Capítulo 18: Una larga noche
Los dedos de Pontius tocaban una ansiosa melodía en la mesa. Golpeaba primero con el meñique y luego el resto de los dedos le seguía en escalera. Tap, tap tap, tap. Tap, tap, tap, tap.
"Ese sinvergüenza de Sancho llega tarde". Aburrido, sus ojos recorrieron la estancia y reprimió una muesca de asco. "Por Ceiphied, ¿a esto me he rebajado?". La taberna en la que estaba era pequeña, sin ventanas, y de un sospechoso color ocre, de un tono entre el rango de la mugre y la sangre seca. Era la viva imagen de un tugurio y, por supuesto, olía a tal. Pontius arrugó la nariz y arrastró su silla en un intento de apartarse de las paredes. Además de él, en la estancia había otra docena de hombres hombres. Por cómo fumaban, parecía que su única misión era llenar todo de humo. El olor se pegaba a su ropa, a su fino pelo, a sus manos.
La puerta de la habitación se abrió de un trompazo y una silueta rechoncha se adivinó entre el humo. Le seguían otras dos más altas. Las tres sumaban seis armas.
-Por fin. -murmuró Pontius.
El hombre era ancho y, al andar, se bamboleaba cual péndulo. Los tres formaban una pequeña ola humana que se desplazaba por la sala Dada la altura del hombre rechoncho y el contraste con los guardaespaldas, la escena resultaba hasta simpá embargo, nadie en el bar lo encontró cómico. Y es que, quien se reía de Sancho, no solía hacerlo mucho rato.
El hombre gruñó y uno de los hombretones que le acompañaban se apresuró a tenderle con educación una silla.
-Tú -señaló a uno de sus gorilas- ve a la barra y pregunta por mi bebida.Y dame un piti antes de irte.
El bigote de Pontius se movió cuando arrugó la nariz.
-¿Es necesario, Sancho? Fráncamente, no me gustaría pasar aquí más tiempo del necesario.
-No me vengas con esas, "milord". -Sancho dio una calada y fabricó una nube de humo- Que tú eres el que me has mandado llamar hoy. Le cogiste cariño al sitio ¿eh? Tiene su encanto.
Pontius reprimió un escalofrío. "Encanto" sería lo último que un noble asociaría con un bar como aquel. Más aún después de ver el cartel de "cuidado con las pulgas" que había al lado de la barra.
-No te habría mandado llamar si no fuera importante, mi buen señor.
Su guardaespaldas llegó en ese momento, sosteniendo en la manaza una enorme bebida color verde. Con cuidado, la dejó en la mesa. Ésta se pegó nada más posarse en la superficie. La madera del lugar era tan inmunda que casi tenía propiedades mágicas.
-Bueno, bueno, pues ya estoy aquí, -Sancho abrió los brazos de forma teatral- ¿Qué es eso tan importante? ¿Es sobre mi cargamento de rifles?
El duque asintió y su gesto se tornó serio.
-Me temo, señor, que se retrasa de forma indefinida.
-¡¿Cómo?!
Sancho dio un golpe a la mesa y la bebida verde se agitó, añadiendo un poco de sustancia a la madera.
-¿Qué broma es esta? ¿Así es como tratas a tu mejor cliente, Pontius?
-Sancho, compréndelo, no me queda otra - el duque levantó las manos en un gesto apaciguador- mi almacén de Saillune ardió hace unas semanas. No tengo forma de sacarlos a tiempo. Las pistolas y bombas puedo importarlas, pero los rifles y mirillas…No, no hay manera.
Se oyó un sonido de succión cuando Sancho levantó el vaso de la mesa. Se lo llevó a los labios y apuró un largo trago antes de hablar.
-Pues es una verdadera putada, amigo. Como bien dices, podría comprarle los calibres pequeños a otro, pero eras el único que hacía esas armas. Una verdadera lástima. ¿Cuándo crees que podrás tenerlas listas?
Pontius negó con la cabeza.
-No lo sé. Sigo teniendo la fábrica, pero cada vez son más los trabajadores que renuncian. Dicen que tienen miedo. El negocio está complicado desde el altercado entre magos y el bando de la pólvora.
El bandido resopló a su lado:
-Dímelo a mi. Culpan a mis muchachos del asesinato de ese pobre aprendiz y la guardia nos está vigilando con lupa. No me canso de decirles que no tengo ni pajolera idea de quién ha sido, pero nada, oye. Putos magos -escupió- sólo dan problemas. Seguro que fueron también ellos quienes hicieron volar tu almacén, amigo.
-Y por si fuera poco estoy al borde de la ruina desde que explotaron mis queridos almacenes. Si al menos tuviera fondos para el nuevo edificio...pero ¡mi mercancía! ¡Mis ahorros! ¡Todo se quemó en esa maldita explosión!
Pontius parecía desinflarse poco a poco. Sus labios hicieron un puchero al acabar la frase y ocultó el rostro en una mano. La otra permanecía pegada a la mesa.
-Venga, milord, no te hundas. -dijo entre sorbo y sorbo- Si cuartos es lo que necesitas, puede que haya una manera.
-¿La hay?
Pontius lo miró esperanzado, con los ojos brillantes de lágrimas.
-¡Claro que sí! ¿Nunca ha pensado en tener un socio?
-Yo, esto… -dudó- ¿pero quień querría prestarme tal cantidad de oro?
Sancho se dio un sonoro golpe en el pecho.
-¡Un servidor, por supuesto! -dejó el vaso con un sonoro golpe. Después, le tendió la mano- Al fin de al cabo debo mi fama a esos cachivaches tuyos. No puedo dejar que te vayas a pique.. o yo no tardaré mucho. Coño, si apañamos un 70-30 ya es un buen negocio. ¿Qué me dices, socio?
El duque observó la mano tendida desde una buena distancia. Su amigo malinterpretó la pausa y, limpiándose primero la mugre en la camiseta, volvió a tenderle la mano.
-Eso sería delicioso, señor Sancho. -dijo, sin tocar aún la mano- Pero quizás no le conviene invertir en una empresa tan arriesgada.
Sancho estalló en una sonora carcajada.
-¿Peligrosa? Muchacho, parece que quieras darme más motivos para meter las narices. Sabes que me encanta la juerga.
Se abrió el abrigo y dejó ver el revólver plateado que escondía en su interior. Pontius sonrió débilmente. Él estaba acostumbrado a la visión de las armas, pero ver a Sancho en posesión de una nunca dejaba de ser inquietante.
-P-pero mis trabajadores tienen miedo de ir a las fábricas por esos condenados magos y ¡mi almacén! Tengo uno nuevo ya en mente, pero la princesa rechazó mi oferta.
El hombre arrugó el gesto al oír el nombre.
-Milord, Sancho no es un hombre que se eche atrás tras dar su palabra. ¿Y sabes una cosa? La princesa no es la única que manda aquí. -le hizo un gesto con la cabeza- ¿Qué parte de la ciudad quieres comprar?
-La zona oeste. Hasta la estatua de la doncella azul.
Sancho asintió y le volvió a tender la mano.
-Yo me encargo. Y ¡qué cojones! puedo prestarte unos hombres para el tema de la seguridad en la fábrica. ¿Qué me dices?
La mano seguía extendida sobre la mesa. Esta vez, el duque se la estrechó. Así, ambos sellaron el pacto, con un buen apretón y una sonrisa.
...
Philia arrastraba la mirada por los versos de la profecía. Los había leído tantas veces que las palabras se entrelazaban y empezaban a perder su sentido. Suspiró. Aún había partes que no entendía del todo y eso la frustraba. Sus dedos volvieron, por inercia, a la primera estrofa, y sus labios se movieron mientras recitaban:
"Aquella que no puede huir a su destino
hará acto de aparición
y desatará la locura.
.
Negro se tornará el día.
Rojas se pintarán las calles.
La amenaza se extiende
y la destrucción se expande.
.
Cuando el círculo y la luz se apaguen
rumbo norte empezará el declive.
la destrucción se expande.
.
Los reinos de los hombres se irán.
Caída la primera, lo hará la segunda.
Cuando la tercera lo haga,
será signo de que la mecha se acaba.
.
Para extinguirla,
destruid a la maldita.
Pues volverá a consumir con su rojo la vida.
.
Ella no deberá tomar parte
en la última batalla.
Pues entonces el blanco sucumbirá
a la ceniza y la ira de las llamas.
.
Su destino estará pactado
cuando llame a la oscuridad.
La maldición, la elegida, dejará el mundo sin vida.
Apartó la mirada del pelucho y volvió al presente, a su cocina. La luna estaba ya alta en el cielo e iluminaba aquellas partes a las que su candil no llegaba.
La sacerdotisa seguía sentada a la mesa de su cocina, rodeada de papeles y tazas. La mesa estaba llena de frases tachadas e hipótesis por terminar. Aquí y allá había negros manchurrones de tinta, trazos que casi escapaban del papel para tiznar la mesa. Philia se frotó los ojos, cansada. Hasta la adivinación parecía haberle fallado. Había tratado de liberar su mente y dejar que los dioses guiaran su pluma y su mano, pero no había interpretación posible de esos garabatos.
Con un débil quejido, Philia se estiró en su silla. Sus músculos protestaron al moverse y el arrastrar de la silla se unió a la melodía. Lanzó una última mirada al trabajo de esa tarde, un último suspiro mientras agarraba los pocos papeles legibles. Después, cogió el candil de la mesa y marchó por el pasillo.
La luz que portaba hacía bailar las sombras a cada paso. Oscilaban en las paredes y desparramaban por el techo. En el suelo, se unían con los tenues rayos que se filtraban por las dos puertas de madera. El segundo rayo, más grueso, indicaba una puerta entreabierta. Philia sintió el impulso de echar una ojeada al interior. Sintió el cosquilleo de la tentación en la nuca pero, en vez de aminorar el paso, decidió seguir de largo. Pasó la franja de luz y avanzó, hasta que oyó el grito.
Fue como una pequeña nota de sorpresa, un deslizar, un golpe.
-¿Lina? ¿Estás bien, querida?
La falta de respuesta inquietó a la dragona. Abrió la puerta con cuidado y enseguida captó los reflejos rojos del pelo de su amiga. Lina estaba de frente a la ventana. Los mechones del flequillo ocultaban su cara. Parecía más pequeña sin sus puntiagudas hombreras.
La ventana estaba abierta de par en par y la silueta de un hombre se adivinaba en el tejado, perfilada por la luna.
Philia se agarró al marco y forzó la vista. Vio primero el cabello largo, después los destellos rubios que este desprendía. Caminó hacia el borde de las tejas y se asomó.
-¡¿Gourry?! ¿Qué mazokus estás haciendo en mi tejado?
El hombre se giró al oír su voz y la saludó despreocupadamente con la mano.
-Ha sido otro ataque -dijo Lina a su lado- Me ocurre con frecuencia estos días. Siento mucho lo de tu tejado, Philia.
La sacerdotisa volvió a mirar por la ventana y captó por primera vez el brillo metálico en la mano de Gourry. Desvió la vista. Un poco más abajo, sus preciosas tejas de cerámica estaban desparramadas por el tejado, unas rotas, otras torcidas. Una fila entera parecía haberse deslizado calle abajo.
-No te preocupes, querida. ¿Estáis los dos bien?
Ella movió la cabeza de forma tan suave que sólo lo notó cuando vio su flequillo agitarse.
-Si. Sólo eran un par. Nos hemos visto en situaciones peores -Levantó la mirada. Había un deje oscuro en sus ojos.- Siento mucho causar tantos problemas a todos.
Philia contuvo un momento el aliento. Era extraño ver a Lina actuar de esa manera, parecía una copia mal hecha, una broma de mal gusto. La Lina que ella conocía hacía volar los tejados de buena gana, también bien gritaba, amenazaba, pero desde luego no se disculpaba. Philia no sabía reaccionar ante esta nueva Lina.
-Nada, nada -dijo ella, quitándole importancia- tengo una tienda de cerámica y un ayudante aficionado a las bombas, mujer. Sería tonta si no tuviera ya todo asegurado.
El comentario arrancó una débil sonrisa a su amiga.
-Pero, la verdad, me quedaré más tranquila si estoy contigo un tiempo. ¿Te importa si te hago compañía?
-Para nada -respondió ella.
Philia se sentó en la pequeña banqueta que había bajo la cristalera y paseó la mirada por el dormitorio. Otros colores captaron su atención: el negro de la capa de viaje en la silla. En la mesita, el reflejo de las gemas verdes y talismanes rojo sangre. Más al fondo, un sin fin de tonos grises y marrones resaltaban en el blanco de las sábanas. Había montoncitos de monedas, una espada brillante y un par de tomos arrugados. Lina había pasado el tiempo rebuscando y sacando objetos de su equipaje. Ahora el fardo de Lina y su contenido estaban esparcidos en la cama y ella los observaba con ojo crítico.
-¿Qué ocurre? ¿Olvidaste algo en Saillune?
La mirada de su amiga fueron a su encuentro. Sus ojos, cansados, seguían guardando un poso oscuro. Torció la boca con disgusto y dijo:
-No encuentro mi pijama.
-Oh, haberlo dicho. -Dio un par de zancadas hasta el armario del pasillo y abrió un cajón. Un olor a naftalina y lavanda se coló en la estancia- Tengo unos camisones preciosos que te puedo prestar.
Ella hizo una mueca, pero la dejó hacer. Su amiga siguió rebuscando. Terribles piezas desfilaban por sus manos: sus ojos captaron volantes, cuadros, luego lazos. Una sencilla tela blanca apareció después y quedó suspendida un momento en las manos de la dragona.
-¿Lina?
-¿Uhm?
Philia se volvió hacia su amiga. Agitaba el camisón en su mano y tenía el ceño fruncido, en un esfuerzo por recordar algo.
-Acabo de acordarme. Había algo más, ¿cierto? ¿Algo que te pidió Zel?
Los ojos de Lina se abrieron.
-¡Oh, si! Casi lo olvido. Zel quería saber cómo supiste a dónde enviar la carta. Ya sabes, cuándo ocurrió eso de la profecía de Estrella Oscura..
-Bueno querida, eso lo supe porque…. pues -la boca de Philia seguía abierta, pero no emitió sonido alguno.
Intentó hacer memoria y cayó en la cuenta de que no era que lo hubiera olvidado. Simplemente no lo sabía.
-No lo sé -admitió en voz alta- Qué extraño.
-Sí -respondió ella en un tono más lúgubre- Qué extraño.
Ambas callaron y Philia pudo ver como los músculos de Lina se tensaban, cómo su gesto se agriaba, mientras el silencio se adueñaba de la conversación.
-Hoy ya es muy tarde. -le tendió el camisón y una cálida sonrisa- Seguro que por la mañana me viene algo a la mente. Y para entonces seguro que ya he descifrado la profecía también. ¿Quieres una taza de té antes de acostarte?
Ella negó suavemente con la cabeza. Despueś murmuró un "buenas noches" y cogió el camisón que su amiga le tendía.
La puerta se cerró y, una vez estuvo sola, Philia cambió la calidez de su sonrisa por una mueca de duda.
Horas después, Philia había cambiado la mesa de la cocina por el pequeño escritorio de su habitación. Estaba enterrada en papeles y unos pocos ocupaban ahora también su cama. La luna estaba tan alta que ya no era visible por la ventana. Era terriblemente tarde, pero algo la mantenía pegada a los versos de la profecía. Algo que, sospechaba, estaba relacionado con su última conversación con Lina.
A su izquierda, sonaron unos suaves golpes sobre la madera y Philia dio un bote. Gourry apareció por el resquicio de la puerta. Portaba una vela y su luz hacía bailar las sombras en su rostro. Le daba un aspecto sombrío y preocupado.
-Ei, ¿ha habido suerte?
-No, no demasiada. Pero ven, siéntate, te contaré lo que tengo hasta ahora.
Se oyó primero el sonido del candil metálico sobre la mesa, después el de la madera de la silla arrastrar y el de Philia tomar aire.
-Mira, querido, ¿ves? Esto de aquí -señaló al los versos de "negro se tornará el día / rojas se pintarán las calles"- seguro que hace referencia a la explosión del otro día en Saillune. La columna de humo negro se podía verdes de aquí, y eso que estamos a una semana de camino.
Gourry asintió a su lado.
-Si, Amelia dijo lo mismo.
-Y esto de aquí -sus dedos recorrieron "cuando el círculo y la luz se apaguen"- ya es más dudoso. Creo que se refieren a algo mágico: un círculo mágico, al gremio de los magos, un hechizo de protección… no sé, no está muy claro.
Sus dedos siguieron recorriendo los versos.
-Lo de los reinos de los hombres son ciudades, seguro. La profecía habla de tres ciudades que caerán y que la tercera será la decisiva. A ver, a ver…-sus dedos siguieron bajando en el papel- lo que me mosquea es este "pues entonces el blanco sucumbirá a la ceniza y la ira de las llamas".
-Uhm, la sacerdotisa de ese otro templo nos dijo que podía ser magia blanca -intervino Gourry- o algún mago asociado al color.
-Si, querido, muchas cosas en el mundo pueden ser blancas.
Se hizo un silencio que fue pesado para una parte, confuso para la otra.
-Y…¿ya está? -se oyó decir a Gourry.
Philia reprimió el impulso de soltar fuego por la boca. No era que no pudiera hacerlo, pero no sería muy educado.
-Gourry, el arte de las profecías es terriblemente complicado. Tengo un par de ideas más pero… no pasan de conjeturas.
Gourry la miraba con los ojos muy abiertos, seguramente confundido por la palabra "conjetura".
-Bueno, verás, -continuó la dragona- dos versos más arriba mencionan los reinos de los hombres y las ciudades, así que creo que eso blanco puede hacer referencia a Saillune.
-¿En serio?
Ella se mordió el labio.
-Es una posibilidad
-¡Joder! Pues hay que decírselo a Amelia cuanto antes.
Philia lo retuvo antes de que pudiera levantarse.
-¡Espera! -hablaba de forma atropellada- Te he dicho que es sólo una idea, una interpretación. Hay millones de cosas blancas. Por como está escrito puede ser un mago, un templo, hasta un mazoku, como la espada de luz. Además aún no sé ni la mitad. "Llamar a la oscuridad", "Pues volverá a consumir con su rojo la vida". Necesito un poco más de tiempo para encontrarles significado.
Gourry gruñó.
-Si por la mañana no he sacado nada nuevo -añadió ella- yo misma enviaré un mensajero a Amelia.
Al mercenario pareció convencerle la respuesta. Asintió brevemente con la cabeza y su amiga relajó su agarre.
Después volvió a concentrarse en sus versos. Oyó cómo la puerta se cerraba de forma delicada a su espalda y los pasos se alejaban, crujiendo sobre la madera.
...
-¿Lina?
Philia abrió los ojos. Se había dormido sobre la mesa. Se frotó la cara y descubrió un trozo de papel en la mejilla. ¿Cuánto rato había dormido? Recordaba cabecear sobre las hojas.
Se oyeron más golpes en el pasillo.
-Venga ábreme, que es importante.
La puerta chirrió de mala manera y el grito que vino a continuación le heló la sangre.
-¡LINA!
A Philia le faltó tiempo para levantarse. Apartó la silla de un manotazo y echó a correr pasillo abajo. Al doblar la esquina vio que Gourry seguía plantado frente a la puerta.
-¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? -dijo casi sin aliento- ¿Está bien Lina?
La dragona rodeó a su amigo y lanzó una mirada a su interior. La habitación estaba vacía. Lina se había ido.
