Gracias a todas las personas que han comentado esta… recopilación de pairings. A los que habéis simplemente leído o marcado favorito o algo así, gracias también, aunque menos agradecida que a los que comentaron jaja Estoy dispuesta a aceptar sugerencias de pairings, a ver si me inspira para actualizar con mayor frecuencia.

Disclaimer: como sabéis, no gano nada escribiendo esto.

Aclaraciones: esta historia en concreto participa en el reto nº 104 del foro Alas Negras, Palabras Negras, que es un reto especial por haber llegado a los 100.000 posts. Estáis todos invitados. Mi reto particular era escribir un AU en el que Arthur y Lyanna viven en Essos con Jon. Espero que cumpla mínimamente las expectativas de quien lo propuso. Como advertencia: es posible que me haya quedado un tanto pasteloso.

21 de junio de 2020. Arthur Dayne/Lyanna Stark.

XIX

Alcanzar la felicidad

Arthur deslizó los dedos por su vientre, describiendo la curva creciente, mientras contemplaba cómo ella era vencida por el sueño. La cubrió con las sábanas y se apretó más contra su cuerpo desnudo, hasta enterrarse en su cabello. Él también debería dormir, pero no se creía capaz. Se sentía demasiado eufórico y demasiado plácido al mismo tiempo. Estaba en paz, al fin, y eso le producía un exceso de entusiasmo.

Había sido un largo camino hasta alcanzar la felicidad. No podía decir que se enorgullecía de cómo lo había recorrido, pero le daba igual. En algún momento había dejado de importarle. Quizá cuando Jon le había llamado papá por primera vez. Tenía casi tres años y había escuchado esa palabra en alguna parte. Notó que a Arthur le había gustado, así que repetía papá, papá, papá a todas horas. Era la sensación más extraordinaria que había experimentado jamás.

Ese día se lo había llevado al bosque con él. Había corrido y reído tanto que se había dormido antes de terminar de cenar. Vivían con poco, sin echar nada en falta. Lyanna y él solían hablar sobre la vida que tenían antes, aunque cada vez lo hacían menos, y ya no les causaba pesar hacerlo. Durante los primeros años tenían muy presente la idea de regresar; después, dejó de pasárseles por la cabeza. En el mejor de los casos, creerían que estarían muertos.

A veces se equivocaba cuando conversaban y la llamaba Alys y ella a él Ben, que era como los conocían allí. Alys y Ben y su pequeño hijo Jon, unos campesinos que huyeron de las guerras de Poniente. Las cosas habían sido mucho más sencillas para Alys y Ben que para Arthur Dayne y Lyanna Stark.

La conoció en Harrenhal. Todo había comenzado allí, en el año de la falsa primavera. No le había prestado mucha atención, porque por aquel entonces Arthur Dayne era una espada y nada más. Había amado una vez a una princesa, pero ella también había sido de Rhaegar. Sin embargo, en aquella torre alzada entre las dunas de Dorne, en la que ambos pasaban largos días a la expectativa, la conoció mejor. Incluso llegó a apreciarla. Lyanna era curiosa, sarcástica y encantadora. No poseía la clase de encanto femenino de las doncellas, sino un atractivo hipnótico, basto, puro, como un diamante sin pulir. Era dura, pero tierna. Tan cálida que podría derretir. Cuando sonreía, sonreían sus ojos y sus labios. Arthur creía que sería muy sencillo enamorarse de ella.

El día en el que Rhaegar partió al Tridente, supo que no lo volvería a ver. Él les había prometido a ambos que las cosas serían muy diferentes a su regreso. Y las cosas cambiaron, pero no como él pensaba. Gerold y Oswell habían sido más optimistas, por eso la noticia de su derrota les había golpeado con tanta fuerza. Era impensable que Rhaegar Targaryen pudiese perder o equivocarse: era perfecto en todo cuanto hacía, estaba en lo correcto en todo cuanto decía. El príncipe parecía tocado por los dioses. Y con ellos fue a reunirse, bajo el peso del martillo de Robert Baratheon.

Supo entonces que Desembarco del Rey caería y, cuando nadie la encontrase allí, la buscarían hasta en el fondo de los ríos. Rhaegar le había dicho «protégelos» y eso había hecho él. Les encomendó a sus hermanos juramentados que fuesen a por Rhaella y Viserys mientras ellos se subían a un barco pesquero rumbo a Tyrosh, la única embarcación segura que habían encontrado. Navegaron durante cuatro días entre los bacalaos y tardaron al menos una semana en quitarse el olor. Poco después, la ciudad cayó. Ser Jaime había asesinado al rey que juró proteger, los perros de su padre a Elia Martell y a sus hijos. Ser Gerold y Ser Oswell se encontraron con Ned Stark y su séquito durante el camino y ellos murieron también. Había sido culpa suya.

En Tyrosh, la capa de seda blanca de la Guardia Real se vendió por un buen precio en el mercado, igual que el resto de su ropa. Todo lo que pudieron vender, lo vendieron. Las pocas joyas que tenían fueron a parar a las orejas, cuellos y dedos de magísteres y sus esposas. Le habían puesto precio a Albor al menos una docena de veces, pero la espada ancestral de su familia era lo único que se negaba a perder. Ya había perdido muchas cosas.

No se quedaron mucho tiempo en Tyrosh. Era una ciudad ruidosa, belicosa; y estaba demasiado cerca de Poniente. Había oído que Willem Darry se había llevado al príncipe Viserys y a su pequeña hermana a Braavos y pensó en ir a su encuentro; pero habría sido un error: estarían observándolos de cerca y eso sería el fin para el último hijo de Rhaegar.

Tuvo una corazonada y puso rumbo a Norvos, más pequeña y más sencilla, piadosa y remota, y bastante más discreta y humilde. Lo que sabía de Norvos lo conocía a través de Areo Hotah, el protector de Mellario, la esposa del príncipe Doran. Y no sabía mucho, porque Hotah era un hombre reservado, casado con su alabarda como todos los clérigos barbudos. Se planteó unirse a la orden, pero entonces los habrían separado y su mentira no podría sostenerse, porque Arthur no podía casarse con su espada ni con ninguna otra cosa y decir que Lyanna y el niño eran su familia.

Había sido la manera más lógica y sencilla de pasar desapercibidos y, para entonces, ya la odiaba.

―No puedes llamarlo Rickard ―Arthur la había mirado con cansancio―. Ni tampoco Brandon, ni Eddard. Llamaría la atención. Y ni si te ocurra pensar en ponerle un nombre Targaryen.

Se había traslucido el desprecio en su voz y ella lo había notado. Aún se sentía miserable por ello, por aquella chiquilla rota y asustada con un bebé cuya mera existencia era una provocación. Había querido disculparse, sin encontrar las palabras, por lo que simplemente se habían abrazado con incomodidad mientras Lyanna sollozaba en silencio.

Los dos habían sido igual de ingenuos. A decir verdad, Arthur había sido todavía más estúpido que ella, porque él no era una cría enamorada de quince años. Rhaegar les decía que el dragón debía tener tres cabezas, como las de Aegon, Rhaenys y Visenya; pero cuando Lyanna se puso de parto, poco después de la batalla en el Tridente, Visenya no apareció. Sus esperanzas se hicieron añicos, la profecía no se cumpliría, el salvador del mundo no había nacido. Algo había salido mal, tal vez Lyanna no fuese la correcta. O Rhaegar podía haberse equivocado, por muy disparatado que fuese eso.

Se desengañó. Estaba dolido y frustrado, pensando en Elia, su princesa, y en cómo los Lannister la habían matado y humillado para ofrecerla como tributo al nuevo rey. Igual que a sus hijos. Cuando eso sucedía, él cruzaba el Mar Angosto en compañía del mayor error que Rhaegar había cometido nunca, y eso solo inflamaba el odio que sentía por los dos.

Pero habían pasado casi seis años, el otoño y el invierno y vivían de nuevo en verano, y la vida parecía otra. Y como Arthur supuso un día, fue muy sencillo enamorarse de ella.

Lyanna había llorado durante algún tiempo, hasta que las sonrisas regresaron a sus ojos. Casi siempre sonreía para Jon. Arthur era un intruso, un sobrante, un mirón; pero mirarlos era precioso. Él trabajaba en los bosques y ella como sirvienta de los clérigos barbudos, lavando sus capas de pelo de caballo y sus túnicas de cuero. Un día paseaban de regreso a casa, al otro se iban a nadar al Noyne. Y sin que ninguno comentase nada al respecto, comenzaron a dormir juntos, a sentirse menos solos, a abrir el corazón.

Arthur Dayne era cobarde, perjuro y deshonesto. ¿Su honor? Una sombra en la oscuridad. Poco le importaba.

―Duérmete ya ―susurró con voz suave. Lyanna puso una mano sobre la suya, encima del vientre―. Tampoco la dejas dormir.

―¿La dejo? ―Arthur arqueó una ceja.

―Eso creo. Esta vez te dejaré a ti escoger el nombre.