§15§

Hinata estaba preparada para lo que se avecinaba.

Las primeras palabras que pronunció su marido cuando salió del establo le indicaron que ella había cruzado la línea imaginaria que en la mente de él separaba lo permitido de lo prohibido. Aparentemente, Naruto creía que el semental negro le pertenecía a él y sólo a él.

Por supuesto que ella manifestaría su desacuerdo, pero era lo suficientemente inteligente para esperar hasta que se le pasara la furia.

—Me gustaría intercambiar unas palabras contigo, Hinata.

—Por supuesto —contestó ella, haciendo lo posible por parecer cortésmente interesada y curiosa y por completo despreocupada.

De inmediato se dio cuenta que no había elegido el tono adecuado, y cambió su actitud por otra de indignación.

—Me alegra saberlo, Naruto. Ya es tiempo que dediques a tu esposa un momento a solas. ¿Qué, te viene bien ahora hablar conmigo?

Su ardid no funcionó.

—Si no quieres que sepa que estás nerviosa, no deberías retroceder ante mí. También te sugiero que dejes de mirar por encima del hombro, buscando por dónde escapar.

Hinata echó una mirada a Lee para ver cómo reaccionaba el soldado frente a las tácticas intimidatorias de su señor, y se sintió agradecida al ver que él no parecía prestar atención a lo que ellos hablaban. Su mirada se dirigía hacia la falda de la colina, como si estuviera totalmente fascinado por lo que allí veía.

Shikamaru, sin embargo, estaba pendiente de las palabras de Naruto. Todavía tenía un aire demasiado fanfarrón para el gusto de ella. No sólo sabía que ella estaba a punto de enfrentarse a la ira de Naruto; parecía que eso le alegraba. ¿Acaso aquel hombre no tenía nada mejor que hacer que dar vueltas a su alrededor e informar a su marido de cada uno de sus movimientos?

En apariencia, era así. Aunque era probable que fuera injusto por su parte, observó mentalmente la similitud entre el soldado y su vieja nodriza, Natsu, a la que también le encantaba andar con cuentos sobre Hinata.

—Quiero tener este momento a solas contigo ahora mismo — anunció Naruto.

Esperó hasta que ella manifestara su acuerdo y luego indicó a Lee y a Shikamaru que se reunieran con él para la cena.

Comenzó a andar hacia el castillo, con Hinata a su lado.

—Mi sorpresa no te ha gustado, ¿verdad?

El bufido de Naruto era toda la respuesta que ella necesitaba.

—¿Quizás estás molesto porque Ne es tuyo y no quieres que lo monte nadie más que tú?

—¿Cuántas veces te has caído?

Como estaba segura de que Shikamaru ya le había dado un detallado informe de sus actividades, decidió ser sincera.

—Tantas que he perdido la cuenta.

—¿Qué crees que habría pasado si hubieras llevado a un hijo mío en tu seno?

Ella quedó anonadada; aparentemente, esa posibilidad no se le había pasado por la cabeza.

—No estoy embarazada. Acabo de... No, no estoy.

—¿Acabas de qué?

—Acabo de enterarme de que no llevo un niño tuyo en el vientre. Jamás pondría deliberadamente en peligro a nuestro bebé.

—Y jamás volverás a montar el semental, ¿verdad?

—¿Ni siquiera con silla?

—Ese caballo nunca ha sido ensillado, y puedo asegurarte que no le gustaría. Eso está fuera de toda discusión.

—Muy bien, entonces. ¿Hay algo más que quieras mencionar... o hacer?

—Jamás vuelvas a llamarlo Ne.

Hinata habría jurado que él no estaba dispuesto a cambiar de parecer.

—Está bien —prometió, antes de decir con cierta brusquedad—: ¿Sabes que no me has besado ni una sola vez desde que llegaste? Me pregunto si lo habrás pensado siquiera.

Él no había pensado en eso ni en otras cosas más, pero no estaba dispuesto a admitirlo.

—No hemos estado a solas ni un momento. Recuérdamelo esta noche; entonces te besaré.

Ella no se dio cuenta de que él le estaba tomando el pelo.

—Es probable que se me olvide —dijo Hinata—. En realidad, no me importa demasiado.

—Sí, te importa. Mira por dónde andas. Algunos de los hoyos todavía no han sido rellenados.

—Hablando de los hoyos...

—Todavía no.

—¿Qué dices?

—No quiero oír una sola palabra sobre la capilla. Ni ahora ni nunca. ¿Entendido?

—Entiendo que eres muy testarudo.

Hinata sabía que Naruto todavía estaba algo molesto por su plan de ocultar la casa detrás de una iglesia. Sin embargo, él no había dicho todavía que no podría hacerla, alimentando así sus esperanzas de que al día siguiente estaría más dispuesto a escuchar sus razones. Seguramente, cuando llegara ese momento ya habría pensado alguna explicación mejor que la pura verdad. Decir francamente que ella creía que la fachada de su casa era fea y no tenía remedio sólo lograría herir sus sentimientos; por esa razón debía pensar en otro argumento.

Hinata pasó a otra cuestión más importante.

—Esta noche, cuando subamos a nuestra habitación, quiero tener una charla muy seria contigo. Tengo algo sumamente importante que decirte —susurró—. No te gustará.

—Dímelo ahora.

—Preferiría esperar hasta la noche. Sólo quería prepararte por anticipado —y añadió—: Lo que te diga probablemente te hará mucho daño.

La carcajada de Naruto no era exactamente la reacción que ella esperaba.

—Es un asunto muy importante —insistió ella.

—Te aseguro que, por importante que sea, conseguiré sobrevivir. ¿Por qué no me lo dices ahora y terminamos con esto? Parece como si el asunto te asustara.

—Es cierto, me asusta. Sin embargo, esperaré hasta la noche. Estás a punto de ver la sorpresa que te he preparado, y no quiero estropearla con malas noticias.

De pronto pensó que no había sido buena idea prepararlo para las malas noticias; ahora notaba un nudo en el estómago.

¿Cómo no sentirse mal? Estaba a punto de iniciar una guerra entre dos hermanos. Que Dios se apiadara de ella, pero no tenía otra alternativa.

Había hecho esa misma pregunta al padre Yamato en la confesión, y aun cuando él se había mostrado de acuerdo en que debía hablar con su esposo apenas llegara a casa, insistió también en que debía poner al tanto a los soldados. Hinata necesitó mucho tiempo para convencer al sacerdote de la importancia de que Naruto se enterara antes que nadie. El padre había terminado por ceder, después de que ella le prometiera que estaría alerta y evitaría quedarse a solas con Menma.

El clérigo había asegurado que volvería al día siguiente para conocer la reacción de Naruto. Ella sospechaba que el verdadero motivo era saber si ella estaba bien; Hinata esperaba que entonces podría decir al padre que Menma había sido expulsado.

Naruto la devolvió al presente indicándole que prestara atención por dónde caminaba.

—El esposo de Brocca quiere saber si quieres un cachorro de perro sabueso —dijo Naruto.

—¿Por qué quiere regalarme un cachorro?

—Es todo lo que tiene.

—Pero, ¿Por qué…?

—Es un regalo, Hinata. Has sido amable con su esposa, y desea retribuirte.

—¡Qué considerado! —exclamó ella—. ¿Te importaría tener un perro sabueso dentro de la casa?

El negó con la cabeza.

—Le diré que te alegras de aceptar el cachorro, entonces. Intenta que no se te pierda,¿eh?

—¡Por todos los cielos! —murmuró Hinata—. Realmente estás tratando de hacer todo lo posible para ponerme de mal humor, ¿no es así?

Naruto no se molestó en contestarle. La sorprendió al acercarla contra él y rodearle los hombros con su brazo.

—¿No te decepciona que se trate de un perro?

Ella lo miró intrigada.

—No, por supuesto que no. ¿Por qué piensas que podría desilusionarme?

—Como no es un lechón... —respondió Naruto, con la voz entrecortada por la risa.

—iAh, recuerdas cuando me conociste! —exclamó ella.

—Por supuesto que lo recuerdo. También cuando te tuve en brazos. Pesabas menos que mi tartán. Me parece que tenías más o menos la misma edad de Chino —dijo después de abrir la puerta.

—No, era mayor.

—Olías igual que el lechón que habías escondido debajo de la falda.

—No es posible. Acababa de bañarme. Así me lo dijo mi hermana.

—Ya intentabas decirme lo que debía hacer, aunque no eras más que una niña. Debería haberme dado cuenta entonces.

Hinata tenía dificultades para seguir el hilo de su conversación, porque veía en sus ojos tanta calidez que no podía pensar en otra cosa.

—¿Haberte dado cuenta de qué? —le preguntó, en un susurro sin aliento.

—Que con el tiempo te transformarías en un problema.

Hinata pensó que eso era lo más bonito que había oído de sus labios, pero después de dejar escapar un largo suspiro y de darle las gracias por sus palabras, advirtió que éstas no habían sido un cumplido.

Él no rió al ver su confusión. En cambio, la tomó en sus brazos, se inclinó, y susurró en su oído:

—No hay de qué.

Ella no pensaba que él fuera a besarla, pero lo hizo. Se sintió aplastada contra su recio pecho, tan fuerte y poderoso era su abrazo, aunque su boca fue sorprendentemente dulce contra la de ella. La lengua de Naruto jugó en su boca para ahondar el beso, despertando en ella una reacción que ni esperaba ni comprendió hasta que hubo terminado y él se apartó de ella.

De repente, todo fue completamente diferente. Quería abrazarse a él hasta el fin de sus días y, a pesar de que insistía en decirse que era sólo porque se sentía aliviada de tenerlo de regreso en casa para librarse de Menma, sabía que también había otra razón.

Estaba enamorada de él.

La repentina comprensión de ese hecho no la hizo feliz. Hizo que se sintiera desdichada. ¿Cómo se las había arreglado para cometer un error tan estúpido? Él no la amaba; sólo la trataba bien, así de simple, para poder tener herederos.

Él la contempló atentamente, frunciendo el entrecejo con preocupación al ver las lágrimas que brotaban de sus ojos.

—¿Te importa decirme por qué lloras?

—Ha pasado tan pronto —tartamudeó—. Sabía que no debía, Naruto, de veras lo sabía.

— Hinata, ¿de qué hablas? ¿Qué es lo que ha pasado tan pronto?

Finalmente, ella recuperó la cordura. No iba a admitir que se había enamorado de él, y pensó que prefería encontrarse desnuda en una iglesia frente a un montón de extraños antes que reconocer su error. Ser vulnerable era un error, pero jactarse de ello sería terrible.

De todas maneras, aunque tratara de explicárselo él no lo entendería. Hinata dudaba de que él pudiera amarla alguna vez.

Estaba tan atrapado por el pasado que simplemente no tenía lugar en su corazón para ninguna otra cosa.

—¿Me contestarás?

—Te he echado de menos —exclamó—. No quería hacerlo, pero no pude evitarlo. Estuviste ausente demasiado tiempo.

Su respuesta pareció satisfacerlo. Volvió a besarla, con un beso más breve pero igualmente apasionado, luego la siguió hasta el interior del castillo y juntos subieron la escalera que conducía a la planta principal.

—Mientras estabas fuera, recabé toda la información que pude de los hombres y las mujeres más viejos, y finalmente conseguí reconstruirlo.

—¿Qué has reconstruido?

—Tu pasado —respondió ella—. Sé lo que ocurrió con tu padre. Sólo quería decirte que ahora comprendo por qué las ruinas están aún allí. Quieres mantenerlas hasta que hayas hecho justicia.

—Yo te lo habría explicado si me hubieras preguntado.

—De acuerdo, en adelante te preguntaré. No arrugues el entrecejo, Naruto. Quiero que estés de buen talante cuando veas mi sorpresa.

Él se preparó para lo que iba a ver, hizo un brusco gesto con la cabeza para que ella supiera que trataría de que le gustara y luego dijo:

— Shikamaru me ha asegurado que no has causado ningún... daño.

—¿Daño? Por todos los cielos, ¿por qué has pensado en algo semejante? —preguntó ella, antes de recordar su reacción ante los agujeros en el patio—. Me propongo arreglar el desastre que he hecho afuera —prometió—. Cuando los soldados hayan puesto los postes para sostener la estructura que pienso construir, yo...

— Hinata.

La calidez seguía allí, en sus ojos y en su voz.

—¿Sí?

—No hablemos ahora de eso.

—No, claro que no. Sonríe, Naruto. Ésta es la bienvenida a casa. Además, es posible que Anko esté en el salón, y no quiero que piense que no somos felices.

Su carcajada la sorprendió.

—¿Por qué te importa lo que ella piense?

¿Cómo podía ser tan obtuso?

—Debo tratar de agradarle porque es tu madrastra. Me dijiste que debía respetarla.

—Es verdad.

—Sí, o tal vez lo dije yo. No importa. Merece nuestro respeto.

—Sí —coincidió él.

Naruto abrió la puerta y aguardó a que ella entrara. Ella no se movió.

—Tengo que pedirte un favor. Esta noche, cuando nos sentemos juntos a la mesa...

—¿Sí? —sugirió él.

Hinata se sonrojó al darle las instrucciones.

—Por favor, mírame a menudo, pero no arrugues el entrecejo. Trata de estar pendiente de mis palabras, ¿de acuerdo?

Por suerte, ella no esperó una respuesta; en cambio, se apresuró a ir hacia la entrada. Un grupo de soldados que aguardaban a su jefe se inclinaron a su paso en cuanto la vieron.

Hinata saludó a cada uno por su nombre, lo que sorprendió y agradó a su marido. Éste miraba a su mujer con una sonrisa, y era evidente que estaba pendiente de cada una de sus palabras.

— Hinata, espérame en el salón; debo resolver algo.

Ella se inclinó ante él, para satisfacción de los soldados que contemplaban la escena, y entró con paso rápido. Tenía la idea de esperar frente al hogar para observar la primera reacción de Naruto cuando viera los cambios realizados.

Había recorrido la mitad del salón cuando advirtió que algo andaba mal. Miró a su alrededor con incredulidad; la habitación estaba otra vez tan desolada y tétrica como cuando ella la viera por primera vez. Incluso habían desaparecido las esteras.

¿Qué había pasado, en el nombre de Dios? ¿Dónde estaba el precioso mantel en el que había trabajado tan arduamente para terminarlo antes del regreso de Naruto?

—¡Milady! —llamó Matsuri desde la arcada que conducía a la puerta trasera.

Hinata echó una fugaz mirada a la entrada, comprobó que Naruto seguía ocupado escuchando a los soldados y corrió hacia ella.

—¿Qué ha pasado, Matsuri? ¿Dónde están los almohadones?

—Lady Anko tuvo un ataque cuando se sentó sobre uno de ellos. Declaró que eran demasiado incómodos, que nadie podrá sufrirlos y, después de probarlos todos, ordenó que se quitaran. Me dijo que los quemara, milady, para que usted no tuviera que sentirse avergonzada delante de su esposo.

—El mantel… ¿qué pasó con el mantel que pusimos en la mesa?

Matsuri sacudió la cabeza.

—Fue un accidente —susurró—. Al menos, eso es lo que me dijo lady Anko. Insistió en beber vino hoy al mediodía. El vino es tinto, ya lo sabe; ella tropezó al tomar su copa y derramó el vino por todos lados. Insistió en que la copa golpeó con la jarra. ¡Oh, milady, se ha estropeado! Sé que ha estado trabajando todas las noches que nuestro señor estuvo ausente para poder terminarlo a tiempo, y era tan bonito, milady, que hasta al mismo Shikamaru le gustaba.

Procurando ocultar su decepción, Hinata dio una palmada en el hombro a Matsuri y trató de consolarla.

—A veces ocurren accidentes —dijo—. Qué pena; no me había dado cuenta de que los almohadones eran incómodos. Los probé, y me parecieron... bueno, pero si lady Anko...

—Dijo que estaban apelmazados.

—Entiendo. Bueno, pues trataré de hacerlos mejor la próxima vez. ¿Y qué pasó con las esteras? Eran bonitas, ¿verdad? Y daban un aire agradable a la habitación. Igual que las flores —agregó—. Tampoco están, ¿verdad?

—Lady Anko también pensó que eran bonitas, pero tropezó con ellas cuando iba hacia la mesa y casi cayó al suelo. Me explicó que su vista ya no es lo que era y me ordenó que quitara las esteras lo antes posible. Estaba segura de que usted lo entendería, milady.

—Sí, claro.

—Con respecto a las flores, dijo que le desagradaban profundamente.

—¿Ha explicado por qué?

—Dijo que le recordaban a la muerte, porque los deudos de los fallecidos siempre llevan flores a sus tumbas.

Hinata se sintió derrotada. ¿Qué pensaría Anko de ella ahora?

—Fue desconsiderado de mi parte poner flores sobre la chimenea. No sé en qué estaría pensando, Matsuri. Jamás se me ocurrió que podía tomarlo de esa manera. Debo encontrar la manera de reparar mi error —agregó.

—Milady, usted no podía saberlo. La silla que le dio Sora le ha sido devuelta. Qué pena que pasara medio día sacando brillo a la madera.

—¿Por qué la mandó de vuelta?

—Lady Anko confesó que le daba miedo sentarse en ella porque era muy inestable. Le aseguré que era muy firme, pero no conseguí tranquilizarla. Parecía terriblemente asustada. Creo que se debe a que ya tiene sus años, y sabe que sus huesos ya no soldarán si se fractura alguno. No pude evitar preguntarme si se preocupaba tanto de estas cosas cuando era más joven. Los huesos nunca sueldan bien, sea uno joven o viejo —agregó con un gesto firme, para demostrar a su ama que sabía de qué hablaba.

—La edad la ha vuelto más prudente, y debemos respetar su actitud.

—Algo más. Odio tener que mencionar esto ahora, después de la desilusión que acaba de tener.

Hinata temía enterarse de que Anko había encontrado poco satisfactoria alguna cosa más, pero así y todo preguntó de qué se trataba.

—Me preguntó si usted se proponía poner algo más en la habitación. Le dije que usted estaba trabajando en un tapiz para colgar en la pared. Le hablé con entusiasmo de lo bonito que estaba quedando —añadió—. Lady Anko, por supuesto, quiso verlo. Pareció complacida cuando le dije que usted es habilidosa con el hilo y la aguja y que había trabajado muchas horas.

—¿Lo vio?

Matsuri asintió con la cabeza.

—¡Oh, milady, parecía tan decepcionada por su trabajo!

Chasqueó la lengua como una gallina y sacudió la cabeza.

Hinata sintió que la cara le ardía de vergüenza.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que los puntos estaban torcidos; pero me aseguró que comprendía que usted había hecho todo lo que podía.

—¿Y dónde está mi tapiz ahora?

—Lady Anko no quiso que se sintiera humillada frente a su esposo y sus hombres. —Los ojos de Matsuri estaban inundados de lágrimas en solidaridad con su señora; esto hizo que la humillación de Hinata fuera más horrible aún.

Ella sintió que era un fracaso pero, a la vez, se sintió culpable por estar furiosa. Oír que no sabía hacer nada bien cuando trataba de complacer a Anko le hizo sentir que atacaban a su madre, por no haber dado una educación adecuada a su hija.

—Ya no está, ¿verdad? —susurró, con la voz quebrada por la derrota.

—Sí, milady. Después de comer, Anko comenzó a sacar los puntos al mediodía y, cuando llegó la hora de la cena, sólo quedaban algunos hilos sueltos en el suelo.

Naruto la llamó al entrar al salón mientras miraba a su alrededor con interés.

Hinata soltó un resignado suspiro, y se volvió hacia él. Matsuri tomó su mano.

—Yo creo que todo estaba muy bonito, milady —murmuró.

Lo último que Hinata necesitaba era compasión. Sonrió, para que Matsuri no se sintiera herida, y luego le dijo:

—La próxima vez todo estará mucho mejor.

La criada la saludó con una inclinación, y se marchó hacia la cocina para avisar a sus compañeros de que debían llevar la comida a la mesa.

—¿Has terminado la charla con los soldados?

La pregunta de Hinata le hizo sonreír. Los hombres deseaban preguntarle si podían recuperar sus cosas. Naruto no había entendido de qué hablaban hasta que uno de ellos señaló la pila de cosas que estaban sobre el banco, comentando que entre ellas había una daga que se parecía mucho a la que solía utilizar su esposa. No se atrevían a acusar a su señora de robarles, ya que sabían que solía ser olvidadiza cuando tenía prisa o estaba distraída.

Todos ellos la habían defendido ante él, y por esa razón Naruto no se había echado a reír.

Kimimaru lo había explicado a su señor:

—Cuando la señora está contenta se despreocupa de todo — dijo—. Ella hace que nuestras esposas se sientan importantes, tal como lo hace usted, señor. Todas ellas se han encariñado con lady Hinata, por supuesto, y se sentirían muy molestas si se enteraran de que usted la riñe por ese insignificante problema que ella tiene: olvidarse de devolver las cosas. Hay que decir que, si bien toma cosas de otros, también pierde y deja por ahí sus propias cosas —agregó, tratando de defender a Hinata.

Naruto prometió no criticar a su esposa y les sugirió que, en el futuro, cada vez que se perdiera algo, ellos o sus esposas entraran en el castillo y buscaran en la pila de cosas en el banco de la entrada. No era necesario que pidieran permiso.

—Por tu sonrisa, puedo ver que la reunión ha terminado bien —señaló Hinata.

—Así es —respondió Naruto—. He solucionado el problema, pero no la causa.

—Lo solucionarás rápidamente.

La carcajada de Naruto retumbó por toda la habitación.

—Lo dudo mucho, pero me doy cuenta de que en realidad no deseo hacerlo.

—¿Por qué no deseas hacerlo?

—Porque me gusta la causa. No me pidas explicaciones. Muéstrame tu sorpresa. Ya te he hecho esperar demasiado.

—No puedo.

—¿No puedes esperar?

—No puedo mostrarte la sorpresa.

—¿Por qué? ¿Has cambiado de idea?

—Sí, eso es —respondió Hinata—. He cambiado de idea.

—¿Por qué?

—¿Por qué?

Su mente se puso a trabajar a toda velocidad para encontrar la excusa que impediría que su esposo se enterara de que todos sus esfuerzos habían sido en vano. Pensaría que era una incompetente. aunque ella no lo era en absoluto. Sólo había tenido demasiada prisa.

Afortunadamente, recordó el medallón que había hecho hacer para él. De todas maneras, había decidido que, para dar al acontecimiento la importancia que merecía, le entregaría el medallón al final de la velada.

—Está arriba, en nuestro dormitorio. ¿Te gustaría verla ahora? Podría ir...

—¿Tú qué preferirías?

—Esperar.

—Entonces esperaré.

—Gracias —contestó ella—. ¿Has visto ya a lady Anko?

—Debe de estar a punto de bajar en cualquier momento. ¿Has hablado con Menma?

—No, pero debería estar de regreso dentro de una hora o dos, según me ha dicho Shikamaru. Piensa quedarse una sola noche más, luego se marchará para no volver.

—¿Se marcha?

No tenía intención de que su voz sonara tan feliz cuando supo de la partida de Menma, pero no pudo evitarlo.

Al ver su reacción, Naruto alzó una ceja.

—Mañana regresa a su casa.

—¿Dónde está? —preguntó simulando indiferencia, con la esperanza de que el hombre viviera en el otro extremo de Inglaterra.

—Muy lejos de aquí. Dudo que volvamos a verlo antes de que pasen cinco o diez años. Hinata, ¿pasa algo malo?

—No, no, claro que no.

—Entonces, ¿por qué te agarras tan fuerte a mí?

Ella parecía sorprendida; Naruto sacudió la cabeza, confundido. La sola mención de su hermanastro la había hecho acercarse instintivamente más a él. Por supuesto, ella no le explicó nada; sólo repitió lo mucho que le había echado de menos.

—Ya lo habías dicho.

—Sí, pero quería decirlo una vez más. ¿Me disculpas? Debo ir a la cocina y hablar con la cocinera.

Después de recibir su permiso, Hinata se despidió con un beso y se marchó.

—¿Qué ha pasado aquí, Naruto? —preguntó Shikamaru desde la puerta, mientras entraba a grandes zancadas en la habitación.

—¿Dónde? —preguntó Lee, que entró tras él.

—Aquí. El salón... está otra vez como antes. ¿Qué ha pasado con los cambios que había hecho milady?

Naruto no sabía de qué hablaba. Se quedó con las manos juntas en la espalda, mientras escuchaba atentamente.

—¿Te ha dicho milady por qué volvió a cambiarlo todo?

Naruto negó con la cabeza.

—Me ha dicho que la sorpresa estaba arriba.

—¿Y por qué llevaría arriba los almohadones, el mantel y la silla? —preguntó Shikamaru.

—Tal vez cambiara de idea —sugirió Lee.

—Te había dicho que estaba haciendo cosas extrañas. ¿También sacó las esteras?

—Parece que sí —replicó Lee.

—Si eso no es raro... —empezó a decir Shikamaru.

—Te agradecería que no dijeras eso —interrumpió Naruto—. No pasa nada malo con mi esposa. Simplemente, ha cambiado de idea; alguna razón tendrá. Cuando pueda decirme algo, me lo dirá.

Ahí terminó la discusión. Shikamaru quería saberlo todo acerca de la captura de Shimura y, mientras lee se lo contaba, Naruto pensaba en su esposa. Decidió que iba a estar muy atento a su conducta y a los acontecimientos de su casa.

Anko se reunió con ellos pocos minutos después. Naruto saludó a su madrastra con una reverencia y aguardó hasta que ella se sentara antes de retirar su propia silla. Se sentó junto a ella y no se movió durante más de una hora, absorto en los relatos acerca de su padre y el pasado; mientras tanto Lee y Shikamaru charlaban cerca de la chimenea.

Menma llegó cuando se estaban sirviendo los platos. Hinata y Matsuri entraron por la puerta trasera al mismo tiempo.

—¡Naruto! —gritó Menma—. ¡Ya era hora de que te viera! Ha pasado mucho tiempo.

—Ha pasado mucho tiempo —coincidió Naruto.

Menma lo abrazó.

—Tienes buen aspecto —dijo—. El matrimonio te sienta bien.

Después de besar a su madre, Menma se sentó frente a ella.

Naruto se encontró sentado entre sus dos parientes y, aunque pensaba pedir a su madrastra que se trasladara a otro lugar para tener a su esposa más cerca, no dijo nada cuando Hinata se sentó en el extremo opuesto de la mesa.

—He esperado esta reunión durante mucho tiempo; ahora siento que mi vida vuelve a estar completa —anunció Anko.

Tan emocionada estaba la mujer de ver juntos a sus dos hijos que las lágrimas afloraron a sus ojos.

Hinata también estaba abrumada por la emoción. Sin embargo, no sentía alegría, sino tristeza. El afecto que se demostraban ambos hermanos le dio ganas de llorar. Parecía que Naruto estaba feliz de reunirse con sus familiares, ¿cómo haría ella para hablar de la impertinencia de su hermanastro?

Sólo de pensar en el dolor que eso iba a provocar se le hacía un nudo en el estómago.

Naruto habló muy poco durante la comida. Estaba contento con sus comandantes, viéndolos sentados a ambos lados de su señora y preocupados por incluirla en la conversación.

Cuando Hinata vio que su esposo la miraba, sonrió rápidamente y lo alentó con la mirada a sonreír también.

Para Naruto, la velada estuvo repleta de revelaciones. Matsuri, advirtió, demostraba su cariño por Hinata en cada oportunidad que se le presentaba, y se llenaba de satisfacción cada vez que recibía un elogio de su ama. Por el contrario, no parecía muy feliz de servir a Anko y daba la impresión de que la mujer le desagradaba.

Pensó que ya lo comprendía todo, y estuvo a punto de echarse a reír al ver lo fácil que había resultado. Shikamaru le había dicho que Hinata, al parecer, tenía dificultades con Anko. Las dos mujeres estaban envueltas en alguna clase de conflicto de poder para ver quién daba las órdenes. Eso correspondía a Hinata, por supuesto y, aunque no entendía por qué ella parecía no darse cuenta de la situación, Naruto no pensaba intervenir. Dejaría que ella resolviera el problema a su manera y a su tiempo, porque sabía que, por mucho cuidado que pusiera para explicarlo, Hinata terminaría pensando que él no tenía fe en su habilidad.

Shikamaru había estado en lo cierto respecto a la falta de apetito de Hinata. Tan pronto Lee le alcanzó la daga que había dejado caer en el patio, ella le dio las gracias y luego jugueteó con la comida, pero no probó bocado.

Menma estaba contando una divertida historia que hizo reír a todos, excepto a Hinata. Antes de que comenzara otro relato, Naruto preguntó a su esposa si se encontraba bien.

—Sí, gracias. Estoy cansada. Ha sido un día muy largo.

Naruto le sugirió que subiera a su habitación.

—Estaré contigo dentro de unos minutos —prometió.

Menma también se puso de pie.

—Me alegrará mucho poder acompañar a tu esposa hasta la escalera —ofreció—. Sé que se cayó por la escalera de la casa de Kincaid —agregó, por si su ofrecimiento resultaba extraño a Naruto.

Hinata consiguió reprimir un grito de rechazo.

—Gracias, Menma, pero quería cambiar unas palabras con Lee —dijo, viendo que éste se había puesto de pie—. Si esperara hasta mañana, podría olvidarme. Buenas noches, entonces —saludó, mientras se agarraba con fuerza del brazo del soldado.

Lee se sintió honrado. Esperaba que ella dijera algo, pero como Hinata no abrió la boca hasta que llegaron a la puerta de la habitación, él se lo recordó.

—Había dicho que deseaba hablar conmigo, milady.

—¿Eso he dicho? —se asombró Hinata, mientras trataba de pensar en algo importante que decirle. Desgraciadamente, su mente estaba en blanco: o decía la verdad o quedaría como una perfecta idiota.

—Lo olvidé.

—¿No tenía nada que decirme? —preguntó él, tratando de entender.

—La verdad es que no quería que Menma me acompañara, así que mentí para que vinieras tú.

—¿Podría explicarme por qué no quería que el hermanastro de Naruto la acompañara?

—No necesito ayuda de nadie, pero como él se ofreció, tuve que pensar algo para que no me acompañara. ¿Entiendes ahora?

Lee sacudió la cabeza mientras abría la puerta del dormitorio.

—Todavía no me ha dicho por qué.

El soldado era tan tenaz como Shikamaru.

—¿Me prometes que no contarás a Naruto lo que te diga? Yo quería que él fuera el primero en saberlo. Puede costarme un par de días reunir el coraje suficiente—dijo—. Aunque tengo intención de hablar con él esta noche.

—¿Sobre qué, milady?

—Debo decirle que su hermano no me gusta. —Había suavizado la verdad. Menma era tan malvado como Otsutsuki, tan taimado como un demonio y tan horrible como una serpiente esperando entre las sombras para atacar—. Sé que Naruto tiene un alto concepto de él. Seguramente has advertido lo feliz que estaba de volver a verlo.

—Y yo sé que Naruto es muy hábil en eso de ocultar sus verdaderos sentimientos. Yo, naturalmente, respetaré sus deseos y no diré una palabra.

—Gracias, Lee.

—Milady, ¿Podría hacerle una pregunta?

Hinata ya había entrado en la habitación; sostuvo la puerta, que ya estaba a punto de cerrar tras ella.

—Dime —accedió.

— Shikamaru no entiende por qué ha quitado los arreglos que había hecho en el salón. Le pareció muy extraño.

—Bueno, no me gustó cómo quedó. Por eso lo quité todo.

Sin darle tiempo a que hiciera otra pregunta, Hinata le deseó buenas noches y cerró rápidamente la puerta.

Tenía mucho que hacer antes de que su esposo se reuniera con ella. Después de echar el cerrojo a la puerta, se desnudó frente al fuego que había encendido Matsuri, se lavó todo el cuerpo con jabón con esencia de rosas y luego se puso cómoda. Mientras aguardaba la llegada de Naruto, trató de imaginar la mejor manera de encarar la cuestión de Menma sin herir sus sentimientos.

Ahora que esa ruin criatura se marchaba, ¿sería necesario realmente que se lo contara todo a Naruto? Hinata trató de convencerse de que no haría daño a nadie si ella callaba, pero también se daba cuenta de que él debía enterarse, aunque eso le hiciera mucho daño. Con su atrevimiento y sus manoseos, Menma había traicionado a su propio hermano; Hinata estaba segura que sería un error por su parte ocultar esa cuestión a Naruto.

Desdichadamente, no consiguió encontrar la forma de suavizar la verdad; sin embargo esperaba que el medallón demostrara a Naruto que siempre contaría con su lealtad.

La espera se convirtió en una tortura. Estaba muy cansada y eso no la ayudaba a mantenerse despierta. Sin embargo, no quiso meterse en la cama; sabía que si cedía a la tentación podía quedarse dormida. El alivio por el regreso de su esposo era sin duda la razón de su cansancio. A causa de la preocupación por el acoso de Menma, no había podido descansar como era debido mientras Naruto estuvo ausente. Ahora todo sería diferente, por supuesto.

Primero oyó la voz de trueno de Naruto y luego sus sonoras pisadas en la escalera. Quitó el cerrojo de la puerta y fue hacia la ventana para esperarlo allí. Lo saludaría con un beso, lo ayudaría a prepararse para ir a la cama y le daría su regalo.

Y luego le hablaría acerca de Menma.

Pero acabó haciendo algo completamente diferente. En el mismo instante en que su esposo entraba en la habitación, corrió hacia él, tomó su cara entre las manos y lo besó con todo el amor y la pasión que anidaban en su corazón.

Conmovido por su efusiva muestra de cariño, él la rodeó con sus brazos y la apretó contra su pecho. Maravillado por haberse casado con una mujer tan gentil y cariñosa, en el preciso instante en que ella le echaba los brazos al cuello y tímidamente le susurraba sus ansias de hacer el amor, se dio cuenta de que su propio deseo era tan intenso como el de ella. Mientras había estado lejos de casa —realmente una eternidad—, había echado de menos todo lo relacionado con ella. Y su deseo había crecido hasta convertirse en una dolorosa sensación de soledad durante aquellas largas horas nocturnas.

—Si te prometo que no volveré a marcharme en mucho tiempo, ¿me dejarás cerrar la puerta?

Reacia a dejarlo aunque sólo fuera un momento, Hinata lo besó en el cuello antes de apartarse.

—Echa el cerrojo; no quiero intrusos —le dijo.

Súbitamente insegura y nerviosa, retrocedió hasta el centro de la habitación. Mientras esperaba lo contempló con admirativa aprobación. Los hombros y el pecho de su marido eran musculosos; aun así, era capaz de esa ternura que ella tan bien recordaba.

Su pulso se aceleró ante la expectativa de lo que se avecinaba; Hinata dejó escapar un tembloroso suspiro y volvió a mirarlo a los ojos. Pudo ver que él la observaba con una sonrisa en los labios.

—¿Habrías olvidado mi aspecto? —preguntó él, alzando la ceja en forma casi imperceptible. Para su deleite, vio que el rostro de Hinata se sonrojaba violentamente.

—Parece que sí —contestó ella—. Tienes el pelo mojado; otra vez has ido al lago sin mí. Te traeré una toalla.

Ella se sintió paralizada. Naruto se recostó contra la puerta y esperó pacientemente a que aquello pasara. Deseaba fervientemente que ella se tomara todo el tiempo del mundo; estaba disfrutando mucho de la tentadora visión que ofrecía.

Hinata tenía las manos juntas a la espalda; se podía adivinar su pecho desnudo y su delgada cintura bajo la fina prenda. Su observación pronto se convirtió en deseo, y a los pocos minutos comenzó a sentir que temblaba por la ansiedad de deslizar sus manos llenas de cicatrices sobre la suave y tersa piel de Hinata.

Algo sorprendida por su propia falta de compostura, ella miró profundamente sus provocativos ojos celestes, exhaló otro suspiro estremecido y trató de recordar qué era lo que iba a hacer.

—La toalla —susurró, sonriendo nuevamente al comprobar que no había perdido del todo la razón—, ibas a traerme una.

Su risa la siguió mientras atravesaba el cuarto hacia el armario. Habiendo recuperado el habla, Hinata le pidió disculpas, dio explicaciones y órdenes mientras se arrodillaba con gracia y apartaba cuidadosamente la vela para poder abrir el armario.

Con la intención de hacer todo lo que ella quisiera, Naruto fue hasta el costado de la cama, tal como le había indicado, y se sentó a esperar. Sabía exactamente qué pasaría cuando ella estuviera al alcance de su mano: la rodearía con sus brazos, la echaría sobre la cama y le haría el amor apasionadamente.

Hinata tenía otras ideas. De pie entre los muslos de Naruto, trató de secarle el pelo, pero no consiguió concentrarse en lo que hacía; las manos de él habían desatado el cinturón de la bata y ahora se deslizaban por sus pechos. Los cubrió y frotó suavemente los pezones con sus pulgares; luego se inclinó hacia ella y comenzó a enloquecerla con su boca y su lengua.

Hinata estaba sin aliento. Aunque procuraba excitarla hasta el delirio antes de penetrarla, sintió que su propia disciplina lo abandonaba cuando ella se quitó la bata y echó su cuerpo sobre él para hacerle caer en el lecho.

Ya no les era posible soportar más tiempo sin fundirse en un solo cuerpo; ahora él se movía entre sus muslos penetrándola lenta y profundamente mientras la miraba a los ojos para ver en ellos todo el placer que la embargaba.

—Te amo, te amo —decía ella entre beso y beso, mientras su corazón se moría por oír esas mismas palabras de labios de Naruto.

Él hundió la cara en el cuello de Hinata, bebió de su boca cada palabra de amor y se sintió estremecido y humildemente agradecido por ser el elegido en aquel exquisito momento.

Cuando sintió que ella se tensaba en torno a él, apresuró el ritmo para darle completa satisfacción y tener la propia. Sentimientos que él jamás había admitido quedaron sin ser expresados.

Cuando todo acabó, abrazados estrechamente, cansados, satisfechos y en silencio, escucharon el latido de sus propios corazones.

Fiel a su encantadora costumbre, ella lloró por la resplandeciente maravilla del amor compartido y, cuando por fin recuperó el dominio de sí misma, extendió ambos brazos y sonrió a su marido.

—Creo que esto es lo que más he echado de menos mientras estabas ausente.

Él asintió, con arrogante satisfacción:

—Yo lo creo también —se inclinó sobre ella, la besó y luego rodó sobre su costado—. Tienes mi permiso para volver a darme esta misma sorpresa mañana.

La risa de Hinata le provocó un gran placer.

—Entonces ya no te sorprendería, ¿no te parece? Además, no era ésta la sorpresa. Tengo algo más para ti.

Después de varios besos, lo convenció de que la dejara ir a buscar su regalo; cuando regresó, se envolvió con el tartán y se sentó frente a él, a los pies de la cama. Él ya había decidido que, fuera cual fuese el regalo, se sentiría feliz de recibirlo, aunque tuviera que fingir. Lo que estaba en juego eran los sentimientos de Hinata, y eso era todo lo que le importaba. Evidentemente, Hinata se había metido en un montón de problemas para agradarle, de manera que resolvió dar al regalo la importancia que merecía.

Se sentó, apoyó los hombros contra la pared y dobló una pierna para apoyar el brazo sobre ella.

—Acércate —dijo.

Ella hizo lo que él le pedía y se puso en cuclillas antes de volver a envolverse en el tartán.

—Más cerca —invitó él con voz ronca.

Ella se negó, sacudiendo la cabeza.

—Conozco esa mirada, Naruto. Si me acerco más, me pillarás.

Admitiendo que tenía razón, él dijo:

—Nunca me han dado un regalo; dos en una misma noche es más de lo que merezco.

—¿Dos? ¿Qué otro has recibido?

—¿No recuerdas lo que me decías cuando estaba dentro de ti?

Ella frunció el entrecejo, tratando de recordar.

—¿Que te dieras prisa? —aventuró.

—Además de eso —dijo él con una sonrisa.

—No recuerdo. ¿Dije algo más?

«Sí —pensó él—, me dijiste que me amabas.»

Tal vez ella se había dejado llevar por el vértigo de su pasión, sin conciencia cabal de lo que decía, de la misma manera que había rezado en voz alta el día que se conocieron. Pero lo había dicho; eso significaba que lo pensaba, y todo lo demás carecía de importancia.

—¿Por qué sonríes? Todavía no te he dado el regalo.

—La forma en que me deseabas esta noche es el mejor regalo que podía esperar.

—Pero aún hay más.

—Ya lo creo, si continúas acercándote...

Ella negó otra vez con la cabeza.

—Tendrás que esperar. Te contaré dos historias.

—Sólo una —dijo él.

—Dos —insistió Hinata.

El suspiro de Naruto fue exagerado adrede.

—Muy bien, muchacha.

—La primera historia se refiere a algo que me sucedió cuando era una niña. No recuerdo los detalles; era muy pequeña y sólo sé que me asusté mucho. Mi padre me sentó sobre las rodillas y me contó lo que había pasado; no te atrevas a mirarme con expresión de mal humor, Naruto: me oirás hablar de mi familia, te guste o no.

—No estoy malhumorado.

—Pero lo estás pensando.

Él rió.

—No es así. No me importa que me hables ahora de tu familia. Antes era distinto.

—¿Por qué?

«Porque ahora su corazón y su lealtad me pertenecen», pensó Naruto.

—Te lo explicaré luego —dijo—. Continúa con tu historia.

—Mi padre me dijo que yo era la causa del comienzo de una nueva tradición en nuestra familia. Viajábamos rumbo a la propiedad de un tío mío cuando nos detuvimos para comer. Todos quisieron estirar las piernas, y cuando llegó el momento de marchar, mi padre olvidó contar a todos sus hijos.

—¿Contar?

—Éramos ocho hermanos, Naruto. Siempre uno contaba para asegurarse de que no faltaba ninguno.

—Pero aquella vez se olvidó.

—Así es. Pensó que yo estaba con mi hermano mayor, GiIlian, y él creía que yo estaba con Ko, otro de mis hermanos — explicó—. Sin embargo, no era así.. Tal como hacía por entonces, me puse a dar vueltas por ahí, me extravié, y mi familia no se dio cuenta de que me habían perdido hasta que estuvieron bastante lejos de allí.

Ahora era verdad que Naruto la miraba frunciendo el entrecejo. Se imaginó a Hinata, con la edad de Chino, y ni siquiera pudo pensar en el terror que habría sentido.

—Gillian me encontró. Me contaron que mis alaridos eran tan fuertes que los habría oído el rey de Inglaterra si se hubiera asomado a la ventana. Esa misma noche mi padre dio comienzo a la nueva tradición.

—El medallón.

Ella asintió con la cabeza.

—Mis hermanos mayores aprobaron la idea, y prometieron llevarlo siempre, pero a mi madre la preocupaba la idea de que tanto yo como el bebé pudiéramos estrangulamos con las tiras de cuero, de manera que lo llevábamos sólo cuando salíamos de casa.

Hinata mantuvo la mirada de Naruto durante un largo minuto, luego tomó su mano, la volvió y la acercó a ella, con la palma hacia arriba. Pasó los dedos suavemente sobre las cicatrices, pero Naruto sólo pudo ver tristeza en sus ojos; ni repulsión ni compasión.

—Estarías muy asustada —dijo, en un intento de que ella apartara de su mente los recuerdos.

Ella apretó su muñeca cuando él trató de zafarse. Por el momento, él se sometió a sus deseos y esperó a que continuara.

—Yo me repuse —susurró Hinata—. Pero tú no, ¿verdad, Naruto? —La tristeza estaba ahora en su voz.

—Porque aún no he terminado —explicó él—. Quieres que te hable de mis cicatrices, ¿no es así?

—No.

Él sintió una curiosa mezcla de alivio y desilusión.

Hinata hizo suyo el dolor que él había sufrido, y trató de pensar en algo que pudiera decir que no sonara a consuelo, que sólo fuera un reconocimiento de las terribles injusticias del pasado, para que supiera que ella lo comprendía.

—Esas cicatrices hablan de tu pasado —susurró mientras le levantaba la mano con suavidad.

Una vez más, él intentó soltarse, y una vez más ella se lo impidió.

—Sí —respondió, ya enfadado.

Hinata se inclinó y besó cada una de sus cicatrices.

Naruto sintió que la caricia lo recorría íntegramente hasta alcanzar su alma y su corazón. Sorprendido por lo que ella hacía, cerró los ojos. Su contacto lo destrozó y a la vez lo inundó de una dulce tibieza. Y se sintió un hombre nuevo. No sabía cómo había pasado, pero el viejo dolor que lo roía había desaparecido y ahora sólo existía su amor.

Ella no se detuvo hasta que hubo besado ambas palmas; luego se inclinó y depositó el medallón en ellas.

Naruto abrió los ojos y contempló el dibujo tallado en la madera.

—Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, un muchacho llamado David —comenzó tranquilamente Hinata—. La tierra donde vivían él, su familia y sus amigos estaba aterrorizada por la amenaza de un terrible gigante que se llamaba Goliath. Fue necesario que David se dispusiera a pelear con su enemigo. Era demasiado joven aún para poseer su propia espada. Podría haber llevado la de su padre, tal como has hecho tú, pero, a diferencia de ti, no tuvo necesidad de arrastrarse entre ruinas ardientes. Sin embargo, ambos fueron muy valientes, y es posible que él también salvara a alguien arrastrándolo lejos del peligro, como lo hiciste tú, porque él era tan noble como tú, Naruto.

Conmovido por lo que oía, Naruto no pudo responder. Ella estaba enterada de todo y aun así creía que él era valiente y noble. No comprendía, por supuesto. El todavía no era digno de semejantes elogios, porque aún no había hecho justicia después de tantos años.

La miró, sacudiendo la cabeza. Ella hizo un gesto afirmativo.

Y luego empezó a seguir con la punta de su índice el contorno de la figura de David tallada en el medallón.

—El muchacho sólo contaba con una honda a modo de arma, de manera que, cuando llegó el momento de enfrentarse a Goliath, buscó una piedra —dijo, haciendo una pausa para pasar los dedos por el contorno de los pies de David—. Tú crees que la espada de tu padre es tu fuerza, ¿verdad, Naruto?

Él no respondió. Ella lo miró a los ojos, sólo esperó unos segundos, luego dijo:

—No es así. Tu fuerza viene dentro de ti. Es tu decisión, tu paciencia, tu destreza, pero, sobre todo, tu sed de justicia. David venció al gigante y salvó a su gente. Tú ya has salvado a los tuyos.

—Pero aún debo vencer a mi enemigo.

—Mira a tu alrededor y verás lo que has logrado. David siempre habrá de representar lo que eras y aquello en lo que te has convertido. Te lo mereces.

Levantó el medallón para que él pudiera verlo mejor.

—Éste es tu pasado y tu presente —luego lo hizo girar—: y éste es tu futuro.

Naruto reconoció el símbolo; era el mismo tallado en el medallón de su esposa.

—El sol—dijo.

Ella estaba ofreciendo su amor y rogaba que la retribuyera ofreciéndole el suyo.

Naruto no dijo una sola palabra, ni dio señales de que fuera a darle lo que ella pedía. Pareció alejarse, distante, pero ella alcanzó a ver la humedad que empañaba sus ojos y se dio cuenta de que las palabras que anhelaba escuchar estaban allí, dentro de él, bloqueadas junto con sus sentimientos.

—Sólo tienes que abrir tu corazón y aceptarlo.

Puso el medallón en su mano nuevamente y se inclinó para darle un beso.

Luego, trató de apartarse. Él no se lo permitió. La rodeó con sus brazos y la besó una y otra vez, devorando su boca desesperadamente. No sabía si la besaba para expresar cuánto le importaba o para taparle la boca con la suya, de manera que ella no pudiera pedirle que le dijera lo que él no podía decir.

Hicieron el amor salvaje, descontrolada e intensamente. Sólo cuando la hubo satisfecho dos veces más y ella cayó, agotada, dormida sobre su cuerpo, él pudo admitir su mayor debilidad.

Ella le aterrorizaba.

Continuará...