Dulces y Narcisos
Adaptación por Alexa Bauder
Basado en el dorama Boys Over Flowers (Corea)
éste a su vez, basado en el manga Hana Yori Dango de Yōko Kamio
Capítulo XVI
Dignidad
Durante la cena, a Terry no le había parecido que Candy hubiese tomado la decisión de buscar un trabajo extra los fines de semana; eso podría mermar sus clases y entrenamientos, pero no había algo que bajara a Candy cuando ella se proponía a subir.
—Terry, no te preocupes. —Candy tomó otra pieza con sumo cuidado, una vez que logró manejar el par de palillos con una sola mano. Su novio se había encargado de darles un lugar privado para que su pecosa no tuviera empacho en aprender. Su seriedad era evidente.
—Estoy buscando en mi cabeza algo que te sea más redituable que tener que trabajar más horas en vez de invertirlas en tus estudios.
—¿Ahora eres economista?
Terry se encogió de hombros, negando, volvió a su comida.
—Estoy siendo educado para eso y más. Lo que no concibo es tener que quedarme de brazos cruzados viendo como atraviesas todo esto, sola.
—Es lo que hay, y por favor, déjame hacerlo a mi modo. No hay algo que tu tengas o puedas hacer.
El inglés ladeó la cabeza, buscando que su novia le mirara nuevamente.
—No está mal pedir ayuda, pecosa.
—¿Y tu la has pedido alguna vez? —Rebatió, sus rubias cejas se alzaron, el ahora desvió la vista.
—Es diferente. Quiero hacerme cargo de ti.
—Y te lo agradezco, pero no te corresponde. Sí. Estamos… Estamos juntos, pero no soy tu responsabilidad. —Antes de que el rebatiera, continuó. —La mejor forma que me puedes apoyar es estando de acuerdo.
El negó, no, no estaba de acuerdo, pero iba a dejar las cosas así, por mientras, sin eso sí, perderla de vista. Luego, sonrió ampliamente.
—¿Ahora qué pasa, Terry?
—Pasa que discutimos como una pareja adulta. Como un par de casados por un tema así.
Candy abrió mucho más los ojos, tuvo que tomar un trago de agua, aclaró la garganta.
—A veces siento que vienes de otro siglo, Terry.
Annie realmente no sabía qué hacer. Habían pasado cuarenta minutos desde que llegó a ocupar esa mesa y dos vasos de agua y un café comenzaba a impacientar al mesero, pues debido al festejo de la noche, tenía parejas y grupos de amigos esperando por un lugar y ella, era simplemente un desperdicio.
Para colmo, un par de chicas con pareja murmuraban a dos mesas de ella. Una, de cabello cobrizo con los rulos artificiales tenía la mirada más malintencionada que jamás hubiese visto. Su amiga, la rubia, se parecía mucho, pero era más por seguirle la corriente, pues a leguas se notaba quería poner más atención a su acompañante masculino que al juego de su amiga. Claro, la reconoció, era Eliza y compañía, las había visto en los juegos de Lena, cuando compitieron Terry y Anthony. Y ellas, también la habían reconocido.
Annie suspiró, poco más de cuarto de hora. Eliza, camino al tocador, aparentó sorprenderse al encontrarla, habló desde arriba, con el aire de superioridad de siempre.
—Es muy poco cortés que te dejen plantada, ¿no es así?
—¿Lo dices por experiencia, entrometida? —Eliza no esperó ese ataque frontal, de Candy sí, pero Annie sí que le sorprendió. —Además, ¿te conozco?
—No, pero yo a ti sí, eres como Candy, tu amiga.
—Qué descortés dirigirle la palabra a alguien a quien no te han presentado oficialmente. —Annie respondió, con la más dulce voz que pudo haber actuado.
Eliza abrió la boca, achicó los ojos, negando, a punto de otro disparo venenoso.
—Annie, —Un apresurado Archie llegó dejando un beso en la mejilla de la chica. —disculpa la tardanza, tuve un asunto… Eliza, ¿qué haces aquí?
—¿Tú? ¿Con ella? ¿Es que acaso Londres se vuelto loco con las chicas pobres?
Archie lo pasó por alto, le pareció más divertido su rostro molesto. Quiso ir más allá, alcanzó la mano de Annie sobre el mantel.
—Cornwell, puedo decirte que Terry es impulsivo y hasta excéntrico, ¿pero tú? ¿Qué falta? ¿Stear saliendo con Patricia O'Brian? Nada, no quiero saber nada.
Siguió su camino, furiosa, casi tropezándose con una chica que llevaba una charola de pasteles, pero a la niña mimada poco le importó.
—¡Torpe!
La mano de Annie escapó de su agarre en tanto que Archie se distrajo, aunque rieron juntos por el percance. Archie la había salvado por esta vez. Al diablo su cita.
—¿Quieres salir de aquí, Annie?
—Por favor. Gracias.
Los siguientes días, Candy se propuso a encontrar algo que se ajustara a sus horarios y afortunadamente, fue aceptada en una tienda de ropa exclusiva que además de un salario muy básico, recibiría comisiones por sus ventas. Los precios eran algo que ella nunca pagaría, así que, de esta manera, podía conseguir el dinero extra que necesitaba ahorrar para el Hogar de Ponny. Se esforzó mucho para aprender las reglas de cortesía a los clientes, usar los tacones y el bonito uniforme; doblar y dar una presentación impecable de las prendas.
El sábado por la tarde, luego de su primer trabajo en Candy Cakes, su enmienda fue colocar los recién llegados anuncios de una nueva línea de sacos para hombres. En cuanto los acomodó en el escaparate, un par de chicas se entusiasmaron al reconocer al modelo de la foto. Candy lo miró mejor, sí, era atractivo, pero el aspaviento que provocaba le hizo pensar que fuese alguien famoso en Inglaterra.
—No, lo siento, los anuncios no se venden.
Tuvo que decir unas cuantas veces a varias adolescentes decepcionadas, consolándose con uno de los volantes. A pocas horas, Terry entró al local, la chica con mayor experiencia se acercó para ofrecer su ayuda, pero el pidió estrictamente que quien le atendiera, fuera la rubia que acomodaba corbatas.
—Terry, ¿qué haces aquí?
—¡Candy, pero qué sorpresa! —Entrecerró los ojos, Candy no le creía ni un ápice que fuese casualidad, su novio no sabía mentir. Negó. —Vengo a hacer unas compras y pensé "Ey, ¿por qué no ir a esa tienda de allá?"
—¿Ya no compras trajes a medida hechos por tu sastre el japonés con borregos australianos?
Terry negó, sin ni siquiera responder a su pregunta.
—¿Me puedes mostrar este traje en mi talla, por favor?
—Claro. —La rubia retomó su tono cortés. —¿Qué talla?
—No sé, tendrás que calcular.
—Pero…
—Ese es lo que hace a una buena dependienta, tendrás que aprender eso si quieres sacar ventaja a tus compañeras. —Guiñó desplazándose luego a las corbatas.
—¿Traigo una cinta para medirte? —Desafió ella, sabiendo que la idea de medir a otros chicos no iba a parecerle. Terry alzó las cejas no muy contento, pero Candy se encogió de hombros, bromeando.
El resto de la tarde fue de probar y llevar cajas y bolsas de mercancía, no había algo que a Terry no se le antojara, parecía niño en dulcería. Sin duda, la comisión fue cuantiosa, Candy ganó lo que en un mes sacaba en Candy Cakes. Al final de su turno, cuando la noche cayó y el resto de las tiendas en el centro comercial cerraron sus cortinas, encontró al inglés esperándola, sin sus paquetes.
—No sé si lo que hiciste fue trampa. Si me ven contigo, pueden molestarse.
—Te veías tan bonita en tacones.
—No me cambies el tema, Terry. —Candy, ahora en zapatos deportivos, ocultaba su uniforme con el abrigo encima y las manos en sus bolsos.
—No te preocupes, a ellos solo les importa vender. Te llevo a casa.
—Gracias, pero tenía pensado recoger a Tom de una fiesta.
—Pues vamos.
Ambos subieron al auto conducido por otro chofer y un asistente que no era Takarai. Candy intentó preguntar al respecto, pero Terry no hizo esfuerzo en responder detalladamente, había contratado a su propio chofer y guarda, ya que ahora no podía salir de casa solo. Ambos llegaron delante de una de las residencias de una zona exclusiva, algunos otros autos se encontraban en el lugar y había grupos de chicos de la edad de Tom, también otros mayores. Candy buscó con la mirada, Terry dio un vistazo general al lugar.
—¿No es aquel?
Terry miró hacia otro de los autos, Candy asintió, antes de alzar la mano para llamar su atención, logró distinguir que un chico mayor que su hermano, le daba un par de billetes que Tom enseguida guardó en el bolsillo de su pantalón. Juntaron puños antes de despedirse, como un trato cerrado. Tom se giró a su hermana, la notó, antes de llegar a ella, otro chico más lo interceptó, Tom nervioso lo atendió, en su celular anotó algo que el contrario le dictaba y así mismo, se despidió también de él.
¿En qué estaba metido Tom? Candy frunció el cejo, confundida.
—Hola, Terry. —A Candy le sonrió, pero ella no respondió el gesto.
—¿Qué tienes ahí, Thomas?
—¿Dónde? —El muchacho alzó las manos vacías, pero ella palpó su bolsillo, él se retrajo, pero ella insistió. —Déjame, ¿qué haces?
—Vi que te dieron algo.
—Es nada, ¿nos vamos?
—¡Tom!
Terry notó el resto de los chicos que comenzaron a observarlos discretamente, abrió la puerta del auto para su novia.
—Candy, vámonos, lo solucionamos adentro. Tom… —Señaló con un gesto de la cabeza al chico el interior del vehículo, invitándolo también, algo que sin duda obedeció.
—Tom, dime que tienes ahí. Yo te vi.
Terry guardó silencio, indicando al chofer que se dirigieran al internado San Pablo para chicos, el chico moría de vergüenza, aunque se mostrara molesto.
—Dinero. —Respondió al fin, cruzado de brazos.
—¿Dinero? ¿Por qué te dan dinero?
—Por trabajo.
—Pero, Tom…
—¡Hago tareas y ensayos a otros chicos!, ¿de acuerdo? Yo también puedo ayudar, ¿no lo crees? Ya no soy un niñito, me doy cuenta de las cosas.
—¿Cómo supiste?
—El coordinador me lo dijo, debo saber los cambios de direcciones, llamé y la Hermana María me lo contó todo.
Silencio. El auto en el interior no hubo una palabra más hasta que llegaran a su destino, Tom salió inmediatamente, Candy le siguió.
—Tom, no puedes descuidar tus estudios.
—Tu tampoco, Candy. Se lo que tu sientes, Terry tampoco estaría de acuerdo, ¡yo no lo estoy! Pero es lo que hay, ¿vale?
Candy negó, pasó saliva, tomó la mano de su hermano, que cada día crecía más rápido, lo abrazó, pronto ya no podría hacerlo como antes, pronto, la superaría por mucho en estatura.
—Lo que haces es trampa. Si alguien los descubre, ellos dirán tu nombre y tu estarás también en problemas. Tendrás que buscar otra solución.
El suspiró.
—Soy bueno en lo que hago.
—Pero no es honesto. Si me prometes que buscarás algo que no sea ilegal y solo sea un par de horas, no me opondré, ¿de acuerdo?
Tom asintió en silencio, se separó para mirarla de nuevo, se animó todavía abrumado, pero su hermana lo hacía con la clara esperanza de que todo iría mejor y de que en verdad, no había de qué preocuparse.
—¿Están bien, Candy?
—Estaremos bien, sí. —Candy suspiró dentro del auto cuando dejó ir a Tom. Terry tomó su mano acariciando con sus dedos, ella respondió con un suave apretón, y él, sin poderlo evitar llevó a sus labios su suave dorso para besarlo.
—Si tu estás al mando, sé que así será, pecosa.
Sarah Leagan, próxima a sus cincuenta, se observó en el espejo con recelo, arrugó el ceño comprobando cuánto bien le había hecho o no su más cara crema que prometía detener los signos de la edad. Su hija apareció en el reflejo con uno de sus aparatos en mano, haciéndola recobrar la distancia adecuada entre ella y el tocador.
—No entres sin tocar, ¿qué quieres?
—Perdón, mamá, estaba abierto. Te quería preguntar si asistirás a la obra anual del Club de Drama.
—¿Ahora sí estás en el reparto?
—Sí.
—¿Protagonista? —La mujer se dispuso ahora a untar en sus manos una gruesa capa de aceite.
—No, pero…
—Eliza, —Interrumpió— Debiste haberte esforzado más.
—Lo hice. —La chiquilla alzó la voz, pero no le valió a la mujer que no quiso escuchar sus excusas.
—Al parecer, no fue suficiente.
Eliza exhaló desviando la vista.
—Iré a prepararme algo a la cocina, ¿quieres algo?
—Claro que no. A saber qué podrás preparar por ti misma.
Por último, su madre comenzó a cepillar su larga cabellera, su ritual de belleza era tanto o más importante que lo que sucediera en esa habitación. Sin mucho ánimo, pero con hambre, llegó a la cocina donde no esperó encontrar a nadie, solo a una chica que limpiaba, por último.
—Señorita, ¿desea que le prepare algo?
—No, vete, déjame sola.
No hubo más que agregar, dejó la Tablet en la encimera, con la página del Colegio abierta sin confirmar la asistencia de sus padres. Navegó por otra página donde guardaba algunas recetas.
No es que ahora le jugara a la criada, pero algo había descubierto que sabía hacer y la relajaba, y eso era, meter las manos en la cocina. Las palabras de su madre se repitieron en su mente. "A saber qué podrás hacer por ti misma". Fue a la nevera, sacó lo suficiente para prepararse un emparedado, no tenia ánimos para algo más. Cierto, no había conseguido el protagónico, había perdido una vez más la oportunidad de ensayar con Terry. Tampoco había ganado su atención. ¿Por qué nada de lo que se proponía salía bien? Se veía siendo envidiada por todo el Colegio cuando caminara por los pasillos con los F4, pero no, en lugar de eso, una estúpida americana mosca muerta le había robado su momento.
¿Qué tenía Candice White que no tuviera ella? Por Dios, ¡Eliza Leagan era por mucho, superior! ¿O no? ¡¿O no?! Le gustaba tanto, lo quería y admiraba todo lo que hacía, ¿por qué si ella era la mejor en todo, no podía quererla? Había emulado todo de él.
Por distracción, el cuchillo rebanador de pan rozó su dedo, una leve línea roja se marcó en su piel, el cuchillo fue a dar escandalosamente sobre la tarja cuando fue lanzado, pero al mismo tiempo, el bote de cristal de aderezo cayó al piso, esparciendo su contenido. Esperó un grito de su madre, al menos una reprimenda.
Exhaló, cerró los ojos.
—¿Eliza? —Reaccionó, la cabeza de su madre se asomó, Sarah miró al suelo, con solo el breve gesto sobre la comisura de su labio, confirmó la inutilidad de su hija.
—¿Sí?
—Nada. No comas mucho, por favor, cada que te veo, noto más hinchadas tus mejillas. Buenas noches.
No lo podía creer. Buscó su reflejo en el primer electrodoméstico que encontró, este fue el tostador. Se pinchó los pómulos con dedos índices. No, no era posible, el contorno de su rostro era perfecto, no había grasa de más ahí. Sollozó solo una vez, se tomó la cabeza entre sus manos con los codos apoyados en la superficie, acallando un grito de impotencia. ¡A su madre le encantaba hacer esos comentarios hirientes!
Saltó el desastre ocasionado hacia la nevera, donde encontró helado. Oh, sería tan feliz de comerse todo un litro, lo sustituiría por otro, nadie se enteraría. Cortó las ideas, la cerró de tajo, no podía pensar en comer calorías extra, no sería tan estúpida como Mónica, no. Su antigua amiga había gastado en buchetomía, en una operación de nariz y una rigurosa dieta para bajar de peso y aún así, tenía rodillas robustas. Eliza, ella sí que tenía toda su belleza de manera natural, no necesitaba de artificios.
Minutos más tarde, habiendo comido su emparedado y un vaso de leche dejando a la servidumbre limpiar el desastre, salió de la cocina siendo superior en su cabecita altanera a un par de chicas del instituto.
Entrada de Blog
Sábado, Londres
La familia es el soporte más importante que jamás podamos tener; pero es, otras veces, un yugo del cual, es labor necesaria liberarnos emocionalmente.
Señorita W.
A la semana siguiente, Candy esperó que la aparición de Terry no fuera para acaparar toda la atención de la tienda, notaba como algunas chicas sospechosamente daban vueltas por ahí, como si trataran de captar el momento en que alguien llegara. Un hombre vestido a lo bohemio anunció su entrada cuando el sensor de movimiento emitió un suave tintineo, en vista de que sus compañeras estaban ocupadas, se acercó para brindar su ayuda.
—Bienvenido, ¿desea que le muestre algo en específico?
—Gracias, busco un obsequio para mi hijo.
—Claro que sí, puedo mostrarle algunos accesorios o si sabe su talla, algunas prendas que acaban de llegar por temporada.
El hombre no parecía muy seguro de saber lo que buscaba, solo notó que miraba también al resto de sus compañeras. Cuando realizó su pago, asegurándose de que nadie los oyera, agregó:
—¿Sabes? Tengo una agencia de publicidad que busca modelos para hacer algunas fotos de archivo. Hay muchas escuelas que buscan nuestros servicios, quizás podrías venir a hacer una audición. —Candy negó en entrega de su regalo y ticket.
—Gracias, no soy modelo.
—Podrías serlo, solo considéralo.
Extendió su tarjeta, guiñó convincentemente y salió de ahí, sin insistir más. Candy leyó lo entregado, un chico que había deambulado por ahí colocó una camiseta para ser cobrada.
—No irás, ¿cierto?
—¿Perdón? Ah, no, disculpe, ¿es todo? ¿Quién le atendió?
El muchacho, con gorra, lentes oscuros y una chaqueta mostró una gran sonrisa perfecta, negando.
—Nadie, me serví solo. Oye, noté que ese tipo te ofreció algo. Hay que tener cuidado. —Candy registró la prenda y prosiguió a empacarla, el pagó en efectivo.
—¿Cómo saber si es real? Y si lo fuera, ¿pagan tan bien como dicen?
—Así no funciona esto, te lo digo yo, que soy un modelo de verdad.
Ella alzó la vista cuando el se sacó los lentes, pero no reconoció a nadie en específico, el chico divertido, señaló el anuncio de afuera.
—¿Tú? ¿Tú eres…? —Candy llevó la mirada una y otra vez a uno y otro, para verificar el hecho de que tenía enfrente al chico de traje.
—Dan, mucho gusto.
Tomó su compra y ticket, volvió a colocarse parte de su disfraz cuando una chica lo reconoció y boquiabierta, lo señaló, muda de la emoción. Salió rápidamente de ahí, casi topándose con Anthony en la entrada.
—¿Lo conoces?
Se acercó a Candy pareciéndole extraño el casi accidente que tenía con él. Su amiga negó, encogiéndose de hombros.
—Vine por ti, Terry está ocupado y me dijo que sales tarde.
—Ni tanto. Espera, ¿Terry?
—La duquesa está en casa.
—Oh, entiendo.
Anthony avisó que la esperaría cerca hasta terminar su turno y no distraerla. Intentó buscar al chico con quien se había topado, sin éxito.
—Candy, ¡tengo un trabajo!
—¿En serio?
Sonó al otro lado de la línea Tom, cuando al salir de la escuela al día siguiente tenía pensado regresar a casa para hacer algunos deberes, era su día libre en Candy Cakes.
—¿De qué trata?
—Tengo que irme si quiero ser puntual. ¡Lo juro, es algo legal!
—Oye, ¡Tom!
Cortó la llamada, el auto de Terry se estacionó delante de ella.
—Oh, no, no, Terry, tengo que ir a casa, tengo mucha tarea.
—Y no haré nada para impedir que la hagas, pecosa. —Terry le ofreció entrar, contrario a lo que realmente decía. —Pero te aseguro que, con mi ayuda, podrás acabar más pronto, nada de distracciones.
—¿Seguro?
—Seguro. Te enseñaré mi método de organización.
Candy rio alzando una ceja, entrando antes que él por aquella frase. Apreciaba que Terry se las ingeniara para pasar tiempo juntos.
—Pero ¿y si tu mamá está ahí?
—¿Qué importa si está?
—¿Seguiré siendo la hija de unos restauranteros?
Terry negó. El ya sabía que su madre no se había tragado ese cuento, lo había demostrado con sus amenazas.
—Serás tú. Y que sea lo que tenga que ser, tú estás conmigo. Me haré cargo.
Al llegar, podía respirarse en el ambiente la presencia de la Duquesa, no es que Terry hubiese esperado eso, pero ya puestos ahí, no iba a esconderse. Tomó de la mano a Candy, caminó al interior de la mansión, alguien le indicó que su madre lo esperaba. El secretario Takarai se acercó, pero Terry, indiferente, solo le dedicó una mirada.
—Joven, por favor. —Terry se detuvo, quizá hubiese más instrucciones, pero esta vez, el secretario habló en su propio nombre. —No permita que la señorita llegue con usted hacia su madre. —Su amo se envaró, notó que apretaba aún más la mano de su acompañante y fruncido el cejo respondió.
—¿Por qué?
—Por favor, se… se lo suplico.
Jamás Takarai había dicho algo semejante, su mirada se mantuvo baja. Soltó a Candy, tranquilizante.
—Espera aquí, pecosa, solo un momento. —Ella asintió en intención de obedecer, Terry avanzó a largos pasos, pero la duquesa salió a su encuentro, en compañía del mayordomo.
—Terry, llegaste. Ah, veo que tienes compañía.
—Sí. Dime qué se te ofrece, tenemos la tarde planeada.
—¿Por qué no pides qué nos acompañe un momento al jardín?
Terry negó, confundido.
—Quita esa cara, una cosa es que no esté de acuerdo con esto y otra que sea grosera con tu invitada. —La mujer dio unos pasos más para ser visible a la chica. —Candice, ¿verdad?
Candy asintió tímida, obedeciendo a la señal de su mano para que se acercara.
—Mayordomo Stan, traiga agua fresca al jardín.
—Enseguida, Excelencia.
Mirándose ambos a espalda de quien fuera la madre de Terry, la siguieron a la mesa donde al parecer, la duquesa había estado leyendo el periódico, su móvil estaba cerca y la vista a la alberca era preciosa, no conocía esta parte de la casa. Algunas hojas habían cubierto parte del césped y superficie acuosa, pero para eso, tenían personal que se encargara de ello. Un chico castaño atrapaba con una red manojos que depositaba en un cesto, con otra mano se ayudaba a despegarlos por la humedad. Lo reconoció, era su hermano.
—¿Tom? ¿Qué hace aquí? —El chico también alzó la vista al otro lado de la alberca, quedó impávido, ¿qué debía hacer? ¿simular que no la conocía? ¿la madre de Terry era su empleadora?
Takarai se mantuvo cerca, observando todo aquello, Terry lo miró, rápidamente, entendió todo.
—¿Qué hiciste, madre?
—¿Yo? No te entiendo. ¿Hacer qué?
Ante la confusión, Tom decidió ser el primer en actuar y acercarse a ellos, se dirigió a Candy, apenado.
—Yo… Yo no sabía, Candy.
—Ah, ¿pero ustedes dos se conocen? —La duquesa se encogió de hombros. —Pero qué bochorno, yo tampoco sabía.
La rubia miró a Terry.
—¿Esta es tu forma de ayudarme? ¿Empleando a Tom? ¿En tu casa?
—No. ¡No!
—Tom, vámonos.
Candy apresuró el paso, pero su hermano no se movió si no para quedar frente a la elegante mujer.
—Candy no entiende, pero Terry y yo, sí.
—¡Tom, dije que nos vamos! ¡Ya!
—Usted no tiene dignidad, señora. —La madre de Terry llevó una palma a su cuello, indignada.
—¿Cómo me llamaste? Más educación, muchachito, eres mi empleado, así no se le llama a una duquesa.
—Duquesa o señora, no merece ningún título.
—¿Terry? Dile algo. —Pero su hijo, solo negó, exhalando, decepcionado.
—Yo tengo más dignidad que usted, —prosiguió Tom— Usted, a comparación de nosotros, es un adulto y me ha usado para humillar a mi hermana. —Señaló a Candy, quien estaba a punto de jalarlo para largarse ambos de ahí.
—Dignidad, dices tú. —Hubo un dejo de hartazgo.
—Madre, basta.
—¡Dignidad! La dignidad no te dará de comer.
—La dignidad me hace libre, señora. —Finalizó el menor.
La mano de Candy jaló al chico, por último, Tom miró a Terry, en una disculpa, aunque no se arrepintiera de nada por lo dicho. La adrenalina corría por sus venas y sintió el corazón acelerado mientras caminaban a la salida.
—Terry, no te muevas de aquí.
Ordenó la duquesa mirando a ese par retirarse, los labios rectos, respirando pesadamente.
—Lo que hiciste no tiene nombre.
—Terry, quédate. ¡Terry! ¡Terry, regresa ahora mismo!
El heredero del ducado atravesó también la salida dando órdenes de alistar un auto, ninguno de los guardaespaldas o choferes presentes entendió o se atrevió a reaccionar rápidamente; solo Takarai, que saliendo al paso hizo espabilar a uno de ellos para hacer lo ordenado. Estaba claro que su madre, por orgullo, no saldría hasta ellos para patalear sus órdenes.
Candy quería llorar, pero Terry la alentó a seguir en pie, esperar hasta estar dentro del auto y entonces sí, abrazarla, aún cuando Tom fuera testigo.
Un poco más tranquila, la pareja, después de llevar a Tom al internado, optaron por descansar en el parque, ahí, Terry se disculpó con ella.
—No tienes la culpa. Discúlpame tú por haber creído que había sido tu idea.
—He mantenido lo más que me he permitido la distancia que me pediste, pero ahora no me puedes impedir que te ayude. —Candy negó.
—Un cheque no soluciona todo y la guerra con tu mamá está declarada, ella me odia.
—Pero yo te amo.
A punto de decir algo más, a Candy se le secó la garganta con lo que escuchó, el calor se le subió a las mejillas y Terry carraspeó. Ambos desviaron la mirada, respiraron profundo.
—No necesitas responderme lo mismo. —Aseguró él, Candy abrió la boca, pero el se lo impidió, sabiendo que ella no estaba segura de decir algo en concreto. —Todo a tu tiempo. Cuando quieras lo dirás, así como lo dije. No pido más.
Su novia asintió.
—Solo te pido, Candy, que no te des por vencida.
—¿De qué hablas?
—Que ni mi madre, ni mi padre o los regalos ostentosos, Eliza, los F4, amigos o enemigos, ni mis ancestros o los tuyos, te convenzan de que esto no vale la pena.
—¿Eliza? Ella no tiene gobierno ni de su carácter.
—No bromeo. —Terry no perdió la seriedad, Candy le imitó.
—Puedo dejarte.
—Eso lo sé. Nunca he pensado que al día siguiente seguirás estando aquí, pero que ninguno de ellos sea el responsable.
—Ninguno de ellos, solo tu cabeza inglesa.
—Solo mi cabeza, solo yo seré responsable si alguna vez te pierdo, Candy.
Candy, antes de tomar su abrazo y apoyar su cabeza al hombro de Terry, dejó un beso en su mejilla.
—Que Dios nos ampare de tu cabeza inglesa y de tu madre.
Solo disfrutaron de ese momento.
—Señorita, ¿está muy ocupada?
Una voz masculina hizo reaccionar a Candy, absorta en sus pensamientos en la tienda de ropa, quien tenía delante de ella era a aquel chico modelo de hacía una semana, con buen humor.
—Disculpa, ¿en qué puedo ayudarte? —Notó que ahora llevaba un sombrero distinto y los lentes los había sujeto al cuello de la camisa.
—Vengo por una camiseta más, ahora para mi hermano, pero veo que ya no están en el sitio anterior.
—Ah, es que son de la temporada pasada, por eso estaban en oferta. Tengo en bodega, te traeré algunas. ¿Qué talla necesitas?
—Chica, por favor.
Dan luego eligió algunas opciones, al tiempo que conversaba con ella.
—Me quedé pensando, la vez pasada preguntaste si se ganaba realmente bien en una agencia. Te diré que depende. Como modelo por unas horas y sin hacer mucho, puede ser. ¿Estás interesada? —Candy negó, doblando las opciones desechadas por su cliente.
—No soy muy alta.
—No tienes que serlo, si eres modelo de catálogo solo toman tu rostro, y tú tienes buen perfil.
—¿Vas a tratarme de convencer como el otro tipo? —Dan alzó las palmas.
—Nada de eso. Pero, si quieres ver que todo es legal, puedes visitarme en las oficinas. Están cerca de Covert Garden. —Sacó igualmente una tarjeta, con todo y logotipo que Candy reconoció de las tantas veces ya ido por ahí.
—Es el nombre de nuestro coordinador, pero si llegas a recepción, dile que vas de parte mía, Dan. Verás que no es nada oculto ni lúgubre.
—Lo pensaré.
—Espero te animes. No pierdes nada, Candy.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Dan señaló su propio pecho, recordándole a ella que llevaba un pequeño gafete dorado sobre la solapa de su uniforme, Candy rio bajo recordando este hecho, avergonzada.
Continuará…
