Holi :) en este capítulo te pido que tengas dos cosas en cuenta: lo primero es que leí la saga Crepúsculo hace ya 15 años y esta historia está escrita en relación a lo que recuerdo. Es decir, que de guerreros Vulturis y tal no me acuerdo de nada, por lo que me he ayudado con una FanWiki dedicada a la saga (¿he descubierto que hay otras películas sobre los Vulturi? Ni de eso me había enterado). Siento mucho si he mezclado u omitido soldados; he incluido a todos los que encontré en la página y que pudieran afectar a Emma como guerrera. He adaptado sus personalidades a lo que encontré en la Wiki y a mis necesidades para con la historia; no recuerdo que éstas se mostraran en los libros, pero probablemente es cosa mía. De nuevo, lo siento mucho si he cometido errores.

Lo segundo es que, aún a riesgo de que aquellos que lean la historia me odien, Bella nunca me ha caído especialmente bien. Siento si no estás de acuerdo con mi narración; si sientes que no puedes ser constructiv o no puedes soportar una visión diferente, te pido que por favor no continúes leyendo.

Gracias por todo y un saludo :)

- Los personajes de esta entrega pertenecen a la saga Crepúsculo de Stephenie Meyer. El personaje de Eli viene de Light & Shadow, escrito por Ryu Hyang e ilustrado por Hee Won. El resto son de mi invención.


- Ya casi están aquí. – Dijo Alice con voz clara.

Tuve un último susurro para los Cullen antes de que los Vulturi llegaran:

- Da igual lo que haga; si la cosa se desboca, que alguien vaya a por Chelsea. Ella es la clave de la unión del clan.

Nadie me respondió, pero algunos se cuadraron de hombros.

Aquel prado estaba muy alejado de la casa de los Cullen y de todo tipo de vida humana; no deseábamos herir a nadie por error.

Llegaron en perfecta formación; los soldados rasos vestidos en tonos grises, color que iba haciéndose más oscuro conforme se mirara la zona central de la formación. Me apresuré a contarlos: incluyendo a todas las tonalidades, comprobé que eran cincuenta y uno. Bastantes más de los que habían venido a comprobar a Renesmee, según me había contado Jasper. Noté la garganta seca. Sabía que podría con muchos de ellos, pero cincuenta y uno contra uno eran demasiados. Incluso si los Cullen me ayudaban acabaríamos muertos antes de ponernos en formación. Miré por el rabillo del ojo a Bella. Más le valía que su poder estuviese a punto en el momento preciso, o aquello iba a ser una carnicería.

Mis ojos se fueron involuntariamente hasta los tres líderes de aquella secta. Necesité de todo mi autocontrol para no rugir y lanzarme a ellos. Habían pasado siglos y allí estábamos de nuevo, preparados para matarnos entre nosotros; solo que esta vez yo sí podía ofrecer resistencia.

Nos miramos con profundo resentimiento durante unos segundos, hasta que Aro se aproximó tentativamente hasta nosotros. La muchacha guardaespaldas, Renata, iba agarrada a su túnica. Los mellizos se situaron también a su lado, formando un trío ofensivo magnífico.

Notaba que mis piernas querían temblar, pero me mantuve firme.

- Así que Emma Broad. – La voz sinuosa de Aro me dañó los oídos. – Ha pasado tanto tiempo. Te perdonamos la vida porque no eras más que una mosquita muerta, Carlisle nos convenció de ello. – Escupió veneno en la tierra. – Y resulta que lo que había hecho era protegerte… seguro que lleváis décadas preparando esto. Primero la deslealtad con la niña, - Edward siseó en un punto tras de mí. – y ahora tú. ¿Y se puede saber qué pretendes robándonos la Lanza del Destino?

- Estimado Aro. – A nadie se le escapó la bilis de mi voz. – Supongo que sabes tan bien como yo por qué soy la dueña de la Lanza, así como lo que pretendo hacer con ella. – Aro entrecerró los ojos. No le gustaba mi tono. – Solo pido que dejes ir a los Cullen. Ellos solo tienen culpa de estar en el sitio equivocado en el peor momento. Fue pura casualidad que nos encontráramos en esta ciudad. – Eso era lo único que podía hacer para protegerlos. Malditas ratas.

Aro y, en la lejanía, Cayo se echaron a reír al unísono.

- Me lo habría pensado hace treinta años. Carlisle ya puso nuestra existencia en entredicho hace tiempo, con la llegada al mundo de su nieta. Ya no vamos a creer ni una palabra más de aquellos que pertenecen a la familia Cullen.

- Aro, amigo mío. – Carlisle intentó hablar, pero Aro lo acalló con un movimiento despectivo.

- Basta de cháchara. Hemos venido a por la Lanza y a asegurarnos de que esto no se vuelva a repetir. Jane, Alec.

Los mellizos se adelantaron, flanqueados por Demetri y Felix. Se me escapó un gemido de asco. Ratas…

Caminé yo sola, deseando que los poderes de Bella pudieran proteger a la familia y, a ser posible, a mí también. Había hablado con ella y sabía que una distancia larga no era un gran problema, así que confiaba en que me hiciera las cosas más fáciles.

No había llegado aún a acercarme a los Vulturis cuando el poder de Jane me atravesó como una lanza. Gemí y me frené en seco, aunque me las apañé para girarme y mirar a Bella. Sus ojos me hablaban sin necesidad de usar las palabras:

"Mi familia es lo primero. Lo siento".

- Zorra. – Logré sisear antes de enderezarme y dirigir la mirada a Jane y los demás. Aro, que se había retirado de nuevo bajo la protección de la guardia, reía a mandíbula batiente.

- Se cree esta muñequita que va a poder siquiera…

Pero yo ya no lo escuchaba. No había sabido de la existencia de Bella y su poder hasta hacía unos días; yo podía con esto aún sin su ayuda.

Me concentré en el dolor. Sentí pánico al recordar a Edwin, pero ser una vampira tiene sus ventajas: recordaba perfectamente el dolor que me infringió en múltiples ocasiones. Era un dolor indescriptible. El dolor que me provocaba Jane era fuerte, pero no tanto como el de mi antiguo secuestrador. Sentí que mi poder rugía, listo para saltar y destrozarla. La miré a los ojos y, apretando los dientes, dejé que mi don se lanzara sobre ella.

Noté cómo el dolor disminuía cuando Jane empezó a gritar, llena del terrible dolor que mi lengua de fuego creaba a su paso. El campo se llenó de un silencio absoluto, lleno de estupor, solo roto por los gritos de agonía de la pequeña vampira. Di un único paso cuando me alcanzó el poder de Alec, su mellizo.

Fue un ataque lleno de pánico, podía notarlo: por eso no estaba estructurado correctamente. Mi poder lo miró y lo sopesó, buscando las grietas por donde colarse. Alec estaba tan desconcentrado que fue muy fácil encontrar varias. Cerré los ojos y dejé que mi poder tomara el control.

Escuché cómo ambos hermanos cayeron al suelo en agonía, con un dolor corporal tan fuerte que no podían siquiera erguirse. Noté en la tierra dos pares de pasos que corrían en mi dirección. Felix y Demetri, llenos de ira. Tomé aire con fuerza, abrí los ojos y eché a correr en su dirección.

Estaban muy bien coordinados, pero un par de movimientos por mi parte hicieron lo necesario; los esquivé con florituras de una agilidad que nunca habían presenciado y salté, dejándolos atrás. Para cuando se dieron cuenta de lo que había pasado yo ya estaba junto a los mellizos.

Miré a Jane a los ojos; no era más que una niña, una chiquilla a quien habían obligado a hacer ese horrible servicio durante muchos siglos. Jane me devolvió una mirada llena de asco durante apenas una fracción de segundo, lo que tardé en llegar a ella y sesgarle el cuello.

Un grito ahogado recorrió el prado; se oían gemidos por todas partes, pero yo ya estaba frente a Alec, que no me devolvió una mirada de odio; sus labios se curvaron en una suerte de sonrisa cuando me vio llegar como el ángel de la muerte.

- Gracias. – Consiguió gemir.

Le devolví una mirada tierna. Sí, Alec iba a conseguir lo que llevaba siglos buscando. Su vida de horror terminó cuando corrió el mismo destino que su hermana.

Con fuerzas renovadas tras no sentirme atacada, lancé ambos cuerpos en dirección a los Cullen, mientras Demetri y Felix avanzaban hacia mí. Ambos chocaron con el campo de fuerza de Bella, pero Emmett y Jasper se apresuraron a recogerlos; un fuego pequeño ya empezaba a arder a sus espaldas. Aún cuando me mataran en aquel momento, ahora los Cullen ya tendrían una buena oportunidad de acabar con las ratas inquisidoras.

Todo había transcurrido en tan pocos segundos que parecía que el tiempo se había detenido. Demetri y Felix llegaron hasta mí, pero yo ya estaba preparada. Llevaba muchos años preparada para aquel momento.

"Puedo hacerlo. Me he entrenado para ello".

Felix se lanzó hacia mí como un mazo de hierro, listo para atacar. Lo esquivé con un buen movimiento de pies. A lo lejos, escuché un gemido de excitación de Rosalie. Me permití una sonrisita antes de continuar.

Me habría sido más fácil con un combate de uno contra uno, pero lo cierto es que pude mantener el paso con aquel par de peligrosos seres durante cerca de medio minuto. Felix estaba cada vez más enfadado y eso lo hacía fallar más; mejor para mí, eso por descontado.

Descubrí que Demetri era bueno rastreando, pero no parecía saber mantener el ritmo en el campo de batalla durante mucho tiempo; en el momento en el que conseguí alejarlo un poco de Felix, con un movimiento rápido de piernas salté sobre él y, aplicando mi fuerza, conseguí sesgarle la cabeza.

Apenas si tuve tiempo para dejarme caer, pues Felix se lanzó sobre mí como un animal encabritado. Esta vez sí consiguió sujetarme de un pie, que intentó separar de mi cuerpo. Lo habría conseguido si no fuese porque me colé entre sus piernas y tiré con toda mi fuerza hacia atrás, haciéndole perder momentáneamente el equilibrio. Estaba intentando incorporarme cuando noté que alguien más lo sacudía y, boquiabierta, vi que Emmett y Jasper estaban a mi lado, cada uno sujetándolo por un lado, tirando con todas sus fuerzas hasta que consiguieron rasgar su piel de granito y partirlo en dos.

Los tres nos miramos a los ojos, jadeando por el esfuerzo.

- Me pedí la vez para aniquilarlo hace eones. – Juró Emmett mientras levantaba el cuerpo. - No pensarías de verdad que te íbamos a dejar con la parte más divertida solo a ti, ¿no?

Jasper me miró como no lo había hecho nunca. Había reconocimiento en su mirada, orgullo… y fascinación. Ambos saltaron hacia atrás y lanzaron los cuerpos de los guardaespaldas hacia los Cullen, que se apresuraron a recogerlos y lanzarlos al fuego. Asentí con satisfacción. Lo más importante era quitarse a esos cuatro de encima. Ahora ya podíamos luchar de verdad.

Noté que Jasper y Emmett me flanqueaban, y que a su vez el resto de los Cullen se unían a la lucha. Dejé escapar un pequeño gemido de satisfacción cuando noté que algo parecido a un manto me cubría, protegiéndome.

Bella me miraba desde su posición en la fila con culpa en sus ojos dorados. Se mordió el labio inferior, un gesto que me pareció infantil. No abrí la boca y volví a mirar al frente; ahora tenía cosas más importantes de las que ocuparme.

Un grito cargado de odio salió de los labios de Cayo, y el ejército se lanzó contra nosotros… para estamparse contra el muro de Bella.

No me lo pensé: con muro o sin él, dejé que mi poder se extendiera como una serpiente que lo abarcaba todo. Los Cullen apenas si tuvieron que terminar de destrozar los restos de todos los que caían al suelo. Solté un sonido parecido a un ronroneo cuando vi a Alice y Edward terminando con Chelsea: resultaba una pieza fundamental en el modus operandi Vulturi. Todo estaba pasando muy deprisa, pero la batalla estaba de nuestra parte.

Yo misma estaba acabando con un vampiro alto y delgado cuando noté una presencia distinta. Conocía aquel olor perfectamente. Me giré y tuve apenas una fracción de segundo para esquivar a Cayo, con los ojos inyectados de ira y el pelo desordenado. Cerca de él estaba Aro, aunque me sorprendió no ver la figura de Renata enganchada a él… hasta que la vi, con los dedos estrujando la túnica oscura de Cayo. Era tan bajita que había permanecido oculta tras su espalda.

- Renata. – Gemí. Sabía que, con poder o sin él, no podría tocar un pelo de la cabeza de aquel sádico mientras ella lo sujetara.- Sé que tienes miedo. Sé que esto no te gusta.

- ¡Cállate! – Gritó Cayo, pero hice oídos sordos.

- Podemos ayudarte. Has visto lo que hemos hecho con los demás. Vamos a cambiar la historia… estás a tiempo de salvarte.

Tuve que callarme porque Cayo se lanzó sobre mí, presto para atacar. Renata permaneció unida a él.

Durante unos segundos nos lanzamos a una suerte de danza mortal sin control alguno. Era viejo, pero también bueno. Había tenido tiempo para practicar. Cada vez que estaba apunto de alcanzarlo, un campo de fuerza provocado por Renata me impedía llegar a él. Gemí, frustrada.

Cayo se lanzó de nuevo sobre mí cuando tuve una idea. Me alejé de él unos pasos y abrí uno de mis bolsillos. Llevaba, al igual que todos los Cullen, una de mis manos enguantadas. Saqué la Lanza y cuando Cayo aterrizó sobre mí, intenté atacarle el rostro con ella.

Mi mano no fue capaz de tocarlo, pero debido a su naturaleza, la Lanza del Destino atravesó el escudo limpiamente. Cayo se dejó caer, gritando de dolor por la fuerte quemadura. A causa de la impresión, observé los dedos de Renata soltando la túnica de su amo.

En un movimiento limpio salté sobre él. Mi poder llegó antes, haciendo su vieja carne tierna y suave, como la de un humano. Cayo se retorcía de dolor cuando la Lanza del Destino le cercenó la garganta de un solo tajo.

La euforia me llenó los pulmones; grité:

- ¡Cayo ha caído! ¡Una rata menos!

La batalla se congeló. Todos se miraban los unos a los otros, los ojos desencajados. Renata no se había movido del suelo, pero sus ojos pasaron del cuerpo de Cayo a mí, para terminar en Aro y volver de nuevo a mí.

- Corre. – La apremié. Me lo pensé un segundo antes de añadir. – Protege a Marco. Él no debe morir por error.

Y Renata no se lo pensó. Salió como una exhalación en dirección al único Vulturi que no estaba participando en la batalla, protegido por algunos soldados de ojos anonadados.

Me acerqué un par de pasos hacia Aro. Me permití una sonrisita de suficiencia cuando vi la mueca de su cara.

Por fin estábamos cara a cara: la rata mayor y yo.