Kizutsuki tsukareta
yoru ni wa aitai
Ai no ude no naka
nemureru yô ni
Tsurai tatakai dake ga
Subete to omoitakunai
Oh yeah!
Aa miageru sora wa blue
Atsui nozomi suteruna to chikatta
Aa wasure wa shinai blue
Eien no kagayaki
Blue Forever — MAKE-UP
La noche había caído, acompañada de una torrencial lluvia. El cielo teñido de rosas y grises, se ilumina con cada relámpago.
Desde el ventanal de su habitación, sólo puede apreciar el golpe furioso del agua contra el cristal y a veces las casas vecinas, cuando los rayos que atraviesan el cielo caen en el mar. Parece embravecido.
Milo suspira mientras observa el contrabajo que reposa abandonado en la esquina de su habitación. Hacía tiempo que no le dedica tiempo, atareado con asuntos que en días pasados le supieron satisfactorios y felices, hoy no sabe cómo identificar a todos esos sentimientos. Lo toma, acariciando la superficie del gran instrumento, repasando con sus yemas las tensiones de las cuerdas, el sonido de las notas; esta desafinado. Se toma su tiempo para acomodar el sonido adecuado.
Milo se ubica en el banquillo tras el contrabajo, yergue su espalda y coloca el instrumento entre sus piernas, su mano izquierda se ubica en el mástil y la derecha sostiene el arco. Entrecierra sus ojos al tiempo que empieza a frotar con suavidad el arco sobre las cuerdas, para comenzar con la tocata.
Quiere hacerlo. Necesita tocar e imaginar que ante él no se encuentra el insulso escritorio con sus apuntes y su ordenador, con las latas de gaseosa y envolturas de dulces. No. Quiere imaginarse que a sus pies hay un escenario, que ante él, el público aguarda ansioso. Desea fervientemente sentir otra vez aplausos de aprobación. Mueve furiosos sus dedos, interpretando una pieza de Giovanni Bottesini. Sus gráciles dedos viajan por las cuerdas en la tastiera con sensualidad, el arco se frota acariciando las cuerdas por momentos, por otros, las hace vibrar con intensidad, marcando el sonido, la pasión.
La furia…
Sus dedos se tornan bruscos y las notas graves, sus ojos se humedecen al tiempo que presiona sus labios airados, el rostro enrojece con la última nota alta en SI. El instrumento termina dando su última nota en el suelo, al ser pateado con toda la ira contenida. Milo se arroja en la cama y maldice sobre sus lágrimas. Ni siquiera sabe muy bien porqué tiene esa necesidad enorme de llorar. ¿Por Camus? ¿Por Shura y Saga? ¿Por él mismo?
Cierra sus ojos buscando calma y así detener las lágrimas pero le resulta imposible, el llanto se escapa esta vez por su garganta anudada, gime. Es más bien un hipo lastimero, que le recuerda lo idiota que es. Idiota e infantil.
Camus lleva dos días esquivándolo, supuso que se ha refugiado en la Biblioteca. Dégel prácticamente convive con su padre, por lo que Camus se halla solo en su casa.
No quiere terminar su relación de esa manera, Kanon podría tener razón—en algún punto—pero por más jóvenes que sean, por más que nuevos amores le esperen en el futuro, no se dará por vencido.
Milo ama ahora, ama en el presente y desea seguir amando en el futuro, amar a Camus hoy y siempre.
Limpia su rostro con nueva determinación, se observa en el espejo, alineándose los cabellos un poco, la lluvia no ha disminuido su intensidad pero no le importa. Toma el piloto y un paraguas y se despide de los mayores, quienes no pudieron siquiera detenerlo, porque ya había salido corriendo rumbo a la casa del francés.
Llega a la Biblioteca completamente empapado. Busca en su bolsillo la llave que le había sacado a Dégel y abre la puerta con el corazón dudoso, sabe—aunque sea una extraña impresión—que si llegara a tocar el timbre, Camus no lo atendería, por lo que decide ingresar por su cuenta y sorprenderlo, así no tendrán más opción que arreglar sus problemas o separarse definitivamente. Espera con toda su alma, que no sea eso último.
Sube las escaleras, que dan al departamento de los franceses, la puerta se encuentra cerrada con llave, busca en el juego la correcta. La oscuridad de la gran sala sólo es iluminada cuando algún rayo surca el cielo. Camina por el amplio corredor, decorado con cuadros de artistas importantes y una alfombra de estilo francés, sonríe un poco al pensar en la cara de Dégel, cuando vea la fina alfombra empapada por el agua que se escurre de sus ropas. La habitación de Camus es la última así que se dirige deprisa, pero sin hacer mucho ruido, antes de posar la mano en el picaporte escucha la inconfundible voz de su novio, al parecer mantiene una conversación por teléfono y no le cuesta demasiado adivinar, quién está del otro lado de la comunicación; Aioria.
—He visto hoy las noticias, al parecer te equivocaste con Saga—le oye decir, pega su oído a la puerta y afila su audición; —no te preocupes, sabes que cuentas conmigo… no Aioria, deja esos malos pensamientos. Lo sé, parece todo terrible en éste momento, pero si tú pierdes las esperanzas no serás de ayuda para tus padres…—hubo un momento de silencio—.Yo también te extraño…
Milo arquea una ceja ante eso último, Camus suena terriblemente acongojado, tal pareciera que le ha costado horrores decir aquello. Milo internamente venía imaginándose la conversación, hasta esa extraña declaración. Se toca el pecho que comienza a palpitarle con fuerza.
—Aun no lo sé, estoy confundido, sabes lo que siento por Milo—el griego se permite un instante de ilusión—pero después de…—dentro de la habitación Camus traga saliva antes de proseguir, fuera de ella, Milo hace exactamente lo mismo, con un sentimiento horrible en el pecho; —luego de lo que ocurrió…—otro silencio prolongado—está bien, tienes razón, no debemos pensar en ello ahora.
Al parecer Aioria le ha interrumpido antes de terminar lo que estuvo a punto de decir y Milo maldijo internamente, aunque imagina que la angustiosa voz de Camus, se debe primero a los secuestros y segundo a su relación. Se decide a entrar, pero prefiere tocar la puerta primero.
Camus da un respingo asustado cuando siente el golpeteo en la puerta de su habitación. El corazón se le acelera.
— ¿Papá?—pregunta con duda.
—No Camus—el peli turquesa abre sus ojos por la sorpresa de sentir aquella voz—.Soy Milo, ¿puedo pasar?
—Espera—vuelve a tomar su teléfono—Aioria, te llamo después y quédate tranquilo… estoy contigo—esas palabras Milo las escucha y para los tres, tienen distintos significados—Pasa.
Milo abre la puerta e ingresa a la habitación cerrándola tras de sí. Sus ojos se perciben tristes y cansados, Camus no lo observa, no levanta la vista del piso y mueve las manos entrelazándolas con nerviosismo.
—Creo que ya sabes de la desaparición de Saga, ayer también hallaron muerto al padre de Shura y él está internado—Camus abre sus ojos con sorpresa y espanto al observarlo al fin—tuvo una sobredosis—dice por toda explicación.
—Todo lo qué está ocurriendo, es terrible…
—Lo es…—Se contemplan intensamente viendo completa incertidumbre en sus pupilas— ¿Y nosotros? Lo que está ocurriendo, ¿también es terrible?
Milo no supo interpretar con exactitud las lágrimas que comienzan a caer de los zafirinos ojos del francés.
—
— ¡Mamá, mamá! Hicimos un poema para regalarte en tu cumpleaños—gritan emocionados los pequeños.
La mujer sonríe y se ubica en el sillón junto a su esposo. Los pequeños se posan frente a ellos, cada uno con una hoja de papel en sus manos.
—Del cielo son tus ojos—recita uno.
—Del trigo tus cabellos—le sigue el otro.
—Los abrazos, de algodón se sienten.
—Mientras tus besos, de amor nos consienten.
— ¡Feliz Cumpleaños mamá! ¡Te amamos!—exclaman a la vez.
Se abraza a la almohada para contener el llanto desesperado que le ha ganado a su tranquilidad. Permanece hecha un ovillo con las rodillas al pecho, la blanca almohada ahoga sus gritos, el dolor se arraiga con fuerza, anidando una sensación de vacío en su pecho, una sensación horrible, como si la muerte se irguiera junto a ella para burlarse de su estado. Necesita a su hijo, lo necesita porque enloquecería.
Aspros ingresa a la habitación con el corazón encogido, sus ojos azules se hallan enrojecidos por la falta de sueño, y el llanto, que sólo deja escapar en la intimidad de su oficina o en el interior de su auto. Debe ser fuerte por su vulnerable mujer y por Kanon, quien llora como niño pequeño en su pecho. Debe ser fuerte, porque en su interior sabe que Saga se encuentra vivo, un palpito demasiado intenso. Han transcurrido tres días desde que desapareciera, pero cada minuto parece una eternidad.
Camina sigiloso recostándose en la cama, abrazando a su esposa, cobijándola en su pecho, besando sus cabellos, mientras la acaricia para tratar de tranquilizarla. Debieron ser más precavidos, debieron custodiar a sus hijos. Su descuido lo está pagando muy caro. Demasiado.
—Asmita, por favor, cálmate, debes descansar un poco, no me abandones ahora, necesito todas las fuerzas posible…—dice ciñéndola más contra su pecho.
—Aspros… ¿Qué sucedió con Saga? ¿Por qué no llaman? Si es un secuestro, por qué no llaman. Hace un mes que desapareció Aioros y ahora lo hace Saga, no piden rescate, no dejan huellas ¿Dónde está mi hijo?
—Lo encontraré… Aunque me lleve una vida, lo haré y juro que me llevaré al condenado que hizo esto al infierno—.Sus ojos se oscurecen de ira.
Asmita acaricia el rostro de su esposo, Aspros sostiene esa mano besándola, para luego besar los labios de su mujer. En un momento, un peso extra hunde el colchón y Asmita siente unos brazos enredándose en ella; Kanon se ha acurrucado a su lado. Aspros rodea con sus brazos a los dos. Si están juntos, tendrán más fuerzas.
—
Frunce la nariz cuando un olor nauseabundo se cuela por sus fosas nasales, tan profundo que se ahoga, comenzando a toser. El cuerpo le pesa, sus brazos apenas y le responden incluso le cuesta abrir los ojos. Intenta removerse asustándose cuando se da cuenta que no siente nada de la cintura para abajo. Parpadea un par de veces antes de abrir sus ojos definitivamente, ese simple acto parece haberle robado la poca fuerza que tenía, ya que trata de forzar a sus piernas pero estas no responden. Todo lo ve en penumbras y brumas sus ojos aun no pueden enfocar con nitidez pero el olor es otra cosa. Le produce nauseas, la boca se llena de jugos que provienen de su estómago, queriendo escaparse, para descender nuevamente. Inspira y exhala un par de veces hasta conseguir un poco de calma, observa su cuerpo, completamente lastimado en algunos lados, quemado a carne viva, le arde toda la piel y la cabeza le estalla, le palpitan las sienes. No pudo contener la arcada y vomita solo restos de jugo y saliva, fue ahí cuando comprueba con horror donde se encuentra; a un costado, la carne podrida es devorada por moscas y gusanos y a su lado, yace inconsciente Aioros. Se aterra.
— ¡Aioros!
Asustado, se arrastra hasta su novio, lo ve extremadamente desnutrido, con los labios resecos y algunas heridas, aunque no son nada comparadas a las suyas. El castaño está atado de manos y pies, se permite un segundo para acariciarlo y besar sus labios efímeramente antes de comenzar a tratar de desatar los amarres. Lo oye quejarse y suspira con alivio al comprobar que se encuentra con vida. No puede recordar nada. No sabe porqué está ahí con el cuerpo destrozado. El dolor le escoce al reptar sobre el suelo sucio y lleno de lo que supone son vidrios. Pero no importa, aguanta lo más que puede los aguijonazos y las lágrimas hasta terminar con los nudos en las manos de Aioros pero para cuando está a punto de terminar con los de los pies, un súbito pinchazo le atraviesa la cabeza, un agudo e intenso dolor le hace doblarse. Sostiene su cabeza con ambas manos buscando en vano calmar el estallido dentro de esta, Saga grita desde el fondo de su garganta con desesperación, siente que su cráneo explotará en cualquier momento, el dolor es tanto que las lágrimas se asoman derramándose por su rostro. Grita más y más fuerte, revolcándose y arqueándose en el suelo.
Aioros siente ruidos lejanos que se acercan a una velocidad impresionante. Distingue esos ruidos como gritos, y de esos gritos puede distinguir una voz que le regresa la razón. Los ojos le arden, pero se esfuerza con ansiedad a abrirlos, comprobando que es Saga quien grita de esa manera. Sus ojos se abren de par a par con horror, al ver la desesperación en el gemelo, quien se retuerce en el suelo, agonizando.
— ¡Saga! ¡SAGA!—exclama.
Busca arrastrarse cuando se da cuenta que sus manos se encuentran libres, el alivio que siente es paralelo a la desesperación por llegar a su novio y ayudarlo. Con rapidez se deshace del amarre de sus pies y gatea hasta donde esta Saga tomándolo en sus brazos. El gemelo grita desgarradoramente y se remueve de un lado a otro presionando su cabeza. De su boca cada tanto se escapan palabras o frases incoherentes.
— ¡Saga! ¡Por Dios! ¿Qué sucede? ¿Me escuchas?
Lo abraza con fuerza desesperado y sin saber qué hacer. Saga deja escapar hilos de saliva de sus labios abiertos, llora y se retuerce en sus brazos. Cuando sus ojos desenfocados pueden conectarse nuevamente con los verdes de Aioros, Saga se detiene, como si le hubieran bajado un interruptor, Saga se queda estático. Cierra sus parpados y Aioros se paraliza. No mueve ni un milímetro de su cuerpo, observando a su novio inerte en sus brazos. Palidece.
—Saga—susurra, mientras lo zarandea un poco. Pero no existe reacción por parte de este—Saga—vuelve a mover con más brusquedad. Nada— ¡SAGA!—Desesperado lo zarandea con fuerza, mientras llora.
Pero el cuerpo en sus brazos no reacciona, apenas si existe un tenue movimiento en su pecho que le advierte que aun respira. Todo es una pesadilla, una horrible pesadilla que no parece tener fin, al contrario, empeora a cada instante. Lo abraza aturdido, solo quiere despertar en su cama, con Saga a su lado y decir que todo fue eso; una pesadilla. Pero lejos está de serlo, el lugar, las moscas, las heridas y el siniestro sujeto que no aparece, le da más fatalismo a todo.
Con un esfuerzo impresionante se incorpora tomando a Saga en sus brazos, el gemelo da un pequeño suspiro y aprieta sus parpados, Aioros acaricia y besa su rostro.
—Saldremos de aquí Saga, te lo prometo, saldremos de aquí.
Da el primer paso, pero cuando se apoya, sus piernas tiemblan, haciéndolo caer de rodillas, llora y presiona el cuerpo herido de su novio contra su pecho. Apoya el pie derecho y con esfuerzo logra hacerse del pie izquierdo como palanca para incorporarse nuevamente. Camina tambaleándose. No sabe dónde está la salida, pero se arriesgaría, es su única oportunidad. Cruza la puerta, la siguiente sala parece un interminable corredor, de una elegancia casi eclesiástica; ventanales de cristales y cortinas de seda egipcia, los cubren, jarrones antiguos y sillones son parte del decorado, el piso es de mármol. Es evidente que el sujeto posee dinero. El estridente sonido de los rayos y relámpagos que caen del cielo, sumado a la intensa lluvia, le produce un temor que nunca imaginó sentir. Camina con cuidado, aferrándose al cuerpo inconsciente, besándolo con desespero en la cabeza y rostro, mientras repite una y otra vez, que todo estará bien.
Llega hasta el final del corredor, pero cuando quiso atravesarlo un golpe repentino en la cabeza lo hace caer desplomado al suelo, escucha una risa de forma macabra mientras la oscuridad se cierne a su alrededor.
Tan cerca.
—
Repasa con sus yemas, sus labios. Presiona con fuerza sobre estos, cerrando sus ojos al recordar las caricias. Su piel, su olor. Exhala escuchando en su interior los gemidos intensos y suaves, agudos, adictivos. Puede entender a Milo, en verdad lo hace, es imposible no caer completamente rendido ante su extravagante encanto.
—Idiota, tu hermano desaparece, Saga desaparece y tú te revuelcas con tu mejor amigo para calmar tu dolor y fastidiarlo a él… porque eso hice, no debí arrastrarlo conmigo, no quiero verlo sufrir… no quiero que sufra por mi culpa.
Aioria llora recostado en su cama, hundido en la miseria.
Los atrevidos ojos de Kanon llegan a su mente para mortificarlo todavía más. Los labios del gemelo, su sabor. Aioria grita desesperado porque su corazón es una mezcla explosiva que amenaza con estallar en mil pedazos en cualquier momento. Desde que hizo el amor con Camus (y bien vale decir amor) su corazón se dividió en dos.
—Es estúpido amar a dos personas al mismo tiempo, es imposible…
Pero es lo que siente. Ama a Kanon, su sobreprotección, su manera tan sincera y hasta cínica de ser, la forma en que le hace el amor… enloquece por la piel sedosa y blanquísima de Camus, su olor suave y sus labios de terciopelo. Llora ahogado por la conmoción, empieza a pensar que quedará solo, porque Aioros no aparece, Kanon no lo perdonaría y Camus… Camus volvería a los brazos de Milo, eso lo sabe bien.
—Aioria—su madre ingresa en ese momento sentándose su lado en la cama, acariciando los cabellos,—sé que esto que sucede nos está desarmando poco a poco, tu padre se desespera buscando información, ahora junto a Aspros, concentran todas sus fuerzas y esperanzas en encontrar a Aioros y yo creo en ellos, creo que hallaremos a tu hermano y a Saga, y que todos volveremos a ser felices, así que te pido que no flaquees mi niño, porque debemos estar firmes ante toda posibilidad—la voz se le quiebra y un sollozo se escapa de sus labios.
Aioria se incorpora de inmediato para abrazarla con fuerza, hunde su rostro en el hueco de su hombro y cuello, su madre tiene razón, y una vez más se reprocha por pensar en idioteces, cuando su hermano seguramente debe estar padeciendo cosas, que no desea ni imaginar.
—Tengo miedo…
Y es la verdad, tiene miedo por su hermano, tiene terror de no volverlo a ver. Miedo de sus sentimientos, de las consecuencias de sus actos, de perder a Kanon de perder a Camus, incluso de perder a Milo, que siempre fue su amigo.
Tiene demasiado miedo.
—Ten miedo hijo, porque es normal, pero ten mucha más esperanza, y el milagro sucederá…
—Comienzo a creer que a Dios le gusta jugar más con el dolor de las personas… sólo espero que esté protegiendo a Aioros, donde quiera que se encuentre.
Madre e hijo compartieron lágrimas y abrazos. Si estaban juntos, tendrían más fuerzas…
—
Dejó sus gafas sobre la mesa de noche y se frotó los ojos, con un leve suspiro en sus labios. Lleva su mano hasta los flequillos y se acaricia el cabello, señal de que se halla nervioso. Kardia lo observa desde su lado de la cama.
— ¿Qué es eso que te preocupa tanto? ¿Son los muchachos?—le pregunta.
—Creo que cometí un error muy grande, Kardia—dice sombrío. El griego se sienta en la cama, con el semblante preocupado.
— ¿De qué hablas?—inquiere y lo siente suspirar.
—El día que viajaba hacía Francia, recordé en mitad del camino que me había olvidado mi pasaporte sobre el escritorio de la Biblioteca… cuando regresaba para buscarlo…
Dégel sonó perturbado y Kardia abrió sus ojos completamente alarmado.
—
Deja a su mujer descansando junto a Kanon, ambos han logrado conciliar el sueño. Ingresa a la habitación de sus hijos y se sienta en la cama que le corresponde al mayor. Acaricia la superficie, luego ve la guitarra a un costado, la toma y toca algunas notas recordando los días en que le enseñaba a tocar el instrumento. Su corazón se estremece, y un repentino sollozo lo sorprende. No debe llorar, debe ser fuerte.
Debe ser fuerte. DEBE SER FUERTE.
No puede ser fuerte…
Derrama unas cuantas lágrimas observando las fotos que posee Saga sobre su mesa de noche, toma una en donde se encuentra junto a Kanon. Sus niños, tan idénticos… tan distintos. Un par más de lágrimas se les escapan repasando con sus dedos el rostro de su hijo. Por puro instinto, abre el cajón hallando un cuaderno. Nunca fue de husmear en las pertenencias de sus hijos, pero esta tan desesperado de encontrar a Saga aunque sea en un pedazo de papel, que toma el cuaderno en sus manos. Lee sobre la etiqueta el nombre de su hijo y lo abre encontrando varios poemas y pensamientos, con la elegante caligrafía de Saga.
Las lágrimas se precipitan, no sabe si debe hacerlo, probablemente no, pero decide leer uno, imaginado así, que es Saga quien lo recita.
Osados los que alzan su voz más allá de la consciencia.
Te vi correr por campos de flores de dicha creencia.
Te vi sentarte a la luz del sol y nadar por cristales de agua.
¡Qué bella flor, girasol!
Te vi sonreír y llorar,
Me vi llorando y sonriendo.
De una flor naciste, en una flor me absorbiste.
Lejos de los escombros,
Verdes prados escampan ante mi asombro.
Lejos de tu presencia,
Fui libre.
Libre fui,
Cerca de tu ausencia.
¡No me escuches! No, ya no.
¡Que libre soy de tu demencia!
Aspros tiembla ante las palabras que ha leído. Estas son tan bellas como perturbadoras. Una plegaria desesperada, un pedido único de miedos disfrazados. Un sudor frío le recorre por su espalda.
¿Por qué había elegido justamente ése poema?
— ¿Me estás queriendo decir algo Saga?—piensa en voz alta.
«Lejos de los escombros, verdes prados escampan ante mi asombro»
Releyó.
«Osados los que alzan su voz más allá de la consciencia… ¡No me escuches! No, ya no ¡Qué libre soy de tu demencia!»
Aspros siente desfallecer todas sus extremidades al tiempo que sus pupilas chispean de incredulidad. Una situación tan irreal tan fantástica, que es totalmente posible, sus labios tiemblan. Su corazón golpea su pecho y el sonido de su teléfono lo alarma, sintiendo que moriría ahí mismo.
Un timbrazo, una punzada…dos timbrazo una corazonada… tres timbrazos…
Atiende.
—Hola—su voz vacila.
—Aspros, disculpa que llame a estas horas, pero necesito hablar contigo, es urgente… es grave…—el griego no responde. Su corazón se desborda queriéndosele escapar— ¿Aspros?
Afuera, el cielo furioso, descarga su ira con una estruendosa lluvia y centelleantes rayos.
—
Shura despierta por las caricias que siente en su rostro. Son cálidas y le trasmiten serenidad. Cuando abre sus ojos, éstos incrédulos, se niegan a creer que aquella persona estuviese a su lado. Observa la sonrisa y las pequeñas lágrimas que al parecer ha estado derramando de sus ojos cafés.
—Shura…—susurra la mujer al tiempo que deposita un beso en su frente.
—Ma…mamá…
Gracias por leer.
