Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«17»


Hinata se equivocaba rotundamente. Naruto no estaba en la cama ni disfrutaba de aquella noche. Se encontraba en el salón barroco de la casa de su abuela, con las piernas estiradas con aire despreocupado y una insípida expresión en su rostro, conversando con tres amigos que habían acudido a darle la bienvenida, así como con Utakata Carstairs, quien al parecer había llegado para obsequiarle con algunas «divertidas» historias sobre las aventuras de Hinata.

Después de permanecer casi una hora escuchando los relatos de Utakata, Naruto no mostraba la menor exasperación, irritación o molestia. Estaba furioso. Mientras él pasaba las noches en vela preocupado pensando que su adorable y joven esposa estaba enloqueciendo de tristeza, ella armaba un gran revuelo en Londres.

Mientras él se pudría en la cárcel, Hinata tenía una aventura tras otra. Mientras él permanecía encadenado, Hinata iba en busca de la victoria en una carrera en Gresham Green y celebraba un simulacro de duelo con lord Mayberry con un pantalón tan ceñido que distrajo tanto a su adversario que hizo que el famoso espadachín perdiera el combate. Había ido de acá para allá, acudiendo a ferias y participando en una especie de dudoso cometido con un párroco, al que Naruto habría echado como mínimo setenta y cinco años. ¡Y aquello eran sólo unos pocos ejemplos!

Si había que creer a Utakata, Gaara había recibido más de cien ofertas de matrimonio para su cuñada; los pretendientes se habían dedicado en primer lugar a discutir a raíz de ella, luego a pelearse y finalmente uno de ellos, Marbly, había llegado a intentar raptarla; un joven petimetre llamado Sevely había publicado en honor a sus encantos un poema titulado «Oda a Hinata», y el viejo Dilbeck había denominado a la nueva especie de rosa que había conseguido «Maravillosa Hinata»...

Echándose hacia atrás en el asiento, Naruto cruzó las piernas, tomó un sorbo de brandy y siguió escuchando la cantinela de Utakata con una expresión que reflejaba una cierta diversión ante las aventuras de su esposa.

Aquella era exactamente la reacción que esperaban de él sus tres amigos, pensaba él, pues entre la flor y nata se sabía que los maridos y las esposas eran libres de hacer lo que les viniera en gana, siempre que actuaran con discreción.

Por otra parte, entre el estrecho círculo que formaban los caballeros, se daba también por supuesto que los amigos íntimos tenían que informar al marido, de la forma más delicada posible, en el momento en que las aventuras de la esposa superaran el límite de lo aceptable y provocaran situaciones violentas. Y era por ello, sospechaba Naruto, que sus amigos no habían hecho grandes intentos de acallar a Utakata aquella noche.

Si este no hubiera llegado por casualidad en el momento en que entraban los otros amigos, seguro que no le habrían aceptado. Naruto le consideraba como un simple conocido y un cotilla empedernido, pero los otros tres que habían acudido a verle eran amigos suyos. A pesar de que todos habían intentado desviar la conversación hacia otros temas que no fueran las aventuras de Hinata, por las expresiones de sus rostros Naruto habría jurado que Utakata en general decía la verdad.

Naruto le dirigió una mirada de intriga, preguntándose que le habría movido a presentarse allí con tanta idez para brindarle tantas anécdotas. Toda la aristoracia sabía que para Naruto las mujeres solo servían para acostarse con ellas. Lo consideraban el último hombre capaz de perder el juicio por una cara bonita o cuerpo voluptuoso. Habrían quedado estupefactos de haberse enterado que lo había perdido por un encantador angelito de pelo lacio, mucho antes de que se intuyera que iba a convertirse en una auténtica belleza.

Los cuatro hombres reunidos en el salón habrían quedado también atónitos si hubieran sospechado que Naruto escuchaba lánguidamente los relatos de Utakata y por dentro hervía de indignación. Estaba furioso con Gaara por haber permitido que Hinata se le escapara de las manos y enojado con su abuela por no ejercer un control sobre ella. Sin duda, el ostentar el título de duquesa de Konohagakure le había permitido hacer lo que le viniera en gana con relativa impunidad. Naruto no podía evitar el pasado; lo que si podía hacer era modificar drásticamente el futuro. De todas formas, no eran las aventuras de Hinata lo que más le enojaba, ni siquiera sus devaneos.

Le parecía irracional, pero lo que más le enfurecía era que la llamaran «Hinata». Por lo visto, todo el mundo la llamaba Hinata. Parecía que la aristocracia en peso había intimado con su esposa, en especial la parte masculina.

Naruto dirigió la vista al lacayo que se encontraba en la puerta y le hizo un gesto imperceptible para indicarle que no llenara de nuevo las copas de los invitados. Esperó luego a que Utakata hiciera una pausa para respirar y dijo, mintiendo y sin rodeos:

—Tendrá que disculparnos, Utakata, pero esos caballeros y yo tenemos negocios que discutir.

Utakata asintió con gesto afable y se levantó para marcharse, no sin antes aprovechar para lanzar la última arremetida:

—Me alegra tenerle de nuevo entre nosotros, aunque sea una lástima para el pobre Gaara. Está tan perdidamente enamorado de Hinata como Õtsutsuki, Gresham, Fites, Moresby y un montón más.

—¿Incluido usted? —preguntó Naruto con frialdad.

El otro arqueó las cejas con aire imperturbable.

—Por supuesto.

Cuando salió Utakata, dos de los amigos de Naruto, lord Nara y lord Aburame, se levantaron dispuestos también a marcharse, con expresión de disculpa. El primero, tratando de encontrar algo que decir para rebajar la tensión, escogió el tema de la Carrera de la Reina, un acontecimiento consistente en carreras de obstáculos que duraba dos días, en el que participaba siempre la nobleza o bien asistía como público.

—¿Vas a montar a tu caballo negro en la Carrera de la Reina en septiembre? —preguntó lord Nara.

—Voy a correr con uno de mis caballos —respondió Naruto, intentando controlar la ira que había despertado en él Utakata pensando en el desenfrenado placer que iba a producirle tomar parte en la contienda más importante del año.

—Ya lo imaginaba. Apostaré por ti si te decides por Satán.

—¿Tú no vas a participar? —preguntó Naruto sin interés.

—Evidentemente. Pero si tú montas ese gigante negro, apuesto por ti y no por mí. Jamás he visto un caballo tan rápido.

Naruto frunció el ceño, desconcertado. Satán, el más preciado potro de los establos de Naruto que ahora contaba con tres años, antes de la partida de Naruto era un animal con mal carácter, imprevisible.

—¿Le has visto correr?

—¡Por supuesto! Lo montaba tu esposa... — Nara se interrumpió apenado y asustado al ver la sombría expresión de Naruto.

—Ella... ejem... lo montaba bastante bien y tampoco lo apretaba tanto, Naruto —intervino Aburame al ver la reacción de Naruto.

—Apuesto a que lo que le ocurre a tu duquesa es que está llena de vida,—comentó lord Nara, esforzándose en infundirle confianza, con más volumen que convicción en el tono, dándole al mismo tiempo unas palmadas en el hombro.

Lord Aburame asintió inmediatamente.

—Eso mismo, llena de vida. Hay que tensarle un poco las riendas y será dócil como un corderito.

—¡Dócil como un corderito! —repitió lord Nara enseguida.

Ya fuera de la casa, los dos hombres, fervientes criadores de caballos y jugadores empedernidos como el propio Naruto, se detuvieron en la escalera para intercambiar una recelosa mirada.

—¿Dócil como un corderito? —repitió lord Nara, incrédulo

—¿Si Naruto sólo le aprieta las riendas?

Lord Aburame soltó una risita.

—Por supuesto... aunque primero tendrá que colocarle el bocado, y para ello deberá manejarla. Se volverá contra él si pretende domarla, acuérdate de lo que te digo. Tiene más brío que la mayoría de hembras... y sospecho que más orgullo.

Shikamaru cerró los ojos sin estar muy de acuerdo con ello.

—No tienes en cuenta el extraordinario efecto de Naruto en las mujeres. En unas semanas la tendrá a sus pies. El día de la Carrera de la Reina la verás atándole la cinta a la manga y animándolo. Wilson y su amigo Fairchild ya han hecho sus apuestas en este sentido. En White se sitúan en cuatro a uno a favor de que Naruto participe con la cinta de ella.

—Te equivocas, amigo mío. Se las hará pasar moradas a Naruto...

—Imposible. Llegó a Londres encandiladísima con él. ¿No recuerdas como metía la pata al principio? No se habla de otra cosa desde que él ha aparecido en la iglesia está mañana.

—Ya lo sé, y apuesto a que ella tampoco lo ha olvidado —dijo Aburame, rotundo—. Conozco un poco a la duquesa de Naruto y sé que la dama tiene orgullo, un orgullo que le impedirá caer con facilidad en sus brazos, acuérdate de lo que te digo.

Arqueando las cejas con gesto desafiante, Shikamaru afirmó:

—Apuesto mil libras a que entregará su cinta para que Naruto la luzca en la Carrera de la Reina.

—De acuerdo —dijo Shino sin dudarlo y los dos se dirigieron al White a jugar unas partidas en el selecto club masculino, aunque no registraron aquella apuesta concreta. Por respeto a su amigo, iban a mantenerla en privado.

Cuando se hubieron marchado Shino y Shikamaru, Naruto se sirvió otra copa. El enojo que había procurado disimular ante los demás se hacía patente ahora en la tensión de la mandíbula mientras miraba a Sai Anbu, su amigo íntimo.

—Espero sinceramente —dijo en tono irónico— que no te hayas quedado aquí porque tú también conoces otras anécdotas sobre la falta de discreción de Hinata y quieras confiármelas a solas.

Lord Anbu soltó una risita.

—No creo. Cuando Utakata hablaba de la carrera de tu esposa en Hyde Park y de su duelo con Mayberry ha citado claramente el nombre de «Ino». Con ello indicaba que Ino animaba a tu duquesa en ambos casos.

Naruto tomó un sorbo de la copa.

—¿Y eso qué significa?

—Ino —dijo Sai— es mi esposa.

La copa que tenía Naruto en la mano se detuvo antes de llegar a sus labios.

—¿Cómo?

—Que estoy casado.

—¿De veras? —dijo Naruto, adusto—. ¿Por qué?

Lord Anbu sonrió.

—No pude resistirme.

—Si es así, permíteme que te felicite con retraso —dijo Naruto, irónico. Hizo el gesto de brindar con la copa y luego se contuvo, pues le vencieron los años de buena educación—. Disculpa mi grosería, Sai. Resulta que ahora mismo, para mí, el matrimonio no es uno de los principales temas de celebración. ¿Conozco a Ino? ¿He coincidido con ella?

—¡Espero que no! —exclamó Sai, riendo de forma exagerada—. Se presentó en sociedad justo cuando tú desapareciste, afortunadamente. Te habría parecido irresistible, y me habrías obligado a un duelo.

—Tu reputación no era mucho mejor que la mía.

—Yo nunca estuve a tu altura —bromeó Sai, sin duda intentando animar a su amigo—. Cada vez que echaba el ojo a una atractiva dama, su madre le colocaba una carabina de más. Cuando lo hacías tú, las madres tenían un ataque de miedo y una desmesurada esperanza. Claro que yo no tenía un ducado que ofrecer, y eso en parte era lo que las mantenía tan nerviosas y entusiasmadas.

—No recuerdo haber coqueteado nunca con una virtuosa e inocente—replicó Naruto sentándose y observando la copa.

—Nunca lo hiciste. Pero si tu esposa y la mía tienen suficientes rasgos en común para ser amigas, tengo que dar por supuesto que son muy parecidas. Y si es así, tu vida puede ser un calvario.

—¿Por qué? —preguntó Naruto educadamente.

—Porque, repentinamente, no sabrás qué se le ha metido en la cabeza y en cuanto lo descubras, te pegarás un susto de muerte. Ino acaba de decirme que espera un hijo y ya estoy como un flan pensando que cuando haya nacido el bebé es capaz de perderlo por ahí.

—¿Tan despistada es? —preguntó Naruto intentando mostrarse interesado por la esposa de su mejor amigo.

Sai enarcó las cejas, mientras se encogía de hombros.

—Tiene que serlo a la fuerza. Si no, no me explico cómo pudo olvidar contarme, cuando he vuelto hoy de Escocia, que ella y la esposa de mi mejor amigo, a la que aún no conozco, han estado implicadas en unos cuantos enredos juntas.

Al darse cuenta de que no conseguía ni por asomo aligerar el mal trago que estaba pasando Naruto, dudó un momento y luego dijo muy serio:

—¿Qué piensas hacer con tu esposa?

—Tengo una serie de alternativas y en este momento todas me parecen tentadoras —se limitó a responder Naruto—. Puedo retorcerle el pescuezo, puedo hacerla vigilar o mandarla mañana mismo a Devon y dejarla allí fuera del dominio público.

—Hombre, Naruto, ¡eso no puedes hacerlo! Después de lo que ha pasado hoy en la iglesia, la gente pensará que...

—Me importa muy poco lo que piense la gente —le interrumpió Naruto, pero en aquel caso no era cierto y los dos lo sabían. A Naruto cada vez le irritaba más la idea de convertirse en el hazmerreír de todos por no poder controlar a su propia esposa.

—Puede que tenga excesiva vitalidad —aventuró lord Anbu—. Ino la conoce y la aprecia mucho. —Se levantó para marcharse y añadió—: Si te apetece, pasa mañana por el White. Hemos quedado allí para celebrar que voy a ser padre.

—Ahí estaré —dijo Naruto esforzándose por sonreír.

Cuando se hubo marchado Sai, Naruto fijó la vista en el paisaje enmarcado encima de la repisa de la chimenea sin ver nada en él, preguntándose con cuántos hombres se habría acostado Hinata. Aquella tarde, en el salón, había visto en sus ojos la pérdida de la inocencia, la falta de ilusión. En otra época, aquellos ojos magníficos le habían mirado con franqueza, confianza y dulzura. Ahora su brillo quedaba empañado por la fría animadversión.

El enojo se iba avivando en su interior como un fuego arrasador al imaginar las razones por las que Hinata le había tratado con tanta hostilidad: lamentaba que no hubiera muerto. La adorable e ingenua niña con la que se había casado ahora estaba enojada porque él seguía vivo. La joven encantadora se había convertido en una fría, calculadora y bellísima... bruja.

Se planteó un momento el divorcio pero enseguida desechó la idea. Aparte del escándalo que implicaba, un divorcio podía tardar años y él quería un heredero. Los Namikaze parecían vivir bajo la maldición de unas vidas muy cortas, y aunque Hinata hubiera demostrado carecer de virtud y decoro, aún podía concebir un hijo suyo, recluida si hacía falta, para que él pudiera asegurarse de que fuera suyo y no de otro.

Apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca, cerró los ojos e inspiró profundamente intentando controlar su estado de ánimo. Cuando lo consiguió, se le ocurrió que estaba condenando a Hinata y decidiendo su futuro a partir de las habladurías que circulaban. Debía la vida a la muchacha ingenua y sin malicia con la que creía que se había casado. También le debía el derecho a defenderse.

Decidió que al día siguiente se enfrentaría abiertamente a ella planteándole todo lo que le había contado Utakata y proporcionándole la oportunidad de negarlo. Tenía derecho a ello, siempre que no fuera tan estúpida como para mentirle. Ahora bien, si se demostraba que era en realidad una maquinadora y una oportunista o una voluptuosa libertina, tendría que domarla con la rudeza que se merecía.

O bien cedía a su voluntad o tendría que obligarla a hacerlo, pero en ambos casos tendría que comportarse como una buena esposa, consciente de sus deberes, decidió con fría determinación.

Despertó a Hinata el sonido de los pasos que iban de aquí para allá en el salón que se hallaba frente a su dormitorio y las voces sordas, inquietas, de los sirvientes realizando sus tareas. Adormilada, dio media vuelta y miró el reloj sorprendida y confusa. No habían dado aún las nueve, era demasiado pronto para que el servicio armara tanto revuelo en aquella planta, cuando durante la temporada los habitantes de aquella casa dormían hasta las once porque no se acostaban hasta el amanecer.

Seguro que estaban preparando algo para celebrar más tarde la llegada del ilustre dueño, pensó disgustada. Sin molestarse en llamar a la doncella, saltó de la cama e inició su rutina matinal, con los oídos pendientes de la insólita actividad que parecía tener lugar fuera de su habitación.

Se puso un bonito vestido de color añil con mangas cortas y abombadas, abrió la puerta pero tuvo que retroceder enseguida ante el paso de cuatro lacayos que se dirigían al dormitorio que había pertenecido al dueño cargados con un sinfín de cajas en las que figuraban los nombres de los mejores sastres y zapateros de Londres.

Del vestíbulo de abajo llegaba el sonido incesante del picaporte, del abrir y cerrar de la puerta principal y de las profundas y refinadas voces masculinas. El revuelo de hoy era muchísimo peor que el de la noche anterior. Llegaban las visitas a montones con la esperanza de hablar con Naruto, pensaba Hinata. Ella y la duquesa habían recibido toda esta temporada un buen número de visitas a diario, aunque nunca tantas como las que acudían hoy a una hora tan temprana.

Llena de curiosidad, se acercó a la barandilla y miró hacia el vestíbulo, donde Higgins, y no Penrose, abría la puerta para recibir a tres hombres a los que Hinata solo conocía por el título. Otros dos, que sin duda habían llegado hacía poco, esperaban a que les acompañaran al salón adecuado, mientras a su alrededor los sirvientes, impecablemente uniformados, llevaban a cabo sus obligaciones con controlada emoción y enérgico fervor.

Mientras Higgins llevaba a los últimos recién llegados hacia la biblioteca, Hinata detuvo a una de las doncellas, que andaba deprisa por el pasillo con un montón de ropa de cama.

—¿Lucy?

La muchacha hizo una rápida inclinación.

—Dígame, milady...

—¿Por qué hay tanto movimiento de servicio tan temprano?

La doncella se puso tiesa y dijo en tono orgulloso:

—Por fin ha vuelto a casa el duque de Konohagakure.

Hinata se sujetó en la barandilla y miró desconcertada hacia el vestíbulo.

—¡Ya está aquí!

—En efecto, milady.

La perpleja mirada de Hinata se centró en el suelo en el momento en que el propio Naruto salía de un salón con un elegante pantalón azul marino y una camisa blanca con el cuello sin abotonar. Le acompañaba el inconfundible Jorge, el príncipe regente en persona, ataviado con vistosos tonos en satén y terciopelo, dirigiendo una sonrisa radiante a Naruto mientras proclamaba, usando el típico plural de la realeza:

—Fue un sombrío día para nosotros aquel en que desaparecisteis, Uzumaki. Os ordenamos que pongáis más cuidado en vuestra persona en el futuro. Vuestra familia ha sufrido ya el azote de unos cuantos trágicos accidentes. Esperemos que toméis las precauciones necesarias de ahora en adelante. Además —decretó—, desearíamos que os ocuparais de la tarea de traer un heredero al mundo para asegurar adecuadamente la sucesión.

Naruto respondió a la orden real con una simple sonrisa de diversión y algo inaudible que movió al príncipe a echar la cabeza hacia atrás y soltar una carcajada. El príncipe cogió a Naruto por el hombro, le pidió disculpas por haber acudido de forma inesperada aquella mañana y se apartó en el momento en que Higgins llegaba justo a tiempo para abrirle la puerta con un elegante ademán. A Hinata le costó recuperarse del susto de ver al príncipe regente en persona en la casa en la que vivía ella, y a Naruto tratando al monarca con una naturalidad que rayaba en la cordialidad.

Cuando en el vestíbulo no quedó más que el mayordomo, Hinata intentó despejarse y bajó lentamente la escalera luchando por encontrar un cierto equilibrio mental. Dejando a un lado el impresionante espectáculo del príncipe regente, centró sus pensamientos en algo más impresionante aún: su inminente confrontación con Naruto.

—Buenos días, Higgins —dijo con cortesía al llegar al vestíbulo—. ¿Dónde están Penrose y Filbert está mañana? —preguntó mirando a uno y otro lado del pasillo.

—Su Excelencia los mandó a la cocina cuando llegó está mañana. Le pareció que ellos no... ejem... éste no era su sitio... o no podían... es decir...

—No quería verlos, ¿es eso? —Dijo Hinata con gran tensión—. ¿Y por ello los ha desterrado a la cocina?

—Más o menos.

Hinata quedó paralizada.

—¿Por casualidad le ha dicho usted que Penrose y Filbert eran amig... —Controló el impulso que la hubiera llevado a describirlos como amigos y en su lugar dijo—: ¿mis sirvientes?

—Se lo he comentado, sí.

Haciendo un colosal esfuerzo, Hinata procuró calmar el sentimiento de ira que la invadía. Evidentemente, los dos viejecitos encantadores no podían ocuparse del príncipe regente ni tampoco de aquel alud de visitas y no tenía nada en contra de Naruto en este sentido. Pero humillarles ante el resto del personal desterrándolos a la cocina, en lugar de mandarlos a ayudar a otra parte de la casa, era injusto y cruel, y Hinata sospechaba además que se trataba de un acto de venganza por parte de Naruto.

—Me hará el favor de decir a Su Excelencia que deseo verle —dijo Hinata procurando que Higgins no se percatara de su enojo— en cuanto le sea posible.

—Su Excelencia también desea verla... a la una y media en su despacho.

Hinata echó una ojeada al majestuoso reloj del vestíbulo. Faltaban tres horas y cuarto para la cita con su marido. Tendría que esperar tres horas y cuarto para decir al hombre con el que había cometido el error de casarse que deseaba poner remedio a aquella equivocación. Mientras tanto, venia a la duquesa y a Gaara.

—Hinata... —la llamo Gaara desde el otro extremo del pasillo de la primera planta en el momento en que Hinata levantaba la mano para llamar a la puerta de la duquesa—. ¿Cómo se encuentra está mañana? —preguntó él, acercándosele.

Hinata le sonrió con un afecto fraternal.

—Muy bien. He dormido toda la tarde y toda la noche. ¿Y usted?

—Apenas he conseguido conciliar el sueño —admitió él sonriendo—. ¿Ha visto usted eso? —le preguntó, pasándole el periódico.

Hinata iba moviendo la cabeza mientras fijaba la vista en la página en la que se publicaba la noticia del secuestro de Naruto y su posterior huida, incluyendo un elogioso informe de su coraje y de la colaboración de otro prisionero, el americano al que Naruto había salvado, poniendo en más de una ocasión su vida en peligro, según se relataba.

Se abrió la puerta del dormitorio de la duquesa y salieron de él dos lacayos transportando a hombros dos pesados baúles. La duquesa se encontraba en el centro de la habitación, impartiendo órdenes a tres doncellas, que iban colocando sus pertenencias en baúles y cofres.

—Buenos días, queridos míos —dijo a Gaara y Hinata, indicándoles que entraran.

La duquesa hizo salir a las doncellas, sesentó en una butaca y sonrió encantada ante el desorden de aquella habitación, y luego mirando a los dos jóvenes instalados frente a ella.

—¿Por que hace el equipaje? —preguntó Hinata, preocupada.

—Gaara y yo nos retiramos a mi residencia de la ciudad —dijo como si esperara que aquello no fuera una novedad para Hinata—. Ahora ya no me necesita usted como acompañante, pues ya tiene a su esposo.

Las palabras «su esposo» le heló el corazón y le produjeron un nudo en el estómago.

—Pobrecita mía —dijo la duquesa percatándose de la súbita tensión en el rostro de la joven—. Cuantas conmociones en su corta vida, y el colofón de la de ayer. La casa está sitiada por todo tipo de chismorreos de la ciudad. De todas formas, la barahúnda no durara mucho. En un par de días todos podremos reanudar nuestras actividades y compromisos como si nada de lo sucedido importara a nadie... más que a nosotros. La sociedad dará por supuesto, evidentemente, que Gaara quiso casarse con usted movido por su sentido del deber hacia su «difunto» primo, y que ahora que éste ha vuelto, todo ha vuelto a su cauce a la perfección.

Hinata no podía creer que la sociedad diera por supuesto nada de aquello y así lo expresó.

—Lo harán, querida mía —dijo la duquesa con una expresión altiva—, porque eso es exactamente lo que expliqué a unas cuantas amistades a las que les faltó tiempo para acudir aquí ayer por la tarde mientras usted descansaba. Además, Gaara estuvo muy enamorado de Sally Farnsworth el año pasado, lo que confiere más credibilidad a la idea de que se casaba con usted porque creía que era su deber. Dichas amistades se ocuparán de transmitirlo a quien corresponda y la noticia se irá propagando de boca en boca como ocurre siempre.

—¿Cómo puede estar tan segura? —preguntó Hinata.

La duquesa enarcó las cejas sonriendo.

—Porque mis amistades saben cuánto tienen que perder si no hacen circular las habladurías tal como les he pedido yo. Verá, querida mía, el viejo dicho según el cual «lo que cuenta es a quién conoces» está muy lejos de la realidad. Lo que importa realmente es que sabe uno sobre quien conoce. Y yo sé suficientes cosas para ponerles las cosas bastante complicadas a la mayoría de mis amistades.

Gaara se echó a reír.

—Realmente no tiene escrúpulos, abuela.

—Exactamente —admitió ella sin rodeos—. ¿Por que sigue usted con aire dubitativo, Hinata?

—De entrada, porque su plan parece girar sobre todos nosotros saliendo a la luz pública ahora mismo. Su otro nieto —dijo Hinata refiriéndose a Naruto en términos impersonales para dejar sentado que no pensaba citarlo por su nombre, su título o relación legal temporal con ella— me ordenó ayer que permaneciera en está casa. Orden, por cierto, que no tengo intención de cumplir —concluyó en tono rebelde.

La frente de la duquesa se frunció un instante.

—No tenía la cabeza clara —dijo tras reflexionar un momento—. Todo el mundo interpretaria eso pensando que usted está avergonzada de haber intentado casarse con Gaara. Implicarla además un distanciamiento entre su esposo y usted. No, querida mía —concluyó, animándose—, Naruto no podía tener las cosas claras cuando le dio esa orden. Todos vamos a relacionarnos socialmente durante un par de días más. Él no puede oponerse a ello. Voy a hablar con Naruto de su parte.

—No, abuela —dijo Hinata amablemente—, por favor, no lo haga. Ya soy una persona adulta y no necesito que nadie me solucione las cosas, Por otra parte, no tengo intención de dejar que me de órdenes. No tiene derecho a hacerlo.

La duquesa replicó ante aquella declaración contraria a los propios deberes, indigna de una esposa.

—¡Que rimbombante! Un marido tiene legalmente derecho a controlar las actividades de su esposa. Y ahora que hablamos de ello, querida mía, ¿me permitirá que le dé algún consejo sobre la forma de tratar a su marido en el futuro?

Cada vez que la duquesa se refería a Naruto llamándolo marido de Hinata, a ésta se le ponía la piel de gallína, pero a pesar de todo se limitó a responder con educación:—Por supuesto.

—Perfecto. Es comprensible que estuviera ofendida ayer cuando insistía en que él tenía que hablar con usted de inmediato, pero le provocó y eso es una gran imprudencia. No le conoce como yo. Cuando está enojado, Naruto puede llegar a ser muy duro, y no cabe duda de que ayer lo estaba con usted por haber intentado casarse con Gaara.

Hinata estaba indignada y dolida al comprobar que la duquesa viuda, a la que empezaba a apreciar, se mostrara predispuesta a favor de Naruto.

—No tiene excusa la rudeza con la que me trató ayer —dijo Hinata con tirantez—. Siento mucho si eso hace que usted me desprecie pero soy incapaz de simular que me hace feliz estar casada con él. Parece que ha olvidado en qué consideración me tenía y como veía él nuestro matrimonio. Además, ha hecho cosas que no puedo tolerar y tiene un carácter... horroroso —concluyó de forma poco convincente.

De pronto la mujer sonrió.

—Me sería imposible odiarla, hijita. Usted es la nieta que nunca he tenido. —Colocó la mano sobre los hombros de Hinata y añadió aún sonriendo—: Sería la última persona que afirmaría que las relaciones de Naruto con las mujeres han sido algo de lo que alguien pueda vanagloriarse. Pero dejaría en sus manos la cuestión de cambiarlo. Tenga muy presente, querida mía, que los vividores reformados suelen ser los mejores maridos.

—Siempre que se reformen —dijo Hinata con amargura—, y yo no quiero estar casada con él.

—Claro que no. Como mínimo ahora mismo. Pero no tiene otra opción, pues ya está casada con él. He de confesarle que espero con ilusión y con gran regocijo ver cómo lo hace entrar en vereda.

Hinata quedó boquiabierta ante aquella afirmación, tan parecida a las de Gaara y Ino.

—No puedo, y aunque...

—Puede y lo hará —replicó la duquesa en un tono neutro y serio, pero luego su mirada se dulcificó al decir de forma harto significativa—: Usted lo hará, Hinata, aunque solo sea para estar a su altura. Usted posee orgullo, temple y valentía.

Hinata iba a protestar, pero la duquesa se había vuelto ya hacia Gaara.

—No tengo ninguna duda, Gaara, de que Naruto espera una explicación sobre tu decisión de casarte con Hinata y tenemos que plantearnos con cuidado que vas a decirle.

—Demasiado tarde, abuela. Naruto me ha pegado una bronca en su despacho a la intempestiva hora de las ocho de está mañana, y esa es la primera pregunta que me ha hecho.

Por primera vez la duquesa tenía una expresión inquieta.

—Supongo que le dirías que se trataba de una medida... de «conveniencia». Está expresión suena de maravilla. O también podías haberle dicho que no era más que un capricho o...

—No le he dicho nada de eso —respondió él con una risita diabólica—. Le he contado que tenía que casarme con ella porque los mejores partidos de Londres no paraban de dar la lata pidiendo su mano, peleándose por ella y urdiendo planes para raptarla.

CONTINUARÁ...