeñas—respondió tratando de contener la risa.
—¡No!
—¿No me crees?
—Sí, sí que te creo. ¡Justamente eso es lo que me dijo Brody que hacía él! —exclamó Rachel tras recordar el consejo de su amigo para que se lo hiciese llegar a Matt.
—¿De veras?, pues no es muy saludable—respondía sonriente—de hecho, Charles se arrepintió después. Lo pasó realmente mal.
—Pues no tengo ni idea de si Brody lo lleva bien o no, pero fue eso lo que me dijo cuando le comenté la situación de Matt. Yo pensé que era una locura, pero ya sabes, son chicos y ellos sabrán mejor como controlarlo.
—Parece que es un consejo bastante típico en ellos—bromeó—Eso sí, Charles no volvió a hacerlo más. Le ayudó mucho más que nos lo tomásemos con tranquilidad. Por eso te digo que lo mejor es darle confianza y que le quite importancia al hecho. Al fin y al cabo, somos humanos.
—Te doy toda la razón. Y me alegro que le hayas escuchado, a Matt me refiero. Realmente estaba preocupado. Me dijo que no quería volver a fastidiarlo contigo.
—¿Fastidiarlo? No entiendo.
—No sé—desvió la mirada—Me dijo que ya había metido la pata contigo y no quería volver a molestarte, que tú eras especial para él.
—Pues no tengo ni idea de a lo que se refiere—balbuceó confusa— A menos que sea por… Oh, espera. Ya entiendo.
—¿Qué? ¿Qué sucede entre vosotros? —preguntó sin poder evitar mostrar la curiosidad.
—Eh no, no es nada importante. Solo que, bueno, el mismo día que compramos el árbol, cuando, cuando llegamos él… —Rachel volvía a mirarla y esperaba impaciente escuchar lo que Quinn estaba relatándole, pero la rubia parecía dudar mientras encontraba las palabras adecuadas—Digamos que se confundió y quiso besarme.
—¿Te besó?
—No, por supuesto que no. Yo no lo dejé—respondió rápidamente—Le dije que no era el momento de algo así, seguramente por eso te dijo que no quería molestarme otra vez, porque pensará que ya lo hizo.
—¿Y no te molestó?
—No, quiero decir, fue algo incomodo, pero no sé, tampoco es la primera vez que tengo que detener un beso de alguien que se confunde. Solo, solo traté de hacerlo de forma que no se sintiera ofendido, pero veo que si le preocupa.
—Quinn ¿Hay alguna opción para Matt?
—¿Conmigo? No—Sentenció— Rachel, ya te lo dije, no quiero tener nada con mis compañeros, no quiero. Solo quiero centrarme en la obra.
—Ya sé que me lo dijiste, pero tienes que ser sensata. Cuando el amor llega, llega sin más.
—No estoy interesada, Rachel… El amor llega si estás abierta a él y yo ahora mismo, no estoy interesada en conocer chicos. Y menos en Matt. No, no me gusta. —Sentenció, y aquella afirmación sonó completamente distinta para Rachel, a pesar de que algo en su interior logró descansar al escucharla.
Quinn podía haber terminado la frase con un, no estoy interesada en enamorarme, o un no quiero tener novio ahora, sin embargo, especificó que no estaba interesada en conocer a chicos.
Chicos, no chicas.
Y el rostro de Kate con un divertido guiño de ojos y su sonrisa traviesa, apareció de repente en su mente, junto a su discurso.
Aquel discurso que la pelirroja se atrevió a dar en su presencia y que sacaba a relucir todas y cada una de las claves que llevaban a Quinn a esconder un posible interés por las chicas.
Tuvo que cerrar los ojos con fuerza para disolver la imagen de Kate en su mente y eliminar el bombardeo de pensamientos que se agolpaban en su cabeza, dejándola completamente en silencio.
Un silencio que Quinn no terminaba de comprender.
—¿Estás bien? —cuestionó extrañada.
—Eh, sí… Claro—reaccionó Rachel—Es solo que me, me duele un poco la cabeza.
—Ya. Te está doliendo desde esta mañana, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no soy estúpida, Rachel. Sé que no te encuentras bien. ¿Necesitas algo?
—No, no—interrumpía levantándose—¿Te importa que utilice tu baño?
—Estás en tu casa, Rachel.
—Ok. Vigílala por favor, está comiendo y es bastante bruta—señaló hacia Emily, que permanecía ajena a todo lo que sucedía a su alrededor, y Quinn le asintió sin poder evitar la preocupación en su gesto.
No tenía ni idea de lo que le sucedía, pero supuso que el malestar que había estado sintiendo empezaba a pasarle factura.
Malestar.
Eso mismo se repetía Rachel frente al espejo.
Rachel necesitó varios minutos allí, observándose a sí misma en el espejo para convencerse de algo de lo que no estaba segura, y que ni siquiera sabía qué era.
No tenía ni idea de lo que acababa de suceder. Ni siquiera supo cómo había conseguido mostrarse con tanta naturalidad mientras hablaba con ella de Matt, y esa conclusión a la que llegó por culpa de Kate y sus estúpidas ideas.
Si Quinn estaba interesada en las chicas no debía suponer ningún problema, ni inconveniente para ella, que había sido criada y educada por dos hombres homosexuales. Pero algo se removía en su interior al ser consciente de que esa posibilidad podría existir, y no entendía por qué lo tomaba de esa manera.
Como una puerta abierta que se abre, cuando solo deseas que esté cerrada. Esa era la sensación. Ese era el extraño movimiento en su interior, como cuando eres adolescente y el chico que te gusta, te sonríe.
Una opción, una posibilidad entre un millón.
—Para, para, para Rachel—se repitió tras ser consciente de sus pensamientos, en los que incluso comenzó a verse tratando de conquistar a su amiga. No tardó en abrir el grifo y llenar sus manos de agua fría para bañar su rostro y así liberar su mente, o al menos la sensación de calor que desde hacía rato se había adueñado de su cuerpo.
No le sirvió de mucho. La risa de Quinn en el salón jugando con su hija, complicó su intento por acabar con aquellos pensamientos. —Vamos, Rachel—se recrimino a sí misma volviendo a mirarse a través del espejo—Es tu amiga, por amor de Dios ¿Eres imbécil? —se lamentó.
Tardó varios minutos en recuperar un poco la compostura, pero ya era tarde para su maltrecho estado. El mismo malestar que llevaba varios días aquejándola, volvía a aparecer segundos antes de abrir la puerta del baño.
Necesitaba calmar sus nervios y explicarle a Quinn que empezaba a sentirse mal, pero no iba a ser tan sencillo. La imagen que se encontró en mitad de aquel salón, no le ayudó en absoluto a recobrar la normalidad. De hecho, creyó que había perdido toda cordura tras ser testigo de ella.
Quinn permanecía sentada en uno de los cojines mientras colocaba una divertida corona sobre Emily.
Una corona hecha con una de las guirnaldas de los adornos.
Ella también permanecía ataviada con las mismas guirnaldas. Un par de pulseras y un collar eran sus accesorios improvisados para la ocasión. Pero no fue eso lo que dejó completamente petrificada. Fue ser testigo de la complicidad que su hija, esbozando una enorme sonrisa, tenía con Quinn.
Ambas jugaban y se entendían a la perfección sin utilizar palabras.
Se miraban y sonreían, como si solo necesitasen de esa mirada para comprender lo que la otra quería.
Y fue entonces cuando sucedió. Fue entonces cuando Rachel sintió que su corazón latía con tanta fuerza, que temía por él. Y cuando la mirada de su hija la descubrió y corrió hacia ella dispuesta a colocarle trozos de aquella guirnalda, creyó morir.
Quinn dejó de sonreír justo cuando la vio.
—Rachel ¿Estás bien? —se puso de pie al notar la palidez en su rostro, y como tenía restos de agua en el pelo.
—No mucho—fue sincera—Creo, creo nos vamos a tener que marchar—musitó dolida por tener que acabar con la reunión.
—Ok. ¿Por qué no me has dicho nada antes? ¿Quieres que te prepare algo? Un té, no se…
—Tranquila—se excusó de nuevo—Me sentía bien, pero de repente me he empezado a sentir mal de nuevo. Llevo un par de días con dolor de garganta y… Ahora me está doliendo la cabeza. Creo que será mejor que nos marchemos e intente descansar.
—Ok. —Musitó preocupada— Deberíamos de haber dejado esto para otro día.
—No, no. Ha estado bien, Quinn. Me apetecía mucho estar aquí, y a Em le ha encantado. Ha sido muy divertido, incluso ahora, con esos accesorios que tenéis—señaló hacia las guirnaldas que adornaban a su hija y a la rubia—¿Podemos hacernos una foto?
—¿Una foto? ¿Estás segura de que…?
—Sí… Si. Tranquila Quinn, solo es un constipado—balbuceó—Quiero guardar este momento. Merece recordarlo bien.
—Ok, por mi perfecto—respondía un poco más aliviada, aunque no precisamente por su gesto descompuesto—¿Nos colocamos delante del árbol?
—Sí, sí delante del árbol—respondía al tiempo que buscaba en el interior de su bolso el móvil.
Un par de minutos más tarde las tres posaban sentadas delante del árbol de Navidad, con las guirnaldas decorando sus cabezas y cuellos, mientras el teléfono, apoyado sobre una de las sillas, comenzaba la cuenta regresiva para lanzar la primera fotografía de las tres juntas.
Emily se sentaba sobre las piernas de Quinn, y Rachel a su lado
Fue en ese instante cuando Quinn se puso en alerta. Le bastó sentirla a su lado para notar el calor que desprendía. Un calor nada común en alguien que estuviera sano, por supuesto. Quinn esperó a que la fotografía sucediera para cuestionarla. Y lo hizo sin contemplaciones.
—Estás hirviendo, Rachel—masculló colocándole la mano en la frente, sin siquiera dejar que destruyese el momento.
La morena enmudeció al sentir el contacto de la mano helada sobre su cabeza, y el bloqueo total llegó a ella tras encontrarse con su mirada a escasos centímetros. —Dios, Rachel—susurró—¿Te encuentras muy mal? —volvía a preguntar al ser consciente del calor que desprendía.
—Me temo que si—susurró sin conseguir apartar la mirada de Quinn.
—Vámonos, vamos ahora mismo a tu casa, no tendría que haberte hecho caso y dejarte venir.
Quinn era la primera en destruir la escena y levantarse del suelo, ayudando a Emily a hacer lo mismo y a Rachel, que no dudó en tomar su mano.
—No Quinn, tú no… Nos vamos nosotras.
—Rachel—interrumpía—no voy a dejar que te marches con ella a solas en tu estado.
—Tranquila, pido un taxi y ya está. De verdad que estoy bien.
—Pero ¿cómo vas a estar bien si estás hirviendo? ¿Como vas a estar a solas con ella así? —le replicó preocupada.
—Kate se pasa por casa antes de cenar. Me dijo que si no iba a estar le avisara, pero no lo he hecho, por lo que debe de estar al llegar.
—Rachel—susurró al ver como la morena recuperaba los abrigos de ambas y buscaba a Emily para colocárselo.
—Tranquila, Quinn. Está todo bien. Además, no voy a permitir que te contagies tú también. Eres mi protagonista favorita—trató de sonreír. Pero realmente le costaba.
Empezaba a sentirse mal y no solo por el malestar, sino por su actitud.
Sintió que estaba tratando de huir de ella en aquel instante, y lo hacía porque se sentía completamente vulnerable ante ella. Tanto que temía por empezar a ver y sentir cosas donde no las había. Porque no las había y de eso estaba completamente segura, o quizás no.
—Llevamos todo el día juntas, si me vas a contagiar de algo, dudo que no lo hayas hecho ya.
—Mejor no arriesgarnos. De veras, Quinn. No voy a estar sola.
—¿Y vas a tomar un taxi a solas con ella? —le cuestionó sabiendo que aquella era la última opción para convencerla, pero la morena tan solo le regaló una sonrisa y le asintió— Ok. Tú sabrás lo que haces, pero llámame al menos cuando llegues—le pidió, y sonó a suplica para Rachel.
Ella tampoco se sentía bien al ver la actitud que mostraba Rachel.
Su rostro, la palidez que se había adueñado de su piel, le hacía creer que estaba siendo sincera cuando decía que no se encontraba bien, pero había algo más. Y no tenía ni idea de lo que era.
Rachel evitaba mirarla en todo momento. Caminaba por el apartamento recogiendo sus cosas y las de su hija sin ni siquiera detenerse ante ella, y eso le confirmaba que algo le pasaba, que algo le había sucedido en el transcurso de aquella conversación que habían mantenido minutos atrás.
—Vamos, Em—musitó tras hacer una rápida llamada para tener un taxi esperándola—mira, es Kate—susurró al recibir un mensaje de la pelirroja—va para casa ¿Te quedas más tranquila ahora? —cuestionó a la rubia, mirándole a los ojos por primera vez.
—Supongo que si—respondía preocupada—Aun así, avísame cuando llegues, por favor.
—Claro, lo haré—le sonrió—vamos cielo, despídete de Quinn, nos están esperando. —Le dijo a la pequeña, que rápidamente y con su graciosa forma de caminar, se acercó a ella para regalarle un abrazo. Un abrazo y varios besos que Quinn se encargó de darle, y que resonaron en todo el apartamento.
—Me lo he pasado genial contigo. —Le dijo tras dejarla de nuevo en el suelo—Pórtate bien, y cuida de mami. ¿Ok? —le ordenó, y la niña le volvía a asentir sonriente. —Avísame cuando llegues, por favor—le suplicó de nuevo a Rachel, que había vuelto a quedarse embelesada con la escena de ambas.
—Lo haré. Siento, siento no haber terminado de ayudarte a adornar el árbol
—Olvídalo. Solo quedan las luces, y de eso me encargo yo. Eso sí, tenéis que volver para verlo cuando esté listo.
—Por supuesto, vendremos a verlo y a seguir jugando con Superman, ¿verdad, cielo? —le dijo a la pequeña, que en ese instante parecía más distraída con los botones de su abrigo, que por la conversación de ellas. —Eso es un sí. —Añadió ante la falta de atención de su hija.
—Genial. Gracias por ayudarme.
—Gracias a ti, Quinn—susurró abriendo la puerta—ha sido un día genial.
—La verdad es que sí. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Tenemos que repetirlo.
—Claro—respondía bajando la mirada—Seguro que sí. Descansa, Quinn.
—Y vosotras, sobre todo tú. Cuídate, por favor.
—Claro, claro… —Balbuceó sintiendo de nuevo como se colapsaba. No sabía que más decir, pero tampoco se atrevía a no decir nada más. Fue Emily, la pequeña al alzar la mirada hacia su madre, la que salvó la situación, y aquellos segundos de dudas en los que sentía la mirada de Quinn. Sus ojos no se dirigieron a ella, sino a lo que pendía sobre su cabeza justo cuando abrió la puerta, y Rachel recordó el detalle, e imitó el gesto de su hija para volver a mirar la ramita de muérdago.
Quinn fue consciente del gesto, y no pudo evitar la sonrisa tras ver su reacción. No tenía ni idea de lo que estaba a punto de suceder, ni mucho menos se lo esperó. Le bastó volver a mirar a Emily, dispuesta a preguntarle si le gustaba el detalle, cuando Rachel reaccionó y se acercó a ella decidida. No esperó encontrarse con su mirada tan cerca, como tampoco esperó que fuera a regalarle un beso en la mejilla en aquel instante. Mucho menos, esperó su susurro antes de separarse de ella.
—El muérdago dicta sentencia—le dijo, provocando que un escalofrío recorriese todo su cuerpo. Y sin más, sin volver a mirarla, se aferró a la mano de su hija, abandonó el apartamento para colarse en el ascensor, y la dejó allí, complemente petrificada junto a la puerta.
Ni siquiera supo qué hacer. La inercia la llevó a meterse de nuevo en su apartamento cuando el ascensor ya se cerraba frente a ella, y el temblor de sus piernas la obligó a dejarse caer en el sofá, y observar el árbol de Navidad que quedaba frente a ella, sin pensar en nada, simplemente mirándolo. Solo el ruido de la ardilla logró llamar su atención tras varios minutos completamente bloqueada, y no dudó en acercarse a ella para descubrirla jugando con el árbol que decoraba su jaula.
Estaba subida a una de las ramas del mismo. Sonrió al verla con los mofletes repletos de semilla, y recordó que aún quedaban varios restos del muérdago que ahora colgaba sobre su puerta, en las cajas donde había guardado los adornos.
No lo pudo evitar. Un par de minutos después, tras lograr encontrar una rama lo suficientemente grande del muérdago, se la colocaba con delicadeza sobre la jaula.
—Bien querida—le susurró llamando la atención del pequeño animal—Espero que contigo también funcione. Ojalá que te funcione.
