No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.

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Marie abrió la puerta y se encontró con un enorme ramo de rosas. Todas blancas, menos una, que era de un rojo intenso.

Qué raro. No acostumbraban a recibir flores.

El sobre decía simplemente "Isabella".

Edward… seguro que él las enviaba. Sólo él podía permitirse una esplendidez de esa magnitud. ¿Cuántas serían?

Las contó.

Diecisiete blancas y una roja.

Más raro aún. Las rosas se enviaban por docena, y generalmente eran del mismo color, o de variados tonos, pero nunca así. Era la primera vez que Edward le enviaba flores a Isabella. Se preguntó cuál sería el motivo de la atención. Aún estaba recelosa con respecto a él. Era cierto que la había protegido y brindado contención con el asunto del degenerado de Barner. Y también era verdad que nunca había visto a Isabella tan feliz. Pero ella acostumbraba a desconfiar de todos, y mucho más de los ricachones que tenían a su nieta totalmente enamorada. Estaba tentada de abrir el sobre.

"Qué feo, Marie, eso no se hace. Eso es violar la privacidad de Isabella", meditó.

Y acto seguido, lo abrió y leyó:

Gracias, Princesa

Te amo

Edward

¿Qué sería lo que le estaba agradeciendo? ¿Y esa declaración de amor? No sabía que la relación estaba tan consolidada.

Oh, peligro, peligro, luz roja y sirenas. No, debía estar tranquila —se recordó— pues Edward le había prometido que no la tocaría… ¿Pero qué tan fiable era un hombre como él?

Sin dudas estaba acostumbrado a cosas que Isabella... Mejor ni imaginarlo.

—¿Y esas rosas? —preguntó Bella.

Acababa de despertar y se encontraba con la novedad.

—Eh… dice "Isabella", así que supongo que son para ti —respondió Marie sin mirarla.

Ella leyó la tarjeta y sonriendo la apretó contra su pecho.

—Son de Edward.

Marie no se pudo contener, y preguntó:

—¿Se puede saber el motivo? Es extraño que te envíe rosas, cuando nunca lo ha hecho antes.

Isabella se sonrojó.

—Ajá. Es por… una fecha muy nuestra. Una especie de aniversario, abuela.

Y con esa improvisada explicación giró sobre sus talones y se marchó con las rosas, dejando una estela perfumada.

En su dormitorio, las acercó a su rostro, aspiró el exquisito aroma y recordó…

Estaba en brazos de Edward, sobre su pecho, en su cama. Aún no había retomado el ritmo normal de su respiración, luego de hacer el amor por primera vez, pero lo único que la preocupaba era que estaba desnuda. Quería desesperadamente taparse. Y así lo hizo.

Tiró de la sábana y se cubrió hasta el cuello. Qué tonta se sentía: luego de haberse corrido como una perra en celo, ahora la invadía un pudor virginal. Afortunadamente Edward no le estaba prestando atención, sino la hubiese destapado al instante. Qué manía de mirar y mirar tenía ese hombre. Y no le prestaba atención porque estaba… maldiciendo.

—¡Carajo!

Isabella se asustó, pero permaneció en silencio. ¿Por qué se vería tan enojado? ¿Qué había pasado? ¿Sería algo que ella había hecho, que no había hecho, que había dicho o qué?

—Oh, mierda —volvió a maldecir él.

Y de pronto, tomando conciencia del asombro de Isabella, murmuró:

—Ah, Bella. Lo siento. He sido un auténtico estúpido. ¿Cómo es posible que no….? Debí usar condón. Lo pensé, lo planeé, y cuando llega el momento de la verdad… Mierda.

—Yo tampoco me acordé de eso, no es sólo tu culpa Edward.

—Sí, claro que lo es. Esta fue tu primera vez, y yo debí cuidarte.

—Bueno, si es por el tema de un bebé, te diré que no hay muchas posibilidades.

—¿Cuándo te toca la regla? —la interrumpió, ansioso.

—En dos días —respondió ella, roja como un tomate.

La avergonzaba mucho hablar con él de esas cosas tan personales.

—Y eso quiere decir…

—Que no hay riesgo de que haya quedado embarazada.

El respiró aliviado y le besó la nariz. Se lo veía más que aliviado, estaba contento. ¿Tan horrible sería tener un niño con ella? Edward la notó contrariada, pero interpretó mal su gesto.

—Mi amor, si es por el tema de las enfermedades de transmisión sexual, te aclaro que hace un par de meses me he hecho un chequeo y ha salido bien. Siempre me cuido, bueno, casi siempre, ya ves. Y no he estado con nadie desde que te conocí, Bella.

Oh, eso le había gustado: "No he estado con nadie desde que te conocí". Sonaba muy bien.

—… y tú tampoco habías estado con nadie jamás, así que… Uf. Mejor, mejor así. La próxima vez seré más precavido, te lo juro.

Isabella estaba algo decepcionada. El primer pensamiento de Edward, luego de haberla desvirgado declarándole su amor, fue preocuparse por haberla embarazado.

—¿Estás bien, Bella? ¿Necesitas algo? —preguntó él.

La notaba algo extraña.

—Sería bueno un vaso con agua.

Él se puso en pie al instante, desnudo. Isabella dirigió su mirada al techo, mientras escuchaba la risa de Edward, que bajaba la complicada escalera.

Qué tonta, por haber desviado la vista se había perdido la oportunidad de observar su trasero. Y se moría de ganas de hacerlo. No había tiempo de lamentarlo, lo que tenía que hacer ahora era vestirse. Se puso de pie y vio la sábana manchada. Se tocó entre las piernas y luego miró su mano empapada de sangre y semen. Oh, debía lavarse. Tomó la sábana, corrió al baño y pasó llave a la puerta. Mientras se aseaba, escuchó que Edward le hablaba del otro lado:

—¿Todo bien, Princesa?

—Sí, saldré en un momento.

Pero ese momento se dilataba cada vez más. Encontró una bata. Se la puso y rápidamente comenzó a lavar la mancha de la sábana. Pero Edward estaba impacientándose. ¿Por qué demoraba tanto?

—Ábreme, Isabella. Ahora —dijo finalmente con la acostumbrada firmeza de cuando le daba órdenes.

A ella le resultaba imposible no obedecerlo. Se sentía una tonta, pero le abrió la puerta.

—¿Qué haces?

—Estoy lavando la…

No la dejó terminar. Le quitó la sábana aún manchada de sangre y la miró…

—¿Es el período o…?

—No es el período.

Él se acercó. Se lo notaba conmovido. No era la primera virgen que él… Pero nunca había visto la sangre en una sábana. La abrazó, la besó y luego introdujo las manos dentro de la bata. Ella lo rechazó débilmente.

—No… Edward, no.

Él no entendía qué le sucedía a Isabella. Si había sido todo tan maravilloso, ¿por qué se negaba a que la tocara? Se veía tan triste.

Edward deseaba que ella lo hubiera disfrutado tanto como él. No estaba saciado de ella; es más, estaba seguro de que eso jamás sucedería, pero se le había cumplido un sueño. Se sentía tan torpe. Era evidente que ella estaba avergonzada. Decidió no continuar insistiendo y llevarla a su casa antes de que Marie sospechara algo y lo terminara castrando.

—Está bien.

Si quieres te llevo a tu casa ahora. Isabella asintió.

"Sí, eso es lo que quiero. Quiero irme, quiero pensar en todo lo que ha sucedido. Mi primera vez… Mi primer te amo. Estar desnuda frente a un hombre. Verlo a él también desnudo. Sentir su pene dentro de mi coño, y su alma junto a la mía. Es demasiado para una noche".

Antes de la medianoche, como cualquier princesa de cuento de hadas, su príncipe la dejaba en la puerta, con un delicado y casto beso.

Esa noche soñó con flores. Llovían pétalos rosas, rojos, blancos. Ella alzaba las manos para poder tomar alguno, pero se le escapaban. Caían al suelo formando un mullido colchón en el que el hombre que amaba la tomaba.

El lunes Isabella se levantó temprano para ir al curso en la Universidad de Montevideo. Lo estaba disfrutando mucho, todo le resultaba interesante. Como esa clase de "Diseño de espacios verdes", dictada por una arquitecta reconocida por sus espectaculares proyectos. Justamente estaba enumerando las características del que tenía entre manos en ese momento cuando se abrió la puerta del aula…

—Caballero, ¿lo podemos ayudar en algo? —preguntó la profesora, sorprendida.

—Sí, y disculpen la interrupción —respondió Edward con esa sonrisa que haría derretir a cualquiera—. Estoy buscando a alguien… —y mientras lo decía, recorría cada una de las caras que lo observaban asombradas.

A Isabella se le heló la sangre en las venas al escuchar su voz. ¿Qué diablos hacía él allí? Se quedó muda. Paralizada y muda. Repentinamente, en un arranque de lucidez, la docente reconoció a Edward como uno de los más importantes disertantes en los congresos y charlas de la universidad

Además, se decía que era el principal benefactor y promotor de becas.

—¡Arquitecto Cullen! ¡Qué gusto! Adelante, por favor…

—Un placer volver a verla… —mierda si la recordaba. No tenía idea de quién era — En realidad estaba buscando a mi asistente, la señorita Isabella Swan.

Todos los rostros se volvieron a Isabella, que estaba a un paso de desmayarse. Siguiendo la dirección de las miradas, Edward la localizó y volvió a sonreír.

—Isabella. Necesito que me acompañe, debo supervisar urgentemente una obra, y quiero que usted tome notas y fotografías —prosiguió muy resuelto alzando las cejas.

Ella se dio cuenta de que no tenía alternativas. Cuando él ponía "esa cara" lo mejor era obedecer al instante. Miró a la profesora como pidiendo disculpas…

—Por supuesto, vaya Isabella. Sus compañeros le pasarán los apuntes luego.

Ella se puso de pie y caminó hacia Edward, quien sostenía la puerta para que pasara. La miraba intensamente.

Cuando salieron, Isabella le mostró los dientes…

—¡Estás loco! ¡De remate! ¿Cómo te atreves…?

Edward la hizo callar de la forma en que sólo él sabía hacerlo, besándola apasionadamente, enredando su lengua en la de ella. La dejó desmadejada y jadeante. Él también se sentía así.

Tiró de ella, y se perdieron en un oscuro pasillo desierto. Sin darle tiempo a nada la apretó contra la pared y le mordió el cuello. Isabella le despertaba los instintos más primitivos y salvajes. Había probado su sangre, y ahora quería más de ella, mucho más, siempre más…

—Ah, Bella. Sí, estoy loco. Loco por ti…

Ella intentó soltarse, pero Edward la tenía firmemente oprimida contra el muro. Luchó, pero con pocas ganas. Era un atropello, pero lo estaba disfrutando tanto…

—¿Recuerdas lo que hicimos el sábado, Isabella? ¿Recuerdas bien cada detalle? ¿Recuerdas cuándo te corriste con las piernas en torno a mi cintura, cuándo me derramé en ti…? —murmuró él, con voz ronca por el deseo.

Ella estaba a punto de desmayarse. Sentía que se quemaba allí abajo, y que su vagina estaba tan húmeda que ya mojaba las bragas. Era tremendo el efecto que le provocaba escuchar palabras fuertes de la boca de él. Ya no quería soltarse, se conformaba con no caerse al suelo.

—¿Lo recuerdas o no? —insistió Edward, mientras introducía la lengua en su oído.

—Sí… —respondió débilmente.

Sentía el pene de Edward contra su vientre, enorme y duro.

—Por favor, vayamos a mi departamento y repitámoslo todo… —rogó él.

—No, Edward… todavía me duele.

—Entonces déjame lamer tus heridas, mi amor.

Se derritió cuando escuchó esa frase. Literalmente se desintegró en sus brazos. Él la sostuvo y la miró a los ojos. Jadeaba. Con un brazo le rodeaba la cintura, y con el otro apoyado en el muro la tenía cercada. Quería una respuesta.

Ella no podía hablar, sólo asintió. Entonces él la tomó de la mano, y salieron a la calle casi corriendo. Eran las once de la mañana. Ese día, ni Isabella volvería a la universidad, ni él a la oficina. Ese día lo dedicarían por completo a sus cuerpos, a la pasión que los consumía, a obtener grandes bocanadas de placer el uno del otro…

Comenzaron a hacerlo de pie, ni bien traspasaron la puerta, totalmente vestidos. Edward la oprimió contra la pared, tal cual lo había hecho momentos antes en la universidad. La besó una y otra vez, mientras pasaba la mano bajo su falda de jean, y la acariciaba. Notó que estaba empapada y él a su vez ya no aguantaba, así que le apartó las bragas, la levantó del suelo con las piernas en torno a su espalda y la penetró.

Bella gritó. Le dolía como si fuese la primera vez.

—¡Auch! Me duele…

Él cambió su ritmo de inmediato. No quería hacerle daño, pero ella continuaba incómoda. Si bien gemía y jadeaba, Edward podía percibir su dolor en lo apretado que se sentía dentro de ella. Quizás la estaba apremiando demasiado… es que él único lugar donde quería estar era precisamente allí, en su maravilloso coño. La hizo descender y con los ojos encendidos se agachó y le quitó las bragas.

La condujo al sofá, e hizo que ella se arrodillara sobre él y se inclinara sobre el respaldo. Él se situó entre sus piernas, desde atrás, y comenzó a enloquecerla primero con la mano. La acariciaba, la frotaba, buscaba su orgasmo. Cuando la sintió a punto, en esa misma posición volvió a penetrarla suavemente. Y entonces Isabella comenzó a gozarlo de veras.

"Ahh… Edward. Así me gusta más. Suave, muy suave, qué bueno, más, más, más…".

Se movió hacia delante y atrás, adentro y afuera… La estaba matando, pero era un placer morir así, con él dentro de su cuerpo. En pocos minutos alcanzó el orgasmo gritando, con la cabeza hacia atrás y el cuerpo totalmente contorsionado.

Edward le tomó el rostro del mentón, lo volvió hacia él y le cubrió la boca. Sólo cuando estuvo seguro de que ella estaba satisfecha, él se permitió correrse. Y lo hizo mientras la besaba, succionándole la lengua al ritmo de cada embestida.

Cuando todo terminó, a Isabella le había quedado marcada en una nalga la hebilla del cinturón de Edward. Él lo notó y le acarició el trasero. Tocar ese culo que había deseado tanto le produjo otra erección instantánea. Pero sabía que ella no estaba lista para repetir enseguida, así que se abrochó los pantalones y le tendió una mano.

Cuando Bella se incorporó, él le señaló con los ojos el piso de arriba, dejando en claro que eso recién había comenzado. Y ella, obediente, estiró su falda para cubrir el maltratado trasero y comenzó a subir las escaleras…

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Que fuerte jajajaja ¿será que Marie ya sospecha? Jujuju que intenso.