Capitulo 23 Te Perdono.


Comenzaba a anochecer, así que Menma cogió a Chip como si fuera una bolsa de patatas y se lo puso bajo el brazo para subir los escalones de la terraza.

—Eres demasiado bueno al football, tío. Me has agotado.

Chip rió nerviosamente cuando Menma le hizo dar un par de botes adicionales. Menma había esperado que jugar con el niño le sacase de la cabeza lo sucedido horas antes con su madre, pero no había funcionado.

Levantó la vista y vio a Shion al otro lado de la puerta corredera con Miroku en brazos y sintió un golpe en medio del pecho. Algunas veces, ver a las dos mujeres que más amaba en el mundo lo afectaba de esa manera violenta. Había habido una época de su vida en que no había querido saber nada de ellas y nunca se permitía a si mismo olvidarlo. Recordar eso lo mantenía humilde.

Miroku agarraba firmemente ese atroz conejo de peluche, y comenzó a patalear y gritar agudamente en cuanto divisó a Chip. Tan pronto como atravesaron la puerta corredera, Menma depositó al niño en el suelo, rozó los labios de Shion con un beso rápido y cogió a Miroku en sus brazos.

El bebé le dirigió una amplia sonrisa, luego le hizo una pedorreta ruidosa, su última travesura. Él sonrió y se limpió la cara con la camiseta ya húmeda. Sólo entonces se enfrentó a la mirada acusadora de Shion.

Levantó una ceja inquisitiva.

—No he estado fuera más de quince minutos.

Ella suspiró.

—Pues espera a ver nuestro cuarto de baño.

—¿El papel higiénico otra vez?

—Y la pasta de dientes. Tú no le pusiste el tapón y yo no fui lo suficientemente rápida.

Como si supiera que hablaban de ella, Miroku le echó otra amplia sonrisa y palmeó ruidosamente con las manos con deleite. Por primera vez él notó que olía a dentífrico Crest Tartar Control.

— Miroku ha hecho un montón de travesuras —dijo Chip con la solemnidad de un adulto—. Es incontrolable.

Menma y Shion intercambiaron miradas divertidas.

Miroku pataleó otra vez y tendió sus bracitos hacia Chip, haciendo caer al conejo en el proceso. Menma la puso sobre el suelo y ella inmediatamente se lanzó a las piernas del niño. Él se inclinó y cosquilleó su barriga, luego miró a Menma arrugando la frente con preocupación.

—¿Cuándo vendrá mi mamá a buscarme?

Menma metió la mano en el bolsillo de los pantalones e hizo tintinear las monedas.

—Te voy a decir una cosa, colega. ¿Te gustaría dormir aquí? Shion lo miró con sorpresa, pero él evitó sus ojos.

—¿Lo sabe mi mamá?

—Claro. Puedes pasar la noche en la habitación de al lado de la de Miroku. ¿Te gustaría?

—Supongo. —Pero la arruga de preocupación no desapareció de su frente—. Si mi mamá lo sabe, entonces puedo.

—Ella estuvo de acuerdo.

Menma todavía no había pensado cómo darle al niño la noticia de que su madre estaba en la cárcel. Había planeado que Deidara lo ayudara, pero cuando llamó al hotel de Knoxville donde se suponía que se alojaría su hermano, el recepcionista le dijo que no se había registrado.

Había preguntado por Shiho y le habían contestado lo mismo, así que había tenido que cambiar de plan. Finalmente, había dejado un mensaje en el contestador de casa de su hermano y estaba esperando que Dei lo escuchara y se pusiera en contacto con él.

Aún tenía que explicarle las cosas a Shion, que lo observaba con una de esas miradas que le indicaban que sabía que pasaba algo y sería mejor que le explicara él. Sobre todo por qué la había hecho creer que Chip había venido a hacer una visita corta para ver a Miroku antes de que durmiera.

Menma se inclinó para acariciar el pelo del niño.

—¿Puedes vigilar a Miroku unos minutos, verdad, colega?

—Claro.

La sala de estar tenía puertas con cerraduras a prueba de niños, pero él no se sentía seguro, así que condujo a Shion más lejos, a la cocina.

La cogió entre sus brazos y mordisqueó su cuello. Ella se apretó contra él. Era inútil seguir distrayéndola ya que sólo estaba posponiendo lo inevitable.

—Chip pasará la noche con nosotros —dijo.

—Ya lo oí. ¿Por qué?

—No te alteres, pero… tenemos que ocuparnos de él esta noche porque Hinata está en en la carcel.

—¡En la cárcel! —Levantó la cabeza tan rápidamente que se golpeó con su barbilla—. Dios mío, Menma, tenemos que hacer algo. —Se apartó de sus brazos y buscó su bolso—. Voy para allá ahora mismo. No puedo creer…

—Cariño. —La cogió del brazo y se lo acarició—. Para un minuto. Hinata saboteó el autocine. Debe estar en la cárcel.

Shion clavó los ojos en él.

—¿Cómo que lo saboteó?

—Destruyó la cocina, rompió el equipo, pintó la pantalla. En toda su superficie. Supongo que quería que Naruto se casara con ella, y, como no lo iba a hacer, decidió ajustar cuentas con él antes de dejar el pueblo.

—Hinata no haría eso.

—Vi el autocine y créeme, te equivocas. Akimichi encontró un par de billetes de autobús en su bolso. Supongo que fue su regalo de despedida para Naruto.

Shion se hundió en uno de los taburetes del mostrador, luego extendió la mano y le acarició el antebrazo. Le gustaba tocarlo. Incluso cuando discutían, algunas veces lo acariciaba.

—Pero es que no tiene sentido. ¿Por qué haría algo así? Ama a Naruto.

—Ama su dinero.

—Eso no es cierto. Se preocupa por él. Todo lo que tienes que hacer es ver la manera en que lo mira. Deidara y tú son tan protectores con Naruto que se ciegan ante ella.

—Te ciegas tú, cariño, o te darías cuenta de que lo único que quiere es obtener su dinero.

Intentó convencerlo razonando suavemente.

—¿No te extraña que una oportunista tan avara pudiera criar a un niño tan bondadoso?

—No dije que fuera mala madre. Las dos cosas no van necesariamente juntas.

Él miró a la sala de estar para vigilar a Miroku, y también para no mirar a Shion a los ojos, porque ella había metido el dedo justo en la llaga. No conocía niño más educado que ese niñito suyo y Menma no estaba tan ciego como para no ver cuánto se preocupaba Hinata por él. Recordó la expresión de su cara cuando le había llamado para que se encargara de Chip. Había dejado de luchar y no había parecido peligrosa en absoluto.

Shion meneó su bella y lista cabecita.

—Hay algo que no encaja. ¿Cómo sabes que es la culpable?

Menma le contó lo que habían encontrado en el Escort. Mientras lo oía, apareció una expresión afligida en sus ojos y el corazón de Menma se endureció otra vez contra la viuda de Uchiha. Besó los dedos de Shion. No le gustaba nada cuando alguien que no fuera él mismo contrariaba a su esposa.

—¿Pero cómo pude equivocarme tanto con ella?

-Naruto debe estar desolado.

-Bueno, no me puedo creer que la haya metido en la cárcel.

Menma y Shion no se ocultaban nada y tenía que contarle lo que había hecho, pero quería esperar hasta que los niños estuvieran acostados. Estaba bastante convencido que discutirían sobre ello, y por experiencia, sabía que la mejor defensa cuando su mujer se enfadaba era desnudarla tan rápido como fuera posible, algo que sería bastante difícil con un bebé y un niño de cinco años presente.

—Vamos, cariño. Vamos a rescatar a Chip antes de que Miroku lo agote.


La cárcel era pequeña, no tenía celdas separadas para hombres y mujeres y los gritos de un borracho hacían eco en las toscas paredes. Hinata caminó de un lado a otro entre los diminutos límites de la celda y luchó para dominar el pánico, pero estaba abrumada. Temía por Shisui. Por sí misma. Y temía que Naruto hubiera huido otra vez, igual que cuando se habían muerto Suiren y Kiyoshi.

Naruto… había esperado que acudiera hacía ya mucho tiempo. Seguramente había regresado. Como mínimo, no se iría sin despedirse de sus hermanos, y, cuando averiguara lo que le había sucedido, la sacaría de la cárcel.

Quizá fuera la noche o el sentirse tan sola, pero no se podía convencer a sí misma de que sería fácil. Las pruebas estaban contra ella y no tenía la seguridad de que creyera en ella. No tenía ninguna explicación de cómo habían terminado esas cosas en el Escort.

Sería diferente si la amara. Entonces sabría en su corazón que ella era inocente, ¿no? Pero no la amaba y ahora podría terminar pensando tan mal de ella como todos los demás de Salvation.

Se mordió un labio y se concentró en Shisui, sólo para sentir que su corazón latía a toda velocidad. Su sensación de seguridad era muy frágil, y otra vez, se estaba destruyendo. Quería creer que Menma lo cuidaría, pero no estaba segura ya de nada. Las primeras horas incluso se había permitido esperar que Shion podría interceder, pero no había ocurrido.

Intentó contener su miedo y se preguntó cómo había acabado así. No tenía defensa contra Menma Namikaze. Tenía dinero, reputación, el respeto del pueblo y la dejaría pudrirse allí dentro si creía que eso ayudaría a su hermano.

Sonó el timbre de la puerta exterior y dio un salto cuando entró un hombre. Se puso rígida, esperando a Ebisu, que estaba de guardia esa noche. Pero el hombre no era Ebisu, y le llevó unos momentos reconocer a Kizashi Haruno.

Colgaba un cigarrillo de sus dedos cuando se paró delante de su celda. Era casi medianoche, demasiado tarde para visitas en la cárcel y su presencia le hizo sentir un escalofrío.

—Le pedí a Ebisu que me dejara entrar. —No la miró a los ojos—. Él y yo… trabajamos juntos.

—¿Qué quieres? —Se recordó a sí misma que la celda estaba cerrada con llave, pero aún así sentía recelo.

—Esto… —se despejó la garganta y dio una calada al cigarrillo—. Sé que estás detenida y que no puedes pagar la fianza y yo estoy en deuda contigo. Por ese cheque que le diste a Mebuki para el fondo.

—Ya. —¿Cómo le podía decir que el cheque no se podría cobrar si no se subía a ese autobús el lunes?

—Fue muy amable de tu parte darnos ese dinero.

Ella no sabía ni que decir ni por qué estaba él allí. Siguió en silencio.

—Sumire… está mejor. Su recuento de leucocitos ha bajado. Nadie lo esperaba.

—Finalmente la miró—. La madre de Mebuki piensa que tú la has curado.

—No lo hice.

—Está mejor.

—Me alegro. Pero no tiene nada que ver conmigo.

—Eso es lo que pensé al principio. Pero ahora no estoy tan seguro. —Arrugó la frente y manoseó nerviosamente el cigarrillo—. Ha ocurrido tan rápido que ninguno de los médicos puede explicarlo. Y ella sigue diciendo que cerraste los ojos y que tus manos estaban calientes cuando la tocaste.

—Hacía calor en la habitación.

—Supongo. Todavía… —arrojó el cigarrillo al suelo y lo apagó con el pie— …no entiendo algunas cosas. Mi niña… —se frotó la nariz con el dorso de la mano— no soy el mejor padre del mundo, pero ella significa mucho para mí y tú la ayudaste.

—Sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa y lo miró—. Le pedí a Ebisu que me dejara entrar aquí esta noche porque quería que supieras que siento algunas cosas que hice. Quizá pueda llamar a alguien que te pueda ayudar. Todo lo que tienes que hacer es decirme a quién.

—A nadie.

—Si tuviera el dinero… —se volvió a meter la cajetilla en el bolsillo.

—Vale. No espero que vayas a pagar la fianza.

—Si lo tuviera lo haría, pero…

—Gracias. Me alegro mucho que Sumire esté bien. Asintió rígidamente con la cabeza.

Sintió que le quería decir algo más porque vaciló, pero entonces se movió hacia la puerta. Tan pronto como llegó, sin embargo, se volvió hacia ella.

—Tengo algo más que decirte. —Volvió hacia su celda—. Hice algunas cosas de las que no me enorgullezco.

Oyó todo lo que le dijo sobre que era responsable de la cruz ardiente, el graffiti, las ruedas destrozadas y la cartera robada.

—Siempre me gustó Sasuke, y me gustaba el trabajo que tenía en el Templo. Fue el mejor trabajo que tuve, y todo ha ido cuesta abajo para mí desde entonces.

—Otra vez, cogió sus cigarrillos—. Trabajé para Namikaze un par de semanas en el autocine, pero luego me despidió. Luego apareciste tú y cuando te contrató, acudieron un montón de cosas a mi cabeza y comencé a resentirme contra ti. Supongo que incluso contra Sasuke, también. Pero fuera por lo que fuera, lo que hice no estuvo bien. —Finalmente encendió un cigarrillo, aspirando profundamente el humo.

—¿Saboteaste el autocine?

—No —Negó con la cabeza enfáticamente—. No. No sé quien hizo eso.

—¿Por qué me has contado todo esto? Él se encogió de hombros.

—Mebuki y su madre ya no me aprecian demasiado. Pero todavía amo a mi hija y te lo debía.

Ella intentó asimilarlo. Si hubiera hecho su confesión en cualquier otro momento, entonces estaría furiosa, pero ahora mismo no tenía energía para gastar en Kizashi Haruno.

—Vale. Pues ya me lo has dicho.

Él no parecía esperar palabras de perdón y ella no las pronunció.

Más tarde, sentada en la oscuridad en el pequeño catre de metal con las rodillas apretadas contra su pecho, cedió a la desesperación. A pesar de su manchada reputación, a pesar de todas las pruebas, Naruto tenía que creer en ella.

Tenía que hacerlo.


El reloj digital de la mesilla marcaba las 4:28. Menma miró desde la almohada a Shion apretada contra él y supo que la culpabilidad le había despertado. Eso y su preocupación por Naruto. ¿Dónde se habría metido?

Inmediatamente después de meter a los niños en la cama, Menma se había acercado en el coche a la casa de Mito, incluso había mirado en la casa de sus padres en el pueblo, pero no encontró ni rastro de su hermano.

Menma aún no le había dicho a Shion que era él quien había presentado los cargos contra Hinata. Había seguido encontrando excusas para posponerlo, principalmente porque odiaba contrariarla. Luego habían comenzado a hacer el amor, y posteriormente se habían dormido. En fin, ocultárselo no era correcto, y estaba resignado a darle la noticia tan pronto como despertara. Ya no habría más excusas. Ni más retrasos. Simplemente tendría que hacérselo entender.

No sería fácil. Shion no tenía familia, así que no comprendía por completo la unión que compartía con sus hermanos. Y no conocía lo suficiente a Naruto como para darse cuenta de lo bueno que era. Pero Menma lo sabía. Y protegía a su hermano tan fervientemente como protegía a todos los que amaba.

Pensó en Hinata sola en la cárcel y se preguntó si también estaría despierta, preocupándose por su hijo.

¿Por qué no había tenido en cuenta a ese niño antes de actuar contra Naruto?

Quería creer que había actuado impulsivamente, sin considerar el efecto que su crueldad tendría en un hombre que finalmente había podido comenzar una vida nueva, pero eso no la excusaba. Era una de esas personas que no veían más allá de sus necesidades y frustraciones y ahora tendría que pagar las consecuencias. Seguro de estar haciendo lo correcto, Menma finalmente se quedó dormido.

Una hora más tarde, lo despertó el sonido del timbre de la puerta acompañado de un golpeteo furioso. Shion se irguió de golpe a su lado.

—¿Qué es eso?

—Quédate aquí. —Menma se levantó de la cama. Agarrando una bata para cubrir su desnudez, metía los brazos en las mangas cuando salió precipitadamente del dormitorio y bajó las escaleras. Al llegar a la puerta principal, miró por la mirilla. El alivio lo atravesó cuando vio a Naruto al otro lado.

Abrió la puerta de par en par.

—¿Dónde demonios te has metido?

Naruto estaba terrible, tenía los ojos enrojecidos y cansados, y la barba cubriéndole las mejillas.

—No encuentro a Hinata.

Menma dio un paso atrás para dejarle entrar.

—Tienes llave. ¿Por qué no la usaste?

—Me olvidé. Y necesitaba hablar contigo. —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Has visto a Hinata? Se suponía que se quedaría en el apartamento de Shiho, pero no había nadie allí. Fui a la casa de Mito. Está vacía. Jesús, Menma, no la encuentro en ningún sitio. Temo que se haya ido.

—Menma, ¿qué pasa?

Los dos se volvieron para ver a Shion bajando las escaleras. Se había puesto su camisón rosa con una imagen de Campanilla en el frente. El que a una de las físicas más geniales del mundo le gustaran los camisones de dibujos animados, normalmente divertía a Menma, pero no ahora. Quería mantenerla fuera de eso.

El desasosiego de Menma aumentó cuando Naruto se acercó rápidamente al pie de las escaleras. Su hermano siempre había sido un hombre de gestos lentos, andar pausado y modales contenidos. Ahora sus movimientos eran frenéticos.

—No encuentro a Hinata. Me comporté como un tonto y la dejé sola en el autocine. No la he visto desde entonces.

Shion pareció confundida.

—Está en la cárcel.

Naruto clavó los ojos en ella.

—¿En la cárcel?

Shion le tocó el brazo, su expresión reflejaba su preocupación.

—No lo entiendo. Menma me contó que Hinata destrozó el autocine y que la metiste en la cárcel.

Pasaron unos segundos, luego, Naruto y Shion se giraron hacia él, el movimiento pareció tan sincronizado que podrían haber tenido atadas las cabezas.

Él se movió con inquietud.

—Realmente no dije que hubiera sido Naruto, cariño. Sólo lo supusiste…

Ella tenía una mirada de furia y él rápidamente se volvió hacia Naruto para hablar con voz calmada y tranquilizadora.

—Fue Hinata quien destruyó el autocine, Naruto. Lo siento. Encontramos el dinero del cambio y algunas otras cosas escondidas en el Escort. Sabía que querrías que Akimichi se ocupara de todo, así que presenté los cargos por ti.

La voz de Naruto sonó como si hubieran pasado una lija por su garganta.

—¡¿Metiste a Hinata en la cárcel?!

Menma señaló lo obvio tan suavemente como pudo.

—Cometió un delito.

Lo siguiente que supo fue que volaba atravesando el vestíbulo. La parte de atrás de sus piernas dio contra el borde de la fuente de Las Vegas y perdiendo el equilibrio se cayó de culo en el agua.

Naruto observó cómo rebosaba el agua por encima del borde de la fuente mientras cogía aire para respirar. En cuanto normalizara su respiración, iba a matar a su hermano.

Menma intentó levantarse con la bata flotando a su alrededor.

—¡Saboteó el autocine! ¡Debe estar en la cárcel!

Naruto perdió el control y salió disparado hacia la fuente, pero antes de que llegara, Shion se interpuso entre ellos.

—¡Detente! Esto no va a ayudar a Hinata.

—¡Ayudar a Hinata, joder! —exclamó Menma, enjugándose el agua de sus ojos—.

¡Es Naruto el que necesita ayuda!

Naruto rodeó a Shion y cogió a su hermano por el cuello de la bata.

—¡Es mi autocine, hijo de puta, no el tuyo! ¡Y no tenías ningún derecho a hacer eso! —Lo empujó de vuelta al agua.


Dios… estaba empapado en sudor. Hinata estaba en la cárcel, y puede que fuera culpa de Menma, pero también era culpa suya porque había huido. Porque al fin y al cabo, sólo había podido pensar en escaparse. Había sido tan cobarde como para no quedarse y ocuparse de lo sucedido.

Tenía que ir a ella, y se giró hacia la puerta para quedarse paralizado con el sonido de unos pasos y de una familiar voz infantil que venía de la parte superior de las escaleras.

—¿Naruto?

Él miró hacia arriba y vio a Chip allí de pie, con su camiseta de Macho Man y sus calzoncillos blancos de algodón. Un mechón de su pelo oscuro estaba de punta y tenía las mejillas manchadas por las lágrimas.

—¿Naruto? —murmuró—. ¿Dónde está mi mamá?

Naruto sintió como si su corazón se rasgara, pero esta vez no derramó bilis. Esta vez derramó sangre roja y fresca, llena de vida, de necesidad y de amor. Subió las escaleras de dos en dos y cogió al niño entre sus brazos.

—Está bien, colega. Voy ahora mismo a por ella. Los ojos negros miraron fijamente los suyos.

—Quiero a mi mamá.

—Ya lo sé, hijo. Ya lo sé.

Sintió temblar a Chip bajo las palmas de sus manos y supo que se le habían escapado las lágrimas. Para proteger su privacidad, lo llevó al cuarto de huéspedes. No había ninguna silla, así que se sentó sobre la cama y lo acunó en su regazo.

Las lágrimas del niño eran silenciosas. Naruto lo sostuvo contra su pecho y acarició su pelo. Aunque necesitaba ir por Hinata, tenía que solucionar esto antes.

—Le ha pasado algo malo a mi mamá, ¿verdad?

—No. Pero es algo complicado, y creo que tu mamá puede estar asustada.

Tengo que ir y traerla.

—Yo también estoy asustado.

—Sé que lo estás, hijo, pero voy a traerla muy pronto.

—¿Se va a morir?

Naruto presionó los labios contra la coronilla del niño.

—No, no se va a morir. Estará bien. Sólo asustada, eso es todo. Y probablemente también muy enfadada. Tu mami puede enfadarse mucho.

Chip se acurrucó más cerca y Naruto acarició la curva de su brazo. Se sintió tan bien que quiso llorar.

—¿Por qué estaba el papá de Miroku sentado en la fuente?

—Él… él, uh… resbaló.

—¿Naruto?

—¿Sí?

La respiración profunda del niño fue un susurro suave en la tranquilidad de la noche.

—Te perdono.

Las lágrimas escocieron en los ojos de Naruto. Chip ofrecía su perdón con demasiada facilidad. El niño quería tanto algo de estabilidad que haría cualquier cosa para obtenerla, incluso perdonar a Naruto por lo que había hecho.

—No tienes porqué. Lo que hice estuvo mal. Quizá necesites pensarlo un poco más.

—De acuerdo.

Naruto cogió la mano del niño con la suya y acarició su palma con el pulgar.

El peso de la cabeza del niño reposó contra su pecho.

—Ya lo pensé —murmuró—. Y te perdono.

Naruto besó su pelo otra vez, parpadeó, luego se echó hacia atrás sólo lo necesario para observar la carita de Chip.

—Tengo que salir ahora por tu mamá. Sé que vas a estar asustado hasta que ella esté de vuelta, así que podemos meternos en la habitación de Miroku con unas mantas y hacerte una cama en el suelo al lado de su cuna. ¿Te haría sentirte mejor?

Chip asintió con la cabeza, luego salió del regazo de Naruto y agarró su almohada.

—Dormía en la habitación de Miroku cuando era bebé. ¿Lo sabías?

Naruto sonrió y cogió las mantas.

—No me digas.

—Si. No podemos hacer nada de ruido para no despertarla.

—Seremos muy silenciosos. —Con las mantas bajo un brazo, tomó la mano de Chip y salió al pasillo.

—¿Naruto?

—¿Sí?

Chip se paró y levantó la mirada hacia él, con los ojos muy abiertos y solemnes.

—Me gustaría que Kiyoshi pudiera pasar la noche también en la habitación de Miroku.

—A mi también, hijo —murmuró Naruto—. A mi también.

Naruto habría destrozado Salvation para sacar a Hinata de la cárcel, pero, afortunadamente, tan pronto como comenzó a golpear la puerta principal de la casa de Akimichi, el jefe de policía se despertó, así que no fue necesario.

A las siete, Naruto iba de un lado a otro en la sala de la comisaría, con los ojos fijos en la puerta metálica que llevaba a las celdas. Tan pronto como pudiera, iba a destrozar a su hermano.

Pero sabía que sólo estaba desviando la culpa. Si no se hubiera escapado, nada de esto hubiera sucedido.

Al dejar el autocine, había conducido hasta el límite del condado y había entrado en un bar de camioneros donde había tomado un café detrás de otro y se había enfrentado a sus demonios. Habían pasado las horas y era casi el amanecer cuando había llegado a la conclusión de que Hinata había tenido razón todo el tiempo. Había usado el Orgullo de Konoha para esconderse. Aunque había existido, no había estado realmente vivo. No había tenido valor.

Se abrió la puerta y apareció Hinata. Ella se paralizó al verlo.

Tenía la cara pálida, el pelo enredado y el vestido de algodón lleno de arrugas. Los grandes zapatos negros parecían pesados bloques de hormigón bajo sus piernas delgadas, como si fueran una carga que la agobiara. Pero fueron sus ojos los que le hicieron un agujero en el pecho. Grandes, tristes e inciertos.

Él atravesó velozmente la habitación y la rodeó con sus brazos. Ella se estremeció, y, cuando tembló contra él, pensó en Chip, que había hecho lo mismo un rato antes. Y luego no pensó en nada salvo en aferrarse a esa dulce y terca mujer tan llena de vida que lo había arrancado de la tumba.