13. ¿Es una pregunta retórica?
Temari es muchas cosas: dura, segura de sí misma, extrovertida, nunca tiene remordimientos y es un poco punki. Lo que no me imaginaba era que le interesara mi vida sentimental tanto como al resto del pueblo. Temari, sí, la más cuerda de mis amigas y un poco impredecible, ha empezado a darme miedo porque no se quita esa expresión de asombro absoluto de la cara. Me resulta un poco incómodo saberme observaba por sus ojos enmarcados en negro, sobre todo después de lo que acabo de decirle.
—¿Vas a ir a una gala benéfica?
—Sí.
—¿Vas a participar en ese concurso humillante?
Me encojo al oír sus palabras, pero aun así repito lo que ya le he dicho.
—¿Itachi es tu pareja?
Asiento y ella suspira.
—Sabía que algún día te venderías al sistema. De Ino me habría extrañado menos, pero ¿de ti, Sakura? Menuda decepción.
—Vale ya, no me vengas con sistemas. Mi madre me ha chantajeado para que participe en el concurso y a la gala tengo que ir sí o sí; mi padre es el alcalde.
—Eso son chorradas.
Rechaza mi respuesta con un movimiento de muñeca, coge los libros de la taquilla y caminamos juntas hasta el aula en la que la señora Yukino será atacada durante toda una hora por una lluvia de bolitas de papel.
—Pero si siempre he ido a esa gala, desde que era pequeña. ¿Por qué te enfadas?
—No me enfado —responde, y vuelve a suspirar—. Es que durante los dos últimos años has sido la única persona con la que podía despotricar de esa absurda tradición. ¿Recuerdas cómo nos escabullíamos a medio discurso de tu padre?
Sonrío al recordarlo. Los buenos tiempos.
—Este año es diferente. Creo que mi familia empieza a recuperarse y quiero que todo salga bien —respondo sujetando los libros contra el pecho porque alguien que se parece sospechosamente a uno de los esbirros de Karin acaba de empujarme.
—Mira por dónde vas, rubia de bote —grita Temari por encima del hombro y luego sacude la cabeza—. Tengo un mal presentimiento con todo esto. Creo que a Karin no le va a gustar ni un pelo que participes, se le nota que está desesperadita por ganar. Aunque —continúa sin que yo haya añadido una sola palabra para aliviarle la preocupación—, si ganaras, eso lo cambiaría todo.
La escucho mientras desvaría sobre un nuevo orden mundial y la posibilidad de dominar el planeta. Ahora mismo me recuerda mucho a Itachi. Los dos creen que ganar el concurso de belleza me ayudaría a destronar a Karin y que podría ocupar su puesto como la nueva abeja reina. No es lo que quiero, nunca me ha interesado, pero verla perder lo que más ansía... Eso sí que no me importaría. Ese es el plan, arrebatarle lo que más quiere y ser tan superficial como ella, que es en lo que se basa su popularidad.
No veo a Itachi en ninguna de las clases a las que asistimos juntos ni tampoco a Sasuke. Al principio me preocupa que el encuentro en el centro comercial haya derivado en algo más, pero luego Temari me dice que todos los que hacen deporte tampoco están. Itachi se ha apuntado al equipo de fútbol americano y, como no podía ser de otra manera, le han dado el puesto de quarterback titular. El día sigue avanzando y a la hora de la comida me entero de que los chicos están ayudando a montar la gala. Cuando entro en la cafetería, una especie de miedo se apodera de mí porque sé que estoy sin salvavidas. Cuando Itachi no está, siempre hay algún compañero de equipo que se encarga de cuidarnos y mantener el bullying bajo mínimos. Además, siempre nos sentamos en la mesa que Itachi se agenció el primer día que vino a clase, pero hoy Temari y yo no sabemos muy bien qué va a pasar.
Me siento en dicha mesa y miro a mi alrededor. Karin, cómo no, me está mirando fijamente, pero a medida que pasa el tiempo me voy sintiendo más aliviada porque veo que no hace nada para humillarme.
Alguien me toca el hombro y rápidamente empiezo a imaginar diferentes escenas, a cuál peor. Se acabó, Sakura, ahora es cuando Karin desata su ira contra ti. Era demasiado bueno para ser verdad.
—¿Qué es ese plancton que tenéis en la mesa?
Temari mira por encima de mi hombro a la persona que tengo detrás, que por lo visto no forma parte del escuadrón «hagámosle la vida imposible a Sakura», así que suspiro aliviada. Giro el cuello y me encuentro con un corpulento chico de primero que sonríe. En este instituto es bastante normal respetar la cadena alimentaria y no confraternizar con los que están por debajo de ti. Ellos, a cambio, se mantienen alejados del feroz mundo de los de dieciocho años. Por eso me extraña que este chaval y su amigo, que espera un par de pasos más atrás, nos miren con tanta expectación.
—¿Os puedo ayudar en algo? —pregunto con toda la amabilidad de la que soy capaz.
—Pues la verdad es que queríamos saber si podemos echaros una mano. Itachi nos ha dicho que no os gusta la comida de la cafetería, ¿queréis que os traigamos algo de fuera?
Temari y yo los miramos como si estuvieran chalados. ¿Por qué dos desconocidos a los que normalmente trataríamos como si fueran basura quieren liberarnos de la tortura que supone el plato sorpresa de carne de todos los martes?
—¿Y por qué haríais eso? —pregunto.
—Porque es parte de nuestro trabajo. Si se entera de que hemos estado haciendo el vago, nos arranca los...—El chico, que tiene la cara cubierta de pecas y el pelo castaño y lacio, se queda callado e intenta encontrar una palabra menos directa— testículos. Tenemos que asegurarnos de que tenéis todo lo que necesitáis —termina, y asiente muy serio.
Los dos parecen tan orgullosos, tan henchidos, que cualquiera diría que les han encargado la defensa de la nación.
—Espera, a ver si lo he entendido: ¿Itachi os ha dicho que nos vigiléis? —pregunta Temari sin molestarse en disimular una sonrisa, y acompaña el «nos vigiléis» con dos comillas imaginarias.
—Todos los jugadores menos los de primero están ayudando con lo de la gala benéfica, así que nos lo ha dicho a nosotros —nos explica, señalándose a sí mismo y a su amigo de piel más morena—. Es para asegurarse de que hoy no os molesta nadie.
No sé si emocionarme con tantas atenciones o preocuparme ahora que sé que Itachi tiene el poder de poner a «trabajar» de guardaespaldas a los de primero. Ahora entiendo por qué no nos ha molestado nadie en todo el día, por qué no nos han atacado ni se han aprovechado de la ausencia de Itachi.
Es porque, aun sin estar presente, sigue cuidando de mí.
—En ese caso, chicos —dice Temari, armándose con su sonrisa más seductora y enrollándose un mechón de pelo alrededor del dedo, lo que equivale a dejarlos sin posibilidad alguna de resistencia—, ¿me traéis una hamburguesa con queso?
—¿Quieres que vayamos a ver a Ino? —le pregunto a Temari mientras me lleva a casa en coche.
Su madre por fin ha cedido y le ha dejado comprarse un coche. Es un poco viejo y necesita bastantes arreglos, pero Temari le tiene tanto cariño que parece que lo haya parido.
—En el mensaje decía que tiene algo probablemente contagioso, así que será mejor que no nos acerquemos.
Temari gira en mi calle y frunce el entrecejo. Es muy raro que Ino falte a clase, por lo que lo de la enfermedad resulta creíble, pero aquí hay algo que huele mal.
—Sé lo que estás pensando. Démosle un día de margen antes de plantarnos en su casa, ¿de acuerdo?
Yo asiento. Estoy convencida de que lo mejor es darle a Ino el espacio que necesita. Últimamente lo ha tenido un poco difícil, entre la persecución implacable de Sai y la obsesión de su madre para que viva como una monja hasta los treinta.
—Solo espero que pueda aguantar mucho tiempo con su madre sin suicidarse.
Me estremezco ante la idea y luego me bajo del coche. Me gustaría invitar a Temari, pero tiene que irse a trabajar, así que nos despedimos y yo entro en casa.
Estoy en pleno proceso de servirme un bol de cereales con chocolate cuando me suena el móvil en el bolsillo de atrás. Es un mensaje de Itachi. Son las cuatro de la tarde, así que seguramente ya ha acabado por hoy.
Itachi: «Ponte algo de abrigo, salimos. Te recojo dentro de diez minutos».
La Sakura de antes le diría que no, que un viernes por la noche tengo cosas que hacer, pero la nueva tiene otros planes. A la nueva le apetece pasar tiempo con Itachi Uchiha y le encanta la idea de «salir» con él.
Yo: «Vale».
Cinco minutos después, corro escaleras arriba e intento arreglarme como puedo. Me suelto el moño que me he hecho esta mañana a toda prisa y me paso un cepillo por el pelo. Me quito la sudadera XXL y la cambio por una camiseta ajustada, rosa y con encaje en forma de ondas, encima de unos vaqueros oscuros. Decido no quitarme las Converse blancas y bajo corriendo a la planta baja. Me asomo a la ventana de la cocina, pero no veo el Volvo de Itachi. Eso me da tiempo para pintarme un poco con el maquillaje que llevo en el bolso y echarme un poco de perfume.
Suena el timbre y tengo que esforzarme para controlar los nervios. Es Itachi, el chico que me ha hecho llorar más veces de las que recuerdo. No hace falta que pierda la cabeza.
—No olvides que si llamo al timbre es por simple cortesía. Todavía tengo la llave.
Entra paseándose tranquilamente, con su chupa de cuero negro, una camiseta cómoda y unos vaqueros. Me quedo sin respiración.
—¿Ya has acabado de repasarme, Saku? —me dice con su fanfarronería habitual.
De repente, pienso que debo hacer algo urgentemente. No puedo permitir que crea que me gusta, no de esa manera. O que me gusta a secas.
—¿Has visto que llevas grasa por toda la cara?
En realidad, solo es una mancha en la frente pero, eh, si no exagerara no sería Sakura Haruno.
—¿Qué? Pensaba que me la había quitado toda —refunfuña, y se dirige hacia el fregadero de la cocina para echarse agua por toda la cara.
Ay, no, ahora es mucho peor.
El agua le moja la camiseta y le resbala por los músculos del cuello, que se tensan mientras bebe.
Será mejor que no mire, que no me deje embelesar por la belleza de este ser humano impresionante que tengo a un par de metros de mí.
Aparto la mirada y busco algo que hacer, por insignificante que sea. Cojo una bayeta y la paso por la encimera, aunque sé que está limpia y brillante.
—¿Estás lista? —me pregunta mientras se seca con un rollo entero de papel de cocina.
Asiento sin mirarlo, cojo el bolso y me dispongo a ir hacia la puerta, pero Itachi me coge del brazo y tira de mí. Me obliga a darme la vuelta, me coge por los hombros y tira de mi barbilla hacia arriba. Sus ojos se clavan en los míos como si intentaran descubrir algo.
—¿Estás bien?
Me revisa la cara y las partes visibles de mi cuerpo.
—¿Por qué no habría de estarlo?
Odio cuando me sale la voz como si me hubiera quedado sin aliento, pero Itachi no le da importancia. No es propio de él y me demuestra que nuestra relación está cambiando. No sé si quiero que esto suceda. Ya no es el terror que asuela mis horas diurnas, cierto, pero esta tensión que hay entre los dos me pone aún más de los nervios.
—Estás un poco rara. ¿Te ha pasado algo en clase? Me voy a cargar a esos...
Pongo los ojos en blanco mientras él amenaza a los novatos que le hacen de lacayos.
—Tranquilo, machote, estoy bien. ¿No nos íbamos?
Me quito sus manos de encima, le doy la espalda y respiro hondo. Cada vez me cuesta menos mentirle, pero no creo que llegue a convertirme en una profesional. Parece increíble que el chico cuya presencia, hasta hace dos días, era incapaz de soportar, ahora me provoque esta explosión incontrolable de sentimientos.
—Cada día estás más rara, Saku, de verdad.
Resulta que hoy no ha venido en coche, así que pillamos unas pizzas y vamos caminando hasta el parque. Sigo sin entender de qué va todo esto, pero él parece tan contento que prefiero no preguntar. Habla sin parar sobre cómo vamos a machacar a Karin en el concurso. Si quisiera aguarle la fiesta, le diría que ganar tampoco es que signifique mucho para mí, que si participo es por mi madre. Sin embargo, no sé muy bien por qué, quiero que piense que estoy tan emocionada como él.
Nos sentamos cerca del lago. Por suerte, la hierba no está mojada y no necesitamos una manta.
—Lo que pagaría por saber qué pasa en esa cabecita tuya —dice Itachi riéndose, y me pasa una servilleta y un trozo de pizza.
—Normalmente, pesadillas sobre el día en que me empujaste desde este mismo árbol cuando tenía nueve años. Aquel día me rompí el brazo, y luego tuve que llevar escayola durante tres semanas y me perdí el recital de piano.
—No fue en este árbol —replica él a la defensiva, señalando el sauce que tenemos detrás.
Yo niego con la cabeza y sonrío al ver la vergüenza reflejada en su cara. ¿Se siente mal por aquello?
—Gracias, pero creo que me acuerdo.
—No pensé que te caerías —me dice con un hilo de voz, mientras arranca briznas de hierba del suelo.
Le sobresale el labio inferior, que es de un rosa increíble y mucho más atractivo de lo que yo quisiera. Por lo visto, Itachi acaba de convertirme en una fetichista de los labios.
—No pasa nada, han pasado nueve años, creo que ya lo he superado —bromeo, y él se ríe conmigo.
No me gusta que se sienta culpable, por mucho que lo haya deseado durante años. Se nota que se arrepiente de todas las veces que me ha hecho bullying en el pasado.
—Y qué, ¿has escogido canción? —pregunta cuando terminamos de comer.
Me inclino hacia atrás, con el peso del cuerpo apoyado en los codos, y levanto la mirada hacia el cielo estrellado. Ahora mismo no me apetece hablar del concurso. Aquí, en mi propia burbuja, solo quiero relajarme y no pensar en los problemas que asuelan mi vida. Hacía mucho tiempo que no venía a este parque. Karin y su séquito siempre andaban por aquí, ella normalmente enrollándose con Sasuke. A toro pasado, comprendo que empezó a salir con Sasuke para alejarme, no porque le gustara.
—¿Qué canción? —pregunto volviéndome hacia Itachi, y lo descubro mirándome fijamente con los ojos abiertos de par en par.
Me incorporo rápidamente y me paso los brazos alrededor del pecho. Esa mirada, esos ojos intensos y penetrantes, han conseguido que el corazón me dé un vuelco. ¡Basta de volteretas, maldito! Al menos no por un rompecorazones como Itachi Uchiha.
Se rasca la nuca y aparta la mirada. Otra vez vuelvo a sentirme estúpida por hacer que se sienta incómodo. No quiero que piense que me intimida. En realidad, es al contrario, me gusta cómo me mira, seguramente más de lo que debería.
—Ya sabes, la que se supone que tenemos que bailar.
Ah, claro, el baile en pareja de todos los que participan en el concurso, y que, si lo clavas, sabes que has ganado el título. Itachi quiere arrebatárselo de las manos a Karin y dármelo a mí porque sabe lo mucho que ella ha trabajado para conseguirlo. Solo le interesa la popularidad, y si ganara otra persona, la destruiría a tantos niveles... No sé si quiero hacerle esto. Ni siquiera estoy segura de mis capacidades para destronarla, aunque cada vez que lo digo recibo un sermón sobre autoestima de la mano de mi guía espiritual favorito, Itachi, y no me queda más remedio que callarme.
—Pensé que no te interesaría. Que las lentas eran para las nenazas.
—Son para las nenazas, bizcochito, pero tenemos que ganar. Además, yo bailaré contigo. Eso lo hará diferente.
Me guiña un ojo y yo me quedo boquiabierta como una imbécil. Está tonteando contigo, Sakura, di algo, haz algo. Deja de mirarlo como si quisieras pasártelo por la piedra. Dile lo repulsivo que te resulta, que no estás interesada. ¡Haz algo, lo que sea!
—Tengo cortinas nuevas en mi habitación —le suelto.
Pero ¿se puede saber qué demonios me pasa? ¿Cortinas? ¿Por qué, Sakura, por qué?
—¿Te pongo nerviosa?
Está tan pagado de sí mismo que me entran ganas de atizarle. No está bien que se aproveche de mi estupidez. Tengo que trabajar la soltura verbal cuando estoy con él o pensará que soy como todas las chicas del pueblo. Ahora entiendo por qué se sienten tan atraídas. Es guapísimo y encima lo sabe.
—No, es que pasar tantas horas contigo me está dejando sin neuronas, Uchiha.
—Eso es por la cantidad de horas que te pasas mirando al inútil de mi hermano.
Se levanta y me pregunto si está enfadado conmigo por algo que he dicho, pero entonces veo que coge mi bolso del suelo y sé que se trae algo entre manos.
—¿Llevas el iPod?
Me levanto y le arranco el bolso de las manos.
—¿Nunca te han dicho que no hay que hurgar en el bolso de una señorita?
Me estremezco al pensar las cosas que encontraría en él, lo peor de todo, los tampones.
—¿Qué señorita?
Le doy una patada en la espinilla.
—No vuelvas a tocar mi bolso —le ladro, y me lo guardo al lado—. Toma —digo, poniéndole el iPod en la mano.
Me sonríe y luego me pasa el brazo alrededor de la cintura y me atrae hacia su pecho. El impacto me deja sin aliento. Si no me estuviera sujetando, me derretiría hasta convertirme en un charco.
—¿Qué... haces?
Me tambaleo un poco mientras farfullo las palabras. Itachi me pone el iPod en el bolsillo delantero de los pantalones y me mira con los ojos entornados. Un auricular va a mi oreja y el otro, a la suya. Yo me limito a observar en silencio, completamente hipnotizada, mientras él apoya uno de mis brazos en su hombro y entrelaza las manos que nos quedan libres y que flotan en el aire.
—Bailo contigo, Saku.
Empieza a sonar una música lenta y yo me santiguo porque reconozco la canción. Comparto el iPod con Ino porque su madre no quiere que se acerque a ningún aparato de estos hasta que vaya a la universidad. Digamos que mi amiga y yo tenemos gustos muy diferentes.
—Tú sígueme —me susurra Itachi, y empezamos a movernos.
Arranca el primer verso y yo intento no concentrarme en la letra. Esta canción la he escuchado una cantidad ridícula de veces. Es sobre un chico que le dice a su novia que la quiere precisamente por sus imperfecciones. Las letras de las canciones tienen significado, las palabras tienen poder y yo no puedo permitir que todo esto me supere.
—Relájate, estás demasiado tensa.
Asiento e imito sus movimientos sin mirarle a los ojos. De pronto, llega el estribillo y me empieza a temblar el labio inferior. Itachi me sujeta tan cerca de su cuerpo y con tanta fuerza que es como si no me quisiera soltar. Justo cuando estoy pensando en salir corriendo como si no hubiera un mañana, retira la mano de la mía un segundo, me levanta la barbilla y sus ojos se clavan en los míos.
—Tienes que mirarme. —Tiene la voz ronca y yo siento que me tiembla todo—. Los jueces tienen que tragarse lo que les vendamos.
Claro que sí. Estamos actuando porque necesitamos ganar. Exhalo lentamente y sé que ya no estoy tan cerca de una muerte segura por hiperventilación como hasta hace unos minutos. El objetivo es ganar a Karin, nada más.
—Vamos a intentarlo de nuevo, pero esta vez mírame a los ojos, ¿de acuerdo?
Su mano se desliza unos centímetros hacia arriba, siguiendo la curva de mi espalda. Es un movimiento tan lento y sensual que no puedo evitar cerrar los ojos. La puñetera canción no es que sea de gran ayuda. ¡Tengo que decirle a Ino que deje de grabar canciones sensibleras en el iPod!
—Te voy a levantar del suelo, ¿vale?
—Por favor, no me tires al lago —le suplico.
Itachi se ríe y me aprieta aún más fuerte contra su pecho.
—¿No confías en mí, Saku?
—¿Es una pregunta retórica?
Al oír mi respuesta, pone los ojos en blanco.
—Te voy a levantar quieras o no. Vas a tener que aprender a confiar en mí.
A mí se me escapa la risa.
—Es más fácil decirlo que hacerlo, colega. Me has martirizado durante buena parte de mi vida y no sé si matarme sigue estando en tu lista de cosas pendientes.
Murmura algo en voz baja y me parece entender «qué melodramática». Así está mejor, esto es lo normal. Discutir, pelear, querer arrancarnos mutuamente el pelo; eso es lo que se nos da mejor. Cualquier otro sentimiento podría entorpecer esta dinámica tan increíble que compartimos.
Empieza la segunda estrofa de la canción y, sin previo aviso, Itachi me levanta por la cintura y en cuestión de segundos mis piernas cuelgan en el aire mientras él nos hace girar a los dos. Las palabras que oímos en nuestros respectivos auriculares resuenan a nuestro alrededor. Entre la forma en que me mira y la voz suave y delicada del cantante, juraría que es el momento más mágico de mi vida.
Cuando me baja, busca mi cintura con las manos. No cabe ni un alfiler entre los dos. Mis pies tocan el suelo y me doy cuenta de que estoy totalmente enredada en él. Sus brazos me rodean, una de sus piernas está entre las mías, mis manos se agarran a sus hombros... Lo que me sorprende es que aún quede algo de espacio entre los dos.
Sus ojos se posan en mis labios y siento que el corazón se me sale del pecho. No lo entiendo. Hasta el último átomo de mi ser es consciente de lo cerca que estamos, de que por fin ha llegado el momento.
Está a punto de pasar algo que cambiará mi vida para siempre.
—Saku —susurra Itachi mientras se inclina sobre mí.
Noto cómo me voy acercando a sus labios cada vez más y más...
Un zumbido estridente perturba el silencio de la noche y siento que me acaban de echar un cubo de agua fría por la cabeza. Itachi maldice entre dientes y se aparta de mí, yo me tambaleo y por poco no aterrizo de culo en el suelo. Mi móvil sigue sonando y vibrando; me lo saco del bolsillo con gesto tembloroso.
—¿Sí?
Estoy sin aliento, me falta la voz y tengo ganas de atravesar el cráneo de quien llama con un clavo de veinte centímetros.
—Sakura, menos mal. Tienes que venir a casa de Ino ahora mismo, está al borde de un ataque de nervios y no sé qué hacer.
Temari sigue hablando y explicándome que está preocupada por Ino y que cree que la señora Yamanaka, con su carácter controlador, ha llevado a su hija al límite. La escucho a medias; mis ojos se posan en la espalda de Itachi, que está tirando piedras al agua. Por la postura, diría que está enfadado o como mínimo un poco molesto.
Íbamos a besarnos, de eso estoy convencida. Si Temari no hubiera llamado, ¿lo habríamos hecho por fin?
—¿Estás ahí? ¿Me oyes?
—Sí, ahora voy.
Cuelgo y me acerco a Itachi, que oye mis pasos y se da la vuelta. La expresión de su cara no delata nada. Está como siempre, tranquilo, feliz y un pelín chalado.
—¿Va todo bien?
Yo agito una mano en el aire, como queriendo quitarle importancia al asunto.
—Por lo visto, le pasa algo a Ino. ¿Me puedes llevar a su casa?
Con un poco de suerte, los veinte minutos que hay entre su casa y la de Ino serán la oportunidad perfecta para hablar. Hemos estado a punto de besarnos, otra vez. Esto se merece una conversación, ¿no? ¿No es lo que hacen los mayores, hablar las cosas?
Caminamos en silencio hasta su coche, manteniendo en todo momento una distancia un tanto incómoda entre los dos. Me pone de los nervios que no parlotee sin ton ni son o intente burlarse de mí. Quiero que me diga que me visto raro o que tengo los dientes demasiado grandes; me conformo con cualquier cosa que sea mínimamente insultante. Lo que sea menos este horrible silencio.
Cuando llegamos al coche, me pongo el cinturón y él arranca el motor. Busco temas de conversación que sean seguros y empiezo por algo que es imposible que se tuerza: hincharle el ego.
—¿Dónde has aprendido a bailar así?
—Nos enseñó Mikoto para la boda de su hermana. Sasuke y yo debíamos tener unos diez años. —Sonríe al recordarlo y yo me imagino a un Itachi larguirucho y desgarbado aprendiendo a bailar agarrado—. Obviamente, a Sasuke le costaba más.
Los dos nos echamos a reír porque sabemos lo mal bailarín que es el otro hermano Uchiha. Cada vez que hay un baile, los gritos de dolor de Karin resuenan por todo el gimnasio.
—Mikoto tuvo que darse por vencida porque se le llenaron los pies de ampollas. Digamos que mi hermano es muchas cosas, pero no una buena pareja de baile.
—Ahí llevas razón.
Se me escapa la risa y Itachi sonríe. De repente, la tensión desaparece y volvemos a ser los de siempre. Solo necesitábamos meternos un poco con Sasuke y, sinceramente, ahora mismo tampoco es que me moleste hacerlo.
Aparcamos el Volvo justo delante de casa de Ino, en un barrio aburrido de las afueras.
—Gracias por traerme. Te diría que entraras, pero no sé qué te haría la señora Yamanaka.
Me quito el cinturón y bajo del coche. Cuando estoy a medio camino del porche, oigo pasos y veo que Itachi está detrás de mí. Lleva una caja muy grande en las manos, con un lazo plateado.
—¿Qué es eso? —pregunto, nerviosa, y veo que vuelve a rascarse la nuca.
—Mira, no quiero que pienses que te estoy obligando a nada, pero...
—¿Qué es? ¿Por qué pareces tan asustado?
Observo la caja con cautela y mi propia risa se me antoja falsa.
—Sé que estás teniendo problemas para encontrar un vestido y como no quieres parecer una bola de discoteca con el de tu madre, te he comprado esto.
Me planta la caja en la cara, como el niño que le regala una manzana a la profesora el primer día de colegio, aunque, si no recuerdo mal, aquel día la pobre señora Grisham recibió un tarro lleno de gusanos de su alumno menos favorito.
—¿Me has comprado un vestido? —pregunto anonadada mientras le cojo la caja de las manos.
Pero ¿cuánto pesa esto?
—Técnicamente me ha ayudado a escogerlo Mikoto, pero creo que te gustará. Si no, puedes devolverlo. Quiero decir que no pienso obligarte a llevarlo, tampoco es que sepa mucho de vestidos. Mikoto dice que te gustará y yo creo que te quedará bien. En serio, no importa si...
No sabe ni lo que dice. Dios, está tan mono cuando se pone nervioso y acaba parloteando...
Nunca le había visto perder la calma de esta manera y he de decir que la escena es adorable. Sin pensármelo dos veces, me acerco a él y le tapo la boca con la mano.
—Cállate, Itachi.
Cuando estoy segura de que no va a empezar otra vez a hablar, me pongo de puntillas y le planto un beso en la mejilla. Aplico la mínima presión posible y dejo que mis labios descansen sobre su piel unos cinco segundos antes de retirarme. Ha merecido la pena enfrentarme a mis miedos a cambio de la expresión de alucinado que tiene ahora mismo en la cara.
—Gracias, estoy segura de que me encantará —susurro antes de retroceder y dirigirme hacia la puerta.
—¡De nada, bizcochito! Eh, acepto masajes suecos como muestra de afecto —grita cuando casi he llegado al porche.
—Sigue soñando, Uchiha —replico a medio camino entre el grito y el susurro; no quiero que la señora Yamanaka se escandalice.
Itachi me guiña un ojo y se mete en el coche. Antes de irse, me manda un beso y yo me quedo mirándolo mientras se aleja, pensando lo mucho que ha cambiado, lo mucho que hemos cambiado los dos. La diferencia es increíble.
