Capitulo 15 Uchiha
Una cálida oleada recorrió el cuerpo de Hinata cuando alzó los ojos hacia el señor Namikaze.
¡Qué fácil sería amar a ese hombre, tan fuerte y orgulloso! Pero tragó saliva y retiró la mano.
—Creo que será mejor que volvamos a la fiesta. Naruto entrecerró los ojos.
—¿A qué viene tanta prisa? —dijo él, con una voz que la frustración que sentía hizo sonar más bien como un gruñido.
— Es usted un hombre peligroso, señor Namikaze.
—¿Y eso es malo? —preguntó él.
Ella echó la cabeza hacia atrás, haciendo un esfuerzo para mantener el control sobre sus emociones.
—Mucho.
—¿Por qué? —la voz del hombre sonaba irritada, a la defensiva.
— Porque usted es exactamente el tipo de hombre a quien puedo amar. Es honesto, directo y nadie puede negar que adora a sus hijos.
La sinceridad de Hinata lo desarmó.
— ¿Entonces cuál es el problema? Quédate conmigo.
—Me partirá el corazón —susurró ella. Él se frotó el mentón.
—Hinata, ¿de qué demonios estás hablando?
— Engáñame una vez, y la culpa es tuya. Engáñame dos, y la culpa es mía.
Naruto alzó una ceja.
— ¿Estás hablando otra vez de ese idiota de Toneri?
— En ese tiempo yo lo amaba con todo mi corazón. Desafortunadamente era un hombre que no podía amarme. No volveré a caer en eso otra vez.
Él soltó un rugido de impaciencia. —Tú no le diste nada, Hinata. Eras virgen el día que hicimos el amor.
Que hicimos el amor. Le gustó cómo lo dijo.
— Yo quería acostarme con él. Lo habría hecho si no nos hubieran descubierto.
—Pero no lo hiciste. Porque en lo más profundo de tu corazón sabías que no estaba bien. Si hubieras querido, habrías encontrado un lugar más íntimo donde nadie os hubiera sorprendido. Eres una mujer inteligente. Y tus instintos son buenos.
—¿Así que mis instintos me están diciendo que debo amarlo?
—Exactamente. Tus instintos están esperando a que tu cerebro se dé cuenta de ello.
Hinata alzó la barbilla.
Estaba tan cerca que ya sólo tenía que inclinarse ligeramente hacia delante y podría besarlo.
—Pero su corazón siempre estará con Sakura.
Naruto frunció el ceño, dispuesto a rebatir la afirmación, pero ella alzó la mano para callarlo.
—No me interprete mal. Siempre lo admiraré por eso. Usted amó intensamente a
su esposa, y ella fue una mujer afortunada por tener su amor. Pero al margen de mis sentimientos, me temo que siempre estaré en segundo lugar.
Naruto cuadró los hombros.
—Reconozco que una parte de mí murió con ella. Pero no soy el mismo hombre que era cuando la conocí —dijo él, y aspiró hondo —. He aprendido que el matrimonio es más que sólo amor.
—Sincero hasta la médula —dijo ella, sombríamente.
—Sí, lo soy. Jamás te mentiría, Hinata.
—Lo sé.
Hinata miró los ojos azules de Naruto. En ese momento era el hombre más atractivo que había visto en su vida. El pelo rubio caía sobre el cuello abierto de la camisa, que revelaba la mata de vello que cubría el musculoso pecho masculino. Los labios formaban una línea dura, y sin embargo ella recordaba lo suaves que fueron al besar sus senos desnudos.
—Me gustaría que pudiera amarme.
Antes de que él pudiera responder, sonaron unos disparos a lo lejos, y a continuación un grito desde el otro extremo del pueblo.
El señor Namikaze se tensó al instante.
—Quédate aquí —le ordenó.
— ¡Los niños!
—Yo me ocupó de los niños. Quédate.
Ni una manada de caballos salvajes la hubieran convencido para quedarse donde estaba.
Naruto echó a correr hacia la fiesta. Y Hinata iba justo detrás de él, corriendo y sujetándose las faldas con la mano. Cuando llegaron al claro donde tenían lugar las celebraciones, sentía flato en el costado y algunos mechones de pelo se le habían escapado del moño.
Un grupo de gente se había arremolinado en forma de semicírculo.
El violinista había dejado de tocar, y el silencio era absoluto. Nadie hablaba ni reía. Las madres mantenían a sus hijos pegados a ellas, y los hombres miraban irritados y desafiantes. La mayoría había dejado sus armas en los carros, por respeto a la reunión familiar.
Hinata buscó a los niños con los ojos, pero no los vio por ninguna parte. El miedo se apoderó de ella y echó a correr a lo largo del grupo de gente, buscándolos. Por fin los encontró en la primera fila, a poca distancia de Uchiha.
Echó a correr hacia ellos. En el momento en que la vieron, los niños también corrieron hacia ella.
Ella los abrazó con fuerza, sintiendo que el miedo se convertía en alivio.
—¿Estáis bien los dos?
— Sí—dijo Shinachiku —. Han disparado a la mamá de los perritos.
Arashi enterró la cara en su seno. Hinata abrazó con fuerza el cuerpo tembloroso. Todos sus hombres estaban a salvo, y dudaba de haber vivido nunca una situación tan intensa.
Hinata miró al hombre que había disparado contra la perra. Era Uchiha. A sus pies, yacía la perra con la que los niños habían estado jugando antes.
Los ojos negros, de Uchiha tenían una expresión salvaje y peligrosa, y Hinata sintió que se le ponía la piel de gallina. Recordó las manos sudorosas del hombre en ella y cómo él la había apretado contra su cuerpo para hacerle sentir su excitación. Se estremeció sólo de recordarlo.
Shikamaru, que había estado en el establo donde guardaba los caballos, echó a correr hacia el grupo de gente que se había arremolinado alrededor del hombre, con la pistola en la mano. Se abrió paso a través de la multitud, y se colocó junto al señor Namikaze. En él no quedaba ni rastro del hombre amable y afectuoso que Hinata había visto hasta entonces. Su aspecto era casi tan salvaje como el del señor Namikaze.
Hinata miró al señor Namikaze, pero él no la estaba mirando, ni a ella ni a los niños. Su mirada estaba clavada en Uchiha.
— Será mejor que se vaya —ordenó el señor Namikaze.
—La señorita Hyūga me debe un baile.
—No bailará con usted —respondió el señor Namikaze, tajante.
Una risa entrecortada salió de la garganta de Uchiha, mientras miraba al señor Namikaze con expresión furiosa.
—¿Qué derecho tiene sobre ella? Ninguno. Pero yo estoy dispuesto a casarme con ella aquí mismo.
Para subrayar sus palabras, disparó un par de veces al aire.
El señor Namikaze y Nara desenfundaron sus armas tan deprisa que Hinata sólo vio el destello de sol en los cañones. El señor Namikaze disparó. La bala arrancó el arma de las manos de Uchiha,
Una mujer gritó. La muchedumbre retrocedió un par de pasos. Hinata se estremeció.
La mirada de Uchiha iba de un hombre a otro. Inspeccionó la mano que utilizaba para disparar y flexionó los dedos lentamente.
—¿Es que tengo derecho a disfrutar como cualquiera? —dijo. Agarró una galleta de la mesa y le dio un mordisco.
—Váyase —dijo el señor Namikaze en tono helado.
Hinata tuvo la sensación de que de no haber habido mujeres y niños presentes, el señor Namikaze habría disparado contra él.
Uchiha tiró la galleta mordisqueada al suelo. En lugar de irse, miró a Hinata.
—Me debe un baile.
Hinata sintió que le temblaban las rodillas, pero a pesar de todo cuadró los hombros y dijo:
—Nunca bailaré con usted, señor Uchiha.
El señor Namikaze se tensó, clara indicación de que no quería que Hinata hablara.
— ¿Acaso no soy lo bastante bueno para usted?
Hinata abrió la boca para responderle exactamente qué era lo que pensaba de él, pero el señor Namikaze le dirigió una mirada de advertencia. Era mejor que no hablara. Sus palabras sólo podían conseguir provocarlo más.
Riendo, Uchiha bajó los ojos a los niños.
— ¿Estos son sus hijos, Namikaze? Desde luego crecen como las malas hierbas.
—Váyase —repitió Namikaze, furioso. Hinata protegió a los niños detrás de sus faldas.
— Son mis hijos, y le agradeceré que no siga mirándolos así. Los está asustando. Shinachiku se asomó por detrás de las faldas de Hinata.
Uchiha arrugó la cara y exclamó:
-¡Bu!
El niño soltó un grito y enterró la cara en la falda de Hinata.
El señor Namikaze movió el arma.
— Cinco segundos más y es hombre muerto, Uchiha. Uchiha alzó las manos, como si se rindiera.
— Sólo estaba haciendo un poco de conversación.
Con cuidado, retrocedió y se dirigió hacia su caballo, un castrado negro con marcas de látigo en la grupa. Se montó en el caballo.
— Son sus hijos, ¿verdad, Namikaze? Tienen los ojos verdes de su madre. Se llamaba Sakura, ¿verdad? Sí, era una mujer muy guapa —dijo, a la vez que sus ojos recorrían el cuerpo de Hinata de arriba a abajo—. Esta no es tan bonita, pero yo no la echaría de mi cama si se metiera en ella.
El señor Namikaze disparó, y la bala atravesó el centro del sombrero de Uchiha. El sombrero cayó de la cabeza a las manos. Un murmullo de excitación corrió entre los presentes.
Uchiha pareció no inmutarse.
— Siempre ha sido un buen tirador, pero yo soy mejor — dijo el hombre. Bajó los ojos a su sombrero, y metió el dedo por el agujero —. Quizá la próxima vez tengamos la oportunidad de saber quién es el mejor.
El señor Namikaze amartilló el revólver una vez más, y esta vez apuntó a la cabeza de Uchiha.
Uchiha clavó las espuelas en la montura y salió cabalgando. No tardó en dejar una nube de polvo tras él.
Sólo después de que Uchiha hubiera desaparecido por el otro extremo del pueblo empezó la gente a hablar y relajarse. Eran risas nerviosas y conversaciones entrecortadas, pero el señor Namikaze continuó rígido. Había algo primitivo y salvaje en él que asustaba y atraía a la vez. La bestia que apenas podía contenerse. El señor Namikaze no relajó su postura hasta que Uchiha se perdió de vista.
Hinata sintió una oleada de excitación mientras contemplaba la espalda del señor Namikaze. Nunca había visto a nadie tan valiente. Sólo verlo la excitaba terriblemente.
Dejó escapar un suspiro. Él no la amaba, probablemente no la amaría nunca, pero ella nunca había deseado a un hombre más de lo que lo deseaba a él.
La ira continuaba latiendo en las venas de Naruto mientras las gentes del lugar le daban palmaditas en la espalda y le agradecerían su intervención. Había trabajado muy duro en los últimos seis años para reprimir el lado salvaje de sí mismo, pero aquel día casi se había liberado de sus cadenas.
Cuando Uchiha miró a Hinata, Naruto deseó matar a aquel cerdo. Y lo habría hecho sin duda de no haber habido tantos niños presentes, testigos de un acto tan violento.
Ahora que Uchiha se había ido, los habitantes del pueblo y de los ranchos del valle empezaron a hablar. Las conversaciones nerviosas sonaban por encima de su cabeza. Algunos lo felicitaron, pero él no estaba de humor para cumplidos. Todos lo entendieron enseguida y empezaron a alejarse de él.
Era lo que necesitaba. No tenía ganas de hablar con nadie.
Hinata se dirigió hacia él con Arashi sentado en su cadera, y Shinachiku sujeto a su mano. Arashi había apoyado la cabeza en su hombro, y se estaba chupando el dedo pulgar. Naruto reparó en lo cómodo que parecía estar el muchacho en las sensuales caderas de Hinata.
Un fuerte impulso recorrió sus venas y si de él hubiera dependido la habría arrastrado hasta la primera cama y le hubiera hecho el amor durante días.
¿Qué demonios le estaba pasando? Se estaba portando como un animal. Naruto se pasó una mano temblorosa por el pelo.
La vida le había enseñado a tener paciencia, y ahora se agarró desesperadamente a todas y cada una de las lecciones que había aprendido tan duramente en el pasado.
—Creía que te había dicho que te quedarás allí —dijo él, sin lograr controlar completamente su ira.
Hinata no se inmutó.
—Ese hombre me ha enfadado tanto que no he podido callarme.
Todavía con la mano en el revólver, Naruto acarició con el dedo la suave madera de la culata.
—Aquí una mujer tiene que tener cuidado. Las normas sociales que rigen en la ciudad no sirven. Los hombres como él serían muy capaces de arrastrarte detrás de un edificio y...
Naruto se interrumpió cuando vio que Hinata cubría los oídos de Arashi.
—Tienes que entender los peligros —concluyó, en tono más comprensivo.
—Me lo imagino.
—No tienes ni idea.
Un destello de ira brilló en los ojos femeninos, y por un momento Naruto pensó que le iba a llevar la contraria.
—No soy una adolescente, y puedo asegurarle que también en la ciudad hay muchos hombres malos.
Una parte de él deseó que le llevara la contraria. Quería discutir. Quería eliminar el exceso de energía.
—Eh, Naruto —dijo Shikamaru—. Voy a llevar a la perra detrás del establo.
Naruto apartó la mirada de Hinata. Miró a la perra que yacía casi muerta en el suelo. Qué estupidez.
—Yo la llevaré—dijo.
En ese momento la perra gimió, y Shinachiku se soltó de la mano de Hinata.
—Hinata, la perra no está muerta.
Arashi también se bajó de sus brazos y corrió detrás de su hermano. Hinata los siguió.
—Niños, no os acerquéis. La perra esta herida y puede morder. Shikamaru se arrodilló junto al animal.
—Estaba bastante malherida.
—No queremos hacerle daño —dijo Shinachiku.
Hinata se arrodilló al lado de la perra, y le frotó suavemente la cabeza. La perra abrió los ojos por un momento, y después los volvió a cerrar.
—Pero ella no lo sabe. Sólo sabe que le duele y que tiene miedo.
— Yo me la llevaré —dijo Shikamaru, su voz grave—. No tiene sentido dejarla sufrir. Naruto asintió.
Por el bien de los niños, los dos hombres tuvieron mucho cuidado en no decir que pensaban disparar al animal para que no siguiera sufriendo.
Hinata leyó la intención en sus ojos.
—¿No podemos intentar salvarla? —preguntó en un susurro. Shinachiku miró a su padre, con los ojos llenos de lágrimas.
—¿No podemos salvarla?
Naruto acarició la cabeza del animal con la mano. La perra alzó la cabeza y le lamió la mano.
—No sé qué hacer por ella, hijo.
Hinata recorrió con las manos el cuerpo de la perra.
Ésta permaneció inmóvil hasta que Hinata le tocó una pata.
—Déjeme echarle un vistazo.
Naruto se habría negado de no haber visto la expresión de esperanza en los ojos de sus hijos. Sintiendo que les debía al menos la posibilidad de probar, levantó al animal del suelo y lo sujetó para que Hinata lo examinara. La perra gimió, pero no le atacó.
Hinata estudió la pata de la perra.
—Tiene la pata rota, de eso no hay duda, pero no veo ninguna otra herida. Es probable que Uchiha le haya disparado, pero quizá no le ha alcanzado.
—Una pata rota se puede curar.
— Sí —dijo Naruto —, yo he arreglado bastantes patas rotas antes.
—La perra no podrá moverse mucho en un par de meses —dijo Hinata—. La señora Gokōdai la ha estado alimentando a ella y a sus cachorros desde hace unas semanas. Seguro que cuidará de ella.
Naruto asintió. Seguía teniendo sus dudas. Konohagakure era una tierra dura, y los débiles no sobrevivían, pero de momento estaba dispuesto a intentarlo.
—Vamos a llevarla al establo. Allí podemos ponerle la pata en cabestrillo, y después encontrar un lugar tranquilo donde pueda descansar.
Naruto alzó a la perra una vez más y se dirigió al establo, con Hinata y los niños pisándole los talones. En el interior del establo la temperatura era más fresca, y él llevó al animal hasta un montón de heno.
Hinata encontró dos trozos de madera alargados fuera del establo y corrió hacia él.
—Esto servirá.
Se arrodilló y arrancó una franja de tela de sus enaguas.
—Y puede atarlos con esto. Naruto aceptó las cintas de tela.
—Niños, retiraos un poco. Tengo que ponerle la pata en su sitio, y no le va a gustar ni un pelo.
—¿Le va a doler? —preguntó Arashi.
— Sí, ya lo creo que sí, hijo.
Arashi se metió el pulgar en el dedo y se sujetó con fuerza a las faldas de Hinata.
El niño se había encariñado mucho con ella.
Naruto pasó la mano sobre la pata de la perra y pudo sentir el lugar exacto donde el hueso se había roto. Parecía una fractura limpia, pero era imposible de saber.
—Hinata, sujétale la cabeza.
Sin decir una palabra, Hinata se arrodilló junto a la cabeza del animal y le sujetó firmemente el hocico con las manos.
—Ya está lista.
Naruto habló en tono calmado al animal, y de repente, sin aviso, colocó el hueso en su lugar. La perra se sobresaltó. Los niños gritaron. Hinata continuó sujetándola, sin perder la calma ni un solo momento.
Naruto colocó rápidamente los dos palos de madera en la pata y los ató con las cintas de tela de algodón. Después miró a Hinata.
—Muy bien, suéltala.
Hinata soltó a la perra, que empezó a gruñir y se sentó en la pata que no tenía herida. Después de ladrar y gruñir un poco más, fue cojeando hasta una esquina y allí se sentó.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Shinachiku. Hinata se limpió las manos en la falda.
—De momento, sólo traerle un poco de agua y después dejarla sola. Más tarde, esta noche, podemos traerle un hueso.
—¿Se curará, Hinata? —preguntó Arashi.
—Tiene bastantes probabilidades —dijo ella—. Ahora sólo necesita tiempo. Arashi rodeó con sus brazos las piernas de Hinata.
—Te quiero.
Hinata sintió que su corazón se encogía. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintiendo la mirada del señor Namikaze en ella, alzó los ojos hacia él.
Nunca había visto un hombre tan apuesto.
—Cásate conmigo —dijo él.
