Resumen: Hay historias de amor que nacen del aburrimiento. Aunque si Blaise y Theodore son estrictos, la suya no es un romance tal cual.

Pairing: Blaise Z. / Theodore N. (EWE, ¿qué es el epílogo?)


Constante

«Es un misterio pero no de cine

En las noches soy yo la que define

Todo a lo que va pasar

A mí no me tienes que mandar»

Downtown, Anitta & J Balvin


Hay historias de amor que empiezan por aburrimiento. Bueno, si somos muy estrictos, Theodore dudaba que lo que tenían él y Blaise fuera realmente una historia de amor.

Más bien era un algo donde cogían en las habitaciones de arriba de Caldero Chorreante, porque Emmanuel Nott se negaba a que cogieran en la misma casa donde él estaba cumpliendo arresto domiciliario —aunque en opinión de Theodore debería haber estado en Azkaban, pero tras la guerra Potter había empezado a hablar de reformas, que no era posible que Azkaban fuera tan inhumano, que así no se reformaba nadie— y Emmanuel Nott había acabado en su casa, sin varita, sin fortuna y con todos sus artefactos de magia oscura confiscados. También la mitad de los libros, porque claro que todo era de magia oscura. Pasaba los días dando vueltas, se queja de que no tienen elfos domésticos ya, de que Theodore no hace nada de provecho, de su falta de varita, de los aurores, de su juicio del que ya pasaron años.

Por supuesto, Theodore odia pasar tiempo allí.

—Podríamos ir a mi casa, ¿sabes? —le dice Blaise, paseándose desnudo por la habitación del Caldero Chorreante, sin ningún tipo de pudor.

—Está tu madre.

—¿Y? Ni que ella no supiera que es lo que hacemos.

Theodore se encoge de hombros. No tiene ganas de explicar que la manera en que la maldita viuda negra lo mira es perturbadora.

—Da igual. Me vigilan. Te metería en problemas. —Pero esa no es la razón. Es egoísta y le importa un pito meter a Blaise Zabini en problemas. El problema son los ojos de la viuda negra en su piel, quizá soñando con que él está joven y ella cada vez invierte más en pociones rejuvenecedoras.

Blaise busca los cigarros en la bolsa de los pantalones que están tirados sobre una silla.

—¿Esperas que me crea eso?

Theodore se encoge de hombros.

—Da igual. Igual te crees cuando me vengo gimiendo tu nombre, ¿no?

Sonríe. Tiene una sonrisa que no se ajusta ni a lo que dice ni al rostro de diablo que tiene. Se le hacen hoyuelos que lo hacen parecer si acaso unos dos o tres años más joven y contribuyen al engaño de que Theodore Nott es una buena persona.

Blaise se ríe y le pasa la cajetilla después de prender un cigarro con la varita.

—Nunca vas a dejar el vicio muggle, ¿eh?

—Cállate, Theo —dice Blaise—, a ti también te gusta.

Theodore no niega la afirmación. Saca un cigarro, lo prende y le da una calada. No dice nada.


Una mezcla de aburrimiento y alcohol, en realidad. Hubo mucho whisky de fuego de por medio la primera vez que Blaise le dijo que podían distraerse. «Si quieres». Y Theodore había dicho que sí porque no había otra cosa que hacer. Draco estaba llorando en un rincón mientras Gregory intentaba consolarlo mientras decía apretando los dientes que la próxima vez no iba a dejarlo embarrarse a la botella de vino de elfo. Daphne y Pansy estaban fajando encima de la mesa, ignorando al resto. Tracey había huido, diciendo que ella no había ido a una orgía y que para eso ya podrían haber invitado a Pucey, si quiera para que pusiera más ambiente.

«Podemos distraernos, tú y yo».

«Mmm».

«¿Estás muy borracho?»

Theodore había negado con la cabeza. Estaba en sus cinco sentidos. Llevaba dos vasos apenas. Usualmente necesitaba una botella entera acompañada de pociones más potentes para perder la noción de la existencia.

«No».

«¿Entonces?»

«Está bien».

Habían acabado en el cuarto de Gregory, que los había sacado a gritos la mañana siguiente. Luego sólo había continuado. Theodore lo necesita.


Blaise es un ancla para agarrarse al mundo y que no se lo lleve la chingada. Hace lo que Theodore quiere y deja que lo interrumpa en la ducha y le rasgue el pecho con las uñas y se ponga de rodillas, en ese intento de callar a su cabeza a gritos. Nunca falla. No cuando Blaise se rinde con una sonrisa y entierra una mano en su cabello.


Siempre se ven en las Tres Escobas porque Hannah no hace preguntas. Su novio patético los mira mal, pero Theodore sabe que es por la marca que tiene en su antebrazo.

—Escóndela.

—¿Para qué? Todo el mundo la ha visto.

Y no es como si hubiera querido tatuársela, por supuesto que no. Pero la gente no entiende eso. No entiende que Emmanuel Nott lo arrastró agarrándolo del cabello y lo tiró a los pies de Lord Voldemort y que Theodore alzó la mirada furiosa, con la nariz ensangrentada para ver al Señor Tenebroso. Recuerda que le escupió. Que tenía una voz que recordaba al siseo de una serpiente que dijo «He oído que no quieres unirte a mí, Theodore Nott». Y una maldición cruciatus. Después de eso ya nada había dolido igual.

Cuando lo tuvieron rendido de dolor, sin poder pararse, sin poder defenderse, sin poder hacer nada, le habían levantado el brazo izquierdo y habían dejado que la serpiente se enroscara en él y lo mordiera al mismo tiempo que Lord Voldemort presionaba su varita sobre su piel y decía: «Morsmondre». Era una quemada. La piel le había ardido y había quedado roja alrededor. «Alégrate, Theodore Nott, es un honor».

Él sabía que era un castigo. No era estúpido, había visto a Draco.

—Porque es el tatuaje con más mal gusto de la historia —espeta Blaise—. Sinceramente, ya podría haber elegido algo mejor.

Theodore bufa.

Los aurores que examinaron sus recuerdos, deshaciendo su vida a cachitos, habían visto también ese momento y se habían quedado muy callados. Theodore había tenido que mirarlos a los ojos, con todo su orgullo hecho pedazos, estrellado en el suelo, sabiendo que habían oído sus gritos —alaridos— y sus súplicas y que era la única manera de que no lo condenaran. Él no tenía ni un Harry Potter que hablara por él.

Lo habían absuelto sólo porque no habían podido enfrentar que su propio padre lo había vendido.

—¿Y así quieres seducirme?

—Voy a tenerte de rodillas en menos de dos horas, Theodore, creo que no necesito demasiadas tácticas de seducción.

Theodore se ríe y medio se ahoga con el whisky de fuego que les sirve Hannah. Una copa tras otra, porque Blaise siempre paga. Theodore es el adulto que tiene una mansión y ni medio galeón donde caerse muerto.

Blaise no miente. En menos de dos horas está de rodillas.


«Yo pongo las reglas», dijo después de la primera vez. «Si quiero que lo hagamos o no, cómo, donde…».

Blaise sonrió.

«Está bien».

«No significa que tengamos que ser exclusivos», dijo Theodore.

«Está bien».

De todos modos lo son. Blaise lleva meses sin salir con nadie más. Theodore sólo lo tiene a él. Antes había tenido a Daphne, pero Daphne le había aventado un adorno de la Sala Común de Slytherin a la cabeza y se había acabado todo. Después de eso le habían puesto la marca y todo se había ido a la mierda lentamente.

«Si me tocas o no me tocas…, eso lo decido yo», le dijo a Blaise.

«Está bien».

Ahora adora tenerlo con las manos en la nuca mientras le dice que no las mueva y le recorre la piel con las manos y los labios. El pecho, los muslos, el cuello. Hasta que Blaise se desespera y pregunta «¿Puedo?» con un hilo de voz. Porque no se le olvida que Theodore tiene que decir «sí» antes.

También lo adora al contrario.

Sólo quiere sentir piel contra piel y olvidar el resto.

Se le sale la risa cuando sus dedos tocan los muslos de Blaise y al otro se le escapa un «ya quédate ahí, total».

Tiene sus pequeños rituales, sus pequeñas palabras. Blaise a veces pregunta «¿puedo?» antes de besarlo. Y si no lo dice verbalmente le agarra la barbilla y lo ve con ojos inquisidores esperando a que Theodore asienta o diga que sí.

Blaise le preguntó una vez por qué.

«Quiero ser yo el que define lo que pasa con mi cuerpo».


Todo empieza en la marca.

Todo vuelve a ella.

En la serpiente enrollada en su cuerpo, en sus brazos, en sus piernas.

«Vas a serme leal, Theodore Nott», la amenaza del señor tenebroso.

Al final se había entregado. Theodore no había nacido un idiota que se sacrificaba, como los Gryffindors. Había acabado escupiendo sangre jurando lealtad, sintiendo que lo habían marcado como un animal, que él ya no hacía las reglas de su propio cuerpo cuando levantaba la varita ante una víctima probablemente inocente y pronunciaba «cruciatus».

Igual lo de Blaise no empezó sólo por aburrimiento.

También porque quería algo en lo que él tuviera la última palabra.


Blaise fue su primer amigo.

Se sentó a su lado en el Expreso de Hogwarts a pesar de la cara de pocos amigos de Theodore.

Toda su adolescencia está definida por Blaise y Daphne, siempre orbitando en torno a él. Luego Daphne le lanzó el adorno y las cosas se hicieron pedazos. Theodore había creído que no necesitaba a nadie hasta entonces, pero la ausencia de Daphne duró hasta el fin de la guerra y lo rompió en pedazos. Le dejó un hoyo que todavía tiene.

«Fue tu culpa», le dijo Draco.

(Que tampoco sabía de disculparse, pero remarcarle a Theodore su nula responsabilidad emocional era más fácil que examinar todos los errores que había cometido con Pansy).

«Sí». Theodore no pensaba negarlo.

Daphne se disculpó después de la guerra, en los juicios, cuando lo encadenaron para absolverlo, después de examinar todos sus recuerdos. Para entonces, ya era Blaise la única constante que tenía.


No es fácil sentirse humano después de que Lord Voldemort intentó volverte un títere. Theodore sabe que su crimen fue decir que no la primera vez y la segunda y la tercera, hasta que su padre o aventó a los pies del Señor Tenebroso y después, cuando tenía el brazo rojo de dolor, sonrió y le dijo: «Te creí más inteligente».

Apenas hablan. Emmanuel Nott sólo abre la boca para decirle que Theodore no intenta nada para recuperar su fortuna perdida. Todo incautado por el Ministerio. Theodore resopla. Lo único que quedó fue el dinero de su madre muerta.

Un día Emmanuel lo encuentra viéndose la marca, recorriéndola con los dedos en la sala.

Theodore siempre fue muy ambicioso como para caber en los planes de Lord Voldemort. Nunca estuvo hecho para ser el vasallo de nadie.

—Lo hice para que sobrevivieras —dice Emmanuel. Theodore alza la vista.

Casi no se parecen. Theodore es el reflejo de su madre: la palidez, los pómulos, los labios, la sonrisa, los hoyuelos en las mejillas, pero sobre todos los ojos. De Emmanuel no sacó nada. Absolutamente nada. Su padre se dejó marcar como ganado porque estaba obsesionado con Lord Voldemort. Pero Theodore ya no cayó en ese embrujo.

No dice nada. Se queda viéndolo. Le clava los ojos.

—Era la marca o la muerte —sigue Emmanuel.

Nunca le había dicho eso. Nunca. Ni la vez que le permitieron visitarlo, mientras todavía estaba en Azkaban, y le rompió la nariz con la furia acumulada.

Se pone de pie y sale corriendo.

La voz de Emmanuel Nott lo persigue.

«Lo hice para que sobrevivieras».


A pesar de su negación a aparecer en la casa de la viuda negra, toca a la puerta de la casa de los Zabini menos de veinte minutos después.

Abre ella.

Llena de maquillaje, con una bata de satín y un camisón —porque nunca se molesta en vestirse dentro de su propia casa— y demasiado maquillaje encima.

—Theodore, querido, que sorpresa verte por aquí.

Blaise acude a su rescate en menos de dos segundos. Lo hace subir las escaleras de dos en dos, casi corriendo. Parecen dos colegiales —y no veinteañeros— huyendo a encerrarse en el piso de arriba. La viuda negra no dice nada. Se despide de Theodore con un gesto y él no vuelve a verla hasta la mañana siguiente.

—Antes no querías venir aquí.

—Bésame —exige Theodore.

—Que no ibas a ponerme en peligro porque te vigilaban —sigue Blaise. Lo tiene acorralado contra la puerta.

—Era mentira y los sabías —espeta Theodore.

«Bésame».

—¿Por qué, entonces?

Theodore lo mira a los ojos.

—¿Tanto cuesta pedirte un beso?

Blaise le agarra el cuello. Theodore siente el presión, aunque no apriete y pueda seguir respirando.

—Dime por qué.

Theodore lo mira y por primera vez en todo ese intercambio, es sincero.

—Quiero apagar mi cabeza.


No puede decir que no admire a Lord Voldemort. Era un hombre determinado. Quería hacer de Theodore un mortífago perfecto. Todo lo que había deseado que fuera Draco Malfoy y que nunca fue. Theodore no tenía nadie a quién perder o proteger. Su padre le daba igual, su madre estaba muerta, Blaise Zabini no era idiota, Daphne se había largado. Sólo se tenía a sí mismo.

Lord Voldemort se hizo cargo de hacerlo pedazos, parte a parte. Grito a grito. Hasta que Theodore alzó la varita para torturar a un inocente y no sintió nada.

Era otro o él. Y nunca fue demasiado afecto al dolor.


Blaise no lo juzga cuando se le pega, piel con piel, cuando todavía están respirando pesadamente y ya pasó todo.

Incluso sonríe cuando Theodore busca sus ojos y le dice: «¿otro round?».

Y siguen hasta que están demasiado cansados como para hablar y Theodore se duerme sobre el pecho de Blaise y no puede ni siquiera pensar.


Se despierta con la luz del sol. Está solo entre las sábanas. Oye ruido en el baño de la recámara, pero no tiene tiempo de ir a averiguar qué es cuando Blaise asoma la cabeza.

—Te despertaste. —Lo está mirando raro, como si fuera una persona diferente—. Tuviste pesadillas. —Hay una pausa—. No pude despertarte.

Theodore traga saliva.

—¿Fue malo?

Blaise Zabini se encoge de hombros. Le quita importancia. Pero en su cara está la respuesta. Sí, lo fue. Existe la desventaja de que Theodore sabe leer la máscara de Blaise perfectamente.

—¿De qué fue? —pregunta Blaise.

Nunca antes se ha metido en eso.

—La guerra.

Nadie sabe cómo fue para Theodore. Nadie puede saberlo.


Amycus Carrow no tuvo paciencia para romperlo. Alecto sí. Emmanuel Nott le dijo que no se metiera en problemas antes de que se subiera al Expresso de Hogwarts. Snape nunca intentó salvarlo, demasiado ocupado mandando a Gryffindors al bosque prohibido y siendo un traidor, en vez de prestarle atención a lo que pasaba dentro de Slytherin.

Nadie se hizo cargo de las pesadillas de Pansy y de cómo dormía pegada a Daphne. Nadie se hizo cargo de como Crabbe vendió su alma por un trozo de poder. Nadie se hizo cargo de todas las veces que Alecto hizo ir a Theodore a su despacho porque había un castigo que atender. Al principio intentó negarse.

«Tienes una marca que honrar».

«¿Y? ¿Hago el trabajo que hace la basura?»

A Alecto no le gustaba que nadie le llevara la contraria. La primera vez que había roto la nariz y lo había dejado temblando en el suelo. La segunda, un ojo morado. Más cruciatus. La tercera había descubierto el método infalible. Por eso tenía marcada la espalda. Diez marcas. Luego se había rendido, harto del dolor, harto de esa magia que usaba Alecto para hacer que una herida se sintiera cien veces peor de lo que era.

Theodore Nott no había nacido Gryffindor. No era valiente.

No le importaba ser valiente.

Sólo le importaba que no aplastaran todo su orgullo y ambición. Pero Alecto Carrow había podido con eso y mucho más.

Viéndolo en perspectiva, en ese entonces sólo tenía diecisiete años. Todavía era un niño.


—Bésame —exige, todavía en la cama. Blaise se acerca hasta él y vuelve a meterse entre las sábanas.

—¿Qué quieres?

—Mi cabeza sigue gritando.

Cogen todo el día. Blaise baja en algún punto por comida. Cuando no están cogiendo, fuman.


—Me estás usando.

Es una afirmación. No hay ninguna emoción en las palabras de Blaise Zabini. Theodore alza la mirada y lleva sus manos hasta el rostro de Blaise y con sus dedos recorre los labios de Blaise.

Se toma su tiempo antes de responder.

—Lo siento.

Es la segunda noche que pasa allí. No quiere volver a casa de su padre para enfrentar las razones que tuvo para entregarlo a Lord Voldemort. Más fácil enfrentar el cuerpo de Blaise encima de él suyo, sus manos, sus ojos, sus labios.

—No dije que fuera un problema. —Blaise aparta las manos de Theodore, lo sujeta por las muñecas. Sus ojos se detienen en sus labios—. Pídeme que te bese.

Theodore le dedica una sonrisa de lado.

—Pregúntame.

—Podría hacerlo sin preguntar.

«No», piensa Theodore, «no puedes».

—No vas a hacerlo.

Es un reto, pero de verdad no quiere que lo haga. Si Blaise lo besa sin esperar ese «sí» que Theodore siempre le da, sabe que algo va a deshacerse. Se sentiría culpable de hacerlo cómplice de su necesidad de controlar al menos una parte de su vida si sintiera algo que no fuera tedio, aburrimiento, nada.

Blaise lo mira como si quisiera matarlo.

—¿Puedo? Theodore…

Él no lo hace esperar la respuesta.

—Sí.

Lo besa y cuando se separan, Blaise Zabini vuelve a la carga.

—No me molesta que me estés usando. —Parece quedarse pensativo un momento—. Sólo quiero saber por qué.

—La guerra.

—No, no quiero esa tontería. «La guerra». Demasiado grande, demasiado abstracto. —Blaise no le suelta las muñecas y Theodore tiene miedo de sentir que pierde el control de lo que está pasando en su vida romántica; si es que hay algo a lo que llamar romántico—. Quiero saber por qué.

Theodore se siente pequeñito cuando responde.

—No me hagas esto.

«Por favor».

Todavía es demasiado orgulloso para explicar sus demonios o por qué quiere ahogarlos en la piel de Blaise Zabini.

—No tienes que decirme, si no quieres. Sólo quiero saber. —Hay una pausa, un silencio que cae sobre ellos de un golpe y le dice a Theodore que nada es igual—. Por qué.

Theodore evita la pregunta.

Lo besa.


Los dedos de Blaise son suaves. Dedos de alguien que no ha lavado un plato en su vida, que no la limpiado polvo de ninguna superficie. «Tócame», dijo Theodore. Y hace caso. A veces sus uñas le dejan marcas en la piel y le parece bien. Blaise en su piel es algo con lo que puede vivir y le gusta, no tiene nada que ver con el resto de sus cicatrices o con la serpiente con una calavera quemada a fuego en su brazo.

Con el placer se le olvida el resto.

Está mal, quizá.

Pero hay peores maneras de sobrevivir.


Sigue en casa de Blaise al tercer día. Se pone de espaldas ante él. Ahí tiene, en la parte superior, del lado izquierda, las diez cicatrices que dejó Alecto Carrow. Intentó que fueran cicatrices perfectas.

—Dame tu mano —le pide a Blaise y el otro hace caso.

Como puede, conduce la mano de Blaise hasta donde está la zona bulbosa de las cicatrices. Alecto también se encargó de que nunca pudieran cicatrizar bien.

—Son mis heridas de guerra.

Blaise Zabini las ha tocado muchas veces. Cuando le clava las uñas en la espalda en medio de un abrazo, por ejemplo; pero nunca como invitación.

—Por eso me absolvieron —dice—. Les dio horror descubrir que yo también había sido…

Ya no termina.

—¿Quién fue?

—Alecto.

—¿Por qué?

—Me negué varias veces. No puedes decirle que no al Ser Tenebroso. No podías —corrige; ya está muerto—. No si tu padre era miembros de su círculo interno.

Blaise baja las manos. Lo abraza por detrás.

—No me importa si me estás usando —murmura en su oído—. Toma lo que necesites.

Theodore sonríe.

—No creas que eres solo un juguete sexual. También me importas —le dice—. Eres la constante de mi vida.

«Desde los once años hasta hoy, cuánto tiempo, más de la mitad», piensa.

—¿Eso significa que me quieres? —Siente que en la punta de la lengua de Blaise hay una risa, pero no puede ver su expresión. No está seguro.

—No. Es algo diferente. —Se queda callado, mientras lo piensa—. Es más.

«A alguien que quiera puedo dejarlo ir; pero a una constante…, eso me rompería».


Se marcha al quinto día.

—Ven a mi casa mañana —le dice.

Nunca antes ha invitado a Blaise a la Mansión de los Nott. Demasiado oscura y, además, su padre siempre estaba allí. Nunca fue compañía agradable. Era un hombre que nunca había querido un hijo a quien su esposa le había arrancado en su lecho de muerte la promesa de cuidar a Theodore, costara lo que costara.

«Costara lo que costara», había significado marcas de un cinturón en su espalda la vez que había intentado escapar para buscar a su madre. Un golpe con el revés de la mano en la mejilla cuando se había acercado demasiado a una chimenea ardiendo.

Emmanuel Nott tenía una manera extraña de quererlo.

Vuelve a casa y lo encuentra sentado en el comedor, con una nueva edición del Profeta —la cual seguro consiguió después de sobornar al auror que va a hacer la inspección todos los lunes— en las manos.

Carraspea, para hacerse notar. Emmanuel baja el periódico y lo mira.

—No voy a perdonarte.

Su padre frunce el ceño.

—¿Qué carajos, Theodore? —Es una pregunta cansada. Ni siquiera hay enojo en ella.

Theodore alza la marca tenebrosa.

—Esto. Lo que hiciste.

Y se da la vuelta para marcharse. No planea darle el placer de tener la última palabra. Y sin embargo.

La voz de Emmanuel Nott lo detiene en la puerta de comedor.

—¿Y qué? —pregunta—. ¿A mí que chingados me importa si no me perdonas? ¡Estás vivo!


Hay gente que es la reencarnación de una cucaracha. Nada los mata. Después del apocalipsis, ellos seguirán vivos.

Emmanuel Nott es de esos.

Encerrado en su propia casa, con una barrera que le impide poner un solo pie afuera (moriría si tan solo lo intentara), sin varita, sin magia, sigue aferrándose a esa existencia miserable que lleva. Lee los periódicos que le dejan los aurores, se pasea por la casa y se lamenta de su suerte. Pero al menos está vivo.

Quizá hubiera sido más fácil ser así.

Sufrir el dolor una vez, volverse mortífago aunque no creyera en la causa de mierda.


Tras la guerra, siguieron los aurores. Vieron la marca y creyeron que entendían toda su historia.

Theodore se rebajó a dejarlos ver sus recuerdos sólo por el placer de enfrentar su horror después.

Blaise llama a la puerta poco después de las cuatro y Theodore abre. Su padre está encerrado en su estudio vacío y ni siquiera sale a ver por qué tienen visitas.

—¿No tendrás problemas? —pregunta Blaise.

—Soy un hombre libre.

—Me refiero a tu padre.

—Probablemente el auror que viene los lunes pregunte a qué viniste —informa Theodore—. Da igual.

—Esta casa parece el infierno.

Theodore sonríe.

—Ahora es luminosa.

Lástima que la mitad de los adornos fueran artefactos mágicos no comerciables de clase c, capaces de matar a la mitad de la población de magos y brujas de Reino Unido. Habían dejado todo vacío en las inspecciones.

—Y una mierda. —Blaise chasquea la lengua—. ¿Por qué estoy aquí? —pregunta, dando una vuelta, admirando el panorama—. Nunca antes habías dejado que viera esta parte de su vida.

Theodore se encoge de hombros.

—¿Estás intentando cortejarme, niño bonito?

—No —espeta Theodore—. Si no te marchaste hace diez años…

—Buen punto.

—Vamos —dice, dirigiéndose hasta las escaleras.


Theodore sabe que está lleno de demonios. Unos llegaron invitados por su apellido. A los demás los llevó la guerra.

Abre la puerta de su habitación y deja que Blaise entre primero.

—Nunca había estado aquí.

—Es mi habitación —dice Theodore, aunque no necesita clarificación. «Es íntimo»; quiere decir. No se le da bien hablar de su vida.

El tocador está lleno de todos de una mujer que es prácticamente igual a él; la única diferencia es el cabello más largo.

—¿Tu madre? —pregunta Blaise.

Theodore asiente.

—Nunca la había visto.

«Era más joven que tú y que yo cuando salí de sus entrañas», piensa Theodore. También la vio morir. Llena de sangre, porque los mortífagos que quedaban tras la caída del Señor Tenebroso creyeron que era una traidora. Quién sabe. Ya no queda ninguna prueba de su inocencia o de su culpabilidad. Su padre no dijo nada para que no fueran tras él.

(Y porque siempre le interesó más Lord Voldemort que su propia familia).

—Se parece a ti.

—¿Vas a seguir diciendo obviedades? —pregunta Theodore. Cierra la puerta tras de sí.

—¿Por qué me pediste que viniera?

Theodore se encoge de hombros.

—Las camas del Caldero Chorreante son incómodas. —Y son una media sonrisa, agrega—: Y aquí hay una alfombra.

Blaise se ríe.

—¿Qué, Theo? ¿Vas a ponerte de rodillas?

—Quizá.


No es sólo sexual. No es un romance tal cual, pero es algo más. No es que Theodore quiera a Blaise de a forma que se quieren las parejas en las viejas novelas románticas que lee Pansy o como la gente dice que se tiene que querer. Pero está dispuesto a dejar que Blaise vea sus demonios aunque no se lo explique y Blaise sonríe siempre antes de besarlo y lo abraza y dice «Theodore» en su oído con una voz que hace que le tiemblen las rodillas.

Blaise Zabini es la única constante de la vida de Theodore.

(Y eso es más fuerte que un «te quiero»).


Cuando Blaise intenta ponerse en pie, Theodore lo agarra del brazo.

—Quédate.

Blaise sonríe, de lado, con una sonrisa traviesa de las que han roto la vajilla entera y no se avergüenzan.

—¿Otro round?


Notas de este one:

1) It's been 84 years. Lo sé. Pasaron cosas. Otro fandom me secuestró sin rescate. Pero por este rato bien vale la pena volver de repente a esta compilación. Todavía quiero acabarla. Pasará algún día.

2) Esta canción es ya del volumen 2 del reto. Blaise/Theodore esa algo que no escribía desde hacía años, así que…, bueno, hay que recuperar el ritmo. Bienvenidos de vuelta.

Andrea Poulain

a 17 de julio de 2020