Capítulo 15

Naruto

Semanas después…

Hinata y yo hemos caído en una rutina cómoda, creo.

Por lo menos es cómoda para mí. Estoy seguro que a ella también le gusta.

Dormimos juntos todas las noches. Sorprendentemente duerme plácidamente. Creí que tendría pesadillas; sé que yo las tuve por años luego de la guerra, pero ella duerme bien, siempre que pueda aferrarse a mí.

Me encanta que se acurruque contra mí, así que no me importa en lo más mínimo. Significa que despertamos abrazados todas las mañanas, y cuando la ropa se le arruga, descubriendo su piel de tonalidad extraña, tengo que contener las ganas de tirarla en la cama y follarla hasta que no pueda más.

Pero no lo hago, por supuesto. Quiero que se sienta segura.

Esta mañana, se levanta y se estira, la túnica estirándose contra su pecho, delineando sus senos, y yo me toco furtivamente el pene. No importa que no pueda verme hacerlo; igual se siente mal tocarme cuando ella está allí, sin notarlo. Hinata se toca el cabello distraídamente y se dirige al cuarto de baño.

—¿Vienes? —me pregunta adormecida.

Desearía venirme. Sé que no es lo que pregunta, por lo que contengo mis ansias.

—Voy.

Se ducha, y se envuelve en una toalla, dirigiéndose de vuelta al camarote mientras yo me meto a duchar rápidamente. Tengo tiempo suficiente para masturbarme rápidamente, y al acabar me enjabono y termino de bañar diligentemente antes de irme a vestir.

Hinata espera, con un ancho overol puesto, y me tiende el peine cuando me siente acercarme.

—Si no te importa —murmura.

Jamás me niego. Es parte de nuestra rutina, y me encanta peinar su cabello sedoso. Me tomo mi tiempo, desenredando cuidadosamente los mechones húmedos. Luego de que todo queda peinado, se lo arreglo en una trenza. La amarro con otra cinta prestada de Ino, aunque esta ya parece bastante usada. Termino la trenza y la acaricio con ternura antes de ponerla sobre su hombro.

—Necesitas más cintas para el cabello. Te compraré alguna cuando lleguemos al puerto hoy.

—Gracias —responde ella, tranquilamente.

Desearía que me respondiera con algo más que tranquilidad. Pero Hinata es siempre dulce y plácida. Jamás le molesta nada. No se enfada. No pide nada; nada de agua caliente extra para la ducha, ni una toalla más grande, o almohadas. Absolutamente nada.

Me enloquece.

Jugueteo con la punta de su trenza mientras ella está sentada tranquilamente frente a mí.

—¿Puedo preguntarte algo? —sé que probablemente busco pelea, pero no puedo evitarlo. Quiero obtener alguna respuesta de ella. Algo. Lo que sea.

—Por supuesto.

—Una de las primeras cosas que pidieron Temari e Ino cuando llegaron a bordo del Idiota fue que las lleváramos de vuelta a casa. De vuelta a la Tierra. Tú jamás lo has mencionado. ¿Por qué? —ella abre la boca para responderme, pero antes de que pueda hacerlo la interrumpo. —Y no me digas que es porque no quieres ir a casa. Sé que es mentira.

Hinata parece luchar un momento con su respuesta, y cuando por fin habla, su voz está cargada de sentimiento.

—No lo he pedido, es cierto. Supongo que luego de que… pasó lo que pasó, supe que no había forma de regresar a casa —traga saliva y juguetea con sus dedos; frotando el muñón del dedo amputado. —¿Acaso eso ha cambiado?

—No —respondo secamente. Y entonces me siento como un imbécil de kef porque fui yo quien lo sacó a colación y la puso triste. —No hay forma de regresar a la Tierra.

Me frustra su pequeño asentimiento. Me hace sentir peor que nunca. ¿Cómo puedo amarla tanto y querer sacudirla a la vez? Pero es así.

Es tan tranquila. Quiero que sea una tormenta. Un huracán de ira. Preferiría que fuera una lluvia caótica de lágrimas y gritos, porque eso podría entenderlo.

¿Esta antinatural placidez? Eso no lo entiendo en lo absoluto.

Continuará...