Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.
CAPITULO VI
Este Castillo se hallaba muy cerca del reino de la sierpe y era la última fortaleza que quedaba al genio usurpador en el Desierto, pues aquel palacio en que vimos a Candy en otra ocasión, así como todo lo demás que poseía, le había sido arrebatado por el valor del invencible Príncipe, y el mismo Genio había sido encadenado como hemos visto. Candy, al poner el pie en el umbral de aquella triste morada, sintió que se oprimía su corazón, paseo su triste mirada por todas partes y vio que no era este castillo como aquel de donde se había escapado, una mansión destinada al placer y a las diversiones, sino una verdadera fortaleza; no se veían allí salones adornados para los festines, ni se oían alegres y bulliciosos cantares; por todas partes no se miraban más que guerreros armados de todas armas dispuestos siempre a ofender; no se oían más que gritos de los jefes y soldados: todo anunciaba el espanto, la guerra, el exterminio. El Príncipe de las Negras Sombras se hallaba en el salón principal, y allí fueron llevados los recién venidos.
Al ver a Candy se pintó una feroz alegría en los ojos del Príncipe, semejante al del tigre al mirar a la víctima que se le había escapado. Terrence se acercó a él llevando consigo a la joven y dijo: «—Poderoso Príncipe, aquí os traigo aquella niña cuya ausencia tanto os habéis dignado sentir». El de las Negras Sombras se acercó a Candy; ésta quiso tomar la palabra para decir como tenía pensado: «Soy vuestra prisionera, pero nunca vuestra esposa». Y comenzó: «—Príncipe, escuchadme» Él le dijo con imperiosa voz, a pesar del acento de dulzura que le quiso dar: «—Recóbrate por ahora de tus fatigas, tendremos tiempo sobrado para explicarnos; tu presencia en estos sitios me habla más altamente que todo lo que pudieras decir». En este momento sintió la desgraciada joven que se movía su tantas veces desairado corazón. Resuelta ya no leer, no pensó en ver lo que se le decía, y fue conducida al aposento que se le destinó juntamente con su nodriza. Ésta, rendida de fatiga, se dejó caer en el lecho, sintióse satisfecha con haber encontrado al fin descanso. Pero la infeliz Candy, no encontraba paz ni reposo, se dejó caer en un asiento y allí quedó inmóvil; el exceso del dolor parecía hacerla insensible. Así permanecieron hasta que entraron los criados a servir la comida. Elroy se levantó prontamente deseando indemnizarse de los forzosos ayunos del Desierto, se sentó a la mesa e invitó a Candy a hacer lo mismo. Ésta se detuvo un momento, vaciló; pero al fin exclamó: «—¡Y bien! ¿Qué espero?, sería necesario no comer nunca». Y ocupó su lugar al lado de su nodriza en la mesa, y comió y bebió de cuanto en ella había.
Después volvió a quedar la joven sin hacer y aún sin pensar nada. ¡Tal era su abatimiento! De repente tomó distraída el corazón en la mano, le abrió, y sus ojos vieron escritas estas palabras medio borradas: «Candy, sé tú desgracia, aún hay sangre en mis venas. Si deseas salvarte, no hay tiempo que perder: responde luego, un solo momento de dilación puede atraerte una desgracia irreparable». El resto estaba de todo punto borrado. Candy al leer esto se levantó fuera de sí; su ofuscado entendimiento no pudo comprender el sentido de estas cariñosas palabras y exclamó: «—No hay tiempo que perder, y yo infeliz he dejado pasar este precioso momento. ¡Una desgracia irreparable! Ya no hay remedio, no hay esperanza… soy perdida…» En aquel instante vio venir a Eliza a lo lejos, que al mirarla hizo una respetuosa inclinación. El despecho que experimentaba al creer perdida su felicidad para siempre y un sentimiento de orgullo al ver a aquella mujer que con tanta altanería la trataba en el Desierto humillársele ahora, le hicieron tomar una extraña y lamentable resolución, al entrar su pérfida amiga dijo con un acento que la desesperación hacía parecer exaltado: «—Eliza, yo soy una gran reina, pídeme mercedes, pide, pide cuanto desees!» Eliza alegremente sorprendida dijo: «—Eres prudente como ninguna, y serás feliz. —Así lo creo», contestó Candy con irónica desesperación. Salió Eliza y poco tiempo después entró el Príncipe de las Negras Sombras que dijo: «—Candy, he venido para que hablemos. ¿Qué tenías que decirme? ¿Estás dispuesta a firmar el contrato de nuestro matrimonio? —Sí —respondió Candy con fría desesperación que le hacía parecer serena—, a la hora que lo tengáis a bien». El Príncipe, arrebatado de cruel alegría ordenó que hicieran venir músicas; que se dispusiera un banquete, un baile; que se convirtiera por un momento en mansión de regocijo la morada del terror y de la tristeza. El corazón vil y soberbio del fiero Neil se complacía al pensar que el invencible Príncipe, delante de quien había huido tantas veces, estaba ahora enteramente vencido, pues se hallaba en su poder la prenda que más había defendido. Y Candy, la cruel Candy, que daba a su enemigo aquel triunfo, destrozando el pecho amante del más perfecto caballero, deseando ahogar con los placeres los tormentos que desgarraban su corazón, vio con gusto que se preparaba una fiesta, y se puso en manos de Eliza para que la adornara como mejor le pareciera, la cual le dijo: «—Tú eres la reina de la hermosura y vas a ser muy feliz. —Sí, ciertamente», contestó sonriéndose con extraña amargura Candy. Elroy también la acarició y le alabó su prudencia. La joven se dejó conducir por su amiga al salón donde la esperaba el Príncipe de las Negras Sombras y todos los suyos, que al ver entre ellos a la prometida esposa de su vencedor, dieron gritos de loca alegría; sólo Susanna, que hasta entonces había sido la orgullosa reina de aquella triste fortaleza, se enfurecía, o fingía enfurecerse al ver la acogida que hacían a su recién venida rival. Candy por su parte se mostró alegre hasta el frenesí. Rio, cantó, bailó, procurando de este modo ahogar los gritos desgarradores de su corazón. Su misma desesperación la hacía cruel, y se divertía al ver la humillación de Susanna. Se acercó a Elroy y le preguntó «—¿Te hallas bien? ¿Estás satisfecha? —y habiendo ella respondido que sí, Candy la acaricio y le dijo: —Diviértete, pide cuanto desees, quiero que estés alegre y contenta». Y dijo para sí: «Al a menos que ella sea feliz». Ya amaneciendo se retiró y apenas permaneció un instante en su aposento, volvió a reunirse con Eliza y a buscar el bullicio y las diversiones, porque el silencio y la soledad le hacían sentir toda la amargura de su situación. Procuró entretenerse, se adornó con magnificencia, pidió que sonara la música, bailó, tomó vino. ¡Ay!, que ella se hallaba tan inficionada del veneno de la sierpe, que al parecer ya no le dañaba aquella bebida. La humillación de Susanna era su principal diversión, y que se cumplieran hasta los menores deseos de su nodriza, su único consuelo. La antes abatida esclava se enorgulleció en extremo viendo que había recobrado con usura el antiguo dominio sobre su joven señora. La llamaba Princesa de las Negras Sombras y a nombre suyo exigía altanera se cumplieran todos sus caprichos. Sobre todo, a Candy era quien hablaba siempre imperiosamente tornándose ella en señora y obligando a la joven a obedecerla en todo, le ordenaba que se pusiera tal o cual vestido y estos o aquellos adornos, y Candy obedeció sin replicar. Sarah, viendo a su pupila más sumisa que nunca a los caprichos de Elroy, se alegraba en extremo, pues Elroy por su parte la obedecía a ella y en todo le consultaba y tomaba su parecer, y de este modo Candy se portaba como ella lo tenía a bien.
Todos en aquel castillo se hallaban satisfechos viendo en su poder el mayor tesoro que guardaba el invencible Príncipe de las Luces. La infeliz Candy, había llegado a tal extremo, que una desesperación fría se había apoderado de su corazón, y se mostraba tranquila y aún alegre y divertida algunas veces. No se separaba un momento de Eliza, buscando siempre el bullicio, porque la soledad le era insoportable, pues le recordaba sus faltas y sus desgracias. Cantaban y al canto seguía el baile, el paseo, las grandes comidas.
El Príncipe de las Negras Sombras, satisfecho con tener a Candy en su poder y viendo que no pensaba en escaparse, no apresuraba el proyectado enlace, y pasó algún tiempo sin que hubiera ninguna variación, hasta que un día, en tanto que Candy se adornaba para un gran baile que se iba a dar y al que concurrirían todos los grandes señores de aquel reino, a tiempo que la joven envanecida sonreía al mirarse en el espejo, se presentó el Príncipe de las Negras Sombras, y acercándose a ella le dijo: «—Candy, el Príncipe de las Luces, mi rival, me cita ante los jueces, cómo yo lo cité en otro tiempo, y te reclama; ¿qué dices? ¿qué respondes a esto? Yo espero que, consecuente a tus últimas promesas, sostendrás en su presencia que en tu pleno juicio consientes en ser mi esposa». Candy se estremeció de pies a cabeza y palideció de tal modo, que parecía iba a desmayarse al pensar que iba a ponerse delante del Príncipe de las Luces como futura esposa de su enemigo. El Príncipe de las Negras Sombras preguntó: «—¿Declararás delante de los jueces que eres mi esposa?» La ingrata Candy olvidaba las finezas de su noble amante, y orgullosa no quería volver atrás; pero al mismo tiempo, no pudiendo arrostrar la presencia del Príncipe de las Luces, dijo: «—¿No podría decirse por escrito?, ¿un papel firmado por mí? De buen grado convino en ello Neil, porque temía que la gallarda presencia y amabilidad de su generoso rival atrajera de nuevo el corazón de la joven, recobrando el cariñoso dominio que tenía sobre ella.
Se llamaron los testigos, se hizo un escrito en que Candy declaraba que era su voluntad ser esposa del Príncipe de las Negras Sombras, y que estaba dispuesta a celebrar el matrimonio, y Candy puso su nombre al pie de aquel fatal escrito.
El Príncipe de las Negras Sombras salió presuroso, arrebatado de feroz alegría, deseando poner cuanto antes delante de los ojos de su rival aquella prueba de la ingratitud de la joven, gozándose anticipadamente en los tormentos que iban a destrozar el corazón más tierno y amante que haya existido jamás. Marchó violentamente, y tan pronto como le fue posible al lugar en que se hallaban los jueces y con ellos el joven Príncipe de las Luces.
Cuando comparecieron los dos Príncipes ante los ancianos, el de las Negras Sombras dirigió una mirada al de las Luces y vio en su hermoso rostro pálido y en sus ojos retratado un solemne y majestuoso dolor. Los jueces dijeron al punto al de las Negras Sombras qué entregara al Príncipe de las Luces su esposa Candy. «—¡Candy, esposa del Príncipe de las Luces! —exclamó el feroz Neil con irónica sonrisa. —Lo es —dijeron los jueces—, puesto que ella lo ha declarado en presencia nuestra. —Pues bien —replicó el Príncipe de las Negras Sombras—, Candy ha tenido a bien retractarse de lo que dijo en la ocasión a que os referís. Y en prueba de ello aquí tenéis este escrito». Los jueces tomaron aquel escrito que les presentaba el orgulloso Príncipe. Después de haberlo examinado con la mayor atención y reconocer la firma, pensaron sentenciar a favor de Neil, pues la voluntad de Candy era la que debía decidir en este asunto. Los ancianos admirábanse más y más de la veleidad e insensatez de la joven que olvidaba sus antiguas promesas y perdía su felicidad; pero el Príncipe, que se había puesto aún más pálido, pidió con instancia que se difiriera por un instante la sentencia, lo que le fue concedido. El joven salió, y cuando se vio sin testigos, tomó en sus manos el corazón de oro, obra suya, y lleno de emoción escribió algunas palabras tiernas y cariñosas: «Mi amada —le decía—, he visto un papel firmado por ti pero nada importa, dime aquí en el secreto de nuestro corazón, aquí donde nadie nos oye, una sola palabra que me manifieste que aún me amas y que solamente el temor… que te has visto forzada».
Movió el resorte y esperó con ardoroso afán… Pronto saltó el resorte y el Príncipe leyó, creyendo apenas lo que veía: «Príncipe, no desperdicies tus favores con quien no los merece. Libre y espontáneamente firmado el papel que has visto. Candy».
Fue tan intenso el dolor que experimentó, que a pesar de la grandeza de su alma cayó sin sentido en los brazos de Albert, que lloraba los tormentos de su Señor, y la desgracia de Candy, aquella tierna y delicada flor que había cuidado con tanto esmero. «—¡Ingrata! —decía—, ¡ingrata y desgraciada criatura! ¿Cómo puedes destrozar a un tiempo el corazón generoso de tu noble amante y tu propia felicidad?»
Entre tanto los jueces esperaban impasibles la vuelta del Príncipe; pero el de las Negras Sombras daba muestras de grande impaciencia. Se levantó y se paseaba inquieto a pasos precipitados, porque temía que su amable rival encontrara algún remedio de vencerle arrebatándole a Candy. Por último, viendo los jueces que aquella tardanza se prolongaba demasiado, determinaron buscar al Príncipe de las Luces; salieron acompañados de Neil y encontraron al hermoso caballero pálido y sin movimiento. A primera vista le creyeron muerto, y una cruel sonrisa entreabrió los labios del Príncipe de las Negras Sombras; pero habiéndose acercado conocieron que aún respiraba, vieron el abierto corazón que aún tenía en la mano, y leyeron aquellas fatales letras que tanto mal le habían causado. Aquellas palabras no les dejaban ya duda y decidían la suerte de la ingrata e infeliz hija de Dorothy.
¡NO ME ODIEN! Prometo que este capítulo era necesario para lo que sigue en la historia. Sigan leyendo… Nos vemos la próxima.
